San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 2 de febrero de 2023

San Blas, obispo y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia, conocido por sus contemporáneos por haber obrado numerosas curaciones milagrosas, aun en vida terrena. Ejercía la profesión de médico y luego decidió retirarse para vivir en la oración y la penitencia, como eremita y esto lo hizo incluso después de haber sido nombrado obispo, convirtiendo la cueva en la que vivía, ubicada en el bosque del monte Argeus, en su sede episcopal.

         Mensaje de santidad.

En la actualidad, San Blas es patrono de los otorrinolaringólogos y de quienes padecen alguna afección a la garganta y esto se debe a que, según la tradición, San Blas volvió a la vida a un niño que acababa de morir al habérsele atravesado una espina de pescado en la garganta. Es de este milagro de donde se deriva la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta, 3 de febrero.

Forma parte de su vida de santidad el afecto y aprecio que tenía por los animales, considerándolos como parte de la Creación de Dios. Por este afecto a los animales, también los curaba y también según la tradición, los animales enfermos o heridos se acercaban a su cueva en Argeus para que los cure. Estos, en retribución, no le hacían daño ni lo molestaban cuando oraba.

Debido a que los animales enfermos se reunían en la entrada de la cueva donde vivía San Blas, fue esto lo que llamó la atención de un grupo de cazadores: estos habían ido al monte a cazar animales para utilizarlos en los juegos de la arena en el circo y al ver a numerosos animales feroces esperando mansamente a la entrada de una cueva, decidieron entrar en la cueva para ver de qué se trataba y así fue como encontraron a San Blas. Lo llevaron preso, porque en esos días se había desencadenado una persecución contra los cristianos debido a una orden del gobernador de Capadocia, llamado Agrícola. Una vez que estuvo en presencia del gobernador, que era pagano y anticristiano, le exigieron bajo amenaza de muerte que renegara de la fe en Jesucristo, pero San Blas se opuso firmemente. Por su negativa a renunciar a la fe en Jesucristo, San Blas fue sentenciado a muerte y conducido a prisión, en donde debía esperar para su ejecución, pero incluso estando en prisión, seguía haciendo milagros y curando a los enfermos y bautizando a los que querían hacerse cristianos. De acuerdo a las Actas de San Blas, fue condenado a morir por ahogamiento pero, cuando fue arrojado a las aguas, el Santo empezó a caminar sobre estas, repitiendo el milagro que hizo Jesucristo. Entonces fue conducido al cadalso, fue torturado y, finalmente, decapitado. Murió, como mártir, el año 316 D. C, en tiempos del Emperador Licinio. Así como la muerte martirial de San Blas fue en su tiempo un testimonio de fe en Jesucristo como Dios y Salvador, así lo es en nuestros días, caracterizados por la apostasía generalizada, es decir, por el abandono voluntario de la fe católica, llegando incluso algunos al extremo de formar agrupaciones para exigir que se borren sus nombres de los libros de bautismos de las parroquias; no se dan cuenta que así están borrando voluntariamente sus nombres del Libro de la Vida y por lo tanto, al fin de la vida terrena, sufrirán la muerte eterna en el Infierno. Pidamos a San Blas que interceda para que perseveremos en la fe católica y en las obras de misericordia todos los días de nuestra vida terrena, hasta el último día, para que así seamos conducidos al Reino de los cielos en la eternidad y le pidamos también al santo que bendiga nuestras gargantas, pero no solo para que no nos enfermemos de la garganta o para que nos curemos si estamos enfermos, sino para que de nuestras gargantas solo salgan palabras de compasión para con nuestros prójimos y de adoración para con nuestro Dios, Jesús Eucaristía.

 

 

jueves, 10 de febrero de 2022

San Blas y la bendición de las gargantas

 



          San Blas fue un médico y obispo de Sebaste, diócesis situada en la actual Armenia. Fue perseguido y sufrió el martirio por Cristo en la época del emperador Diocleciano. En esa época, todo aquel que profesara externamente el culto cristiano era perseguido y encarcelado y si no renegaba de Cristo, era asesinado. Es esto lo que le ocurrió a San Blas, puesto que murió por no renegar de la fe en Cristo Jesús.

          Según la Tradición, cuando apresaron a San Blas, sucedió que en el camino a la prisión, le salió al encuentro una mujer cuyo pequeño hijo acababa de morir asfixiado, al habérsele atragantado una espina de pescado en la garganta. La mujer le imploró al santo que curase a su hijo y San Blas, sin dudar un instante, le impuso las manos en la garganta al niño y pidió, en nombre de Cristo, que el niño volviera a la vida, lo cual efectivamente sucedió, dando así origen a la tradición de la bendición de las gargantas.

          Al recordar al mártir San Blas, debemos pedirle dos cosas: por un lado, que interceda para que nuestra fe en Cristo sea íntegra y pura y para que no cedamos en la fe católica, en los sacramentos, en el Credo, en los dogmas y esto, aun a costa de la propia vida.

          Lo otro que debemos pedir al santo es que interceda para que no nos afecte ningún mal de garganta, pero sobre todo, para que de nuestras gargantas no salga ninguna palabra desedificante o que pueda herir a nuestro prójimo y que sólo salga de nuestras gargantas alabanzas y cánticos de adoración al Cordero, Cristo Jesús y de misericordia para con nuestro prójimo.

lunes, 1 de febrero de 2021

San Blas, obispo y mártir


 

         Vida de santidad[1].

