San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

sábado, 17 de octubre de 2020

San Ignacio de Antioquía

 


         Vida de santidad[1].

         Ignacio, segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquía, fue condenado a morir devorado por las fieras. Para ese fin, fue trasladado a Roma y allí, bajo el imperio de Trajano, recibió la corona de su glorioso martirio el año 107. En su viaje a Roma escribió siete cartas, dirigidas a varias Iglesias, en las que trata sabiamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana.

         Mensaje de santidad[2].

         Para comprender el sentido de las palabras de la siguiente carta de San Ignacio, hay que entender en el contexto en que fue escrita: la escribió camino de su martirio y en ella, lejos de pedir a los fieles que intercedieran ante las autoridades para que lo liberen, les suplica que no lo hagan y que lo dejen ir al martirio, para así dar testimonio de Cristo e ingresar en el Reino de Dios. Analicemos brevemente su carta.

         Dice así: “Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios”. San Ignacio dice que “morirá de buena gana por Dios”; que es “trigo de Dios y que ha de ser molido por los dientes de las fieras” y que no lo impidan, puesto esto –ser devorado por las fieras- le hará posible “alcanzar a Dios”. Mientras en otras religiones hay que matar a los infieles para alcanzar la felicidad del cielo, en el catolicismo hay que entregar la propia vida como testimonio del Reino de Dios y su Cristo.

Luego continúa: “De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en si entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mi, sabiendo cuál es el deseo que me apremia”. Aquí se ve cómo San Ignacio desprecia profundamente este mundo, al tiempo que anhela, con todas sus fuerzas, morir a esta vida terrena para vivir en la vida eterna, pues “todo su deseo está puesto en Cristo Jesús”. Morir será, para él, el “nacer a la Vida eterna” y por eso pide que no se opongan a ello.

Prosigue: “El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: “Ven al Padre”. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. Afirma que si alguien se interpone en su martirio, aun con la mejor de las intenciones, en realidad está secundando el trabajo del Demonio, quien precisamente no quiere que muera mártir: “el Príncipe de este mundo pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios (…) que nadie lo ayude”. Ya no tiene ningún deseo terreno; se han apagado en él todos los fuegos de la concupiscencia y sólo siente una voz celestial que lo llama y le dice: “Ven al Padre”. Sólo desea alimentarse de la Eucaristía, “el Pan de Dios, la carne de Jesucristo” y “la bebida de su Sangre”, que es el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

Por último, concluye así: “No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido”. San Ignacio ya no desea “vivir la vida terrena”, porque desea vivir en la Vida eterna, en compañía de Jesucristo y para eso desea que se cumpla el martirio; de parte de sus discípulos, si no se oponen al martirio, eso será señal de que lo aman. Finalmente, al escribir esta última carta deseando el martirio en nombre de Cristo, lo hace movido “no por criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios”.

Le pidamos a San Ignacio que también nosotros no sólo despreciemos este mundo y sus placeres, sino que deseemos ardientemente morir en gracia para alcanzar el Reino de los cielos.

 



[2] De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos, Cap. 4. 1-2; 6, 1--8, 3: Funk 1, 217-223.

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Teresa de Ávila

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo caracterizado por dos extremos, un materialismo ateo y una espiritualidad pagana y anti-cristiana como la de la Nueva Era, Santa Teresa de Jesús nos deja un maravilloso mensaje de esperanza, no para esta vida, sino para la vida eterna. Analicemos brevemente el poema “Vivo sin vivir en mí”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero”. Santa Teresa vive, con la vida natural, pero no vive de ella y para ella, sino para otra vida, la vida eterna y es “tan alta” esta vida eterna en Cristo Jesús, que aunque viva con esta vida terrena, vive ansiando la muerte, para vivir eternamente con Cristo: “Muero porque no muero”.

“Esta divina unión/del amor con que yo vivo/hace a Dios ser mi cautivo/y libre mi corazón;/mas causa en mí tal pasión/ver a Dios mi prisionero,/que muero porque no muero”. Es un dogma de fe que Dios Trinidad, por la gracia, vive, inhabita, en el alma en gracia y a eso se refiere Santa Teresa cuando dice que “por el amor Dios vive cautivo en su corazón” y ese vivir de Dios Trino en su corazón, por la gracia y el amor, le causa tal ardor de amor, que se impacienta por no morir, para empezar a gozar de la visión beatífica: “Muero porque no muero”.

“¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida/me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, comparada con la hermosura inimaginable de la vida eterna en el Reino de los cielos, es como “una cárcel”, “unos hierros”, que se hacen “largos” porque el alma que contempla la vida futura en compañía del Cordero, no ve la hora en que llegue su muerte terrena, para alcanzar la vida eterna.

