San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 11 de noviembre de 2022

Santo Domingo de Guzmán y el poder admirable del Santo Rosario, según San Luis María Grignon de Montfort


 

Tenía Santo Domingo de Guzmán un primo llamado Don Pérez o Don  Pedro ,que llevaba una vida muy disoluta . Oyó éste que el Santo predicaba las maravillas del Rosario y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio y se dijo :" Había perdido la esperanza de salvarme .Pero empiezo a recobrar la confianza . ¡ Es preciso que acuda a escuchar a este hombre de Dios !".

Asistió, pues ,un día al sermón del Santo .Quien ,al verlo, redobló su ardor en atacar los vicios y rogó a Dios fervorosamente que abriese los ojos de su primo y le hiciera conocer el estado miserable de su alma .

Don Pérez se asustó, desde luego ,pero no se decidió a convertirse . Volvió sin embargo,a la predicación del Santo.  Cuando éste lo vio ,comprendiendo que este corazón endurecido no se convertiría sino ante un golpe extraordinario , gritó en voz alta :" Señor Jesucristo, haz ver a todo este auditorio el estado en que se halla la persona que acaba de entrar a tu templo!!"

Toda la concurrencia vio entonces a Don Pérez rodeado de una multitud de demonios en figura de bestias espantosas, que lo tenían atado con cadenas de hierro.  Lleno de espanto huyeron todos desordenadamente ,con inmensa confusión de Don Pérez,  aterrado y avergonzado al verse convertido en objeto de horror para todo el mundo.  Santo Domingo hizo que se detuvieran y dijo a Don Pérez:" Reconoce, infeliz ,el deplorable estado en que se encuentra tu alma y arrójate a los pies de la Santísima  Virgen!¡ Toma este Rosario ! ¡ Rézalo con devoción y arrepentimiento de tus pecados y resuélvete  a cambiar de vida !

Don Pérez se puso de rodillas , rezó el Rosario y se sintió impulsado a confesarse . Lo que hizo con gran contrición. 

El Santo le ordenó rezar todos los días el Rosario 

Prometió él hacerlo y se inscribió en la cofradía.  Su rostro ,que había asustado a todos,  parecía tan brillante como el de un ángel, cuando salió de la Iglesia . Perseveró en la devoción del Rosario ,llevó una vida ordenada y murió dichosamente.

San Luis María Grignon de Montfort

El Secreto admirable del Santísimo Rosario

lunes, 8 de agosto de 2022

Santo Domingo de Guzmán y el Santo Rosario

 



El Santo Rosario, la oración compuesta por cinco decenas de Avemarías, cinco Padrenuestros y cinco Glorias y por medio de la cual se meditan los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, le fue enseñado a Santo Domingo de Guzmán por la Madre de  Dios en Persona, en el año 1208. Además de enseñarle a rezarlo, la Santísima Virgen le dijo a Santo Domingo de Guzmán que utilizara esta oración como una poderosa arma espiritual contra los enemigos de la Santa Fe Católica[1].

Santo Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albigense, un sistema de creencias en directa contradicción con los dogmas católicos. En efecto, según esta herejía, existen dos dioses, uno del bien y otro del mal; el bueno creó todo lo espiritual, mientras que el malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albigenses, todo lo material es malo y así el cuerpo humano, por ejemplo, al ser material, es malo y esto contradice directamente a la Fe Católica, que enseña que el Creador de la materia y del espíritu –del espíritu humano y del espíritu angélico- es Dios y, en cuanto tales, en cuanto creaturas de Dios, son buenos, puesto que Dios, siendo infinita bondad, no puede crear nada malo. Otra consecuencia que se sigue de esta herejía albigense es en relación a Nuestro Señor Jesucristo: puesto que tuvo un cuerpo, según esta herejía, Jesús no es Dios.

Los sectarios albigenses también negaban los sacramentos y la verdad de que María Santísima es Virgen y es la Madre de Dios; también se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años diversos Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito. El último en ser enviado con esta misión fue Santo Domingo de Guzmán, quien trabajó por años en medio de estos herejes, aunque muy pocos de estos se convirtieron, a pesar de su predicación, sus oraciones y sacrificios. Como parte de su misión evangelizadora, Santo Domingo fundó una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas y su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Precisamente, fue en esta capilla en donde Santo Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada. En respuesta a su pedido, la Santísima Virgen se le apareció en la capilla; en su mano sostenía un Rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Luego le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y se obtendrían abundantes gracias. A partir de esta aparición de la Madre de Dios, Santo Domingo comenzó la difusión del rezo del Santo Rosario, obteniendo enormes frutos apostólicos, puesto que numerosos albigenses se convirtieron, renegaron de su herejía y volvieron a la Fe Católica.

