San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 8 de agosto de 2022

Santo Domingo de Guzmán y el Santo Rosario

 



El Santo Rosario, la oración compuesta por cinco decenas de Avemarías, cinco Padrenuestros y cinco Glorias y por medio de la cual se meditan los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, le fue enseñado a Santo Domingo de Guzmán por la Madre de  Dios en Persona, en el año 1208. Además de enseñarle a rezarlo, la Santísima Virgen le dijo a Santo Domingo de Guzmán que utilizara esta oración como una poderosa arma espiritual contra los enemigos de la Santa Fe Católica[1].

Santo Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albigense, un sistema de creencias en directa contradicción con los dogmas católicos. En efecto, según esta herejía, existen dos dioses, uno del bien y otro del mal; el bueno creó todo lo espiritual, mientras que el malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albigenses, todo lo material es malo y así el cuerpo humano, por ejemplo, al ser material, es malo y esto contradice directamente a la Fe Católica, que enseña que el Creador de la materia y del espíritu –del espíritu humano y del espíritu angélico- es Dios y, en cuanto tales, en cuanto creaturas de Dios, son buenos, puesto que Dios, siendo infinita bondad, no puede crear nada malo. Otra consecuencia que se sigue de esta herejía albigense es en relación a Nuestro Señor Jesucristo: puesto que tuvo un cuerpo, según esta herejía, Jesús no es Dios.

Los sectarios albigenses también negaban los sacramentos y la verdad de que María Santísima es Virgen y es la Madre de Dios; también se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años diversos Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito. El último en ser enviado con esta misión fue Santo Domingo de Guzmán, quien trabajó por años en medio de estos herejes, aunque muy pocos de estos se convirtieron, a pesar de su predicación, sus oraciones y sacrificios. Como parte de su misión evangelizadora, Santo Domingo fundó una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas y su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Precisamente, fue en esta capilla en donde Santo Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada. En respuesta a su pedido, la Santísima Virgen se le apareció en la capilla; en su mano sostenía un Rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Luego le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y se obtendrían abundantes gracias. A partir de esta aparición de la Madre de Dios, Santo Domingo comenzó la difusión del rezo del Santo Rosario, obteniendo enormes frutos apostólicos, puesto que numerosos albigenses se convirtieron, renegaron de su herejía y volvieron a la Fe Católica.

Poco después, con la aprobación del Santo Padre, Domingo formó la Orden de Predicadores (más conocidos como Dominicos), los cuales, con gran celo predicaban y evangelizaban. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen. Desde entonces, el rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos y cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció al Beato Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción; también le dijo la Virgen que se necesitarían volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del rosario, además de reiterarle las promesas dadas a Santo Domingo referentes al rosario. El Santo Rosario es la oración predilecta de la Santísima Virgen porque cada Avemaría es una rosa espiritual que le regalamos como hijos suyos; además, meditamos en los misterios salvíficos de la vida de su Hijo Jesús y, como si fuera poco, obtenemos todas las gracias que necesitamos para la salvación eterna de nuestras almas y las de nuestros seres queridos.

 

viernes, 1 de mayo de 2020

San José, modelo de santidad para todo esposo, padre e hijo


Catholic.net - La Sagrada Familia

          Desde su más pequeña infancia, durante su juventud y en su edad adulta, San José se caracterizó por la diversidad de dones, virtudes y gracias que poseía: humilde, viril, puro, piadoso, devoto, ferviente y casto. La razón es que había sido elegido, desde su nacimiento, para ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo en la tierra, además de ser el Esposo meramente legal de la Madre de Dios. Ambas funciones no las podía desempeñar cualquier hombre, ni siquiera un hombre sabio o prudente, sino que debía ser un hombre santo y el más santo entre todos y éste, por la gracia de Dios, era San José. Desde muy pequeño, la gracia de Dios asistió a San José para que no solo no cayera en el pecado, sino para que fuera uno de los santos más grandes entre todos los santos. A Él le confió Dios Padre los dos tesoros que más amaba: a su Hijo Jesús y a la Virgen María, su Madre. Dios Padre no podía ni quería encargar a nadie que no tuviera las cualidades, dones y virtudes que tenía San José, para que lo reemplazara en el papel de Padre en la tierra: Él era el Padre de Jesús en la eternidad, puesto que Jesús es Dios e inhabita en el seno del Padre desde la eternidad, pero al encarnarse, necesitaba de un padre terreno, adoptivo, y ése no podía ser otro que San José. A su vez, Dios Espíritu Santo, Esposo celestial de María Santísima, no podía encargar a otro que no fuera San José, el desempeñar el rol de esposo meramente legal de su virginal esposa, la Madre de Dios.
          Por estas razones, San José es modelo inigualable de hijo, de padre y de esposo: de hijo, porque cumplió a la perfección el rol que le asignó Dios Padre; de padre, porque cumplió ejemplarmente el papel de Padre adoptivo de Jesús, también encomendado por Dios Padre; por último, desempeñó a la perfección el rol de Esposo meramente legal de María Santísima, pues siempre la amó con amor de hermano, a la Virgen María. Por todo esto, San José es modelo inigualable de santidad para todo hijo, esposo y padre terrenos, que deseen alcanzar el Reino de los cielos.