“¡Ay! ¡Qué vida tan amarga/do no se goza el Señor!/y si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga;/quíteme Dios esta carga/más pesada que el acero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, además de ser una “cárcel” y unos “hierros”, es “amarga”, porque no se puede gozar, mientras estemos en la tierra, de la dulzura del Ser divino trinitario y de la contemplación en el Amor de Dios del Cordero; por eso, si bien se atenúa un poco la amargura por el amor que se puede tener a Dios, aun así, “la esperanza es larga”, esto es, la esperanza de morir cuanto antes a esta vida terrena para empezar a gozar de la Trinidad, hace que esta vida se vea como muy larga, y por eso el alma “muere porque no muere”.

“Sólo con la confianza/vivo de que he de morir,/porque, muriendo, el vivir/me asegura mi esperanza;/muerte do el vivir se alcanza,/no te tardes que te espero,/que muero porque no muero”. El alma que desea contemplar cara a cara a Dios Trino “muere porque no muere”, pero hasta que eso suceda, vive con la confianza que algún día ha de morir y que la muerte terrena significará, para el alma que vive en gracia, el comienzo de la vida eterna, de la bienaventuranza sin fin y por eso le dice a la muerte que “no tarde” y que hasta tanto, “muere porque no muere”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero. Amén”. El alma que ama a Dios vive en esta vida terrena, pero no vive en sí ni para sí, sino que vive en Dios, por Dios y para Dios y espera “tan alta vida” en el Reino de los cielos”, que “muere porque no muere”.

Imitemos a Santa Teresa de Ávila y vivamos en esta vida deseando morir para vivir la vida eterna; mientras tanto, recibamos de esa vida eterna que se nos da, como un anticipo, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús vive para darnos su Vida Eterna.

 



[1] http://oraciondelashoras.blogspot.com/

domingo, 27 de septiembre de 2020

Santos Ángeles Custodios

 


          Los Ángeles, seres espirituales puros, fueron creados por Dios con el fin de conocerlo, amarlo y servirlo, que es el mismo fin para el cual fue creado el hombre. Lo que sucedió fue que, después de su creación y antes de que pudieran contemplar por sí mismos la Divina Esencia, los Ángeles fueron puestos a prueba, es decir, debían elegir, al ser seres libres, entre amar y servir a Dios, o no, es decir, debían elegir entre cumplir el fin para el cual fueron creados, o no. Muchos ángeles se decidieron por Dios y por eso pasaron la prueba y ahora están, por la eternidad, contemplando su gloria, amándolo y adorándolo; pero muchos otros ángeles, con Satanás a la cabeza, se rebelaron contra Dios y decidieron no cumplir el fin para el cual fueron creados, con lo que fueron expulsados del Cielo para siempre, siendo condenados al Infierno, lugar creado especialmente para ellos.

          Nuestra vida terrena es lo que para los ángeles fue la prueba, es decir, nuestra vida terrena es también una prueba, para que nos decidamos por Dios o contra Dios; para eso es que vivimos, unos más y otros menos, en esta tierra. A diferencia de los ángeles, nosotros estamos sometidos al paso del tiempo, a un antes y un después, y en el tiempo sobrevienen las tentaciones, pruebas y tribulaciones, que pueden alejarnos o acercarnos a Dios, según cómo las vivamos. Para que esta vida terrena, que es una prueba para el Cielo, pueda ser superada por nosotros, Dios dispuso, en su Divina Providencia, que desde que somos concebidos en el seno materno, dispongamos de un Ángel de la Guarda, el cual no sólo nos ayudará a evitar toda clase de peligros y no sólo nos ayudará incluso en nuestras tareas domésticas, sino que, lo más importante de todo, nos enseñará y ayudará a que siempre elijamos a Dios Trino en nuestras acciones, de manera que vivamos en gracia y así, al final de la vida terrena, seamos conducidos al Reino de los cielos, para contemplar a la Trinidad y al Cordero por los siglos sin fin. Acudamos siempre a nuestros Santos Ángeles Custodios, para que no solo tengamos en nuestra mente y corazón a Dios Trino, sino también en las obras libres que hagamos, de modo que merezcamos vivir la vida eterna en compañía de la Virgen, de los Ángeles y de los Santos en el Cielo.


Santa Teresita del Niño Jesús


 

          Vida de santidad[1].

