San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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domingo, 27 de septiembre de 2020

Santa Teresita del Niño Jesús


 

          Vida de santidad[1].

          Santa Teresita del Niño Jesús (o de Lisieux), nació el 2 de enero de 1873 en Francia, hija de un relojero y una costurera de Alençon. En 1877, cuando Teresita tenía cuatro años, murió su madre; a su vez, su padre enfermó, perdiendo el uso de la razón. Sólo la recuperó brevemente, por unos instantes, antes de morir, para decirle a Santa Teresita: "Nos vemos en el Cielo". Estando en el convento como profesa, Teresita se enfermó de tuberculosis, y como su deseo era el de misionar en Indochina pero su salud no se lo permitió, fue nombrada, luego de su muerte, como Patrona de las misiones. Sufrió mucho los últimos 18 meses de su vida: fue un período de mucho sufrimiento corporal y de grandes pruebas espirituales. En junio de 1897 fue trasladada a la enfermería del convento, de la que ya no volvió a salir. A partir de agosto ya no podía recibir la Comunión debido a su enfermedad y murió el 30 de Septiembre de ese año. Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925.

          Mensaje de santidad.

Una Navidad, tuvo la experiencia mística a la que ella llamó su “conversión”: según ella misma narra, a la hora de haber nacido el Niño Dios, experimentó que la oscuridad de su alma se disipaba por la llegada de un río de luz sobrenatural. Santa Teresita afirma que Dios se había hecho débil y pequeño por amor a ella, para hacerla fuerte y valiente. Al año siguiente, Teresita le pidió permiso a su padre para entrar al convento de las carmelitas y él dijo que sí. Su deseo era llegar a la cumbre del monte del amor y para ello, Teresita se esmeró en cumplir con las reglas y deberes de los carmelitas. Oraba con un inmenso fervor por los sacerdotes y especialmente por los misioneros. 

Se sometió a todas las austeridades de la orden, menos al ayuno, ya que era delicada de salud y sus superiores se lo impidieron. Entre las penitencias corporales, la más dura para ella era el frío del invierno en el convento. Pero ella decía: “Quería Jesús concederme el martirio del corazón o el martirio de la carne; preferiría que me concediera ambos”. Y aunque sufría en el cuerpo y en el espíritu, un día exclamó: “He llegado a un punto en el que me es imposible sufrir, porque todo sufrimiento es dulce”. En definitiva, Santa Teresita del Niño Jesús es conocida en la Iglesia porque nos enseña un camino para llegar a Dios: la sencillez del alma, que implica la infancia espiritual (lo cual no quiere decir que el alma deba hacer niñerías). ¿En qué consiste este camino? En hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días, lo cual implica obrar la misericordia con todos los que nos rodean, incluidos aquellos que pueden ser nuestros enemigos. El secreto según Santa Teresita es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, que es nuestro Padre celestial y ser, ante Él, como niños, independientemente de la edad cronológica que tengamos, recordando las palabras de Jesús: "El que no se haga como niño, no podrá entrar en el Reino de los cielos", y recordando también que la verdadera infancia espiritual la da la gracia santificante y no la edad cronológica. La infancia espiritual que propone Santa Teresita implica tener la actitud inocente del niño que ama a sus padres, es decir, amar a Dios así como el niño ama a sus padres: los ama por amar, por el solo hecho de ser padres, aun sin esperar nada a cambio: así debe ser nuestro amor a Dios. Esto es a lo que ella llama su “caminito” para llegar al Cielo. Es el camino de la infancia espiritual, un camino de confianza y entrega absoluta a Dios, así como un niño pequeño se entrega en los brazos de su padre o de su madre. Podemos agregar que un modo de llegar a esta infancia espiritual, es contemplar la vida de Nuestro Señor y principalmente su Encarnación, siendo Dios Hijo y luego su anonadamiento en la Eucaristía, en donde se oculta en el esplendor de su gloria, para ingresar en nuestras almas por la comunión y comunicarnos la infancia espiritual. Así como Dios Hijo es humilde y se anonada siendo Dios para entrar en nuestros corazones por la Comunión Eucarística, así nosotros debemos imitarlo, en su humildad, sencillez y pequeñez, y anonadarnos, para hacernos como niños, espiritualmente hablando, y abandonarnos en las manos de nuestro Padre Dios.





jueves, 12 de octubre de 2017

Santa Teresita del Niño Jesús y el camino de la infancia espiritual


         Podemos decir que Santa Teresita hace suyo el pedido de Jesús: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). En efecto, en una de sus obras, Santa Teresita escribe así: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. Para Santa Teresita, el camino al cielo es el camino de una “infancia espiritual”. Esto aparece como una contradicción con las enseñanzas del mundo, porque el mundo enseña, precisamente, en contra de toda inocencia, la madurez en todos los sentidos –corporal, física-, de manera tal que los que triunfan según el esquema del mundo, son aquellos que más prontamente han abandonado la infancia. Para el mundo, la infancia es un disvalor, o bien es un valor al cual hay que corromper lo antes posible, contaminándolo precisamente con las máximas mundanas, quitando cuanto antes todo lo que no sea del mundo. Para el mundo, cuanto antes se pierden las características de la infancia, tanto mejor es, pues las almas mundanas necesitan de una astucia de la cual carece la infancia.
         Ahora bien, ¿en qué consiste esta infancia espiritual? ¿Cómo es posible adquirirla, para aquellos que ya no son niños?
         Ante todo, la infancia espiritual, como camino espiritual que conduce al cielo, es decir, a la unión del alma con Dios Uno y Trino, no es sinónimo de “infantilismo”, ya que esto último no es más que una característica negativa de la infancia, en la que se destacan la inmadurez emocional, espiritual y afectiva, propia de todo niño.
         La “infancia espiritual” de Santa Teresita, como dijimos, está fundada sobre las palabras de Jesús: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. En la misma descripción de Santa Teresita ya hay un indicio acerca de en qué consiste: la describe como “camino de confianza y entrega absoluta”, obviamente, en Dios. En su camino hacia Dios, el alma debe entonces crecer en estas dos virtudes: confianza y entrega absoluta. Para darnos una idea de qué se trata, podemos contemplar a un niño recién nacido en su relación con su madre: movido por el amor filial, el niño confía en su madre y se abandona en sus brazos; todavía más, desea estar en brazos de su madre, si fuera posible, las veinticuatro horas del día. Así como el niño no solo no teme nada malo de su madre y por el contrario, solo se siente seguro y feliz entre sus brazos, de la misma manera el alma que ama a Dios debe abandonarse en sus brazos, tal y como lo hace un niño recién nacido y como lo hacen los niños, que solo esperan bondad y amor de sus madres, así el cristiano, abandonado filialmente en Dios, solo espera de Él lo que Él Es y puede y quiere dar, bondad y amor. El alma que ama a Dios experimenta respecto a Él el verdadero temor, que no es igual a miedo, ya que se funda en el amor, porque ama tanto a Dios, que el solo hecho de pensar que puede llegar a ofenderlo con un acto malvado de su parte, lo hace apartarse inmediatamente de este mal. La confianza en Dios se basa entonces en el amor a Dios: así como un hijo, al amar con toda su capacidad de amor a su madre, no quiere disgustarla en lo más mínimo y por ese motivo no solo evita el mal sino que en todo busca complacer a su madre, con toda clase de obras buenas, así también el alma que ama a Dios, movido por este amor, se aparta de todo mal y busca solo obrar el bien y la misericordia. No le basta con no disgustar a su Padre Dios, sino que desea ser de su agrado, y para ello obra siempre el bien, movido por la gracia.
         El otro interrogante relativo a la infancia espiritual es cómo adquirirla, puesto que quienes ya no están en la edad de la infancia, no pueden, obviamente, regresar a ella. Ante todo, no se trata de adquirir un comportamiento ficticio, anti-natural, en el sentido de pretender tener una edad que no se tiene –la ideología de género, perversión diabólica, sí lo hace-, sino de crecer –paradójicamente-, desde un estado de madurez espiritual, hasta un estado de infancia espiritual. Esto, que parece un contrasentido imposible, es posible para Dios, puesto que es su gracia la que concede la verdadera y única infancia espiritual necesaria para alcanzar el cielo. Por la gracia santificante, el alma –independientemente de su edad biológica, ya que puede ser un niño, un joven, un adulto, un anciano- se hace partícipe de la Inocencia, el Candor, la Pureza Increadas, que caracterizan el Alma glorificada del Señor Jesús. Es la Segunda Persona de la Divinidad, la que posee en sí misma las características propias de la niñez y en un grado infinito: pureza de cuerpo y alma, candor, inocencia, bondad, amor. Solo de esta manera, es decir, participando por la gracia de estas características del Ser divino trinitario que son propias de Jesús, el Hijo de Dios encarnado, puede el alma, a pesar de su edad biológica –puede ser un anciano- “ser como niño”, esto es, ser como el Niño Dios, como Dios que se hace Niño para que los hombres, crecidos en la concupiscencia, adquieran la inocencia y la pureza del Ser trinitario divino. Solo así el niño –aquel que es niño biológicamente- adquiere la madurez y la sabiduría celestial necesarias para crecer espiritualmente y estar así en grado de alcanzar el Reino de los cielos. Ser espiritualmente como niños recién nacidos, por la gracia santificante, es esto lo que Santa Teresita del Niño Jesús afirma cuando dice: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. Como niños recién nacidos, que descansan confiados y alegres en los brazos de su madre, así el cristiano, convertido en niño recién nacido por la gracia, se abandona confiado y con total amor en brazos de su Madre, la Virgen Santísima.


         

sábado, 1 de octubre de 2016

Santa Teresita del Niño Jesús y su camino para ir al cielo


Santa Teresita del Niño Jesús, proclamada Doctora de la Iglesia, propone un “camino” para ir al cielo: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. La Iglesia reconoce la enseñanza profunda y valiosa del “caminito” de Santa Teresita, que implica el aceptar nuestras propias limitaciones, y el dar de todo corazón –con amor- lo que tengamos, no importa lo pequeña que sea la ofrenda[1].
¿En qué consiste esta “infancia espiritual” de Santa Teresita? Escuchémoslo de la propia santa: “Mi constante deseo ha sido siempre llegar a santa, mas ¡ay! cuantas veces me he comparado con los santos, he constatado siempre que entre ellos y yo existe la misma diferencia que observamos en la naturaleza entre una montaña cuya cumbre se pierde en las nubes y el obscuro grano de arena, pisado por los viandantes”[2]. Santa Teresita se compara con los grandes santos, y constata que la diferencia entre ella y esos santos, es enorme. Sin embargo, esto no la desalienta: sostiene que, a pesar de su pequeñez, puede igualmente aspirar a la santidad y el modo es encontrar un “ascensor” que la conduzca hasta Jesús: “En vez de desalentarme, me he dicho: Dios no inspira deseos irrealizables; puedo, pues, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad. ¡Engrandecerme, es imposible! He de soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo. Estamos en un siglo de inventos; hoy día, no es menester ya fatigarse en subir los peldaños de una escalera; en las casas ricas hay un ascensor que lo sustituye con ventaja. Quiero también encontrar un ascensor para remontarme hasta Jesús, puesto que soy demasiado pequeña para subir por la ruda escalera de la perfección”. Santa Teresita utiliza dos figuras, para graficar la perfección espiritual que se desea alcanzar: una escalera –ardua para ella, en la que hay que ascender peldaño por peldaño- y un ascensor, por medio del cual, obviamente, se asciende de modo rápido a las cumbres de la perfección cristiana y sin prácticamente fatiga alguna, de igual manera a como alguien que, estando en la planta baja de un edificio, se traslada hasta la terraza del mismo en pocos segundos, usando el ascensor.
Escuchemos cómo nos refiere la Santa la manera cómo ella encontró este camino o ascensor que nos enseña, para que podamos subir hasta Jesús, aunque seamos pequeños y débiles en la virtud: “He pedido entonces, a los Libros Santos, que me indiquen el ascensor deseado, y he encontrado estas palabras pronunciadas por boca de la misma Sabiduría eterna: “Si alguno es pequeñito que venga a mí” (Prov 9, 4). Aquí hay un primer indicio, y es la pequeñez del alma. Luego dice: “Me he acercado, pues, a Dios, adivinando que había encontrado lo que buscaba y, al querer saber lo que hará Dios con el pequeñito, he proseguido buscando, y he aquí lo que he encontrado: ‘Como una madre acaricia a su hijito, así os consolaré yo: a mi pecho seréis llevados, y os acariciaré sobre mis rodillas’ (Is 66, 12-13)”. Buscando en las Escrituras cuál sería el “ascensor” que la llevara a la cumbre de la santidad, Santa Teresita encuentra que es la “pequeñez” del alma, y cuanto más pequeña sea el alma, tanto más alto llegará a la perfección de la santidad, porque estará en los brazos mismos de Dios, así como un niño, cuanto más pequeño, más cerca está del corazón de su madre, al estar entre sus brazos.
Continúa: “¡Ah!, nunca habían venido a alegrar mi alma unas palabras tan tiernas y tan melodiosas. El ascensor, que me ha de subir al cielo, son vuestros brazos, ¡oh, Jesús! Para esto, no tengo ninguna necesidad de crecer, antes, al contrario, conviene que continúe siendo pequeña y, cada día, lo sea más. ¡Oh Dios mío!, habéis ido más lejos de lo que yo esperaba, y quiero cantar vuestras misericordias: Vos me habéis instruido desde mi juventud, y hasta ahora he publicado vuestras maravillas: yo continuaré publicándolas hasta mi extrema vejez”. Pero a diferencia del niño, que a medida que pasa el tiempo crece, en la vida espiritual, no es necesario pasar a una edad adulta, sino que basta con permanecer siempre pequeños: “conviene que continúe siendo pequeña”.
Cuando se le preguntó a Santa Teresita qué es lo que significar en esta frase, la de “permanecer niño pequeño delante de Dios”, respondió así: “Es reconocer su nada, esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna. Hasta entre los pobres se da al niño lo que le es necesario pero en cuanto se hace mayor, su padre ya no quiere mantenerle más y le dice: “Trabaja ahora, tú te puedes ya bastar a ti mismo”. Para no oír jamás tales palabras, por eso no he querido ser nunca mayor, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del Cielo. Me he quedado siempre pequeña, no teniendo otra ocupación que la de coser flores, las flores del amor y del sacrificio y ofrecerlas al buen Dios para complacerle”. A diferencia del hombre que, a medida que crece, se independiza de sus padres porque adquiere progresivamente la capacidad de ganarse el sustento de la vida diaria por sí mismo, en la infancia espiritual de Santa Teresita esto no es necesario; por el contrario, permaneciendo siempre pequeños, se está siempre dependiendo del Amor y de la Vida de Dios, así como el niño pequeño depende de su madre para alimentarse y vivir.
Pero “ser pequeño” delante de Dios, implica humildad del alma, la cual, lejos de ensoberbecerse por sus cualidades o virtudes, atribuyéndoselas a sí mismo, no se envanece por nada de esto, pues todo adelante en la vida de perfección lo atribuye a Dios: “Ser pequeño, es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que uno practica, creyéndose capaz de alguna cosa, antes bien reconocer que el buen Dios pone este tesoro de la virtud en la mano de su pequeño hijo para que se sirva de él cuando lo necesite; pero siempre es el tesoro del buen Dios”. También consiste en no desanimarse por las faltas, pues a los niños pequeños les sucede que caen a menudo en su intento de aprender a caminar, siendo sostenidos en todo momento por el amor materno y paterno: “En fin, es no desanimarse poco ni mucho por sus faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño”. Es decir, la humildad implica reconocer que somos débiles y fallamos y caemos, pero, al igual que un niño pequeño, que en su aprendizaje del caminar, cae con frecuencia y se levanta porque lo mueve el amor de su madre hacia la cual se dirige, así también sucede con el alma que ama a Dios y que, a pesar de eso, cae con mayor o menor frecuencia. Es parte de la humildad de la infancia espiritual el aceptarse en las debilidades, aunque eso implica también la lucha para corregirlas.
Para Santa Teresita, la infancia espiritual es la misma perfección y santidad, que no consiste en prácticas de virtudes, sino en la disposición del corazón para, desde la pequeñez del corazón, amar a Dios con toda la capacidad de amor de la que se sea capaz, no importando lo pequeña que sea esa capacidad: “La santidad no consiste en tal o cual práctica; consiste en una disposición del corazón, que nos hace humilde y pequeño, en manos de Dios, consciente de nuestra debilidad y confiado, hasta la audacia, en su bondad de Padre”.
La infancia espiritual, en el concepto de Santa Teresita, significa que hemos de tener en nuestro corazón un vivo sentimiento y un claro conocimiento de nuestra debilidad, lo cual ha de hacernos humildes y pequeños en manos de Dios. Pero, además, hemos de conocer y sentir igualmente, en nuestro corazón, la inmensa bondad paternal de Dios; hemos de confiar en Él hasta la audacia, y para confiar en Él, hace falta amor. La infancia espiritual, entonces, consiste en humildad, confianza en el Amor de Dios y amor a Dios, porque la confianza y el abandono en Dios es tanto mayor, cuanto más se lo ama. Es por esto que el Papa Benedicto XV decía que la infancia espiritual está formada de confianza en Dios y de abandono absoluto en sus manos.
Según este Papa, la infancia espiritual excluye la soberbia de pensar que, por nosotros mismos, podemos alcanzar el fin sobrenatural de la santidad: “La infancia espiritual -dice este Papa­ excluye de hecho el sentimiento soberbio de sí mismo, la presunción de conseguir, por medios humanos, un fin sobrenatural y la engañosa pretensión de bastarse a sí mismo, en la hora del peligro y de la tentación. Por otra parte, supone una fe viva en la existencia de Dios, un práctico homenaje a su poder y a su misericordia, un confiado recurso en la providencia de Aquel que nos da la gracia, para evitar todos los males y obtener todos los bienes. Así, las cualidades de esta infancia espiritual son admirables, lo mismo si se miran en su aspecto negativo que si se estudian en su aspecto positivo y, entonces se comprende que Nuestro Señor Jesucristo la haya indicado como condición necesaria, para obtener la vida eterna”. Así se comprenden las palabras del Señor: “El que no se haga como niño, no puede entrar en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). La infancia espiritual es así el comienzo y la consumación de la santidad: el comienzo, porque Jesús nos dice que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos, y la consumación, porque Él mismo nos dice que el que se humille como un pequeño, éste será el mayor en el reino de los cielos”[3].
Bien podemos decir que es la voz de nuestra Santa Madre Iglesia la que nos propone solemnemente la infancia evangélica, tal como la entendió, propuso y practicó Santa Teresita.
El papa Pío XI, que beatificó y canonizó a Santa Teresita, dijo así en la homilía del día de la canonización: “Como le preguntasen sus discípulos quien sería el mayor en el reino de los cielo, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo estas memorables palabras: En verdad os digo que si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. La nueva Santa Teresa se penetró de esta doctrina y la trasladó a la práctica cotidiana de su vida. Más aun, ella, con sus palabras y con sus ejemplos, enseñó a las novicias de su monasterio este camino de la infancia espiritual, y lo reveló a todo el mundo, con sus escritos (…) Esta cándida niña (Santa Teresita) copió en si misma la imagen viviente del Niño Jesús; y así podemos afirmar que quienquiera que venere a Teresa, venera, al mismo tiempo, al divino Modelo, que ella reproduce”.
El Papa –y por eso, la voz de la Iglesia- desea que los cristianos tengamos “avidez” por conseguir esta infancia espiritual, que consiste en sentir y obrar como un niño, con su inocencia y su confianza en su padre o madre: “Por esto hoy, Nos concebimos la esperanza de ver nacer, en las almas de los fieles de Cristo, como una santa avidez de adquirir esta infancia evangélica, la cual consiste en sentir y obrar, bajo el imperio de la virtud, tal como siente y obra un niño llevado de su natural”.
El Papa Pío XI nos anima a seguir el camino de Santa Teresita, es decir, a ser como niños, en el aspecto de inocencia que estos tienen porque, a pesar de estar afectados por el pecado original, en la niñez –sobre todo en la primera infancia- se conserva la inocencia en su estado más puro, y la razón última de este “ser niños” está en el consejo del mismo Jesús: “De la misma manera que los niños pequeños, a los cuales ninguna sombra de pecado ciega, ni ninguna concupiscencia de pasiones mueve, gozan de la tranquila posesión de su inocencia, e, ignorando toda malicia y disimulo, hablan y obran según piensan, y se revelan en su exterior tal como son en realidad, de la misma manera, Teresa aparece más angélica que humana y dotada de una sencillez de niña, en la práctica de la verdad y de la justicia. La virgen de Lisieux tenía siempre presentes, en la memoria, estas invitaciones y estas promesas del divino Esposo: Si alguno es pequeño, que venga a Mí. Seréis llevados sobre mi pecho y acariciados sobre mis rodillas. Como una madre acaricia a sus hijos, así yo os consolaré”. Con estas palabras, Pío XI da la definición exacta de la infancia espiritual, cuando dice que esta consiste en “hacer por virtud sobrenatural lo mismo que hace el niño por natural sentimiento”.
Ahora bien, ser como niños, recorrer el camino de la infancia espiritual, no es lo mismo que ser infantiles: “Desde el fondo de su claustro (Santa Teresita) encanta al mundo con la magia de su ejemplo, ejemplo de santidad, que todos pueden y deben seguir. Porque todos han de entrar por este camino ­camino de una simplicidad de corazón, que no tiene de infantil más que el nombre­, por este camino de infancia espiritual, lleno de pureza, de transparencia de espíritu y de corazón, de amor irresistible, de la bondad, de la verdad y de la sinceridad. Y esta virtud de la infancia espiritual, que reside en la voluntad del alma tiene, como más bello fruto, el amor”. Aunque también podemos decir que la infancia espiritual el amor no solo es fruto, sino también su motor y la razón de su ser.
Por último, este camino de infancia espiritual es un camino seguro para la santidad, puesto que es la voz de la misma Iglesia, Esposa de Jesucristo –en la persona de los Papas y por el Magisterio eclesiástico-, quien nos propone el camino espiritual enseñado por Santa Teresita, como modo de seguir fielmente la doctrina evangélica del mismo Jesús.




[1] https://www.ewtn.com/therese/spanish/sp_therese1.htm
[2] Histoire d'une âme, c. IX, 153.
[3] http://www.mercaba.org/Espiritualidad/camino_de_la_infancia_espiritual.htm