San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 1 de marzo de 2019

Las espinas y el dolor del Sagrado Corazón de Jesús



         Cuando se contempla a Jesús en sus apariciones como el Sagrado Corazón, hay algo que se destaca a primera vista y es lo siguiente: Jesús se aparece resucitado, glorioso: de hecho, de sus llagas no brota sangre, sino luz, que es el símbolo de la gloria divina. Su Cuerpo no es el Cuerpo martirizado, cubierto de sangre y de heridas abiertas en la Cruz: es el Cuerpo glorioso, luminoso, lleno de la luz, de la vida y de la gloria de Dios. Su Corazón no es el Corazón sufriente de la Cruz –al menos no lo parece- porque está envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo; tiene una Cruz en su base y de su Costado traspasado brota Sangre y Agua. Es el Corazón de Jesús glorificado y por lo tanto, sin sufrimiento. Sin embargo, hay algo que llama la atención y es la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón. Ya no rodea su Cabeza, como en el Calvario, sino su Corazón. Y puesto que el Corazón es un Corazón vivo, late, es decir, se expande y se contrae en cada latido y por supuesto, sufre las consecuencias de las espinas, que se introducen en él en cada expansión y se retiran de él, desgarrándolo, en cada contracción. Entonces aquí parece haber algo que no parece estar bien: Jesús está con su Cuerpo glorioso y el Cuerpo glorioso no sufre; sin embargo, al mismo tiempo, su Corazón está rodeado por una corona de espinas y las espinas le provocan dolor en cada latido.
         ¿Cuál es el significado de esta contradicción? Ante todo, no es una contradicción, porque se trata de una realidad y de un misterio sobrenatural: si bien Jesús está glorificado y en cuanto glorificado no sufre, sin embargo sí sufre moralmente, no corporalmente, por los pecados de los hombres y su sufrimiento no es corporal, sino moral, como cuando una madre ve que su hijo se acerca peligrosamente y por propia voluntad a un abismo y quiere precipitarse en él. Jesús sufre y sufrirá así hasta el fin de los tiempos, a consecuencia de nuestros pecados. Aun cuando está resucitado y glorioso, entonces, Jesús sufre por nuestros pecados, porque son nuestros pecados los que se materializan en la corona de espinas que rodean al Sagrado Corazón y lo hacen sufrir a cada latido. Ahora bien, existe un modo por el cual el Sagrado Corazón no sufre y es cuando luchamos para no caer: de esa manera, consolamos al Corazón de Jesús en vez de hacerlo sufrir. Es decir, nosotros podemos, libremente, o hacerlo sufrir más, o consolarlo: cualquiera de las dos acciones, las recibirá el Sagrado Corazón.
De nuestra parte, para no hacerlo sufrir, podemos hacer el propósito de no pecar, o al menos de poner todo de nuestra parte para no solo no pecar, sino para aumentar cada vez más la gracia en nuestras almas. De esta manera, no solo no seremos causa del dolor de Jesús, sino que lo consolaremos en sus dolores, que durarán hasta el fin del mundo.

jueves, 20 de julio de 2017

Las promesas del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen


         La Virgen se le apareció a San Simón Stock en el año 1251, dejándole, como uno de los dones más preciados de la Iglesia universal, el Escapulario. ¿Cuáles son las promesas de la Virgen para el que use el Escapulario? Podemos decir que son tres promesas, una principal y dos secundarias. ¿Cuál es la promesa principal? La promesa principal radica en las palabras mismas de la Virgen a San Simón Stock: “El que muera con este hábito puesto, no se condenará en el Infierno”. La promesa principal, entonces, es que el alma que muera con el Escapulario puesto, no se condenará en el Infierno, no sufrirá los tormentos espirituales y corporales destinados a las almas condenadas y producidos por el fuego espiritual del Infierno, que quema y produce ardor insoportable, no solo al cuerpo, sino también al alma. Esto quiere decir que la Virgen alcanzará, en la hora de la muerte, las gracias necesarias para que el alma no se condene, concediéndole ante todo la gracia de la contrición perfecta del corazón, es decir, el dolor perfecto de los pecados, dolor que es salvífico, ya que abre las puertas del cielo. Según la promesa principal de la Virgen, quien muera con el Escapulario puesto, no morirá en pecado mortal, ya que le concederá las gracias suficientes para no caer en pecado mortal o, en todo caso, si está en pecado mortal, para que alcance la contrición del corazón, que es el dolor perfecto y salvífico por los pecados cometidos.
         La segunda promesa, secundaria, es que si el alma muere con pecados veniales, la Virgen misma irá en persona, a buscar a su hijo, dentro de la primera semana, con lo cual, quien usa el Escapulario, no solo tiene cerradas las puertas del Infierno, sino que, si está en el Purgatorio, no pasará más de seis días en el Purgatorio. Para que nos demos una idea del valor del Escapulario, tenemos que pensar que en el Purgatorio se sufre lo mismo que en el Infierno, porque el alma debe purificarse del amor imperfecto que tuvo a Dios en esta vida, aunque la diferencia con el Infierno es que en el Infierno el alma está desesperada, porque sabe que nunca más saldrá de allí, en cambio en el Purgatorio, sabe que saldrá de allí en algún momento, para entrar al cielo.
         La tercera promesa es consecuencia de las dos primeras: la vida eterna, porque el Escapulario cierra las puertas del Infierno, como dijimos, y abre las puertas del cielo, permitiéndole al alma ganar la felicidad eterna del Reino de los cielos.

