San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta Sagrado Corazón Eucarístico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sagrado Corazón Eucarístico. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de junio de 2023

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 



         La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra en toda la Iglesia por pedido expreso de Jesús, porque si bien hasta las apariciones a Santa Margarita había ya distintas devociones al Sagrado Corazón, estas estaban circunscriptas a algunos lugares determinados o a algunos santos a los cuales Jesús se les había aparecido como el Sagrado Corazón. Sin embargo, en el año 1673, Jesús comienza a aparecerse a una monja, Santa Margarita María de Alacquoque y será en estas apariciones en las que el mismo Jesús pedirá que la devoción se extienda a toda la Iglesia: en 1675, Jesús le dijo a Santa Margarita María que quería que la Fiesta del Sagrado Corazón se celebrara el viernes después de la octava del Corpus Christi; en 1856, la Fiesta del Sagrado Corazón se convirtió en fiesta universal[1].

         Con respecto a la aparición, nos podemos preguntar la razón por la cual Jesús quiere que sea honrado y adorado como el Sagrado Corazón. La respuesta la tenemos ya en la primera aparición, ocurrida el 27 de diciembre de 1673. En esa aparición, Jesús le dijo así a Santa Margarita María Alacoque: “Mi Divino Corazón está tan inflamado de amor por los hombres, y por ti en particular, que, no pudiendo más contener en Sí mismo las llamas de Su ardiente Caridad, debe esparcirlas por tus medios y manifestarse a ellos (la humanidad) para enriquecerlos con las preciosas gracias de la santificación y la salvación necesarias para sacarlos del abismo de la perdición”[2].

         De las palabras de Jesús podemos sacar tres elementos esenciales de la devoción: la inmensidad del Amor de Dios por los hombres; la donación de gracias que los hombres necesitan para ser santos y así entrar al Cielo; evitar, por medio de la devoción al Sagrado Corazón, la eterna condenación en el Infierno.

         El primer elemento, el Amor Misericordioso de Dios por los hombres, está representado en el mismo Corazón de Jesús, puesto que el corazón es símbolo del amor: en este caso, es el símbolo del Amor de Dios a los hombres. Este Amor Misericordioso es infinito y eterno y esto lo deducimos porque el Corazón de Jesús está envuelto en llamas de fuego: son las llamas del Divino Amor, la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, cuyo amor, por ser el Divino Amor, es infinito y eterno.

El segundo elemento, las gracias necesarias para la santificación, están contenidas estas gracias en la misma devoción: Jesús promete la eterna salvación para aquel que, adorando al Sagrado Corazón de Jesús, Presente en la Sagrada Eucaristía, confiese y comulgue nueve primeros viernes. Por estas gracias, entonces, el alma obtiene el Reino de los cielos.

El tercer elemento, el evitar la eterna condenación en el Infierno, se deduce explícitamente de las palabras de Jesús en la Primera Aparición: “Mi Divino Corazón quiere esparcir las gracias que necesitan los hombres para evitar el abismo de perdición”. El “abismo de perdición” no es otra cosa que el Infierno eterno, el Infierno de los condenados, adonde van a parar los ángeles rebeldes y los hombres que mueren en estado de pecado mortal por propia voluntad, por esto es que, quien se condena en el Infierno, lo hace por propia voluntad y no porque sea Dios quien lo condena. Quien se condena, lo hace porque libremente decidió rechazar a Dios y elegir el pecado y puesto que Dios respeta nuestro libre albedrío, no fuerza a nadie a entrar en su Reino, pero quien no quiera entrar en el Reino de los cielos, por medio de la devoción al Sagrado Corazón, entrará al reino de las tinieblas, donde reina Satanás, donde no hay redención, el Infierno y esto por toda la eternidad. Muchos se equivocan y piensan que la devoción al Sagrado Corazón es una devoción sentimentalista, sensiblera, que no tiene mayor trascendencia; sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es esencial para nuestra eterna salvación y de tal manera que, podemos decir, quien no tiene devoción al Sagrado Corazón de Jesús, está muy lejos del Amor de Dios y su alma corre el riesgo de la eterna perdición. Adoremos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que late con el ritmo del Divino Amor en la Sagrada Eucaristía y que esta adoración en el tiempo se continúe con la eterna adoración al Sagrado Corazón en el Reino de los cielos.

