San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 21 de abril de 2018

San Jorge lucha contra el Dragón


         

        
         Vida de santidad[2].

         Nació en Palestina, la tierra de Jesús, en un lugar llamado Lydda[1]. A pesar de la popularidad de San Jorge, se conocen muy pocos datos de él, y casi todas sus noticias se basan en leyendas y tradiciones que han pasado de boca en boca a lo largo de los siglos[3]. Todos los historiadores y escritores de libros de santos, suelen coincidir en que fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Sus padres, según la tradición, eran labradores y tenían mucho dinero. Desde muy joven ingresó en el ejército romano y se caracterizó siempre por su valentía, llegando a alcanzar el grado de capitán.
         La tradición más difundida de San Jorge[4] es la del dragón, en la cual se nos presenta a nuestro santo como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho animal exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo. Con el paso del tiempo, los ganaderos se quedaron casi sin ovejas por lo que el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida por sorteo. Un buen día, le tocó en suerte ser entregada a la hija del rey pero, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó (por este motivo, San Jorge es también Patrono de los enamorados).
         Ahora bien, en esta tradición se nos presenta una dificultad y es la naturaleza del ser monstruoso a la que San Jorge se enfrentó. Algunos piensan que podría haber sido un animal de gran porte –como por ejemplo, un caimán-, pero la tradición hace difícil que sea un caimán, un lagarto gigante o algo similar, porque estos animales no hablan ni ponen las exigencias de que se les entreguen animales o personas. Lo más probable es que se haya tratado del Demonio en persona, puesto que el Demonio es descripto en la Biblia como un dragón, como por ejemplo, en el Apocalipsis. Y el Demonio sí puede hablar y comunicarse con los humanos y exigirles la entrega de sus bienes o de sus almas. Además, a San Jorge se lo representa siempre con una lanza embistiendo a un dragón y no a un caimán. Por esta razón, pensamos que lo más seguro es que se trató del Demonio en persona y que San Jorge, armado con la lanza de la Palabra de Dios y escudado con la Fe en el Hombre-Dios Jesucristo, lo enfrentó y lo venció. Se trataría de una manifestación extraordinaria del Demonio, manifestación que no es frecuente, como la palabra lo indica, pero que sí sucede.
Siendo así, San Jorge no vaciló en atacar con gran valentía y coraje al Demonio, poniéndolo en fuga y salvando así la vida de la doncella. Además de esta victoria en la lucha, obtuvo otra victoria en la predicación y fue la conversión de numerosas gentes que, escuchándolo hablar del misterio pascual de muerte y resurrección de Jesucristo, se convirtieron a la verdadera religión, la religión católica, haciéndose bautizar.
Continuó un tiempo más al servicio del ejército romano, pero luego se dio cuenta que el Verdadero Capitán era Nuestro Señor Jesucristo y que el ejército que habría de salvar al mundo era el ejército de la Virgen, por lo que repartió sus bienes entre los pobres y renunció a su carrera militar.
Fue en ese entonces que el emperador Diocleciano mandó que todos debían, obligatoriamente, que adorar ídolos o dioses falsos –sucede hoy en países comunistas como Corea del Norte y China, en donde las figuras de los líderes reemplaza al crucifijo- y prohibió adorar a Jesucristo. Pero San Jorge, al enterarse de esta orden inicua, declaró que él nunca dejaría de adorar al Hombre-Dios Jesucristo y que jamás adoraría ídolos.
Entonces el emperador declaró pena de muerte contra él, por lo que fue arrestado, encadenado y conducido a prisión, para luego ser sacado de allí y ser llevado al sitio de su muerte. Cuando pasaban por el templo de los ídolos, se detuvieron para ver si San Jorge, ante la proximidad de la muerte, se arrepentía de su decisión y se decidía a adorar a los ídolos, traicionando a Jesús. Pero entonces sucedió algo impensado y que no puede explicarse humanamente: ante la presencia de San Jorge, varias de esas estatuas de ídolos cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Con toda seguridad, era el Ángel de la Guardia de San Jorge la que arrojaba a esos ídolos al suelo, o aunque también podría haber sido Nuestro Señor Jesucristo en persona. Viendo que no podían hacerlo desistir, continuaron con la orden del emperador de ajusticiar al santo. En su muerte, hubieron varios episodios que hicieron pensar que San Jorge no solo imitaba sino que participaba de la Pasión de Jesús, porque hizo muchas cosas similares a Jesús: por ejemplo, Jesús no lloró ni se quejó en la flagelación, ofreciendo sus dolores al Padre por nuestra salvación; de la misma manera San Jorge, mientras lo azotaban, él se acordaba de los azotes que le dieron a Jesús, y no abría la boca y sufría todo por Nuestro Señor sin gritar ni llorar. Al verlo sufrir de modo tan valiente, muchos se convertían, exclamando: “Es muy valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. Antes de morir dijo, imitando nuevamente a Jesús y participando de su Pasión: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Dijo una de las palabras que dijo Jesús en la cruz, antes de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esto indica que el Espíritu de Cristo estaba en San Jorge. Al oír la noticia de que se acercaba la hora en que lo habrían de decapitar, se puso contento porque, al igual que Jesús en la Última Cena, sabía que “había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”, con lo cual, a pesar de morir con el cuerpo, seguiría viviendo con su alma, alabando y glorificando a Dios Trino y el Cordero.
Desde su muerte, su culto se difundió y alcanzó gran celebridad desde muy antiguos tiempos en la Iglesia. La Iglesia de Oriente lo llama “El gran mártir”, siendo proclamado como patrono por los reyes, como el rey de Inglaterra. En efecto, en tiempos de Las Cruzadas, el rey Ricardo Corazón de León se convenció en Tierra Santa de que San Jorge tenía un gran poder de intercesión en favor de los que lo invocaban y llevó su devoción a Europa, especialmente a Inglaterra.

