San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Rita de Casia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Rita de Casia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de mayo de 2024

Santa Rita de Casia

 




         Vida de santidad[1].

         Santa Rita nació en 1381 en Roccaporena, un pueblito en las montañas apeninas. Sus padres la educaron en el temor de Dios, y ella respetó a tal punto la autoridad paterna que, aunque tenía la vocación de monja, abandonó el propósito de entrar al convento y aceptó unirse en matrimonio con Pablo de Ferdinando, un joven violento y revoltoso. Las biografías de la santa la retratan como a una mujer dulce, obediente, atenta a no chocar con la susceptibilidad del marido, cuyas maldades ella conoce, y sufre y reza en silencio[2]. Su bondad y sus oraciones lograron finalmente cambiar el corazón de Pablo, que cambió de vida y de costumbres, pero sin lograr hacer olvidar los antiguos rencores de los enemigos que se había buscado y fueron estos los que le quitaron la vida, siendo encontrado muerto una noche a la vera del camino. Los dos hijos de Santa Rita, que ya eran mayores, juraron vengar a su padre. Santa Rita intentó convencerlos de que desistieran de la venganza, pero cuando la santa se dio cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos para convencerlos, ya que sus hijos estaban dispuestos a consumar la venganza, tuvo la valentía de pedirle a Dios que se los llevara antes que mancharan sus vidas con un homicidio. Prefería, con toda razón, que perdieran la vida corporal pero que salvaran sus almas y no que se condenaran por un homicidio y por el odio. Su oración fue escuchada y sus hijos murieron sin cometer el homicidio que habían planeado, salvando así sus almas. Ya sin esposo y sin hijos, Rita fue a pedir su entrada en el convento de las agustinas de Casia, pero su petición fue rechazada.

Regresó a su hogar desierto y rezó fervorosamente a sus tres santos protectores, san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino, y una noche sucedió el prodigio. Se le aparecieron los tres santos, le dijeron que los siguiera, llegaron al convento, abrieron las puertas y la llevaron a la mitad del coro, en donde las religiosas estaban rezando las oraciones de la mañana. Así Santa Rita pudo vestir el hábito de las agustinas, realizando su vocación a la vida consagrada, el entregarse totalmente a Dios. En el convento, se dedicó a la penitencia, a la oración y al amor de Cristo crucificado, que la asoció aun visiblemente a su pasión, clavándole en la frente una espina. De esa manera Santa Rita vio cumplido su deseo de compartir el dolor de la Corona de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Esta herida era muy dolorosa y despedía un olor sumamente desagradable, pero ella lo consideraba una gracia divina. Ella oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. Este estigma milagroso, recibido durante un éxtasis, marcó el rostro con una dolorosísima llaga purulenta hasta su muerte, esto es, durante catorce años. Además del dolor intensísimo, la santa debía sobrellevar la humillación que le provocaba la herida, porque al estar infectada, despedía un olor fétido y nauseabundo, de manera que nadie podía acercársele, por lo que debió vivir en una celda apartada del resto de sus hermanas en religión. La fetidez de la herida solo desapareció, en el lapso de catorce años, por unos días, en los que Santa Rita y las otras religiosas hicieron una peregrinación a Roma para rezar ante la tumba de San Pedro. Pero pasada la peregrinación, regresó la fetidez de la herida, la cual se mantuvo hasta el momento de su muerte; en ese momento, al morir Santa Rita, desapareció el olor nauseabundo y el lugar en donde estaban velando su cuerpo se llenó de un exquisito perfume de rosas. Murió en el monasterio de Casia el 22 de mayo de 1457 y fue canonizada en el año 1900.

La fama de su santidad pasó los límites de Casia y desde su muerte, no ha cesado de interceder para conceder gracias, dones y milagros a sus devotos.

         Mensaje de santidad.