Poco después, con la aprobación del Santo Padre, Domingo formó la Orden de Predicadores (más conocidos como Dominicos), los cuales, con gran celo predicaban y evangelizaban. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen. Desde entonces, el rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos y cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció al Beato Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción; también le dijo la Virgen que se necesitarían volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del rosario, además de reiterarle las promesas dadas a Santo Domingo referentes al rosario. El Santo Rosario es la oración predilecta de la Santísima Virgen porque cada Avemaría es una rosa espiritual que le regalamos como hijos suyos; además, meditamos en los misterios salvíficos de la vida de su Hijo Jesús y, como si fuera poco, obtenemos todas las gracias que necesitamos para la salvación eterna de nuestras almas y las de nuestros seres queridos.

 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Santo Domingo de Guzmán y el Santo Rosario


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          ¿Cómo se originó el Rosario? El Rosario se debe a una aparición de la Madre de Dios a Santo Domingo de Guzmán en el año 1208: le enseñó a rezar el Rosario, le dijo que propagara esta devoción y que la utilizara como poderosa arma espiritual contra los enemigos de la fe.
¿Quién era Santo Domingo? Era un sacerdote español que fue al de Francia para combatir a una secta, la secta albigense, que enseñaba erróneamente el dualismo, es decir, la existencia de dos dioses, uno del bien, creador del mundo espiritual y otro del mal, creador de la materia. Como consecuencia, para los albigenses todo lo material, incluido el cuerpo, era malo: puesto que Jesús tuvo un cuerpo, “creado” por el dios malo, entonces Jesús no podía ser Dios. Otro error de esta herejía era que negaban todos los sacramentos, además de negar la maternidad divina de la Virgen y no reconocer al Papa como Vicario de Cristo.
La cuestión es que los Papas habían enviado, antes que Santo Domingo, a otros predicadores, buscando la conversión de los herejes y la erradicación de la herejía, pero sin obtener resultados. Santo Domingo, desde que llegó, se dedicó con todas sus fuerzas a combatir la herejía, mediante predicaciones, oraciones y sacrificios, pero sólo logró convertir a unos pocos, luego de varios años y mucho esfuerzo. Debido a esta situación y ya desanimado por los escasos resultados, Santo Domingo le pidió ayuda a la Virgen estando en el convento de Prouille, fundado por él para mujeres religiosas. Fue entonces que la Virgen se le apareció en la capilla, sosteniendo en su mano un Rosario, algo desconocido por el santo. Entonces la Virgen le enseñó al santo qué significaba y cómo se rezaba y le dijo que propagara su devoción por todo el mundo, puesto que era una poderosa arma espiritual con la que lograría rotundos éxitos contra los enemigos de la fe: la Virgen le prometió que por medio del Rosario, muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Fue esto lo que hizo Santo Domingo y, luego de un tiempo, había logrado la conversión de numerosos albigenses a la verdadera fe católica.
Las promesas de la Virgen María a los que recen devotamente el Santo Rosario.
Luego de la conversión de los albigenses y de la derrota de la herejía, Santo Domingo fundó la Orden de los Predicadores, conocidos como dominicos, quienes predicaban con mucho celo, extendiéndose a varios países y llevando el Santo Rosario como oración predilecta. Sin embargo, al cabo de dos siglos, el fervor y la devoción parecían estar disminuyendo, por lo que la Santísima Virgen se apareció nuevamente, esta vez al Beato Alano de la Rupe, para que reviviera la devoción al Santo Rosario. La Virgen le dijo también que obtendrían tantos milagros, que habrían de necesitar muchos volúmenes para registrarlos a todos. Además, reiteró las promesas que había dado a Santo Domingo para quien rezara el Rosario. Estas promesas, según el Beato Alano de la Rupe, son las siguientes:
1.   Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2.   Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3.   El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4.   El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5.   El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6.   El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7.   Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8.   Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9.   Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos       tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
La Virgen del Santo Rosario, ¡Auxilio de los Cristianos!
El rezo del Rosario por parte de una Europa entonces católica y practicante, la libró de numerosos enemigos y peligros, principalmente, de las invasiones musulmanas. Si estas se concretaban, la Europa católica desaparecería y con ella la Cristiandad, por lo que en ese entonces era mucho lo que estaba en juego. Pero gracias a la valentía de los católicos y al rezo del Rosario, impulsado por varios Papas en distintas épocas, Europa salió triunfante en su lucha contra los musulmanes. Es por todos sabida la Historia: los Musulmanes se proponían hacer desaparecer, a punta de espada, el cristianismo: ya habían tomado Tierra Santa, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y España. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido, y muchos mártires derramaron su sangre, muchas diócesis desaparecieron completamente. Después de 700 años de lucha por la reconquista, España y Portugal pudieron librarse del dominio musulmán. Esa lucha comenzó a los pies de la Virgen de Covadonga y culminó con la conquista de Granada, cuando los reyes católicos, Fernando e Isabel, pudieron definitivamente expulsar a los moros de la península en el 1492. ¡La importancia de esta victoria es incalculable ya que en ese mismo año ocurre el descubrimiento de América y la fe se comienza a propagar en el nuevo continente!
Otro gran triunfo que se atribuye al rezo del Rosario es la denominada “Batalla de Lepanto”: en tiempos del Santo Padre Pío V (1566 - 1572), los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión de la Europa cristiana. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. El Papa pidió ayuda pero no le hicieron mucho caso hasta que el peligro se hizo muy real y la invasión era certera. El 17 de septiembre de 1569 pidió que se rezase el Santo Rosario. El 7 de octubre de 1571 se encontraron las dos flotas, la cristiana y la musulmana, en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España y comandada por Don Juan de Austria entró en batalla contra un enemigo muy superior en número y buques de guerra. Se jugaba el destino de la Europa cristiana. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el Santo Rosario con mucha devoción. La batalla de Lepanto duró hasta altas horas de la tarde pero, al final, los cristianos resultaron victoriosos.
Mientras la batalla transcurría, en Roma el Papa recitaba el Rosario en su capilla. En eso, el Papa salió de su capilla y, por aparente inspiración, anunció a todos los presentes y con gran calma que la Santísima Virgen le había concedido la victoria a los cristianos. Semanas más tarde llegó el finalmente el mensaje de la victoria de parte de Don Juan de Austria, quien, desde un principio, atribuyó el triunfo cristiano a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Rosario. Agradecido con Nuestra Madre, el Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y agregó a las Letanía de la Santísima Virgen el título de "Auxilio de los Cristianos". Más adelante, el Papa Gregorio III cambió el nombre de la fiesta a la de Nuestra Señora del Rosario.
Otros triunfos atribuidos al Rosario son el sitio de Viena y la batalla de Temevar (en la actual Rumania).
Podemos decir que todas estas victorias católicas, así como el descubrimiento del Nuevo Continente y la difusión de la fe, se deben, en gran medida, al rezo del Santo Rosario y es la razón por la cual todos los Pontífices han sido grandes devotos del Rosario, recomendando su oración en todo momento. También en las apariciones marianas, el pedido del rezo del Rosario es una constante, que está presente en todas las apariciones. Por último, en la actualidad la Iglesia, tanto en Europa como en todo el mundo, atraviesa una gran crisis, sobre todo de fe, por lo que debemos volver a rezar el Santo Rosario con el fervor de los grandes santos como Santo Domingo, para así obtener resonantes triunfos contra los enemigos espirituales que nos acechan.