La Cruz de San Jorge

Un elemento especial merece una mención especial y es la denomianda “Cruz de San Jorge”. En las imágenes en las que se representa al santo, en el escudo, se representa siempre una cruz roja sobre fondo blanco. Esta cruz es la que se conoce como “Cruz de San Jorge” y figura en muchas representaciones gráficas de Jesucristo resucitado, donde sale victorioso del sepulcro. Es decir, en muchas de las representaciones de Cristo resucitado, el Señor aparece con un estandarte idéntico a la Cruz de San Jorge. La cruz, vista con ojos humanos y sin fe, es símbolo de derrota y de muerte, pero a partir de la muerte de Cristo en ella, se convierte en signo de victoria sobre el pecado, el Demonio y la Muerte, además de ser signo de Vida eterna. Eso es lo que significa la Cruz de San Jorge, porque no es otra cruz que la cruz de Cristo. Un aspecto curioso es que la Cruz de San Jorge es muy popular también en Cataluña, en donde se la llama: “La Creu de Sant Jordi”. Muchos escudos de entidades y ciudades lo llevan[5].

         Mensaje de santidad.

         Lo importante en San Jorge es, además de su fidelidad a Jesucristo hasta su muerte –eso es lo que caracteriza a todo santo- es que en él y en la historia de su vida, podemos ver una figuración de realidades sobrenaturales que nos atañen a todos nosotros.
         Así, por ejemplo, San Jorge sería el de un santo que actúa en nombre y con el poder participado de Jesucristo y así vence al Demonio; la lanza es la Palabra de Dios, que no es solo la Biblia, porque la Biblia es la Palabra de Dios escrita, sino también la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada en apariencia de pan; el dragón o animal feroz es el Demonio; la doncella es el alma en gracia que, bajo los embates del Demonio, está en peligro de sucumbir bajo la tentación y caer en pecado mortal. El Dragón vencido es el Demonio vencido por Jesús en la cruz; la doncella rescatada, es el alma que, con la ayuda de la gracia de Jesucristo, no sucumbe al pecado mortal y continúa viviendo en gracia. 
         ¿Y la Cruz de San Jorge? La Cruz de San Jorge, que es la Cruz de Cristo, no puede estar solo en un escudo; debe estar plantada en el centro de nuestros corazones, para que de la Cruz, bajando la roja Sangre de Jesús, nos purifique y santifique el corazón y así lo prepare para el Cielo. El mensaje central de San Jorge sería la lucha contra el Demonio para no caer en la tentación y el arma principal contra esta lucha es la Cruz de Cristo.       