lunes, 20 de enero de 2020

San Ildefonso


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          Vida de santidad[1].

San Ildefonso nació en Toledo, España. Estudió en Sevilla bajo San Isidoro; luego entró a la vida monástica y fue elegido abad de Agalia, en el río Tajo, cerca de Toledo y en el año 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Se caracterizó por unificar la liturgia en España y por escribir abundantes obras importantes, particularmente sobre la Virgen María. El santo tenía una profunda devoción a la Inmaculada Concepción ya desde doce siglos antes de que se proclamara dogmáticamente. Esta devoción a la Virgen fue compensada por la Madre de Dios con numerosos milagros.

Mensaje de santidad.

El Milagro del encuentro con la Virgen: una noche de diciembre, el santo y algunos otros clérigos, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Al entrar, encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que les llamó mucho la atención y los llenó de temor, por lo que todos huyeron excepto Alfonso y sus dos diáconos. Estos entraron en la capilla y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la María, la Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de ángeles que entonaban cantos celestiales. Entonces la Virgen María le hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Obedeciendo a la orden, el santo se acercó y la Virgen, fijando sus ojos sobre él, le dijo: “Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Luego de decir esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor. Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el Concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como “El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición”. En la catedral los peregrinos pueden aun observar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.
A nosotros no se nos aparecerá la Virgen para darnos un regalo de la tesorería de Jesús, como la casulla que le regaló a San Ildefonso, pero a pesar de esto, la Virgen hace más por nosotros que por este milagro concedido al santo, porque en vez de una casulla, la Virgen, al ser Mediadora de todas las gracias, intercede continuamente por nosotros para que recibamos las gracias que necesitamos para nuestra eterna salvación y con nuestro nos muestra el inefable amor maternal que la Virgen tiene para con cada uno de nosotros.

viernes, 11 de marzo de 2016

Los siete dolores y gozos de San José - Cuarto Dolor y Cuarto Gozo


Si bien San José fue un padre y esposo terreno y experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, gozos y dolores en los distintos sucesos de su familia, estos adquirieron una dimensión sobrenatural, desde el momento en que San José era Esposo casto y puro, meramente legal, de la Madre de Dios, y era Padre pero no biológico, sino adoptivo, de su Hijo, Quien era desde la eternidad el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Sus gozos y dolores se comprenden entonces al interno de la historia de la salvación y en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Su recuerdo no es un mero traer a la memoria, sino una participación, por el misterio del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Según una tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se realizan en siete Domingos sucesivos. Ofrecemos, en honor de San José y en su Novena, las siguientes meditaciones, con la intención de participar, con fe y con amor, de los misterios de su paternidad, prolongación en la tierra y por un instrumento humano, de la Paternidad divina de Dios Padre.