         San Blas, obispo de Sebaste de Armenia y mártir, que, por ser cristiano, padeció en tiempo del emperador Licinio en la ciudad de Sebaste de Armenia (Sivas de la actual Turquía) (c. 320). Era el año 316. Parece que San Blas, siguiendo la advertencia del Cielo, huyó de la persecución y se refugió en una gruta. La Tradición nos presenta al anciano obispo rodeado de animales salvajes que lo visitan y le llevan alimento; pero como los cazadores van detrás de estos animales, el santo fue descubierto y llevado amarrado como un malhechor a la cárcel de la ciudad. A pesar de los prodigios que el santo hacía en la cárcel, lo llevaron a juicio y como no quiso renegar de Cristo y sacrificar a los ídolos, fue condenado al martirio: primero lo torturaron y después le cortaron la cabeza con una espada. A San Blas se le atribuye un milagro y que ha perpetuado la conocida bendición contra el mal de la garganta. En efecto, se conoce que mientras llevaban al santo al martirio, una mujer se abrió paso entre la muchedumbre y colocó a los pies del santo obispo a su hijo que estaba muriendo sofocado por una espina de pescado que se le había atravesado en la garganta. San Blas puso sus manos sobre la cabeza del niño y permaneció en oración. Un instante después el niño estaba completamente sano. Este episodio lo hizo famoso como obrador de milagros en el transcurso de los siglos, y sobre todo para la curación de las enfermedades de la garganta.

         Mensaje de santidad.

         Debido a esta curación milagrosa, es que se origina la Tradición de bendecir las gargantas y es por esto que San Blas es el Patrono de los que padecen alguna afección de la garganta. Le pidamos a San Blas que nos proteja de todo mal de garganta, en el sentido de que, si es la voluntad de Dios, no nos enfermemos, ni de la garganta ni de ningún mal corporal, pero le pidamos al santo una gracia todavía más importante: le pidamos la gracia de que por nuestras gargantas no solo no salga mala palabra alguna, ni maledicencia alguna, ni mentira alguna, sino que solo salgan palabras de bendición y misericordia para nuestro prójimo –incluido el que es nuestro enemigo- y que solo salgan palabras de acción de gracias, de amor y de adoración hacia Dios Uno y Trino. De nada nos valdría tener la garganta sana físicamente, sin ninguna afección corporal, si no bendijéramos a nuestro prójimo y si no alabáramos, ensalzáramos y adoráramos a nuestro Dios. Es esta gracia la que vamos a pedir a San Blas.

martes, 4 de febrero de 2020

Vida de San Blas


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          Vida de santidad[1].

          San Blas fue médico y obispo de Sebaste, Armenia. Hizo vida eremítica en una cueva del Monte Argeus. San Blas era conocido por su don de curación milagrosa; dentro de estas curaciones, está el milagro que realizó y con el cual le salvó la vida de un niño que se ahogaba al obturar su garganta una espina de pescado. Cuando San Blas pasaba encadenado para ser ajusticiado, la madre del niño se arrojó a sus pies y le pidió por su hijo: San Blas oró y le impuso las manos sobre la garganta y al instante el niño volvió a la vida. Este es el origen de la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta.
También según la tradición, se le acercaban incluso animales enfermos para que les curase, aunque no lo interrumpían en sus momentos de oración.
Cuando se inició la persecución del emperador Agrícola, gobernador de Cappadocia, contra los cristianos, ésta abarcó, donde se encontraba el santo haciendo vida eremítica. La forma en el que lo atraparon fue así: sus cazadores fueron a buscar animales para los juegos de la arena en el bosque de Argeus y encontraron muchos de ellos esperando fuera de una cueva, y ésa era la cueva de San Blas, pues los animales se encontraban allí esperando al santo para que los curase. Los esbirros del emperador ingresaron en la cueva y allí  encontraron a San Blas en oración y lo arrestaron. El emperador Agrícola trató sin éxito de hacerle apostatar, cosa que no pudo lograr porque San Blas se mantuvo firme en le fe en Jesucristo. En la prisión, San Blas sanó a algunos prisioneros. Finalmente fue echado a un lago para que se ahogara, pero San Blas, parado en la superficie y desafiando a las leyes de la física, invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus dioses, pero cuando estos lo intentaron, se ahogaron. Finalmente, cuando volvió a tierra fue torturado y decapitado, en el año 316 d. C.

          Mensaje de santidad.