         Ahora bien, es necesario saber que usar el Escapulario equivale a estar revestido con el manto de la Virgen –de ahí el color marrón en los escapularios de tela-, con lo cual hay condiciones para usar el Escapulario y ser merecedor de sus promesas. ¿Cuáles son esas condiciones? Detestar el pecado y combatir contra él, estando atentos a no dejarlo crecer en el corazón y, si se ha caído en él, confesarse prontamente. La otra condición es buscar de vivir en gracia, para lo cual el modelo a imitar y a seguir es el Inmaculado Corazón de María. Por último, hacer el propósito de rezar, por lo menos, tres Avemarías por día, al acostarse, pidiendo la gracia de no caer en pecado mortal. Sólo así el alma se vuelve merecedora de las promesas del Escapulario, ya que es un sacramental –un signo establecido por la Iglesia que nos hace desear la gracia- y no un elemento “mágico”, que puede ser usado viviendo en pecado, sin propósito de enmienda. Por estas promesas para el que use el Escapulario, evitando el pecado, viviendo en gracia e imitando a la Virgen, es uno de los dones más grandiosos de la Iglesia, además de ser un signo de amor maternal privilegiado de la Virgen hacia sus hijos.

viernes, 3 de febrero de 2017

Las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


         Cuando se mira la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y sobre todo cuando se lo hace rutinaria y superficialmente, no es posible dimensionar, ni siquiera mínimamente, lo que esta imagen nos transmite. Sobre todo porque, siendo la imagen inmóvil y estática, nos imaginamos, tal vez involuntariamente, también a un Corazón de Jesús inmóvil y estático. O también, al ser imágenes, no alcanzan a producir en nosotros aquello que sucede en la realidad. En otras palabras, una de las características más notables del Sagrado Corazón es el hecho de estar rodeado de una corona de espinas, en un todo similar a la corona de espinas que llevó en su cabeza, en la Pasión. Pero ahora se trata de una corona de espinas que rodea a su Corazón, y cuando se supone que Él ya ha pasado por la Pasión, ha muerto y ha resucitado. A diferencia de la imagen, en la cual todo está quieto y estático, en el Corazón de Jesús resucitado, vivo y glorioso, todo es movimiento, tal y como sucede con cualquier corazón que está vivo, es decir, palpita, tiene contracciones, el movimiento propio del corazón, que es el de dilatarse –diástole- y el de contraerse –sístole- para expulsar la sangre. Es decir, en la realidad, el Corazón de Jesús tiene este movimiento, se mueve, porque está vivo, y si hace eso, también quiere decir que las espinas de su corona –duras, gruesas, filosas-, se introducen en él en cada movimiento de llenado y se retiran de él, desgarrándolo, en cada movimiento de contracción. Es decir, en cada latido, en la realidad, en la actualidad, con Jesús glorioso y resucitado, el Corazón de Jesús sufre, a cada instante. Si bien el dolor es un dolor de tipo moral, puesto que Jesús está resucitado y en cuanto tal, no sufre, el dolor moral sí lo sufre, y lo sufre a cada instante.
         ¿Qué es lo que hace que el Corazón esté rodeado de espinas?