[1] Patronazgo y protección. Es el patrón de Cataluña, junto a Nuestra Señora de Montserrat. También lo es de Aragón y de los siguientes países: Georgia, Grecia, Inglaterra, Lituania, Polonia, Portugal, Rusia y Serbia. También es el patrón de los caballeros y de los "Boy Scouts", y, en Cataluña, de los enamorados y de algunos campesinos que le imploran por sus campos de cebada. Se le invoca para bendecir una casa nueva y contra las arañas.
[4] La historia de San Jorge fue escrita en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en su célebre obra “La Leyenda dorada”.
[5] Entre ellos el escudo de la ciudad de Barcelona y el del Fútbol Club Barcelona (el Barça). Incluso, la Generalitat (Gobierno de Cataluña) distingue cada año a personajes populares que han hecho algo positivo para Cataluña con la distinción de la “Creu de Sant Jordi” (Cruz de San Jorge).

martes, 25 de abril de 2017

San Jorge


Vida de santidad.

Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era hijo de un agricultor –aunque algunos afirman que su padre, que se llamaba Geroncio, era oficial del ejército romano—muy estimado[1]; su madre, de nombre Policromía, lo educó en la fe cristiana[2]. Poco después de cumplir la mayoría de edad se enroló en el ejército y debido a su carisma, Jorge no tardó en ascender y, antes de cumplir los 30 años fue nombrado capitán, siendo entonces destinado a Nicomedia como guardia personal del emperador Diocleciano (284-305) [3]. Falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Está atestiguado que murió mártir: San Jorge fue decapitado por profesar el cristianismo hacia el año 303. El martirio fue ordenado por el propio Diocleciano, después de que San Jorge le recriminara la cruenta persecución de los cristianos que el emperador había iniciado ese mismo año[4].

Mensaje de santidad.

