San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de febrero de 2015

Beato Álvaro de Córdoba

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Dentro de todas sus obras de santidad, que le valieron ganar la vida eterna, se encuentra el ser el precursor de unos de los ejercicios piadosos más practicados por la cristiandad: el Via Crucis. La devoción del Beato Álvaro de Córdoba por la Pasión de Jesús, se encendió con mayor fervor luego de asistir a una peregrinación en Tierra Santa, en donde tuvo oportunidad de recorrer, in situ, el Via Crucis de Nuestro Señor.
Al regreso de esta peregrinación y deseoso de “participar en cuerpo y alma de la Pasión del Salvador” –tal como se pide en la Liturgia de las Horas-, el Beato fundó el convento de Santo Domingo Escalacoeli (Escalera del Cielo), en donde instaló distintos oratorios que reproducían la “vía dolorosa”. Fue en este lugar en donde Nuestro Señor Jesucristo se le apareció como mendigo.
El mismo Beato, que había construido las imágenes que recuerdan la Pasión de Cristo, practicaba esta devoción con todo fervor, amor y piedad. A partir de esta representación, se construyeron otras en otros conventos, constituyéndose en los precursores del actual Via Crucis, el cual obtendrá su forma definitiva, fijada en catorce estaciones, luego de las modificaciones del holandés Adricomio y del P. Daza. Finalmente, será San Leonardo de Porto Mauricio quien contribuirá a su difusión, al llevar la sagrada representación a Italia.
         ¿Cuál es el mensaje de santidad del Beato Álvaro de Córdoba?
         El deseo ardiente de participar de la Pasión de Jesucristo, en cuerpo y alma, puesto que el Via Crucis no es un mero ejercicio de piedad, realizado de forma mecánica y para cumplir una disposición del tiempo de Cuaresma: el Via Crucis, en la intención del Beato Álvaro de Córdoba, es la forma en la que el alma, movida por la gracia, demuestra su deseo de participar de la Pasión de Jesús, sintiéndose atraída por el Amor del Redentor, que por ella carga la cruz, cruz en la que lleva los pecados del mundo para lavarlos con su Sangre y quitarlos definitivamente y así allanar el camino del alma hacia el cielo. La práctica del Via Crucis, iniciada por el Beato Álvaro de Córdoba, no es entonces un simple ejercicio de piedad, reservado para devotos, en un tiempo determinado del año: es la participación, por medio de la oración, y en la medida en que lo permite la pequeñez de nuestra humanidad, en la Pasión salvadora de Jesucristo, Pasión por la cual nuestros pecados son borrados por la Sangre del Cordero y por la cual accedemos al cielo, al recibir su gracia santificante. De esta manera, el Via Crucis, de ejercicio de piedad, pasa a ser una verdadera escalera mística –Escalacoeli- que conduce al cielo. Para eso la ideó el Beato Álvaro de Córdoba, y ése es su principal legado de santidad.

         

