San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.

lunes, 10 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza del Adviento



         Contemplando al Niño de Belén, el Mesías, que ha venido para cancelar la deuda que el hombre tenía para con Dios, Isaías dice: “¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados”. El Niño Dios, nacido en Belén, ha venido para cancelar definitivamente la deuda que toda la humanidad había contraído con Dios a causa del pecado original; con su Sangre, que será derramada en la Cruz, la culpa del hombre ha sido perdonada, y esto es motivo de consuelo y de alivio para el Pueblo de Dios, porque ya no pesa más sobre él la pesada mano de la Justicia divina; con el Niño de Belén, Dios ha retirado la mano de su Justicia, y le ha tendido su mano abierta, la mano que ofrece el perdón, la paz y la reconciliación.
Para recibir a este Niño Dios, que trae la paz y el perdón de Dios; para recibir a este Niño que es el perdón divino encarnado porque es la misericordia divina materializada, el hombre necesita purificar su corazón, porque el Ser trinitario del Niño de Belén es puro, purísimo, inmaculado, perfectísimo, y delante de Él no puede comparecer un corazón turbio, con doblez, con imperfecciones, con impurezas, y es por esto que Isaías pide enderezar senderos, rellenar valles y abajar montañas, es decir, convertir el corazón, para comparecer delante de nuestro Dios, y para contemplar su gloria, que se hace visible, como un Niño, para Navidad: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.
Pero también Isaías anuncia que la llegada del Mesías, con su gracia santificante, “hace nuevas todas las cosas”, y la primera cosa que hace nueva es el hombre mismo, que sin Dios es como la hierba, que por la mañana está fresca, y por la tarde se seca; el hombre sin Dios y sin su gracia, es como la flor de los campos, que por la mañana está fresca y floreciente, pero al atardecer se pone marchita y mustia; el hombre en la tierra, lugar de destierro, su paso por ella, y los días de su existencia, son como la hierba que a la madrugada está verde y rozagante, pero con el paso del día y el calor del sol se va marchitando hasta secarse por completo: así es el hombre, que en su juventud está sano y vigoroso, y su musculatura y sus huesos son fuertes, pero a medida que pasan los años declina cada vez más, hasta llegar a la época de la senectud en que perece: “Una voz dice: ‘¡Proclama!’. Y yo respondo: “¿Qué proclamaré?”. (Proclama que) “Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos: la hierba se seca, la flor se marchita cuando sopla sobre ella el aliento del Señor. Sí, el pueblo es la hierba.
Si el hombre y sus días en la tierra es como “hierba que se marchita”, porque camina, desde que nace, hacia la muerte, no es así el Mesías, el Niño de Belén, la Palabra de Dios hecha Niño, porque Dios es eterno, Él es su misma eternidad: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. La Palabra de Dios, encarnada en el Niño de Belén, es eterna, estable, inmutable, y aunque existe desde la eternidad, es por siempre joven y fresca, como agua cristalina y pura, y ha venido para comunicar al hombre marchito y perimido de esta su juventud divina, para que el hombre que envejece en la tierra sea para siempre, eternamente joven en el cielo. 
Es este el mensaje que la Iglesia –y por lo tanto, todo bautizado- debe transmitir en Adviento, el mismo mensaje que anunciaba Isaías al Pueblo Elegido: señalar a los hombres, “con toda la fuerza de la voz”, “sin temor”, desde lo alto de las montañas, desde lo alto del cielo, desde los satélites creados por el hombre, a toda la tierra, a los hombres que habitan en la tierra, a los que vuelan por el espacio, a los que viajan bajo tierra, a los que surcan los océanos y bucean en las profundidades del mar, que nuestro Dios, el Dios Salvador, está ahí, en el Pesebre de Belén, en la pequeña humanidad de un pequeño Niño recién nacido; en Adviento, la Iglesia –y todo bautizado- grita al mundo, con toda la potencia de su voz, señalando al Niño del Pesebre: “¡Aquí está nuestro Dios!”. Es esto lo que Isaías quiere decir cuando dice: “Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!”.