San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 27 de enero de 2015

Santo Tomás de Aquino y el Amor Divino como motor de la Pasión de Cristo


         Uno de los aportes más significativos de ese gran filósofo, teólogo y santo que fue Santo Tomás de Aquino, es el relativo a la Cristología, porque gracias a su metafísica del Acto de Ser, profundiza en la divinidad de la Persona de Cristo, según la dirección que ya había sido dada por el Concilio de Calcedonia: “una única persona en dos naturalezas, humana y divina”[1]. Santo Tomás afirma que la Persona en la que se unen las dos naturalezas, es la divina –es decir, la Segunda de la Santísima Trinidad-, y para hacerlo, recurre a su metafísica del ser: puesto que lo que da realidad y unidad a toda cosa es el acto de ser, entonces, el acto de ser –actus essendi- de la Persona divina de Cristo es el mismo acto de ser que da realidad a su naturaleza humana[2]. Pero el valor  de la cristología de Santo Tomás no reside solo en su precisión filosófica y teológica, sino también en su dimensión espiritual y mística, puesto que Santo Tomás coloca al Amor de Dios como el motor principal y exclusivo de la Pasión de Jesucristo, y lo hace de tal manera, es decir, le da un puesto tan central al Amor en la Pasión y Muerte en cruz de Jesucristo, que la cristología se califica como “cristología de la cruz” y “cristología del amor”.
         Para Santo Tomás, la cruz y el amor, el amor y la cruz, son los elementos sobrenaturales que explican el misterio pascual de Jesucristo: Jesucristo crucificado revela, de parte de Dios, su amor infinito, porque al deicidio de su Hijo por parte de los hombres –somos todos los hombres quienes matamos a Jesús en la cruz, con nuestros pecados-, Dios no responde fulminándonos con un rayo de su Justa Ira, como bien podría hacerlo, satisfaciendo así a la Justicia Divina, sino que responde con su Divina Misericordia, porque Jesús en la cruz es el signo del perdón divino y su Sangre derramada es el sello con el cual Dios nos besa y nos perdona; de parte del hombre, Jesucristo crucificado pone al descubierto la extrema miseria y maldad que anidan en el corazón humano, y esto como consecuencia del pecado original, porque si Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está crucificado, cubierto de llagas, coronado de espinas y es dejado morir luego de tres horas de dolorosísima agonía, es a causa de la maldad del corazón de los hombres, que llevados por la ceguera que produce esta misma maldad, crucifican a la Divina Misericordia encarnada, Jesucristo, a pesar de haber obrado, esta Divina Misericordia, milagros, señales y prodigios de todo tipo, en favor de los mismos hombres que la crucifican.
         La Encarnación del Verbo de Dios y su Pasión son, por lo tanto, en la cristología de Santo Tomás, una muestra del amor infinito de Dios, que todo lo hace movido por su Amor infinito hacia el hombre, su creatura predilecta: “Dios quiso hacerse hombre, porque nada demuestra tanto su amor por el hombre como el unirse a él personalmente, siendo una propiedad del amor el unir al amante con el amado, todo lo que sea posible”[3]. Y también: “No hay otro signo más evidente de la caridad divina que esto: Dios, creador de todo, se hace creatura; nuestro Señor se convierte en nuestro hermano, el Hijo de Dios se convierte en Hijo del hombre; Dios ha amado tanto al mundo, al punto de darle su Hijo Unigénito”[4]. Y este mismo Dios que se encarna y muere en la cruz por Amor, será luego el que, en cada Santa Misa, prolongue y continúe su Encarnación, en la Eucaristía, también pro Amor.
         Quien contempla a Cristo según la cristología de Santo Tomás, no ve a un hombre común dando su vida por un ideal utópico e inexistente, la fraternidad humana: contempla a la Persona Segunda de la Santísima Trinidad que, movida por el Amor Divino, se encarna en una naturaleza humana, sufre la Pasión, muere en cruz, resucita y prolonga los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección en la Santa Misa, con el único objetivo de salvar al hombre y comunicarle su Amor infinito y eterno. En la cristología de Santo Tomás, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el motor que explica los misterios de la vida de Jesús de Nazareth.