martes, 10 de febrero de 2015

Santa Escolástica y el sentido de la vida religiosa


         Santa Escolástica, hermana de San Benito de Nursia, ingresó a la vida religiosa, siguiendo los pasos de su hermano. Vivió recluida, hasta su muerte, ocurrida en el año 547 –el día de su muerte, San Benito vio cómo su alma se elevaba, en forma de paloma blanca[1], al cielo- en un convento religioso ubicado en Montecassino, Italia. Al leer su biografía, el mundo no puede apreciar la riqueza de la vida de santa Escolástica, porque el mundo todo lo ve con la luz de la razón humana: una mujer joven, decide recluirse en un convento, de por vida. El mundo no puede entender esta elección y por eso considera, a santa Escolástica, y a todos los religiosos y consagrados en general, como personas sin razón, o antisociales, que prefieren recluirse, antes que “disfrutar” de los atractivos mundanos. Sin embargo, la vida de santa Escolástica es inimaginablemente rica y dichosa, porque la reclusión en un convento, indica la respuesta libre a un llamado, también libre y motivado por el Amor, de parte de Dios. En esto último radica el sentido y la esencia de la vida religiosa, y explica el porqué de la elección de una persona que, dejando atrás al mundo y a sus atractivos, ingresa en la vida religiosa: es la respuesta libre y movida por el amor, a una llamada divina, también libre y también movida por el Amor. En otras palabras, el religioso no se “recluye” en un convento, huyendo del mundo por su incapacidad para la vida social: el religioso, el que elige la vida religiosa y consagrada, se “refugia” en el convento –en la vida religiosa- para no solo estar “más tiempo” con un Dios, que es Trinidad de Personas, que por Amor lo ha llamado, sino que consagra toda su vida a ese Dios Trino, para estar, no solo “un poco más de tiempo”, sino todo lo que le queda de su vida terrena, en compañía y diálogo de Amor con ese Dios Trino que la ha elegido y llamado y para así continuar, por toda la eternidad, con el diálogo de Amor con la Trinidad de las Divinas Personas.
         Ahora bien, el mundo no entiende la vida religiosa, porque no posee la luz de la fe, que capacita para comprender la felicidad que esta encierra, y no la entiende, tanto más, cuanto que la vida religiosa implica adoptar un estilo de vida que se encuentra en las antípodas del estilo de vida mundano, puesto que el religioso se obliga a sí mismo, libremente, a vivir la pobreza, la castidad y la obediencia. El mundo, por el contrario, exalta la riqueza material, el desenfreno de las pasiones y la propia autonomía de la razón como única guía a seguir, de manera que el principio mundano es: “Haz lo que quieras”. El mundo no puede entender la vida religiosa, pero no solo el mundo, sino hasta los mismos cristianos, sino reflexionan y profundizan sobre esta, tampoco pueden entenderlo. Por eso, al conmemorar a Santa Escolástica, es oportuno reflexionar en la grandeza de la vida religiosa, preguntándonos: ¿qué es la vida religiosa y cuál es su fuente, para que almas, como Santa Escolástica, se refugien en ella hasta el día de su muerte?
La vida religiosa es imitación de Cristo, y como Cristo es Dios encarnado que vive su perfección divina a través de su humanidad asumida, la vida religiosa, que imita los actos de Cristo en su humanidad, es imitación del modo divino de vivir la humanidad, es imitación del modo como Dios Encarnado vivió su propia humanidad. Es vivir la humanidad al modo como la vivió la Persona del Verbo Eterno del Padre cuando se encarnó en el tiempo.
El valor de los actos virtuosos del religioso –actos de pobreza, de castidad y de obediencia- está dado por el hecho de ser él personalmente quien los hace, pero sobre todo por hacerlos animado y vivificado por el Espíritu de Cristo, en Cristo y por Cristo.
A la hermosura y al atractivo intrínseco que la pobreza, la castidad y la obediencia tienen en sí, se les agrega una hermosura y un atractivo sobrenatural, la hermosura y el atractivo del Ser divino, que viviéndolas y practicándolas en su vida terrena, eligiéndolas para Él como modo de vivir su vida humana, les concedió una belleza imposible siquiera de imaginar.
A partir de la encarnación del Verbo, la pobreza, la castidad y la obediencia no son más excelentes virtudes puramente humanas, son la expresión y la manifestación, en actos virtuosos humanos, de la infinita perfección y belleza del Ser divino.
Cuando el religioso vive los votos, no sólo practica virtudes humanas excelentes, no sólo imita externamente al Verbo en su paso por la tierra; se convierte en una prolongación de la Presencia del Verbo entre los hombres; se hace signo explícito de la Verdad eterna de Dios manifestada en Cristo. Los votos son por esto mismo una manifestación y una puesta en acto del misterio de Cristo, que mediante actos de los miembros predilectos de su Cuerpo, los religiosos, esparce su santidad en el mundo, redimiéndolo, transformándolo, y conduciéndolo, en el Espíritu, al Padre.
Y si la vida religiosa es vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, para vivir y gozar de la riqueza y del amor de Dios, amándolo en Su voluntad, es para el religioso la Eucaristía la fuente y el manantial mismo de su vida religiosa, porque en su pobreza sensible la Eucaristía esconde la riqueza infinita de la Persona divina del Verbo, y en su humilde obediencia renueva sobre el altar el único sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual el Verbo espira en el alma su Espíritu de Amor divino.
         Es esto lo que explica que almas, como Santa Escolástica, abandonen el mundo y se refugien en la vida religiosa, hasta el día de su muerte, que es el día de su ingreso en la bienaventuranza eterna.