          San Blas es el patrono de las gargantas y de las enfermedades de la garganta; como tal, podemos pedirle que haga un milagro en favor nuestro aun más grande que el milagro que hizo con el hijo de la mujer, que se había atragantado con una espina de pescado: le podemos pedir al santo, además de su fe inconmovible en Cristo Dios, que nos conceda el don de que nunca salga de nuestras gargantas nada que ofenda a Dios y que sólo salgan alabanzas a Dios y elogios y deseos de paz para nuestros prójimos.

domingo, 3 de febrero de 2019

San Blas y la bendición de las gargantas



         San Blas era un santo que, en tiempos de persecución a la Iglesia en Capadocia, se había ido a refugiar a los montes, para allí vivir una vida de retiro, de oración y de penitencia. Según cuenta su biografía, tenía el don de curar a los enfermos humanos y también a las fieras salvajes, por lo que a la puerta de su cueva, se encontraban numerosos animales, esperando pacientemente su turno para ser curados. De hecho, fue así que lo encontraron, ya que una patrulla de soldados vio a este grupo de animales frente a una cueva, les llamó la atención y al ingresar, vieron a San Blas, al cual detuvieron por ser cristiano.
         En el camino a su ejecución, le salió a su encuentro una mujer desesperada que llevaba a su hijo que acababa de morir, asfixiado por habérsele atragantado una espina de pescado. El santo le dio la bendición al niño ya muerto y, de inmediato, éste recobró la vida[1]. A partir de entonces, es que surgió la piadosa costumbre de bendecir las gargantas. El santo finalmente fue conducido a prisión, en donde obtuvo la conversión de numerosos prisioneros; luego fue arrojado al lago para que se ahogara, pero el poder de Dios lo mantuvo a flote, permitiendo sin embargo que se ahogaran quienes adoraban a los ídolos[2]. Al llegar a tierra firme, el santo fue decapitado, muriendo mártir por Cristo e ingresando en el Reino de los cielos en el año 316 d. C.
          Ahora bien, debemos pedirle a San Blas que bendiga nuestras gargantas, pero no solo para protegerlas de cualquier enfermedad o daño físico, sino que debemos pedirle que bendiga nuestras gargantas para que de ellas no salgan sino palabras edificantes de amor, de consuelo, de paz, para nuestro prójimo y de piedad, adoración y amor para con Nuestro Dios. Es decir, debemos pedir que nuestras gargantas sean bendecidas para que no solo nunca digamos nada malo contra nuestro prójimo y contra nuestro Dios, sino que de ella solo salgan bendiciones para nuestros hermanos y alabanzas para nuestro Dios. Además, la bendición de las gargantas tiene otro objetivo, y es el de hacerlas dignas para que por ellas ingrese, por la comunión eucarística, Nuestro Salvador Jesucristo. Entonces, que de nuestras gargantas bendecidas, no salga nunca palabra desedificante alguna, sino solo bendiciones para nuestros hermanos y alabanzas de adoración para Jesús Eucaristía.

viernes, 2 de febrero de 2018

Fiesta de San Blas


         Vida de santidad[1].

San Blas fue médico y obispo de Sebaste, Armenia. Se trasladó al Monte Argeus, a una cueva, en donde llevó una vida eremítica, de intensa oración y penitencia.
Debido a que el Señor le había concedido el don de realizar curaciones milagrosas, acudían a su cueva innumerables fieras salvajes, que esperaban su turno para ser curadas de sus dolencias, aunque no lo interrumpían en sus tiempos de oración. Al comenzar la persecución del tirano emperador romano Agrícola, gobernador de Capadocia, sus esbirros salieron al monte a cazar animales para llevarlos luego al circo. Fue en esa circunstancia en la que encontraron a San Blas, pues el santo estaba rodeado de numerosos animales salvajes, que esperaban, con toda mansedumbre, ser atendidos y curados por el santo. Así fue como San Blas fue arrestado y llevado ante la presencia de Agrícola, quien intentó vanamente que apostatara de la fe en Jesucristo. Incluso en prisión, y en el intervalo en el que sufría torturas, el santo no dejaba de proclamar la Buena Nueva de Jesucristo, obteniendo grandes conversiones entre los prisioneros. Finalmente fue echado a un lago, con la intención de ahogar al santo, pero San Blas, parado en la superficie –imitando a Nuestro Señor Jesucristo cuando caminaba sobre las aguas-, invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus falsos dioses, lo cual, obviamente, estos no hicieron, porque sus dioses son demonios y no tienen el poder divino de Jesús. Cuando San Blas regresó a tierra, los verdugos del emperador romano lo torturaron, para intentar nuevamente hacerlo apostatar, y al no conseguir su objetivo, terminaron por matarlo, por decapitación. Corría el Año del Señor 316.
En la fiesta de San Blas se bendicen las gargantas, en recuerdo de uno de sus más famosos milagros: antes de ser ejecutado, y cuando era llevado ante la presencia del emperador Agrícola, volvió a la vida a un niño que acababa de fallecer a causa de una espina de pescado que se le había atravesado en la garganta, quitándole la respiración. La madre del niño, enterándose que pasaba San Blas, salió a su encuentro con su hijo en brazos y, con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón, le imploró por su hijo: en ese momento San Blas, luego de encomendarse a Nuestro Señor Jesucristo, impuso sus manos en la garganta del niño, y este, por el poder de Jesucristo que pasó a través del santo, regresó a la vida. Éste es el origen de la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta.

         Mensaje de santidad.

