San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 30 de noviembre de 2016

San Andrés, Apóstol


         De San Andrés dice así San Juan Crisóstomo: “Después de haber estado con Jesús y haber aprendido de él muchas cosas, no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle partícipe de su dicha. Fijémonos en lo que dice a su hermano: “Hemos encontrado al Mesías” (traducido, quiere decir “Cristo”)”[1].
         Es decir, San Ambrosio dice dos cosas de San Andrés: que encontró a Jesús, el Mesías –que era lo que esperaban los justos del Antiguo Testamento- y que, luego de haberlo encontrado, fue a comunicar a su hermano Pedro de su hallazgo. Lo sucedido a San Andrés es el hecho más hermoso, sorprendente, grandioso y maravilloso que pueda sucederle a una persona en esta vida, porque significa encontrar a Aquel a quien los ángeles en el cielo se postran en adoración y, extasiados en el amor, cantan alabanzas e himnos de adoración; San Andrés, iluminado por el Espíritu Santo, encontró a Aquel que es la Sabiduría de Dios encarnada, Cristo Jesús; encontró a la Palabra de Dios hecha hombre, que por estar unida a una naturaleza humana, se comunicaba con los hombres con su mismo lenguaje, revelándoles el camino de la eterna salvación por medio de palabras humanas en las que estaba contenida la Divina Sabiduría; San Andrés encontró al Hijo de Dios encarnado, que era invisible, que era Dios como el Padre y que habitaba en una luz inaccesible, pero que por la Encarnación en el seno virgen de María, se hizo visible, sensible y audible para los hombres, para que los hombres pudieran contemplar la gloria de Dios oculta en una naturaleza humana. Pero debido a que el Hijo de Dios es Vida Increada y comunica de su vida divina y su Divino Amor a los hombres, San Andrés, encendido en su corazón por el fuego de este Divino Amor, fue a comunicarlo a su hermano Pedro, y es por esto que dijo: “Hemos encontrado al Mesías”.
         Ahora bien, todo cristiano, al contemplar la Eucaristía con la luz del Espíritu Santo y con la fe de la Iglesia Católica, debería decir también, junto con San Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”, porque la Eucaristía es el mismo Mesías, el mismo Cristo Jesús encontrado por San Andrés, sólo que ahora ha pasado ya por su misterio pascual salvífico de muerte y resurrección y se encuentra oculto, bajo apariencia de pan, en la Hostia consagrada. Y, como San Andrés, todo cristiano que adora la Eucaristía, es decir, al Cordero de Dios oculto en las especies eucarísticas, movido por el Divino Amor, debería gritar desde las azoteas al mundo entero: “¡Hemos encontrado al Mesías, Cristo Jesús, y está en la Eucaristía!”.



[1] Homilía 19, 1: PG 59, 120-121.