[1] Cfr. Battista Mondini, La Cristologia di San Tomasso d’Aquino, Origine, dottrine principali, attualitá, Urbaniana University Press, Roma 1997, 232.
[2] Cfr. ibidem.
[3] S. C. Gent. IV, 54, n. 3926.
[4] In Symb. a. 3, n. 907.

domingo, 28 de abril de 2013

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas



         A Santa Catalina de Siena se le apareció una vez Jesús, sosteniendo dos coronas, una de oro y otra de espinas. Le preguntó cuál de las dos elegía, y la santa eligió la de espinas.
         ¿Por qué Jesucristo se aparece con estas dos coronas? ¿Por qué Santa Catalina eligió la corona de espinas?
         Porque la vida del cristiano en la tierra debe ser una imitación de la vida del Hombre-Dios Jesucristo. El cristiano, para realizar el plan divino que Dios ha trazado para él desde la eternidad, debe vivir en la imitación de Cristo, según su estado de vida.
         Ahora bien, esta imitación no es meramente moral, como si se tratara de imitar a un modelo extrínseco, que se encuentra ahí afuera del ser de la persona, como si fuera una mera imagen mecánica que se mueve sólo por imitación del modelo original.
         Se trata de una imitación mucho más profunda, que se inserta en el acto de ser metafísico de la persona, que participa del Acto de Ser de la Persona Segunda de la Trinidad, el Hombre-Dios Jesús de Nazareth; se trata de una imitación interior, por participación en la vida misma del Hombre-Dios.
         Esta forma de imitación, que es por participación, es incoada en el momento mismo del bautismo, en donde el alma es unida Cristo y, sin sufrir físicamente la Pasión, es asociada a la Pasión y Muerte de Jesucristo, y, sin haber todavía muerto, es asociada a su Resurrección.
         Por el bautismo, el alma se une al misterio pascual de Cristo, es hecha partícipe de su Pasión, Muerte y Resurrección, lo cual quiere decir que adquiere para sí todos los méritos de Cristo. En otras palabras, por el solo hecho de recibir el sacramento del bautismo, el alma, recibiendo como propios los méritos infinitos de Cristo, recibe una infinidad de dones espirituales: se ve libre de la mancha original, es rescatada de la esfera de influencia del demonio, y obtiene un resonante triunfo sobre la muerte, el pecado y el ángel caído, además de recibir la filiación divina y constituirse en heredera del Reino de los cielos y tener asegurada la vida eterna.
         Sin embargo, es necesario que el alma se una libre y voluntariamente a la Pasión de Cristo; es necesario que el alma elija unirse a Cristo y participar, en esta vida, de su Pasión, para participar en la otra de su gloria y Resurrección. Este es el motivo por el cual Jesucristo se le aparece con dos coronas, una de oro y otra de espinas, permitiéndole a Santa Catalina elegir libremente, y es el motivo también por el cual Santa Catalina aumenta su grado de santidad al elegir la corona de espinas. Santa Catalina elige, libremente, asociarse a la Pasión de Cristo, Pasión a la que fue asociada ya en el bautismo, pero que falta completar en ella mediante la libre aceptación de unirse a Cristo crucificado, para padecer y morir crucificada con Él en esta vida y así resucitar gloriosa con Él en la vida eterna.
         Viendo el ejemplo de Santa Catalina, la gran mística del siglo XIV, no debemos pensar que el ofrecimiento de Cristo de las dos coronas se trata de un hecho reservado sólo a los grandes místicos: es una elección que cada cristiano, en lo profundo del corazón, debe hacer. Y como los santos están hechos para imitarlos, al igual que Santa Catalina, elegimos también la corona de espinas de Jesús, para participar de su Pasión en esta vida, y así participar de su gloria en la vida eterna.
        
