San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 25 de mayo de 2019

Don Bosco y el triunfo de la Iglesia: el Inmaculado Corazón de María y la Eucaristía



El 30 de mayo de 1862 Don Bosco contó el siguiente sueño que tuvo, el cual estaba referido a la Iglesia. He aquí sus palabras[1]: “Os quiero contar un sueño. Figúrense que están conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado  espolón de hierro a modo de lanza que hiere y  traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros, y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos  hacerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento les es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distantes la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas  cadenas. Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido  inmediatamente; de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión.
Todas las naves que hasta aquel  momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta. Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco preguntó a Beato Miguel Rúa: “¿Qué piensas de esta narración?”. El Beato Miguel Rúa contestó: “Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla. Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía”. Beato Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió: “Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos: Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento”.
La interpretación del sueño, realizada por el Beato Miguel Rúa, está bastante clara. Ahora bien, podríamos decir que el sueño de Don Bosco sobre la Iglesia y sus tribulaciones es para nosotros, católicos del siglo XXI, pues nunca como antes en la historia, la Iglesia ha sido tan perseguida como en nuestros días. Muchos afirman que la actual persecución a la Iglesia supera, en mucho, a las primeras persecuciones sufridas por ella en la historia. En efecto, en algunos países, la Iglesia es perseguida de forma cruenta, de manera tal que los edificios parroquiales son incendiados y destruidos, mientras que los religiosos y misioneros son amenazados y asesinados; es decir, en muchos países, la persecución es cruenta, dando en algunos casos lugar a emigraciones masivas de parte de cristianos, para evitar el ser asesinados –por ejemplo, en Siria, o en algunas regiones de África; en Siria los perseguidores son los integrantes de ISIS; en Nigeria, los de Boko Haram, en ambos casos, se trata de milicias fanáticas musulmanas-. Por otra parte, en otros, países, la Iglesia no es perseguida cruentamente, pero sí es perseguida igualmente, sobre todo a través de la legislación que, en todos los casos, es anti-cristiana y contraria en un todo a la Ley de Dios. Así sucede por ejemplo en Canadá, en donde el lobby homosexualista y pro-LGBTQ ha logrado sancionar leyes que no solo promueven la ideología de género a los más pequeños, sino que amenazan con quitar la patria potestad a los padres que se opongan a las enseñanzas anti-cristianas de la ideología de género. Y como en Canadá, sucede en una gran mayoría de países que en otro tiempo fueron cristianos.
Las naves pequeñas representan entonces el ataque furioso de la Nueva Era y representa también a las ideologías de género y a la cultura de la muerte, que promueven el aborto incluso hasta niños a término. El ataque a la Iglesia en nuestros días arrecia, tanto en su persecución cruenta como en la incruenta; sin embargo, en el mismo sueño de Don Bosco está explicitado el triunfo de la Iglesia, triunfo que será posible, tal como lo interpreta el Beato Miguel Rúa, por la devoción al Inmaculado Corazón de María y por la Adoración Eucarística. Es significativo que cuando la nave grande del sueño de Don Bosco alcanza las columnas donde están la Virgen y la Eucaristía, las naves enemigas entran en confusión y se hunden, siendo derrotadas. Esto quiere decir que debemos trabajar para difundir tanto la devoción al Inmaculado Corazón, como la Adoración Eucarística, porque en estas dos devociones está el triunfo de la Iglesia.


[1] Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VII, págs. 169-171

martes, 31 de enero de 2017

Don Bosco, la Inmaculada Concepción y la Eucaristía



Representación del sueño profético de Don Bosco en donde se revela el futuro de la Iglesia. Desde una roca, el santo contempla una escena asombrosa: en un mar agitado, una majestuosa nave atraca entre dos grandes columnas de mármol, en cuyos extremos se encuentran la Inmaculada Concepción y la Eucaristía. Delante y atrás de la nave central, pequeñas naves que naufragan en medio de la confusión, el humo y el fuego, aunque otras navecillas parecen acercarse para que sus tripulantes suban a la gran nave, en cuya proa destaca el Santo Padre, de pie, acompañado por sus cardenales y obispos. La gran nave es la Iglesia Católica, guiada por Pedro bajo la asistencia del Espíritu Santo, que habrá de atravesar grandes tribulaciones, simbolizadas en el mar agitado, y sufrir persecuciones, simbolizadas en las navecillas que la atacan; sin embargo, cuando humanamente la batalla parezca perdida, la Iglesia será salvada por la intervención prodigiosa de la Madre de Dios y por un substancial incremento de la fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía. La Virgen y la Eucaristía salvarán la fe y las almas de los bautizados.

viernes, 30 de enero de 2015

Don Bosco y sus revelaciones durante los sueños: las confesiones y los lazos del demonio