          Santa Teresita del Niño Jesús (o de Lisieux), nació el 2 de enero de 1873 en Francia, hija de un relojero y una costurera de Alençon. En 1877, cuando Teresita tenía cuatro años, murió su madre; a su vez, su padre enfermó, perdiendo el uso de la razón. Sólo la recuperó brevemente, por unos instantes, antes de morir, para decirle a Santa Teresita: "Nos vemos en el Cielo". Estando en el convento como profesa, Teresita se enfermó de tuberculosis, y como su deseo era el de misionar en Indochina pero su salud no se lo permitió, fue nombrada, luego de su muerte, como Patrona de las misiones. Sufrió mucho los últimos 18 meses de su vida: fue un período de mucho sufrimiento corporal y de grandes pruebas espirituales. En junio de 1897 fue trasladada a la enfermería del convento, de la que ya no volvió a salir. A partir de agosto ya no podía recibir la Comunión debido a su enfermedad y murió el 30 de Septiembre de ese año. Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925.

          Mensaje de santidad.

Una Navidad, tuvo la experiencia mística a la que ella llamó su “conversión”: según ella misma narra, a la hora de haber nacido el Niño Dios, experimentó que la oscuridad de su alma se disipaba por la llegada de un río de luz sobrenatural. Santa Teresita afirma que Dios se había hecho débil y pequeño por amor a ella, para hacerla fuerte y valiente. Al año siguiente, Teresita le pidió permiso a su padre para entrar al convento de las carmelitas y él dijo que sí. Su deseo era llegar a la cumbre del monte del amor y para ello, Teresita se esmeró en cumplir con las reglas y deberes de los carmelitas. Oraba con un inmenso fervor por los sacerdotes y especialmente por los misioneros. 

Se sometió a todas las austeridades de la orden, menos al ayuno, ya que era delicada de salud y sus superiores se lo impidieron. Entre las penitencias corporales, la más dura para ella era el frío del invierno en el convento. Pero ella decía: “Quería Jesús concederme el martirio del corazón o el martirio de la carne; preferiría que me concediera ambos”. Y aunque sufría en el cuerpo y en el espíritu, un día exclamó: “He llegado a un punto en el que me es imposible sufrir, porque todo sufrimiento es dulce”. En definitiva, Santa Teresita del Niño Jesús es conocida en la Iglesia porque nos enseña un camino para llegar a Dios: la sencillez del alma, que implica la infancia espiritual (lo cual no quiere decir que el alma deba hacer niñerías). ¿En qué consiste este camino? En hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días, lo cual implica obrar la misericordia con todos los que nos rodean, incluidos aquellos que pueden ser nuestros enemigos. El secreto según Santa Teresita es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, que es nuestro Padre celestial y ser, ante Él, como niños, independientemente de la edad cronológica que tengamos, recordando las palabras de Jesús: "El que no se haga como niño, no podrá entrar en el Reino de los cielos", y recordando también que la verdadera infancia espiritual la da la gracia santificante y no la edad cronológica. La infancia espiritual que propone Santa Teresita implica tener la actitud inocente del niño que ama a sus padres, es decir, amar a Dios así como el niño ama a sus padres: los ama por amar, por el solo hecho de ser padres, aun sin esperar nada a cambio: así debe ser nuestro amor a Dios. Esto es a lo que ella llama su “caminito” para llegar al Cielo. Es el camino de la infancia espiritual, un camino de confianza y entrega absoluta a Dios, así como un niño pequeño se entrega en los brazos de su padre o de su madre. Podemos agregar que un modo de llegar a esta infancia espiritual, es contemplar la vida de Nuestro Señor y principalmente su Encarnación, siendo Dios Hijo y luego su anonadamiento en la Eucaristía, en donde se oculta en el esplendor de su gloria, para ingresar en nuestras almas por la comunión y comunicarnos la infancia espiritual. Así como Dios Hijo es humilde y se anonada siendo Dios para entrar en nuestros corazones por la Comunión Eucarística, así nosotros debemos imitarlo, en su humildad, sencillez y pequeñez, y anonadarnos, para hacernos como niños, espiritualmente hablando, y abandonarnos en las manos de nuestro Padre Dios.





San Jerónimo

 


          Vida de santidad[1].

          Eusebio Hierónimo, también llamado San Jerónimo de Estridón; Estridón, actual Croacia, hacia 374 - Belén, 420. Padre y doctor de la Iglesia especialmente recordado como autor de la Vulgata, una célebre traducción al latín de las Sagradas Escrituras destinada a tener una amplísima difusión más allá incluso de la Edad Media. Combatió las herejías de Orígenes y Pelagio, y mantuvo también una extensa correspondencia en la que defendió los ideales de la vida ascética.

          Mensaje de santidad[2].

          Además de su vida de santidad, su mensaje de santidad se encuentra en algunos de sus dichos, referidos a la Sagrada Escritura. Por ejemplo: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”, es decir, quien no lee las Escrituras, no conoce al Hombre-Dios Jesucristo.

