San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta San Ignacio de Antioquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta San Ignacio de Antioquía. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de octubre de 2020

San Ignacio de Antioquía

 


         Vida de santidad[1].

         Ignacio, segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquía, fue condenado a morir devorado por las fieras. Para ese fin, fue trasladado a Roma y allí, bajo el imperio de Trajano, recibió la corona de su glorioso martirio el año 107. En su viaje a Roma escribió siete cartas, dirigidas a varias Iglesias, en las que trata sabiamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana.

         Mensaje de santidad[2].

         Para comprender el sentido de las palabras de la siguiente carta de San Ignacio, hay que entender en el contexto en que fue escrita: la escribió camino de su martirio y en ella, lejos de pedir a los fieles que intercedieran ante las autoridades para que lo liberen, les suplica que no lo hagan y que lo dejen ir al martirio, para así dar testimonio de Cristo e ingresar en el Reino de Dios. Analicemos brevemente su carta.

         Dice así: “Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios”. San Ignacio dice que “morirá de buena gana por Dios”; que es “trigo de Dios y que ha de ser molido por los dientes de las fieras” y que no lo impidan, puesto esto –ser devorado por las fieras- le hará posible “alcanzar a Dios”. Mientras en otras religiones hay que matar a los infieles para alcanzar la felicidad del cielo, en el catolicismo hay que entregar la propia vida como testimonio del Reino de Dios y su Cristo.

Luego continúa: “De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en si entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mi, sabiendo cuál es el deseo que me apremia”. Aquí se ve cómo San Ignacio desprecia profundamente este mundo, al tiempo que anhela, con todas sus fuerzas, morir a esta vida terrena para vivir en la vida eterna, pues “todo su deseo está puesto en Cristo Jesús”. Morir será, para él, el “nacer a la Vida eterna” y por eso pide que no se opongan a ello.

Prosigue: “El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: “Ven al Padre”. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. Afirma que si alguien se interpone en su martirio, aun con la mejor de las intenciones, en realidad está secundando el trabajo del Demonio, quien precisamente no quiere que muera mártir: “el Príncipe de este mundo pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios (…) que nadie lo ayude”. Ya no tiene ningún deseo terreno; se han apagado en él todos los fuegos de la concupiscencia y sólo siente una voz celestial que lo llama y le dice: “Ven al Padre”. Sólo desea alimentarse de la Eucaristía, “el Pan de Dios, la carne de Jesucristo” y “la bebida de su Sangre”, que es el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

Por último, concluye así: “No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido”. San Ignacio ya no desea “vivir la vida terrena”, porque desea vivir en la Vida eterna, en compañía de Jesucristo y para eso desea que se cumpla el martirio; de parte de sus discípulos, si no se oponen al martirio, eso será señal de que lo aman. Finalmente, al escribir esta última carta deseando el martirio en nombre de Cristo, lo hace movido “no por criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios”.

Le pidamos a San Ignacio que también nosotros no sólo despreciemos este mundo y sus placeres, sino que deseemos ardientemente morir en gracia para alcanzar el Reino de los cielos.

 



[2] De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos, Cap. 4. 1-2; 6, 1--8, 3: Funk 1, 217-223.