         Santa Rita nos deja un mensaje de santidad que consiste en una auténtica caridad, es decir, un verdadero amor sobrenatural, un amor que supera al amor natural infinitamente, tanto por su esposo como por sus hijos, porque los amó más allá del amor natural de esposa y de madre, ya que la santa quería que ante todo salvaran sus almas y fue por este motivo que hizo toda clase de penitencias y de sacrificios y rezó sin cesar para obtener la conversión de sus seres queridos, recibiendo de Dios el premio de ser escuchada, porque todos se convirtieron antes de morir; también es ejemplo de amor verdadero a Nuestro Señor Jesucristo, tanto en su vida de laica como ya de consagrada, porque amaba tanto a Jesús, que deseaba participar de su Pasión dolorosa y humillante y así se lo concedió Nuestro Señor Jesucristo, primero haciéndole participar de su humillación, al ser humillada por su esposo en el trato en la etapa violenta de su vida, anterior a su conversión y luego haciéndola participar de sus dolores de la Pasión, concediéndole el dolor de la herida de la Corona de espinas y también la humillación que Él sufrió, al concederle participar también de su humillación mediante la fetidez que despedía la herida purulenta de la frente, curada recién en la muerte de la santa. Como Cristo, que cargó nuestros pecados en su Cruz, así Santa Rita, pidió unirse a la Pasión de Cristo, a sus humillaciones y dolores. Imitemos a la santa y pidamos también nosotros lo mismo, unirnos a Cristo en sus dolores y humillaciones en el Camino Real de la Cruz, el único camino que conduce al Cielo.


martes, 22 de mayo de 2018

Santa Rita de Casia y su amor a la Pasión de Cristo



         Tanto en su vida de laica como de religiosa, Santa Rita tuvo siempre, en su mente y en su corazón, a la Pasión de Cristo y a los mandatos de Cristo.
         Como casada, soportó y rezó por su esposo, que era maltratador y golpeador, además de andar en malas compañías. Santa Rita rezaba mucho por su conversión y cuando su esposo se convirtió y luego fue asesinado por estas malas compañías, Santa Rita nunca guardó rencor contra los asesinos de su esposo. Por el contrario, le tocó atenderlos  servirlos y lo hizo recordando el mandato de Jesús de amar a los enemigos y de cómo Jesús nos había dado ejemplo de ese amor, perdonándonos a todos y cada uno de nosotros, que éramos sus enemigos por el pecado, desde la cruz. Más tarde, cuando sus hijos quisieron vengar la muerte de su padre, Santa Rita le pidió a Jesús que, por su muerte en cruz, no permitiera que sus hijos sufrieran la muerte eterna, por lo que pidió que se los llevara antes de que cometieran un pecado mortal, lo cual así sucedió, convirtiéndose sus hijos al cristianismo antes de morir.
         Luego, cuando entró como religiosa y estando meditando sobre la Pasión, arrodillada delante de un crucifijo, recibió la gracia de llevar una de las espinas de la corona de espinas de Jesús, la cual le provocó mucho dolor hasta el día de su muerte, además de volverse purulenta y obligarla a vivir alejada de sus hermanas del convento, debido al desagradable olor que emitía la herida infectada. Santa Rita aceptó esa humillación, recordando cuánto más había sufrido Jesús por ella en la Pasión, recibiendo de esa manera la gracia de participar de la coronación de espinas del Señor.
         Santa Rita nos deja así un gran amor a la Pasión de Jesús y un ejemplo de cómo unirnos a la Pasión, de manera de poder perdonar a nuestros enemigos, como Jesús nos perdonó en la cruz y también nos deja el ejemplo de cómo debemos buscar en esta vida la humillación de la coronación de espinas y el dolor de la Pasión y no los placeres del mundo. El gran ejemplo de Santa Rita es que nos enseña a amar la Cruz de Jesús en esta vida, para luego gozar de su Gloria eterna en el Reino de los cielos.

martes, 23 de mayo de 2017

Santa Rita de Casia


Vida de santidad[1].