Cuarto Dolor: San José experimenta el Cuarto Dolor al ingresar al Templo, acompañando a María Santísima, que lleva a su Niño Dios en brazos, para ofrendarlo al Señor, tal como prescribía la Ley para los primogénitos. Llevado por el Espíritu Santo al Templo, el anciano Simeón, al ver entrar a la Sagrada Familia, es iluminado por el Espíritu de Dios que lo inhabita y así reconoce en ese niño a Dios hecho Niño, que ha venido a este mundo para salvarlo, redimirlo y conducirlo a la Casa del Padre. Pero Simeón también recibe la gracia de saber que el Mesías habrá de padecer mucho y morir en cruz para la salvación de los hombres, y que Él será la causa de la exaltación de quienes se unan a su sacrificio en cruz, o de la caída para quienes lo rechacen. Simeón ve también, por inspiración divina, cuánto habrá de sufrir María Santísima, la Madre de Dios Niño, porque Ella será hecha partícipe en su espíritu de los dolores acerbos de su Hijo en la Pasión, y es esto lo que Simeón profetiza cuando, sosteniendo al Niño en brazos y contemplando a María, le dice: “Y a ti, una espada de dolor te atravesará el corazón”. Puesto que San José está unido a María Santísima en desposorios castos, porque el Amor que los une es el Amor de Dios, y en virtud de esta unión mística y sobrenatural que con su Esposa legal tiene, San José experimenta también como si su corazón fuera atravesado por una espada de dolor, porque comparte los dolores de María Santísima. Así, San José experimenta el dolor de saber que su Hijo habrá de padecer cruel muerte de cruz a manos de los hombres, para conseguir, con su Sangre derramada, la eterna salvación para las almas que lo acepten como su Salvador.

Cuarto Gozo: San José experimenta el Cuarto Gozo cuando escucha de Simeón la predicción de la salvación y resurrección gloriosa de innumerables almas, que serán salvadas por el sacrificio de su Hijo adoptivo, y este gozo compensa el dolor anterior, causado por la profecía de su muerte redentora. San José se alegra porque puede ver, a la luz del Espíritu de Dios, cómo el dolor –aún el más grande para un padre, como la muerte de un hijo-, ofrecido en mansedumbre de corazón y en unión de fe y de amor con el Hijo de Dios, se convierte en fuente de santificación personal y de salvación para muchas almas, y esto hace aumentar aún más el Cuarto Gozo de San José. San José se alegra porque con su Hijo Jesús, ni la muerte, ni el dolor, ni el infierno, tienen ya más la última palabra sobre la humanidad, porque su Hijo derrotará a estos grandes enemigos de los hombres, para abrir a toda la humanidad las puertas del Reino de los cielos, al extender sus brazos en la cruz. San José se alegra en su Cuarto Gozo, al vislumbrar la multitud incontable de almas que se salvarán gracias al sacrificio redentor de su Hijo adoptivo, Cristo Jesús.

Oh glorioso patriarca San José, por el dolor mortal que experimentaste en tu corazón al conocer la profecía de Simeón acerca de los dolores de Jesús y por la alegría sin fin que inundó tu preciosísima alma, llena del Espíritu Santo, al saber que por el dolor de tu Hijo serían salvadas incontables almas, te pedimos que intercedas para que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, luego de llevar una vida santa, seamos incorporados al coro de los bienaventurados en la Jerusalén celestial. Amén. 
Padrenuestro, Ave María, Gloria.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


Podemos determinar cuál es la función de los Santos Arcángeles en nuestras vidas, según el desempeño de estos Santos Arcángeles en las Escrituras.

De San Miguel Arcángel –que significa “Quién como Dios”-, principalmente, se habla en el Apocalipsis, en donde se narra su glorioso triunfo a las órdenes de Dios, comandando al ejército celestial, que derrotó y expulsó del cielo a la Antigua Serpiente y a sus inmundas huestes, luego de la rebelión angélica: “Se desató entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron al dragón; éste y sus ángeles, a su vez, les hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” (Ap 12, 7-9).

El Arcángel San Miguel, por lo tanto, nos asiste en esta vida en nuestra lucha diaria contra “los principados y las potestades de los cielos” (Ef 6, 12-14), los demonios, que habiendo perdido la batalla en el cielo luego de combatir contra San Miguel Arcángel, y habiendo sido precipitados “como un rayo” (cfr. L c 10, 18)hacia la tierra, vagan por el mundo “como un león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pe 5, 8), haciendo la guerra a los hijos de la luz, a los hijos de Dios y de la Virgen, porque desde su caída de los cielos, Dios puso “enemistad entre la Serpiente y los hijos de la Mujer” (Gn 3, 15), es decir, los hijos de la Virgen. 