viernes, 10 de agosto de 2018

Santo Domingo de Guzmán



         Vida de santidad[1].

Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, que ha sido declarada beata, era una mujer admirable en virtudes cristianas y fue quien lo educó y le transmitió la fe cristiana. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. Leía con asiduidad libros religiosos, además de dedicarse a hacer caridad a la gente. Una vez entrado en la religión, Santo Domingo se destacó por ser un hombre de asidua oración, de duros sacrificios, pero también de gran alegría y buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración.   Cuando se trataba de temas mundanos era parco, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.  Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Al acompañar en un viaje apostólico por el sur de Francia a su obispo, se dio cuenta de una peligrosa y gravísima situación para la Iglesia: los herejes –llamados cátaros y albigenses- habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, provocando la apostasía de innumerables católicos. Esta secta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal: el bueno creó todo lo espiritual mientras que el dios malo, el mundo material. En consecuencia, todo lo material, incluido el cuerpo, es malo para los albigenses, contrariando así una de las enseñanzas de la Iglesia Católica, que enseña que la materia es buena porque fue creada por Dios Trino y nada de lo que hace Dios es malo. Como los albigenses sostenían que todo lo material era malo, también afirmaban en consecuencia y erróneamente que Jesús no es Dios, puesto que tiene un cuerpo material, humano, como todos los hombres –aunque Él es el Hombre-Dios, porque en realidad no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad-. Así, los albigenses negaban la divinidad de Jesucristo, como muchas otras verdades católicas: la existencia de los sacramentos y la condición de la Virgen de ser la Madre de Dios. También rechazaban la autoridad del Papa y de la jerarquía de la Iglesia, estableciendo sus propias normas y creencias, erradas desde el principio al fin. Para combatir a tan peligrosa secta, los Papas habían enviado, hasta Santo Domingo, a numerosos y santos sacerdotes que trataron de convertirlos, aunque con muy poco éxito.
Frente a esta situación, se había demostrado el método empleado por los misioneros católicos se demostraba absolutamente inadecuado e ineficiente.
Santo Domingo se decidió a emprender la misión de convertir a los herejes y para ello reunió un buen grupo de compañeros y junto con ellos decidió que llevarían una vida de absoluta pobreza, además de buscar vivir la santidad día a día. En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Además, numerosísimos cátaros y albigenses se convirtieron a la fe católica, al punto que la secta prácticamente desapareció.
Ahora bien, en realidad, lo que les dio la santidad a los dominicos que recién comenzaban y el éxito apostólico en la conversión de almas no fue el empeño ni el propio esfuerzo –que sí hay que ponerlo-, sino una poderosísima arma espiritual que la mismísima Virgen María entregó en manos de Santo Domingo: el Santo Rosario. En efecto, fue la Madre de Dios quien, en una aparición a Santo Domingo, le enseñó a rezar el rosario, en el año 1208, que en realidad es una contemplación rezada de la vida de los misterios de Jesucristo. Además, la Virgen le dijo que propagara esta devoción y que la misma sería un arma poderosa para utilizar contra de los enemigos de la Fe.
Ahora bien, la situación entre albigenses y católicos se tensó cada vez más hasta desembocar en una guerra. Simón De Montfort, jefe del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, le pidió que les enseñara a las tropas a rezar el rosario, el cual, una vez aprendido, lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en la localidad de Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario y como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Mensaje de santidad.

