San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 20 de agosto de 2016

San Bernardo de Claraval y la devoción a María Santísima


         San Bernardo de Claraval tenía un gran amor y una gran devoción a María Santísima, y en uno de sus sermones, la llama “Casa de la Divina Sabiduría” [1]. Dice San Bernardo que la Sabiduría que construyó para sí su casa, es la Sabiduría de Dios, Cristo Jesús, y no la sabiduría del mundo, porque en la sabiduría mundana nada hay que agrada a Dios: “1. Como hay varias sabidurías, debemos buscar qué sabiduría edificó para sí la casa. Hay una sabiduría de la carne, que es enemiga de Dios, y una sabiduría de este mundo, que es insensatez ante Dios. Estas dos, según el apóstol Santiago, son terrenas, animales y diabólicas. Según estas sabidurías, se llaman sabios los que hacen el mal y no saben hacer el bien, los cuales se pierden y se condenan en su misma sabiduría, como está escrito: Sorprenderé a los sabios en su astucia; Perderé la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudente. Y, ciertamente, me parece que a tales sabios se adapta digna y competentemente el dicho de Salomón: Vi una malicia debajo del sol: el hombre que se cree ante sí ser sabio. Ninguna de estas sabidurías, ya sea la de la carne, ya la del mundo, edifica, más bien destruyen cualquiera casa en que habiten. Pero hay otra sabiduría que viene de arriba; la cual primero es pudorosa, después pacífica. Es Cristo, Virtud y Sabiduría de Dios, de quien dice el Apóstol: Al cual nos ha dado Dios como sabiduría y justicia, santificación y redención”.
Luego dice San Bernardo que esa Sabiduría, vino a nuestro mundo y se construyó su casa –la Virgen-, en donde talló “siete columnas”, simbolizando con este número la fe en las Tres Divinas Personas que en la Virgen inhabitaban, y las cuatro principales virtudes, que radicaban en la Virgen en grado perfectísimo, solo superada por su Hijo Dios: “2. Así, pues, esta sabiduría, que era de Dios, vino a nosotros del seno del Padre y edificó para sí una casa, es a saber, a María virgen, su madre, en la que talló siete columnas. ¿Qué significa tallar en ella siete columnas sino hacer de ella una digna morada con la fe y las buenas obras? Ciertamente, el número ternario pertenece a la fe en la santa Trinidad, y el cuaternario, a las cuatro principales virtudes. Que estuvo la Santísima Trinidad en María (me refiero a la presencia de la majestad), en la que sólo el Hijo estaba por la asunción de la humanidad, lo atestigua el mensajero celestial, quien, abriendo los misterios ocultos, dice: "Dios, te salve, llena de gracia, el Señor es contigo"; y en seguida: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra". He ahí que tienes al Señor, que tienes la virtud del Altísimo, que tienes al Espíritu Santo, que tienes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ni puede estar el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre o sin los dos el que procede de ambos, el Espíritu Santo, según lo dice el mismo Hijo: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí". Y otra vez: "El Padre, que permanece en mí, ése hace los milagros". Es claro, pues, que en el corazón de la Virgen estuvo la fe en la Santísima Trinidad”.
Continúa San Bernardo afirmando que la Virgen poseyó estas cuatro virtudes, no de una manera endeble, sino con la firmeza inconmovible de las columnas bien cimentadas y que estas virtudes fueron: fortaleza, templanza, prudente y justa; por la fortaleza, aplastó la cabeza de la serpiente; por la templanza, no se ensoberbeció cuando recibió la noticia de que habría de ser la Madre de Dios; por la prudencia, y sin dudar de la Palabra de Dios, preguntó al Ángel cómo habría de suceder que Ella, siendo Virgen y sin conocer varón, concibiera al Hijo de Dios; por la justicia, por último, se auto-proclama “sierva del Señor”, siendo