Y San Miguel Arcángel, así como, bajo las órdenes de Dios, expulsó al demonio del cielo, así también, bajo las órdenes del Hombre-Dios Jesucristo, Rey de los Ángeles, y bajo las órdenes de la Madre de Dios, Reina de los ángeles, expulsará al demonio de nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, para que libres de las acechanzas de la Antigua Serpiente, vivamos los días de nuestra vida terrena en alabanza y en adoración al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, como anticipo de la adoración que le tributaremos en el Reino de los cielos. Ésa es entonces la tarea de San Miguel Arcángel.


Con respecto al Arcángel San Gabriel –que significa “Mensajero de Dios”-, de él se habla en el glorioso pasaje de la Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: ‘Salve, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se conturbó por estas palabras, y preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin’. María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios... Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.' Y el ángel dejándola se fue’. (Lc 1, 26-38).


Por su relación con la Santísima Virgen María, el Arcángel San Gabriel nos asiste en esta vida para que amemos a la Virgen como Madre de Dios y también como a nuestra Madre celestial, y también nos asiste para que la imitemos a la Virgen por la gracia santificante, para que, a igual que la Virgen, que fue concebida como la Inmaculada Concepción y llena del Espíritu Santo, con el fin de recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad, es decir, su Hijo Jesús, la Eucaristía, también nosotros recibamos a su Hijo Jesús en la Eucaristía –su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad-, y el modo más perfecto de hacerlo, es imitando a la Virgen en su pureza virginal, lo cual lo logramos por medio de la gracia –alma pura- y con la castidad o la virginidad –cuerpo puro-. Para eso es que tenemos que imitarla a la Virgen, para que seamos puros para recibir a Jesús en la Eucaristía, con un cuerpo puro –castidad, virginidad- y con el alma en gracia, y esa es la tarea que realiza en nosotros el Arcángel San Gabriel.



Con respecto al Arcángel San Rafael, que significa “Medicina de Dios”, algunas de sus palabras en la Escritura son: “Bendecid a Dios y glorificadle. Habéis hecho el bien y nada malo os pasará. Por eso me envió Dios a curarte a ti. Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos” (Tb 12, 15). 


Puesto que el Arcángel San Rafael asiste a Tobías, joven justo y piadoso, que ama a Dios, obra la misericordia y ama a sus padres y a su esposa, la tarea del Arcángel San Rafael en esta vida es asistirnos para que, al igual que Tobías, crezcamos en el amor a Dios y en el amor a los padres, obremos las obras de misericordia para con  los más necesitados y cumplamos nuestro deber de estado con la perfección y el amor propio de los hijos de Dios, ya que esa es la manera más perfecta de bendecir y glorificar a Dios con nuestras vidas, en el tiempo, para luego hacerlo por toda la eternidad, en compañía de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael.
Los Santos Arcángeles, entonces, tienen asignada, por la Divina Providencia, la función de perfeccionarnos en todos los órdenes de la vida, para que cumplamos el pedido de Jesús, de "ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto" (cfr. Mt 5, 48): nos asisten en nuestra lucha contra el Ángel caído, que quiere nuestra perdición; nos asisten en nuestro deber de amor, de obrar las obras de misericordia, corporales y espirituales, y de amar a nuestros padres y, finalmente, lo más importante, nos asisten en nuestra tarea de imitar a la Madre de Dios en su pureza de cuerpo y alma, ayudándonos a que vivamos en estado de gracia santificante para que, a semejanza de la Virgen en la Anunciación, recibamos, por la comunión eucarística, con un cuerpo puro y con un alma pura, al Verbo de Dios hecho carne, es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo de Guzmán y el don del Rosario dado por la Virgen