Es notorio el antes y el después de la aparición de la Virgen con su don, el Rosario: antes de la aparición de la Virgen, Santo Domingo trabajó incansablemente por la propagación del Evangelio entre los sectarios; hizo continuos ayunos, ofreció oraciones y sacrificios, y sin embargo, logró convertir solo a unos cuantos. Estando en la capilla de las novicias benedictinas, Santo Domingo le suplicó a la Virgen que lo ayudara, pues estaba desanimado, luego de que las conversiones fueran tan escasas y el trabajo tan arduo.
Respondiendo a su pedido, la Virgen se le apareció en la capilla de las religiosas benedictinas. Sostenía un Rosario en su mano y le enseñó a Santo Domingo cómo recitarlo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían por su rezo. Luego de que Santo Domingo implementara el Santo Rosario en su orden, las conversiones, de mínimas que eran, pasaron a ser masivas, por eso decimos que hubo un claro antes y después de la aparición de la Virgen con el Rosario. Podemos decir que fue la Virgen quien, con su Rosario, derrotó a la secta de los cátaros y albigenses que asolaban el sur de Francia. En nuestros días, nos enfrentamos a una secta inmensamente más peligrosa que la de los albigenses y cátaros y es la secta luciferina llamada “Nueva Era”, cuyo objetivo declarado es consagrar la humanidad a Lucifer, el Ángel caído: como en tiempos de Santo Domingo, el Santo Rosario es el arma potentísima con la cual la Iglesia soportará los embates de las puertas del Infierno y el medio por el cual el Inmaculado Corazón de María triunfará.







sábado, 8 de octubre de 2016

El Beato Bartolomé Longo, “Apóstol del Rosario”


