San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 19 de agosto de 2014

San Bernardo abad y su frase que condensa el Evangelio del Amor: "Amo porque amo, amo por amar"


         San Bernardo de Claraval escribió una frase en un sermón, en el que condensa el Evangelio de Jesucristo: “Amo porque amo, amo por amar”[1]. En efecto, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se basa en el Amor, en la caridad, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y todo lo que hace Dios Uno y Trino, lo hace movido por el Amor: no hay otro motor en Él que no sea el Amor. Por lo tanto, todo el misterio pascual de Jesucristo, desde la Encarnación, hasta su Pasión, Muerte y Resurrección, está impregnado por el Amor, pero no por un amor humano, sino por el Amor Divino, que es el Amor de Dios Uno y Trino, el Amor que une a las Tres Divinas Personas desde la Eternidad, el Espíritu Santo: es el Amor que el Padre espira al Hijo y que el Hijo espira al Padre; es el Amor tan absolutamente perfecto, que constituye a una Persona, la Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo. Y es este Amor, tan absolutamente perfecto, tan admirablemente santo, que une a las Tres Divinas Personas desde la eternidad, el que lleva a las Tres Personas a obrar la Redención, la obra de la salvación de la humanidad.  Cuando contemplamos la Encarnación de la Palabra de Dios en el seno virginal de la Madre de Dios, cuando contemplamos el Nacimiento virginal del Verbo Eterno hecho Niño, cuando contemplamos la Pasión del Hombre-Dios, cuando contemplamos todos y cada uno de los misterios del Hombre-Dios, estamos contemplando el desplegarse de ese Amor Eterno en el tiempo y en la historia, que lo único que quiere es donársenos a todos y cada uno de nosotros, sin reservas, con toda la plenitud del Ser trinitario divino, para que nos gocemos de Él, en nuestro tiempo terreno y, luego de nuestra muerte, por toda la eternidad. Por eso dice San Bernardo de Claraval, en su sermón citado, que cuando la creatura responde con su amor humano, creatural, al Amor divino, aun cuando su amor sea muy pequeño, Dios se da por satisfecho, porque el amor es lo único con lo cual puede la creatura corresponderle a Dios –o “pagarle”, si podría caber el término, aunque la deuda en este caso es infinita y por lo tanto imposible de saldar-. Dice así San Bernardo: “Amo porque amo, amo por amar. (…) Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con lo que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí (…)”[2].
         Luego, San Bernardo se pregunta si, sabiendo la creatura que su amor creatural es pequeñísimo, comparado con el de Dios, no sentirá que su amor no vale nada y que por lo tanto “no tiene ningún valor ni eficacia su deseo nupcial”[3], y responde que no, porque –dice San Bernardo- “siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad (…) aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio”[4].
“Amo porque amo, amor por amar”. Por último, no olvidemos que, por el misterio de la liturgia eucarística, el Amor de Jesús, de su Sagrado Corazón Eucarístico, continúa donándose en cada eucaristía; no olvidemos que en cada Eucaristía está Jesús con su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, deseoso de hacer arder en el Amor de Dios a todo aquel que quiera recibir su Amor; no olvidemos que en la Eucaristía está vivo y Presente, glorioso y resucitado Aquél que dijo: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”[5]. A ese Fuego de Amor que se nos ofrece en cada Eucaristía, entonces, le digamos, en el momento de la comunión, junto con San Bernardo de Claraval: “Jesús Eucaristía, Te amo porque te amo, te amo por amar”.




[1] Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Lc 12, 49.

martes, 26 de junio de 2012

El fuego, las espinas y la cruz del Sagrado Corazón



         En una de sus apariciones, Jesús le muestra su Sagrado Corazón a Santa Margarita y le dice: “Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres (…) Pero de los hombres recibo a cambio solo desprecio, ingratitud, indiferencias, ultrajes”.
         ¿Cómo es el Corazón que Jesús le muestra a Santa Margarita? Según las declaraciones de la santa relativas a las apariciones, hay tres elementos dominantes: llamas de fuego que lo envuelven y que representan al Espíritu Santo, Fuego de Amor divino; espinas que lo rodean y lo punzan en cada latido, representando a los cristianos ingratos; y finalmente en su base, una cruz, que significa el camino que el alma debe recorrer para llegar a Él.
         Con respecto al Amor del Sagrado Corazón -representado en las llamas que lo envuelven-, no es un amor meramente declarativo, que se queda solo en la expresión verbal del amor: es un Amor que lleva a Cristo al extremo de morir en la Cruz por aquellos a quienes ama; es un Amor que no vacila en exprimir hasta la última gota de sangre del Corazón del Salvador, al punto de poder decir Dios que Él, como Dios, ya no tiene más para dar a los hombres, porque les ha dado literalmente no solo todo lo que Él tiene sino también todo lo que Él es, porque hasta en las últimas gotas de sangre de su Corazón traspasado se dona todo entero el Ser trinitario, que se derrama incontenible sobre la Humanidad.
         Pero el Corazón de Jesús, además de estar envuelto en las llamas del Amor divino, está rodeado también de espinas, de modo que a cada latido suyo de Amor, le corresponde un agudo dolor causado por las espinas que lo punzan. Y como el Corazón es uno de los órganos más sensibles al dolor, a un estado continuo de pulsaciones de amor, le corresponde un igual estado continuo de dolor. Las espinas representan a los hombres “ingratos”, “indiferentes”, que “desprecian” y “ultrajan” al Sagrado Corazón, y son la causa de las amargas quejas de Jesús.
Esto es así porque desde niños, hasta ancianos, pasando por la edad juvenil y la edad madura, los hombres –la gran mayoría- prefieren ensimismarse en la nada insignificante de sus entretenimientos y ocupaciones pasajeras, o en la náusea del pecado, en vez de postrarse, de rodillas, ante el Sagrado Corazón, que late de Amor en la Eucaristía, solo y abandonado por los cristianos, aquellos por quienes, en el extremo de su locura de amor, decidió dar su vida en la Cruz.
La Cruz, el tercer elemento de las apariciones a Santa Margarita, significa que el Sagrado Corazón, amoroso y doliente, está crucificado, agonizando de amor en el patíbulo de la Cruz; esto quiere decir que para acercarse al Sagrado Corazón, hay que subir a la Cruz, para escuchar sus latidos de Amor y de dolor; hay que subirse a la Cruz para beber de la fuente inagotable del Amor divino, abierta por la lanza.
Quien quiera amar al Sagrado Corazón debe subir a la Cruz, para ser crucificado con Él.
¿Qué más puede hacer Dios por nosotros? Viene a este mundo como un hombre fracasado, abandonado por todos excepto su Madre, permitiendo que traspasen su Corazón para que se derrame hasta la última gota de su Sangre, para salvarnos del demonio y para donarnos la filiación divina…
“De los hombres sólo recibo desprecios, ingratitudes, indiferencias…”. Que no tenga Jesús que lamentarse amargamente por nosotros, y que sepamos corresponder y reparar, con amor y adoración, como lo hizo la Virgen al pie de la Cruz, a tantos ultrajes y sacrilegios recibidos por el Sagrado Corazón en la Eucaristía.