         Los pecados de los hombres, pero no de cualquier hombre, sino de los católicos: los pecados de indiferencia ante su Amor, ante su Cruz, ante el don de su Vida en el Calvario, ante la renovación de su Sacrificio en Cruz, de modo incruento, en el altar, en la Eucaristía. Son los pecados de los católicos, los pecados de indiferencia y desamor, hacia Él, que es Dios, y hacia el mismo prójimo, los que se materializan en la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón y que hacen que muera de dolor a cada instante. De nosotros depende, aumentar el dolor del Sagrado Corazón, con nuestra indiferencia hacia su Cruz y hacia la Eucaristía, y con nuestro desamor hacia el prójimo, o bien aliviarlo, dándole gracias por su infinito Amor, adorándolo, bendiciéndolo y socorriendo a su imagen viviente, nuestro prójimo.

viernes, 29 de julio de 2016

Santa Brígida de Suecia


         Santa Brígida de Suecia es una de las más grandes santas de la Iglesia Católica. Nació en 1303 en Upsala, Suecia, en una familia con una larga tradición católica[1]. Sus abuelos y bisabuelos fueron en peregrinación hasta Jerusalén y sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes, y como pertenecían a la familia de los gobernantes de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban[2]. De niña su mayor gusto era oír a su madre leer las vidas de los Santos. Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen para invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios. En adelante las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que Santa Brígida llegó a creer que se trataba de alucinaciones o imaginaciones. Esto la llevó a consultar con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia, y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues eran mensajes celestiales[3]. Es decir, no se trataba de invenciones de su mente, sino que eran reales y verdaderas apariciones y manifestaciones celestiales, por parte de Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen, y santos y almas del Purgatorio.
Una de estas manifestaciones sucedió precisamente cuando se encontraba rezando con piedad y fervor delante de un crucifijo, que se caracterizaba por la abundancia de sangre en el Cuerpo de Jesús. Santa Brígida le dijo a Nuestro Señor: “¿Quién te puso así?” - y oyó que Cristo le decía: “Los que desprecian mi amor (…) Los que no le dan importancia al amor que yo les he tenido”. Y desde ese día, la santa se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.
Ahora bien, el “desprecio del amor de Jesús” y el “no darle importancia al amor que Jesús nos tuvo” –según las propias palabras de Jesús-, que es lo que causa las heridas de las que sale abundante sangre, no es otra cosa que el pecado, porque el pecado, que es ofensa a Dios, debe ser castigado severamente por la Justicia Divina –“De Dios nadie se burla”- y el hecho de que no recibamos ese castigo luego de cometido el pecado –por el contrario, cuando nos confesamos, recibimos misericordia y perdón en vez del justo castigo- se debe a que Jesús se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, cambiando o convirtiendo, esa Justicia, en Misericordia. Es decir, Jesús, en la Pasión y en la Cruz, es el “transductor” -podríamos decir así- que, interponiéndose entre la Justicia de Dios, ofendida por la malicia de nuestros pecados, y nosotros, recibe en su Cuerpo Sacratísimo todo el peso de esa Justicia que castiga el pecado, y nos da a cambio, con su Sangre derramada, el Amor Divino, la Misericordia Divina, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cada pecado nuestro –el pecado se produce como consecuencia de la ausencia de amor a Dios en el corazón del hombre-, se traduce en un golpe de puño en el Rostro de Jesús, o en la corona de espinas, o en la flagelación, y es así que somos nosotros, con nuestros pecados, los que causamos las heridas de Jesús y el consecuente abundante brotar de su Preciosísima Sangre.
Teniendo en cuenta esta experiencia mística de Santa Brígida, y que no suceden por casualidad, sino que Dios las permite para nuestro provecho, deberíamos preguntarnos: ¿Soy consciente de que son mis pecados personales, los que ponen a Jesús en un estado tan lamentable? ¿Me doy cuenta de que son mis pecados, es decir, mi desprecio y desinterés por el Amor de Dios, los que causan la Pasión, Crucifixión y Muerte de Jesús? Y sabiendo esto, que soy yo quien hace sangrar a Jesús con mis pecados, ¿sigo pecando, sigo sin apreciar la vida de la gracia, sigo sin amar al Amor?



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Br%C3%ADgida_7_23.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem

viernes, 5 de febrero de 2016

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”[1]. En su Cuarta Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita, le muestra su Sagrado Corazón –envuelto en llamas, con una cruz en su base y rodeado de una corona de espinas- y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. ¿Por qué dice Jesús lo que dice y qué relación tienen las apariciones del Sagrado Corazón con nuestra vida personal como cristianos?
Si bien Jesús se aparece a Santa Margarita, tanto el mensaje como su contenido van dirigidos a todos los hombres, pero de modo especial a los cristianos, más específicamente, a los católicos -y de modo más especial todavía, a los consagrados-. Es decir, somos nosotros, católicos del siglo XXI –y de todos los siglos- los destinatarios de las palabras de queja y reproche por parte de Jesús y esto es así porque la corona de espinas que rodea y lacera al Sagrado Corazón a cada instante, en cada latido, se deben a nuestros pecados, puesto que esas espinas son la materialización de la malicia producida –y consentida- en nuestros corazones, y es en eso en lo que consiste el pecado.
Los cristianos no dimensionamos, por lo general, las consecuencias que el pecado tiene en Cristo Jesús, porque pensamos que el Sagrado Corazón es una devoción sensiblera, sentimentalista, propia de otra época, o reservada a ciertas personas, principalmente mujeres y, de entre las mujeres, las señoras de edad, que no tienen otra cosa que hacer que rezar. Los cristianos, en el fondo, despreciamos la devoción al Sagrado Corazón, porque pensamos que no tiene relación alguna con nuestras vidas y que no está dirigida directamente a cada uno de nosotros, de modo particular y personal.
Sin embargo, esto constituye un grave error, porque el dolor que el Sagrado Corazón experimenta debido a su corona de espinas, se debe a que esas espinas son la materialización de nuestros pecados personales y particulares, en el sentido que Jesús recibe el castigo que nosotros merecíamos de parte de la Justicia Divina: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (Is 53, 5).
Que Jesús esté herido y doliente a causa de nuestros pecados, está confirmado por otra aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, en el que Jesús se aparece de pie, todo cubierto de heridas sangrantes, al tiempo que le dice a Santa Margarita que busca algún alma que se apiade de sus heridas, producidas por los pecadores: “¿No habrá quien tenga piedad de Mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores sobre todo en este tiempo?”. “Lastimoso estado en el que me ponen los pecadores”: puesto que somos pecadores, somos nosotros, con nuestros pecados, los que ponemos en estado lastimoso a Dios Encarnado.
Es necesario que meditemos en este hecho: que Jesús sufrió en su Cuerpo el castigo que merecíamos por nuestros pecados –tengo que reflexionar en los pecados míos, propios, personales y particulares, y no en los pecados del prójimo-, como lo dice el profeta Isaías, pero también como lo dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14).
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. Si, como dice Santa Teresa, no nos mueve, para no pecar, “ni el infierno tan temido”, “ni el cielo prometido”, que nos mueva, al menos, no solo para no pecar, sino para vivir en gracia y acrecentarla cada vez más, la compasión y la piedad hacia Jesús, cuyo Sagrado Corazón sufre inimaginablemente, al ser lacerado y desgarrado en cada latido, a causa de nuestros pecados.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

