San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 31 de julio de 2015

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         De todas las enseñanzas que nos transmitió San Ignacio de Loyola[1] hay una en particular, que es sumamente útil para la vida espiritual, y es acerca de cómo podemos diferenciar o discernir cuáles son los “espíritus” que actúan sobre nuestra vida y nuestra alma. San Ignacio de Loyola lo llamó: “discernimiento de espíritus”, y es un instrumento muy necesario para la vida interior. Según relata Luis Gonzalves, miembro de la Compañía de los Jesuitas, San Ignacio aprendió por experiencia propia a hacer este discernimiento, en un momento de su vida en el que, por una herida sufrida en la rodilla, tuvo que hacer mucho reposo, lo cual fue aprovechado por San Ignacio, para leer la “Vida de Cristo” y las vidas de los santos. Dice así Luis Gonzalves: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado “Vida de Cristo” y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.  
Continúa luego Gonzalves: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”. Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”[2]. Es en este momento, según Gonzalves, en donde San Ignacio comienza a hacer un discernimiento, puesto que comienza a ser atraído por la vida de santidad de los santos y se pregunta: “¿Por qué yo no puedo ser santo?”.
Es decir, San Ignacio comienza a vislumbrar una vida de santidad, como consecuencia de la acción de la gracia en él, que poco a poco comienza a disipar sus tinieblas espirituales.
Sin embargo, todavía faltaría un poco más, para poder luego establecer la distinción que es esencial para la vida espiritual: qué pensamientos vienen del mundo –y del maligno- y conducen a él, y qué pensamientos vienen de Dios –de su Espíritu- y conducen a él.
Continúa Gonzalves: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”[3]. Es en este momento, entonces, en donde San Ignacio adquiere la luz para hacer un discernimiento de espíritus: las cosas del mundo provocan “gran placer”, pero se trata de un placer efímero, fugaz, más ligado a las pasiones y a lo terrenal, y dejan al alma en un estado de “tristeza” y de “aridez de espíritu”. Esto es así, porque el mundo –y el maligno-, aun cuando seduzcan con luces de colores, con música estridente y con carcajadas fáciles y perversas, es decir, aun cuando intenten hacer aparecer las cosas como “divertidas”, cuando en realidad son un veneno para el alma, no pueden nunca satisfacer al alma y colmarla de aquello para lo cual el alma ha sido creada: alegría, paz, gozo en el espíritu, porque todas esas cosas vienen, por participación, solo y únicamente de Dios Uno y Trino. Esto lo confirmó por experiencia propia San Ignacio cuando, según el relato de Gonzalves, “cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría”.
A diferencia del mundo, que paradójicamente provoca hastío y tristeza en el alma, a pesar de ofrecer lo que en teoría debería dar gozo, como es la rienda suelta a las pasiones, el solo hecho de pensar en la santidad de vida de los amigos de Cristo, los santos, e imitarlos en su austeridad, llenaba a San Ignacio de verdadero gozo y alegría espiritual, y la razón es que Dios inhabita en quien “carga la cruz de todos los días negándose a sí mismo y va en pos de Cristo” (cfr. Mt 16, 24), mortificando sus pasiones desordenadas y elevando la mente y el corazón al Reino de los cielos.
Que San Ignacio interceda para que siempre hagamos un buen discernimiento de espíritus, para que la Alegría que brota de la cruz de Jesucristo y el pensamiento de alcanzar un día el Reino de los cielos, por medio de la cruz, sea nuestra única alegría, en medio de las tribulaciones de la vida presente.



[1] De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

domingo, 20 de julio de 2014

San Lorenzo de Brindis y la fuente de su fuerza espiritual


Vida y obra de San Lorenzo de Brindis
César de Rossi nació en Brindis, ciudad del reino de Nápoles, en el año 1559; a los seis años se destacaba por una memoria prodigiosa, que le permitía memorizar páginas enteras, que recitaba en público. A los dieciséis años, pidió ingresar en la Orden de Capuchinos, donde debido a su gran capacidad intelectual y a su profunda vida espiritual, enseñó teología a sus hermanos de religión y ocupó varios cargos de responsabilidad, siendo posteriormente delegado del Papa en muchos asuntos importantes, pero manteniendo sin embargo en todo momento una profunda humildad. Con el hábito religioso, César de Rossi recibió el nombre de Lorenzo. Predicó con asiduidad y eficacia en varios países de Europa y también escribió muchas obras de carácter doctrinal. Murió en Lisboa el año 1619.
         Mensaje de santidad
Una anécdota ocurrida al inicio de su profesión religiosa, da cuenta de dónde obtenía San Lorenzo su fuente de su energía vital, la luz de su gran inteligencia, y la profundidad de su vida espiritual.  Cuando San Lorenzo, a los dieciséis años de edad pidió ser admitido en la orden religiosa, el superior le advirtió que la vida religiosa no iba a ser fácil, sino que, por el contrario, iba a ser muy difícil, porque se trataba de una vida muy diferente a la vida del mundo, en la que todo es comodidad y deleite; la vida del claustro, por el contrario, es todo austeridad y sobriedad. Entonces San Lorenzo le preguntó al superior: “Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?” “Sí, lo habrá”, respondió el superior.  Entonces San Lorenzo le contestó: “Entonces eso me basta.  Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir por amor a Él, cualquier padecimiento”. La meditación favorita de San Lorenzo era la Pasión y Muerte de Jesucristo, y esta es la razón por la cual el santo encontraba, en el crucifijo, la fuente de la fortaleza para la vida religiosa.

Esto es acorde a lo que dice Santo Tomás, cuando da la clave para la felicidad: dice Santo Tomás de Aquino, que si alguien quiere ser feliz, tanto en esta vida, como en la otra, no tiene más que hacer, que “desear lo que Cristo deseó en la cruz, y despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz”, y eso es lo que San Lorenzo hizo durante toda su vida, y fue lo que le dio luz a su intelecto, profundidad en su vida espiritual y fortaleza en las tribulaciones. Puesto que la Iglesia nos da a este gran santo para que lo contemplemos y lo imitemos, también nosotros debemos imitar a San Lorenzo de Brindis, y decir como él, frente a las tribulaciones de la vida: “¿Hay un crucifijo?¿Tengo la Misa, en donde está Cristo en Persona, renovando para mí su sacrificio en la cruz? ¿Hay una Eucaristía, en donde está Cristo en Persona? Entonces, eso me basta. Contemplar a Cristo en la cruz, contemplarlo en la Santa Misa, invisible, renovando para mí su sacrificio incruento, y donándose todo entero, con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad, y con su Sagrado Corazón Eucarístico, que contiene todo el Amor de Dios, en cada Eucaristía, es lo que me basta para superar, con creces, cualquier tribulación que se me pueda presentar en esta vida terrena, en este valle de lágrimas, hasta que llegue el día feliz del encuentro con Él, cara a cara, en la feliz eternidad”.