San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 31 de julio de 2019

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus



         San Ignacio afirmaba que nuestros pensamientos podían provenir de tres fuentes distintas: de nosotros mismos, de Dios o del Demonio. ¿Cómo saber de dónde provienen? ¿Cómo distinguirlos a unos de otros? Para distinguir su procedencia, el santo aplicaba la siguiente regla: si los pensamientos tenían un origen bueno, un medio bueno y un fin bueno, era señal inequívoca que venía de Dios y por lo tanto había que aceptarlo sin más; si el pensamiento tenía un origen bueno, pero un medio malo y un fin malo, era señal que provenía, o de nosotros mismos, o del mal espíritu, es decir, del Demonio y por lo tanto, había que rechazarlos inmediatamente.
         Ahora bien, ¿cómo saber de qué manera hacer un buen discernimiento? San Ignacio propone las “Reglas de discernimiento”, para distinguir cómo operan el buen espíritu y el mal espíritu, para aceptar las buenas mociones y rechazar las malas y así elegir y proceder bien.
¿Cómo opera el buen  espíritu?[1] Existen dos reglas básicas, según San Ignacio:
1.ª regla: A las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el mal espíritu proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar deleites y placeres sensuales, para conservarlas y hacerlas prosperar en sus vicios y pecados; en estas personas el buen espíritu actúa del modo contrario, haciéndoles sentir remordimiento en su conciencia por medio de la razón.
2.ª regla. A las personas que van purificándose de sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor ven de bien en mejor, pasa lo contrario de la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, entristecer y poner impedimentos, inquietando con falsas razones, para que la persona no siga adelante; y propio del buen espíritu dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando las cosas y quitando todo impedimento, para que en el bien obrar proceda adelante.
¿Cómo opera el mal espíritu? Existen tres reglas básicas:
1.ª regla: el enemigo se hace como aquella persona que es violenta por inclinación pero que cede al que le hace frente. Esta persona al pelear con uno, huye cuando uno la enfrenta, pero si uno huye de aquella persona y comienza a desanimarse, la ira, venganza y ferocidad de la persona crecen sin medida. De la misma manera, el enemigo se caracteriza por mostrarse débil cuando uno se ejercita espiritualmente y enfrenta con firmeza las tentaciones haciendo lo diametralmente opuesto. Por el contrario, si uno tiene temor, no hay bestia tan fiera sobre la tierra como este enemigo, el que prosigue entonces su perversa intención de alejarnos de la voluntad de Dios con su inmensa maldad.
2.ª regla: el mal espíritu se hace también como un galán mentiroso que quiere ser secreto y no descubierto. Cuando éste habla con malas intenciones a la hija de un buen padre o a la mujer de un buen marido, quiere que sus palabras e insinuaciones queden secretas y se disgusta mucho si, al contrario, la hija habla a su padre o la mujer a su marido, descubriéndolo en sus mentiras porque sabe que no podrá continuar lo que emprendió. De esta misma manera, cuando el malo se acerca a una persona buena con astucias quiere que sus intenciones sean recibidas en secreto, pero cuando la persona las descubre a su confesor o a otra persona que sepa de los engaños del malo, se molesta mucho y huye.
3.ª regla: el mal espíritu se parece también a un caudillo, para dominar y robar lo que desea. Un caudillo, mirando las fuerzas y el dispositivo de defensa de una fortaleza, la ataca por su parte más débil. De la misma manera, el mal espíritu nos mira todas nuestras virtudes y donde encuentra la más débil, nos ataca.
         La regla de discernimiento de espíritus de San Ignacio es sumamente importante y necesaria y puede ser aplicada en todo momento y en todo tipo de asuntos, desde los menos hasta los más importantes. Si seguimos esta regla, estaremos seguros de que siempre cumpliremos la voluntad de Dios, pues es de Dios todo lo que comienza bien, sigue bien y termina bien. El discernimiento de espíritus es necesario, ante todo, para determinar cuál es el camino correcto para la salvación del alma, que es el buen y el mejor final de todo inicio de pensamiento.

martes, 31 de julio de 2018

San Ignacio de Loyola y la conquista del mundo para Cristo



Vida de santidad[1].