         Dentro de todos los dones y gracias sobrenaturales que recibió Don Bosco de parte de Dios, uno de los más notables, fue el de recibir revelaciones (privadas) a través de los sueños. De hecho, luego de ser recopiladas sus obras, todo un capítulo de estas se conoce como “Los sueños de Don Bosco”. Sin embargo, debido a la vivacidad de los sueños, a la precisión de los términos y conceptos, diálogos e imágenes y a la conformación en un todo con la doctrina católica, los así llamados “sueños” de Don Bosco, más que sueños propiamente, son verdaderas revelaciones sobrenaturales. El sueño, por propia definición, se caracteriza por ser, ante todo, irracional, ya que en el sueño, la imaginación queda libre, sin el control de la razón. Nada de esto hay en los “sueños” de Don Bosco, por lo que estos, en realidad, son verdaderas manifestaciones y revelaciones sobrenaturales y no simples imaginaciones del santo.
         Una de estas revelaciones, acaecidas en uno de sus sueños, es la siguiente, relatada por él mismo en persona, y recopilada en sus “Memorias” [1]: “El día 4 de abril don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el salón de estudio después de las oraciones de la noche: “Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miré a mi alrededor y me vi en la iglesia, en medio de una muchedumbre tal de jóvenes, que el templo parecía completamente abarrotado. Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Mirabello y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar. Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario, esperándome, debajo del púlpito. Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos. Pero después temí estar dormido, soñando, y, para cerciorarme de que no lo estaba, comencé a palmotear y sentía el ruido; y, para asegurarme aún más, alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije: -Ya que estoy aquí, confesemos. Y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y, no encontrando ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones. Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que llevaban al cuello una cuerda que les apretaba la garganta. -¿Por qué tenéis esa cuerda al cuello? Quitáosla, les dije. Pero no me respondían y se quedaban mirándome con fijeza. -Vamos, repetí a alguno; quítate esa cuerda. El joven, al cual yo había dado esta orden, se avino a ello, pero me dijo: -No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta. Venga a ver. Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos. Me acerqué un poco más para ver mejor, y, dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal, de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo. La bestia aquella bajaba el hocico, lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí a aquel joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven: -Mira, ve a la sacristía y dile al P. Merlone que te dé el acetre del agua bendita. El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entre tanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado como el primero y que, éste, también se agazapaba. Yo temía estar aún dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos: -Dime: ¿quién eres? El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí. -Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño. El monstruo siempre agazapado me miraba; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y de nuevo quería arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos. -¡Vamos! Dime: ¿qué haces aquí? Y al decir esto, levanté el hisopo. Hizo él unas contorsiones y quería huir. -No te escaparás, continué diciendo; te ordeno que te quedes aquí. Lanzó una serie de gruñidos y me dijo: -¡Mira! Y me enseñó los lazos. -Dime qué son esos tres lazos, añadí; ¿qué significan? -¿No lo sabes? Desde aquí, me dijo, con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal: de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano. -¿Cómo? ¿De qué manera? -¡Oh! No te lo diré porque tú se lo descubrirás. -¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos. ¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita. -Por favor, envíame al infierno pero no me eches esa agua. -En nombre de Jesucristo, pues. El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió: -El primer modo con que aprieto este lazo es haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión. -¿Y el segundo? -El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor. -Y el tercero: -El tercero no te lo quiero decir. -¿Cómo? ¿Que no me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita. -No; no hablaré; y comenzó a gritar desaforadamente: ¿Es que no te basta? ¡Ya he dicho demasiado! Y tornó a enfurecerse. -Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores. Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos, después unas gotas de sangre y dijo: -El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los consejos del confesor. -¡Bestia horrible!, le grité por segunda vez. Y mientras quería preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriese la manera de remediar un mal tan grande y hacer vanas sus artimañas, todos los otros horribles gatazos, que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra el que había hablado provocando una sublevación general. Yo, al contemplar aquella revuelta, y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado, le dije: -¡Ahora, vete! Y desapareció. Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito, todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho. ¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás habría sospechado, tenían el lazo al cuello y el gatazo a las espaldas! Ya sabéis qué simbolizan esos tres lazos. El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres. El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito. Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor. Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también: -Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se enmiendan o no. Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, a las espaldas de los jóvenes, y me respondió: -Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino. Pude comprobar que eran muchísimos los que tenían a las espaldas aquellos monstruos, más de los que yo hubiera sospechado. Dad a este sueño el alcance que queráis; lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que se nos ofrece una verdadera realidad. Hagamos, pues, una buena confesión y una santa comunión para vernos libres de estos lazos del demonio. Mientras tanto mirad si, tiempo atrás, habéis cumplido las condiciones necesarias para hacer una buena confesión: yo os encomendaré a todos el domingo en la santa misa”.
En esta revelación, tenida durante el sueño, Don Bosco nos previene acerca de cómo la ligereza en la confesión sacramental acarrea graves daños para el alma, pudiendo incluso ser causa de eterna condenación.
No fue dada, sin embargo, esta revelación, para que alguien quede con escrúpulos, sino, todo lo contrario, para que revisemos nuestras confesiones y nuestra vida espiritual, y para que tomemos conciencia del valor del Sacramento de la Penitencia, poniendo el acento en la contrición del corazón y en el propósito de enmienda. El propósito de enmienda incluye el deseo de morir a la vida física, terrenal, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. La contrición del corazón, a su vez, hace perfecta a la confesión, porque revela el dolor del corazón, que se da cuenta, por un lado, de la maldad y fealdad extrema del pecado y, por otro lado, se da cuenta de la hermosura de Amor Divino, injustamente ofendido por la malicia del pecado. La contrición lleva al propósito de enmienda y a cumplir la penitencia, y así el alma recibe las gracias del Sacramento de la Penitencia, lo cual la hace crecer en santidad, y de tal manera, que este sacramento puede llamarse “fábrica de santos”.
Éste es el fin por el cual la Divina Providencia concedió a Don Bosco estas admirables revelaciones durante sus sueños: para hacernos crecer en la santidad, que quiere decir crecer en su Amor, por medio de santas confesiones.