Ella la Virgen y Madre, porque es justo que los buenos y santos, como la Virgen, que es buena y santa en grado que supera infinitamente a los ángeles y los santos, sean siervos de Dios. “3. Que poseyó las cuatro principales virtudes como cuatro columnas, debemos investigarlo. Primero veamos si tuvo la fortaleza. ¿Cómo pudo estar lejos esta virtud de aquella que, relegadas las pompas seculares y despreciados los deleites de la carne, se propuso vivir sólo para Dios virginalmente? Si no me engaño, ésta es la virgen de la que se lee en Salomón: ¿Quién encontrará a la mujer fuerte? Ciertamente, su precio es de los últimos confines. La cual fue tan valerosa, que aplastó la cabeza de aquella serpiente a la que dijo el Señor: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, tu descendencia y su descendencia; ella aplastará tu cabeza"  Que fue templada, prudente y justa, lo comprobamos con luz más clara en la alocución del ángel y en la respuesta de ella. Habiendo saludado tan honrosamente el ángel diciéndole: "Dios te salve, llena de gracia", no se ensoberbeció por ser bendita con un singular privilegio de la gracia, sino que calló y pensó dentro de sí qué sería este insólito saludo. ¿Qué otra cosa brilla en esto sino la templanza? Mas cuando el mismo ángel la ilustraba sobre los misterios celestiales, preguntó diligentemente cómo concebiría y daría a luz la que no conocía varón; y en esto, sin duda ninguna, fue prudente. Da una señal de justicia cuando se confiesa esclava del Señor. Que la confesión es de los justos, lo atestigua el que dice: Con todo eso, los Justos confesarán tu nombre y los rectos habitarán en tu presencia. Y en otra parte se dice de los mismos: Y diréis en la confesión: Todas las obras del Señor son muy buenas”.
Por último, dice San Bernardo que por las tres columnas de la fe y las cuatro de las virtudes, la Divina Sabiduría construyó una casa para sí, que consideró digna de ser su morada, colmando esta Sabiduría de sí misma a la mente de la Virgen y fecundando su carne: “4. Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito, templada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por tanto, con estas cuatro columnas y las tres predichas de la fe construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. La cual Sabiduría de tal modo llenó la mente, que de su Plenitud se fecundó la carne, y con ella cubrió la Virgen, mediante una gracia singular, a la misma sabiduría, que antes había concebido en la mente pura”.
Y en cuanto a nosotros, dice San Bernardo, que somos hijos de María, Casa de la Divina Sabiduría, también debemos aspirar a ser casas en donde more la Sabiduría de Dios, para lo cual debemos imitar a la Virgen en su fe trinitaria y en la práctica de sus celestiales virtudes: “También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres. Por lo que se refiere a las costumbres, pienso que basta la justicia, mas rodeada de las demás virtudes. Así, pues, para que el error no engañe a la ignorancia, haya una previa prudencia; haya también templanza y fortaleza para que no caiga ladeándose a la derecha o a la izquierda”. ¿Y cuándo debemos hacer esto? En todo momento, pero sobre todo, al momento de imitar a la Virgen en el saludo del Ángel, es decir, en la Encarnación del Verbo, y esto sucede para nosotros cuando recibimos la Sagrada Comunión, porque es allí que debemos recibir al Verbo de Dios, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, con una mente sapientísima, como la de la Virgen; con un corazón lleno de la gracia y el amor de Dios, como el de la Virgen, y con un cuerpo casto y puro, como el de la Virgen. Así, imitaremos, en la medida de nuestras posibilidades y ayudados por la gracia, a la Virgen, Casa de la Sabiduría, al recibir a la Sabiduría Encarnada, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, Cristo Jesús.



