San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 21 de mayo de 2015

Santa Rita de Casia y su amor a Jesucristo hasta el extremo de lo imposible


         Se dice que Santa Rita de Casia es “Patrona de lo imposible” y es así como su figura viene asociada a peticiones de casos cuya solución parece, precisamente, imposible. Sin embargo, se presta poca atención a un hecho particular central en su vida, que la condujo, no solo a los altares, sino al cielo, y es el hecho de que Santa Rita amó a Jesucristo en condiciones que, humanamente, podríamos llamar “imposibles”.
         Santa Rita amó a Jesucristo hasta el final, hasta lo imposible, aun cuando ninguno de sus anhelos se cumplía ni realizaba, según puede verse en su vida, y aun así siguió amándolo, hasta lo imposible.
Desde niña, Santa Rita quería ser monja, pero sus padres no solo se negaron, sino que le impusieron un esposo y Santa Rita, por obedecerles y no contrariarlos, se casó[1]. Una vez casada, su esposo, lejos de ser un esposo dulce y amante, fue cruel y violento, causándole muchos sufrimientos, aunque ella devolvió su crueldad con oración y bondad. Con el tiempo, la bondad de Santa Rita para con su esposo dio sus frutos, ya que él se convirtió, llegando a ser un hombre con gran temor de Dios. Sin embargo, no terminaron aquí las tribulaciones matrimoniales de Santa Rita, pues tuvo que soportar un gran dolor cuando su esposo fue asesinado[2]. Como vemos, durante su dura etapa de niñez, de juventud y de vida matrimonial, aunque todos sus sueños fueron contrariados, cuando muchos otros hubieran desistido en el amor y en el seguimiento de Jesucristo, Santa Rita hizo lo que parecía imposible: se mantuvo fiel en el amor a Jesucristo, a pesar de todas las contrariedades.
Luego de la muerte de su esposo, Santa Rita se dio cuenta que sus dos hijos pensaban cometer un crimen para vengar el asesinato del padre, siguiendo la perversa y diabólica costumbre de la “vendetta” o venganza. Debido a que esto es un pecado mortal y si lo cometían se condenarían, perdiendo sus almas por toda la eternidad en el infierno, Santa Rita, demostrando un amor verdaderamente heroico y sobrenatural por sus almas, suplicó a Dios que se los llevara de esta vida antes de permitirles cometer este pecado mortal. Poco tiempo después, los dos hijos de Santa Rita murieron, no sin antes haber tenido tiempo de preparar sus almas para el encuentro con Dios.
Ya sin su esposo e hijos, Santa Rita se entregó a la oración, penitencia y obras de caridad, y luego de un tiempo, pidió ingresar al Convento Agustiniano en Casia[3], retomando su primigenia vocación religiosa. Pero tampoco aquí fue fácil para Santa Rita, ya que no fue aceptada en un primer momento: solo después de rezarle a sus tres especiales santos patronos - San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino - entró milagrosamente al convento, siendo finalmente admitida en la vida religiosa, alrededor del año 1411.
Una vez en el convento, la vida de Santa Rita fue marcada por su gran caridad y severas penitencias, al tiempo que sus oraciones obtuvieron para otros, curas notables, liberaciones del demonio y otros favores especiales de Dios. Podríamos pensar que, siendo Santa Rita una religiosa ejemplar y de gran caridad, sus tribulaciones pasadas en su vida laical deberían ya haber finalizado. Sin embargo, Nuestro Señor le concedió un don especialísimo, reservado para aquellos a quienes más ama: para que ella pudiera compartir el dolor de su Corona de Espinas, Nuestro Señor la hizo participar a Santa Rita –una vez que ella estaba meditando en la Pasión, delante de un crucifijo- de una de sus heridas de espinas en la frente, la cual le provocaba fuertes dolores. Sin embargo, la gracia no finalizaba aquí, porque Jesús no solo quería que Santa Rita participara del dolor de la coronación de espinas, sino que participara también de la humillación que Él sufrió durante su Pasión –pensemos cuán humillante y ultrajante fue para Jesús el ser condenado a muerte injusta, insultado, golpeado, desnudado, flagelado, salivado, cargado con una cruz, crucificado, y tantas otras humillaciones más, que nos son ocultas, debido a la humildad de Nuestro Señor-, y para eso, Jesús le concedió que la herida de la frente no solo fuera dolorosa y no cicatrizara nunca, sino que despidiera un olor sumamente desagradable, con lo cual Santa Rita debía vivir prácticamente sola. Esta herida duró por el resto de su vida y solo desapareció en una oportunidad, por unos días, en el que Santa Rita y sus hermanas de religión fueron a Roma en ocasión de una visita al Santo Padre. A pesar del dolor y la humillación que le provocaba la herida, el amor de Santa Rita a Jesús no solo no disminuyó, sino que aumentó cada vez más, pues ella la consideraba una “gracia divina”[4]. Santa Rita oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. El día de su muerte el 22 de Mayo de 1457, la herida purulenta de la frente desapareció y su cuerpo despidió una fragancia exquisita. Desde su muerte, acaecida a la edad de 76 años, Santa Rita ha intercedido innumerables veces desde el cielo, concediendo, como dijimos al principio, soluciones a casos considerados “imposibles”. Que la beata Santa Rita interceda para que, cuando agobiados por las pruebas, tribulaciones y persecuciones de este mundo, nos parezca desfallecer en el amor a Jesús, perseveremos en su amor y, llevados por María Virgen, seamos capaces, como Santa Rita de amar a Jesús hasta el extremo de lo imposible.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Rita_de_Casia_5_22.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 8 de febrero de 2012