[1] Cfr. Memorias Biográficas de Don Bosco, Volumen 9, Capítulo 47.

domingo, 5 de mayo de 2013

Santo Domingo Savio: Antes morir que pecar



         Santo Domingo Savio, alumno de Don Bosco, expresó un deseo el día de su Primera Comunión: “Morir antes que pecar”. A su corta edad, no más de diez años, el niño expresaba la característica fundamental de la santidad: estar dispuestos a morir antes que cometer un pecado. Esta determinación se basa en la profunda apreciación de la vida de la gracia: la gracia es algo tan alto y valioso, que es preferible perder la vida terrena, antes que cometer un pecado mortal, pues este hace perder la gracia y, con la gracia, la vida eterna. La firme determinación de Santo Domingo Savio no es consecuencia de su carácter natural, ni se debe a que el niño era de mente lúcida, a la vez que poseía un temperamento fuerte y decidido, puesto que la valoración de la gracia que hace se equipara a la de los grandes santos y sobre todo a la de los mártires, quienes precisamente se convirtieron en mártires, porque eligieron la muerte corporal antes que perder la vida eterna por el pecado.
         ¿De dónde podía venir este aprecio por la gracia? Sin ninguna duda, venía de la Virgen, porque Santo Domingo Savio había fundado, con escasos doce años de edad, la “Compañía de María Inmaculada”, la mayoría de cuyos integrantes estuvo presente cuando Don Bosco fundó, dos años después, la Congregación Salesiana[1]. Este hecho, la devoción a la Virgen por parte de Domingo, es lo que explica el aprecio del santo a la vida de la gracia, porque la devoción a la Virgen es una consecuencia de la libre adhesión del alma a la invitación de la Virgen a consagrarse a su Inmaculado Corazón. En otras palabras, el hecho de que Santo Domingo prefiera morir antes que pecar, demostrando una apreciación y valoración sobrenatural de la vida de la gracia, y funde la Compañía de María a los doce años, indica que su corazón pertenece a María y que se ha consagrado a Ella en cuerpo y alma, respondiendo a la invitación maternal de María, e indica además que, perteneciendo a María y siendo hijo suyo, es Ella quien le comunica la valoración y el amor por la gracia, amor y valoración que no se explican por ninguna causa humana o creatural. La Virgen le concede tan alta vivencia de la vida de la gracia, que Domingo prefiere perder la vida terrena antes que cometer un pecado mortal, porque el pecado mortal, aunque conserva la vida corpórea, hace perder la vida de la gracia y, con ella, la vida eterna.
         Como todo santo, Domingo Savio es ejemplo para el cristiano, y lo es ante todo en su devoción mariana y en la determinación suya de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.
Ahora bien, este deseo del santo está expresado en la oración del “Pésame” que rezamos cada vez que nos confesamos, cuando decimos: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”. No se trata de una frase hecha, ni de una expresión genérica; claramente, expresamos el pesar por no “haber muerto”, es decir, por no haber perdido la vida corporal, antes que pecar, antes que “haber ofendido a un Dios tan bueno y tan grande”. La conmemoración de Santo Domingo debe llevar entonces a renovar el dolor de los pecados, la apreciación de la vida de la gracia, y aquello que decimos a Cristo, oculto en el sacerdote ministerial, en el momento de confesarnos sacramentalmente. Y para que este deseo de morir corporalmente antes que pecar no quede en una mera expresión de deseos, sino que se convierta en un programa de vida, en un camino de santidad y en una puerta abierta al cielo, como lo fue para Santo Domingo Savio, es conveniente pedir esta gracia, todos los días, a la Virgen: “María, Auxiliadora de los cristianos, concédeme la gracia de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado”.


[1] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Voumen I; http://www.corazones.org/santos/domingo_savio.htm

jueves, 31 de enero de 2013

San Juan Bosco y la educación de la castidad en los jóvenes



         Una de las cosas que sobresale en el misticismo de San Juan Bosco, manifestado principalmente en sus sueños, es la continua advertencia que del cielo se dirige a los jóvenes, en relación a la santa pureza. En numerosos sueños, San Juan Bosco es advertido, por el cielo, del enorme peligro bajo el que se encontraban los jóvenes de Turín, lugar en donde el santo pasó gran parte de su vida.
La crítica progresista diría que los sueños eran producto de su imaginación, la cual, a su vez, era consecuencia de su formación sacerdotal excesivamente rigurosa, propia de su tiempo. Para el progresismo católico, los sueños de San Juan Bosco, junto con todo su valiosísimo mensaje moral pero ante todo espiritual –porque las consecuencias del desvío moral conducen a la pérdida de la gracia santificante en esta vida y, de perdurar esta situación, a la eterna condenación-, no pasan de ser expresiones de una religiosidad “antigua”, “pasada de moda”, “represiva”, que no se adapta al paso del tiempo.
Ahora bien, el no proporcionar a los jóvenes el inmenso tesoro –psicológico, moral, espiritual- que suponen los sueños, las enseñanzas, y la vida de Don Bosco, implica no solo dejar caer en el olvido a un gran santo de la Iglesia Católica sino, mucho más grave aún, condenar a miles de jóvenes a una existencia vacía, caracterizada por no poseer ni valores cristianos ni humanos de ningún tipo. Sin embargo, el daño hecho a estos jóvenes, a los que se les oculta la vida y las enseñanzas de Don Bosco, no termina ahí, porque el joven, sin el ideal de Cristo que Don Bosco propone, termina siendo absorbido, inevitablemente, por el mundo contemporáneo, cuyas características, en el inicio del siglo XXI, son el gnosticismo, el relativismo moral, el hedonismo, el materialismo y el neo-paganismo “New Age”.
Los sueños de Don Bosco no son el producto de la frondosa imaginación de un sacerdote del siglo XVIII: son el llamado del cielo a los jóvenes –a todo hombre en general, pero a los jóvenes en particular, porque ese es el carisma de Don Bosco-, a imitar y participar de la pureza del Ser divino, encarnado y manifestado en Cristo, el Hombre-Dios. Ocultar este grandioso ideal, manifestado en imágenes en los sueños de Don Bosco, constituye un gran engaño a cientos de miles de jóvenes que, de conocerlo, no dudarían en imitar a Cristo, en vez de dejarse arrastrar por las pasiones y por el mundo sin Dios.

sábado, 5 de febrero de 2011

Don Bosco y la juventud


Cuando se analiza la obra de Don Bosco, en relación a la juventud, se destacan numerosos logros, como por ejemplo, el rescatar a jóvenes en situación de riesgo social, o el de haber elaborado todo un sistema educativo todavía válido para nuestros días.

Otro aspecto a destacar, es el hecho de que el sistema educativo de Don Bosco ha permitido educar en las virtudes a decenas de miles de niños y de jóvenes contribuyendo, de esta manera, a construir una sociedad más culta y educada.

Por otra parte, los numerosos colegios e institutos que dependen de su obra, sumados a los institutos que capacitan a los jóvenes para el mundo laboral, no hacen otra cosa que confirmar la grandeza de su emprendimiento a favor de los más necesitados de la sociedad, en este caso, los jóvenes.

Pero si nos detenemos en estos logros de Don Bosco, corremos el riesgo de reducir su obra a la nada, pues nada separaría a Don Bosco de un filántropo más, o de cualquier otro benefactor de la juventud.

La obra de Don Bosco no se limita a la educación de los jóvenes, ni siquiera a decenas de miles de ellos.

Lo más grandioso de la obra de Don Bosco no fue ampliarles el horizonte de trabajo, ni tampoco el haber educado en la virtud a los jóvenes; lo más grandioso fue el haberles hecho ver, a los jóvenes, que hay otro horizonte, más allá del horizonte humano, y es el horizonte de eternidad, y más que educarlos en las virtudes, los educó en el amor de Cristo y en su seguimiento.

Los numerosos santos, niños y jóvenes, que surgieron de sus oratorios, dan cuenta de este hecho: quienes se acercaban a Don Bosco, no permanecían nunca los mismos, pues se despertaba en ellos la sed de Dios y de su eternidad, y toda su vida era un prepararse continuo para atravesar el umbral de la muerte y poder ver, cara a cara, con el corazón limpio y el alma en gracia, a Jesucristo, a quien, gracias a Don Bosco, habían aprendido a conocer y amar.