[1] http://www.corazones.org/santos/bernardo_claraval.htm#DE LA CASA DE LA DIVINA SABIDURIA,

viernes, 11 de marzo de 2016

Los siete dolores y gozos de San José - Séptimo Dolor y Séptimo Gozo



Si bien San José fue un padre y esposo terreno y experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, gozos y dolores en los distintos sucesos de su familia, estos adquirieron una dimensión sobrenatural, desde el momento en que San José era Esposo casto y puro, meramente legal, de la Madre de Dios, y era Padre pero no biológico, sino adoptivo, de su Hijo, Quien era desde la eternidad el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Sus gozos y dolores se comprenden entonces al interno de la historia de la salvación y en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Su recuerdo no es un mero traer a la memoria, sino una participación, por el misterio del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Según una tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se realizan en siete Domingos sucesivos. Ofrecemos, en honor de San José y en su Novena, las siguientes meditaciones, con la intención de participar, con fe y con amor, de los misterios de su paternidad, prolongación en la tierra y por un instrumento humano, de la Paternidad divina de Dios Padre.

Séptimo Dolor: San José experimenta el Séptimo Dolor cuando, habiendo acudido a Jerusalén junto con María y Jesús Niño, de doce años, tanto José como María, emprenden el regreso en puntos distantes de la caravana, pensando cada uno que el Niño está con el otro, cuando en realidad no estaba con ninguno, puesto que se encontraba en el Templo, iluminando con su Divina Sabiduría a los Doctores sedientos de la misma. San José sufre –también sufre María Santísima- porque, sin culpa, ambos pierden de vista al Niño, comenzando una búsqueda angustiosa que durará tres días, hasta que finalmente lo encuentren donde siempre estuvo, en el Templo. Y cuando encuentran a Jesús, el Niño le dice a su Madre amantísima que Él “debía ocuparse de los asuntos de su Padre Dios” (cfr. Lc 20, 40-52), siendo esa la razón por la cual dejó por un breve tiempo su familia terrena. En su búsqueda de tres días a Jesús a quien creía perdido, San José nos enseña, junto a María, que cuando perdamos de vista a Jesús –por culpa nuestra, porque si perdemos a Dios, es porque nos alejamos culpablemente de su Presencia, no como José y María, que lo perdieron sin culpa propia-, debemos buscarlo siempre, siempre, donde Él está, y donde Él estuvo desde la Última Cena, y donde Él estará hasta el fin de los tiempos: en el Templo, en el sagrario, en la Eucaristía, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Hostia consagrada. Y Jesús está en la Hostia consagrada para darnos su luz, su Amor, su consuelo; para tomar Él la cruz que nos agobia a veces; para transformar nuestras penas y dolores en gozos y alegrías, por la fuerza de su cruz; para recordarnos que la vida eterna se encuentra a sólo un paso y que Él nos espera en la cruz, con los brazos abiertos, para llevarnos al Reino de los cielos.

Séptimo Gozo: San José experimenta el Séptimo Gozo y Alegría cuando encuentra a su Hijo Jesús en el Templo, en medio de los Doctores. Así, San José nos enseña que la verdadera alegría no está en las cosas del mundo, sino en la contemplación de Jesús Eucaristía; San José nos enseña que la verdadera alegría del cristiano no está en los bienes materiales, ni en el reconocimiento mundano, ni en la vanagloria que los hombres se tributan unos a otros; San José nos enseña que el cristiano se goza y se alegra en un único Amor: Jesús Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia consagrada, Presente el Templo, Presente en el sagrario; San José nos enseña que, si por culpa nuestra, hemos perdido de vista a Jesús –como por ejemplo, un pecado mortal-, encontraremos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y así Él nos devolverá la Alegría de su Presencia en nosotros, convirtiendo nuestras almas y cuerpos en templos de la Santísima Trinidad y nuestros corazones en otros tantos sagrarios y tabernáculos en donde Él sea adorado, bendecido y exaltado en su gloria divina.

Oh glorioso San José, modelo de toda santidad, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, lo buscaste junto a María Santísima durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores; por este dolor y este gozo, te suplico, desde lo más profundo de mi corazón, que intercedas para que nunca jamás nos suceda el perder a Jesús por algún pecado mortal, pero si por desgracia sucediera, haz que lo busquemos con tal dolor del corazón, que no encontremos descanso hasta encontrarlo nuevamente, en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía, para que viviendo en su gracia nuestra vida terrena, vivamos en su Presencia, por la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.
Padrenuestro, Ave María, Gloria.