Santa Rita nació en 1381 en Casia, Umbría. Se casó con Pablo Fernando, de su aldea natal. Debido al carácter irascible de su esposo, su matrimonio constituyó, desde sus primeros inicios, un verdadero martirio, el cual es aceptado por la santa con heroicidad cristiana. Ante el constante maltrato de su esposo, Santa Rita pone en juego las armas espirituales que la Madre Iglesia le ha enseñado: callar, sufrir en silencio y ofreciendo su dolor, rezando por la conversión de su esposo, conversión que llega finalmente gracias a su bondad y paciencia y la acción de la gracia.
Su matrimonio, del cual nacieron dos gemelos, vivió una verdadera tragedia al ser asesinado su esposo, como consecuencia de los enemigos que se había acarreado por su mala vida pasada, antes de su conversión. Santa Rita perdona a los asesinos de su esposo y les pide a sus hijos que hagan lo mismo, imitando el perdón que Cristo nos dio a cada uno de nosotros, al ser nosotros, con nuestros pecados, los que le quitábamos la vida. Sin embargo, sus hijos no escuchan el pedido de su madre e insisten en la idea de vengarse. Al ver que estaban en peligro de eterna condenación, Santa Rita ora pidiendo a Dios que se lleve a sus hijos, antes de que estos cometan un pecado mortal, lo cual sucede efectivamente.
Al haber enviudado y al haber quedado sin hijos, Santa Rita vislumbra la posibilidad de concretar su deseo de consagrarse, por la vida religiosa, al Señor, por lo que pide la admisión por tres veces en las Agustinas de Casia, siendo rechazada las tres veces.
Es admitida en el monasterio luego de que, milagrosamente, se le aparecieran San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Hace la profesión religiosa ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, vividos sólo para Dios. Como religiosa, fue ejemplar, viviendo en extrema humildad, pobreza, obediencia, y ofreciendo continuos ayunos, vigilias y penitencias con cilicios. Llevada por la gracia, recorrió con alegría y amor las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva.
Sus hermanas en religión refieren un episodio que da cuenta de su santidad. La Priora le manda regar un sarmiento seco, lo cual, visto humanamente, no tenía mucho sentido, puesto que era imposible que reverdeciera. Sin embargo, Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece.
Santa Rita solía pasar largas horas de rodillas, en un reclinatorio, ante la imagen de Jesús crucificado, meditando en su Pasión y en el dolor que nuestros pecados le provocaban. Fue en una de esas meditaciones que recibió una gracia muy particular: se le produjo una herida en la frente, como si fuera producida por una de las espinas de la corona de Jesús, la cual le procuraba un intenso dolor continuo, además de humillación permanente. Esta herida no cicatrizaba nunca y, aún más, empeoraba y comenzaba a supurar, emitiendo un olor nauseabundo, con lo que Santa Rita, a  pesar de ser religiosa y amar la vida comunitaria propia de la vida consagrada, tuvo que vivir hasta su muerte, apartada del resto de la comunidad. La herida desapareció solo una vez, por unos días, cuando Santa Rita, con sus hermanas en religión, salieron del convento para asistir a una misa en Roma, presidida por el Santo Padre. También desapareció definitivamente cuando Santa Rita murió, y en vez del olor nauseabundo que hasta ese entonces se sentía, el cuerpo de Santa Rita comenzó a exhalar un exquisito perfume de rosas.
En los días anteriores y en el momento de su muerte, sucedieron también hechos prodigiosos, como el florecer de una rosa y el madurar de dos higos en pleno invierno, para satisfacer sus antojos de enferma. También al morir se produjo otro sorprendente milagro, indicios de que su alma en gracia ingresaba en el Reino de los cielos: al momento de expirar, las campanas comenzaron a tañer solas a gloria y su celda se iluminó con una luz resplandeciente y desconocida. Murió en el año 1457 y fue canonizada por el Papa   León XIII en el año 1900.   

         Mensaje de santidad.

         A pesar de todos estos prodigios que verdaderamente sucedieron, lo que la hizo santa no fueron estos, sino una vida de virtudes heroicas cristiana en todos los estados de vida que le tocó vivir: fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja. Como esposa, sufrió en silencio la brutalidad de su esposo antes de su conversión, además de rezar permanentemente por su conversión, obteniendo del Señor esta gracia. Como madre, amaba tanto a sus hijos, que pidió para ellos la muerte terrena, antes de que cometieran el pecado mortal de la venganza y así sufrieran la segunda muerte, es decir, la eterna condenación en el infierno. Como viuda, guardó luto cristiano y desde el momento mismo en que enviudó, guardó con respeto y caridad cristiana la memoria de su esposo fallecido, tomando la decisión de ingresar en el convento para consagrarse como religiosa. Ya como religiosa, cumplió siempre a la perfección la regla de su Orden, además de recibir la gracia mística de sufrir, de modo permanente y hasta su muerte, una herida producida por una de las espinas de la corona del Señor, participando y uniéndose místicamente a su Pasión, la cual amaba meditar, día y noche. Por todo esto, Santa Rita es modelo ejemplar para toda mujer, en cualquier estado de vida que se encuentre.