La iconografía de San Jorge lo representa, casi exclusivamente, en su lucha contra un dragón, y esto en detrimento de su condición de mártir, puesto que las representaciones en cuanto tal son muy escasas. ¿Qué significado tiene la imagen de San Jorge con el dragón? ¿Se trata de un hecho real, o de una alegoría que remite a una realidad sobrenatural? La respuesta más probable es la segunda, es decir, que sea una alegoría, lo cual no significa que sea un relato imaginario, sino una representación sensible de una realidad invisible, sobrenatural.
Si se tratara de un suceso real, lo cual es poco probable, podría decirse que el dragón sería, en realidad, un caimán de grandes proporciones, pero siempre un caimán, es decir, una creatura animal; otros afirman que se trataría de un tiburón, también de gran tamaño. En todo caso, este animal gigantesco tenía aterrorizada a una población de Libia, exigiendo dos corderos diarios para alimentarse, lo cual debía ser satisfecho por la población, puesto que el animal emanaba un hedor insoportable, al tiempo que, por la escasa higiene de su cuerpo, contaminaba el terreno a su paso. Luego de que los habitantes del poblado se quedaran sin animales para calmar a la bestia, decidieron que se entregaría una persona viva, la cual sería elegida por sorteo, tocándole en suerte a la hija del rey[5]. Es aquí en donde interviene San Jorge quien, arremetiendo a la carrera con su lanza, atravesó al animal de lado a lado, dándole muerte. Al enterarse del hecho, los vecinos, llenos de admiración, agradecieron a San Jorge quien, aprovechando la ocasión –como dice la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”-, les predicó acerca de Jesucristo, haciendo que muchos de ellos se hicieran cristianos.
La otra posibilidad es que la iconografía se refiera a un hecho real pero sobrenatural, representado por símbolos e imágenes, es decir, que se trate de una alegoría. En este caso, los distintos elementos de la imagen, darían lugar a distintas realidades sobrenaturales y preternaturales (relativas al mundo de los ángeles). Así, el caballo blanco sería representación de la Iglesia que, en cuanto Esposa de Cristo, es inmaculada y pura, por la gracia del Espíritu Santo que inhabita en sus miembros y que brota de su Cabeza, Jesucristo; el dragón, sería el Demonio, el Ángel caído, que es nombrado como “dragón” en las Escrituras; también representaría aquello detrás de lo cual se oculta el Demonio, esto es, el paganismo y la idolatría[6] –en nuestros días, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros ídolos demoníacos-, lo cual implica la brujería, la magia, la superstición –cinta roja, cruzar los dedos, etc.-, los adivinos, el ocultismo, y muchos otros trucos del Demonio; la hija del rey a punto de ser sacrificada al Dragón, puede significar, con su inocencia, juventud y hermosura, el alma en gracia, que es hija adoptiva de Dios y que por la gracia participa de la eterna juventud de Dios, de su inocencia y de su hermosura; el sacrificio de la hija del rey, significa la entrega de la juventud, por parte de la sociedad sin Dios, al Demonio, mediante la ofrenda de los jóvenes a los ídolos demoníacos de la sociedad materialista y atea: la droga, el dinero, la sensualidad, la fama, el poder; San Jorge, que atraviesa con su lanza la garganta del Dragón dándole muerte, representa al mismo santo que, con su prédica y participando de la fuerza celestial de Jesucristo, da muerte al Dragón y salva a la princesa, es decir, impide que el Demonio se apodere de las almas de los jóvenes, cuyas almas, por el bautismo, pertenecen a Jesucristo, y si no son bautizadas, pertenecen a Dios, por ser creaturas suyas creadas a su imagen y semejanza; también representaría la victoria del cristianismo sobre el paganismo, es decir, sobre la brujería, la wicca, la hechicería, el satanismo, propios de la Nueva Era; por último, la lanza de San Jorge, representaría las armas espirituales con las que el santo arrebata las almas al Demonio: el Santo Rosario, la Misa, la gracia santificante de los sacramentos.
En cuanto a su muerte, sucedió de la siguiente manera: en el año 303, el emperador Diocleciano emitió un edicto mediante el cual todos tenían que adorar ídolos o dioses falsos; además, se prohibía adorar a Jesucristo y se autorizaba la persecución de los cristianos por todo el imperio, persecución que continuó luego con Galerio (305-311). Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano, que nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría a los ídolos paganos del imperio. Una vez conocida la decisión de San Jorge, Diocleciano ordenó que lo torturaran a fin de lograr su apostasía, pero debido a que no pudieron hacerlo renegar de la fe en Jesús, el emperador lo mandó matar por decapitación. Al enterarse de su condena a muerte, San Jorge se alegró enormemente, pues aquello que había deseado desde el momento de su conversión, el encuentro cara a cara con Jesucristo en el Reino de los cielos, estaba al fin por cumplirse éxito. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Mientras lo azotaban, meditaba en los azotes recibidos por Jesús en su lugar y, en acción de gracias, no se quejaba ni siquiera mínimamente. Al verlo sufrir por Cristo, muchos exclamaban: “ss valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. En el camino a la ejecución, recitaba las palabras de Jesús antes de morir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”, lo cual nos da una idea del alto grado de mística participación de San Jorge en la Pasión del Señor.
La vida de santidad y su muerte martirial, constituyen un modelo invalorable para nuestros días, en los que el Demonio, escondido en las sectas multicolores de la Nueva Era, tiende trampas de todo tipo a la juventud. Al recordarlo en su día, debemos implorar su intercesión ante el Rey de los mártires, Jesucristo, para que envíe a su Iglesia grandes santos que, como San Jorge, enfrenten al Ángel caído con las armas espirituales de la Iglesia y así pongan a salvo a los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.