miércoles, 5 de febrero de 2014

San Pablo Miki, sus compañeros mártires y el Espíritu Santo




         Cuando se revisa, con la distancia de los años, la escena del martirio de San Pablo Miki y la de sus compañeros mártires, hay algo en la historia que no parece cuadrar. Por un lado, se destaca la extrema crueldad que aplican sus ejecutores: a todos los integrantes del grupo de 26 mártires, entre los cuales se encontraban tres niños de trece años que eran monaguillos, antes de ejecutarlos, les cortaron la oreja izquierda y, sin hacerles curaciones de ningún tipo y sin ningún tipo de abrigo especial, los obligaron a emprender una larga caminata en pleno invierno hasta el lugar del martirio, durante un mes, recorriendo numerosos pueblos, para que sirvieran de escarmiento y atemorizar a los que quisieran convertirse al cristianismo.
         Una vez llegados a Nagasaki, lugar del martirio –en donde se arrojaría una de las bombas atómicas en el año 1945-, les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
         Debe tenerse en cuenta los mártires estaban ateridos de frío, se habían desangrado por la herida de las orejas cortadas, sufrían dolores atroces por el hecho de estar colgados y atados con cadenas en pies y manos y sujetados con argollas de hierros en el cuello.
¿Qué es lo que no encaja en la historia? Lo que no cuadra  en la historia es lo que sigue: a pesar de la crueldad extrema de sus verdugos, a pesar del frío reinante, a pesar de las heridas de los mártires, a pesar de la agonía y de los dolores crecientes que la crucifixión suponía, los mártires no manifestaron en ningún momento tristeza, desesperación, angustia, pesar, dolor, rabia, quejas, como cabría esperarse, humanamente hablando, en una situación como esta. Por el contrario, lo que se destaca en ellos es una valentía sobrehumana, una alegría celestial, una esperanza, una paciencia y una confianza que no eran de este mundo, tal como lo relatan los testigos. “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ (…) El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría” (…) en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: ‘Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía’. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre”. Finalmente, los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas[1].
¿Por qué se da este contraste en el mártir, entre el extremo sufrimiento por un lado, y la alegría por otro? Mejor dicho, ¿por qué el mártir, a pesar de los tormentos aplicados por los verdugos, no experimentan ni los dolores, ni las penas, ni las tristezas, ni las desesperaciones, ni las amarguras, que estas torturas sí provocan en los hombres? ¿Qué es lo que hace que los mártires, en vez de esto, manifiesten alegría y eleven los ojos al cielo y ansíen la muerte con calma y paz en el alma, desafiando toda lógica humana?
Lo que explica esta falta de lógica humana es la Presencia del Espíritu Santo en las almas, corazones, los sentidos y los cuerpos de los mártires, que los invade y los colma con su dulzura, sus contentos, sus alegrías y su Amor de una manera tan profunda e intensa, que puede decirse que experimentan, en medio de los tormentos, el cielo por anticipado. Es esta Presencia personal y acción del Espíritu en los mártires lo que no solo los sustrae de las horrendas torturas a las que los someten sus verdugos, sino que les concede la calma, la paz, la alegría, la dicha y la felicidad del cielo, estando aún en la tierra y es lo que explica que las palabras de los mártires sean palabras inspiradas por el mismo Espíritu Santo, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que habréis de decir, porque en aquella hora os será dado lo que habréis de hablar; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mt 10, 19-20).
De manera análoga, también habla el Espíritu Santo e inhabita en quien, en medio de las tribulaciones, las pruebas, los dolores, no solo no se abandona a sí mismo, sino que, como los mártires de Nagasaki, se aferra cada vez con más fuerza a la Cruz de Jesús y al manto de María Santísima.


[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/Pablo_Miki.htm

lunes, 18 de marzo de 2013

San José, padre adoptivo de Jesús



         San José es, de entre todos los santos, el que más se asemeja a Dios Padre, porque fue Dios Padre quien lo eligió, de entre una multitud, para que lo representara en la tierra, tomando a su cargo el cuidado paternal y amoroso de la Sagrada Familia.
         San José es el modelo de todo padre terreno, porque Dios Padre lo hace partícipe de su paternidad divina, y así San José engendra en el amor espiritual, y no en la carne, a Dios Hijo, así como Dios Padre engendró en la eternidad a Dios Hijo en su seno, por el Amor del Espíritu Santo. San José participa así de la paternidad divina en grado máximo y perfecto, para que pueda criar y educar a Dios Hijo en su vida terrena, para que Dios Hijo encarnado, en sus períodos de niño y joven no extrañara, en el destierro de esta vida, el Amor de Dios Padre con el que lo ama desde la eternidad, en los cielos infinitos.
         San José es modelo de Amor a Jesús, Dios Hijo encarnado, porque nadie como él ama al Hijo de Dios Padre, pero además de amarlo como a su Hijo adoptivo, lo contempla con asombro y estupor y lo adora, porque sabe que ese Niño y ese Joven al que cuida con tanto amor y esmero, es al mismo tiempo su Dios y Creador, su Redentor y Santificador, y así San José es modelo también de contemplación y de adoración a Cristo, en la Cruz y en la Eucaristía.
         San José es modelo de Amor en el Espíritu Santo a Jesús y a la Virgen, porque el amor con el que San José los ama, no es el solo amor suyo humano, sino ante todo, es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo. Así, quien desee amar a Jesús y a la Virgen con un Amor perfectísimo, puro, celestial, sobrenatural, no tiene otra cosa que hacer que imitar a San José.
         San José es modelo para todo hijo, porque es el Padre perfecto a quien todo hijo debe amar, porque encarna la paternidad humana en su máxima perfección, y en su figura paterna debe encontrar todo hijo el modelo de paternidad a la cual respetar y honrar, según manda el cuarto mandamiento. San José es modelo para todo hijo, porque él es a su vez el hijo perfecto de Dios Padre que cumple a la perfección su cometido y así es modelo de obediencia y de amor, para todo hijo que dese vivir el mandamiento que manda honrar a los padres, y es modelo para todo hijo que desee cumplir la Voluntad de Dios Padre en su vida.
         Finalmente, San José es también modelo para toda esposa, porque el Amor casto y puro con el que ama a María, amor del que está excluida toda concupiscencia y toda atracción carnal, que jamás la hubo entre María Virgen y San José, debe ser el tipo de amor con el que toda esposa debería ser amada en la tierra. Excluyendo la relación marital, que jamás la hubo entre María Virgen y San José, todas las esposas deberían recibir, de sus respectivos esposos, el amor modelo de pureza y castidad con el que San José amó a María Santísima.   
         