         San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos, en el límite con Francia. Sus padres, de familias muy distinguidas, eran Bertrán De Loyola y Marina Sáenz. San Ignacio entró a la carrera militar y ascendió a capitán, pero en 1521, a la edad de 30 años, sucedió un acontecimiento que cambiaría su vida para siempre. En una de las batallas contra los franceses, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona, por lo que la guarnición capituló. Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Allí le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja, provocando la admiración de los médicos. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo el tratamiento no resultó y quedó rengo para toda la vida.
En el período de convalecencia se produjo su conversión: mientras hacía el obligado reposo para curar sus heridas pidió que le llevaran libros de su género favorito de literatura, las novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que “La vida de Cristo” y el “Año Cristiano”, o sea un santoral, la historia del santo de cada día. Fue a través de esas lecturas que recibió San Ignacio la gracia de la conversión. Antes, mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción pero después quedaba con un sentimiento de tristeza y frustración. En cambio ahora al leer la vida de Cristo y las Vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Además de impresionarlo profundamente, San Ignacio se decía a sí mismo, a causa de estas lecturas sobre las vidas de los grandes santos: “¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron llegar a ese grado de santidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al grado que ellos alcanzaron?”. Y finalmente lo consiguió, porque San Ignacio llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica. En él se cumplió el dicho que dice: “Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás”.
Mientras estaba convaleciente, se le apareció una noche Nuestra Señora con su Hijo Santísimo y esa visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo. Apenas terminó su período de curación se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Monserrat, en donde concretó sus propósitos de cambiar de vida para Cristo: comenzó una vida de penitencia por sus pecados, dejó de lado sus vestidos lujosos y los cambió por unos mucho más sobrios, se consagró a la Virgen e hizo confesión general de toda su vida.
Luego se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Monserrat a orar y hacer penitencia y allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allá recibió la inspiración para escribir los Ejercicios Espirituales, que tanto bien habrían de hacer a la Iglesia a lo largo de los siglos.
Poco tiempo después entró en lo que se denomina “la noche oscura del alma”, que consiste en que, en vez de experimentar gozo y consuelo en la oración, experimentaba aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. Es un estado espiritual necesario para que el alma sepa que los consuelos son una gracia y que se debe buscar “al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”. Luego padeció otra enfermedad espiritual, llamada “escrúpulos”, que consisten en creer que todo es pecado.
Ahora bien, San Ignacio iba anotando todo lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha sabiduría espiritual para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Orando en Manresa adquirió lo que se llama “Discernimiento de espíritus”, que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuáles son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: “En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades”.
Luego de estudiar en Barcelona y en la Universidad de Alcalá, San Ignacio de Loyola fue acusado injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, aunque lo mismo había gente que estaba en contra suyo y que lo perseguía. Consideraba todos estos sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que fuera pagando sus pecados. Y exclamaba: “No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo”.
Se fue a París a estudiar en la Universidad de La Sorbona. Allá formó un grupo con seis compañeros doctorandos que se convertirían en el núcleo fundacional de la Compañía de Jesús. Ellos son: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez, Salnerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla.
Los siete hicieron votos o juramentos de ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de Agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se comprometieron a estar siempre, con la Compañía de Jesús, a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios. Luego fueron recibidos en Roma por el Papa Pablo III, quien autorizó sus respectivas ordenaciones sacerdotales. En Roma, San Ignacio se dedicó a predicar Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. A su vez, sus compañeros se dedicaron a dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a toda clase de personas. Se propusieron como principal oficio enseñar la religión a la gente. En 1540 el Papa Pablo III aprobó su comunidad llamada “Compañía de Jesús” o “Jesuitas”. El Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta su muerte. En Roma pasó todo el resto de su vida. Era tanto el deseo que tenía de salvar almas que exclamaba: “Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y hasta que se acabara mi comunidad, con tal de salvar el alma de un pecador”.
Fundó casas de su congregación en España y Portugal. Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas que envió a Inglaterra, veintidós murieron martirizados por los protestantes. Sus dos grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó a ser el más célebre catequista de aquél país. Recibió como religioso jesuita a San Francisco de Borja que era un rico político y gobernador en España. San Ignacio escribió más de 6 mil cartas dando consejos espirituales.
El Colegio que San Ignacio fundó en Roma llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios, para luego convertirse en la célebre Universidad Gregoriana. Los jesuitas fundados por San Ignacio llegaron a ser los más sabios y combativos adversarios de los protestantes y supieron combatir y detener en todas partes a la herejía protestante, que en esos tiempos –como en los nuestros- hacía estragos en el campo católico. San Ignacio les recomendaba que tuvieran mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que al mismo tiempo no descuidaran la formación católica al presentarse al combate contra los protestantes[2].
La obra espiritual más grandiosa de San Ignacio se titula: “Ejercicios Espirituales” y es lo mejor que se ha escrito acerca de cómo hacer bien los santos ejercicios y a su vez los Ejercicios son lo mejor para toda alma: para el que no se convirtió, para que se convierta; para el que ya está convertido, para que se enfervorice en el amor a Nuestro Señor y a la Santa Religión Católica.
Su lema era: “A la mayor gloria de Dios” (Ad Maiorem Dei Gloriam, AMDG). Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y pensamientos: A que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido. En los 15 años que San Ignacio dirigió a la Compañía de Jesús, esta pasó de siete socios a más de mil. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556 a la edad de 65 años. En 1622 el Papa lo declaró Santo y después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el mundo.

Mensaje de santidad.