miércoles, 16 de octubre de 2019

San Ignacio de Antioquía



         Vida de santidad[1].
Dicen que fue un discípulo de San Juan Evangelista. Por 40 años estuvo como obispo ejemplar de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes. Algunos escritores antiguos decían que Ignacio fue aquel niño que Jesús colocó en medio de los apóstoles para decirles: “Quien no se haga como un niño no puede entrar en el reino de los cielos” (Mc 9, 36).
         Mensaje de santidad.
         Su mensaje de santidad está en su deseo de dar la vida por Jesús, deseo expresado ante todo en dos momentos: ante el emperador Trajano, y ante los fieles que querían interceder ante las autoridades para que no fuera martirizado. San Ignacio fue apresado porque el emperador mandó que apresaran a todos los que no adoraran a los falsos dioses de los paganos. Como Ignacio se negó a adorar esos ídolos, fue llevado preso y entre el perseguidor y el santo se produjo el siguiente diálogo.
“¿Por qué te niegas a adorar a mis dioses, hombre malvado?”.
“No me llames malvado. Más bien llámame Teóforo, que significa el que lleva a Dios dentro de sí”.
“¿Y por qué no aceptas a mis dioses?”.
“Porque ellos no son dioses. No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
El emperador le pregunta la razón del porqué San Ignacio se niega a adorar a los dioses romanos, paganos y San Ignacio le responde con una declaración de fe acercad de Jesucristo como Único Salvador y Dios: “No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
La respuesta enfurece al emperador, quien ordena que Ignacio sea llevado a Roma y echado a las fieras, para diversión del pueblo.
Con los que se adelantaron a ir a la capital antes que él, envió una carta a los cristianos de Roma diciéndoles: “Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús”. Cuando unos fieles suyos se ofrecen para interceder para que no lo martiricen, San Ignacio les ruega que desistan, porque él lo que quiere es ser martirizado, para así dar testimonio de Jesús: quiere ser “devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras” y así demostrarle a Jesús el gran amor que le tiene. Y si ya estando en el martirio él les suplicase que detengan el martirio, les pide que no le hagan caso y que continúen con el mismo, para que su testimonio de Cristo sea completo. Quiere que su cuerpo triturado por las fieras sirva de testimonio de su amor a Jesús.
Al llegar a Roma, como al día siguiente era el último y el más concurrido día de las fiestas populares y el pueblo quería ver muchos martirizados en el circo, especialmente que fueran personajes importantes, fue llevado sin más al circo para echarlo a las fieras. Era el año 107.
Ante el inmenso gentío fue presentado en el anfiteatro. Él oró a Dios y en seguida fueron soltados dos leones hambrientos y feroces que lo destrozaron y devoraron, entre el aplauso de aquella multitud ignorante y cruel. Así consiguió Ignacio lo que tanto deseaba: ser martirizado por proclamar su amor a Jesucristo. En nuestros días, en los que la divinidad y el carácter mesiánico y salvador de Jesucristo son dejados de lado, para aceptar falsos dioses en lugar de Él, el testimonio martirial de San Ignacio de Antioquía en favor de Cristo como Dios y como Mesías es más actual que nunca.

martes, 17 de octubre de 2017

San Ignacio de Antioquía


         Vida de santidad[1].

San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol San Juan y segundo sucesor de san Pedro en la sede de Antioquía, fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio, en tiempo del emperador Trajano. Durante el viaje, mientras experimentaba la ferocidad de sus centinelas, semejante a la de los leopardos, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias, en las cuales exhortaba a los hermanos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a que no le impidiesen poder ser inmolado como víctima por Cristo.

         Mensaje de santidad.