[1] Según el relato de San Gregorio Magno, Papa; en: Diálogos de San Gregorio Magno, Libro 2, 33: PL 66, 194-196.

jueves, 5 de febrero de 2015

Santa Águeda y el origen de su nacimiento virginal, su valentía, su bondad y su belleza


         San Metodio de Sicilia, al disertar sobre Santa Águeda, destacaba en ella su hermosura, su valentía y su bondad. Decía así: “(Santa Águeda era) virgen porque nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre (…) con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero, y no dejaba de meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado (…) Águeda significa “buena”; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien”[1].
         Es interesante tener presente esta Disertación de San Metodio sobre Santa Águeda, porque en ella, en pocas palabras, San Metodio describe cuál es la fuente de todas las virtudes sobrenaturales que le valieron a Santa Águeda conseguir el cielo, y cuando nos fijamos bien, nos damos cuenta que esa Fuente Inagotable de toda gracia, no es otra cosa que la Santa Misa, la Eucaristía. En efecto, dice San Metodio que la virginidad de Santa Águeda, por medio de la cual consagraba su cuerpo y su alma a Dios, se origina en el Verbo de Dios, porque ella “nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre”, y ese Dios Hijo, que es el Origen Increado de la gracia de filiación divina, es el que se encuentra en la Eucaristía, en Persona; para San Metodio, Santa Águeda era una virgen prudente, que tenía siempre su “lámpara encendida”, y el Fuego que enciende la lámpara, que es la naturaleza humana, es el Espíritu Santo, que es Quien inhabita y envuelve con sus sagradas llamas al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de modo que, al comulgar, Santa Águeda veía encender cada vez más su amor por Dios Uno y Trino, y su lámpara resplandecía cada vez más; para San Metodio, Santa Águeda era hermosa y elegante, pero más que por su belleza natural, que sí la poseía, era hermosa y elegante porque “enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua”, no con cosméticos, como suelen hacer las mujeres para embellecerse y quedar elegantes para sus esposos, sino con “la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero” y tan enamorada estaba de su Divino Esposo, Jesucristo, que no dejaba de “meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado”, es decir, no dejaba de meditar continuamente la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y esto lo hacía especialmente en la Santa Misa, actualización y renovación sacramental incruenta del Santo Sacrificio del Calvario; por último, San Metodio destaca la bondad de Santa Águeda, sosteniendo que su bondad provenía “del mismo Dios, fuente de todo bien”, y el Dios, origen de esa bondad sobrenatural que embellecía el alma de Santa Águeda, no es otro que Jesucristo, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, de modo que cada vez que asistía a la Santa Misa, Santa Águeda veía acrecentar esa bondad sobrenatural, que la llevó a ofrendar su vida en martirio, uniéndola al Sacrificio en cruz de Jesús, para la salvación de sus hermanos. Y aunque no lo dice San Metodio, la Santa Misa es también la fuente de la valentía de Santa Águeda, esa valentía que la llevó a no temer a sus verdugos, ni a la tortura ni a la muerte, porque en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, Santa Águeda se unía espiritualmente a Jesucristo crucificado, recibiendo de Él, Rey de los mártires, la fuerza sobrenatural necesaria para la ofrenda de su vida en martirio.
         Es interesante considerar y meditar la Disertación de San Metodio acercad de Santa Águeda, porque nos damos cuenta así, que el origen de las virtudes sobrenaturales que condujeron a Santa Águeda al cielo, se encuentra en la Santa Misa, y esto quiere decir que también el cielo está a nuestro alcance, cada vez que asistimos a la Santa Misa: sólo necesitamos asistir a la Santa Misa y comulgar con la gracia santificante, la devoción y el amor con que lo hacía Santa Águeda.



[1] De la Disertación de San Metodio de Sicilia, obispo, sobre Santa Águeda, Analecta Bollandiana 68, 76-78.

martes, 3 de febrero de 2015

San Blas, obispo y mártir

Escenas de la vida de San Blas. Speculum historiale. V. de Beauvais. S. XV.