San Valentín de Roma


14 de febrero

Vida y milagros de San Valentín[1]
            Fue un sacerdote que vivió en el siglo III, en Roma. Junto a San Mario y su familia, asistía espiritualmente a los presos que iban a ser martirizados en la persecución del Emperador Claudio II el Godo. Precisamente este emperador, pagano, había prohibido la celebración de matrimonios para los jóvenes, con la excusa de que los jóvenes solteros, al no tener esposas y familias que los soliciten sentimentalmente, podían ser mejores soldados para el imperio romano.
San Valentín, que consideraba esto como una injusticia, tanto para los jóvenes como para la Iglesia de Cristo, y en cumplimiento de su mandato sacerdotal, comenzó a celebrar en secreto matrimonios para jóvenes enamorados, y esta es la razón por la que San Valentín es el patrono de los enamorados. El emperador Claudio se enteró y como San Valentín gozaba de un gran prestigio en Roma, el emperador lo llamó al Palacio, en donde San Valentín aprovechó para predicar acerca de Cristo y del cristianismo. Aunque en un principio Claudio II mostró interés, el ejército y el Gobernador de Roma, llamado Calpurnio, lo convencieron para que eliminara a San Valentín. El emperador Claudio dio entonces orden de que encarcelasen a Valentín.
Pero fue allí, en la cárcel, en donde sucedió un prodigio: el oficial Asterius, encargado de encarcelarle, lo desafió a que devolviese la vista a una hija suya, llamada Julia, que nació ciega. Valentín aceptó y en nombre del Señor, le devolvió la vista. 
Por este hecho Asterius y su familia se convirtieron al cristianismo, aunque San Valentín continuó encarcelado de todas formas. El emperador Claudio, al ver que no podía hacerlo renunciar a la fe en Cristo, finalmente ordenó que lo martirizaran, golpeándolo con mazas y luego decapitándolo –por eso aparece en su imagen con un hacha- el 14 de Febrero del año 269. La joven Julia, agradecida al santo, plantó un almendro de flores rosadas junto a su tumba; de ahí que  el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.
La fecha de celebración del 14 de febrero fue establecida por el Papa Gelasio para honrar a San Valentín entre el año 496 y el 498 después de Cristo. Los restos mortales de San Valentín se conservan actualmente en la Basílica de su mismo nombre, que está situada en la ciudad italiana de Terni (Italia). Cada 14 de febrero se celebra en dicho templo, un acto de compromiso por parte de diferentes parejas que quieren contraer matrimonio al año siguiente. 
Aunque sean los enamorados los que principalmente celebran este día, sin embargo se festeja también a todos aquellos que comparten la amistad, ya sea maestros, parientes, compañeros de trabajo, etc.

Mensaje de santidad de San Valentín de Roma
Según la tradición, San Valentín arriesgaba su vida para casar cristianamente a las parejas durante el tiempo de persecución, y esto lo hacía porque tenía un gran amor a Jesucristo y porque estaba convencido de que el sacramento del matrimonio no es un mero trámite más, sino la prolongación, en el tiempo y en el espacio, por parte de los cónyuges católicos, del amor esponsal de Cristo Esposo y de la Iglesia Esposa. De esta manera, San Valentín se enfrentaba y combatía al paganismo de su época el cual, mediante el pretexto de incrementar y fortalecer al ejército del emperador, obraba en contra de Jesucristo, volviéndose enemigo de las almas y de su salvación.
En San Valentín destacan entonces el amor sacerdotal a Jesucristo y a sus sacramentos, particularmente el Sacramento del Matrimonio, por medio del cual la gracia divina se derrama a raudales para santificar a los esposos, haciéndolos dignos de la vida eterna.
Y al igual que todo mártir, el amor de San Valentín por Jesucristo –y también por las almas, principalmente de los jóvenes novios y esposos, por cuya salvación arriesgó su vida-, no se queda en meras declaraciones, ya que entregó su vida como mártir, y como el martirio es la máxima manifestación del amor del alma a Cristo Dios, San Valentín selló con su sangre y con su vida su declaración de amor por Jesús.
Como cristianos, no podemos dejar pasar por alto estas consideraciones, para no reducir la fiesta de San Valentín a un mero intercambio de saludos que, aunque sean de buena fe, por lo general nada dicen de la inmensidad del amor que encendía el alma de San Valentino, y que lo llevó a dar su vida. La fiesta de San Valentín nos debe hacer meditar, no solo a quienes estén de novios, sino a todo cristiano que desee vivir en el amor de Dios, en el amor santificador de Cristo, manifestado en el sacramento del matrimonio y en la entrega martirial de la vida propia, como San Valentín.


[1] Adaptado de: www.catholic.net; autor: P. Felipe Santos.