[1] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia
[3] http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/j/jorge_san.htm
[5] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia

viernes, 22 de abril de 2016

San Jorge y el Dragón


         San Jorge fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV. Según algunas versiones de la Tradición, se dice que su padre era militar y que por ese motivo su hijo, siguiendo sus pasos, ingresó al ejército romano, en donde se convirtió y siguió a Jesucristo, dando su vida por Él[1].
Según la narración que de su vida hiciera Santiago de la Vorágine en su obra “La Leyenda dorada”, escrita en el siglo XIII, San Jorge es presentado como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho dragón exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo, pero cuando se quedaron sin animales, el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, y la primera en ser elegida por sorteo, resultó ser la hija del rey. Sin embargo, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó[2], enfrentando al Dragón y derrotándolo.
Según cuenta la Tradición, San Jorge, armado con una poderosa lanza y protegido por una gran armadura, arremetió con su caballo contra el monstruo, atravesando su negro y duro corazón, dándole muerte instantáneamente. De esa manera, tanto la población como la doncella, pudieron desde entonces vivir en paz. Luego, San Jorge murió mártir, en ocasión de las persecuciones de los emperadores Diocleciano y Máximo, a principios del año 300 d. C.
Ahora bien, hay un mensaje de santidad que nos deja San Jorge, y es el siguiente: el Dragón contra el cual lucha San Jorge, es el Demonio; la doncella virgen, es el alma en gracia, a la cual el Demonio, que “anda rugiente como león, buscando a quien devorar” (cfr. 1 Pe 5, 8), quiere precisamente devorar, es decir, destruir en la inocencia de la gracia, para inocularle el veneno pestilente del pecado y de la rebelión contra Dios; la poderosa lanza con la que está armado San Jorge, es la oración, especialmente el Santo Rosario y también la Santa Misa, que desarman y aplastan al Demonio; la armadura que lo protege de los ataques del Demonio, es la fe de la Santa Iglesia Católica, la fe del Credo que rezamos los Domingos, la fe en la que confesamos que Jesucristo, Presente en la Eucaristía, es Nuestro Salvador y Redentor.
         Al recordarlo en su día, le pidamos a San Jorge que interceda por nosotros para que, al igual que él, también nosotros nos revistamos con las armas de la oración y la armadura de la fe, para conservar nuestras almas puras e inmaculadas por la gracia y nuestros cuerpos castos y puros, para que sean “templo del Espíritu Santo”, y nuestros corazones sean altares en donde se adore a Jesús Eucaristía. Por último, si bien no todos estamos llamados al martirio cruento, como San Jorge, sí estamos llamados a dar un testimonio cotidiano, incruento, de nuestra fe en Jesucristo, un testimonio que no exige derramamiento de sangre, pero sí exige amar a Jesús antes que a los hombres.



[1] Cfr. http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 22 de abril de 2015

