San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 2 de julio de 2014

Fiesta de Santo Tomás Apóstol


         “Bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20, 24-29). Cuando Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, Tomás Apóstol no está con ellos, y cuando ellos le relatan la experiencia de haber visto a Jesús resucitado, no les cree: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Tomás se niega a creer sobre la base de la fe de los demás; él necesita experimentar con sus sentidos; necesita “ver para creer”; Tomás, además de ser escéptico, impone sus propias condiciones a Dios; es él quien impone sus propias condiciones a Dios, para hacer el acto de fe, y no Dios, quien da las condiciones para creer: o Dios se amolda a Tomás, o Tomás no cree. Finalmente, ocho días después, estando presente Tomás, Dios parece escuchar a Tomás y someterse a su pedido, puesto que se aparece visiblemente, permitiendo que Tomás vea la marca de los clavos en sus manos, ponga el dedo en el lugar de los clavos y toque su costado con la mano, tal como lo había pedido. Tomás lo hace, y cree, haciendo el acto de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Al aparecerse visiblemente y permitirle tocar sus heridas, Jesús le concede a Tomás su pretensión de “ver para creer”, con lo cual Tomás ve satisfecho su escepticismo, pero al mismo tiempo, Jesús le advierte que no es ese el camino de la felicidad, porque dice que los felices son los que creen sin ver, no los que creen luego de ver: “¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!”.

         La felicidad que proporciona la fe no radica, por lo tanto, en lo sensible –aunque si se da una aparición, y es del cielo, puede dar felicidad, si Dios lo permite-, sino en lo invisible, y en esto, la Santa Misa y la Eucaristía proporcionan la máxima felicidad, porque Jesús está Presente realmente, con la marca de sus clavos en las manos y con su Costado abierto, de donde mana no Sangre, sino Luz, porque está vivo y resucitado en la Eucaristía, y no necesitamos verlo sensiblemente, sino simplemente basta con tener la fe de la Iglesia para creerlo y recibirlo con el corazón lleno de fe y de amor. Sin verlo con los ojos del cuerpo, pero viéndolo con los ojos de la fe, con los ojos de la Iglesia, lo recibimos en la Eucaristía, diciendo como Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, y así Jesús nos dice al comulgar: “¡Bienaventurado tú, porque sin ver, crees en mi Presencia Eucarística!”. Y ésta es la máxima felicidad que puede el hombre obtener en esta vida.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Santa Lucía, virgen y mártir


         Puesto que murió mártir, Santa Lucía es representada con una hoja de palma, que simboliza el martirio. Pero también es representada con una bandeja en la que están sus ojos y el motivo es que, según antiguas tradiciones, le habrían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo.
Todo en Lucía remite a la luz, porque su nombre -“Lucía”- significa “la luminosa”, mientras que los ojos, con los cuales se la representa en una bandeja, son la “ventana del alma”, por donde “entra la luz”.
En los tiempos presentes, tiempos “de tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-71), Santa Lucía, en cuanto santa y mártir, se nos muestra entonces como quien nos anuncia la luz, una gran luz, la luz que eterna que derrota a las tinieblas vivientes -los ángeles caídos-, y a las tinieblas del error y del pecado, y esa Luz Viva e indefectible, eterna e inaccesible que nos anuncia Lucía, es Jesucristo, “Luz del mundo” (Jn 8, 12).
Si todo santo es puesto por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad, Santa Lucía, con su vida y muerte ejemplar, es para nosotros como una luz en la noche oscura, luz que nos anticipa y preanuncia el Sol de justicia, la “Lámpara que ilumina la Jerusalén celestial”, Jesús, el Cordero de Dios.

Lo que nos deja Santa Lucía como ejemplo a imitar es su luminosidad, pero no la luminosidad que se desprende de su nombre, sino la luz de la gracia, luz creatural participada de la Gracia Increada, Jesús, el Hombre-Dios. Quien se deja iluminar, como Santa Lucía, por la “Luz de Luz” que es Jesús, no solo no vive en tinieblas, sino que ya, en este mundo, vive iluminado por la luz de Dios, luz que es Vida y Amor, luz que derrota para siempre a las tinieblas del error y de la ignorancia. Que Santa Lucía, “la luminosa”, interceda por nosotros para que vivamos, en el tiempo que nos queda de vida terrena, en la luz de Cristo, como anticipo de la luminosa vida de gloria que por la Misericordia Divina esperamos vivir en la eternidad.