 

miércoles, 1 de junio de 2022

La devoción al Sagrado Corazón, camino seguro de santidad

 



Si alguien tiene devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ¿obtiene algún beneficio espiritual? En rigor de verdad, el Sagrado Corazón de Jesús debería ser amado, adorado y glorificado por todos los hombres, independientemente del beneficio espiritual que esta devoción pudiera dar, pero aun así, la devoción al Sagrado Corazón constituye, para el alma, una fuente de gracia infinita. Para responder a la pregunta inicial, respecto al alcance y a los frutos de esa devoción, dice así Santa Margarita María: “No hay camino más corto ni más seguro para la perfección de que consagrarse al divino Corazón, prestándole todos los homenajes de amor, honra, alabanza y adoración de que somos capaces. Creo que, en la vida espiritual no existe devoción más propia para que en breve plazo se pueda llevar un alma a la santidad, y hacerla experimentar la verdadera felicidad, que en el servicio del Corazón de Jesús”[1].

Un hecho sucedido en la primera aparición, el 27 de diciembre de 1673 a Santa Margarita María, nos da una idea de la grandeza de la devoción al Sagrado Corazón. La santa se encontraba, como de costumbre, arrodillada ante el Señor en el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. Ella lo cuenta así[2]: “Estando yo delante del Santísimo Sacramento me encontré toda penetrada por Su divina presencia. El Señor me hizo reposar por muy largo tiempo sobre su pecho divino, en el cual me descubrió todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su Corazón Sagrado. Él me dijo:Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor a los hombres (…) que, no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame para enriquecerlos con (…) las gracias santificantes necesarias para apartarlos del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía”. Aquí vemos cómo el Sagrado Corazón derrama gracias abundantes sobre sus devotos, para que estos no caigan en el Infierno eterno, en el fuego del Infierno y para eso es que los envuelve con el Fuego de su Sagrado Corazón. Por otra parte, si Santa Margarita, siendo santa como era, es llamada por Jesús “abismo de indignidad e ignorancia”, cada uno de nosotros, que nos consideramos devotos del Sagrado Corazón, debemos considerarnos, mínimamente, cien veces más indignos e ignorantes del Amor de Dios, que Santa Margarita y esto para que no caigamos en la soberbia de creernos mejores que los demás porque somos devotos del Sagrado Corazón.

Continúa Santa Margarita: “Luego, me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al mismo tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como prueba de que la gracia que te acabo de conceder no es nada imaginario, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará para siempre su dolor y, si hasta el presente solo has tomado el nombre de esclava mía, ahora te doy el de discípula muy amada de mi Sagrado Corazón”. Aquí podemos ver cómo el devoto del Sagrado Corazón, lejos de tener la vida terrena sin problemas ni dificultades, es hecho partícipe de la Pasión del Señor, de distintas maneras, de forma que, si no tiene dolor físico, puede tener un dolor moral o espiritual, que lo hace participar de los dolores de Jesús. Una idea equivocada de los cristianos es que, por ser cristiano, o por hacer alguna oración distraída de vez en cuando, ya se encuentra libre de todas las aflicciones y padecimientos de esta vida terrena, cuando en realidad el sufrimiento y el padecimiento, del orden que sea, nos enseña el Sagrado Corazón, es una participación a su Pasión redentora.

Por último, si el don que Jesús le hace a Santa Margarita, de convertir su corazón humano en una chispa de su Sagrado Corazón, que arde envuelto en las llamas del Divino Amor y así le demuestra su gran amor por ella, mucho más Amor nos demuestra a quien, por la Misericordia Divina, recibe no una chispa de las llamas del Sagrado Corazón, sino al Sagrado Corazón en su totalidad, en cada comunión eucarística, en estado de gracia. Acudamos al Sagrado Corazón Eucarístico, siempre en estado de gracia, para recibir al Corazón de Dios, envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo.

 

 

miércoles, 2 de junio de 2021

El Sagrado Corazón de Jesús, objeto de nuestro amor

 



         El 16 de junio del año 1675 Santa Margarita María de Alacquoque tuvo la gracia de recibir una de las más grandes y maravillosas apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, quien se le apareció bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús. En estas apariciones, Nuestro Señor, además de encargarle que difundiera la nueva devoción, le mostraba su Sagrado Corazón, sosteniéndolo con una mano. ¿Qué características tenía el Corazón de Jesús?

         Ante todo, el Corazón de Jesús estaba envuelto en llamas de fuego: esas llamas de fuego representan al Amor de Dios, el Espíritu Santo. El Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, está inhabitado por este Amor Divino; quiere decir que en el Corazón de Jesús no hay otra cosa que Amor y Amor de Dios, que es Eterno, Infinito, Inconmensurable, Incomprensible, Inagotable. Quien entra en contacto con el Corazón de Jesús, entra en contacto, indefectiblemente, con el Amor de Dios que inhabita en Él.