Su pasado ocultista y su conversión a Jesús por María[1]
Antes de su conversión, el Beato Bartolo Longo practicó el espiritismo y solo por una intervención de la Virgen, fue que se convirtió, y a partir de entonces, se convirtió en un entusiasta promotor del Rosario y la caridad cristiana.
En el año 1863, Bartolo Longo, va a la ciudad de Nápoles para perfeccionar sus estudios de derecho. Es allí en donde entra en contacto con ideas liberales anticristianas y comienza a leer a autores no cris cristianos como Renán, apartándose cada vez más de la fe en Cristo se difumina, al tiempo que experimenta un creciente sentimiento de odio contra el Papa y contra la Iglesia.
Comienza un activismo, pronunciando discursos contra el Papa, además de financiara a quienes insultan a los sacerdotes que pasan por la calle, y defender las ideas de los grupos más anticlericales.
Luego sucede lo que le sucede a quien voluntariamente se aparta de Dios y combate contra Él: quien se aparta del Amor de Dios, queda bajo la orbita del maligno, bajo sus negras alas, aprisionado por sus garras, y es así como ingresa en el siniestro y peligroso mundo del espiritismo, mundo oscuro en el que hace tan grandes progresos, que los miembros de la secta deciden “ordenarlo” como sacerdote del espiritismo. Pero el espiritismo, al igual que la brujería, la hechicería, o el culto al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte, implica no solo el contacto con seres malignos, sino ser dominados por ellos. Así, Bartolo comienza, a tener visiones y contactos con seres extraños-demonios disfrazados de ángeles de luz-, uno de los cuales se hace pasar por San Miguel y que, según interpretará Bartolo años más tarde, debería ser el mismo demonio. Sus “guías espirituales” del mundo de lo oculto le aconsejan que realice más ayunos para purificarse, para llegar a experiencias más profundas, para llegar a ser médium. El resultado es que Bartolo se introduce cada vez más y más en el siniestro mundo del espiritismo y la magia. Puesto que la brujería y el espiritismo conducen a la pérdida de la razón, comienzan a deteriorarse su salud física y mental, hasta el borde del colapso.
En esa situación, cuando más lejos de Dios se encuentra, y cuando más atrapado por el Demonio está, comienza a actuar la Virgen. Sucedió que Bartolo fue a ver al profesor Vincenzo Pepe, un amigo de familia y católico practicante. Al profesor le impresiona, más que la palidez de muerte, el estado de pecado mortal en el que se encuentra Bartolo, por practicar el espiritismo y la brujería. En un momento determinado de  la conversación, Vincenzo le advierte acerca del doble peligro de muerte en el que se encuentra, peligro de muerte corporal y peligro de la segunda muerte, la eterna condenación. En un momento, le dice: “¡Tú quieres morir en el manicomio, y, además, condenado!”.
Fue allí en que la Virgen le concedió la gracia de la conversión, ya que la advertencia de su amigo provocó en él el inicio del despertar espiritual a la vida de los hijos de Dios. Desde entonces, comienza a hacerse más intensa la luz de la, recibida en el bautismo pero abandonada demasiado ligeramente. Es así que toma la decisión de cambiar y buscar refugio y ayuda en los brazos de la Iglesia, separándose definitivamente del espiritismo. Pide ayuda a un sacerdote dominico y el día del Sagrado Corazón de 1865 se confiesa: la paz de Cristo entra de nuevo en su vida, al haber sido removido aquello que lo enemistaba con Dios: el pecado, y sobre todo el pecado de idolatría, porque se había dedicado al espiritismo, la brujería y la nigromancia.
Surge ahora la pregunta: ¿qué quiere Dios de Bartolo? Intensifica su servicio a los pobres, ingresa en la Tercera Orden de los dominicos, y reza cada tarde el rosario en casa de unos amigos. Tras haberse enfermado por comer poco y por vivir en una pobreza excesiva, sus amigos le invitan a hospedarse como pensionista en la casa de la condesa Mariana De Fusco, quien le pide que analice la situación en la que se encuentra la vieja ciudad, percibiendo allí la pobreza, la incultura y el abandono en el que vive la gente. En su discernimiento, Bartolo ve que Dios le sugiere difundir el rezo del Santo Rosario.
A partir de entonces, se dedicará a esta tarea: predica, promueve grupos para rezar el rosario, organiza a la gente para asistir a los enfermos. En 1875 propone al obispo de la zona erigir un altar en honor de la Virgen, aunque el obispo decide que se construya una iglesia, con lo que se prepara así lo que un día se convertirá en el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya.
Inaugurado el santuario en 1887, se construyen a su alrededor asilos para niños abandonados y para hijos de delincuentes, talleres para obreros, imprentas para difundir la doctrina católica.
Entre las otras iniciativas de Bartolo está la oración por la paz, casi como un precursor que intuye los horrores de la guerra (dos guerras mundiales en el siglo XX). Se construye, en la fachada del Santuario de Pompeya, un monumento a María, Reina de la paz, que será inaugurado en 1901. A la vez, promueve una especie de “referéndum” por la paz universal, con el que consigue 4 millones de firmas. 
Por la acción de María, Auxilio de los cristianos, Medianera de todas las gracias, Reina del Rosario, el Beato Bartolo Longo pasa de ser médium espiritista a promotor del Rosario, la caridad cristiana, la educación y la paz.
La vida del Beato Bartolo Longo es un ejemplo de lo que la Virgen hace por sus hijos, principalmente, aquellos que más lejos están de Ella y de su Hijo Jesucristo. Como un resumen de su propia vida, y como mensaje de santidad que nos deja a los cristianos de todos los tiempos, el Beato Bartolo Longo escribe diciendo que “no puede haber ningún pecador tan perdido, ni alma esclavizada por el despiadado enemigo del hombre, Satanás, que no pueda salvarse por la virtud y eficacia admirable del santísimo Rosario de María, aferrándose de esa cadena misteriosa que nos tiende desde el cielo la Reina misericordiosísima de las místicas rosas para salvar a los tristes náufragos de este borrascosísimo mar del mundo”[2].




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/30497/cat/884/bartolo-longo-de-espiritista-a-beato.html
[2] Historia del Santuario de Pompeya, 76.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Santo Domingo de Guzmán