         San Blas fue obispo en Sebaste, Armenia, en tiempos de la persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo, Daia y Licinio. Al arreciar la persecución, bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas, y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales, hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la oración contemplativa.
En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces Nuestro Señor Jesucristo, animándolo a que “le ofrezca el sacrificio”; por la expresión utilizada por Jesús, San Blas entendió que Jesús lo llamaba al martirio, puesto que “el sacrificio” que le pedía Jesús, era la entrega de su vida, pero no de cualquier manera, ni por cualquier motivo: “ofrecer el sacrificio”, en palabras de Jesús, es “entregar la vida en sacrificio”, significa que quien lo hace, une su vida al sacrificio redentor de la cruz de Jesús, con lo cual, su vida adquiere un valor infinito, un valor de redención y salvación, para él y para sus hermanos, porque la está uniendo al santo sacrificio del Calvario. Es decir, Jesús se le aparece a San Blas para prepararlo para el martirio, para la entrega sacrificial de su vida, uniéndola a su sacrificio en cruz. Esa entrega se concretó al amanecer del tercer día de las apariciones de Jesús: San Blas se levantó y celebró la Santa Misa; al finalizar, llegaron los ministros del prefecto, diciéndole: “Sal de tu gruta; el prefecto te llama”. Sabiendo San Blas que la llamada era para ser ejecutado, responde con calma y con alegría, deseoso de acudir a su ejecución, lo cual es un indicio de que estaba asistido por el Espíritu Santo. Según la Tradición, San Blas salió y con rostro sonriente y palabras cariñosas, se dirigió así a sus carceleros: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. En estas palabras, se ve cómo el santo tiene un preanuncio de su martirio y una perfecta comprensión de que ha sido elegido para participar del Calvario y del  sacrificio redentor de Jesucristo: ésa es la razón por la cual, ante el arresto y el conocimiento que habrá de morir, no solo no se desespera ni intenta huir, sino que se entrega mansamente, como un cordero, en manos de sus guardianes y ejecutores, imitando en esto a Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, quien libre y voluntariamente se entregó a sus verdugos, ofreciéndose como Víctima de expiación para la salvación de los hombres. Durante el traslado de San Blas a Sebaste, el santo hizo numerosos milagros a los enfermos que se acercaban a él para pedirle su bendición y la curación de sus dolencias. Fue aquí en donde sucedió el milagro que dio luego origen a la bendición de las gargantas, propia de su festividad. Una madre le presentó a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesada en la garganta, clamando: “¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo!”. Inmediatamente, San Blas, impuso su mano sobre el agonizante, haciendo sobre su garganta la señal de la cruz, rezó por él, y el niño recuperó inmediatamente la salud.
Llevado ante el prefecto y una vez ante él, éste le propuso la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses paganos, a cambio de la vida. San Blas rechazó, de plano, la idolátrica propuesta, por lo que el prefecto dio orden que comenzara su martirio, el cual se extendió por varios días. Luego de sufrir una terrible golpiza, y viendo sus verdugos que no conseguían hacerlo apostatar de la fe, lo suspendieron de un madero y, con unos garfios de hierro, laceraron su piel y desgarraron sus músculos con garfios de hierro, dejándolo casi agonizante a causa de la severidad de sus lesiones y la abundante pérdida de sangre, aunque tampoco con esta tremenda tortura consiguieron hacerlo apostatar de la fe; todo lo contrario, el santo, asistido por el Espíritu Santo, como todos los mártires, vio acrecentada su fe y su amor por Jesucristo, y fue así como la confesión del Nombre de Jesucristo, al precio de su sangre y de su vida, se reafirmó en San Blas por cada segundo transcurrido en la tortura. Antes de su muerte, y en medio de las terribles torturas que le provocaban abundante efusión de sangre, sucedió un hecho que confirma el dicho: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”: al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogieron su sangre y se ungieron con ella, siendo detenidas por esta acción. En el interrogatorio, sin ceder ante las amenazas de muerte y ante las torturas, alentadas por el ejemplo de San Blas, confesaron su fe en Jesucristo, perseverando en la fe hasta ser decapitadas. Una de estas mártires, antes de morir, encomendó a San Blas sus dos pequeños hijos, quienes, a pesar de su corta edad, querían seguirla por la senda celestial del martirio. Ambos niños murieron decapitados junto con San Blas, en las afueras de Sebaste, en el año 316, consumando así el glorioso martirio del pastor junto con sus corderos.