         El Corazón de Jesús se muestra con su Costado traspasado: es la huella de la Pasión de Amor que Jesús sufrió para salvarnos del Pecado, del Demonio y de la Muerte, por lo tanto, es una señal del Amor Infinito y Eterno que nos tiene Jesús a todos y cada uno de nosotros. Por otra parte, de la herida abierta del Corazón de Jesús, brota el contenido del Corazón, que es su Sangre Preciosísima: al ser la Sangre del Cordero de Dios, no es una sangre cualquiera, sino la Sangre de Dios hecho Carne, que ha donado su Vida y su Sangre por nosotros. Además, en esta Sangre está contenido el Espíritu Santo, el Amor de Dios, porque la Sangre sirve de vehículo del Divino Amor. Quien recibe al Corazón de Jesús, recibe su Sangre y, con su Sangre, al Divino Amor.

         El Sagrado Corazón está también rodeado por una corona de espinas: no debemos pensar que esto es sólo una imagen gráfica y nada más, puesto que el Corazón de Jesús está vivo y si está vivo, late y con cada latido, las espinas de la corona que lo rodean se introducen, en la fase de expansión o diástole, provocándole un agudo dolor, mientras que se retiran en la fase de contracción del corazón o sístole, provocándole otro agudo dolor, por desgarramiento. Es decir, en cada latido del Sagrado Corazón, experimenta Jesús un dolor que no es posible siquiera imaginar. ¿Por qué tiene una corona de espinas? ¿Qué significan esas espinas? La corona de espinas y cada espina que la compone, representan nuestros pecados, cualesquiera que estos sean, porque los pecados que cometemos, aunque a nosotros no nos provoquen ningún dolor, sí se lo provocan, misteriosamente, a Jesús -es un dolor de tipo moral y no físico porque Jesús, en cuanto resucitado y glorioso, ya no puede sufrir físicamente-, porque se materializan en las espinas de la corona que rodea al Sagrado Corazón. Es decir, nuestros pecados se materializan en las espinas y es esto lo que provoca un dolor agudísimo a Jesús en cada latido de su Sagrado Corazón. Con esto podemos ver cómo es de desigual el trato entre Dios y nosotros: mientras Dios nos da su Corazón con su Amor, nosotros le damos espinas y dolor con nuestros pecados. Por lo tanto, hagamos el propósito de evitar el pecado, de evitar las ocasiones de pecado y así aliviaremos el dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

         Por último, el Sagrado Corazón tiene, en su vértice, una cruz: significa que, quien quiera acceder al Amor del Sagrado Corazón, debe hacerlo por medio de la Cruz, porque el Sagrado Corazón está en la Cruz. No hay otro camino, que el Camino Real de la Santa Cruz, el Via Crucis, para acceder al Corazón Sacratísimo de Jesús.

         Entonces, cuando se piensa en Santa Margarita María de Alacquoque y en las maravillosas apariciones del Sagrado Corazón, podemos pensar en lo dichosa que fue la santa, que recibió estas grandiosas apariciones. Sin embargo, nosotros, aunque Jesús no se nos aparezca como el Sagrado Corazón, visiblemente, nos podemos considerar infinitamente más dichosos que la santa, porque ese mismo Corazón, exactamente el mismo, vivo, latiente, glorioso, resucitado, inflamado en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, es el que recibimos en cada Comunión Eucarística, porque en cada Comunión Eucarística Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico. Y si a Santa María de Alacquoque le pidió su corazón humano para devolverlo envuelto en llamas de Amor Divino, a nosotros nos pide que le abramos las puertas de nuestros corazones, para que Él nos done su Amor Divino, el Espíritu Santo, para que con sus santas llamas nos incendie con el Fuego del Amor de Dios. Si a nosotros no se nos aparece visiblemente como el Sagrado Corazón, se nos dona, invisiblemente, oculto en apariencia de pan, como el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Y esto, recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es lo más grandioso que puede sucederle a una persona en esta vida terrena y por esto mismo, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús debe ser el primero, único y exclusivo objeto de nuestro amor.