domingo, 10 de febrero de 2013

San Pablo Miki, las torturas de los mártires y el soplo del Espíritu Santo



         Cuando se leen las actas de los mártires, entre muchas otras, hay dos cosas que  sorprenden y provocan asombro y sobresalen por la intensidad del contraste: por una lado, las crudelísimas torturas a las que son sometidos los mártires, torturas que les provocan dolores atroces, y por otro, las increíbles muestras de amor y de caridad sobrenatural, por parte de esos mismos mártires, amor y caridad sobrenatural que se reflejan en dos vertientes: en el perdón a sus enemigos y a sus verdugos, y en el amor a Dios demostrado en medio de inmensos dolores.
         Por ejemplo, en el acta del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros, escrita por un autor contemporáneo, se lee: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez. El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: “En tus manos, Señor”. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el Padrenuestro y el Avemaría (…) Pablo Miki (…) empezó a manifestar que moría por haber predicado el Evangelio y daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne (…) en el rostro de todos se veía una alegría especial (…) Luis, al gritarle a otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio (…) con los ojos fijos en el cielo”[1].
         Este comportamiento de los mártires, que se observa inalterablemente en todos y cada uno de los mártires a lo largo de toda la historia de la Iglesia, comenzando con el proto-mártir San Esteban, es superior y contrario a lo que dicta la naturaleza humana, y por lo tanto no puede encontrarse en esta naturaleza la explicación a un comportamiento tan llamativo.
         Considerado desde el punto de vista de la naturaleza humana, considerando solamente las características y propiedades de la naturaleza humana, como por ejemplo, el hecho de que el hombre está compuesto por la unión indisoluble de cuerpo y alma, el comportamiento de los mártires debería ser otro absolutamente distinto, puesto que cuerpo y alma sufren de manera atroz: el cuerpo sufre con los tormentos; el alma sufre por la desesperación, el dolor, y la angustia de verse abandonada por todos.
Entonces, considerando solamente la naturaleza humana, puesto que sufren indeciblemente en cuerpo y alma, los mártires deberían gritar de dolor, de rabia y de desesperación y deberían sus cuerpos contornearse espasmódicamente por los dolores lancinantes, debido todo esto a las torturas corporales; por el sufrimiento del alma, los mártires deberían expresar hacia sus verdugos solamente odio, rencor y deseos de venganza, y hacia Dios, deberían estallar en hirientes y horribles blasfemias contra su santo Nombre.
Sin embargo, nada de eso sucede en los mártires; todo lo contrario, el comportamiento de los mártires manifiesta que su naturaleza humana, sus cuerpos y sus almas, no solo están dotados de una fortaleza superior a la naturaleza humana -al demostrar una insensibilidad sobrehumana al dolor y al no solo no blasfemar, sino alabar a Dios-, sino que un Espíritu superior a todo lo creado, hombres y ángeles, a tomado posesión de sus completas personas.
Este Espíritu es el Espíritu Santo, y como es un Espíritu de paz, de amor, de alegría, de bondad, de fortaleza, eso es lo que explica que los mártires reflejen paz –no solo ausencia de desesperación-; amor –manifestado en el perdón a sus verdugos y enemigos-; alegría –porque están contemplando el cielo que se abre para ellos y está listo para recibirlos-; bondad –sólo tienen palabras de consuelo para sus compañeros mártires, y de esperanza para los que quedan en la tierra-; fortaleza –son inmunes e insensibles al dolor propio, pero sensibles al dolor ajeno, puesto que ofrecen sus vidas por sus verdugos y por sus enemigos-.
Puesto que dan sus vidas por amor a Cristo y a su Evangelio, el comportamiento sobrenatural de los mártires se debe a que imitan a Cristo y participan de su Pasión y Muerte en Cruz, pero también se debe a que los asiste el Espíritu Santo en Persona, el cual toma posesión de sus cuerpos y de sus almas: de sus cuerpos, porque eso es lo que explica que las tremendas torturas no los maten antes de tiempo, y no les provoquen los dolores lancinantes que por sí mismas deberían producir; del alma, porque el Espíritu Santo, iluminando sus almas con la luz de la gloria divina, la que habrán de disfrutar para siempre en el cielo, les hace ver y participar de la alegría y del amor divino, de manera que los tormentos psicológicos, morales y espirituales no solo no existen en sus almas, sino que son reemplazados por la visión y delectación anticipada del cielo y sus alegrías, la principal entre todas, la visión beatífica del Ser trinitario y la visión de María Santísima.
Porque están asistidos por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo ha tomado posesión de sus cuerpos y de sus almas para endulzarles el paso de esta vida a la otra, lo que dicen los mártires en el momento de morir, y que es registrado en las Actas de los mártires, hay que tomarlo como venido del mismo Espíritu Santo.