jueves, 21 de mayo de 2015

Santa Rita de Casia y su amor a Jesucristo hasta el extremo de lo imposible


         Se dice que Santa Rita de Casia es “Patrona de lo imposible” y es así como su figura viene asociada a peticiones de casos cuya solución parece, precisamente, imposible. Sin embargo, se presta poca atención a un hecho particular central en su vida, que la condujo, no solo a los altares, sino al cielo, y es el hecho de que Santa Rita amó a Jesucristo en condiciones que, humanamente, podríamos llamar “imposibles”.
         Santa Rita amó a Jesucristo hasta el final, hasta lo imposible, aun cuando ninguno de sus anhelos se cumplía ni realizaba, según puede verse en su vida, y aun así siguió amándolo, hasta lo imposible.
Desde niña, Santa Rita quería ser monja, pero sus padres no solo se negaron, sino que le impusieron un esposo y Santa Rita, por obedecerles y no contrariarlos, se casó[1]. Una vez casada, su esposo, lejos de ser un esposo dulce y amante, fue cruel y violento, causándole muchos sufrimientos, aunque ella devolvió su crueldad con oración y bondad. Con el tiempo, la bondad de Santa Rita para con su esposo dio sus frutos, ya que él se convirtió, llegando a ser un hombre con gran temor de Dios. Sin embargo, no terminaron aquí las tribulaciones matrimoniales de Santa Rita, pues tuvo que soportar un gran dolor cuando su esposo fue asesinado[2]. Como vemos, durante su dura etapa de niñez, de juventud y de vida matrimonial, aunque todos sus sueños fueron contrariados, cuando muchos otros hubieran desistido en el amor y en el seguimiento de Jesucristo, Santa Rita hizo lo que parecía imposible: se mantuvo fiel en el amor a Jesucristo, a pesar de todas las contrariedades.
Luego de la muerte de su esposo, Santa Rita se dio cuenta que sus dos hijos pensaban cometer un crimen para vengar el asesinato del padre, siguiendo la perversa y diabólica costumbre de la “vendetta” o venganza. Debido a que esto es un pecado mortal y si lo cometían se condenarían, perdiendo sus almas por toda la eternidad en el infierno, Santa Rita, demostrando un amor verdaderamente heroico y sobrenatural por sus almas, suplicó a Dios que se los llevara de esta vida antes de permitirles cometer este pecado mortal. Poco tiempo después, los dos hijos de Santa Rita murieron, no sin antes haber tenido tiempo de preparar sus almas para el encuentro con Dios.
Ya sin su esposo e hijos, Santa Rita se entregó a la oración, penitencia y obras de caridad, y luego de un tiempo, pidió ingresar al Convento Agustiniano en Casia[3], retomando su primigenia vocación religiosa. Pero tampoco aquí fue fácil para Santa Rita, ya que no fue aceptada en un primer momento: solo después de rezarle a sus tres especiales santos patronos - San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino - entró milagrosamente al convento, siendo finalmente admitida en la vida religiosa, alrededor del año 1411.
Una vez en el convento, la vida de Santa Rita fue marcada por su gran caridad y severas penitencias, al tiempo que sus oraciones obtuvieron para otros, curas notables, liberaciones del demonio y otros favores especiales de Dios. Podríamos pensar que, siendo Santa Rita una religiosa ejemplar y de gran caridad, sus tribulaciones pasadas en su vida laical deberían ya haber finalizado. Sin embargo, Nuestro Señor le concedió un don especialísimo, reservado para aquellos a quienes más ama: para que ella pudiera compartir el dolor de su Corona de Espinas, Nuestro Señor la hizo participar a Santa Rita –una vez que ella estaba meditando en la Pasión, delante de un crucifijo- de una de sus heridas de espinas en la frente, la cual le provocaba fuertes dolores. Sin embargo, la gracia no finalizaba aquí, porque Jesús no solo quería que Santa Rita participara del dolor de la coronación de espinas, sino que participara también de la humillación que Él sufrió durante su Pasión –pensemos cuán humillante y ultrajante fue para Jesús el ser condenado a muerte injusta, insultado, golpeado, desnudado, flagelado, salivado, cargado con una cruz, crucificado, y tantas otras humillaciones más, que nos son ocultas, debido a la humildad de Nuestro Señor-, y para eso, Jesús le concedió que la herida de la frente no solo fuera dolorosa y no cicatrizara nunca, sino que despidiera un olor sumamente desagradable, con lo cual Santa Rita debía vivir prácticamente sola. Esta herida duró por el resto de su vida y solo desapareció en una oportunidad, por unos días, en el que Santa Rita y sus hermanas de religión fueron a Roma en ocasión de una visita al Santo Padre. A pesar del dolor y la humillación que le provocaba la herida, el amor de Santa Rita a Jesús no solo no disminuyó, sino que aumentó cada vez más, pues ella la consideraba una “gracia divina”[4]. Santa Rita oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. El día de su muerte el 22 de Mayo de 1457, la herida purulenta de la frente desapareció y su cuerpo despidió una fragancia exquisita. Desde su muerte, acaecida a la edad de 76 años, Santa Rita ha intercedido innumerables veces desde el cielo, concediendo, como dijimos al principio, soluciones a casos considerados “imposibles”. Que la beata Santa Rita interceda para que, cuando agobiados por las pruebas, tribulaciones y persecuciones de este mundo, nos parezca desfallecer en el amor a Jesús, perseveremos en su amor y, llevados por María Virgen, seamos capaces, como Santa Rita de amar a Jesús hasta el extremo de lo imposible.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Rita_de_Casia_5_22.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Santa Rita de Casia y su configuración con la Pasión de Cristo