viernes, 5 de abril de 2019

El Sagrado Corazón se queja de las ingratitudes y desamores de los cristianos



         En la tercera gran revelación, que ocurrió durante la fiesta de Corpus Christi de 1674, el Sagrado Corazón le reveló a Santa Margarita “las maravillas de su puro amor y hasta qué exceso había llegado su amor para con los hombres, de quienes no recibía sino ingratitudes”[1]. En esta aparición, que es más brillante que las demás, según la descripción de Santa Margarita, quien lo describe así: “Jesucristo mi Amado se presentó delante de mí todo resplandeciente de Gloria, con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido”[2], además de hacerle algunas peticiones y revelarle que le concederá la gracia del dolor de su Costado traspasado, el Sagrado Corazón se muestra como un “amante apasionado de los hombres, que se queja del desamor de los suyos y, como si fuera un divino mendigo, nos tiende la mano el Señor para solicitar nuestro amor”[3].
         Es decir, en esta aparición, el Sagrado Corazón se queja de las “ingratitudes” y del “desamor” de los suyos, que no somos otros que nosotros, los cristianos, además de presentarse como un “mendigo de amor”, que viene a mendigar nuestro miserable amor, aun teniendo Él el amor de los querubines y serafines que se postran ante Él y lo aman y adoran de día y de noche.
         Somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón, cada vez que preferimos los viles placeres del mundo, antes que el más pequeño grado de gracia; somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón de Jesús, cada vez que preferimos los atractivos y manjares del mundo, antes que el banquete celestial que nos prepara el Padre en cada Santa Misa, compuesta por manjares celestiales: la Carne del Cordero, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón cuando preferimos el amor mísero de las creaturas y cuando mendigamos el amor de estas, antes de venir a beber del Amor Infinito de Dios, que se derrama incontenible desde la Eucaristía; somos ingratos y desamorados para con el Sagrado Corazón de Jesús, cada vez que, teniendo que cargar la cruz, en vez de abrazar la cruz –que puede ser bajo la forma de una enfermedad, una tribulación-, dejamos de lado la cruz y corremos para que alguien nos la quite y no dudamos en aliarnos con los enemigos de Dios –brujos, hechiceros, chamanes-, con tal de no tener tal o cual enfermedad, es decir, con tal de no llevar la cruz.
         El Sagrado Corazón se queja de las ingratitudes y desamores de los cristianos, ingratitud y desamor que llegan al extremo de convertirse en pecados, que se materializan en la corona de espinas que laceran y lastiman, a cada latido, al Sagrado Corazón.
         Hagamos el propósito de no solo no ser ingratos y desamorados, sino de acudir a rendirle amor, honor y adoración al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, adorándolo en la Adoración Eucarística y recibiéndolo en la Comunión Eucarística con todo el amor del que seamos capaces, para así reparar por nuestras ingratitudes y desamores y por las de nuestros hermanos.



[1] https://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 6 de abril de 2018

El Sagrado Corazón quedó lleno de amargura desde el momento mismo de la Encarnación



         Muchos pueden pensar, al contemplar al Sagrado Corazón rodeado de espinas, con una cruz en su base y con su costado lacerado por la lanza, que las amarguras y dolores causados en su Pasión por la malicia de los hombres comenzaron, precisamente, en la Pasión. Muchos, al ver al Jesús adulto siendo flagelado, coronado de espinas, crucificado, pueden ser llevados a pensar que Jesús sufrió su Pasión en su juventud y en su edad adulta. Por lo tanto, su niñez, incluida su Encarnación, habrían quedado libres de estos dolores y angustias, habiéndose desarrollado según los estándares de los niños de Palestina de esa época.
         Sin embargo, no es eso lo que nos enseña la Iglesia y lo que Jesús mismo le revela a Santa Margarita. Dos o tres meses después de la Primera Aparición se produjo la Segunda Aparición, relatada así por Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior (...) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en el la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.
         Jesús le revela entonces, a Santa Margarita, que el dolor de la Pasión comenzó no en su juventud ni en su edad adulta, sino desde el momento mismo de la Encarnación. Recordemos que en el caso de Jesús, los cromosomas masculinos correspondientes al padre, al no haber contacto con varón alguno, fueron creados en el momento mismo de la Encarnación y que este hecho significa que, como todo hombre, Jesús ya tenía un cuerpo y un alma en el momento mismo de ser un cigoto, es decir, una sola célula. Jesús ya era el Hombre-Dios, aun cuando su Cuerpo humano estuviese formado, en la Encarnación, por una sola célula, el cigoto.
         Es desde es mismo instante de la Encarnación que Jesús comienza a sufrir su Pasión: de manera mística, espiritual, moral, pero no menos real y verdadera. Su Corazón, contenido en los genes del núcleo celular del cigoto, comenzó ya a sufrir en la concepción y continuó, por supuesto, sufriendo, hasta el día de su muerte en la Cruz. Lo que hace Jesús al mostrar su Corazón envuelto en llamas –las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo; las espinas, la cruz y el Costado traspasado- es solamente graficar, en su Corazón ya perteneciente a un hombre adulto, aquello que Él comenzó a sufrir desde la Encarnación.
         Y todo este sufrimiento no es para que se desarrolle en la Iglesia una devoción sentimentalista, destinada a señoras jubiladas que porque nada tienen que hacer en sus hogares, se inscriben en la Cofradía del Sagrado Corazón: la devoción al Sagrado Corazón está íntima y estrechamente relacionada con la salvación de la eterna condenación en el Infierno y la eterna salvación en el Cielo. A tal punto, que se puede decir que quien desprecia las Llamas del Divino Amor que envuelven al Corazón de Jesús, será envuelto y quemado sin piedad, en el cuerpo y en el alma, por toda la eternidad, en el Infierno. Y la razón es que, en la devoción al Sagrado Corazón, están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación y para evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así Santa Margarita: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
“Apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno)”. Es para esto para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón; es para esto que comenzó a sufrir su Pasión desde la Encarnación; es para esto que nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística -la Eucaristía es la continuación y prolongación del Sagrado Corazón, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está vivo y palpitante, lleno de la gloria y del Amor de Dios-. Es para esto que Jesús se revela como el Sagrado Corazón y es para esto que debemos ser sus amantes devotos: para librarnos de Satanás; para librarnos de la eterna condenación en el Infierno; para librarnos de los movimientos desordenados de nuestros corazones que nos conducen al pecado y al Infierno, todo lo cual nada tiene que ver con una devoción sensiblera, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.