Al conmemorar a San Blas, le pidamos que interceda para que, al igual que él, que movido por un ardiente amor a Jesucristo, no dudó en derramar su sangre y ofrendar su vida dando testimonio de su divinidad, así también nosotros, movidos por el amor a Jesús Eucaristía, el mismo y único Jesucristo por el cual San Blas dio su vida, seamos capaces de dar testimonio de su divinidad y de su Presencia real en el Santísimo Sacramento del altar, y así como él bendijo la garganta del moribundo dándole la vida, así también nosotros bendigamos a Dios Uno y Trino y a nuestro Salvador Jesucristo, con nuestras gargantas, nuestros corazones y nuestras buenas obras, en el tiempo y en la eternidad.

viernes, 30 de enero de 2015

Don Bosco y sus revelaciones durante los sueños: las confesiones y los lazos del demonio


         Dentro de todos los dones y gracias sobrenaturales que recibió Don Bosco de parte de Dios, uno de los más notables, fue el de recibir revelaciones (privadas) a través de los sueños. De hecho, luego de ser recopiladas sus obras, todo un capítulo de estas se conoce como “Los sueños de Don Bosco”. Sin embargo, debido a la vivacidad de los sueños, a la precisión de los términos y conceptos, diálogos e imágenes y a la conformación en un todo con la doctrina católica, los así llamados “sueños” de Don Bosco, más que sueños propiamente, son verdaderas revelaciones sobrenaturales. El sueño, por propia definición, se caracteriza por ser, ante todo, irracional, ya que en el sueño, la imaginación queda libre, sin el control de la razón. Nada de esto hay en los “sueños” de Don Bosco, por lo que estos, en realidad, son verdaderas manifestaciones y revelaciones sobrenaturales y no simples imaginaciones del santo.
         Una de estas revelaciones, acaecidas en uno de sus sueños, es la siguiente, relatada por él mismo en persona, y recopilada en sus “Memorias” [1]: “El día 4 de abril don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el salón de estudio después de las oraciones de la noche: “Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miré a mi alrededor y me vi en la iglesia, en medio de una muchedumbre tal de jóvenes, que el templo parecía completamente abarrotado. Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Mirabello y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar. Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario, esperándome, debajo del púlpito. Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos. Pero después temí estar dormido, soñando, y, para cerciorarme de que no lo estaba, comencé a palmotear y sentía el ruido; y, para asegurarme aún más, alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije: -Ya que estoy aquí, confesemos. Y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y, no encontrando ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones. Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que llevaban al cuello una cuerda que les apretaba la garganta. -¿Por qué tenéis esa cuerda al cuello? Quitáosla, les dije. Pero no me respondían y se quedaban mirándome con fijeza. -Vamos, repetí a alguno; quítate esa cuerda. El joven, al cual yo había dado esta orden, se avino a ello, pero me dijo: -No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta. Venga a ver. Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos. Me acerqué un poco más para ver mejor, y, dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal, de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo. La bestia aquella bajaba el hocico, lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí a aquel joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven: -Mira, ve a la sacristía y dile al P. Merlone que te dé el acetre del agua bendita. El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entre tanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado como el primero y que, éste, también se agazapaba. Yo temía estar aún dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos: -Dime: ¿quién eres? El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí. -Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño. El monstruo siempre agazapado me miraba; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y de nuevo quería arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos. -¡Vamos! Dime: ¿qué haces aquí? Y al decir esto, levanté el hisopo. Hizo él unas contorsiones y quería huir. -No te escaparás, continué diciendo; te ordeno que te quedes aquí. Lanzó una