         En nuestros tiempos, caracterizados por el relativismo y el subjetivismo, es decir, por el predominio de la razón humana, que pretende tener razón –valga la redundancia- aun por encima de la Sabiduría Divina, se utilizan argumentos racionales, humanos, para todo, incluidos y en primer lugar, los principios que deben regir la vida espiritual. Por ejemplo, el rezo del Santo Rosario, uno de los principales legados de Santo Domingo de Guzmán. Muchos católicos, para no rezarlo, se excusan diciendo que es una oración “repetitiva”, “mecánica”, en la que “no sienten nada”, y que por lo tanto, como ellos se encuentran en una fase espiritual “superior”, prefieren “espiritualidades” acordes a su “avanzado estado espiritual”, y es así como –lamentablemente- abandonan, aún antes de empezar siquiera, el rezo del Rosario, y se introducen en prácticas literalmente “non sanctas”, como las espiritualidades orientales, como las promovidas por la Nueva Era (yoga, budismo, meditación zen, etc.). Son prácticas “non sanctas”, en el sentido de que no acercan a la gracia y no forman parte del tesoro de la Revelación de la Iglesia Católica, por lo que, quienes se dejan guiar por estos equívocos pensamientos y razonamientos, literalmente pierden la filiación divina por un plato de lentejas.
         Quienes así piensan, sobre todo acerca del Santo Rosario –esto es, que el Rosario es una oración mecánica, repetitiva, aburrida, etc.-, se olvidan que fue la mismísima Madre de Dios en persona, es decir, la Santísima Virgen María, quien le dio el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán -fundador de la Orden Dominicana, que dio a la Iglesia numerosísimos santos, entre ellos, Santo Tomás de Aquino- en el año 1208, para que él lo transmitiera a la Iglesia[1]. En otras palabras, el Santo Rosario, tal como lo conocemos –una oración que consiste en la repetición de Padrenuestros, Avemarías y Glorias-, no es, de ninguna manera, una oración “mecánica”, “repetitiva”, “aburrida”, “insensible”, ni nada por el estilo; decir esto, es contrariar a la Sabiduría Divina, que es quien nos regaló el Rosario, como una oración pensada por el mismo cielo para nosotros, pobres pecadores que peregrinamos en la tierra hacia la Morada Santa, el seno de Dios Padre. Si nosotros menospreciamos el Rosario, dado por la Santísima Virgen en Persona, entonces estamos menospreciando a la Santísima Virgen, a Jesucristo,  a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo, que son quienes, con infinito Amor y con infinita Sabiduría, pensaron para nosotros una oración, la más maravillosa de todas, con la cual, a la par que glorificamos a la Santísima Trinidad –el rezo del Gloria-, veneramos a la Madre de Dios –el rezo del Avemaría-, honramos al Padre –el rezo del Padrenuestro-, dedicamos un espacio de tiempo para la meditación y contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo –el tiempo que dura la recitación de los diez Avemarías-, espacio de tiempo en el cual la gracia de Dios, obrando a través de la Virgen María, modela nuestro corazón, haciéndolo igual al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, de manera tal que, cuantos más Rosarios recemos, tanto más parecidos serán nuestros corazones, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la finalidad última del rezo del Santo Rosario, donado por la Santísima Virgen, por encargo de la Santísima Trinidad, a Santo Domingo de Guzmán –aparte de combatir las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, que negaban el Papado, los sacramentos y la Redención de Jesucristo-: que por el rezo del Rosario, nuestros corazones se conviertan en copias vivientes, por la gracia que actúa a través de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Pero además de todo esto, hay que recordar que fue también la Madre de Dios quien se le apareció, dos siglos después, al beato Alano de la Roche[2], para darle las Quince Promesas, para quien rezare devotamente el Santo Rosario todos los días. Estas promesas son las siguientes:
         1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
         En pocas palabras, la Virgen nos está diciendo que si rezamos el Rosario todos los días, devotamente, tenemos el cielo asegurado, no solo para nosotros, sino para todos nuestros seres queridos.
         De esto se sigue, entonces, el enorme daño espiritual que se hacen –y hacen a los demás- aquellos que se niegan a rezar el Santo Rosario, anteponiendo sus erróneos razonamientos humanos; se sigue también cuánto ofenden a la Sabiduría Divina y al Amor Divino, al menospreciar una oración tan sencilla cuan profunda, y cuánto más ofenden a la Santísima Trinidad, quienes, además de despreciar este inmenso tesoro, se internan en espiritualidades que nada tienen para ofrecer al alma, sino tinieblas y sombras, en comparación con la Luz Eterna, Jesucristo, la Lámpara de la Jerusalén celestial, que alumbra a su Iglesia Peregrina con la luz de la gracia, de la fe y de la Verdad; Luz Eterna que ilumina con su resplandor divino a todo aquel que reza el Santo Rosario.