         En tiempos de Santo Domingo de Guzmán, se desarrolló en una región de Francia y con gran fuerza, una herejía desarrollada por una secta llamada “albigense” y también “cátara” (del griego kataros = puro)[1]. La herejía consistía en negar a la Trinidad, a la que reemplazaban por una dupla de deidades, una buena –principio del bien, identificado con el espíritu- y otra mala –principio del mal, identificado con la materia-; además, negaban la divinidad de Jesucristo –consecuencia lógica de negar la Trinidad de Personas en Dios- y afirmaban que no fue un hombre sino en realidad un ángel y que tanto su encarnación, como muerte y resurrección, tenían un sentido meramente alegórico. Con respecto a la Iglesia Católica, la consideraban como un instrumento de corrupción de los hombres, puesto que difundía la fe en la Encarnación del Hijo de Dios lo cual era, para la secta, falso. Además, negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios[2]. Para la secta, puesto que el dios bueno había creado el espíritu y el dios malo la materia, y como además había dos dioses, no era posible que Jesús fuera Dios, porque si tenía cuerpo, era indicio de que provenía del dios malo[3]; esto es lo que los llevaba a sostener, erróneamente, que Jesús no tenía cuerpo porque era un ángel.
         Como consecuencia de su errónea concepción de la divinidad –que, como vimos, eran dos “dioses”-, sostenían que la materia era producto del dios “malo” y, por lo tanto, todo lo material, como el cuerpo, era malo, por lo que algunos albigenses, llevando al extremo este grave error, practicaban una ascesis excesivamente rigurosa, que en algunos casos llevaba a la muerte –explícitamente deseada- y a la que llamaban “suicidio de liberación”. Quienes practicaban esta ascesis rigurosa eran llamados “perfectos”, mientras que los seguidores recién iniciados de la secta eran llamados “creyentes”. Para darnos una idea del grado de irracionalidad al que conduce el error, en la secta eran los “creyentes” los encargados de “ayudar” a los “perfectos” en su camino a las regiones del espíritu asesinándolos. Fue contra esta herejía, condenada por la Iglesia en varios sínodos y concilios, contra la que luchó Santo Domingo de Guzmán, enviado como su vocero principal por el Papa Inocencia II, junto a misioneros cistercienses. La situación no fue para nada fácil, puesto que los albigenses no solo se negaron a reconocer sus errores, sino que reaccionaron incluso con la fuerza, llegando a asesinar al legado papal Pedro de Castelnau, llegando la situación a finalizar en una auténtica guerra. Esta era la situación que encontró Santo Domingo de Guzmán al llegar, pero al finalizar su misión, la región se había pacificado y la gran mayoría de los albigenses, se habían convertido a la verdadera religión, la Católica, abandonando la secta. ¿Cómo fue que nuestro santo obtuvo tan resonante triunfo? A través de un arma dada por el cielo mismo, por medio de María Santísima: el Santo Rosario.
         Como sabemos, fue la misma Madre de Dios en persona la que, apareciéndose a Santo Domingo, le dio el Rosario y le enseñó a rezarlo, en el año 1208, al tiempo que le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe[4].
Fue así que Santo Domingo de Guzmán combatió y triunfó sobre la herejía albigense con el Santo Rosario, en el que, además de ser el instrumento por el cual interviene María Santísima en las almas, está contenida la doctrina y la fe católica que derriban el error de la secta. En efecto: a la negación de la Trinidad, el Rosario le opone el Gloria, en el que se alaba y glorifica a las Tres Personas de la Santísima Trinidad; a la negación de la divinidad de Jesucristo y su Encarnación, el Ave María recuerda el saludo del Arcángel Gabriel a María Santísima, en el que le anunciaba que su fruto, Jesús, sería “bendito”, porque sería el Emmanuel, el Dios con nosotros; es decir, en el Ave María está proclamada la verdad de la Encarnación del Verbo, o sea, la divinidad de Jesucristo, Segunda Persona de la Trinidad, y su humanidad, porque se encarna, se hace hombre en el seno virgen de María, sin dejar de ser Dios; a la negación de la condición de María Santísima de ser Virgen y Madre de Dios, el Ave María afirma ambas verdades, porque el anuncio del Ángel se produce en el momento en que es Virgen, Plena de gracia y por lo mismo elegida por Dios Trino –por eso le dice: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo”-, y en la segunda parte del Ave María –“Santa María, Madre de Dios”-, se nombra explícitamente a María Virgen con el título de “Madre de Dios”. Por último, ante la negación de los sacramentos, en el Ave María se pide a la Virgen que “ruegue por nosotros ahora y en la hora de la muerte”, es decir, le pedimos a la Virgen que “ruegue” y esté “con nosotros” ahora y en la hora de nuestra muerte, y como la Virgen es Madre de la Iglesia, esta petición se refiere tanto a las gracias actuales –que necesitamos ahora- que nos vienen por los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Penitencia, y en la hora de la muerte”, es decir, estamos pidiendo la asistencia de María Iglesia con el Sacramento de la Unción de los enfermos o Extremaunción, para que con los Sacramentos de la Confesión y la Eucaristía, entremos prontamente en el cielo, luego de nuestra partida de esta vida y el paso a la vida eterna.
Por último, en el Padrenuestro, nos dirigimos a Dios como “Padre nuestro”, lo cual no sería posible sin la Encarnación del Verbo y la consiguiente donación, desde la cruz y con la Sangre derramada de su costado traspasado, del Espíritu Santo, que nos concede la filiación divina y nos hace clama “Abba”, es decir, “Padre”. Es por esto que Santo Domingo de Guzmán venció a la herejía de los cátaros albigenses con el rezo del Santo Rosario, el Salterio de la Virgen.