         A lo largo de toda su vida, Santa Rita de Casia vivió de tal manera unida a Cristo, que todo en ella reflejaba a Jesús, tanto en su período de vida laical, como en su período de vida religiosa.
         Siendo laica y esposa, reflejó de tal modo la mansedumbre de Jesús Cordero, que convirtió a su esposo, un hombre violento y abusador, en un hombre cristiano, pacífico y religioso. Cuando este murió a manos de sus antiguos enemigos y sus hijos juraron vengarlo, Santa Rita pidió a Dios la gracia que salvara las almas de sus hijos y que tomara sus vidas antes de que estos murieran en pecado mortal, y Dios le concedió esta gracia, de manera que sus hijos murieron a causa de una grave enfermedad, no sin antes convertirse a causa de las palabras de dulzura y perdón en Cristo de las que les hablaba Santa Rita. Santa Rita así se configuró, siendo laica, con Cristo paciente, misericordioso, bondadoso, humilde, e hizo realidad en su vida el mandato de Cristo de amar a los enemigos, pues no solo no guardó rencor a los asesinos de su esposo, sino que los perdonó y los amó en Cristo.
                Siendo religiosa, le gustaba meditar largamente en la Pasión de Nuestro Señor, particularmente en los insultos, ultrajes y golpes que había recibido en el Via Crucis, en el Camino del Calvario. En la Cuaresma de 1443, luego de escuchar un sermón sobre la Pasión de Nuestro Señor, pidió la gracia a Jesús de participar de sus sufrimientos en la cruz, gracia que le fue concedida, ya que recibió los estigmas y las marcas de la Corona de Espinas en la cabeza, pero a diferencia de otros santos, en quienes estas heridas despedían aromas exquisitos, en Santa Rita estas heridas se volvieron purulentas y comenzaron de inmediato a despedir un hedor insoportable que la obligó, hasta el día de su muerte, a vivir apartada de la comunidad[1]. Solo se quitó este hedor en ocasión de la peregrinación por el Año Santo y en el día de su muerte, cuando el hedor se convirtió en un perfume celestial. Como religiosa, así como laica, Santa Rita de Casia se configuró con Cristo y con Cristo crucificado y coronado de espinas, con Cristo sufriendo en la Pasión, y esto hasta el fin de sus días.
         Ahora bien, no debemos creer que la petición de la participación en la Pasión del Señor está reservada a los grandes santos y místicos como Santa Rita de Casia y como tantos otros; en la Liturgia de las Horas de los fieles, el libro de oraciones de la Iglesia Católica, en las preces, se pide que los fieles –los fieles laicos y los sacerdotes y religiosos- sepan unir sus sufrimientos –físicos, morales, espirituales- a la Pasión del Señor, para así luego ser partícipes de su gloria en la bienaventuranza: “Haz que tus fieles participen en tu pasión mediante los sufrimientos de su vida, para que se manifiesten a los hombres los frutos de la salvación”[2]. Y no hace falta recibir estigmas con fragancias celestiales, ni llagas visibles, ni visiones, ni éxtasis; basta simplemente, en el silencio interior del corazón, hacer el ofrecimiento de la vida con sus tribulaciones a Cristo crucificado y coronado de espinas y entregar este ofrecimiento a la Virgen de los Dolores, que está de pie junto a la cruz; basta con besar los pies de Jesús, basta con besar su Sangre con un corazón contrito y humillado, y continuar con la vida de todos los días, y así la vida cotidiana está crucificada con Cristo, como la vida de Santa Rita de Casia.