San Jorge, mártir


Según la tradición, San Jorge, que era capitán del ejército[1], al llegar a una ciudad de Oriente, se encontró con un dragón de un pantano –otros dicen que era un caimán de enorme tamaño-, que devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo enfrentó valientemente y acabó con tan feroz animal, luego de lo cual reunió a todos los vecinos del pueblo, que estaban llenos de admiración y de emoción, y les habló tan fervorosamente de Jesucristo, que muchos de ellos se convirtieron y se hicieron cristianos.
Fue en esa época que el emperador Diocleciano ordenó que todos los súbditos, en su imperio, debían adorar a los ídolos o dioses falsos, prohibiendo al mismo tiempo la adoración al verdadero y único Dios Jesucristo. Lejos de acatar tan sacrílega e impía orden, San Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces Diocleciano decretó la pena de muerte contra el santo. Según las actas del martirio, cuando San Jorge era conducido hacia el lugar de su ejecución, fue llevado al templo de los ídolos, para tentarlo y ver si los adoraba, pero al entrar San Jorge en el templo, en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. En su muerte martirial, imitó a Nuestro Señor Jesucristo en muchos aspectos, como todo mártir, pero sobre todo en dos momentos: como Jesús, fue azotado y mientras lo azotaban, meditaba en la flagelación de Nuestro Señor, uniéndose a Jesús sin pronunciar un solo quejido; y también como Jesús, antes de morir, encomendó su alma a Dios, pues se le oyó decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su última alegría en la tierra, preludio de la alegría eterna de la cual ya goza eternamente en el Reino de los cielos, fue saber que iba a ser decapitado por su fe en Jesucristo, pues de esa manera conquistaría inmediatamente un puesto de honor junto al Rey de los mártires, Jesús. Su entereza y valentía al momento de morir y su testimonio de fe en Jesús, llevaron a muchos a la conversión, porque al verlo con tanta fortaleza interior, decían: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”.
La vida y la muerte martirial de San Jorge, es un ejemplo para todos nosotros: así como San Jorge luchó y venció al dragón en nombre de Cristo, así también nosotros, armados con la armadura de la fe y levantando en alto el estandarte ensangrentado de la cruz de Jesús, así nosotros venceremos al dragón infernal, que pretende arrebatarnos la vida de la gracia con sus tentaciones. El ejemplo de un gran santo y mártir como San Jorge, que movido por el amor del Espíritu Santo, prefirió morir antes que postrarse ante los ídolos, es sumamente necesario en nuestros días, en los que abundan los ídolos neo-paganos: la vida de santos como San Jorge nos recuerda que el único Dios verdadero ante el cual debemos doblar las rodillas en adoración, es Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, Presente en la Cruz y en la Eucaristía.




[1]https://www.ewtn.com/spanish/saints/Jorge_4_23.htm;cfr.https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=124