[1] Cfr. http://www.aciprensa.com/Catecismo/herejia.htm
[2] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Historia_del_Santo_Rosario.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo de Guzmán y el don del Rosario dado por la Virgen


         En nuestros tiempos, caracterizados por el relativismo y el subjetivismo, es decir, por el predominio de la razón humana, que pretende tener razón –valga la redundancia- aun por encima de la Sabiduría Divina, se utilizan argumentos racionales, humanos, para todo, incluidos y en primer lugar, los principios que deben regir la vida espiritual. Por ejemplo, el rezo del Santo Rosario, uno de los principales legados de Santo Domingo de Guzmán. Muchos católicos, para no rezarlo, se excusan diciendo que es una oración “repetitiva”, “mecánica”, en la que “no sienten nada”, y que por lo tanto, como ellos se encuentran en una fase espiritual “superior”, prefieren “espiritualidades” acordes a su “avanzado estado espiritual”, y es así como –lamentablemente- abandonan, aún antes de empezar siquiera, el rezo del Rosario, y se introducen en prácticas literalmente “non sanctas”, como las espiritualidades orientales, como las promovidas por la Nueva Era (yoga, budismo, meditación zen, etc.). Son prácticas “non sanctas”, en el sentido de que no acercan a la gracia y no forman parte del tesoro de la Revelación de la Iglesia Católica, por lo que, quienes se dejan guiar por estos equívocos pensamientos y razonamientos, literalmente pierden la filiación divina por un plato de lentejas.
         Quienes así piensan, sobre todo acerca del Santo Rosario –esto es, que el Rosario es una oración mecánica, repetitiva, aburrida, etc.-, se olvidan que fue la mismísima Madre de Dios en persona, es decir, la Santísima Virgen María, quien le dio el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán -fundador de la Orden Dominicana, que dio a la Iglesia numerosísimos santos, entre ellos, Santo Tomás de Aquino- en el año 1208, para que él lo transmitiera a la Iglesia[1]. En otras palabras, el Santo Rosario, tal como lo conocemos –una oración que consiste en la repetición de Padrenuestros, Avemarías y Glorias-, no es, de ninguna manera, una oración “mecánica”, “repetitiva”, “aburrida”, “insensible”, ni nada por el estilo; decir esto, es contrariar a la Sabiduría Divina, que es quien nos regaló el Rosario, como una oración pensada por el mismo cielo para nosotros, pobres pecadores que peregrinamos en la tierra hacia la Morada Santa, el seno de Dios Padre. Si nosotros menospreciamos el Rosario, dado por la Santísima Virgen en Persona, entonces estamos menospreciando a la Santísima Virgen, a Jesucristo,  a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo, que son quienes, con infinito Amor y con infinita Sabiduría, pensaron para nosotros una oración, la más maravillosa de todas, con la cual, a la par que glorificamos a la Santísima Trinidad –el rezo del Gloria-, veneramos a la Madre de Dios –el rezo del Avemaría-, honramos al Padre –el rezo del Padrenuestro-, dedicamos un espacio de tiempo para la meditación y contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo –el tiempo que dura la recitación de los diez Avemarías-, espacio de tiempo en el cual la gracia de Dios, obrando a través de la Virgen María, modela nuestro corazón, haciéndolo igual al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, de manera tal que, cuantos más Rosarios recemos, tanto más parecidos serán nuestros corazones, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la finalidad última del rezo del Santo Rosario, donado por la Santísima Virgen, por encargo de la Santísima Trinidad, a Santo Domingo de Guzmán –aparte de combatir las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, que negaban el Papado, los sacramentos y la Redención de Jesucristo-: que por el rezo del Rosario, nuestros corazones se conviertan en copias vivientes, por la gracia que actúa a través de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Pero además de todo esto, hay que recordar que fue también la Madre de Dios quien se le apareció, dos siglos después, al beato Alano de la Roche[2], para darle las Quince Promesas, para quien rezare devotamente el Santo Rosario todos los días. Estas promesas son las siguientes:
         1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
         En pocas palabras, la Virgen nos está diciendo que si rezamos el Rosario todos los días, devotamente, tenemos el cielo asegurado, no solo para nosotros, sino para todos nuestros seres queridos.
         De esto se sigue, entonces, el enorme daño espiritual que se hacen –y hacen a los demás- aquellos que se niegan a rezar el Santo Rosario, anteponiendo sus erróneos razonamientos humanos; se sigue también cuánto ofenden a la Sabiduría Divina y al Amor Divino, al menospreciar una oración tan sencilla cuan profunda, y cuánto más ofenden a la Santísima Trinidad, quienes, además de despreciar este inmenso tesoro, se internan en espiritualidades que nada tienen para ofrecer al alma, sino tinieblas y sombras, en comparación con la Luz Eterna, Jesucristo, la Lámpara de la Jerusalén celestial, que alumbra a su Iglesia Peregrina con la luz de la gracia, de la fe y de la Verdad; Luz Eterna que ilumina con su resplandor divino a todo aquel que reza el Santo Rosario.