[1] http://www.corazones.org/santos/ritade_cascia.htm
[2] Cfr. Vísperas del Viernes IV del Tiempo de Cuaresma.

martes, 21 de mayo de 2013

Santa Rita de Casia, Patrona de los imposibles y abogada de los casos desesperados




         Santa Rita de Casia es conocida como la “Santa Patrona de lo imposible y abogada de los casos desesperados” debido a que en su vida “logró” objetivos que parecían inalcanzables, teniendo en cuenta su estado y su condición de mujer, puesto que la mujer no era considerada en sus derechos en ese entonces. ¿Por qué es llamada así? ¿Cuáles fueron las “causas imposibles” que logró que sean posibles? ¿En dónde radicó el éxito para que lograra todo lo que lo logró?
Para responder a las respuestas, hay que tener en cuenta primero todo aquello que logró Santa Rita, repasando su biografía[1].
Desde niña, dio muestras de extraordinaria piedad y de amor a la oración, concibiendo ya desde entonces el deseo de ingresar en el convento de las Agustinas de Casia para consagrarse a Dios. Pero sus padres decidieron casarla y como amaba mucho a sus padres, les obedeció humildemente, por amor, convencida de que con la obediencia demostraba el amor a sus padres y a Dios. Sin embargo, su esposo resultó ser un hombre brutal, violento y disoluto, con un temperamento iracundo que aterrorizaba a sus vecinos. Rita soportó durante dieciocho años, con increíble paciencia, sus insultos e infidelidades. Los sufrimientos de Rita aumentaban todavía más, al comprobar que a medida que sus hijos crecían, emprendían la misma senda errónea de su esposo. Sin embargo, la tristeza y la tribulación nunca fueron más fuertes que su amor a la Cruz y a la oración, por lo que no pasaba un día sin que Santa Rita elevara sus oraciones pidiendo la conversión de su esposo y de sus hijos. Un día, la gracia santificante tocó el corazón de su esposo, quien le pidió perdón por todo lo que la había hecho sufrir. Días más tarde, su esposo murió a causa de una pelea o de una venganza, quedando su cuerpo todo cubierto de heridas. Su dolor aumentó al enterarse que sus hijos habían jurado vengar a su padre. La santa suplicó fervorosamente a Dios que no permitiese que sus hijos se convirtieran en asesinos, y Dios escuchó  su oración, puesto que enfermaron gravemente al poco tiempo y murieron antes de llevar a cabo su venganza. Rita, que los asistió tiernamente en su enfermedad, consiguió que, antes de morir, perdonasen a sus enemigos.
         Al quedar sola en el mundo, Santa Rita decidió retomar la vocación de su infancia, la vida religiosa, y por ello pidió la admisión al convento, pero se le negó la entrada aduciendo que las constituciones no permitían el ingreso de mujeres viudas. Rita insistió por tres veces, recibiendo otras tantas la misma respuesta por parte de la priora, y otras tantas recibió la misma respuesta, hasta que en 1413 hicieron una excepción con ella y le concedieron el hábito religioso.
En el convento, vivió con la misma sumisión y humildad con que había vivido en su familia como hija y en su matrimonio como esposa. Jamás cometió la más mínima falta contra las reglas del convento. Su superiora, para probarla, le mandó una vez que regara una vid seca; la santa no solo obedeció aquella vez, sino que la regó todos los días. Hacía mucha penitencia, y era muy caritativa con las religiosas enfermas. Con su ejemplo y sus palabras consiguió la conversión de muchos cristianos tibios, y todo cuanto decía o hacía estaba fundado en el gran amor a Dios que experimentaba. Desde niña había sido especialmente devota de la Pasión; como religiosa, fue arrebatada muchas veces en éxtasis, mientras contemplaba los misterios dolorosos de la vida del Señor. En 1441, la santa asistió a un fervoroso sermón que San Jacobo de la Marca pronunció sobre la coronación de espinas. Poco después, estando la santa arrodillada en oración, sintió un agudo dolor en la frente, como si una de las espinas de la corona se le hubiera clavado la herida supuró y comenzó a despedir un hedor tan fuerte, que la santa no podía estar en presencia de las demás, debiendo retirarse a lugares apartados en el convento. La herida desapareció temporalmente, por pedido de la santa a Dios, para poder acompañar a sus hermanas en la peregrinación que hicieron a Roma en el año jubilar de 1450, pero reapareció apenas Rita volvió al convento, de modo que se vio obligada a vivir prácticamente recluida hasta su muerte. La santa continuó practicando la penitencia y soportó con mucha paciencia otras enfermedades que le sobrevinieron. Según la tradición, en su lecho de muerte la santa pidió que le trajesen una rosa del jardín; como no era la estación de las rosas, pensaban no encontrar ninguna, pero para sorpresa del convento, en el jardín había un rosal en flor. Le preguntaron si quería otra cosa, y la santa dijo que sí, que quería también dos higos y, para mayor sorpresa, encontraron dos higos en una higuera sin hojas. Murió el 22 de mayo de 1457.