[1] http://www.corazones.org/santos/domingo_guzman.htm
[2] http://www.corazones.org/maria/rosario_historia.htm

jueves, 13 de diciembre de 2012

San Isaías y la advertencia del Adviento



Al ambiente festivo de las lecturas anteriores correspondientes al tiempo de Adviento, la Iglesia introduce una lectura que no solo no tiene nada de festivo, sino que se corresponde más bien a un lamento: es el lamento de Yahveh que se duele amargamente por la suerte de su Pueblo Elegido. “Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña para tu beneficio, que te conduce por el camino en que debes andar. ¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos! Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia” (48, 17-19). Llama la atención que el Señor se dirija en estos términos, que más que reproches, son un triste lamento, que surge en el mismo Dios cuando comprueba el extravío de aquél a quien Él amaba con locura. El lamento de Yahvéh es el lamento de un padre o de una madre que no encuentra consuelo al recordar los malos pasos de su hijo descarriado: “¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Es decir, Yahvéh, frente al Pueblo Elegido, que lo cambiado a Él, el Dios de majestad infinita, que tantas maravillas ha obrado en su favor, para postrarse ante los ídolos de los gentiles, y que ha hecho del oro su dios, se queja amargamente, al comprobar la increíble ceguera de su Pueblo: “¡Si tan solo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Luego continúa con una serie de beneficios, de dones, de sucesos alegres, que le habrían acaecido al Pueblo, si este hubiera escuchado y seguido sus Mandamientos: “Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia”. Como se puede ver, las consecuencias de este apartamiento, son terribles, puesto que quien se aparta “es cortado y borrado su nombre” de la “presencia” de Yahveh.
Ahora bien, si bien el Mesías se dirige, a través de San Isaías, a aquellos israelitas que, en vez de adorar a Dios, se construyen sus propios ídolos a medida, debido a que  también se aplica al tiempo de Adviento y de Navidad, el reproche y el lamento están dirigidos a los cristianos, principalmente a aquellos que convierten a la Navidad en una festividad pagana: son aquellos para quienes Papá Noel y no el Niño Dios, es el dueño y centro de la Navidad; son aquellos que piensan que festejar la Navidad es atiborrarse de manjares terrenos, de bebidas alcohólicas, de festejos trasnochados; son aquellos para quienes Navidad es sinónimo de consumismo, de alegría pagana, de sensualidad carnal, de música cumbia y rock y no de villancicos.
Pero para quienes ven en el Niño de Belén al Mesías Redentor, para quienes la fiesta principal de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, para quienes el manjar celestial está antes y es más importante que el manjar terreno; para quienes en Navidad se deleitan con la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, con el Pan Vivo bajado del cielo, y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; para quienes se alegran en la Virgen, Madre de Dios, ensalzándola y alabándola y dando gracias a Dios por su Maternidad virginal; para quienes adoran al Dios Niño, que del seno eterno del Padre viene a este mundo a través del seno virgen de la Madre, para nacer en un humilde pesebre, para ellos, no hay reproches, sino dulces palabras de amor: “Porque has atendido mis mandamientos, entonces tu paz es como un río, y tu justicia, como las olas del mar. Será como arena tu descendencia, y tus hijos como granos; nunca será cortado ni borrado su nombre de mi presencia”.