La cosmovisión de San Ignacio de Loyola está plasmada en una de las meditaciones de los Ejercicios Espirituales –llamada “Dos Banderas”-, en la que dos ejércitos se enfrentan: el ejército de Cristo el Señor, comandados por el Gran Capitán Jesucristo, cuya bandera es el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, siendo secundado Nuestro Señor por la Virgen Santísima, cuya bandera es el manto celeste y blanco que indica que Ella es la Inmaculada Concepción. Pertenecen a este ejército de Jesús y María todos los hombres y mujeres que luchan por el Reino de Dios en la tierra. El otro ejército es el ejército de Satanás, a quien San Ignacio describe como un monstruo o dragón que está sentado en un gran trono de fuego, humo y azufre y a cuyas órdenes están los demonios, pero también los hombres malos que, influenciados por el Demonio, luchan contra Jesucristo, la Virgen y los hombres que desean el Reino de Dios. En la cosmovisión de San Ignacio, estos dos ejércitos se enfrentan entre sí y el tesoro por el cual ambos pelean son las almas de los hombres; el campo de batalla es el mundo y las armas con las que se combate son espirituales: la oración, la penitencia, el ayuno, la misericordia, haciendo el Demonio todo lo posible para que el hombre caiga en la soberbia, el orgullo, la pereza y todo tipo de pecados, para perder su alma para siempre. Podemos decir que la cosmovisión de San Ignacio no está limitada a su tiempo, sino que se extiende a todo tiempo, desde Adán y Eva hasta el fin del mundo, porque hasta el fin del mundo durará la lucha entre los que son de Cristo y los que pertenecen al Anticristo.
El mayor legado de San Ignacio, en el que está plasmada esta cosmovisión, son los apreciados Ejercicios Ignacianos o Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que ha sido el que ha convertido a cientos de miles de almas desde que comenzaron a predicarse, además de ser el promotor de grandes santos para la Iglesia.
Los Ejercicios Ignacianos –predicados en su íntegra pureza espiritual, tal como los predicaba San Ignacio- son el remedio para los males que afligen a la Iglesia y al mundo de hoy: las sectas, el secularismo, el materialismo, el ateísmo, el gnosticismo, el ocultismo y toda clase de perversión espiritual que aleja a las almas de Cristo y su eterna salvación.


[2] Él deseaba que el apóstol católico fuera muy instruido y así es como debe ser, porque la ignorancia conduce al protestantismo, tal como dice el dicho: “Católico ignorante, futuro protestante”.

martes, 1 de agosto de 2017

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         San Ignacio de Loyola, uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica, antes de su conversión, vivía en un mundo alejado de Dios, caracterizado por la vanidad. Solo cuando obligadamente tuvo que hacer una pausa en su vida mundana, debido a una lesión en su pierna en el transcurso de una batalla, su vida comenzó a dar un decisivo giro en dirección a Jesucristo y esto, gracias a la lectura de libros acerca del Salvador y sus santos. Tratándose de un santo de tal magnitud, es imprescindible conocer su proceso de conversión, ya que de él podemos nosotros tomar ejemplo y buscar su imitación, para iniciar nosotros la vida en Cristo Jesús. Dicho proceso de conversión es narrado así por uno de sus discípulos[1]: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban”. Es decir, como consecuencia de estas lecturas, comienza a entrever una vida nueva, distinta a la anterior, aunque su hombre viejo le oponía resistencia, razón por la cual, a pesar de vislumbrar una vida distinta en Cristo, regresaba con nostalgia a su vida de pagano: “A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.
Sin embargo, la acción de la gracia, que ya había comenzado a actuar en San Ignacio, no detenía su marcha, por lo cual, al continuar leyendo acerca de Nuestro Señor y sus santos, se sentía fuertemente atraído por esta vida nueva que aparecía en su horizonte espiritual: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer”. El mismo Jesucristo, por medio de la gracia, era quien le inspiraba piadosos pensamientos, al tiempo que profundizaba en él el deseo de imitar a los santos en el seguimiento del Señor: “En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”.
Como consecuencia de estas lecturas, comenzó una lucha, por así decirlo, en el alma de San Ignacio, entre dos espíritus: el espíritu mundano, que lo alejaba de Dios por medio de la vanidad, y el Espíritu de Dios, que lo atraía a sí por medio de la nostalgia de una vida nueva, de origen celestial, vida que sólo podía intuir, pero a la cual había comenzado ya a desearla: “Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”.
En este proceso de oscilar entre la atracción del antiguo espíritu mundano, bien conocido por San Ignacio, y la atracción por la vida del Espíritu de Dios que la gracia había implantado en él, el santo aprendió algo sumamente importante, que luego aplicaría en sus Ejercicios Espirituales, y es el “discernimiento de espíritus”, es decir, el saber darse cuenta de cuándo era inspirado por uno u otro espíritu: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios”. El espíritu mundano, en suma, mientras lo atraía con placeres pasajeros produciéndole alegrías pasajeras y superficiales, dejaba su alma sumergida en la tristeza y en la aridez; el Espíritu de Dios, que lo instaba a imitar las virtudes de los santos, y aunque esto pareciera ser algo alejado del placer puesto que implica sacrificio, penitencia y austeridad, dejaba en él una alegría profunda, espiritual, celestial. Y es esta experiencia, como dijimos anteriormente, de discernimiento de espíritus, la que trasladó luego a sus Ejercicios Espirituales: “Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”.
En estos tiempos, en los que el Anticristo atrae a los hombres con la música estridente, las banderas multicolores, la satisfacción hedonista de los sentidos, prometiendo una alegría mundana y pasajera por medio de la profanación del cuerpo y el alma, es decir, la impureza del cuerpo y la apostasía de la fe, llamando a la anti-natura “derecho humano” y a los Mandamientos de Dios “cosas del pasado”, la experiencia de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola es más que oportuna, para ser tenida en cuenta por los cristianos, si es que no queremos ser arrastrados, en medio de una corriente multicolor y estridente, al Abismo del cual no se regresa.




[1] Cfr. De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.

martes, 2 de agosto de 2016

San Ignacio de Loyola y el examen de conciencia


Antes de introducirnos en el Examen de conciencia ignaciano para saber qué es, podemos hacer un breve excursus, diciendo qué es lo que no es: no es un método de auto-conocimiento al estilo gnóstico, porque es un examen realizado a la luz de la gracia; no es un “encuentro con uno mismo” que queda en el “yo”, sino un conocerse al modo de San Pablo, que conoce su condición de pecador y conoce el Amor de Jesucristo que lo llama a la conversión; no es un mero recuento de las faltas cometidas a lo largo del día, puesto que la espiritualidad del cristiano –y la ignaciana, por ende-, no es “hamartiocéntrica”, es decir, “pecado-céntrica”, sino que la vida espiritual del cristiano se centra en Jesucristo, el Hombre-Dios, Dador de la gracia; no es un recuento de las faltas cometidas por un esclavo contra su señor, sino el descubrir la falta de amor de un hijo en relación a su Padre, Dios, infinitamente bueno.
El examen de conciencia[1].
¿En qué consiste entonces el examen de conciencia según San Ignacio de Loyola? Nos lo dice el siervo de Dios Tomás Morales S.I.: “El examen de conciencia es el instrumento del sistema ignaciano, indispensable para mantener el contacto fluido y limpio con Dios. Es también el filtro por el cual se eliminan todos los inconvenientes, que dificultan esa relación. Hacer bien el examen de conciencia cada día, a lo largo del año, supone estar en continuos ejercicios espirituales en la vida diaria” [2].
Se realiza al finalizar el día y tiene dos momentos centrales: reconocer las gracias recibidas, provenientes del Amor de Dios y luego reflexionar acerca de las faltas o pecados cometidos, que son faltas a ese Amor.
Antes de comenzar propiamente el examen de conciencia, es necesario meditar acerca de la presencia de Dios: si estamos en gracia, Dios está en nuestro cuerpo y alma “como en su templo” (cfr. 1 Cor 6, 19), con lo cual ya podemos hacer un paralelismo entre nosotros y el templo (parroquial, por ejemplo). Una de las reflexiones que podemos hacer es: si yo soy el “templo del Espíritu Santo”, ¿habría hecho/dicho lo mismo en el templo material? En caso de ser un pecado, si lo hubiera hecho, habría profanado el templo; por lo tanto, si eso sucedió en el templo que es mi cuerpo y mi alma –es decir, yo-, profané a la Persona Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo, que es la Dueña de mi ser, de cuerpo y alma, porque soy templo de su propiedad. En otras palabras, si hay palabras/acciones que no las haría en el templo material, porque estaría profanando la Presencia de Jesús en la Eucaristía, entonces tampoco lo debo decir/hacer en el templo que es mi cuerpo, porque así estoy profanando la Presencia del Espíritu Santo en su templo, mi cuerpo.
En este reconocimiento de la Presencia de Dios y de mi condición de ser “templo del Espíritu Santo” en virtud de la gracia, debe intervenir la humildad, para reconocer la distancia infinita entre Dios Tres veces Santo y yo, que soy “nada más pecado”. Y aunque la vida cristiana, como dijimos, no se centra en el pecado, es esencial reconocer mi condición de pecador y mis pecados cometidos, para poder dimensionar el Amor de Dios manifestado en la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio del sacrificio de su vida en la Cruz. El examen de conciencia comienza, precisamente, en la reflexión acerca de la redención de Jesús, que por su Sangre derramada en la Cruz, me ha quitado mis pecados y, por la gracia, me convierte en justo: “La justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo” (CEC, 1994). No hay modo de ser justos ante Dios, sino es por la recepción de la Sangre de Cristo, derramada sobre el alma en la Confesión Sacramental. Es necesario que el examen de conciencia que se enseña en la Catequesis se oriente en este sentido, para evitar que se limite a la mera enumeración de pecados, dejando de lado el Amor Misericordioso de Dios que, perdonando mis pecados, me eleva a una vida nueva, la vida de al gracia, la vida de los hijos de Dios. Si no es orienta el examen de conciencia en esta dirección, se producirá una detención en el crecimiento espiritual de quien realiza el examen de conciencia.
Dicho esto, veamos los cinco puntos del examen de conciencia ignaciano:
1— Dar gracias a Dios por los beneficios recibidos.
Este paso es necesario antes de que comencemos a meditar acerca de la malicia de nuestros pecados y de nuestra propia iniquidad: si nos centramos en esto, es colocarnos a nosotros mismos –en nuestra iniquidad, precisamente- antes de Dios, con lo cual puede ocultarse algo de soberbia, porque de esta manera, mi pecado está antes que el Amor de Dios. En otras palabras, soy pecador, pero Jesús ha venido, precisamente, a liberarme de mis pecados y a darme una vida nueva, y esta consideración es la que debe estar antes que cualquier otra.
2— Pedir luz y gracia al Señor para reconocer los pecados.
Esto es fundamental, porque el examen, como dijimos, no es un ejercicio de memoria ni una tarea de autoanálisis psicológico, y tampoco es un auto-conocimiento al estilo gnóstico, sino que el modelo es San Pablo en su conversión: es la luz de Cristo –Cristo Luz Eterna- quien permite al alma conocerse tal como la conoce Dios. Sin esta luz celestial, nuestro conocimiento de nosotros mismos –y de nuestros pecados- es radicalmente falso.
3— Revisión práctica de nuestros actos.
Iluminados por la luz de la gracia, repasamos los actos realizados, contraponiendo estos actos pecaminosos, al ideal de gracia y perfección hacia el cual debemos tender, los Sagrados Corazones de Jesús y María. Si un acto pecaminoso se repite –por ejemplo, enojo, impaciencia-, debo compararlo con el modelo de mansedumbre y humildad del Sagrado Corazón de Jesús –y también del Inmaculado Corazón de María- y ver qué es lo que puedo hacer, no solo para no cometer ese pecado recurrente, sino para alcanzar mi ideal de perfección cristiana que es Cristo.
4— Pedir perdón a Dios por los pecados cometidos.
Una vez reconocida nuestra condición de pecadores, pero sobre todo, luego de haber reconocido nuestros pecados personales, la gracia de Dios nos moverá –paso a paso- a la conversión del corazón, que se da cuando pedimos perdón a Dios por los pecados cometidos, es decir, por nuestras faltas de amor a su Amor Eterno e infinito manifestado en Cristo Jesús. Así como el mero deseo de hacer un examen de conciencia es una gracia, así también es una gracia el pedir perdón desde un corazón contrito y humillado. Aquí se debe diferenciar muy bien del sentimiento de tristeza, que puede acaecer cuando se constata nuestra condición de pecadores que cometen pecados, sobre todo cuando se toma conciencia de la fealdad del pecado, contrapuesta a la santidad de Dios. El pedir perdón y el arrepentirse, no son, de ninguna manera, pretextos para hundirse en el desánimo: por el contrario, al dolor de los pecados le debe acompañar la alegría de sabernos perdonados en la Sangre del Cordero que ha derramado sobre nuestras almas la Divina Misericordia. La petición de perdón es un “dolor de amor”, como cuando un hijo se arrepiente de haber ofendido a su padre, pero no tanto por la ofensa en sí, sino porque se padre es sumamente bondadoso. El dolor del pecado se acrecienta cuando se considera, más que la malicia del pecado –que hay que considerarla-, la bondad y el Amor infinitos de Dios, a quien el pecado ofende.
5— Propósito de enmienda.
Un principio en la vida espiritual dice que “quien no avanza, retrocede”. Como ya lo habíamos considerado en la revisión de los actos, en el propósito de enmienda nos disponemos a corregir nuestra conducta pecaminosa para que, guiados por la gracia, alcancemos –o, al menos, nos dirijamos hacia- el modelo de perfección y santidad cristiana que son los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Aquí, es conveniente recordar la experiencia de san Pablo: “Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto” (Flp 3, 13-14).
Como dice el autor que hemos citado, realizar el examen de conciencia ignaciano es como realizar un ejercicio espiritual todos los días, lo cual constituye una maravillosa oportunidad para crecer en la santidad.



[1] http://ameiric.blogspot.com.ar/2012/01/examen-de-conciencia-ignaciano.html
[2] Siervo de Dios Tomás Morales (1908-1994), fundador de los Cruzados de Santa María y posteriormente de la rama femenina, Cruzadas de Santa María, ambos reconocidos como institutos seculares.

viernes, 31 de julio de 2015

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         De todas las enseñanzas que nos transmitió San Ignacio de Loyola[1] hay una en particular, que es sumamente útil para la vida espiritual, y es acerca de cómo podemos diferenciar o discernir cuáles son los “espíritus” que actúan sobre nuestra vida y nuestra alma. San Ignacio de Loyola lo llamó: “discernimiento de espíritus”, y es un instrumento muy necesario para la vida interior. Según relata Luis Gonzalves, miembro de la Compañía de los Jesuitas, San Ignacio aprendió por experiencia propia a hacer este discernimiento, en un momento de su vida en el que, por una herida sufrida en la rodilla, tuvo que hacer mucho reposo, lo cual fue aprovechado por San Ignacio, para leer la “Vida de Cristo” y las vidas de los santos. Dice así Luis Gonzalves: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado “Vida de Cristo” y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.  
Continúa luego Gonzalves: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”. Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”[2]. Es en este momento, según Gonzalves, en donde San Ignacio comienza a hacer un discernimiento, puesto que comienza a ser atraído por la vida de santidad de los santos y se pregunta: “¿Por qué yo no puedo ser santo?”.
Es decir, San Ignacio comienza a vislumbrar una vida de santidad, como consecuencia de la acción de la gracia en él, que poco a poco comienza a disipar sus tinieblas espirituales.
Sin embargo, todavía faltaría un poco más, para poder luego establecer la distinción que es esencial para la vida espiritual: qué pensamientos vienen del mundo –y del maligno- y conducen a él, y qué pensamientos vienen de Dios –de su Espíritu- y conducen a él.
Continúa Gonzalves: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”[3]. Es en este momento, entonces, en donde San Ignacio adquiere la luz para hacer un discernimiento de espíritus: las cosas del mundo provocan “gran placer”, pero se trata de un placer efímero, fugaz, más ligado a las pasiones y a lo terrenal, y dejan al alma en un estado de “tristeza” y de “aridez de espíritu”. Esto es así, porque el mundo –y el maligno-, aun cuando seduzcan con luces de colores, con música estridente y con carcajadas fáciles y perversas, es decir, aun cuando intenten hacer aparecer las cosas como “divertidas”, cuando en realidad son un veneno para el alma, no pueden nunca satisfacer al alma y colmarla de aquello para lo cual el alma ha sido creada: alegría, paz, gozo en el espíritu, porque todas esas cosas vienen, por participación, solo y únicamente de Dios Uno y Trino. Esto lo confirmó por experiencia propia San Ignacio cuando, según el relato de Gonzalves, “cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría”.
A diferencia del mundo, que paradójicamente provoca hastío y tristeza en el alma, a pesar de ofrecer lo que en teoría debería dar gozo, como es la rienda suelta a las pasiones, el solo hecho de pensar en la santidad de vida de los amigos de Cristo, los santos, e imitarlos en su austeridad, llenaba a San Ignacio de verdadero gozo y alegría espiritual, y la razón es que Dios inhabita en quien “carga la cruz de todos los días negándose a sí mismo y va en pos de Cristo” (cfr. Mt 16, 24), mortificando sus pasiones desordenadas y elevando la mente y el corazón al Reino de los cielos.
Que San Ignacio interceda para que siempre hagamos un buen discernimiento de espíritus, para que la Alegría que brota de la cruz de Jesucristo y el pensamiento de alcanzar un día el Reino de los cielos, por medio de la cruz, sea nuestra única alegría, en medio de las tribulaciones de la vida presente.



[1] De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 1 de agosto de 2014

San Ignacio de Loyola


         ¿Cómo actúa el demonio sobre el hombre? ¿De qué modo logra que el hombre se aparte de Dios? ¿Se vale el demonio de medios tecnológicos –computadoras, celulares, tabletas, iphones, etc.- para comunicarse con los hombres y así transmitir sus mensajes diabólicos para inducirlos al mal? San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, deja una regla de discernimiento muy sencilla, con la cual nos advierte acerca de la forma de actuar que tiene el demonio sobre el hombre.
Es verdad que el demonio –los demonios- utiliza –y de hecho lo hace, y con maestría diabólica- los medios de comunicación masiva y se aprovecha de la tecnología para ejercer su influencia maligna sobre ingentes masas de seres humanos que, desprevenidos, son atrapados precisamente por la fascinación que ejercen la combinación prodigiosa –fruto de la inteligencia preternatural del ángel caído- de los últimos avances tecnológicos utilizados en la industria del cine y del entretenimiento, con la psicología aplicada a las masas, con el objetivo explícito de inducirlos al mal y a borrar, literalmente, de sus mentes y corazones, toda idea de Dios y de bondad. De esta manera, el demonio, en cuanto “Príncipe de este mundo”, gobierna a través de los medios de comunicación, incitando a las masas a las formas más groseras de materialismo, ateísmo, consumismo, hedonismo, agnosticismo, relativismo, manipulándolas a su entero placer.
Sin embargo, la forma de actuar que más provecho le proporciona, puesto que le permite lograr la posesión de un alma en particular, es la tentación individual, particular, y para esto, el demonio se sirve de su acción particular, a través de la inducción de pensamientos disfrazados inicialmente de bondad, pero que, en su medio y en su fin, conducen al mal, según San Ignacio de Loyola. En otras palabras, según San Ignacio, el demonio la actuación principal demoníaca sobre el hombre se ejerce de una manera muy sutil, prácticamente imperceptible, para el hombre que no está habituado a practicar el “discernimiento de espíritus”[1]: según San Ignacio, el demonio actúa a través de los pensamientos; por ejemplo, cuando un pensamiento comienza bien, pero el medio y el fin son malos, es clara señal de que ese pensamiento fue inducido por el “mal espíritu”, es decir, por el demonio. Y para hacer eso, el demonio no necesita de la tecnología. Sólo necesita que le demos cabida al mal pensamiento. Un ejemplo: si alguien es católico, quiero rezar, pero en vez de rezar el Rosario, utilizo las meditaciones del yoga, y termino por apartarme de la Iglesia. Es evidente que actuó el demonio, al inducir una oración equivocada. Es lo que sucede, en la actualidad, con la Nueva Era, secta de alcance universal, que se disfraza de bondad, pero que termina por desviar a innumerables católicos, de la práctica de los sacramentos y, por lo tanto, de la gracia y del Amor de Jesucristo, donados a través de los mismos. Y al revés, también es cierto: si un pensamiento comienza bien, y su medio y su fin son buenos, es señal cierta de que ese pensamiento tiene su origen en el “buen espíritu”, es decir, en Dios Nuestro Señor. Ésa es la “regla de discernimiento de espíritus” de San Ignacio de Loyola, útil para ser aplicada, no solo en su época, sino en toda época, y especialmente en la nuestra, en donde el ángel caído induce toda clase de malos pensamientos, disfrazados de bondad.




[1] Cfr. De los hechos de San Ignacio recibidos por Luis Gonzalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 (1868, 647).

miércoles, 31 de julio de 2013

San Ignacio de Loyola, el crucifijo y la contrición del corazón

Dentro de la vasta riqueza de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, se encuentra la “fórmula”, por así decirlo, que puede conducir a un alma a elevados grados de perfección. En la Segunda Semana de los Ejercicios, se propone al ejercitante una meditación llamada: “Tres grados de humildad”1, que pueden llamarse indistintamente “Tres grados de santidad” o “Tres grados de perfección”, y son como tres gradas o peldaños -uno supone al otro- mediantes los cuales el alma se eleva de perfección en perfección. Consisten en lo siguiente: en el primer grado de humildad, el alma se decide a “perder el mundo”, es decir, incluso la vida física, “antes que cometer un pecado mortal”. Este grado de humildad cierra las puertas del Infierno, pero dejan entreabierta las puertas del Purgatorio, y no abre las puertas del Cielo. Es la promesa que hace aquel que se confiesa, a Jesús que lo perdona en el sacramento de la Confesión: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”. Aquí, por medio de la oración que reza el penitente antes de recibir la absolución sacramental, el alma se duele ante Dios precisamente por no haber poseído este grado de humildad primero: “antes querría haber muerto que haberos ofendido”: el alma se duele por no haber perdido la vida física antes que haber pecado mortalmente, porque nadie se condena por morirse, pero sí por un solo pecado mortal. Cada vez que nos confesamos, cada vez que acudimos al sacramento de la Penitencia, tenemos la oportunidad de crecer en este primer grado o escalón de humildad.
En el segundo grado de humildad -supone el primero-, el alma está dispuesta a “perder el mundo”, es decir, la vida física, antes que cometer un pecado venial deliberado. Este grado cierra las puertas del Purgatorio, pero tampoco abre las puertas del Cielo.
En el tercer grado de humildad, el alma, que está dispuesta a perder la vida terrena antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, que ha cerrado las puertas del Infierno y del Purgatorio, se eleva hacia un grado perfectísimo, pero no porque tenga deseos del Cielo, que sí los tiene, sino porque se configura a Cristo crucificado: en este grado, al alma no le importa ni evitar el Infierno, ni evitar el Purgatorio, ni ganar el Cielo: le importa configurarse a Cristo crucificado, y es por esto que el alma elige, por amor, aquello que tiene Jesús en la Cruz: pobreza, humillación, oprobio. En el Tercer grado de humildad, mucho más que cerrarse las puertas del Infierno y del Purgatorio, e infinitamente más que abrirse las puertas del Cielo, se abren para el alma las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, su Herida abierta por la lanza, su Corazón traspasado, a través del cual se derrama sobre el alma, por medio de la Sangre de Jesús, como suave bálsamo, el Amor Divino, el Espíritu Santo.
Este camino espiritual de perfección que propone San Ignacio coincide con el propuesto por Santa Teresa de Ávila en su hermosísimo poema: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido/ ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor/Muéveme el verte clavado en una Cruz y escarnecido,/muéveme ver tu Cuerpo tan herido,/muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu Amor, y en tal manera,/que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./No me tienes que dar porque te quiera,/pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera/”.
San Ignacio nos propone, entonces, un camino espiritual que, por la gracia santificante, nos conduce a altísimas alturas de santidad, a niveles inimaginables e insospechados, porque nos introduce en el mismísimo Sagrado Corazón traspasado de Jesús. ¿Dónde se puede hacer este Ejercicio Espiritual? ¿Acaso se debe asistir a un retiro espiritual en un convento aislado, que se encuentra a centenares de kilómetros de donde habito? Puede ser, pero este Ejercicio Espiritual de los Tres grados de humildad se realiza, ante todo, a los pies del crucifijo, arrodillados y postrados en amorosa adoración ante Cristo crucificado. Y también en la Santa Misa, llamada Santo Sacrificio del altar, porque es la renovación sacramental, incruenta, del mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz.

1Cfr. Ejercicios Espirituales, 164-168.

miércoles, 1 de agosto de 2012

San Ignacio de Loyola


31 de julio


Vida y milagros de San Ignacio de Loyola[1]
San Ignacio nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Murió el 31 de Julio de 1556 en Roma, Italia. Fue beatificado el 27 de Julio de 1609 por Pablo V. Fue canonizado el 12 de Marzo de 1622 por Gregorio XV.
Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Íñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo. Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: “Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron”. Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos.
Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados (de estas experiencias se servirá luego para volcarlas en los Ejercicios Espirituales, concretamente, para el discernimiento de espíritus).
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
“A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a Él, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Se decidió a “escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo”, hasta lograr alcanzar su santidad.
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza.
Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades.
Luego de peregrinar a Tierra Santa y de estudiar en Barcelona por dos años, se trasladó a París, adonde llegó en febrero de 1528. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología quienes, movidos por las exhortaciones de Ignacio, hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
Dos años más tarde, se trasladaron a Roma en donde Paulo III les concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús[2], porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta”, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romae propüius ero (Os seré propicio en Roma). Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros. Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Goncalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado.
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus subditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió el 31 de julio de 1556. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los Ejercicios Espirituales y retiros.

Mensaje de santidad de San Ignacio de Loyola
            Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir “sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma”. Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración “guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino”[3].
El elemento central de los Ejercicios Espirituales ignacianos, es la segunda semana, llamada “de la oblación del reino”, en donde el alma se encuentra sola frente a Cristo crucificado, Rey de cielos y tierra, que llama a todos para conquistar el universo[4].
San Ignacio presenta como materia para meditar a un rey temporal, que llama a sus súbditos, todos nobles y buenos caballeros, a realizar una empresa noble, conquistar a sus enemigos. Luego él mismo dice que esta figura del rey temporal, debe aplicarse, por analogía, al “rey eternal”, es decir, Jesucristo[5].
Ahora bien, este rey eternal, que es Jesucristo, tiene la particularidad de que reina desde la cruz, su corona no es de oro y diamantes, sino de espinas, y su cetro son los clavos que lo sujetan al madero de la cruz.
El alma, en la segunda semana de los Ejercicios, debe hacer un coloquio frente a Cristo crucificado, siendo movida por lo mismo que movió a ese rey a morir por el alma: el amor y movida por este amor, hacer la “oblación del reino”[6], es decir, el ofrecimiento de sí mismo al rey que cuelga del madero y que primero se donó a sí mismo al alma por amor.
Si el alma es movida por otros motivos diferentes al amor a Cristo crucificado –el temor al infierno o el deseo del cielo-, podrá evitar los castigos y alcanzar el cielo, pero la unión con Jesucristo será imperfecta. Será perfecta la unión con Cristo cuando el alma se una a Cristo crucificado en la oblación de sí misma por amor, al tomar conciencia que Cristo se ofreció a sí mismo por amor.
Los Ejercicios no son una ejercitación psicológica, sino una realidad espiritual, en la cual el alma se encuentra con Dios cara a cara, en la soledad de los Ejercicios.
Este encuentro, real y espiritual, entre el alma y Dios, que se produce en los Ejercicios, se renueva y actualiza realmente en la misa.
             En cada misa, se renueva ese encuentro entre Cristo crucificado y el alma que se encuentra de rodillas frente a Él, que se presenta en el altar. En cada misa, el rey de los cielos se presenta crucificado y derrama su sangre sobre el cáliz y entrega su cuerpo en la Eucaristía, y dona su ser divino al alma que lo recibe en la comunión.
            En cada misa, el alma debe hacer suyas las palabras de Santa Teresa de Ávila, que responde a su rey en la cruz no por temor al infierno ni por deseo del cielo, sino por amor a Jesús en la cruz: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./”
            En cada misa el Rey eternal, Jesucristo, se hace Presente sobre el altar, con su cruz, con sus heridas, con su corona de espinas, con su sangre, que vierte en el cáliz, con su cuerpo, que entrega en la Hostia, con su Ser divino, que deposita en el fondo del alma que lo recibe en la comunión, y en cada misa, renueva su llamado a conquistar las almas para su reino y ofrece, como medio de conquista, su cuerpo y su sangre en la cruz.
En respuesta al don de Sí que este Rey eternal hace al alma, el alma no puede sino responder con la respuesta de amor de Santa Teresa de Ávila a la pregunta de San Ignacio frente a Jesús crucificado: “¿Qué he de hacer por Cristo?”


[1] Cfr. http://santopedia.com
[2] San Ignacio no empleó jamás el nombre de “jesuita”. Originalmente fue este un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía de Jesús.
[3] Cfr. Butler, Vidas de los Santos de Butler, Tomo III, 223-228.
[4] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 147.
[5] http://deangelesysantos.blogspot.com
[6] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 98.