[1] http://www.corazones.org/santos/domingo_guzman.htm
[2] http://www.corazones.org/maria/rosario_historia.htm

lunes, 29 de abril de 2013

San Pío V



         Elegido en el año 1566 como Sumo Pontífice, San Pío V gobernó en tiempos sumamente difíciles para la Iglesia, la cual afrontaba gravísimos desafíos internos y externos que amenazaban su existencia: desde el interior, la Iglesia veía amenazada su existencia espiritual, puesto que sufría la defección de muchos de sus propios hijos que, por medio de la violencia física y verbal, y encabezados por Lutero, pretendían una Reforma de sus mismos cimientos dogmáticos; San Pío V comprendió inmediatamente que de ser aplicada esta Reforma, en vez de “reformada”, la Iglesia quedaría tan “deformada”, que sería irreconocible como la Esposa Mística del Cordero, y así el Papa tuvo que enfrentar la Reforma Protestante organizando con mucho éxito la Contrarreforma Católica; en el plano externo, tanto la Iglesia como la cristiandad toda, veían amenazada su existencia física debido a la inminente invasión de los turcos otomanos: en caso de triunfar en la batalla, arrasarían la Europa cristiana, imponiendo por la violencia de las armas el Islam. Frente a tan grave peligro, San Pío V reunió una fuerza naval constituida por las escuadras pontificia, española y veneciana, que venció en la Batalla de Lepanto pese a contar con una desventaja de diez a uno en relación a los otomanos, y la razón del triunfo fue que el Sumo Pontífice la dotó de una poderosísima arma: el rezo del Santo Rosario. Otras acciones clamorosas del Papa fueron la reordenación del breviario y del Misal Romano y la imposición de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino en las universidades católicas, hecho que dotaría a la intelectualidad católica de un instrumento valiosísimo para hacer frente a las numerosas herejías que aparecerían en el tiempo.
         Podríamos decir que los tiempos gravísimos de San Pío V se repiten hoy, al ser amenazada la Iglesia en sus bautizados por la más grande secta herética jamás conocida, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Esta secta no necesita de un reformador a la cabeza, como en tiempos de San Pío V; tampoco necesita de ejércitos, soldados, naves, o misiles, para destruir la Iglesia; esta secta utiliza un arma siniestra y letal que, al igual que una bomba de neutrones, que aniquila todo rastro de vida pero deja intacto los edificios materiales, se difunde por las mentes y corazones de los bautizados, aniquilando todo rastro de vida espiritual católica y todo apego a la vida de la gracia, dejando intactos los edificios. Este veneno letal, difundido por la secta de la Nueva Era, es el gnosticismo, que puede definirse como la pretensión del hombre de salvarse a sí mismo sin la necesidad de Dios, sin Jesucristo y su gracia, sin su Iglesia y sus sacramentos. De esta manera, el gnosticismo destruye los cimientos de la vida espiritual, desde el momento en que reemplaza la fe en Jesucristo por la fe en el hombre, con lo cual se muestra infinitamente más poderoso en su capacidad destructora que los enemigos a los que se enfrentó San Pío V, la Reforma y los turcos otomanos. El gnosticismo es destructor porque de la adoración del hombre por el hombre pasa, casi imperceptiblemente, a la adoración de Lucifer, objetivo último de la Nueva Era, la cual pretende la entronización de Lucifer como rey del universo y la iniciación y consagración luciferina de toda la humanidad.
         Sin embargo, al igual que en tiempos de San Pío V, la Iglesia cuenta con la ayuda de una fuerza espiritual poderosísima, ante cuya presencia los enemigos de Dios y de la Iglesia se disipan como el humo al viento: la Santa Misa, la Eucaristía, la Confesión sacramental, el rezo del Santo Rosario y la Verdad revelada, depositada, custodiada y explicitada por el Magisterio de la Iglesia. Además, el católico cuenta con la promesa de Jesús de que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra la Iglesia (Mc 8, 27-30), y por este motivo, quien haga uso de estas armas celestiales, saldrá triunfante en la más grande batalla entablada en la tierra desde el inicio de los tiempos, entre las fuerzas de Dios y las fuerzas de las tinieblas. Con el uso de estas armas espirituales y con la promesa de Jesús, el católico está siempre seguro de que las fuerzas del infierno “no prevalecerán”.