martes, 13 de marzo de 2012

Santa Matilde y la devoción de las tres Avemarías

 14 de marzo
Santa Matilde


Vida y milagros de Santa Matilde, Emperatriz[1]
Santa Matilde era hija de los condes Teodorico y Reinhilda. Su padre la había colocado desde niña en la abadía de Herford, para que se formase en el temor de Dios y en todos los conocimientos propios de una doncella de la buena sociedad. Allí adquirió una buena educación y cultura. Se casó con Enrique “el Pajarero”, duque de Sajonia, en solemnes esponsales, por los que se convirtió Matilde, primero en duquesa de Sajonia, luego en reina y emperatriz de Germanía, y madre de Otón I el Grande, restaurador del Imperio Romano.
Matilde ejerció sobre Enrique una influencia bienhechora, al constituirse en su mejor guía y consejero. En sus victorias, Matilde ponía el contrapeso de su dulzura y moderación; en sus pesares, ella le daba ánimos para seguir adelante. La joven princesa perfumaba toda la corte con sus virtudes y su dulzura inefable. Dedicaba mucho tiempo a la oración y su mayor consuelo era socorrer a los pobres, que la llamaban “madre”.
Matilde y Enrique eran un solo corazón. “En ambos, dice el biógrafo, reinaba el mismo amor a Cristo, una misma unión para el bien, una voluntad igual para la virtud, la misma compasión para los súbditos y el mismo afecto entrañable para todos. Los dos merecieron las alabanzas del pueblo”.
El Sacro Imperio Romano Germánico tuvo la suerte de tener en su cuna el hálito santo de esta mujer dulce y fuerte. Matilde formó el corazón de Otón, el hombre de la Providencia, y puso en él semillas de fe, de fortaleza, de piedad y de amor a la Iglesia de Cristo y a sus súbditos.
Cuando le avisaron que su esposo había muerto, la reina estaba en la iglesia y ahí se quedó, volcando su alma al pie del altar en una ferviente oración por él. En seguida pidió a un sacerdote que ofreciera el santo sacrificio de la misa por el eterno descanso del rey y, quitándose las joyas que llevaba, las dejó sobre el altar como prenda de que renunciaba, desde ese momento, a las pompas del mundo.
Un día el Papa llamó a Otón a Roma, puso en sus sienes la corona de Carlomagno y lo nombró emperador de Occidente. Debido a que su otro hijo, Enrique, ya había fallecido, Matilde, considerando haber cumplido su misión, volvió a la abadía, entregándose por completo a sus obras piadosas. Emprendió la construcción de un convento en Nordhausen; hizo otras fundaciones en Quedlinburg, en Engern y también en Poehlen, donde estableció un monasterio para hombres[2].
La última vez que Matilde tomó parte en una reunión familiar fue en Colonia, en la Pascua de 965, cuando estuvieron con ella el emperador Otto “el Magno”, sus otros hijos y nietos. Después de esta reaparición, prácticamente se retiró del mundo, pasando su tiempo en una u otra de sus fundaciones, especialmente en Nordhausen. Cuando se disponía a tratar ciertos asuntos urgentes que la reclamaban en Quedlinburg, se agravó una fiebre que había venido sufriendo por algún tiempo y comprendió que pronto iba a llegar su último momento. Envió a buscar a Richburga, la doncella que la había ayudado en sus caridades y que era abadesa en Nordhausen. Según la tradición, la reina procedió a hacer una escritura de donación para todo lo que hubiera en su habitación, hasta que no quedó nada más que el lienzo de su sudario. “Den eso al obispo Guillermo de Mainz (que era su nieto). El lo necesitará primero que yo”. En efecto, el obispo murió repentinamente, doce días antes de que ocurriera el deceso de su abuela, acaecido el 14 de marzo del año del Señor 968, Sábado de Gloria. El cuerpo de Matilde fue sepultado junto con el de su esposo, en Quedlinburg, donde se la venera como santa desde el momento de su muerte[3].

Mensaje de santidad de Santa Matilde[4]
Además de su vida de santidad, Santa Matilde nos deja el legado inapreciable de la devoción a las tres Avemarías, una devoción dada por la Madre de Dios en persona, quien le prometió a Santa Matilde, que aquel que rece diariamente esta devoción, tendrá su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte.
¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?
En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, ya sea para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.
Por esta devoción se honran los tres principales atributos de María Santísima, que son: el poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta (y cómo será de grande el poder dado por Dios Padre, que la Virgen María es la Mujer del Génesis que con su delicado piececito de doncella, aplasta la cabeza del dragón del infierno; para el demonio, el pie de la Virgen pesa más que miles de millones de toneladas, porque lo aplasta con el poder de Dios); la sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre (y esta sabiduría celestial se demuestra, ante todo, en “Sí” dado por María al anuncio del ángel de la Encarnación del Verbo, que la convertiría en Madre de Dios); el amor con que la llenó Dios Espíritu Santo, al elegirla por su inmaculada Esposa (y el amor en María, con el cual ama a su Hijo Dios, es el mismo Amor de Dios, que es como un oceáno sin playas, sin límites, infinito, celestial, ¡y con ese mismo amor somos amados nosotros como hijos de la Virgen!).
Porque son estos tres atributos, dados por las Tres Divinas Personas, los que resplandecen en María Santísima, es que viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.
Las tres Avemarías se rezan así: “María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal. Por el poder que te concedió Dios Padre: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
Por la sabiduría que te concedió Dios Hijo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
Por el Amor que te concedió Dios Espíritu Santo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén!”.