         Como vimos en su biografía, San Blas tenía un poder sanador, tanto para seres humanos, como para animales. Sin embargo, aunque se lo recuerda por uno de sus milagros más famosos, el de la vuelta a la vida del niño ahogado con una espina de pescado, no fueron los milagros, ni su don de curación, lo que hicieron a San Blas ganarse el cielo: fue su amor a Jesucristo, a sus mandamientos, a su cruz, a su Iglesia, a sus sacramentos, y a su Madre, que es la Virgen, la Madre de Dios y Madre Nuestra, la que le valió vivir ahora en el Reino de los cielos, para siempre. Fue el amor a Jesucristo el que le hizo, primero, retirarse a una vida aislada, para poder rezar mejor y hacer más penitencia por sus pecados, y fue el amor a Jesucristo y la presencia del Espíritu Santo en su alma, lo que lo llevó a no solo no tener miedo de sus captores y verdugos, sino a animarlos a que abandonen sus ídolos, que son demonios, y a que se conviertan al Dios verdadero, el Dios de la Eucaristía.
         Al recordarlo en su día, le pedimos a San Blas, que vive en la alegría y en la gloria del cielo para siempre, que interceda por nosotros, para que tengamos salud y sobre todo, salud en nuestras gargantas, pero sobre todo, para que tengamos una fe viva y un amor ardiente al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, y a nuestros prójimos, por amor a Dios, para que no solo no salgan nunca, jamás. de nuestras gargantas, por las que entra Nuestro Señor Jesucristo por la Eucaristía, palabras desedificantes, vulgares, groseras, y mucho menos injurias, calumnias, mentiras hacia nuestro prójimo, ni tampoco quejas contra Dios, sino que siempre y únicamente salgan palabras de perdón y misericordia para con nuestro prójimo, y de amor y piedad para con Nuestro Dios y Señor, Jesús Eucaristía.

jueves, 2 de febrero de 2017

San Blas, obispo y mártir


San Blas fue médico y obispo de Sebaste, Armenia. Hizo vida eremítica en una cueva del Monte Argeus[1] y sufrió el martirio a comienzos del siglo IV[2]. Tenía el don de la curación milagrosa de enfermedades físicas y espirituales. Uno de sus milagros más conocidos –y que dio origen a la bendición de las gargantas en su fiesta- fue el volver a la vida a un niño que acababa de morir asfixiado a causa de una espina de pescado. También se le acercaban también animales enfermos para que les curase, pero no le molestaban en su tiempo de oración. De hecho, los soldados lo apresaron, durante la persecución del emperador Licinius, porque estaban buscando animales para los juegos de la arena en el bosque de Argeus y lo que sucedió fue que encontraron muchos de ellos esperando fuera de la cueva de San Blas, esperando para ser curados. Al encontrar a San Blas en la cueva y haciendo oración cristiana ante su altar, los soldados se dieron cuenta que no era pagano sino cristiano, por lo que lo arrestaron y lo llevaron ante la presencia del gobernador Agricolaus. Éste  trató sin éxito de hacerle apostatar, infligiéndole grandes torturas. En la prisión, San Blas sanó a algunos prisioneros, además de convertirlos a la fe en el Hombre-Dios Jesucristo. Finalmente fue echado a un lago, con la intención de que muriera ahogado. Sin embargo, San Blas, parado en la superficie –con el poder de Jesús lo imitó a su Maestro, que había caminado sobre las aguas según relatan los Evangelios-, invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus dioses, lo cual intentaron hacer pero, como es obvio, se ahogaron. Cuando volvió a tierra fue sometido a nuevas torturas y finalmente decapitado, el día 11 de febrero –algunos afirman que fue el 15- del Año del Señor 316. Junto con él, fueron decapitadas y murieron mártires siete doncellas, que se convirtieron al ver la fortaleza de la fe del santo obispo.
Como hemos afirmado antes, la bendición de las gargantas se origina en el milagro más conocido de San Blas, la vuelta a la vida del niño que había muerto asfixiado por habérsele atravesado una espina de pescado. En muchos lugares, en el día de su fiesta, se daba la bendición de San Blas: se consagraban dos antorchas, generalmente por una oración, y luego eran mantenidas en forma de cruz por un sacerdote sobre las cabezas de los fieles, o eran tocados en la garganta con ellas. En otros lugares se consagraba aceite, en el cual se sumergía una pequeña mecha ardiendo, y se tocaban las gargantas de los presentes con ella. Al mismo tiempo se daba la siguiente bendición: “Per intercessionem S. Blasii liberet te Deus a malo gutteris et a quovis alio malo” (Por intercesión de San Blas te preserve Dios del mal de garganta y de cualquier otro mal). En algunas diócesis se añadía: “In nomine Patris et Filii et Spiritus” y el sacerdote hacía la señal de la cruz sobre el fiel. En la Iglesia Latina su fiesta cae en el 3 de Febrero, en las Iglesias Orientales en el 11 de Febrero. Se le representa sosteniendo dos antorchas cruzadas en su mano (la bendición de San Blas), o en una cueva rodeado de bestias salvajes, como fue encontrado por los enviados del gobernador[3].
¿Qué le podemos pedir a San Blas? Un santo decía que el cristiano debía tener la actitud de aquel reo condenado a muerte, que está esperando que en cualquier momento arriben los soldados que lo lleven a comparecer ante el juez: esos reos, entonces, somos nosotros; los soldados son los ángeles de Dios; la comparecencia es el momento de nuestra muerte, y el juez que ha de juzgarnos es el Supremo y Eterno Juez, Jesucristo, en nuestro Juicio Particular. Por lo tanto, le podemos pedir a San Blas que interceda para que, a la hora en que vengan nuestros ángeles a buscarnos para comparecer ante Dios, nos encuentren como lo encontraron los soldados a él en la cueva: postrado de rodillas, rezando e implorando clemencia ante el altar del sacrificio y ante Jesús crucificado. Pidamos también a San Blas que por su intercesión, Dios bendiga nuestras gargantas, pero no sólo para que no tengamos ninguna enfermedad física, sino para que de nuestras gargantas jamás salga ni una sola ofensa contra la divina majestad y ante todo, que de nuestras gargantas sólo salga lo que abunde en nuestros corazones: cánticos de alabanza y adoración a Dios Uno y Trino y de misericordia para con nuestros hermanos.