         Debido al testimonio que ofrece de la vida eterna y de Jesucristo, con su vida y con sus cartas, es muy importante, para el católico de todos los tiempos, reflexionar sobre el contenido de sus palabras, dejadas en el Acta de martirio, como en sus cartas. Desde época muy remota, se ha creído que el interrogatorio al que fue sometido San Ignacio por Trajano fue el siguiente[2]:
Trajano: ¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?
Ignacio: Nadie llama a Teóforo espíritu malvado.
Trajano: ¿Quién es Teóforo?
Ignacio: El que lleva a Cristo dentro de sí.
Trajano: ¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?
Ignacio: Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos. Hay un sólo Dios que hizo el cielo, la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido.
Trajano: ¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?
Ignacio: Sí, a Aquél que con su muerte crucificó al pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes lo llevan en el corazón.
Trajano: ¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?
Ignacio: Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos.
En el interrogatorio, San Ignacio no se muestra desesperado por aferrarse a la vida terrena; no busca congraciarse con quien es su perseguidor, que tiene a su vez el poder de ordenar su muerte. Por el contrario, defiende, con toda dignidad y con toda valentía, el Santísimo Nombre de Jesús, de manera que se siente ofendido cuando le dicen “malvado”, porque él no se considera malvado, ya que porta a Cristo Dios con él, y por eso quiere ser llamado “Teóforo”, “el que lleva a Cristo dentro de sí”. Puesto que Cristo es Dios y Dios es Bondad y Amor infinitos, es una calumnia llamar “malvado” a quien lo lleva a Cristo en su corazón. Otro testimonio es contra la fe del emperador romano, ya que San Ignacio le llama a sus dioses “demonios”, tal como lo dice la Escritura: “Los dioses de los gentiles son demonios”: “llamas dioses a los que no son sino diablos”. Hay un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, Creador de todas las cosas y en las cuales él desea “ser ardientemente admitido”. No desea el reino terreno del emperador Trajano, adorador de demonios, sino el Reino eterno del Cordero de Dios, Jesucristo. Trajano le pregunta si el Cristo al que se refiere es “el que fue crucificado bajo Poncio Pilato”, y San Ignacio dice que sí, que es El que “con su muerte crucificó al pecado y a su autor”, es decir, lo proclama triunfador en la cruz sobre el pecado, el demonio y la muerte.
Una vez finalizado el interrogatorio y la proclamación de fe en Jesucristo, Trajano mandó encadenar al obispo para que lo llevaran a Roma y ahí lo devoraran las fieras en el circo romano. En ese momento, el santo exclamó: “Te doy gracias, Señor, por haberme permitido darte esta prueba de amor perfecto y por dejar que me encadenen por Ti, como tu apóstol Pablo”.
Rezó por la Iglesia, la encomendó con lágrimas a Dios, y con gusto sometió sus miembros a los grillos; y lo hicieron salir apresuradamente los soldados para conducirlo a Roma. Según consta en las Actas martiriales, las numerosas paradas dieron al santo oportunidad de confirmar en la fe a las iglesias cercanas a la costa de Asia Menor. Dondequiera que el barco atracaba, los cristianos enviaban sus obispos y presbíteros a saludarlo, y grandes multitudes se reunían para recibir su bendición. Se designaron también delegaciones que lo escoltaron en el camino. En Esmirna tuvo la alegría de encontrar a su antiguo condiscípulo San Policarpo; allí se reunieron también el obispo Onésimo, quien iba a la cabeza de una delegación de Éfeso, el obispo Dámaso, con enviados de Magnesia, y el obispo Polibio de Tralles. Burrus, uno de los delegados, fue tan servicial con san Ignacio, que éste pidió a los efesios que le permitieran acompañarlo. Desde Esmirna, el santo escribió cuatro cartas. Como vemos, la Iglesia primitiva no rehuía ni del martirio, ni de los mártires, sino que los acompañaba hasta el martirio y se consideraban felices si lograban ser contados entre los que daban la vida por Jesucristo. Todo lo opuesto a una Iglesia esposada con el mundo, que desea complacer a todos, so pena de apostatar de Cristo.