viernes, 7 de octubre de 2016

El Sagrado Corazón se nos entrega en la Eucaristía


         En una de sus apariciones, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón; la santa se lo entregó y Jesús, luego de colocarlo en su pecho, lo sacó de allí convertido en una llama de fuego. Así lo relata Santa Margarita: “Me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”[1]. Jesús le concede una gracia extraordinaria a Santa Margarita, porque transforma su corazón –“pequeño como un átomo”, tal como lo describe ella misma-, humano, en una “llama encendida en forma de corazón”, es decir, ese mismo corazón humano de Santa Margarita, pero formado por una “chispa” de sus “más vivas llamas”, la cual habría de funcionar como corazón: “para que te sirva de corazón”, de modo de poder así amar a Jesús con un amor inextinguible: “cuyo ardor nunca se extinguirá”.
         Si esto se puede considerar –y lo es- como una gracia especialísima, concedida por Jesús a quienes más ama, sin embargo, con todo, es una gracia ínfima, en comparación con el don que Jesús nos hace a cada uno de nosotros, en cada comunión eucarística, porque en la comunión, más que convertir nuestros pobres corazones en “llamas” de su Amor, nos da ese “horno encendido” que es el suyo; es decir, en vez de tomar nuestros corazones e introducirlos en el suyo, para devolvérnoslos convertidos en llamas de Amor, nos da en cada Eucaristía su propio Corazón, la totalidad de su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para encender nuestros corazones en el Amor de Dios, para que nuestros pobres corazones se fundan -así como el hierro se funde por el fuego y se convierte en el mismo fuego, cuando se pone incandescente-, en su Sagrado Corazón, que arde con las llamas del Amor Divino.
         Vivimos tan lejos del Amor de Dios, que este don suyo de su Sagrado Corazón Eucarístico, en cada comunión eucarística, o nos pasa desapercibido, o nos tiene sin cuidado.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

martes, 16 de septiembre de 2014

Santos Cipriano y Cornelio, mártires


Los Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, junto a la Virgen y el Niño.
Miniatura del Siglo XVII en un libro de heráldica alemán