[1] http://www.corazones.org/santos/blas.htm
[2] Cfr. http://ec.aciprensa.com/wiki/San_Blas
[3] Cfr. http://ec.aciprensa.com/wiki/San_Blas

miércoles, 3 de febrero de 2016

San Blas, obispo y mártir


San Blas, nacido de familia noble y rica, fue médico y luego obispo de Sebaste, Armenia, padeciendo el martirio en tiempos del emperador Licinio[1]. Cuando comenzó la persecución, recibió una inspiración divina que le ordenó retirarse a una cueva del Monte Argeus, frecuentada únicamente por las fieras y en donde hizo vida de ermitaño. En la cueva del Monte Argeus, San Blas recibía con afecto a los animales salvajes, de quienes se dice que acudían en manadas para recibir su bendición y también para ser curados por el santo aquellos que estaban enfermos o heridos –sin embargo, nunca lo interrumpían en su tiempo de oración- y por esto, es patrono de los animales salvajes. Precisamente, su detención se produjo debido a que unos cazadores, que buscaban atrapar fieras para el circo romano, al anoticiarse de que en esa área se reunían manadas de animales salvajes –que eran los que iban a ver al santo-, encontraron a éste rodeado por los animales. Los cazadores intentaron capturar a las bestias, pero san Blas las espantó, las bestias se fueron y entonces le capturaron a él. Al enterarse de que era cristiano, lo llevaron preso ante el gobernador Agrícola. Cuando estaba en prisión –estando allí sanó muchos enfermos- lo privaron de alimentos, pero una mujer, agradecida por un milagro recibido de parte del santo, le llevó víveres y velas, y esto originó la costumbre de administrar una bendición especial a los enfermos, colocando dos velas (en memoria de las que llevaron al santo en su calabozo) en posición de una cruz de san Andrés, en el cuello o sobre la cabeza del suplicante, pronunciándose estas palabras: “Per intercessionem Sancti Blasi Liberet te Deus a malo gutturis et a quovis alio malo” (por intercesión de san Blas te libere Dios de todo mal de la garganta y de todo otro mal)[2].
El gobernador Agrícola intentó en vano hacerlo apostatar de la fe en Cristo Jesús, por lo cual terminó condenándolo a muerte. Ya de camino al suplicio, volvió a la vida a un niño que se había atragantado con una espina con una espina de pescado, y aquí es donde se origina la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta.
Finalmente fue echado a un lago, aunque no murió allí: milagrosamente, San Blas permaneció de pie sobre la superficie del lago, desde donde invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus dioses. Como es obvio, estos no pudieron hacerlo. Cuando volvió a tierra fue torturado y decapitado[3].
Al conmemorar a San Blas, debemos pedir la bendición de las gargantas, pero teniendo en cuenta, por un lado, que no solamente o exclusivamente debemos pedir esta bendición para implorar que Dios nos libere de males orgánicos o materiales de la garganta (tumores, infecciones, etc.), sino que, ante todo, debemos pedir que nos libere del peor mal de garganta –que se origina en el corazón- y que es la habladuría, la maldición, el perjurio, la blasfemia, la maledicencia, para que por nuestra garganta solo pasen palabras de bendición a Dios y de consuelo, amor y paz para nuestros prójimos. Por otro lado, en la conmemoración de San Blas, tampoco debemos quedarnos en el pedir la bendición de las gargantas, sino que debemos meditar y reflexionar en su condición de mártir, porque el mártir es un don del Espíritu Santo para la Iglesia Universal, de todos los tiempos; un mártir es una joya preciosísima que engalana la corona de la Santa Madre Iglesia: un mártir, como San Blas, nos está diciendo, con su sangre derramada por el Nombre de Cristo, que “no hay otro nombre dado bajo el cielo para la salvación” (Hech 4, 12); en consecuencia, debemos pedirle a San Blas que interceda para que, a imitación suya, seamos capaces de dar la vida antes que perder a Cristo y su gracia santificante.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En Alemania se le honra, además como uno de los catorce “heilige Nothelfer” (santos auxiliadores en las necesidades).
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En algunos lugares, existe también la tradición del “agua de san Blas”, que se bendice en su día y que generalmente se da a beber al ganado que está enfermo
[3] http://www.corazones.org/santos/blas.htm

martes, 3 de febrero de 2015

San Blas, obispo y mártir

Escenas de la vida de San Blas. Speculum historiale. V. de Beauvais. S. XV.