Precisamente, refiriéndose a este amor de caridad recibido por parte de los cristianos, San Ignacio dice así en una de sus cartas: “Temo que vuestro amor me perjudique, a vosotros os es fácil hacer lo que os agrada; pero a mí me será difícil llegar a Dios, si vosotros no os cruzáis de brazos. Nunca tendré oportunidad como ésta para llegar a mi Señor... Por tanto, el mayor favor que pueden hacerme es permitir que yo sea derramado como libación a Dios mientras el altar está preparado; para que formando un coro de amor, puedan dar gracias al Padre por Jesucristo porque Dios se ha dignado traerme a mí, obispo sirio, del Oriente al Occidente para que pase de este mundo y resucite de nuevo con Él...”. De forma admirable, San Ignacio les agradece el amor que le demuestran, pero les suplica que “se queden cruzados de brazos” con respecto a cualquier acción intencionada a rescatarlo; él no solo no quiere ser rescatado, sino que desea fervientemente ser ejecutado y morir, porque no muere por una causa vacía, sino que muere dando testimonio de Jesucristo, lo cual es una gracia que San Ignacio reconoce y agradece. Para el santo, la mayor muestra de amor que le pueden dar los cristianos, es dejar que él sea “derramado como una libación a Dios”, para morir a este mundo y “pasar de este mundo a la resurrección”, a la vida eterna con Él. No solo no se aferra a esta vida, sino que desea “salir” de ella, pero porque dando testimonio de Cristo, resucitará a la vida eterna.
Continúa luego: “Sólo les suplico que rueguen a Dios que me dé gracia interna y externa, no sólo para decir esto, sino para desearlo, y para que no sólo me llame cristiano, sino para que lo sea efectivamente...”. Les pide que recen para que no solo lo diga, sino que lo desee realmente, para así poder ser llamado “cristiano”. De esto deducimos que, para San Ignacio –y también para toda la Iglesia- el nombre de “cristiano” o “católico”, implica un desapego de esta vida terrena y un deseo ardiente de la vida eterna, de la resurrección en Cristo. Si un cristiano o un católico se muestra apegado a esta vida y sus placeres, y no muestra deseos de la eternidad en Jesucristo, entonces debe meditar en lo que el nombre de cristiano o católico significa y para eso está la vida de San Ignacio de Antioquía.
Más adelante, dice así: “Permitid que sirva de alimento a las bestias feroces para que por ellas pueda alcanzar a Dios. Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo. Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie...”. Les pide a los cristianos que no solo no intervengan para impedir su muerte, sino que “permitan que él sirva de alimento a las bestias feroces”, así él, que es “trigo de Cristo”, pueda ser ofrecido a Cristo “como pan sabroso”. Parecería lo inverso a lo que sucede en la comunión eucarística, en la que el alma parece comulgar a Jesucristo, Pan de Vida eterna, mientras que en la realidad, es el mártir el que, inhabitado por el Espíritu Santo, es consumido por Cristo, por así decirlo, ya que por la muerte martirial, se une a Él de modo orgánico e íntimo, por el Espíritu Santo. Entonces, todo lo opuesto a lo que el mundo de hoy nos dice con respecto al cuerpo y a la vida terrena: tanto el cuerpo como la vida terrena son para despreciar, si es que así se da testimonio del Hombre-Dios Jesucristo.
Se considera no un apóstol, sino un “reo condenado” y “un esclavo”, pero un esclavo que, por el sufrimiento de la muerte, llegará a ser libre en Cristo, porque “resucitará en Él”: “No os lo ordeno, como Pedro y Pablo: ellos eran apóstoles, yo soy un reo condenado; ellos eran hombres libres, yo soy un esclavo. Pero si sufro, me convertiré en liberto de Jesucristo y en Él resucitaré libre”.
Sabiendo que las bestias están prontas para destrozarlo, no solo no muestra congoja alguna, sino que muestra alegría al saber que será devorado por ellas, e incluso las incitará a atacarlo si las bestias no lo hacen por sí mismas, ya que San Ignacio desea que sean las bestias quienes le quiten aquello que le impide el gozo total y pleno, en la gloria del cielo, y es esta vida terrena: “Me gozo de que me tengan ya preparadas las bestias y deseo de todo corazón que me devoren luego; aún más, las azuzaré para que me devoren inmediatamente y por completo y no me sirvan a mí como a otros, a quienes no se atrevieron a atacar. Si no quieren atacarme, yo las obligaré”.
San Ignacio sabe que esta muerte terrena “es lo que le conviene” y es la que lo hace ser verdaderamente “discípulo” de Cristo, porque si Cristo dio su vida al Padre en la cruz, él lo imita y participa de su Pasión, ofreciendo su vida a Cristo. De modo que el discípulo no teme a la muerte, en tanto y en cuanto esta muerte lo conduce a la vida eterna, a la resurrección: “Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo”.
No importa la crueldad de la muerte que tenga que sufrir, con tal que que así llegue a ver a Cristo: “Que venga contra mí fuego, cruz, cuchilladas, desgarrones, fracturas y mutilaciones; que mi cuerpo se deshaga en pedazos y que todos los tormentos del demonio abrumen mi cuerpo, con tal de que llegue a gozar de mi Jesús”. El mundo nos enseña un apego desordenado a esta vida terrena, pero San Ignacio nos ayuda a medirla en su verdadera magnitud: un estadio intermedio antes de la vida eterna.
Si alguien pretende impedir su muerte martirial, estará siendo cómplice del Demonio y por eso les pide que “se pongan de su lado y del lado de Dios”: “El príncipe de este mundo trata de arrebatarme y de pervertir mis anhelos de Dios. Que ninguno de vosotros le ayude. Poneos de mi lado y del lado de Dios”.
El verdadero cristiano no puede amar el mundo y  nombrar a Jesucristo; el verdadero cristiano debe despreciar este mundo y la vida terrena y nada debe hacerlo cambiar de opinión, porque la verdadera vida es la vida eterna: “No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aun cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir”. Tiene ganas de morir, pero para vivir eternamente adorando al Cordero de Dios, Jesucristo. San Ignacio de Antioquía nos da ejemplo de cómo debemos ser los católicos de todo tiempo, incluidos nosotros, los que vivimos en este siglo XXI, materialista, hedonista y ateo.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20171017&id=12260&fd=0