lunes, 23 de abril de 2012

23 de abril SAN JORGE, MÁRTIR


Vida y milagros de San Jorge 

Según el Beato Santiago de la Vorágine, San Jorge era un caballero cristiano, originario de Capadocia. Un día en que cabalgaba por la provincia de Lidia, llegó a una ciudad llamada Silene, cerca de la cual había un pantano. Ahí habitaba un dragón “que asolaba toda la región”. La población entera se había reunido para darle muerte pero el aliento de la monstruosa fiera era tan terrible, que nadie se atrevió a acercársele. Para evitar que atacase la ciudad, le arrojaban todos los días algunos corderos; pero cuando se agotaron los animales, hubo que sustituirlos con seres humanos, los cuales eran elegidos por sorteo. Al llegar San Jorge a la ciudad, se dio con que habían elegido a la hija del rey para ser entregada a las fauces del dragón y, al no presentarse nadie que quisiera sustituirla, ésta tuvo que salir al encuentro del dragón, vestida de novia. Pero San Jorge se adelantó hacia la fiera y la atravesó con su lanza. En seguida pidió a la princesa su ceñidor, lo ató al pescuezo del monstruo y lo entregó a la joven quien lo llevó cautivo a la ciudad. El dragón siguió a la princesa como si fuera un inofensivo cachorrito. Al ver semejante prodigio, el pueblo, sobrecogido de temor, se disponía ya a huir, cuando San Jorge dijo que bastaba con que creyesen en Jesucristo y se bautizasen para que el dragón muriese. El rey y sus súbditos aceptaron la propuesta y el monstruo murió. Debido a su enorme tamaño, hubo que trasladar el cadáver del dragón utilizando varios caballos, que lo llevaron a las afueras de la ciudad, al estercolero, para que su cadáver fuera devorado por las aves de rapiña y no provocase mortales contaminaciones y pestes al descomponerse. Una vez arrojado el cadáver del dragón fuera de la ciudad, se produjo una conversión masiva de los habitantes del pueblo, llegándose a bautizar unos veinte mil habitantes, sin contar los de las mujeres y los niños. El rey ofreció grandes riquezas a San Jorge, quien le pidió que las diese a los pobres. Antes de partir, el santo caballero formuló cuatro deseos: que el rey mantuviese las iglesias, honrase a los sacerdotes, asistiese sin falta a los oficios religiosos y se mostrase compasivo con los pobres. Por entonces estalló la cruel persecución de Diocleciano y Maximiano. San Jorge, para alentar a los que vacilaban en la fe, empezó a gritar en una plaza pública: “Todos los dioses de los paganos y gentiles son demonios. Mi Dios, que creó los cielos y la tierra, es el verdadero Dios”. Daciano, el preboste, le mandó arrestar, y como no consiguió que renegase de Jesucristo, ordenó a los verdugos que le azotasen y le torturasen con hierros al rojo vivo. Pero Dios curó milagrosamente, durante la noche, las heridas de San Jorge. Entonces, Daciano ordenó a un mago que prepararse una pócima para envenenar al santo, pero el veneno no hizo su efecto. El mago se convirtió y murió mártir. El tirano intentó después dar muerte a San Jorge, aplastándole entre dos piedras erizadas y sumergiéndole en un caldero de plomo derretido; pero todo fue en vano. Viendo esto, Daciano recurrió nuevamente a las promesas. San Jorge fingió que estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los ídolos. Todo el pueblo se reunió en el templo para presenciar la apostasía del hasta entonces valiente detractor de los dioses. Pero San Jorge se puso en oración, y en ese momento bajó del cielo una llama que consumió a los ídolos y a los sacerdotes paganos, y la tierra se abrió para tragarles. La mujer de Daciano, que había presenciado la escena, se convirtió; pero Daciano mandó decapitar al santo. La sentencia se llevó a cabo sin dificultad. Cuando volvía del sitio de la ejecución, Daciano fue consumido por el fuego que bajó del cielo. Según Butler, esta es una versión de las actas de San Jorge, que se popularizaron desde muy antiguo en Europa en diferentes formas. La leyenda del dragón, aunque ocupa un lugar tan prominente, es una adición no anterior al siglo XII. Con ello caen por tierra las hipótesis de quienes presentan la leyenda de San Jorge como una reliquia de la mitología pagana; según dichos autores, San Jorge no era más que otra personificación de Teseo, quien venció al minotauro, o de Hércules, el vencedor de la hidra de Lerena. Todo nos induce, en realidad, a pensar que San Jorge fue verdaderamente un mártir de Dióspoli (es decir, Lida) de Palestina, probablemente anterior a la época de Constantino. Fuera de eso, nada podemos afirmar con certeza. El culto de San Jorge es muy antiguo. Su nombre no aparece en el “Breviario” sirio, pero el Hyeronymianum le menciona el 25 de abril sitúa su martirio en Dióspolis. Los peregrinos del siglo VI al VIII, como Teodosio, el llamado Antonino y Arculfo, dicen que el centro del culto a San Jorge y el sitio donde se hallaban sus reliquias era Lida o Dióspolis. Mensaje de santidad de San Jorge En la narración del dragón, como dice Butler, no podemos saber si fue verdaderamente cierto; lo más probable, es que sea una adición del siglo XII. Es de destacar que las actas del martirio de nuestro santo se perdieron y solamente podemos saber algo de ellas a partir de la tradición popular. Por tanto, nos encontramos ante el