        
         

viernes, 28 de enero de 2011

Santo Tomás y Cristo


Santo Tomás fue uno de los más grandes intelectos de la Iglesia Católica de todos los tiempos. Sus conocimientos en filosofía y en teología superan a casi todos los grandes maestros, cristianos y paganos, de la Antigüedad y de la Edad Media, y la elaboración de sus hallazgos conceptuales es tan sólida, que se mantienen hasta el día de hoy, proporcionando elementos y herramientas a los filósofos y teólogos de la Iglesia con los cuales no sólo puede la Iglesia enfrentar al pensamiento ateo contemporáneo, sino que le permite elaborar vías intelectuales y reflexivas que proporcionan al hombre de hoy caminos válidos en su búsqueda de Dios.

En el campo de la filosofía, el descubrimiento más grande de Santo Tomás, es el de la noción de “Acto de ser” o “esse ut actus”. Por esta noción, el “ser” no es una simple palabra, es decir, no tiene una mera existencia en la mente, sino que se pone en acto perfecto en la realidad, separando así la noción o concepto de “ser” de lo que es el ser en la realidad. El ser, como acto de ser, es a la vez la fuente de todas las perfecciones del ente –de la persona, en el caso de Dios Trinidad, o en los ángeles, o en el hombre-.

Por esta noción, el hombre puede salir del encierro de su propia mente, que tiende siempre a crear una realidad virtual, es decir, una realidad que sólo existe en su mente, y puede dirigirse a una realidad “real”, a una realidad que “está” y que “es” en acto fuera de sí. Si no hubiera tal noción, la realidad para el hombre sería sólo la creada por su propia mente, y no habría modo de salir de ella, dando lugar a la inmanencia, es decir, a la imposibilidad del hombre de salir de su propio yo y de su propia mente.

Por el contrario, por la noción del “Acto de ser”, Santo Tomás permite escapar de la realidad virtual de la imaginación, y situar al ente, que posee el ser, fuera de sí, lo cual abre paso a la trascendencia, ya que el ente “es” en la realidad por el acto de ser, que lo hace ser en la realidad, con una existencia y con un acto de ser independientes de la existencia y del acto de ser del propio yo.

Esto, que parecerían elucubraciones filosóficas abstractas reservadas a discusiones de entendidos, tiene una aplicación directa en el campo de la fe, y es tan importante su impacto, que su posesión y compenetración permiten construir una solidísima y firmísimo base intelectual racional, sobre la cual luego se construirán los cimientos y el edificio todo de la vida de la fe. El “Ser” de Dios, en Acto Puro y perfectísimo desde la eternidad, aparece así en el horizonte de la especulación del intelecto humano, sin posibilidad alguna de ser confundido con elucubraciones virtuales y puramente nominales, puesto que se presenta, al intelecto, como algo que “está” y que “es” fuera del hombre, con el agregado que, en su Perfección, el Ser divino se presenta como Increado, como Vivo, como fuente de toda perfección, y como Creador de todo ser creatural.

Santo Tomás aplica esta noción filosófica a la Revelación y a la Persona de Jesucristo, y como resultado, Jesucristo, que según la Revelación es Dios Hijo encarnado, aparece en el horizonte de la fe como un ser real, que existió en el tiempo, y cuya historia no fue una fábula, ni fue imaginación de discípulos exaltados, y como el portador en Acto Presente del misterio del Ser divino.

Aún más, esta noción, trasladada a la liturgia, abre las puertas a la admiración del alma, cuando se da cuenta que, en el altar, delante de sus ojos, se encuentra Presente ese mismo Ser divino y eterno, y que esa Presencia no depende ni de su fe ni de su imaginación, sino que “Es”, ahí, en el altar. A partir de esto, sólo hace falta la decisión libre del alma de trascender más allá de sus límites témporo-espaciales, lanzándose, con todas las fuerzas que su amor le permite, al encuentro con Cristo Dios Presente en la Eucaristía.