serie de gruñidos y me dijo: -¡Mira! Y me enseñó los lazos. -Dime qué son esos tres lazos, añadí; ¿qué significan? -¿No lo sabes? Desde aquí, me dijo, con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal: de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano. -¿Cómo? ¿De qué manera? -¡Oh! No te lo diré porque tú se lo descubrirás. -¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos. ¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita. -Por favor, envíame al infierno pero no me eches esa agua. -En nombre de Jesucristo, pues. El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió: -El primer modo con que aprieto este lazo es haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión. -¿Y el segundo? -El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor. -Y el tercero: -El tercero no te lo quiero decir. -¿Cómo? ¿Que no me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita. -No; no hablaré; y comenzó a gritar desaforadamente: ¿Es que no te basta? ¡Ya he dicho demasiado! Y tornó a enfurecerse. -Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores. Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos, después unas gotas de sangre y dijo: -El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los consejos del confesor. -¡Bestia horrible!, le grité por segunda vez. Y mientras quería preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriese la manera de remediar un mal tan grande y hacer vanas sus artimañas, todos los otros horribles gatazos, que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra el que había hablado provocando una sublevación general. Yo, al contemplar aquella revuelta, y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado, le dije: -¡Ahora, vete! Y desapareció. Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito, todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho. ¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás habría sospechado, tenían el lazo al cuello y el gatazo a las espaldas! Ya sabéis qué simbolizan esos tres lazos. El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres. El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito. Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor. Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también: -Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se enmiendan o no. Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, a las espaldas de los jóvenes, y me respondió: -Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino. Pude comprobar que eran muchísimos los que tenían a las espaldas aquellos monstruos, más de los que yo hubiera sospechado. Dad a este sueño el alcance que queráis; lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que se nos ofrece una verdadera realidad. Hagamos, pues, una buena confesión y una santa comunión para vernos libres de estos lazos del demonio. Mientras tanto mirad si, tiempo atrás, habéis cumplido las condiciones necesarias para hacer una buena confesión: yo os encomendaré a todos el domingo en la santa misa”.
En esta revelación, tenida durante el sueño, Don Bosco nos previene acerca de cómo la ligereza en la confesión sacramental acarrea graves daños para el alma, pudiendo incluso ser causa de eterna condenación.
No fue dada, sin embargo, esta revelación, para que alguien quede con escrúpulos, sino, todo lo contrario, para que revisemos nuestras confesiones y nuestra vida espiritual, y para que tomemos conciencia del valor del Sacramento de la Penitencia, poniendo el acento en la contrición del corazón y en el propósito de enmienda. El propósito de enmienda incluye el deseo de morir a la vida física, terrenal, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. La contrición del corazón, a su vez, hace perfecta a la confesión, porque revela el dolor del corazón, que se da cuenta, por un lado, de la maldad y fealdad extrema del pecado y, por otro lado, se da cuenta de la hermosura de Amor Divino, injustamente ofendido por la malicia del pecado. La contrición lleva al propósito de enmienda y a cumplir la penitencia, y así el alma recibe las gracias del Sacramento de la Penitencia, lo cual la hace crecer en santidad, y de tal manera, que este sacramento puede llamarse “fábrica de santos”.
Éste es el fin por el cual la Divina Providencia concedió a Don Bosco estas admirables revelaciones durante sus sueños: para hacernos crecer en la santidad, que quiere decir crecer en su Amor, por medio de santas confesiones.



[1] Cfr. Memorias Biográficas de Don Bosco, Volumen 9, Capítulo 47.

martes, 27 de enero de 2015

Santo Tomás de Aquino y el Amor Divino como motor de la Pasión de Cristo


         Uno de los aportes más significativos de ese gran filósofo, teólogo y santo que fue Santo Tomás de Aquino, es el relativo a la Cristología, porque gracias a su metafísica del Acto de Ser, profundiza en la divinidad de la Persona de Cristo, según la dirección que ya había sido dada por el Concilio de Calcedonia: “una única persona en dos naturalezas, humana y divina”[1]. Santo Tomás afirma que la Persona en la que se unen las dos naturalezas, es la divina –es decir, la Segunda de la Santísima Trinidad-, y para hacerlo, recurre a su metafísica del ser: puesto que lo que da realidad y unidad a toda cosa es el acto de ser, entonces, el acto de ser –actus essendi- de la Persona divina de Cristo es el mismo acto de ser que da realidad a su naturaleza humana[2]. Pero el valor  de la cristología de Santo Tomás no reside solo en su precisión filosófica y teológica, sino también en su dimensión espiritual y mística, puesto que Santo Tomás coloca al Amor de Dios como el motor principal y exclusivo de la Pasión de Jesucristo, y lo hace de tal manera, es decir, le da un puesto tan central al Amor en la Pasión y Muerte en cruz de Jesucristo, que la cristología se califica como “cristología de la cruz” y “cristología del amor”.
         Para Santo Tomás, la cruz y el amor, el amor y la cruz, son los elementos sobrenaturales que explican el misterio pascual de Jesucristo: Jesucristo crucificado revela, de parte de Dios, su amor infinito, porque al deicidio de su Hijo por parte de los hombres –somos todos los hombres quienes matamos a Jesús en la cruz, con nuestros pecados-, Dios no responde fulminándonos con un rayo de su Justa Ira, como bien podría hacerlo, satisfaciendo así a la Justicia Divina, sino que responde con su Divina Misericordia, porque Jesús en la cruz es el signo del perdón divino y su Sangre derramada es el sello con el cual Dios nos besa y nos perdona; de parte del hombre, Jesucristo crucificado pone al descubierto la extrema miseria y maldad que anidan en el corazón humano, y esto como consecuencia del pecado original, porque si Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está crucificado, cubierto de llagas, coronado de espinas y es dejado morir luego de tres horas de dolorosísima agonía, es a causa de la maldad del corazón de los hombres, que llevados por la ceguera que produce esta misma maldad, crucifican a la Divina Misericordia encarnada, Jesucristo, a pesar de haber obrado, esta Divina Misericordia, milagros, señales y prodigios de todo tipo, en favor de los mismos hombres que la crucifican.
         La Encarnación del Verbo de Dios y su Pasión son, por lo tanto, en la cristología de Santo Tomás, una muestra del amor infinito de Dios, que todo lo hace movido por su Amor infinito hacia el hombre, su creatura predilecta: “Dios quiso hacerse hombre, porque nada demuestra tanto su amor por el hombre como el unirse a él personalmente, siendo una propiedad del amor el unir al amante con el amado, todo lo que sea posible”[3]. Y también: “No hay otro signo más evidente de la caridad divina que esto: Dios, creador de todo, se hace creatura; nuestro Señor se convierte en nuestro hermano, el Hijo de Dios se convierte en Hijo del hombre; Dios ha amado tanto al mundo, al punto de darle su Hijo Unigénito”[4]. Y este mismo Dios que se encarna y muere en la cruz por Amor, será luego el que, en cada Santa Misa, prolongue y continúe su Encarnación, en la Eucaristía, también pro Amor.
         Quien contempla a Cristo según la cristología de Santo Tomás, no ve a un hombre común dando su vida por un ideal utópico e inexistente, la fraternidad humana: contempla a la Persona Segunda de la Santísima Trinidad que, movida por el Amor Divino, se encarna en una naturaleza humana, sufre la Pasión, muere en cruz, resucita y prolonga los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección en la Santa Misa, con el único objetivo de salvar al hombre y comunicarle su Amor infinito y eterno. En la cristología de Santo Tomás, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el motor que explica los misterios de la vida de Jesús de Nazareth.




[1] Cfr. Battista Mondini, La Cristologia di San Tomasso d’Aquino, Origine, dottrine principali, attualitá, Urbaniana University Press, Roma 1997, 232.
[2] Cfr. ibidem.
[3] S. C. Gent. IV, 54, n. 3926.
[4] In Symb. a. 3, n. 907.