hecho que, pese a existir históricamente un martirio de San Jorge, no se pueden tomar como históricas tales tradiciones . De todas formas, dichas narraciones son un símbolo de los ideales y de las convicciones de aquellos cristianos que lo dieron todo por su fe en Jesucristo, y es así como en la leyenda del dragón hay muchos elementos que se condicen con la realidad de la redención: el dragón, lejos de ser un personaje mitológico, representa al verdadero dragón, Satanás, el ángel caído que habita en el infierno, puesto que en las Escrituras se le da este nombre; el aliento pestilente del dragón representa el veneno de las herejías modernistas, que niegan la condición divina de Jesucristo, y por lo tanto, niegan su sacrificio redentor y la resurrección, y todos los dogmas de la salvación; la doncella que debe ser entregada para ser devorada, representa a la humanidad caída en el pecado original, cuya suerte luego de este pecado es la eterna condenación, bajo las garras de Satanás; San Jorge, representaría entonces a Jesucristo, quien derrota al demonio de una vez y para siempre en el árbol de la Cruz. De todos modos, sea cierta o no la adición del episodio del dragón, el mensaje de santidad de San Jorge está contenido en su muerte martirial, ya que sufrió el martirio en la actual ciudad de Lod (Israel) a principios del año 300 en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiliano por lo que hacemos una breve meditación acerca de lo que es un mártir. El mártir continúa la Pasión de Cristo Cuando se recuerda a un mártir, por lo general, se evoca su vida y, por supuesto, su muerte, y se piensa, con razón, que el mártir es un ejemplo de vida cristiana, puesto que es el testigo de Cristo por excelencia. Se piensa también que el mártir es aquél que vivió en grado de perfección heroica las virtudes, tanto las naturales como las sobrenaturales, y que por esto es ejemplo que perdura en la Iglesia: el mártir es aquél a quien hay que imitar en el ejercicio de las virtudes. Son sus virtudes lo que se considera, por lo general, cuando se evoca la muerte del mártir: valentía, cuando un mártir afronta la muerte, y derrama su sangre y entrega su vida por confesar del nombre de Cristo; fe sobrenatural, cuando un mártir no solo no reniega de Cristo, sino que dona su vida por confesar su fe en Cristo como el Hombre-Dios; fortaleza sobrehumana, cuando soporta torturas sobrehumanas; perseverancia sobrenatural, cuando se ve la firme voluntad del mártir de profesar la fe en Cristo, a pesar de que le va la vida en ello. Por lo general, se considera en el mártir su aspecto humano, de heroicidad; es decir, se considera al mártir como lo que es: un ejemplo de cómo una persona humana puede vivir las virtudes en grado heroico, hasta dar la vida por esas virtudes. Todo esto está bien, y es esto lo que hay que considerar en la evocación de la memoria del mártir, pero hay algo más, en la vida y muerte del mártir, mucho más profundo y misterioso, que un gran ejemplo de cómo practicar virtudes. La heroicidad en la práctica de las virtudes –que es lo que le granjea al mártir la entrada al cielo-, es sólo un aspecto de la realidad del mártir: es, por así decirlo, su aspecto más humano. Hay algo en el mártir, en su muerte martirial, que sobrepasa infinitamente a la naturaleza humana -y es lo que le da el carácter propiamente martirial-, y es la presencia de lo divino y sobrenatural: el mártir, más que un instrumento asociado a la Pasión de Cristo, participa de tal manera de su Pasión, que puede decirse que el mismo Cristo quien, en el mártir, continúa su Pasión. El mártir es algo más que un ejemplo de virtudes: el mártir imita, continúa y prolonga, la Pasión de Cristo ; puede decirse que, en la muerte del mártir, si bien es la persona humana del mártir la que muere, es también, al mismo tiempo, el mismo Cristo quien, en la persona humana del mártir, continúa su Pasión; en el derramamiento de sangre del mártir, miembro del Cuerpo Místico de Cristo, es Cristo quien continúa derramando su sangre, como muestra de su amor misericordioso por la humanidad. Es por esto que, en cada mártir que muere, entregando su vida y derramando su sangre, la Iglesia ve al mismo Cristo que continúa, en el signo de los tiempos, entregando su vida y derramando su sangre. Es esta dimensión del misterio la que resalta la Iglesia con el color litúrgico: el color litúrgico rojo, utilizado en la conmemoración de los mártires, simboliza, más que la sangre derramada por el mártir, la Sangre del propio Cristo, Rey de los mártires, que con ella cubrió su cuerpo, vistiéndose de color rojo púrpura en el supremo martirio del Calvario. Por eso, al celebrar a los mártires, que derramaron su sangre por Cristo, no se puede pasar por alto al mismo Cristo, Rey de los mártires, a quien los mártires imitan y continúan, en el tiempo y en la historia humana, en su Pasión de amor. Todo cristiano está llamado al martirio -aunque no necesariamente cruento, porque la muerte cruenta es proporcionalmente escasa-, y es el martirio o testimonio de confesar, día a día, en todo ámbito, más con las obras que con las palabras, que Cristo, Rey de los mártires, entrega su vida y derrama su sangre en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa.