San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 3 de noviembre de 2022

El Sagrado Corazón de Jesús nos aparta del camino de condenación al cual nos quiere conducir Satanás

 



En la Segunda Revelación del Sagrado Corazón, llevada a cabo el día 2 de julio de 1674, Fiesta de la Visitación, Jesús le reveló a Santa Margarita María Alacoque uno de los principales objetivos de la devoción al Sagrado Corazón, que es apartar a los hombres del camino a la condenación eterna en el Infierno al cual quiere llevarlos Satanás, para que los hombres, por medio del Sagrado Corazón, salven sus almas y lleguen al Cielo[1].

La Santa describe así la Segunda Aparición: “El Divino Corazón me fue presentado en un trono de llamas, más resplandeciente que un sol, transparente como el cristal, con esta adorable herida. Y estaba rodeado con una corona de espinas, que significa las heridas provocadas en su Corazón por nuestros pecados, y una cruz arriba que significa que (estos dolores estuvieron presentes en Él) desde el primer instante de Su Encarnación”. Aquí el Sagrado Corazón le explica a Santa Margarita el significado de los elementos de su Sagrado Corazón: la transparencia es la gracia santificante, la corona de espinas son nuestros pecados, la cruz significa que para alcanzar al Sagrado Corazón debemos subir a la Cruz de Jesús.

Pero luego continúa la santa: “Mi Divino Maestro me reveló que era Su ardiente deseo de ser conocido, amado y honrado por los hombres, y Su ansioso deseo de apartarlos del camino de la perdición, por el cual Satanás los está conduciendo en innumerables números, lo que lo indujo manifestar Su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, misericordia, gracia, santificación y salvación que Él cntiene”. El Sagrado Corazón quiere darse a conocer a los hombres para que los hombres lo amen y lo adoren, por un lado, porque ése es el objetivo del hombre en la tierra, conocer, amar y servir a Dios y así salvar su alma, como dice San Ignacio, pero además, el otro objetivo del Sagrado Corazón, es “apartar a los hombres del camino de perdición por el cual Satanás” los está conduciendo “en gran número”. Es decir, la devoción al Sagrado Corazón, al llevarnos por el Camino de la Cruz, que conduce al Cielo, nos previene de ser conducidos por el camino de Satanás, ancho y en pendiente, que conduce a la eterna perdición. Este camino se puede ver que se presenta hoy, sobre todo en los medios de comunicación, aunque también dentro de la misma iglesia, bajo diferentes formas: el aborto, la eutanasia, la ideología de género, el feminismo ateo y abortista, la ideología homosexualista, conocida como “ideología LGBT”, y dentro de la Iglesia, el camino de Satanás es presentado por los católicos apóstatas que niegan el pecado y niegan la eterna condenación en el Infierno, aduciendo falsamente que Dios, en su infinita misericordia, no puede condenar a nadie eternamente en el Infierno, con lo cual contradicen directamente las palabras de Nuestro Señor Jesucristo.

La devoción al Sagrado Corazón, que está vivo, latiendo, glorioso y resucitado en la Eucaristía, nos previene entonces de caer en el lago del fuego, el Infierno eterno, además de conducirnos al Reino de los cielos.

viernes, 6 de abril de 2018

El Sagrado Corazón quedó lleno de amargura desde el momento mismo de la Encarnación



         Muchos pueden pensar, al contemplar al Sagrado Corazón rodeado de espinas, con una cruz en su base y con su costado lacerado por la lanza, que las amarguras y dolores causados en su Pasión por la malicia de los hombres comenzaron, precisamente, en la Pasión. Muchos, al ver al Jesús adulto siendo flagelado, coronado de espinas, crucificado, pueden ser llevados a pensar que Jesús sufrió su Pasión en su juventud y en su edad adulta. Por lo tanto, su niñez, incluida su Encarnación, habrían quedado libres de estos dolores y angustias, habiéndose desarrollado según los estándares de los niños de Palestina de esa época.
         Sin embargo, no es eso lo que nos enseña la Iglesia y lo que Jesús mismo le revela a Santa Margarita. Dos o tres meses después de la Primera Aparición se produjo la Segunda Aparición, relatada así por Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior (...) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en el la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.
         Jesús le revela entonces, a Santa Margarita, que el dolor de la Pasión comenzó no en su juventud ni en su edad adulta, sino desde el momento mismo de la Encarnación. Recordemos que en el caso de Jesús, los cromosomas masculinos correspondientes al padre, al no haber contacto con varón alguno, fueron creados en el momento mismo de la Encarnación y que este hecho significa que, como todo hombre, Jesús ya tenía un cuerpo y un alma en el momento mismo de ser un cigoto, es decir, una sola célula. Jesús ya era el Hombre-Dios, aun cuando su Cuerpo humano estuviese formado, en la Encarnación, por una sola célula, el cigoto.
         Es desde es mismo instante de la Encarnación que Jesús comienza a sufrir su Pasión: de manera mística, espiritual, moral, pero no menos real y verdadera. Su Corazón, contenido en los genes del núcleo celular del cigoto, comenzó ya a sufrir en la concepción y continuó, por supuesto, sufriendo, hasta el día de su muerte en la Cruz. Lo que hace Jesús al mostrar su Corazón envuelto en llamas –las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo; las espinas, la cruz y el Costado traspasado- es solamente graficar, en su Corazón ya perteneciente a un hombre adulto, aquello que Él comenzó a sufrir desde la Encarnación.
         Y todo este sufrimiento no es para que se desarrolle en la Iglesia una devoción sentimentalista, destinada a señoras jubiladas que porque nada tienen que hacer en sus hogares, se inscriben en la Cofradía del Sagrado Corazón: la devoción al Sagrado Corazón está íntima y estrechamente relacionada con la salvación de la eterna condenación en el Infierno y la eterna salvación en el Cielo. A tal punto, que se puede decir que quien desprecia las Llamas del Divino Amor que envuelven al Corazón de Jesús, será envuelto y quemado sin piedad, en el cuerpo y en el alma, por toda la eternidad, en el Infierno. Y la razón es que, en la devoción al Sagrado Corazón, están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación y para evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así Santa Margarita: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
“Apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno)”. Es para esto para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón; es para esto que comenzó a sufrir su Pasión desde la Encarnación; es para esto que nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística -la Eucaristía es la continuación y prolongación del Sagrado Corazón, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está vivo y palpitante, lleno de la gloria y del Amor de Dios-. Es para esto que Jesús se revela como el Sagrado Corazón y es para esto que debemos ser sus amantes devotos: para librarnos de Satanás; para librarnos de la eterna condenación en el Infierno; para librarnos de los movimientos desordenados de nuestros corazones que nos conducen al pecado y al Infierno, todo lo cual nada tiene que ver con una devoción sensiblera, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.


martes, 27 de agosto de 2013

San Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios contra la Ciudad Pagana


          Ya en su vejez, y por el espacio de quince años, San Agustín escribió una de sus obras más importantes, titulada "La Ciudad de Dios". El título original en latín refleja con más precisión el carácter general de la obra: "De Civitate Dei contra paganos", es decir, "La Ciudad de Dios contra los paganos". Se trata de una apología del cristianismo, en la que se confrontan dos ciudades: por un lado, la Ciudad Celestial; por otro lado, la Ciudad Pagana. Ambas ciudades tienen orígenes distintos, y por lo tanto, también su desarrollo y su final son diferentes: la Ciudad de Dios se construye sobre la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, y su gracia santificante, mientras que la Ciudad Pagana representa el falso edificio espiritual construido sobre el pecado del hombre y la falsedad del Príncipe de la mentira, Satanás. Ambas ciudades, dice San Agustín, "se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final".
          Si bien escribe esta obra a causa de la conmoción que le provocó la caída de Roma a manos del rey bárbaro Alarico I, con lo cual la entera civilización cristiana se encontraba en un grave peligro, desde el momento en que se veía amenazada no solo la capital del Imperio Romano, sino ante todo el Papa, Vicario de Cristo, el fin de la obra no es tanto político como espiritual. En otras palabras, para San Agustín, las Ciudades -tanto la de Dios como la Pagana-, están formadas por personas, porque es en las personas en donde reside la gracia santificante, y es en las personas en donde la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, se encarna, al ser aceptada en su plenitud. Cuando esto sucede, la Ciudad de Dios se alza en la persona, y esta resplandece con la Verdad y la gracia de Cristo. Por el contrario, cuando esto no sucede, es decir, cuando la Verdad de Cristo y su gracia son rechazadas por la persona humana, entonces se levanta en el alma la Ciudad Pagana, la ciudad construida sobre "arena y no sobre la roca" (cfr. Mt 7, 26), la Ciudad del mal, de la mentira, del engaño y de la falsedad, la Ciudad de la oscuridad, de las tinieblas, del horror y del espanto, en la que se erige como siniestro rey el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

          Podemos decir entonces que cada uno de nosotros puede elegir, libremente, cuál de las dos Ciudades construir en el alma: si la de Dios, construida sobre la Roca que es Cristo, cimentada en la aceptación de la Verdad revelada y en la gracia santificante que concede al alma la participación en la vida divina, o la del Paganismo, construida sobre el error y el pecado. Quien elija construir para sí la Ciudad Pagana, tendrá como Rey al Príncipe de las tinieblas, y en el Día del Juicio Final será precipitado en las tinieblas sin fin, en donde no hay amor ni redención. Quien elija construir para sí la Ciudad de Dios, tendrá como Rey a Jesucristo y como Reina a la Virgen María, y en el Día del Juicio Final formará parte de la Jerusalén celestial, en donde reinan, para siempre, la alegría, la paz y el amor divinos. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

San Isaías y la alegría del Adviento



         Al contemplar la Llegada del Mesías -Isaías ve al Niño de Belén en visión, cientos de años antes de su Nacimiento-, San Isaías (cfr. 35, 1-10) expresa la alegría que éste traerá a la tierra, y expresa esa alegría en las figuras del desierto y de la tierra reseca que reciben el agua y en las flores que adornan la estepa: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”.
         Sin embargo, no contento con esta llamada a la alegría, San Isaías insiste todavía con más alegría y con cantos de júbilo: “¡Sí, florezca el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!”.
         Ahora bien, la alegría de San Isaías es tanto más festiva, cuanto que se trata de una alegría no conocida por el hombre, porque es la alegría por la llegada del Mesías, Mesías al cual no se lo conoce, y por lo tanto no se conoce la alegría que Él trae. Las alegrías representadas en las alegorías de la tierra reseca que recibe agua, y del prado florido, son solo eso, alegorías que sólo de un modo lejano permiten formar una idea acerca de cómo es en sí misma la alegría que trae el Mesías, puesto que es la alegría misma de Dios; aún más, es Dios, que es “Alegría infinita”.
         ¿Cuál es el motivo de tanta alegría? El motivo es que la Llegada del Mesías significará para la humanidad apartada de Dios -que sin Dios es, precisamente, como el desierto árido, como la tierra reseca y como el prado agostado-, una renovación en lo más profundo de su ser, una renovación tan profunda, que significará ante todo una re-creación, porque el Mesías traerá la gracia santificante, que al infundir la vida divina en el hombre, será para este como una nueva creación, así como el agua pura y cristalina da vida nueva al prado que muere y agoniza por la sequía.
         Así como la tierra sin lluvia, agostada, no permite que el prado florezca, así también la humanidad sin Dios, la humanidad caída en el pecado original, agoniza por haber perdido el contacto con la fuente de la vida, que es Dios mismo. Precisamente, el Mesías habrá de reestablecer ese contacto, habrá de inundar los valles resecos, las almas agostadas, sin la Presencia de Dios, con la gracia santificante, la cual penetrará en lo más profundo del ser del hombre, concediéndole una vida nueva, la vida absolutamente sobrenatural del Ser trinitario, haciéndolo partícipe de todas sus felicidades inabarcables, de sus alegrías inconcebibles, de sus gozos inimaginables, y éste es el motivo de la alegría por la llegada del Mesías, alegría a la cual invita San Isaías de modo insistente, y es también el motivo por el cual la Iglesia en Adviento invita a la alegría: porque el Mesías que viene y alegra el corazón del hombre al infundirle la vida divina del Ser trinitario, es el Niño Dios que nace en Belén, el Niño que extiende sus brazos en el Pesebre, para luego extenderlos en la Cruz y donar su Sangre como Vino de la Alianza Nueva Eterna, Vino que “alegra el corazón del hombre” con una alegría eterna e infinita.
         Dice Isaías: “…prorrumpa en cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. Este párrafo se dirige a la Iglesia, porque es la Iglesia quien contempla, en el Niño de Belén, “la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”, porque el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, que brilla con esplendor eterno, porque Él en sí mismo es “Luz eterna de Luz eterna”, tal como recita la fe de la Iglesia en el Credo; es por esto que quienes contemplan al Niño de Belén, “contemplan la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”.
         Isaías anima también a los desanimados y a los débiles, porque serán fortalecidos con la fuerza misma del Mesías: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios; Él mismo viene a salvarlos”. Es el Niño de Belén el Dios omnipotente, de cuya fortaleza recibirán participación, y al señalarlo al Niño de Belén, dirán: “¡Ahí está nuestro Dios!”.
         Isaías describe la acción de la gracia que viene a traer el Niño Dios, el Mesías, que viene a los hombres como un Niño: ya desde el Pesebre, el Niño Dios abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, a todo aquel que con corazón contrito y humillado se acerca a adorarlo: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces, el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. Será la gracia santificante, que brota del Niño de Belén como de su fuente inagotable, la que hará brotar fuentes de agua en el desierto, es decir, vida divina en los corazones de los hombres: “Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales”; es decir, el hombre, de corazón árido y desértico, será capaz de amar, por medio de la gracia santificante, con el mismo Amor divino del Mesías que viene como Niño.
        Pero este Mesías pacífico, que viene como Niño en Belén, causa de la alegría de los hombres, es también el Vencedor del infierno, y ante su solo Nombre santo, Satanás y sus legiones de ángeles caídos, se estremecen de terror y se sumergen en lo más profundo del Averno; el Niño de Belén derrota para siempre al ángel carroñero, el Príncipe de la mentira, el Falso e inventor de toda falsedad, y con su gracia expulsa al Gran Chacal del corazón del hombre, adonde había construido su pestilente madriguera: “…la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros”.    
         Éste Niño será el “Camino Santo”, el único camino que conducirá a la humanidad a su salvación, camino que surgirá en el corazón del hombre, por acción de la gracia, el mismo corazón que antes de la Venida del Mesías, era guarida de chacales, cueva de demonios: “Allí (en la morada donde se recostaban los chacales, convertida por la gracia en paraje de cañas y papiros) habrá una senda y un camino que se llamará “Camino Santo”, y este “Camino Santo” es el Niño de Belén, quien ya de adulto, antes de subir a la Cruz, se llamará a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.
         Este Camino Santo no será recorrido por los impuros ni por los necios, porque es camino de santidad, y la santidad del Ser divino participa de su pureza inmaculada a quien recorre el Camino Santo, Cristo Jesús, y tampoco será recorrido por los necios, porque los necios son los que dicen: “No hay Dios”, mientras que el que recorre este Camino Santo, no solo cree en el Hijo de Dios, sino que está deificado por la gracia.
         Por este Camino Santo “no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes”, es decir, no lo transitarán ni los hombres malvados, aliados del Príncipe de la mentira, ni los ángeles caídos podrán siquiera acercársele.
         Pero sí será transitado por los justos, por los que cargan la Cruz cada día en el seguimiento de Cristo Jesús, que marcha Camino del Calvario: “Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor”.
Finalmente, los que contemplen y adoren al Mesías en el Pesebre de Belén, se alegrarán con una alegría desconocida, la alegría misma de Dios, porque serán conducidos a la Jerusalén celestial, en donde iniciará un gozo imposible de ser imaginado, que no tendrá fin, “Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 17): “Y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua; los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
Es en esta alegría, vislumbrada, contemplada y cantada por el profeta Isaías, de la cual participa la Iglesia en Adviento, porque espera la Llegada de su Mesías, el Niño Dios, en un humilde pesebre, para Navidad.
        

jueves, 6 de diciembre de 2012

San Isaías, profeta del Adviento



         El profeta Isaías anuncia así la Llegada del Mesías: “¿No falta poco, muy poco tiempo, para que Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque?” (29, 17-24). El profeta suspira por un tiempo, que ya es cercano, pues “falta poco”, en el que el desierto, representado en el Líbano, se vuelva un vergel, y el vergel, islote florido del desierto, se convierta en bosque, y con esto quiere el profeta significar la Llegada del Mesías, porque su Presencia obrará maravillas en los hombres: en los alejados de Dios –simbolizados el desierto-, el Mesías infundirá su temor, y hará que estos vuelvan sus corazones a Dios; en los que ya tienen presencia de Dios –simbolizados en el vergel-, infundirá su Sabiduría y su Amor, de manera tal de quienes ya conocen y aman a Dios, lo conocerán y amarán todavía más, encendiéndose en el deseo de estar con Él para siempre. Es esto lo que quiere decir, cuando al final dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza”: el Mesías tendrá piedad de los que están lejos de Dios, y les concederá la gracia del regreso a su conocimiento y amor. Y como este Mesías, cuya Llegada anuncia Isaías, no es otro que el Niño de Belén, cuya llegada para Navidad anuncia la Iglesia, porque este Niño de Belén, con su gracia santificante, que brota del Él como de su fuente inagotable, perdonará los pecados de los hombres con la Sangre de su Cruz y encenderá sus corazones en el más grande Amor de Dios, con el fuego del Espíritu Santo, convirtiendo a los malos en buenos y a los buenos en santos.
         Isaías también dice: “En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y de oscuridad”: son los sordos y ciegos que serán curados por el Niño de Belén, aún antes de comenzar su vida pública; oirán los sordos y hablarán los mudos, pero no sólo los afectados en sus sentidos, sino ante todos los sordos y ciegos espirituales oirán la Voz del Salvador y proclamarán sus maravillas, en el tiempo y en la eternidad.
         Luego agrega: “Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”: son los que, con el corazón contrito y humillado, reconociéndose indigentes espirituales, necesitados de todo lo que Dios da, luz, amor, paz, alegría, se acercarán al Pesebre de Belén y adorarán a su Dios que se les manifiesta como un pequeño Niño recién nacido. Los humildes e indigentes, a diferencia de los pastores, que ofrecen al Señor sus pertenencias, sus ovejas, con su leche para que se alimente, y su lana para que se abrigue, y a diferencia de los Reyes Magos, que ofrendarán de sus riquezas, oro, incienso y mirra, al Rey de reyes, los humildes e indigentes nada material tendrán para ofrendar al Niño Dios, sólo su pobre corazón, hecho de nada más pecado, corazón que dejarán como ofrenda insignificante a los ojos de los hombres, pero valiosa a los ojos de Dios, y éste será el homenaje de su humilde adoración al Rey de reyes, el Niño de Belén.
         Isaías también habla acerca de quienes odian al Niño, los demonios, los ángeles rebeldes y caídos, y los hombres pervertidos, que libremente dejaron contaminar sus corazones con la ponzoña del mal, del orgullo, de la violencia, de la lujuria y de la lascivia, y que no aceptan que un Dios venga a ellos como Niño, a convertir sus corazones; estos tales, como dice Isaías, desaparecerán ante su vista: “Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, y porque sí no más perjudican al justo”. Isaías canta al Niño de Belén, que con su Encarnación y Nacimiento y Manifestación epifánica comienza la derrota del Príncipe de las tinieblas, Satanás, el Príncipe del mal, del odio, de la maldad, el inventor de la corrupción, de la muerte y del pecado; derrota que alcanzará su culmen en el triunfo de la Cruz, cuando con el madero ensangrentado venza para siempre al Enemigo de la raza humana, cuando su Madre, la Virgen, aplaste con su talón, con la fuerza de Dios Trino, la cabeza del astuto dragón y temible serpiente, para que nunca más pueda hacer daño a los hombres.
         Finaliza en este párrafo hablando el Mesías en Persona, por boca de Isaías: “En adelante, Jacob no se avergonzará ni se pondrá pálido su rostro. Porque, al ver lo que hago en medio de él, proclamarán que mi nombre es Santo, proclamarán santo al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel”. Y esto no es otra cosa que la Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sacrificio para el cual nace el Niño de Belén, sacrificio por el cual los hombres cantarán y glorificarán al  Dios Tres veces Santo, en el triple amén de la doxología eucarística; es en la Misa en donde los hombres glorificarán al Niño de Belén, que significa “Casa de Pan”, porque el Niño  que nace en la Casa de Pan, que es Belén, nace para ofrendarse como Pan de Vida eterna, que da la gloria divina y la vida eterna a los hombres.

lunes, 23 de abril de 2012

23 de abril SAN JORGE, MÁRTIR


Vida y milagros de San Jorge 

Según el Beato Santiago de la Vorágine, San Jorge era un caballero cristiano, originario de Capadocia. Un día en que cabalgaba por la provincia de Lidia, llegó a una ciudad llamada Silene, cerca de la cual había un pantano. Ahí habitaba un dragón “que asolaba toda la región”. La población entera se había reunido para darle muerte pero el aliento de la monstruosa fiera era tan terrible, que nadie se atrevió a acercársele. Para evitar que atacase la ciudad, le arrojaban todos los días algunos corderos; pero cuando se agotaron los animales, hubo que sustituirlos con seres humanos, los cuales eran elegidos por sorteo. Al llegar San Jorge a la ciudad, se dio con que habían elegido a la hija del rey para ser entregada a las fauces del dragón y, al no presentarse nadie que quisiera sustituirla, ésta tuvo que salir al encuentro del dragón, vestida de novia. Pero San Jorge se adelantó hacia la fiera y la atravesó con su lanza. En seguida pidió a la princesa su ceñidor, lo ató al pescuezo del monstruo y lo entregó a la joven quien lo llevó cautivo a la ciudad. El dragón siguió a la princesa como si fuera un inofensivo cachorrito. Al ver semejante prodigio, el pueblo, sobrecogido de temor, se disponía ya a huir, cuando San Jorge dijo que bastaba con que creyesen en Jesucristo y se bautizasen para que el dragón muriese. El rey y sus súbditos aceptaron la propuesta y el monstruo murió. Debido a su enorme tamaño, hubo que trasladar el cadáver del dragón utilizando varios caballos, que lo llevaron a las afueras de la ciudad, al estercolero, para que su cadáver fuera devorado por las aves de rapiña y no provocase mortales contaminaciones y pestes al descomponerse. Una vez arrojado el cadáver del dragón fuera de la ciudad, se produjo una conversión masiva de los habitantes del pueblo, llegándose a bautizar unos veinte mil habitantes, sin contar los de las mujeres y los niños. El rey ofreció grandes riquezas a San Jorge, quien le pidió que las diese a los pobres. Antes de partir, el santo caballero formuló cuatro deseos: que el rey mantuviese las iglesias, honrase a los sacerdotes, asistiese sin falta a los oficios religiosos y se mostrase compasivo con los pobres. Por entonces estalló la cruel persecución de Diocleciano y Maximiano. San Jorge, para alentar a los que vacilaban en la fe, empezó a gritar en una plaza pública: “Todos los dioses de los paganos y gentiles son demonios. Mi Dios, que creó los cielos y la tierra, es el verdadero Dios”. Daciano, el preboste, le mandó arrestar, y como no consiguió que renegase de Jesucristo, ordenó a los verdugos que le azotasen y le torturasen con hierros al rojo vivo. Pero Dios curó milagrosamente, durante la noche, las heridas de San Jorge. Entonces, Daciano ordenó a un mago que prepararse una pócima para envenenar al santo, pero el veneno no hizo su efecto. El mago se convirtió y murió mártir. El tirano intentó después dar muerte a San Jorge, aplastándole entre dos piedras erizadas y sumergiéndole en un caldero de plomo derretido; pero todo fue en vano. Viendo esto, Daciano recurrió nuevamente a las promesas. San Jorge fingió que estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los ídolos. Todo el pueblo se reunió en el templo para presenciar la apostasía del hasta entonces valiente detractor de los dioses. Pero San Jorge se puso en oración, y en ese momento bajó del cielo una llama que consumió a los ídolos y a los sacerdotes paganos, y la tierra se abrió para tragarles. La mujer de Daciano, que había presenciado la escena, se convirtió; pero Daciano mandó decapitar al santo. La sentencia se llevó a cabo sin dificultad. Cuando volvía del sitio de la ejecución, Daciano fue consumido por el fuego que bajó del cielo. Según Butler, esta es una versión de las actas de San Jorge, que se popularizaron desde muy antiguo en Europa en diferentes formas. La leyenda del dragón, aunque ocupa un lugar tan prominente, es una adición no anterior al siglo XII. Con ello caen por tierra las hipótesis de quienes presentan la leyenda de San Jorge como una reliquia de la mitología pagana; según dichos autores, San Jorge no era más que otra personificación de Teseo, quien venció al minotauro, o de Hércules, el vencedor de la hidra de Lerena. Todo nos induce, en realidad, a pensar que San Jorge fue verdaderamente un mártir de Dióspoli (es decir, Lida) de Palestina, probablemente anterior a la época de Constantino. Fuera de eso, nada podemos afirmar con certeza. El culto de San Jorge es muy antiguo. Su nombre no aparece en el “Breviario” sirio, pero el Hyeronymianum le menciona el 25 de abril sitúa su martirio en Dióspolis. Los peregrinos del siglo VI al VIII, como Teodosio, el llamado Antonino y Arculfo, dicen que el centro del culto a San Jorge y el sitio donde se hallaban sus reliquias era Lida o Dióspolis. Mensaje de santidad de San Jorge En la narración del dragón, como dice Butler, no podemos saber si fue verdaderamente cierto; lo más probable, es que sea una adición del siglo XII. Es de destacar que las actas del martirio de nuestro santo se perdieron y solamente podemos saber algo de ellas a partir de la tradición popular. Por tanto, nos encontramos ante el hecho que, pese a existir históricamente un martirio de San Jorge, no se pueden tomar como históricas tales tradiciones . De todas formas, dichas narraciones son un símbolo de los ideales y de las convicciones de aquellos cristianos que lo dieron todo por su fe en Jesucristo, y es así como en la leyenda del dragón hay muchos elementos que se condicen con la realidad de la redención: el dragón, lejos de ser un personaje mitológico, representa al verdadero dragón, Satanás, el ángel caído que habita en el infierno, puesto que en las Escrituras se le da este nombre; el aliento pestilente del dragón representa el veneno de las herejías modernistas, que niegan la condición divina de Jesucristo, y por lo tanto, niegan su sacrificio redentor y la resurrección, y todos los dogmas de la salvación; la doncella que debe ser entregada para ser devorada, representa a la humanidad caída en el pecado original, cuya suerte luego de este pecado es la eterna condenación, bajo las garras de Satanás; San Jorge, representaría entonces a Jesucristo, quien derrota al demonio de una vez y para siempre en el árbol de la Cruz. De todos modos, sea cierta o no la adición del episodio del dragón, el mensaje de santidad de San Jorge está contenido en su muerte martirial, ya que sufrió el martirio en la actual ciudad de Lod (Israel) a principios del año 300 en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiliano por lo que hacemos una breve meditación acerca de lo que es un mártir. El mártir continúa la Pasión de Cristo Cuando se recuerda a un mártir, por lo general, se evoca su vida y, por supuesto, su muerte, y se piensa, con razón, que el mártir es un ejemplo de vida cristiana, puesto que es el testigo de Cristo por excelencia. Se piensa también que el mártir es aquél que vivió en grado de perfección heroica las virtudes, tanto las naturales como las sobrenaturales, y que por esto es ejemplo que perdura en la Iglesia: el mártir es aquél a quien hay que imitar en el ejercicio de las virtudes. Son sus virtudes lo que se considera, por lo general, cuando se evoca la muerte del mártir: valentía, cuando un mártir afronta la muerte, y derrama su sangre y entrega su vida por confesar del nombre de Cristo; fe sobrenatural, cuando un mártir no solo no reniega de Cristo, sino que dona su vida por confesar su fe en Cristo como el Hombre-Dios; fortaleza sobrehumana, cuando soporta torturas sobrehumanas; perseverancia sobrenatural, cuando se ve la firme voluntad del mártir de profesar la fe en Cristo, a pesar de que le va la vida en ello. Por lo general, se considera en el mártir su aspecto humano, de heroicidad; es decir, se considera al mártir como lo que es: un ejemplo de cómo una persona humana puede vivir las virtudes en grado heroico, hasta dar la vida por esas virtudes. Todo esto está bien, y es esto lo que hay que considerar en la evocación de la memoria del mártir, pero hay algo más, en la vida y muerte del mártir, mucho más profundo y misterioso, que un gran ejemplo de cómo practicar virtudes. La heroicidad en la práctica de las virtudes –que es lo que le granjea al mártir la entrada al cielo-, es sólo un aspecto de la realidad del mártir: es, por así decirlo, su aspecto más humano. Hay algo en el mártir, en su muerte martirial, que sobrepasa infinitamente a la naturaleza humana -y es lo que le da el carácter propiamente martirial-, y es la presencia de lo divino y sobrenatural: el mártir, más que un instrumento asociado a la Pasión de Cristo, participa de tal manera de su Pasión, que puede decirse que el mismo Cristo quien, en el mártir, continúa su Pasión. El mártir es algo más que un ejemplo de virtudes: el mártir imita, continúa y prolonga, la Pasión de Cristo ; puede decirse que, en la muerte del mártir, si bien es la persona humana del mártir la que muere, es también, al mismo tiempo, el mismo Cristo quien, en la persona humana del mártir, continúa su Pasión; en el derramamiento de sangre del mártir, miembro del Cuerpo Místico de Cristo, es Cristo quien continúa derramando su sangre, como muestra de su amor misericordioso por la humanidad. Es por esto que, en cada mártir que muere, entregando su vida y derramando su sangre, la Iglesia ve al mismo Cristo que continúa, en el signo de los tiempos, entregando su vida y derramando su sangre. Es esta dimensión del misterio la que resalta la Iglesia con el color litúrgico: el color litúrgico rojo, utilizado en la conmemoración de los mártires, simboliza, más que la sangre derramada por el mártir, la Sangre del propio Cristo, Rey de los mártires, que con ella cubrió su cuerpo, vistiéndose de color rojo púrpura en el supremo martirio del Calvario. Por eso, al celebrar a los mártires, que derramaron su sangre por Cristo, no se puede pasar por alto al mismo Cristo, Rey de los mártires, a quien los mártires imitan y continúan, en el tiempo y en la historia humana, en su Pasión de amor. Todo cristiano está llamado al martirio -aunque no necesariamente cruento, porque la muerte cruenta es proporcionalmente escasa-, y es el martirio o testimonio de confesar, día a día, en todo ámbito, más con las obras que con las palabras, que Cristo, Rey de los mártires, entrega su vida y derrama su sangre en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa.