San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 1 de febrero de 2021

Santa Águeda, virgen y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Santa Águeda provenía de una familia noble de Catania, Sicilia; además, poseía una gracia y belleza naturales. Sin embargo, nada de esto le importaba a Santa Águeda: para la santa, su tesoro más valioso y el objeto de todo su amor no estaba en la tierra, porque la santa sólo amaba a Jesucristo y deseaba con ansias que se acercara el momento en que podría encontrarse con Él, en la vida eterna. esta oportunidad se presentaría con ocasión de la perversión de un senador romano llamado Quintianus quien, con el pretexto de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, la tomó prisionera, pretendiendo poseerla para él, con la intención de satisfacer sus bajos instintos. Pero todos los esfuerzos del senador por seducir a Santa Águeda fueron inútiles, puesto que la santa ya había consagrado su amor y su virginidad al Hombre-Dios Jesucristo, al unirse esponsal, mística y sobrenaturalmente a Jesús y su decisión era tan firme, que estaba dispuesta a dar su vida terrena antes que renegar de Jesucristo, algo que efectivamente se cumplió poco tiempo después. Al verse rechazado en su intento de seducir a la santa, el senador Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que esta la hiciera caer en el pecado carnal y en la apostasía a Jesucristo, por medio de las tentaciones del mundo, aunque esto también fracasó, debido a la firme decisión de permanecer fiel a Jesucristo que demostraba Santa Águeda. Entonces el senador, dejándose llevar por la ira, cambió de estrategia y en vez de intentar seducirla, ordenó que la santa fuera cruelmente torturada, llegando a ordenar que le amputaran los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. La santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la curó. Pero las torturas continuaron y al fin la santa murió, al ser arrojada sobre una gran cantidad de carbones encendidos[2].

         Mensaje de santidad.

         Por su amor y su fidelidad a Jesucristo, Santa Águeda obtuvo una doble corona: la corona del martirio y la corona de la virginidad y esto es un gran ejemplo para los jóvenes de nuestros días, quienes son sometidos, por todos los medios de comunicación, tanto al abandono de la fe en Jesucristo –apostasía-, como al desprecio de la virtud de la virginidad y de la castidad, a través de la ideología de género y la Educación Sexual Integral. En efecto, el abandono de la fe católica en el Hombre-Dios Jesucristo se promueve a través de la secta luciferina de la Nueva Era, en donde Jesucristo es presentado como un profeta, o como un hombre santo, o incluso hasta como un extra-terrestre al mando de una flota intergaláctica, pero jamás es presentado como quien Es verdaderamente, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad inhabitando la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth. Por otra parte, el desprecio de las virtudes de la castidad y de la virginidad –virtudes que deben ser vividas en la imitación de Cristo, quien es casto y puro al ser la Pureza Increada en sí misma-, se introduce en las mentes y corazones de jóvenes y no tan jóvenes, por medio de la promoción de la ideología de género y de la Educación Sexual Integral, para las cuales no existe pecado alguno en el uso de la sexualidad fuera del matrimonio, cuando es esto lo que enseña la Fe católica.

         En síntesis, en un mundo en el que la secta Nueva Era y la ideología de género parecen apropiarse de un número cada vez mayor de almas, los santos como Santa Águeda resplandecen como estrellas luminosas en medio de densas tinieblas espirituales.



[1] https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Fuentes antiguas: su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda  (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

 

miércoles, 5 de febrero de 2020

Santa Águeda, virgen y mártir


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          Vida de santidad[1].

          Santa Águeda provenía de una familia distinguida, noble y rica y ella era en sí misma una joven que se distinguía por su belleza fuera de lo común. Podía decirse que, humanamente, poseía todo lo que una joven suele desear. Sin embargo, Santa Águeda poseía un tesoro mucho más admirable y precioso que cualquier tesoro terreno y era su fe en Jesucristo, a quien amaba por encima de cualquier cosa en este mundo. Esta fe y amor en Jesucristo pudo demostrarla Santa Águeda cuando el Senador Quintianus, aprovechándose de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, creyó que la santa se arrojaría en sus brazos sin más. Sin embargo, las propuestas hechas por este senador a la santa recibieron de su parte un rotundo “no”, pues ella afirmaba que ya estaba comprometida con otro esposo y ése era Jesucristo.
          El perverso senador Quintianus no se dio por vencido e intentó una malvada estratagema: la entregó en manos de una mujer amoral, llamada Afrodisia, para que esta la sedujera con las tentaciones del mundo. Pero nuevamente su perversión se vio frustrada, al mostrarse Santa Águeda más firme que nunca en su fe y amor a Jesucristo.
Quintianus cambió entonces de estrategia y si antes deseaba poseerla por la seducción, ahora, trastornado por la ira, torturó a la joven virgen cruelmente, hasta llegar a ordenar que se le corten los senos. Es famosa la respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. En medio de sus torturas, la santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la sanó. Sin embargo, las torturas continuaron y al fin, viendo el tirano que nada podía contra la fe y el amor a Jesucristo que profesaba Santa Águeda, decidió que fuera martirizada siendo arrojada viva sobre carbones encendidos en Catania, Sicilia (Italia)[2].

          Mensaje de santidad.

          En Santa Águeda se destacan dos grandes virtudes, producidas ambas por una misma causa: el gran amor sobrenatural que la santa profesaba a Jesucristo. Si no hubiera sido por este amor, Santa Águeda se habría visto arrastrada por los placeres mundanos, a los cuales por su posición noble tenía acceso si lo hubiera deseado, o bien habría caído presa de las seducciones del perverso senador Quintianus. Sin embargo, nada de eso pudo triunfar sobre la santa, porque en su corazón ardía el amor exclusivo por Jesucristo, amor que en la santa era como dice la Escritura: “Más fuerte que la muerte”. De manera tal que si bien Santa Águeda tenía acceso al mundo y a las seducciones de los mundanos, esto era para ella menos que ceniza y polvo, comparados con el amor que ardía en su corazón por Jesucristo. Su ejemplo de vida y su mensaje de santidad son actuales para nuestros días, en los que Jesucristo es dejado de lado por el mundo y sus vanas seducciones y los cristianos, en vez de rechazar estas seducciones, se dejan atrapar por ellas. En este sentido, Santa Águeda es un ejemplo insuperable para las jóvenes generaciones de cristianos.





[1] Cfr. https://corazones.org/santos/agueda.htm; Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; The Catholic Encyclopedia; Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia,   Encyclopedia Press. 1913; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996. Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba in la Iglesia primitiva.  Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).


[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

martes, 5 de febrero de 2019

Santa Águeda



         Vida de santidad[1].

Santa Águeda provenía de una familia distinguida y además era una joven de gran belleza. Sin embargo, poseía algo más valioso todavía y era su fe en Jesucristo. En esa época, se desencadenó una de las persecuciones a la Iglesia por parte del emperador Decio (250-253). Un senador romano, llamado Quintianus, trató de aprovechar la situación para retener a Águeda para sí, pero esta lo rechazó sin miramientos, aduciendo que ya tenía otro esposo y ese Esposo era Jesucristo.
Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer de mala vida, para tratar de corromper a la joven con las tentaciones del mundo, pero las virtudes de Santa Águeda y su fidelidad a Cristo fueron más fuertes que las tentaciones a las que la sometía la mujer.
Quintianus entonces, al ver que no podía corromper y poseer a la joven, se dejó llevar por la ira, por lo que decidió torturar a la joven virgen con toda clase de crueldades, llegando al extremo de ordenar que se le corten los senos. La respuesta de Santa Águeda se volvió célebre: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. En medio de sus torturas, la santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la sanó. Sin embargo, las torturas continuaron y fueron tan intensas que finalmente terminaron con la vida de la santa, cuyo cuerpo ya sin vida fue arrojado sobre un lecho de carbones encendidos. Esto sucedió en Catania, Sicilia (Italia). Desde la antigüedad su culto se extendió por toda la Iglesia y su nombre fue introducido en el Canon romano.

Mensaje de santidad[2].

Ya desde antiguo, se le atribuyen a la santa numerosos milagros. Uno de ellos es el de la detención de la lava del volcán Etna, que había hecho erupción en el año 250: según la tradición, debido al ruego de los habitantes a la santa, la lava se detuvo milagrosamente antes de llegar a la ciudad, salvándose la misma de ser arrasada por el fuego volcánico. Por esta razón es que la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma, que significa la victoria del martirio, como también algún símbolo que recuerde las torturas que padeció. Y es que la santa es ejemplo para nosotros no por los milagros que pueda haber hecho o continúe haciendo, porque los continúa haciendo con toda seguridad, sino que lo que nos deja a nosotros como mensaje de santidad es su gran amor a Jesucristo, el Hombre-Dios, manifestado no meramente de palabras, sino con obras –se destacaba por su gran bondad- y por el don de su vida, además de haberse consagrado virginalmente a Nuestro Señor. Es decir, Santa Águeda es ejemplo para nosotros porque ofrendó su vida por amor a Jesucristo y esto es sumamente válido en nuestros tiempos, en los que la gran mayoría de las personas ofrendan sus vidas a los ídolos. Así, Santa Águeda nos demuestra que vale la pena perder la vida por Cristo y que, como dice la Escritura, “todo lo que hay en este mundo es nada en comparación con Cristo”. El otro ejemplo que nos deja Santa Águeda es el de su castidad y virginidad, sobre todo en un tiempo, como el nuestro, en el que la sensualidad, el hedonismo, la búsqueda del placer y la exaltación de las pasiones, se han convertido en norma de vida, siendo las primeras víctimas de esta concepción hedonista del mundo los niños y los jóvenes, que crecen creyendo que el hedonismo y la satisfacción de las pasiones –a través de la ideología de género, de la ESI y del feminismo- es el objetivo de la vida, desconociendo las delicias y la bienaventuranza que la castidad y la virginidad por Cristo conceden al alma.
Por su martirio y por su castidad, Santa Águeda es doblemente ejemplo para los niños y jóvenes de hoy.






[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; The Catholic Encyclopedia; Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia, Encyclopedia Press. 1913; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996.
[2] Fuentes antiguas: Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba en la Iglesia primitiva.  Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

martes, 6 de febrero de 2018

Memoria de Santa Águeda, virgen y mártir



         Vida de santidad[1].

Sufrió el martirio en Catania (Sicilia), probablemente en la persecución de Decio. Ya desde la antigüedad se propagó su culto por toda la Iglesia y se introdujo su nombre en el Canon romano.

         Mensaje de santidad.

         Para conocer el mensaje de santidad de Santa Águeda, nada mejor que el pensamiento de otro santo, en este caso, San Metodio.
         Comienza alabando su martirio, afirmando que Santa Águeda “murió mártir en el pasado”, pero su martirio “se hace actual debido a los milagros que obra por su intercesión”: “(Nos reunimos en el) aniversario de una santa mártir; su combate por la fe, tan conocido y venerado, es algo que históricamente pertenece al pasado, pero que, en cierto modo, se nos hace actual a través de los divinos milagros que un día tras otro van formando su corona y su ornato”[2].
         Luego, San Metodio elogia la virginidad de Santa Águeda, afirmando que ella es virgen porque “nació del Verbo de Dios”, que es “Espíritu Purísimo”, recibiendo de Él su filiación divina, puesto que Santa Águeda creyó en Él: “Es virgen porque nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre (este Hijo que también por mí experimentó la muerte en su carne), según aquellas palabras del evangelista Juan: A cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios”[3].
         Santa Águeda, dice San Metodio, es virgen, y lo es, aun cuando está “desposada con Cristo”, porque se trata de un desposorio místico, celestial, sobrenatural, en el que brilla la virginidad de los esposos, unidos en el Amor Purísimo de Dios: “Esta mujer virgen, la que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial que emplea el apóstol Pablo”[4].
         La santa, que por su fe en Cristo era también una de las vírgenes prudentes, bebía del Cáliz de la Nueva Alianza, Cáliz que contiene la Sangre Preciosísima del Cordero, y por esta Sangre recibía al Divino Amor, quien encendía cada vez más su corazón en el amor al Cordero y la llevaba a meditar en su Pasión, día y noche: “Una virgen que, con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la sangre del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos”[5].
         Al beber la Sangre del Cordero, su alma quedaba impregnada por la gracia santificante, la cual se convertía en ella en el traje nupcial y la hacía resplandecer en su amor virginal: “De este modo, su mística vestidura es un testimonio que habla por sí mismo a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad”[6].
         San Metodio analiza luego el nombre de la santa, que significa “buena”, y afirma que “hizo honor a su nombre”, pero no porque fuera buena por sí misma, sino porque por la gracia se hizo partícipe de la misma bondad divina: “Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena»; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien. En efecto, ¿cuál es la causa suprema de toda bondad, sino aquel que es el sumo bien? Por esto, difícilmente hallaríamos algo que mereciera, como Águeda, nuestros elogios y alabanzas”[7].
         Por último, San Metodio elogia a Águeda en su bondad, que proviene, como hemos visto, por participación a la divina bondad, y espera que, por su intercesión, también nosotros seamos capaces de no solo imitarla en su bondad, sino de alcanzar el Reino de los cielos, como felizmente lo hizo Santa Águeda, por el doble camino virtuoso de la Cruz y de la virginidad: “Águeda, buena de nombre y por sus hechos; Águeda, cuyo nombre indica de antemano la bondad de sus obras maravillosas, y cuyas obras corresponden a la bondad de su nombre; Águeda, cuyo solo nombre es un estímulo para que todos acudan a ella, y que nos enseña también con su ejemplo a que todos pongamos el máximo empeño en llegar sin demora al bien verdadero, que es sólo Dios”.


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la Disertación de San Metodio de Sicilia, sobre santa Águeda, Analecta Bollandiana 68, 76-78.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.

jueves, 5 de febrero de 2015

Santa Águeda y el origen de su nacimiento virginal, su valentía, su bondad y su belleza


         San Metodio de Sicilia, al disertar sobre Santa Águeda, destacaba en ella su hermosura, su valentía y su bondad. Decía así: “(Santa Águeda era) virgen porque nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre (…) con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero, y no dejaba de meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado (…) Águeda significa “buena”; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien”[1].
         Es interesante tener presente esta Disertación de San Metodio sobre Santa Águeda, porque en ella, en pocas palabras, San Metodio describe cuál es la fuente de todas las virtudes sobrenaturales que le valieron a Santa Águeda conseguir el cielo, y cuando nos fijamos bien, nos damos cuenta que esa Fuente Inagotable de toda gracia, no es otra cosa que la Santa Misa, la Eucaristía. En efecto, dice San Metodio que la virginidad de Santa Águeda, por medio de la cual consagraba su cuerpo y su alma a Dios, se origina en el Verbo de Dios, porque ella “nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre”, y ese Dios Hijo, que es el Origen Increado de la gracia de filiación divina, es el que se encuentra en la Eucaristía, en Persona; para San Metodio, Santa Águeda era una virgen prudente, que tenía siempre su “lámpara encendida”, y el Fuego que enciende la lámpara, que es la naturaleza humana, es el Espíritu Santo, que es Quien inhabita y envuelve con sus sagradas llamas al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de modo que, al comulgar, Santa Águeda veía encender cada vez más su amor por Dios Uno y Trino, y su lámpara resplandecía cada vez más; para San Metodio, Santa Águeda era hermosa y elegante, pero más que por su belleza natural, que sí la poseía, era hermosa y elegante porque “enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua”, no con cosméticos, como suelen hacer las mujeres para embellecerse y quedar elegantes para sus esposos, sino con “la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero” y tan enamorada estaba de su Divino Esposo, Jesucristo, que no dejaba de “meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado”, es decir, no dejaba de meditar continuamente la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y esto lo hacía especialmente en la Santa Misa, actualización y renovación sacramental incruenta del Santo Sacrificio del Calvario; por último, San Metodio destaca la bondad de Santa Águeda, sosteniendo que su bondad provenía “del mismo Dios, fuente de todo bien”, y el Dios, origen de esa bondad sobrenatural que embellecía el alma de Santa Águeda, no es otro que Jesucristo, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, de modo que cada vez que asistía a la Santa Misa, Santa Águeda veía acrecentar esa bondad sobrenatural, que la llevó a ofrendar su vida en martirio, uniéndola al Sacrificio en cruz de Jesús, para la salvación de sus hermanos. Y aunque no lo dice San Metodio, la Santa Misa es también la fuente de la valentía de Santa Águeda, esa valentía que la llevó a no temer a sus verdugos, ni a la tortura ni a la muerte, porque en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, Santa Águeda se unía espiritualmente a Jesucristo crucificado, recibiendo de Él, Rey de los mártires, la fuerza sobrenatural necesaria para la ofrenda de su vida en martirio.
         Es interesante considerar y meditar la Disertación de San Metodio acercad de Santa Águeda, porque nos damos cuenta así, que el origen de las virtudes sobrenaturales que condujeron a Santa Águeda al cielo, se encuentra en la Santa Misa, y esto quiere decir que también el cielo está a nuestro alcance, cada vez que asistimos a la Santa Misa: sólo necesitamos asistir a la Santa Misa y comulgar con la gracia santificante, la devoción y el amor con que lo hacía Santa Águeda.



[1] De la Disertación de San Metodio de Sicilia, obispo, sobre Santa Águeda, Analecta Bollandiana 68, 76-78.

martes, 4 de febrero de 2014

Santa Águeda




En las persecuciones a los cristianos del año 250, el emperador Quinciano le ofreció a Santa Águeda la posibilidad de salvar su vida a cambio de hacer una ofrenda a los dioses paganos. La misma consistía simplemente en quemar unos pocos granos de incienso en los pebeteros que ardían delante de las imágenes de los ídolos paganos y en participar de las comidas que se hacían en su honor[1]. Si Santa Águeda hubiera cedido, habría salvado su vida terrena, porque el emperador no la habría ejecutado, pero habría perdido su vida eterna, porque con esto habría indicado que elegía al Príncipe de las tinieblas y no a Jesucristo. Todos sabemos, por las Actas del martirio, que Santa Águeda se negó a quemar incienso a los ídolos y a participar en sus banquetes, con lo cual perdió su vida terrena, porque fue ejecutada por el emperador, pero la ganó para la vida eterna, porque así manifestó que elegía como Rey a Jesucristo, salvando su alma al ser recibida por el Rey de la gloria.
Los mártires como Santa Águeda tienen muy presentes, a lo largo de la vida, pero sobre todo en la hora del martirio, las palabras de Cristo: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la encontrará” (Mt 16, 21-27). En este sentido, los mártires iluminan nuestro paso por la vida porque quienes no sufrimos persecuciones cruentas, como Santa Águeda, sí en cambio debemos elegir, a cada paso, entre la muerte o la vida, entre el pecado o la gracia, entre los ídolos neo-paganos del mundo moderno, o Cristo. Al celebrar la memoria de Santa Águeda, le pedimos que interceda para que nuestra elección sea siempre perder la vida por Cristo para ganarla para la vida eterna.


[1] De modo análogo, equivaldría en nuestros días a encender una vela en alguno de los altares de los ídolos neopaganos llamados Gauchito Gil o San La Muerte y participar en sus procesiones y en sus bailes y posteriores beberajes.