[1] Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769, Seréis mis testigos.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Solemnidad de Todos los Santos



         La Iglesia celebra y festeja a los habitantes del cielo, los santos, es decir, a aquellas personas que, por toda la eternidad, no solo no experimentarán nunca más el dolor ni la tristeza, ni tendrán los pesares ni las amarguras de esta vida, sino que vivirán para siempre, por los siglos de los siglos, sin fin, una alegría inimaginable, un gozo inagotable, una dicha imposible de ser concebida siquiera en su mínima expresión, por cualquier mortal.
         Los santos viven en un estado de éxtasis permanente de amor y de alegría, de dicha y de paz, y es tanta la alegría que experimentan, y tan grande el gozo, que apenas si pueden creer lo que están viviendo. Se cumple para ellos, en el cielo, lo que les sucedía a los discípulos al ver a Jesús resucitado: “No podían creer de la alegría”. Nada ni nadie les arrebatará la dicha, la alegría, el gozo, y las penurias de esta vida, y aún su misma condición de haber sido pecadores, les será sólo un ligero recuerdo, como dice San Agustín, puesto que toda la energía vital de sus almas, plenificadas por la gloria divina, estarán concentradas en disfrutar y gozar la más maravillosa y grandiosa hermosura que jamás pueda ser concebida, la Santísima Trinidad, y María Santísima. El alma humana fue creada para deleitarse en la belleza del Ser divino trinitario y en la Concepción Inmaculada de María Santísima, y este deleite lo experimentan los santos sin reservas, sin límites ni de espacio ni de tiempo, por los cielos infinitos, y por los siglos sin fin, para siempre.
La visión de la Santísima Trinidad y de María Santísima, que es lo que hace santo al santo, y lo que lo hace por lo tanto feliz o bienaventurado, hace que a cada instante –es solo un modo de decir, porque en el cielo no hay tiempo, por lo tanto, no hay instantes ni segundos ni nada parecido, solo eternidad-, experimenten gozos y alegrías imposibles de describir ni de imaginar; por cada segundo que pasa, se suceden para ellos explosiones interminables de infinito Amor divino; cada segundo que pasan en el cielo, se ve colmado de gritos de alegría e interminables éxtasis de felicidad; la visión beatífica del Ser trinitario y de María Santísima les lleva a danzas festivas, a cantos de alabanzas, de gloria, de honor, al Cordero que los redimió, los lavó con su Sangre, y los hizo participar de su misma alegría infinita, y si bien tienen, para su gozo y disfrute eterno, cientos de miles de millones de mundos celestiales, creados para ellos por la Trinidad, y si bien se suceden para ellos colores, música celestial y aromas exquisitos, y si a todo esto, que no es más que un empezar de un maravilloso mundo sin fin, se le agrega la visión de los hermosísimos ángeles de luz, los santos no quieren desperdiciar, ni por un segundo, la visión que los colma de gozo y de alegría inimaginable, el Ser Trinitario y la Virgen María.
¿Qué hicieron los santos, para merecer tanta alegría, tanta dicha, tanto Amor, tanta paz, tanto gozo?
Vivieron las Bienaventuranzas, y así fueron "pobres de espíritu", porque prefirieron la riqueza de la Eucaristía a las riquezas materiales; fueron mansos, porque imitaron la mansedumbre de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; son bienaventurados porque, como signo de bendición divina, recibieron tribulaciones y por ellas lloraron, pero lo hicieron al pie de la Cruz, y jamás renegando del Salvador que se las enviaba; tuvieron "hambre y sed de justicia", porque no soportaban ver ultrajado el nombre de Dios; fueron misericordiosos, porque el prójimo más necesitado, material y espiritualmente, fue siempre su primera y más urgente ocupación;  fueron "puros de corazón", porque no solo rechazaron las impurezas de los apetitos carnales, sino que su deleite fue imitar la castidad de Jesús y de María; trabajaron por la paz, no como la da el mundo, sino la paz de Cristo, paz profunda del corazón, que asienta en un corazón contrito y humillado.
Pero además de vivir las Bienaventuranzas, fueron fieles a las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz de cada día y me siga” (Mt 16, 24. Los santos abrazaron la Cruz, fueron fieles a la gracia santificante, prefirieron la muerte del Calvario antes que la vida mundana, y porque siguieron al Cordero camino de la Cruz, ahora lo adoran por los siglos sin fin en los cielos.