Mensaje de santidad

Una vez conocida su biografía, estamos en condiciones de responder a las preguntas del inicio. Estas son las cosas “imposibles” que logra Santa Rita:
Logra entrar en un convento, siendo mujer casada.
         Logra la conversión de su esposo, un hombre violento y poco religioso.
         Logra la conversión de sus hijos, dominados por la sed de venganza.
         Logra que la paz de Dios reine en los corazones violentos.
         Logra la conversión de muchos cristianos tibios.
         A causa de su herida punzante, dolorosa y purulenta, logra vivir recluida dentro del mismo convento, imitando así a Cristo, que por amor a nosotros sufrió la cárcel, la reclusión y el rechazo de los hombres. Con su amor a la Pasión, amor ya presente en ella desde su niñez, amor que en Santa Rita es inalterable a lo largo de toda la vida, nos enseña que es verdad aquello de: "el amor es más fuerte que la muerte", porque este amor a Cristo crucificado fue más fuerte que todas las tribulaciones que tuvo que pasar, ya sea en su condición de mujer casada como de religiosa. Y este amor "más fuerte que la muerte", es el que ahora y para siempre le da la vida eterna en los cielos.
         Finalmente, y lo más importante, logra entrar en el Reino de los cielos, aun siendo ella una pecadora (los más grandes santos, sin la gracia, son los más grandes pecadores).
         ¿La causa de que Santa Rita logre todas estas cosas imposibles? La gracia santificante de Jesucristo y el don de responder fielmente a esta gracia por medio de la humildad, la caridad y el amor a la oración.
         Roguemos por lo tanto a Santa Rita que interceda por la conversión de nuestros seres queridos -así como ella intercedió por sus seres queridos y estos se convirtieron y se salvaron- y, además, por lo que parece imposible: la propia conversión del corazón.



[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, 351ss.