[2] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Tomo I, 337.
[3] Cfr. Butler, ibidem.

martes, 24 de enero de 2012

San Ildefonso y la defensa de la virginidad de María



         En momentos en que, dentro y fuera de la Iglesia, se piensa, se habla, se escribe, en contra de la virginidad de María, debemos recurrir a San Ildefonso para afianzarnos y fortalecernos en la fe en la Madre de Dios. No es intrascendente sostener esta verdad o no: si María no fue Virgen, si Ella no fue la Madre de Dios, entonces Jesús no es Dios Hijo en Persona, porque Dios no podía nacer en un seno materno en el que se hubiera dado cabida al pecado, al mal, al error, a la ignorancia. Sería algo equivalente a derramar agua cristalina en un recipiente de cristal, limpio, pero en cuyo fondo hay lodo; el agua se contamina con el barro y se vuelve impura. Esto no quiere decir que Jesús, siendo Dios, si se hubiera encarnado en una mujer que no hubiera sido virgen ni concebida en gracia, como María Santísima, hubiera contaminado su divinidad, porque eso es imposible, pero sí habría sido algo contrario a la dignidad de su divinidad. Porque el fruto de la concepción de María es Dios, es que María debía ser Virgen y Llena de gracia, porque sólo así podía encarnarse Aquel que es el Cordero Inmaculado y la Gracia Increada misma.
         El ataque a la Virgen y a Jesús, en la negación de su condición de Virgen, es en el fondo un ataque a la Iglesia, porque la Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia. Si la Virgen no fue Virgen, si Ella nació con el pecado original; si Jesús fue concebido como un hombre más entre otros, entonces la Iglesia no concibe en su seno virginal, por el poder del Espíritu Santo, a Jesús en la Eucaristía, y tanto la Iglesia como la Eucaristía son inventos de hombres. Esta es la importancia de defender la verdad acerca de María Virgen y Llena de Gracia.
Dice así San Ildefonso contra los que calumnian a la Madre de Dios, negando su virginidad, y por lo tanto, negando también su condición de Llena de gracia: “¿Qué osas decir, caos de locura, de aquella morada de Dios, de aquella corte del Rey de las victorias, clarísima con el brillo del pudor, de aquel palacio del Emperador de las cosas celestiales y asiento gloriosísimo de Aquel a quien no pueden comprender la plenitud y la diversidad de los lugares? ¿El tronco de la vida daría ramas de muerte? ¿El huerto cerrado en que brotó la flor de la peregrina virginidad habría de producir abrojos y serpientes? ¿De la fuente de la vida, sellada con el parto virginal, manaría el cieno de la impureza?”.
Lo mismo que dice San Ildefonso, lo podemos decir nosotros a quien le niega a la Iglesia su condición de Esposa mística del Cordero de Dios.
        

ORACIÓN A MARIA

De San Ildefonso de Toledo
(del Libro de la perpetua virginidad de Santa María)

A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios. Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.


Me humillo ante la única que es madre de mi Señor. Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo me permitas consagrarme a ti y a Dios, ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo, servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como madre de nuestro Creador; a Él como Señor de las virtudes y a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a Él como a Dios y a ti como a Madre de de Dios. 

Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor. 

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!: creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnaciòn; hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas; amar en tu Madre aquello que tu llenes en mi con tu amor; servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti; vivir bajo su gobierno en tal manera que sepa que te estoy agradando y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios, consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen; los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella, tampoco glorificáis como Dios a mi Señor. No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; los que no rendís honor a la Madre del Señor con la excusa de honrar a Dios su Hijo. 

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella; para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mi de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre. 

Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor; lo que se da a la Madre redunda en el Hijo; lo que recibe la que nutre termina en el que es nutrido, y el honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora, canto mi alegría a la Madre del Señor, exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

Porque gracias a la Virgen yo confio en la muerte de este Hijo de Dios y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua, ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad
por los siglos de los siglos. 

Amén.