miércoles, 27 de junio de 2012

San Expedito aplasta al demonio con la fuerza de la Cruz de Cristo



         Al detenernos a contemplar la imagen de San Expedito, observamos que, aplastado bajo su pie derecho, aparece un cuervo. Lejos de ser el simpático animalito que todos conocemos, se trata en realidad del Demonio, que se le apareció a San Expedito bajo la forma de cuervo.
         Ante esto, y como devotos del santo, nos podemos preguntar: ¿qué hace el Demonio, para ser aplastado por San Expedito?
         Para saberlo, analicemos brevemente el accionar del Demonio: ante todo, el Demonio, llamado por Jesús “Padre de la mentira”, hace creer que esta vida terrena es la única que hay, y que por lo tanto es para “disfrutar”, para “pasarla bien”, y para eso elabora todo un sofisticado sistema de seducción a través de los medios de comunicación. Es así como los entretenimientos y pasatiempos humanos se multiplican y se vuelven omnipresentes, como sucede por ejemplo con el fútbol: existen torneos de todo tipo –locales, provinciales, regionales, internacionales, mundiales- que se transmiten a toda hora y por numerosos canales de televisión. Lo mismo sucede con la moda, el espectáculo, el cine, la música –particularmente nocivas y demoníacas son la “música” cumbia y el rock-: sus ofertas, sobre todo por televisión, se multiplican casi al infinito, volviéndose más y más atractivas de manera particular los fines de semana, de manera tal que se instala en el común de la gente la idea de que el fin de semana –comenzando ya incluso desde el jueves- es para “divertirse” y “hacer fiesta”, dejando de lado por completo la idea del viernes como día penitencial que recuerda a la Pasión, del sábado como día para recordar a la Virgen en soledad por la muerte de su Hijo, y del Domingo como “Día del Señor”, es decir, como el día más importante de la semana, dedicado a conmemorar la resurrección de Jesucristo.
         Es así como cientos de miles y miles de niños y jóvenes, en nuestro país y en el mundo entero, han abandonado -o más bien, ni siquiera han adoptado nunca- el hábito de hacer oración, de leer la Biblia, de meditar, de leer vidas de santos y, por supuesto, de asistir a Misa dominical, todo lo cual supone un rotundo triunfo de las oscuras fuerzas del infierno. Esto se comprueba fácilmente: la gran mayoría de niños y jóvenes –y no tan jóvenes- conocen y aman más a Messi que a Jesucristo, y ante la opción de asistir a Misa en el mismo horario en el que juega la Selección, o el Barcelona, o cualquier equipo de fútbol conocido mediáticamente, la elección es por todos conocida: se prefiere al ídolo demoníaco del fútbol antes que a Jesús Eucaristía. Si se piensa que en el siglo pasado, el demonio exultó de alegría cuando difundiendo falsos rumores sobre la liberación de dos niños posesos hizo asistir en un día domingo, por curiosidad, a cientos de personas, y la causa de su alegría era haber inducido a que toda esa gente cometiera pecado mortal al faltar a la Santa Misa dominical, nos podemos imaginar fácilmente la alegría que experimenta en nuestros tiempos, cuando los estadios de fútbol, las salas de cines, los paseos de compras, están llenos los domingos, mientras que las iglesias están vacías.
         Otro engaño del Demonio, muy frecuente en estos días, y aparejado con esto que venimos diciendo, es la difusión de la creencia de que la Iglesia con sus sacramentos, principalmente la Eucaristía, no son necesarios para la salvación, ya que cada uno se puede salvar a sí mismo. Así se ve el abandono masivo de las confesiones y de las comuniones eucarísticas, o también comuniones sin confesiones previas.
         Otro engaño del Demonio consiste en presentar a los sentidos cosas que son malas y perversas, haciéndolas pasar por buenas, con el consiguiente daño no solo corporal, físico y mental, sino ante todo espiritual. Así es como todo lo malo se presenta como bueno: la droga, el aborto, las relaciones anti-naturales, el divorcio, el concubinato, la sensualidad en la moda y en el vestir, el poder, el dinero, la violencia, etc.
         Este el accionar del Demonio en nuestros días, esparciendo errores, mentiras, falsedades y engaños, para hacer caer a las almas en pecado mortal y poder arrastrarlas al infierno, como muestra de su insaciable odio a Dios.Y tiene mucho éxito en su empeño, según las apariciones de la Virgen María en Fátima, en donde les muestra a los pastorcitos las almas que caen en el infierno, "como las hojas de los árboles caen en otoño".
Como devotos de San Expedito, le pedimos a Él y a María Santísima, que intercedan ante Jesucristo, para que también nosotros, al igual que él, podamos aplastar al Demonio con la fuerza omnipotente de la Cruz del Salvador.