Otra frase de San Jerónimo: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”. Muchos se creen y son doctos en las ciencias del mundo, pero quien desconoce a las ciencias por antonomasia, que son las Escrituras, que nos hablan de Cristo, en realidad no conocen nada, aunque hayan leído todos los libros del mundo.

San Jerónimo nos da un criterio para nuestra unidad en la Iglesia: debemos estar con aquellos que estén unidos a la Cátedra de Pedro: “Estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro”; “Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”.

San Jerónimo afirma que la Biblia, que es instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”.

Para San Jerónimo: leer la Escritura es conversar con Dios: “Si rezas -escribe a una joven noble de Roma- hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla”.

San Jerónimo da también criterios para interpretar en sentido católico la Biblia: “Un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia”. Es decir, si alguien se atreve a interpretar las Escrituras fuera del Magisterio de la Iglesia, a ese tal no hay que escucharlo.

Para leer las Sagradas Escrituras, debemos recurrir no a la luz de nuestra sola razón, sino a la luz del Espíritu Santo: “Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo”.

Para él, una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar “siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica”. Por eso, si alguna interpretación de la Biblia se aleja de la fe católica, entonces no hay que seguir esa interpretación.

La lectura de la Escritura lleva al alma a entregarse a los demás por medio de las obras de misericordia, es decir, la lectura de la Escritura no queda nunca en mera lectura, sino que se traduce en amor misericordioso: es necesario “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo”.

Para San Jerónimo, la Palabra de Dios “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad”. En otras palabras, sin las Sagradas Escrituras, el hombre está perdido, porque no sabe qué rumbo tomar ni adónde dirigir sus pasos para conseguir la vida eterna.

Por último, podemos parafrasear a San Jerónimo, que dice: "Desconocer las Escrituras -la Palabra de Dios- es desconocer a Cristo"; entonces, nosotros podemos decir: "Desconocer la Eucaristía es desconocer a Cristo, porque Cristo es la Palabra de Dios encarnada, oculta en apariencia de pan y vino".

 

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

 


          Los Ángeles son seres puramente espirituales, que carecen de una corporeidad material, como la nuestra. Junto con nosotros, los seres humanos, los Ángeles forman parte de la Creación de seres inteligentes creados por Dios al inicio de los tiempos. A diferencia de nosotros, carecen de cuerpo, pero a semejanza de nosotros, poseen inteligencia y voluntad y por eso son llamados “personas”. La Iglesia celebra a tres Arcángeles en particular, Miguel, Gabriel y Rafael, puesto que son los únicos nombrados en la Biblia -aunque hay muchísimos más- y porque intervinieron, de una forma u otra, en la historia de la salvación de Jesucristo. Es conveniente recordar que hay otros ángeles, creados buenos por Dios, pero que se hicieron malos por propia voluntad, al no querer cumplir el fin para el cual fueron creados, esto es, amar y servir a Dios Uno y Trino y al Verbo Encarnado. Hay que recordar también que estos ángeles caídos se disfrazan de ángeles de luz y es por eso que ahora circulan oraciones a ángeles caídos, que son demonios, que se hacen llamar “Uriel”, “Azrael”, etc. Hay que saber que a estos ángeles no hay que rezarles, porque si uno lo hace, le está rezando a demonios.

          Otro aspecto a tener en cuenta es que los Ángeles buenos como Miguel, Gabriel y Rafael, tienen muchos buenos consejos para darnos: al haber participado ellos en la batalla en los cielos, entre ángeles buenos y malos, los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael pueden, si nosotros se los pedimos en la oración, hablarnos de cómo es Dios Trino, de su Belleza, de su Amor, de su deseo de que todos habitemos algún día en el Cielo; también pueden compartirnos de su experiencia de cómo es luchar contra los ángeles de las tinieblas, de manera que nosotros tengamos conocimiento y la gracia suficiente para enfrentar a estos ángeles oscuros y, con la ayuda de Dios, salir triunfantes en la lucha. Porque toda esta vida se reduce a una cosa: a una batalla, que no se libra en los cielos, sino en nuestros corazones, por la conquista de nuestros corazones, sea por Dios Trino y sus ángeles y santos, sea por el Demonio y los ángeles caídos que lo siguieron. Si queremos, al final de la vida terrena, ser llevados al Reino de los cielos, para servir, amar y adorar a Dios Uno y Trino y al Cordero por la eternidad, entonces invoquemos con frecuencia a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael; así, acompañados por ellos en la tierra, adoraremos al Cordero por la eternidad en los cielos.