viernes, 4 de septiembre de 2015

El dolor del Sagrado Corazón



“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Jesús le muestra a Santa Margarita María de Alacquoque su Sagrado Corazón, pero su Corazón, si bien está envuelto en las llamas del Divino Amor, está también circundado por una corona de espinas, una corona formada por gruesas, largas y filosas espinas. Puesto que es un Corazón que está vivo, está latiendo, lo cual quiere decir que estas espinas lastiman al Corazón de Jesús en cada latido, y lo hacen doblemente: en la fase de reposo del Corazón –la diástole-, cuando el Corazón se llena de su Preciosísima Sangre, y en la fase de contracción –la sístole-, cuando el Corazón expulsa la Sangre, contrayéndose sus músculos. En la fase de reposo, las espinas lastiman al Sagrado Corazón porque se incrustan en él, punzándolo, cada una de ellas, como si fuera un filosísimo cuchillo; en la fase de expulsión de la Sangre, las espinas también lastiman al Sagrado Corazón, porque lo desgarran, al separarse, por la contracción, las paredes ventriculares de las espinas que lo han penetrado previamente, en la fase de reposo. Es decir, en cada latido, en cada segundo, el Sagrado Corazón sufre, y sufre de un modo que no podemos ni siquiera imaginar. ¿Qué representan estas espinas, que tanto dolor le provocan al Sagrado Corazón de Jesús? ¿Qué relación tienen con mi vida personal? Si el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita, ¿qué tengo que ver yo, con mi historia personal, un sujeto que vive en el siglo XXI, con las espinas que rodean, estrechan y laceran al Sagrado Corazón a cada instante? Tengo mucho que ver, porque esas espinas están formadas por mis pecados personales, porque las espinas de la corona son la materialización de mis pecados. Ésa es la razón por la cual Jesús se queja ante Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Y la “ingratitud, irreverencia y desprecia” no son otra cosa que mis pecados personales; es decir, soy yo, y no el prójimo que está a mi lado, el responsable del dolor lacerante que experimenta el Sagrado Corazón a cada instante. Son mis pecados, es decir, las tentaciones consentidas, las que hacen sufrir de manera inenarrable al Sagrado Corazón. Cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita y le mostró su Sagrado Corazón traspasado de espinas, le estaba mostrando el fruto de mis pecados, y si bien Jesús no le dijo mi nombre a Santa Margarita, sí estaba pensando en mí. ¿Qué hacer, entonces? Jesús se quejaba de los hombres ingratos, es decir, de aquellos que, sabiendo que Él sufría y moría en la cruz para salvarlos, se mostraban indiferentes a su dolor salvífico de la cruz, y continuaban, indolentes, su vida de pecado, lacerando su Sagrado Corazón. Entonces, para aliviar, aunque sea mínimamente, el dolor del Sagrado Corazón, hago entonces el propósito de no pecar más, aunque no importen ni el cielo, que es la recompensa para los que no pecan, ni el infierno, que es el castigo para los que no se arrepienten del pecado. Sólo por no provocar más dolores al Sagrado Corazón, entonces, hago el más firme propósito de evitar todo pecado, aun el más insignificante; así, el Sagrado Corazón experimentará alivio, en vez de dolor. ¡Virgen Santísima, Madre mía, tú que compartes los dolores del Corazón de tu hijo, ayúdame para cumplir este mi propósito, de no pecar más, para dar alivio al Sagrado Corazón de Jesús, que por mi salvación, sufre de Amor por mí!

lunes, 5 de diciembre de 2011

Isaías y el Adviento



El clima espiritual del Adviento está contenido en la expresión del profeta Isaías: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19). En esta frase, el profeta suspira por la llegada del Mesías, el cual pondrá fin a la rebelión de Israel, que a pesar de haber sido elegida por Yahveh, se ha desviado de sus caminos y se ha rebelado, y ya no escucha ni obedece más a su voz: “Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas” (63, 19 a).

Isaías ve con claridad que sin Dios, no solo Israel, sino también toda la tierra yace en oscuridad: “Mira cómo la oscuridad cubre la tierra”, oscuridad que es ante todo espiritual, porque es la oscuridad del pecado que ensombrece al hombre y le quita la vida divina. Es la oscuridad de la que habla Zacarías en su cántico: el Mesías ha de venir para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.

Cuando llegue el Mesías, puesto que Él es luz, que habita en la luz inaccesible, derrotará para siempre a las tinieblas que oscurecen el corazón del hombre, y hará resplandecer su rostro sobre ellos, concediéndoles el perdón de sus pecados, olvidándose para siempre de sus iniquidades.

Cuando llegue el Mesías, los hombres serán iluminados no con la luz del sol, sino con la luz eterna de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60, 19-20).

Cuando llegue el Mesías, los que están aprisionados por las pasiones, los que lloran por no poder librarse del pecado, se alegrarán con un gozo y una alegría que no terminará jamás: “El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos, para consolar a todos los que lloran, para darles gozo en vez de luto. (…) Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios” (cfr. Is 61, 1-10).

La liberación de los cautivos, el consuelo a los que lloran, el gozo en vez de luto, inicia ya aquí en la tierra, cuando el Mesías, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados del corazón del hombre, diciéndole: “Tus pecados te son perdonados”.

Así el alma inicia, ya desde la tierra, la vida de la gracia, el anticipo de la feliz eternidad en los cielos.

Para esto viene el Mesías, al cual esperamos en Adviento.