San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.

viernes, 3 de agosto de 2012

El Sagrado Corazón rodeado de espinas




Santa Margarita relata así la Segunda Revelación, en el año 1674: “Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados...”.
Las espinas que rodean al Sagrado Corazón son la expresión gráfica de lo que significa la maldad del corazón humano delante de Dios cuando, en el ejercicio pleno de su libertad, se decide por el mal, en contra de la bondad divina. El Sagrado Corazón rodeado de espinas es un vivo alegato que desmiente las afirmaciones de los agnósticos, que sostienen que Dios no puede sufrir ni se interesa por el mal del hombre. Si bien Dios es Espíritu Puro, y por eso no puede sufrir, ese mismo Dios, en la Persona del Hijo, se ha encarnado en Jesús de Nazareth, y al encarnarse ha asumido las consecuencias que el mal, producido por el corazón humano, ejerce sobre el Corazón de Dios.
Dios se lamenta en el dolor del Sagrado Corazón, y las espinas que lo rodean, lejos de ser una imagen romántica y sensiblera, son la gráfica expresión del dolor de un Dios que es bondad y amor infinito, al comprobar, con horror y asombro, cómo su criatura, creada con la máxima dignidad con la cual puede ser creada una criatura, la libertad, elige, en el colmo del horror y la desolación, el mal, en vez del bien. En eso consiste el pecado, en la elección consciente y libre del mal, posponiendo al Dios de Amor infinito y de infinita majestad, por el Príncipe de la mentira, el Homicida desde el principio, el Príncipe de las tinieblas, el ángel de la oscuridad, Satanás.
Las espinas que punzan al Sagrado Corazón expresan este misterio de iniquidad, esta verdadera locura del hombre, que decide dejar de lado a Dios Trinidad por un ser inmundo y vil, el demonio. Pero el dolor del Sagrado Corazón no está sólo causado por haber sido pospuesto a un ser nauseabundo, como el demonio: está causado también por la pena que le produce contemplar la condenación eterna del alma que, por elegir el pecado, eligió aquello que está unido al pecado, el infierno.
Si el Sagrado Corazón se aparece para revelar sus inmensos dolores, no es para que el cristiano permanezca en el letargo espiritual; el Sagrado Corazón pide, expresamente, reparación, por medio de la oración, la penitencia, la mortificación, el ayuno.
Sólo con la reparación se mitigan los dolores del Sagrado Corazón, punzado por la malicia del corazón humano.