martes, 24 de enero de 2012

San Ildefonso y la defensa de la virginidad de María



         En momentos en que, dentro y fuera de la Iglesia, se piensa, se habla, se escribe, en contra de la virginidad de María, debemos recurrir a San Ildefonso para afianzarnos y fortalecernos en la fe en la Madre de Dios. No es intrascendente sostener esta verdad o no: si María no fue Virgen, si Ella no fue la Madre de Dios, entonces Jesús no es Dios Hijo en Persona, porque Dios no podía nacer en un seno materno en el que se hubiera dado cabida al pecado, al mal, al error, a la ignorancia. Sería algo equivalente a derramar agua cristalina en un recipiente de cristal, limpio, pero en cuyo fondo hay lodo; el agua se contamina con el barro y se vuelve impura. Esto no quiere decir que Jesús, siendo Dios, si se hubiera encarnado en una mujer que no hubiera sido virgen ni concebida en gracia, como María Santísima, hubiera contaminado su divinidad, porque eso es imposible, pero sí habría sido algo contrario a la dignidad de su divinidad. Porque el fruto de la concepción de María es Dios, es que María debía ser Virgen y Llena de gracia, porque sólo así podía encarnarse Aquel que es el Cordero Inmaculado y la Gracia Increada misma.
         El ataque a la Virgen y a Jesús, en la negación de su condición de Virgen, es en el fondo un ataque a la Iglesia, porque la Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia. Si la Virgen no fue Virgen, si Ella nació con el pecado original; si Jesús fue concebido como un hombre más entre otros, entonces la Iglesia no concibe en su seno virginal, por el poder del Espíritu Santo, a Jesús en la Eucaristía, y tanto la Iglesia como la Eucaristía son inventos de hombres. Esta es la importancia de defender la verdad acerca de María Virgen y Llena de Gracia.
Dice así San Ildefonso contra los que calumnian a la Madre de Dios, negando su virginidad, y por lo tanto, negando también su condición de Llena de gracia: “¿Qué osas decir, caos de locura, de aquella morada de Dios, de aquella corte del Rey de las victorias, clarísima con el brillo del pudor, de aquel palacio del Emperador de las cosas celestiales y asiento gloriosísimo de Aquel a quien no pueden comprender la plenitud y la diversidad de los lugares? ¿El tronco de la vida daría ramas de muerte? ¿El huerto cerrado en que brotó la flor de la peregrina virginidad habría de producir abrojos y serpientes? ¿De la fuente de la vida, sellada con el parto virginal, manaría el cieno de la impureza?”.
Lo mismo que dice San Ildefonso, lo podemos decir nosotros a quien le niega a la Iglesia su condición de Esposa mística del Cordero de Dios.
        

ORACIÓN A MARIA

De San Ildefonso de Toledo
(del Libro de la perpetua virginidad de Santa María)

A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios. Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.


Me humillo ante la única que es madre de mi Señor. Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo me permitas consagrarme a ti y a Dios, ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo, servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como madre de nuestro Creador; a Él como Señor de las virtudes y a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a Él como a Dios y a ti como a Madre de de Dios. 

Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor. 

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!: creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnaciòn; hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas; amar en tu Madre aquello que tu llenes en mi con tu amor; servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti; vivir bajo su gobierno en tal manera que sepa que te estoy agradando y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios, consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen; los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella, tampoco glorificáis como Dios a mi Señor. No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; los que no rendís honor a la Madre del Señor con la excusa de honrar a Dios su Hijo. 

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella; para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mi de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre. 

Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor; lo que se da a la Madre redunda en el Hijo; lo que recibe la que nutre termina en el que es nutrido, y el honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora, canto mi alegría a la Madre del Señor, exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

Porque gracias a la Virgen yo confio en la muerte de este Hijo de Dios y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua, ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad
por los siglos de los siglos. 

Amén.