lunes, 26 de enero de 2015

Santos Timoteo y Tito


Fueron colaboradores y discípulos de predilección de Pablo. De Timoteo se cree que su madre Eunice, su abuela Lois y él mismo abrazaron el cristianismo y se hicieron bautizar durante la primera visita de San Pablo a Listra[1]. Fue su familia quien lo había introducido en la lectura de las Sagradas Escrituras, desde muy pequeño, como lo recuerda Pablo: “...Que esa fe se conserve en ti, ya que desde tu más tierna edad te hicieron leer y meditar las Sagradas Escrituras” (1Tim 1, 5; 4, 14). Cuando Pablo regresó donde vivían Timoteo y su familia, en su segundo viaje misionero, los cristianos de allí le dieron maravillosas recomendaciones acerca de Timoteo; esto llevó a Pablo a confiarle la misión de predicar. Desde ese momento, y debido a la fidelidad y amistad de Timoteo, Pablo lo eligió como colaborador, gran amigo y compañero de misiones, además de considerarlo siempre como un “hijo suyo”, tal como lo llama en la primera Carta a los Corintios: “Timoteo, mi hijo amado” (1 Corintios); y lo llama de la misma manera en las dos cartas que le escribió a él.
Es en el lugar donde vivían Timoteo y su familia, en donde ocurre uno de los milagros más portentosos de Pablo, relatados en la Escritura, la curación del hombre paralítico. También relata la Escritura que, tras dicha curación, la gente del lugar los confundió con dioses disfrazados de hombres, pretendiendo adorarlos y ofrecerles sacrificios. Sin embargo Pablo no se los permitió de ninguna manera, aclarándoles que eran tan sólo criaturas igual que ellos. Pasado este episodio, los judíos incitan al pueblo contra Pablo y Bernabé: los apedrean y los abandonan casi muertos, pero los cristianos los conducen a la casa de Timoteo, en donde son atendidos.
Hacia el año 53, Pablo envía a Timoteo a las Iglesias de Macedonia y de Corinto. Trabajaron juntos nuevamente los años siguientes en Macedonia, en el Peloponeso y en la Tróada. Y cuando Pablo les escribe a los romanos, desde su prisión, les menciona que lo acompaña Timoteo, su fiel discípulo[2].
La primera carta que le escribió San Pablo a Timoteo fue en el año 65, desde Macedonia; y la segunda, desde Roma, mientras se encontraba preso, aguardando su ejecución. En una de las cartas del apóstol a Timoteo, le dice: “Que nadie te desprecie por tu juventud. Muéstrate en todo como un modelo para los creyentes, por la palabra, la conducta, la caridad, la pureza y la fe” (2 Tim 2). En otro pasaje, Pablo le recomienda que no tome sólo agua sino también un poco de vino, debido a los continuos malestares estomacales de Timoteo (cfr. 1Tim 5, 23); ésta es la razón por la cual Timoteo es patrono de los afectados por malestares estomacales.
El historiador Eusebio cuenta que S. Pablo nombró a Timoteo primer obispo de la Iglesia de Éfeso, en donde sufrió el martirio en el año 97 –fue apaleado y apedreado- por orden del emperador Diocleciano, al oponerse a un festival pagano en honor de Diana.
         ¿Cuál es el mensaje de santidad de Timoteo? Su mensaje de santidad es que Timoteo da su vida no solo por oponerse al culto idolátrico y pagano de la diosa Diana, sino ante todo por defender la Verdad de la divinidad del Cordero de Dios, Jesucristo: con su sacrificio martirial, Timoteo nos está diciendo que no solo el culto pagano a la diosa es radicalmente falso, sino que el Único Dios Verdadero, al cual se debe adorar y al cual se le debe rendir culto, es Jesucristo. Por este hecho, su ejemplo es muy valedero para nuestros días, en el que miles de católicos abandonan la Iglesia, apostatando de la verdadera fe, para seguir y postrarse ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, tanto los que ofrece la secta luciferina de la Nueva Era -la wicca, la brujería, el ocultismo, el tarot, el gnosticismo, etc.-, como los ídolos neo-paganos del mundo moderno –el hedonismo, el materialismo, el relativismo, el ateísmo teórico y práctico, etc.-; unos y otros ídolos serán, para los católicos apóstatas de hoy, siempre más atractivos que Jesús resucitado, vivo y glorioso en la Eucaristía.
         En nuestros días, asistimos a un fenómeno inverso al del martirio, el anti-martirio, si podemos decirlo así: mientras que Timoteo dio la vida por Jesucristo, oponiéndose al falso culto de una deidad pagana, hoy, por el contrario, millones de católicos no solo niegan a Jesucristo en la Eucaristía, sino que entregan literalmente sus vidas –toda su existencia- a los ídolos neo-paganos: las estrellas del rock, del cine, de la música, de la política, del fútbol, del deporte en general, porque mientras el Día del Señor, el Domingo, dejan vacías las Iglesias, acuden en cambio en masa a cuanta actividad propongan estos verdaderos ídolos con pies de barro. Así, rinden culto y pleitesía a hombres, que nada hicieron y nada harán por su salvación, mientras dejan solo y abandonado a Jesús, que en cada Santa Misa desciende del cielo sobre el altar eucarístico, para renovar sacramental e incruentamente su sacrificio en cruz, obrando en el altar la misma obra del Calvario: así como entregó su Cuerpo y derramó su Sangre en la cruz, así en la Santa Misa entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz del altar.
         Según las actas del martirio, Timoteo recibió golpes mortales dados con palos y piedras, para dar testimonio de Jesucristo; hoy, son una multitud de cristianos quienes propinan golpes mucho más violentos a Jesús, con sus ultrajes, sacrilegios e indiferencias hacia la Santa Misa y hacia su Presencia Real Eucarística.
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[1] http://www.corazones.org/santos/timoteo_tito.htm
[2] Cfr. ibidem.