miércoles, 19 de octubre de 2016

San Ignacio de Antioquía


         En sus escritos, San Ignacio nos ilumina acerca de tres grandes dogmas y verdades de nuestra fe católica, que a causa de la mentalidad relativista y agnóstica, se encuentran en grave crisis en los días en que vivimos: Cristo, la Eucaristía y el día Domingo.
Acerca de Jesucristo, San Ignacio afirma su condición de Hombre-Dios, es decir, Jesús es la Persona divina del Hijo de Dios en quien se unen sin confundirse las naturalezas humana y divina. Al igual que el Evangelista San Juan, y al igual que la doctrina bimilenaria de la Iglesia, San Ignacio nos describe un Jesucristo que no es mero hombre, sino Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios: “Hijo de María e hijo de Dios, primero pasible, después impasible, Jesucristo Nuestro Señor”[1]. De esta manera, su doctrina es una defensa contra dos graves errores de la época: por un lado algunos de los judaizantes negaban la encarnación y creían en un Jesús solo humano, lo cual es un error, porque la Persona de Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo; por otro lado, los docetistas, quienes negaban la humanidad de Cristo, frente a lo cual San Ignacio afirma la humanidad real y perfecta de Jesús que es la que le permite ofrecer un holocausto perfecto a Dios Trino, porque es la humanidad que se ofrece en holocausto en el altar de la cruz y es la humanidad que es glorificada el Domingo de Resurrección; a su vez, es la humanidad que, habiendo pasado ya por el misterio pascual de Muerte y Resurrección, se ofrece en la renovación del Santo Sacrificio de la cruz, la Santa Misa, y que se dona gloriosa en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
Con respecto a la Eucaristía -San Ignacio de Antioquía es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento[2]-, el santo utiliza términos como “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Con estos términos, nos hace ver cómo la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino “algo” que se relaciona estrechamente con Jesucristo, como lo deja entrever uno de sus términos: “carne de Cristo”. No puede ser de otra manera, desde el momento en que la doctrina eucarística, de capital importancia para la fe católica, está estrechamente relacionada con la Cristología, de manera tal que podemos decir que una cristología errada conduce, invariablemente, a una doctrina eucarística errada, lejana a la fe de la Iglesia. También llama a Jesús “Pan de Dios” que ha de ser comido en el altar, dentro de “una única Iglesia”: de la única manera en que Jesús pueda ser “Pan de Dios” es que se entregue, todo Él, sin reservas, oculto en el Pan Eucarístico. Otro concepto importante en el que se relacionan la Cristología y la Eucaristía es que, para San Ignacio, en la Eucaristía están contenidos, literalmente, “todos los deleites”, de manera que ya no desea ningún alimento corruptible, sino la Eucaristía, y la razón es que la Eucaristía contiene al Ser trinitario divino, Fuente de la Alegría Increada: “No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible”. El Pan del altar es la Carne de Jesucristo, y el Vino del cáliz eucarístico, la Sangre del Cordero, contiene al Amor de Dios –el “amor incorruptible” de Dios-, y esto es todo lo que San Ignacio desea como alimento. La fe en la Eucaristía, que es la fe en Jesucristo, concede al alma la inmortalidad, la vida eterna: “Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo”.
A su vez, San Ignacio denuncia a quienes rechazan la fe católica sobre la Eucaristía, es decir, los herejes: “No confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”. Los herejes, puesto que no creen que Jesús sea Hombre-Dios –o no creen en Jesús como verdadero hombre, o no creen en Jesús como verdadero Dios, y por lo tanto no creen en Jesús como Hombre-Dios- no creen en Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, que se entrega en la Santa Misa, por el misterio de la liturgia eucarística, renovando su Sacrificio en Cruz de modo sacramental e incruento y donándose en el Pan Eucarístico con su Cuerpo glorioso y resucitado.
Por último, acerca del día del Señor, el Domingo, afirma que los cristianos no se quedan en el pasado, observando el sábado, sino que celebran el Domingo, “el día del Señor”, llamado así porque todo Domingo participa del Domingo de Resurrección, día-símbolo de la eternidad, en el que el Hombre-Dios venció a la muerte y nos concedió la vida eterna: “Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte”[3].
Un santo –San Ignacio de Antioquía- que vivió en el siglo I d.C. nos habla, superando el espacio y el tiempo, desde la eternidad de Dios, para vivamos la verdadera fe en tres columnas esenciales de la Iglesia Católica, atacadas por el secularismo y la apostasía: la Persona divina de Jesucristo, el Hombre-Dios; la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Jesús; el Domingo, Día-símbolo de la eternidad, día de la Resurrección del Hombre-Dios y, por lo tanto, el día más importante de todos.



[1] San Ignacio de Antioquía, Efes., c. xvii
[2] San Ignacio de Antioquía, Esmir., c. viii
[3] San Ignacio de Antioquía, Magn. 9, 1.

viernes, 17 de octubre de 2014

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir


San Ignacio de Antioquía -quien es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento[1]- murió martirizado en el año 107, devorado por las fieras. En su camino al martirio, ante el pedido de algunos de sus discípulos de permitir que se le obtuviera una disminución de la pena, de modo que no tuviera que morir mártir, San Ignacio escribe lo que se conoce como: “Carta a los cristianos de Roma”[2], en donde no solo niega esa posibilidad, sino que pide que nada se le interponga entre él y Jesucristo. Dice así San Ignacio en esa carta: “Temo que vuestro amor, me perjudique (...) a vosotros os es fácil hacer lo que os agrada; pero a mí me será difícil llegar a Dios, si vosotros no os cruzáis de brazos”. San Ignacio les está diciendo, indirectamente, que no hagan nada por su liberación, es decir, que se queden “cruzados de brazos”; obrar de otra manera, aunque sus discípulos lo hagan por amor a él, lo perjudicará: “Temo que vuestro amor, me perjudique”, y el perjuicio que él va a recibir, es no sufrir el martirio, porque así se vería privado de la gloria de Dios.
“Nunca tendré oportunidad como ésta para llegar a mi Señor ... Por tanto, el mayor favor que pueden hacerme es permitir que yo sea derramado como libación a Dios mientras el altar está preparado; para que formando un coro de amor, puedan dar gracias al Padre por Jesucristo, porque Dios se ha dignado traerme a mí, obispo sirio, del oriente al occidente para que pase de este mundo y resucite de nuevo con Él ...”. Llama al martirio: oportunidad para llegar a mi Señor”, porque quien derrama su sangre testimoniando al Hombre-Dios Jesucristo, alcanza inmediatamente después de su muerte la gloria eterna. Todavía más, San Ignacio les pide que permitan que él “sea derramado como libación a Dios”, para que de esta manera “pase de este mundo y resucite de nuevo con Él”. Claramente, San Ignacio ve el martirio no como una angustiosa pena de la cual hay que escapar, sino la puerta abierta a la felicidad eterna, la contemplación de Jesucristo.
Luego continúa, enfatizando aún más el deseo del martirio, pidiéndoles que no permitan que nada se interponga entre él y el martirio, sino que incluso “rueguen a Dios” para que éste se cumpla y para que él sea digno de sufrirlo: “Sólo les suplico que rueguen a Dios que me dé gracia interna y externa; no sólo para decir esto, sino para desearlo, y para que no sólo me llame cristiano, sino para que lo sea efectivamente . . .”
Luego va más allá todavía no solo al no pedir que su cuerpo reciba los honores de un mártir -tendría derecho a hacerlo si lo hubiera deseado-, como debería corresponder, sino al pedirles que dejen que “su cuerpo sirva de alimento a las bestias” y es tan grande el deseo del martirio, que si estas no quisieran devorarlo inmediatamente, él se encargará de provocarlas y azuzarlas para que lleven a cabo su tarea de despedazar su cuerpo y devorarlo por completo. Dice así San Ignacio: “Permitid que sirva de alimento a las bestias feroces para que por ellas pueda alcanzar a Dios. Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo. Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie ... No os lo ordeno, como Pedro y Pablo: ellos eran apóstoles, yo soy un reo condenado; ellos eran hombres libres, yo soy un esclavo. Pero si sufro, me convertiré en liberto de Jesucristo y, en El resucitaré libre. Me gozo de que me tengan ya preparadas las bestias y deseo de todo corazón que me devoren luego; aún más, las azuzaré para que me devoren inmediatamente y por completo y no me sirvan a mí como a otros, a quienes no se atrevieron a atacar. Si no quieren atacarme, yo las obligaré”.
Hacia el final de la carta, San Ignacio enfatiza aún más el ferviente deseo de morir mártir por Cristo, y es tanto ese deseo, que no le atemorizan las formas bajo las cuales se lleve a cabo –fuego, cruz, cuchilladas, y hasta la acción misma del demonio-, con tal de que se cumpla efectivamente. Además, pide con insistencia que nada se interponga entre él y Jesucristo”, porque en Él está su felicidad eterna. Y para asegurarse de que no le será quitada la gloria del martirio, llega al extremo de pedirle a sus discípulos que si él llegase a renunciar al martirio, pidiendo que lo liberasen, no tengan en cuenta esa petición, sino la que ahora escribe por carta, en pleno estado de vida: “Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo. Que venga contra mí fuego, cruz, cuchilladas, desgarrones, fracturas y mutilaciones; que mi cuerpo se deshaga en pedazos y que todos los tormentos del demonio abrumen mi cuerpo, con tal de que llegue a gozar de mi Jesús. El príncipe de este mundo trata de arrebatarme y de pervertir mis anhelos de Dios. Que ninguno de vosotros le ayude. Poneos de mi lado y del lado de Dios. No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aun cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir”.
Llama la atención el tono con el que escribe San Ignacio, teniendo en cuenta que se trata de un condenado a muerte, y que no solo rechaza cualquier posibilidad de atenuación de la pena, sino que desea fervientemente el martirio. Esta actitud contrasta con la que se observa en la gran mayoría de los casos de los condenados a muerte, quienes no se muestran tan serenos como San Ignacio y ni mucho menos desean ser ejecutados: en el mundo, si a un condenado a muerte se le ofrece la reducción de la pena o incluso abolirla, no dudaría en ningún momento en aceptar la oferta, sino que aceptaría todas las posibilidades de atenuación de la pena que se le ofrecieran, incluida la libertad. Por este motivo, nos preguntamos; ¿qué es lo que explica que San Ignacio desee fervientemente el martirio y que muestre, por lo tanto, un desapego absoluto de esta vida terrena?
Lo que explica esta actitud de San Ignacio es su amor a la Eucaristía, en la cual no veía un simple pan bendecido, sino a Jesús en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, que concede la “medicina de inmortalidad”, es decir, la vida eterna. En efecto, cuando leemos las descripciones de San Ignacio con relación a la Eucaristía, vemos que se refiere a la misma como “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Llama también a Jesús “pan de Dios” que ha de ser “comido en el altar, dentro de una única Iglesia”, es decir, “Jesús”, para San Ignacio, es la Eucaristía, el “Pan de Dios”, y debe ser “comido en la Iglesia”, aún a precio de la propia vida.
Dice también San Ignacio, con respecto a la Eucaristía: “No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible”. El Santo “no halla placer por comida alguna de esta tierra”, ni mucho menos por la corrupción, es decir, el pecado: lo único que desea es la Eucaristía: “Pan de Dios”, “Carne de Cristo”, su “Sangre, que es amor incorruptible”, porque la Sangre de Jesús es Portadora del Espíritu Santo, y por lo tanto comunica de la vida divina de Dios Trino a quien la bebe con fe y con amor.
Solo la Eucaristía es “remedio de inmortalidad” para San Ignacio, y por eso la desea fervientemente: “Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo”.
Por último, San Ignacio denuncia a los herejes “que no confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”.
Aquí está entonces la respuesta a la pregunta de por qué San Ignacio rechaza la atenuación de la pena de muerte y desea con todo su corazón el martirio, y es su gran amor a la Eucaristía. Al conmemorarlo, le pidamos, no la gracia del martirio, puesto que esta la concede Dios a quien lo desea, sino la gracia de crecer cada vez más en el amor a la Eucaristía, el Cordero de Dios, Jesús.




[1] http://www.corazones.org/santos/ignacio_antioquia.htm
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 16 de octubre de 2013

San Ignacio de Antioquía y el testimonio de su amor a Cristo


         San Ignacio de Antioquía sufrió el martirio en tiempos del Emperador Trajano, quien decidió la persecución de todos aquellos que no adoraran a los dioses del panteón romano, a quienes atribuía la victoria sobre sus enemigos. En las Actas del martirio de San Ignacio, se puede leer el interrogatorio al que fue sometido por el emperador en persona y el testimonio de fe en Jesucristo que resulta de este diálogo:
-¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?
-Nadie llama a Teóforo espíritu malvado, respondió el santo.
–¿Quién es Teóforo?
-El que lleva a Dios dentro de sí.
-¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?, preguntó el emperador.
-Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos, replicó Ignacio. Hay un solo Dios que hizo el cielo y la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido.
-¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?.
-Sí, a Aquél que con su muerte crucificó el pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes lo llevan en el corazón.
-¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?
-Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos.
Cuando lo mandaron a encadenar para llevarlo a morir en Roma, San Ignacio exclamó: “Te doy gracias, Señor, por haberme permitido darte esta prueba de amor perfecto y por dejar que me encadenen por Tí, como tu apóstol Pablo”.
         San Ignacio de Antioquía demuestra, con el don de su vida, que aquello que decía con sus palabas, de que llevaba a Dios dentro de sí, era realidad, y por esto muere como “Teóforo”, es decir, como “Portador de Dios”. San Ignacio vive y hace carne las palabras de Cristo: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 19-23): su tesoro es Cristo crucificado y por eso su corazón está al pie de la Cruz, mereciendo así compartir la muerte martirial del Rey de los mártires.
El ejemplo de este mártir, con sus palabras, vida y obras, es válido para todo tiempo, pero mucho más para nuestro tiempo, en el que el mundo ha logrado desplazar del corazón de los hombres a Cristo Dios, para colocar en su lugar a los ídolos del neo-paganismo imperante que parece triunfar por todas partes. Al recordar a San Ignacio de Antioquía, le pedimos que interceda por nosotros para que en nuestros corazones arda el Amor de Cristo, ese Amor que es depositado en el alma en cada comunión sacramental, para que así encendidos en el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús seamos convertidos en “Cristóforos”, es decir, “Portadores de Cristo”.


martes, 16 de octubre de 2012

San Ignacio de Antioquía y su deseo de comulgar antes de morir



En su camino al martirio, antes de ser arrojado a los leones, San Ignacio de Antioquía escribe: “No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. San Ignacio desea la comunión eucarística antes de morir: el pan de Dios, la Eucaristía.
En la carta se hacen patentes los dos movimientos que experimenta el santo: el rechazo al mundo y sus placeres, y la atracción a Jesucristo, Presente en la Sagrada Comunión.
A poco tiempo de atravesar el umbral de la muerte, el santo mártir no sólo no encuentra deleite en lo que el mundo ofrece, sino que anhela y apetece, con fuerza cada vez mayor, la Eucaristía: “la carne de Jesucristo y su sangre, que es la caridad incorruptible”.
Lo que sucede es que al aproximarse la vida eterna, la gracia santificante que colma el alma del santo, al tiempo que prepara al espíritu para la unión transformante con el Hombre-Dios Jesucristo, se desborda sobre el cuerpo, quitando todo tipo de apetito corpóreo y eliminando todo resquicio de concupiscencia. Por todo esto, en el santo se verifica la paradoja de que la aproximación de la muerte corpórea significa la aproximación al inicio de una nueva vida, una vida en la gloria y en la beatitud divina, al quitarse, con la muerte corpórea, el último obstáculo que lo separaba de la unión con el Ser divino.
Para el santo, la proximidad de la muerte no significa, como para el mundo, la desaparición en la nada, o el destino incierto hacia un lugar desconocido: la muerte es apenas un umbral que anticipa una eternidad de felicidad y de alegría imposibles de imaginar.
Lo que los cristianos tenemos que apreciar y valorar, es que, ya antes de la muerte, poseemos en anticipo aquello que deseó San Ignacio con vehemencia antes de morir, y que será la causa de nuestra alegría eterna, si por gracia y misericordia de Dios vamos al cielo: la Eucaristía, la Carne y la Sangre del Cordero, su Amor eterno, imperecedero.  

martes, 22 de marzo de 2011

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía pidió, antes de morir,
ser alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Las palabras de los mártires dichas poco tiempo antes del martirio, pueden ser consideradas como inspiradas por el Espíritu Santo; por eso es que la Iglesia las custodia y las venera como sagradas, como si hubieran sido pronunciadas por el mismo Espíritu Santo.

Cuando San Ignacio de Antioquía expresa sus deseos camino al martirio: “Permitid que imite la Pasión de mi Dios”, no se está refiriendo a una simple imitación extrínseca del martirio de Jesús. Es verdad que lo imitará en lo exterior, porque, como Jesús, entregará su vida para una muerte cruenta, derramará su sangre, su sangre cubrirá su cuerpo, del mismo modo a como la sangre de Jesús bañó su cuerpo colgado de una cruz. Imitará a Jesús en el martirio cruento, pero su imitación va más allá de ser una mera imitación exterior.

Como todo mártir, San Ignacio de Antioquia, siendo parte del Cuerpo Místico de Cristo por haber sido incorporado a Él por el bautismo, es Cristo que continúa su Pasión, inmolándose en este mártir que es un miembro de su Cuerpo Místico. Como todo mártir, San Ignacio continúa y prolonga la Pasión de Cristo, y como en todo mártir, Cristo prolonga su Pasión redentora, muriendo en el tiempo en su Cuerpo Místico así como murió en la cruz en su Cuerpo real. Por eso no es una simple imitación exterior, porque es Cristo quien misteriosamente muere en este mártir.

“No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”.

Lo que pide San Ignacio antes de morir es asistir al Banquete escatológico, a la Mesa celestial servida por el Padre para sus hijos adoptivos, la Santa Misa. Rechaza los alimentos terrenos para ser alimentado con la Eucaristía: “el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo”. La Eucaristía es el Pan vivo bajado del cielo, el pan con el que el Padre alimenta nuestras almas, la carne gloriosa y resucitada de su Hijo Jesucristo. Siendo la carne gloriosa del Cordero de Dios, la Eucaristía alimenta al alma con el alimento substancial de la divinidad; incorporando la substancia de la naturaleza humana de Cristo, resucitada y gloriosa y por eso llena de la substancia divina, el alma se alimenta con un alimento espiritual exquisito, se alimenta con la misma divinidad. Por eso es que San Ignacio no quiere ser alimentado con los manjares terrenos, porque le parecen despreciables en comparación al manjar substancial eucarístico, la Carne gloriosa del Cordero, asada con el fuego del Espíritu Santo. Pide ser alimentado con la Carne santa del Cordero, y pide además beber su Sangre, que él con toda razón llama “la caridad increada”, porque la Sangre de Cristo contiene y lleva en sí el Amor substancial de Dios, el Espíritu Santo, que es el Amor Increado, la Caridad Increada. Bebiendo la Sangre del Cordero Degollado, bebe el Espíritu de Dios en ella contenida.

Para imitar y unirse a Cristo en su martirio, San Ignacio pide comer la Carne del Cordero y beber su Sangre, es decir, antes de morir, pide asistir a la Misa, en donde el Padre sirve a sus hijos este banquete celestial.