San Cipriano, obispo de Cartago, murió decapitado el 14 de septiembre del año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Junto con el Papa Cornelio fueron mártires porque dieron sus vidas y derramaron su sangre, como lo dice el mismo Cipriano en una carta a Cornelio, “confesando el nombre de Cristo”[1]. En el caso de estos santos mártires, la confesión de Cristo revistió características particulares, sobre todo la de San Cipriano, según se puede deducir, al leer las Actas de su martirio. En efecto, de su lectura, se puede constatar que mientras San Cornelio se enfrentó a la herejía de los Novacianos[2], San Cipriano, por el contrario, se caracterizó por defender la Santa Misa, al negarse a quemar incienso a los ídolos.
El testimonio de ambos mártires, pero particularmente el de San Cipriano, es particularmente válido para nuestros días, en el que la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario –por eso se llama “Santo Sacrificio del Altar”- es menospreciada, infravalorada, ultrajada, despreciada, pospuesta, dejada de lado, a cambio de los ídolos del mundo moderno, por la inmensa mayoría de los católicos.
Dice así el Acta de martirio de San Cipriano:
“Juez: “El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?” Cipriano: “Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A Él rezamos cada día los cristianos”. El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?” Cipriano: “Si, lo soy”. El juez: “El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses”. Cipriano: “No lo haré nunca”. El juez: “Píenselo bien”. Cipriano: “Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar”. El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”. Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!” Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura. A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte”[3].
Como se lee en las Actas de su martirio, San Cipriano se deja decapitar antes que renunciar a la Santa Misa y antes que quemar incienso a los ídolos, es decir, antes que cometer el pecado de apostasía, todo lo contrario a lo que sucede con ingentes masas de católicos, que se inclinan ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos presentados por los medios de comunicación masiva y que a pesar de la estridencia de sus gritos; a pesar del volumen ensordecedor de la música que embota el cerebro y los sentidos de quienes los idolatran, y a pesar de las vestimentas y espejos multicolores con los cuales se disfrazan, son ídolos mudos, sordos y ciegos, que prometen una felicidad vana y pasajera, y que esconden, detrás de una sonrisa de cartón, la amargura, la tristeza y el dolor provocados por la ausencia de Dios, porque el objetivo principal de estos ídolos neo-paganos –fútbol, música, espectáculos, deportes, política, y todo lo que el hombre moderno inventa para olvidarse de Dios-, es apartar al hombre del Domingo y de la Santa Misa.
Por este motivo, el Acta del martirio de San Cipriano, es de suma actualidad y valor para nuestros días, en el que la Santa Misa ha sido dejada de lado por estos ídolos neo-paganos, construidos por los medios masivos de comunicación. Al conmemorar a los Santos Cornelio y Cipriano, pidamos por su intercesión, la gracia de no solo rechazar a los modernos ídolos neo-paganos, sino ante todo y en primer lugar, de saber apreciar y amar, cada vez más, la Santa Misa, el Santo Sacrificio del Altar, hasta dar la vida en sacrificio por el Hombre-Dios, que en la Misa se sacrifica por nosotros, entregando su Cuerpo Sacratísimo en la Eucaristía y derramando su Sangre Preciosísima en el Cáliz, para donarnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, cada vez que lo recibimos en la sagrada comunión.



[1] Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3,691-692. 694-695.
[2] Doctrina rigorista surgida en el seno de la Iglesia en el siglo III, según la cual se debe negar la absolución a los lapsos, ya que afirma que la Iglesia no puede perdonar a los que renegaron de la fe en la persecución. Esta doctrina rigorista fue perdiendo adeptos hasta desaparecer en el siglo VII.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm




miércoles, 20 de agosto de 2014

San Pío X, el Papa que amaba la Eucaristía


De entre todas las admirables virtudes que caracterizaron a San Pío X, sobresale su gran amor a la Eucaristía y puesto que amaba tanto a Jesús en la Eucaristía, quería que todos participaran de ese amor, de modo que promulgó un decreto[1] permitiendo la comunión diaria, en un momento en el que la comunión diaria era muy poco frecuente; además, por este decreto, amplió la recepción de la Eucaristía a los enfermos y a los niños, a partir de los 7 años, cuando ya tuviesen uso de razón.
En el decreto, San Pío X daba la razón por la cual permitía la comunión diaria, que no es “ni el honor ni la reverencia” a Jesús, “ni el premio a la virtud”, sino “el fortalecimiento interior por la gracia”: “La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana”[2].
Continúa San Pío X afirmando que la comunión diaria era una práctica común entre los primeros cristianos, en la Iglesia primitiva, y que también lo hacían los Apóstoles y así lo enseñaban los escritores eclesiásticos, y que esto daba grandes frutos de santidad[3].
Éste es el deseo de Jesús, dice San Pío X, al instituir la Eucaristía, porque Él quería que todos los hombres se alimentaran, más que con alimentos materiales, con su Cuerpo y con su Sangre, y para demostrarlo, hace una exégesis de la cita del Evangelio de Juan en la Última Cena, en donde Jesús se proclama a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo: “Estos deseos coinciden con los en que se abrasaba nuestro Señor Jesucristo al instituir este divino Sacramento. Pues El mismo indicó repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el maná que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”[4]. De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico”.
Luego, San Pío X, por medio del decreto, establece libertad para que “1º- los fieles cristianos de cualquier clase y condición que sean, comulguen frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención.
2º – La rectitud de intención consiste en que el que comulga no lo haga por rutina, vanidad o respetos humanos, sino por agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor y aplicar esta medicina divina a sus debilidades y defectos.
3º – Aunque convenga en gran manera que los que comulgan frecuente o diariamente estén libres de pecados veniales, al menos de los completamente voluntarios, y de su afecto, basta, sin embargo, que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar; y con este sincero propósito no puede menos de suceder que los que comulgan diariamente se vean poco a poco libres hasta de los pecados veniales y de la afición a ellos.
4º – Como los Sacramentos de la Ley Nueva, aunque produzcan su efecto ex opere operato, lo causan, sin embargo, más abundante cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la
Sagrada Comunión una preparación cuidadosa y le siga la conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno”[5].
La Iglesia, posteriormente, resumirá las disposiciones para comulgar, en las siguientes: vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, estar en estado de gracia y libres de pecado mortal, y hacer una preparación espiritual adecuada antes de recibir la sagrada comunión, es decir, saber a quién se va a recibir. Esto se complementa con una adecuada acción de gracias luego de la comunión sacramental.
         Entonces, al conmemorar a San Pío X, recordemos que su intención era que comulguemos diariamente; sin embargo, en nuestros días, se ha caído tal vez en el error opuesto, en la comunión por rutina, en la comunión mecánica, en la que no se piensa en lo que se está recibiendo, ni en Quién es Aquél a quien se recibe en la Eucaristía; en nuestros días, tal vez se piensa en la Eucaristía como en un derecho o en un premio, más que como en lo que Es en verdad, Dios Hijo encarnado y oculto en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hijo de Dios. Entonces, la conmemoración de San Pío X, es una muy buena oportunidad para que pensemos en cómo vivimos nuestra comunión diaria –los que comulgamos diariamente-, es una muy buena oportunidad para que pensemos que nuestra comunión diaria nunca puede ser rutinaria, porque no comulgamos un trozo de pan material: comulgamos al Pan Vivo bajado del cielo: comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, que quiere incendiarnos en el Amor Divino, y por lo tanto nuestros corazones, deben estar en gracia, y no deben estar cerrados al Amor, por la oscuridad del pecado mortal; comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, que está inmerso en un mar de dolores, por nuestros pecados, y por lo tanto, no podemos estar distraídos, pensando en nuestros asuntos temporales, terrenos, banales, materiales, ya que Jesús quiere hacernos partícipe de sus dones, de sus gracias, y la gran mayoría de las veces debe retirarse, entristecido, sin haber podido dejar sus gracias, debido a nuestra distracción, tal como Él mismo se lo dijo a Sor Faustina Kowalska; comulgamos a Jesús, vivo, resucitado y glorioso, y por eso debemos vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, para mantenernos unidos a Él y para no separarnos de Él por los falsos atractivos del pecado, del mundo y de la carne, para estar, en todo momento, preparados para el encuentro cara a cara, porque el Jesús al cual comulgamos, oculto en la Eucaristía, y del cual recibimos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Jesús al cual veremos, cara a cara, el día de nuestra muerte, el día en el que, por su Divina Misericordia, esperamos ingresar en la feliz eternidad. Para ese día, para ese feliz día, en el que deseamos verlo cara a cara, es que nos preparamos en cada comunión eucarística, acumulando en nuestros corazones, como un avaro acumula monedas de oro en su arcón, el Amor que Jesús deposita en nuestros corazones en cada comunión eucarística y por eso la comunión eucarística diaria, deseada por San Pío X, nunca puede, ni debe ser, para nosotros, rutinaria.




[1] Cfr. “Sacra tridentina synodus” (Decreto), SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905.
[2] Cfr. Sacra tridentina synodus, 3.
[3] Cfr. ibidem, 4.
[4] Jn 6, 51-58
[5] Cfr. ibidem, 10.

domingo, 20 de julio de 2014

San Lorenzo de Brindis y la fuente de su fuerza espiritual


Vida y obra de San Lorenzo de Brindis
César de Rossi nació en Brindis, ciudad del reino de Nápoles, en el año 1559; a los seis años se destacaba por una memoria prodigiosa, que le permitía memorizar páginas enteras, que recitaba en público. A los dieciséis años, pidió ingresar en la Orden de Capuchinos, donde debido a su gran capacidad intelectual y a su profunda vida espiritual, enseñó teología a sus hermanos de religión y ocupó varios cargos de responsabilidad, siendo posteriormente delegado del Papa en muchos asuntos importantes, pero manteniendo sin embargo en todo momento una profunda humildad. Con el hábito religioso, César de Rossi recibió el nombre de Lorenzo. Predicó con asiduidad y eficacia en varios países de Europa y también escribió muchas obras de carácter doctrinal. Murió en Lisboa el año 1619.
         Mensaje de santidad
Una anécdota ocurrida al inicio de su profesión religiosa, da cuenta de dónde obtenía San Lorenzo su fuente de su energía vital, la luz de su gran inteligencia, y la profundidad de su vida espiritual.  Cuando San Lorenzo, a los dieciséis años de edad pidió ser admitido en la orden religiosa, el superior le advirtió que la vida religiosa no iba a ser fácil, sino que, por el contrario, iba a ser muy difícil, porque se trataba de una vida muy diferente a la vida del mundo, en la que todo es comodidad y deleite; la vida del claustro, por el contrario, es todo austeridad y sobriedad. Entonces San Lorenzo le preguntó al superior: “Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?” “Sí, lo habrá”, respondió el superior.  Entonces San Lorenzo le contestó: “Entonces eso me basta.  Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir por amor a Él, cualquier padecimiento”. La meditación favorita de San Lorenzo era la Pasión y Muerte de Jesucristo, y esta es la razón por la cual el santo encontraba, en el crucifijo, la fuente de la fortaleza para la vida religiosa.

Esto es acorde a lo que dice Santo Tomás, cuando da la clave para la felicidad: dice Santo Tomás de Aquino, que si alguien quiere ser feliz, tanto en esta vida, como en la otra, no tiene más que hacer, que “desear lo que Cristo deseó en la cruz, y despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz”, y eso es lo que San Lorenzo hizo durante toda su vida, y fue lo que le dio luz a su intelecto, profundidad en su vida espiritual y fortaleza en las tribulaciones. Puesto que la Iglesia nos da a este gran santo para que lo contemplemos y lo imitemos, también nosotros debemos imitar a San Lorenzo de Brindis, y decir como él, frente a las tribulaciones de la vida: “¿Hay un crucifijo?¿Tengo la Misa, en donde está Cristo en Persona, renovando para mí su sacrificio en la cruz? ¿Hay una Eucaristía, en donde está Cristo en Persona? Entonces, eso me basta. Contemplar a Cristo en la cruz, contemplarlo en la Santa Misa, invisible, renovando para mí su sacrificio incruento, y donándose todo entero, con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad, y con su Sagrado Corazón Eucarístico, que contiene todo el Amor de Dios, en cada Eucaristía, es lo que me basta para superar, con creces, cualquier tribulación que se me pueda presentar en esta vida terrena, en este valle de lágrimas, hasta que llegue el día feliz del encuentro con Él, cara a cara, en la feliz eternidad”. 

jueves, 3 de abril de 2014

Porqué el Verbo de Dios se encarna como el Sagrado Corazón


         ¿Por qué el Verbo de Dios se encarna? ¿Por qué, luego de encarnado, se deja crucificar? ¿Por qué, luego de crucificado, resucita? ¿Y por qué, luego de resucitado, se aparece como el Sagrado Corazón?
El Verbo de Dios se encarna como el Sagrado Corazón porque de esa manera podía, por un lado, agradar al Padre, ofreciéndole una Víctima Pura y Santa, inmolándose en el ara de la cruz, y por otro, podía ofrecerse como Don de Dios a los hombres, Don en el cual los hombres encontraran el perdón divino, la reconciliación y la plenitud del Amor de Dios y esto de manera tal que no les quedara ninguna duda acerca de las intenciones divinas. Al encarnarse como el Sagrado Corazón, el Verbo de Dios le ofrecería al Padre una ofrenda purísima, su Sacratísimo Corazón, Corazón en el cual arderían las llamas del Divino Amor. Ofrendado por el Hijo de Dios encarnado, desde el altar de la cruz, el Sagrado Corazón, ardiendo en el fuego del Divino Amor, sería la prenda de Alianza Eterna y definitiva que el mismo Dios realizaba con la humanidad y sería la prueba de que Dios perdonaba para siempre las iniquidades de los hombres, sellando con la Sangre de su Hijo el Pacto de Amor que Él había decidido establecer con los hombres.
A su vez, la Encarnación de Dios Hijo como el Sagrado Corazón, le ofrecía a los hombres la garantía de que Dios olvidaba para siempre sus horribles pecados, sus blasfemias, sus pactos con el enemigo de la humanidad -el mismo que los había hecho caer del Paraíso, la Serpiente Antigua-, con tal de que se arrepintieran de sus pecados y no los volvieran a cometer. En efecto, ¿cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si Dios Encarnado sube a la cruz y abre los brazos en la cruz y permite que su Corazón sea traspasado por la lanza, para que el contenido de su Corazón, el Amor Divino, el Espíritu Santo, brote incontenible con la Sangre y el Agua como un manantial de misericordia para que inunde el mundo entero y se derrame sobre las almas de los pobres hombres pecadores? ¿Cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si Dios Encarnado se les aparece con su Corazón en la mano y se los da para que se apropien de Él y gocen de las dulzuras de su Amor? Y finalmente, ¿cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si luego de aparecerse como el Sagrado Corazón, se continúa donando como el Sagrado Corazón Eucarístico en cada Santa Misa?
El Verbo de Dios, entonces, se encarna como el Sagrado Corazón, para poder ofrecer a Dios la ofrenda Pura y Santa, el Corazón del Hombre-Dios, envuelto en las llamas del Divino Amor, y para poder ofrecer a los hombres la Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico, Corazón que enciende al alma en el Fuego del Espíritu Santo.