         San Blas fue obispo en Sebaste, Armenia, en tiempos de la persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo, Daia y Licinio. Al arreciar la persecución, bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas, y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales, hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la oración contemplativa.
En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces Nuestro Señor Jesucristo, animándolo a que “le ofrezca el sacrificio”; por la expresión utilizada por Jesús, San Blas entendió que Jesús lo llamaba al martirio, puesto que “el sacrificio” que le pedía Jesús, era la entrega de su vida, pero no de cualquier manera, ni por cualquier motivo: “ofrecer el sacrificio”, en palabras de Jesús, es “entregar la vida en sacrificio”, significa que quien lo hace, une su vida al sacrificio redentor de la cruz de Jesús, con lo cual, su vida adquiere un valor infinito, un valor de redención y salvación, para él y para sus hermanos, porque la está uniendo al santo sacrificio del Calvario. Es decir, Jesús se le aparece a San Blas para prepararlo para el martirio, para la entrega sacrificial de su vida, uniéndola a su sacrificio en cruz. Esa entrega se concretó al amanecer del tercer día de las apariciones de Jesús: San Blas se levantó y celebró la Santa Misa; al finalizar, llegaron los ministros del prefecto, diciéndole: “Sal de tu gruta; el prefecto te llama”. Sabiendo San Blas que la llamada era para ser ejecutado, responde con calma y con alegría, deseoso de acudir a su ejecución, lo cual es un indicio de que estaba asistido por el Espíritu Santo. Según la Tradición, San Blas salió y con rostro sonriente y palabras cariñosas, se dirigió así a sus carceleros: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. En estas palabras, se ve cómo el santo tiene un preanuncio de su martirio y una perfecta comprensión de que ha sido elegido para participar del Calvario y del  sacrificio redentor de Jesucristo: ésa es la razón por la cual, ante el arresto y el conocimiento que habrá de morir, no solo no se desespera ni intenta huir, sino que se entrega mansamente, como un cordero, en manos de sus guardianes y ejecutores, imitando en esto a Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, quien libre y voluntariamente se entregó a sus verdugos, ofreciéndose como Víctima de expiación para la salvación de los hombres. Durante el traslado de San Blas a Sebaste, el santo hizo numerosos milagros a los enfermos que se acercaban a él para pedirle su bendición y la curación de sus dolencias. Fue aquí en donde sucedió el milagro que dio luego origen a la bendición de las gargantas, propia de su festividad. Una madre le presentó a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesada en la garganta, clamando: “¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo!”. Inmediatamente, San Blas, impuso su mano sobre el agonizante, haciendo sobre su garganta la señal de la cruz, rezó por él, y el niño recuperó inmediatamente la salud.
Llevado ante el prefecto y una vez ante él, éste le propuso la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses paganos, a cambio de la vida. San Blas rechazó, de plano, la idolátrica propuesta, por lo que el prefecto dio orden que comenzara su martirio, el cual se extendió por varios días. Luego de sufrir una terrible golpiza, y viendo sus verdugos que no conseguían hacerlo apostatar de la fe, lo suspendieron de un madero y, con unos garfios de hierro, laceraron su piel y desgarraron sus músculos con garfios de hierro, dejándolo casi agonizante a causa de la severidad de sus lesiones y la abundante pérdida de sangre, aunque tampoco con esta tremenda tortura consiguieron hacerlo apostatar de la fe; todo lo contrario, el santo, asistido por el Espíritu Santo, como todos los mártires, vio acrecentada su fe y su amor por Jesucristo, y fue así como la confesión del Nombre de Jesucristo, al precio de su sangre y de su vida, se reafirmó en San Blas por cada segundo transcurrido en la tortura. Antes de su muerte, y en medio de las terribles torturas que le provocaban abundante efusión de sangre, sucedió un hecho que confirma el dicho: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”: al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogieron su sangre y se ungieron con ella, siendo detenidas por esta acción. En el interrogatorio, sin ceder ante las amenazas de muerte y ante las torturas, alentadas por el ejemplo de San Blas, confesaron su fe en Jesucristo, perseverando en la fe hasta ser decapitadas. Una de estas mártires, antes de morir, encomendó a San Blas sus dos pequeños hijos, quienes, a pesar de su corta edad, querían seguirla por la senda celestial del martirio. Ambos niños murieron decapitados junto con San Blas, en las afueras de Sebaste, en el año 316, consumando así el glorioso martirio del pastor junto con sus corderos.

Al conmemorar a San Blas, le pidamos que interceda para que, al igual que él, que movido por un ardiente amor a Jesucristo, no dudó en derramar su sangre y ofrendar su vida dando testimonio de su divinidad, así también nosotros, movidos por el amor a Jesús Eucaristía, el mismo y único Jesucristo por el cual San Blas dio su vida, seamos capaces de dar testimonio de su divinidad y de su Presencia real en el Santísimo Sacramento del altar, y así como él bendijo la garganta del moribundo dándole la vida, así también nosotros bendigamos a Dios Uno y Trino y a nuestro Salvador Jesucristo, con nuestras gargantas, nuestros corazones y nuestras buenas obras, en el tiempo y en la eternidad.

domingo, 2 de febrero de 2014

San Blas, obispo y mártir




Según relata la Tradición, la noche antes de morir, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció a San Blas, que se encontraba refugiado en las montañas a causa de la persecución a los cristianos, pidiéndole que le ofreciera el sacrificio. San Blas entendió que el Señor le pedía el martirio, por lo que celebró la Santa Misa y se dispuso a esperar a los soldados del emperador que lo viniesen a arrestar, lo cual sucedió. Cuando estos llegaron y le dicen que salga de la gruta, San Blas los recibe con el rostro sonriente y con estas cariñosas palabras, según constan en las Actas de su martirio: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. Luego sucedió lo que todos sabemos, el milagro en el camino, el de la resurrección del hijo de una mujer, que había muerto a causa de una espina que se le había atravesado en la garganta y que vuelve a la vida luego de que San Blas le impusiera sus manos en la garganta y es el milagro que da origen a la fiesta que hoy celebramos.
         Pero más importante que ese milagro son las palabras de San Blas a sus captores, porque reflejan su disposición interior, espiritual, con la cual él como obispo y sacerdote celebraba la Santa Misa. Esta disposición es una disposición muy particular, y es la disposición misma del Salvador, es la disposición martirial. Jesús se le aparece tres veces por la noche antes del martirio físico, pidiéndole que celebre los “sagrados misterios”, es decir, la Santa Misa, como modo de prepararlo para la entrega final, definitiva y total de su vida en el martirio cruento que habría de suceder pocos días después.
La muerte martirial, por la cual él habría de derramar físicamente su sangre y entregar materialmente su vida, no tendría valor ni sentido si no estuviera precedida y fundamentada en la entrega sacrificial de su espíritu y en la inmolación de su ser en la cruz del altar, unido a Él, a Jesucristo, el Salvador, por medio de la Santa Misa, y es por esto que Jesús se le aparece por tres noches consecutivas, anteriores al martirio, para que se una espiritualmente a Él, al sacrificio de la Cruz, de modo tal que el sacrificio de su cuerpo, que sucederá días después, será solo la coronación del sacrificio del espíritu que ha sido ya inmolado en la Cruz al Rey de los mártires. Es esto lo que San Blas entiende y es esto lo que hace, y por eso es que San Blas dice a sus captores: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo” y, lejos de oponerse a su captura o lejos de huir de una más que segura muerte, los recibe con cariño y afecto, porque sus verdugos son en realidad ejecutores del plan divino que para él, para San Blas, consiste en unirlo a la Cruz de Jesús y así conducirlo al cielo.
Es por esto que San Blas, además de ser para nosotros protector de todo mal de garganta –especialmente, del mal más terrible de todos, el mal del pecado, y por eso lo que debemos pedirle es que jamás salga, ni de nuestras gargantas ni de nuestros corazones, pecado alguno que ofenda la majestad y bondad divina-, nos enseña a participar en la Santa Misa con disposición martirial, de modo que en cada Santa Misa digamos, junto con San Blas: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo y de mi espíritu”.

jueves, 3 de febrero de 2011

El martirio de San Blas


El martirio de San Blas, es decir, la etapa final de la vida terrena del santo, estuvo signada por hechos prodigiosos y por numerosos milagros, incluido el de la curación del niño agonizante por una espina atravesada en la garganta, que fue el que dio origen a su devoción popular y a su condición de protector contra las enfermedades de garganta.

Habiéndose iniciado a principios del siglo IV la persecución en Sebaste, Armenia, en donde tenía su sede episcopal, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas, refugiándose en el monte Armeo. Se cuenta que estando el santo en su cueva –pues hacía vida eremítica-, las bestias salvajes se reunían mansamente a la entrada de la gruta, esperando con respeto que terminase su oración, para recibir su bendición y también para ser curadas. Unos soldados, que organizaban una cacería, testimonian del hecho al prefecto, el cual ordena que lleven al obispo a su presencia.

La noche anterior a su encarcelamiento, se le aparece Jesús por tres veces, animándolo a que ofrezca el sacrificio, lo cual entiende San Blas que es un llamado de Jesús para ofrecer su vida como mártir.

Después de celebrar la misa, se presentan los soldados, y le dicen que salga de su gruta. Él les responde, sabiendo que iba a ser martirizado: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”.

Al ser trasladado al lugar del martirio, lo acompaña una multitud, incluidos los paganos, que quieren alcanzar de San Blas su bendición, la curación de las dolencias, el remedio de todo tipo de males, a lo cual todo atendía el santo, olvidándose que iba camino del cadalso.

Es en este momento en el que se le acerca una madre con su hijo moribundo, debido a una espina que le atravesaba la garganta, diciéndole: “¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo!”. San Blas impone la mano sobre el niño que agonizaba, le hace la señal de la cruz en la garganta, reza por él, y el niño, milagrosamente, se restablece por completo. Pide también que cuantos recurran a su intercesión en situaciones parecidas, obtengan la protección del cielo.

Es llevado ante el prefecto romano, quien trata de persuadirlo para que renuncie al cristianismo y para que adore a los dioses, respondiendo San Blas negativamente y con santa indignación a la propuesta. En los días sucesivos, lo castigan brutalmente y lo suspenden de un madero colgado con garfios de hierro, para tratar de hacerlo renegar de la fe, sin obtener por supuesto ningún resultado, y cuando San Blas vuelve a su celda, regando el suelo con su sangre, siete mujeres cristianas recogen su sangre y se ungen con ella, con lo cual ellas mismas son también torturadas, para luego ser finalmente decapitadas. Una de ellas le encomienda sus dos hijos pequeños, que habían manifestado el deseo de seguirla en el martirio, y los dos niños serán luego decapitados junto a San Blas en las afueras de la ciudad, en el año 316.

Es por la curación milagrosa del niño agonizante a causa de una espina en la garganta, que se lo invoca especialmente en las enfermedades de la garganta[1], y así lo reconoce el ritual.

Legítimamente, entonces, podemos invocar al santo para que nos asista en nuestras necesidades, sobre todo en las enfermedades de la garganta, pero si nos limitáramos a pedirle al santo nada más que esto, estaríamos casi injuriando su memoria, y dejando en el olvido su glorioso martirio.

Si San Blas es el patrono de las enfermedades de la garganta, tanto corporales como espirituales, debemos pedirle que, ya que por nuestra garganta pasa la Sangre de Cristo, y ya que por nuestra garganta pasa la Carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu, debemos pedirle a San Blas que nuestra garganta no solo no se abra nunca para injuriar al prójimo, ni mucho menos para blasfemar, o para disfrazar los pecados mortales, sino que por ella pase solo y únicamente, permanentemente, primero en el tiempo, y luego en la eternidad, un continuo canto de alabanza, de adoración, y de acción de gracias al Cordero de Dios que dio su sangre para redimirnos.

[1] Es considerado como especial protector de los niños: “San Blas bendito, que se ahoga este angelito”.

viernes, 14 de enero de 2011

San Blas


Cuenta la Tradición que el obispo mártir San Blas, camino del martirio, imponiendo las manos a un niño que estaba muriendo por habérsele atravesado una espina en la garganta, lo curó milagrosamente.

En esta curación milagrosa, efecto de la gracia, debemos detenernos. Es cierto que a San Blas podemos lícitamente pedirle que nos cure y nos prevenga de enfermedades graves, pero lo que San Blas puede darnos es infinitamente más grande que la mera salud corporal. Ante todo, su ejemplo de vida, su martirio que, como todo martirio, es una imitación y una continuación de la Pasión del Rey de los mártires, Jesucristo. Ya con su sola muerte martirial, San Blas se constituye en fuente de gracias para la comunidad eclesial, ya que el martirio es comunión en la muerte en cruz del Hombre-Dios, y la muerte en cruz del Hombre-Dios es la Puerta por donde se derrama el caudal inagotable de la vida divina.

Pero hay otra cosa que nos enseña San Blas, y es el poder de la gracia. Más allá de poder curar o prevenir alguna enfermedad grave, veamos no el efecto, la curación, sino la causa, la gracia. La gracia santificante, cuyo canal son los sacramentos y los santos, obra en la debilidad de nuestra naturaleza prodigios infinitamente superiores a la curación de cualquier enfermedad corporal, por graves que sean. Refiriéndose justamente a la acción de la gracia, dice Casiano: “(La gracia) convierte el endurecido corazón de un usurero en un corazón generoso (...); transforma su corazón incontinente en una persona suave, delicada, severa y penitente, que abraza con alegría la pobreza voluntaria y las mortificaciones. Éstas son las obras verdaderas de Dios; éstos son los verdaderos milagros, que convierten, en un momento, como en el caso de Mateo, a un publicano en un Apóstol, y como en San Pablo, a un perseguidor en el más celoso predicador del Evangelio. (...) ¿Quién no admira –continúa Casiano- el poder de la gracia, cuando alguien ve la glotonería y el amor por los placeres sensuales tan mortificados en sí mismo, que se contenta con la comida insípida y desabrida; cuando percibe que el fuego de la concupiscencia, que él consideraba inextinguible, se ha enfriado de tal manera que ya casi ni lo percibe; cuando, siendo una persona irritable e impaciente, que se sentía inclinado a la ira aún ante las muestras de ternura, verse tan manso y humilde que no sólo no lo inmutan los insultos, sino que, por el contrario, se goza de ellos? (Coll. 12, 12)[1]. Y San Agustín dice que el alma que se entrega con confianza a Dios, sobre todo en la oración, tiene en la asistencia de la divina gracia más poder para someter a la carne que el poder que tiene la carne para encender el fuego de la concupiscencia (Sermo 155, n. 2)[2].

La gracia de Jesucristo en el alma hace que el alma camine sin esfuerzos en el camino de la perfección, porque infunde una nueva vida que revitaliza en tal manera la debilidad del cuerpo y la flojera del alma, que el hombre se siente capaz no sólo de cumplir perfectamente las obras propias de la naturaleza, sino de hacer obras propias de Dios, porque está unido al Hombre-Dios.

Esto es lo que debemos pedir a San Blas, que como mártir adora con nosotros, en el sacrificio del altar, al Rey de los mártires, Jesucristo.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of divine grace, TAN Books and Publishers, Illinois 2000, 256-257.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 258.