martes, 3 de mayo de 2016

Fiesta de San Felipe y Santiago, Apóstoles



         “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 45). El Evangelio de Juan nos cuenta que Felipe fue uno de los primeros a los que Jesús llamó a su lado, precisamente al día siguiente que a Andrés y a Pedro, y que era del mismo pueblo que ellos: “Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: Sígueme. Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro” (Jn 1, 43-44). Ahora bien, de este encuentro con Jesús, Felipe no queda indiferente; de este encuentro con Jesús, Felipe no vuelve a ser el mismo, nunca más; de este encuentro con Jesús, Felipe inicia un camino de conversión que lo conduce, de la tierra, al cielo, de la vida del pecado, a la vida de la gracia, de no conocer a Dios, a conocer y amar a Dios encarnado y a dar la vida por Él. Jesús llama a Felipe y Felipe convierte su corazón al Hombre-Dios y esa es la razón por la cual ya no es más el mismo: iluminado por el Espíritu Santo, ve en Jesús al Hombre-Dios, al Redentor, a Aquel que ha venido desde el cielo para buscarlo, para llevarlo a la Casa del Padre, luego de lavarle sus pecados con su Sangre derramada en la cruz y de concederle la vida eterna; ve en Jesús al Mesías anunciado por la Ley y los Profetas, ve al Siervo de Dios sufriente, anunciado por Isaías, el Siervo de Dios “molido por nuestros pecados”, ve en Jesús al “Varón de dolores” que carga sobre sí nuestras iniquidades. Felipe, iluminado por el Espíritu Santo, ve en Jesús a Dios hecho Hombre, al Salvador de los hombres y, movido por el Amor del Espíritu Santo, que arde en su corazón, va en busca de su prójimo, para compartir la alegría de haber encontrado al Mesías. Por esto, Felipe Apóstol es el paradigma del adorador eucarístico, porque de la misma manera, el adorador eucarístico es llamado por Jesús Eucaristía para estar a solas con Él, para recibir de Él su Espíritu de Amor, para recibir de Él la Buena Noticia de la vida eterna en el Reino de los cielos, y es por eso que el adorador eucarístico, al igual que Felipe, luego de ser llamado por Jesús Eucaristía, debe decir a sus hermanos: “He encontrado al Mesías: es Jesús Eucaristía”. El adorador eucarístico es quien encuentra a Jesús y, una vez que lo encuentra, no se queda de modo egoísta con eso que ha encontrado, sino que, como Felipe, corre al encuentro de sus hermanos, para darlo a conocer, para que todos sepan que en la Eucaristía está el Mesías, Jesús, el Cordero de Dios, el Redentor, el Hombre-Dios, que ha venido no para solucionarnos los problemas de esta vida, sino para lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la Cruz y para llevarnos a la Casa del Padre.

lunes, 24 de agosto de 2015

San Bartolomé, modelo de santidad y de seguimiento de Jesucristo


         San Bartolomé es ejemplo de quien, oyendo hablar de Jesucristo como el Mesías, desea conocerlo personalmente, para seguirlo y dar la vida por Él. Según el relato evangélico, San Bartolomé –llamado “Natanael” en el Evangelio[1]- fue llamado por Felipe, inmediatamente después de que Felipe fuera a su vez llamado por Jesús. El Evangelio narra que Jesús llamó a Felipe y éste fue a llamar a San Bartolomé, diciéndole que “habían encontrado al Mesías”: “Felipe se encontró a Natanael y le dijo: ‘Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret’. Natanael le respondió: ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ Felipe le dijo: ‘Ven y verás’. (Jn 1, 49)”. Luego de este encuentro, y a pesar de que San Bartolomé dudara, no de Jesús como Mesías, sino del lugar en donde había sido encontrado por Felipe –en efecto, San Bartolomé dice: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?”, tal vez debido a que San Bartolomé pensaba que el Mesías, por ser tal, debía nacer en un lugar más importante-, sigue a Felipe con el deseo, puesto por Dios en su corazón, de ver al Mesías. San Bartolomé responde a esta gracia con un corazón puro y lleno de amor por el Mesías, puesto que desea buscar y encontrar al Mesías, de quien ya sabe el nombre, Jesús de Nazaret, no por mezquinos intereses, sino por ser Jesús Quien Es, el Mesías, el Salvador, “Aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas”. Esta pureza de corazón de San Bartolomé es reconocida por el mismo Jesús, quien apenas ve a San Bartolomé, lo elogia diciendo: “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. La ausencia de engaño, es decir, la ausencia de mentira en San Bartolomé, es un indicio clarísimo de la Presencia del Espíritu de Dios en su corazón, puesto que, así como el amor a la Verdad es señal de la Presencia de Dios en un alma, así también la mentira es señal no sólo de ausencia de Dios y su Espíritu, sino de la presencia del Demonio, llamado “Padre de la mentira” por parte de Jesús (cfr. Jn 8, 44). Luego de este encuentro y de que Jesús alabara su amor por la Verdad, se entabla un diálogo entre San Bartolomé y Jesús, en el que San Bartolomé reconoce a Jesús como al Mesías y en el que Jesús le anticipa algo que está reservado sólo a los grandes santos: ver al Mesías y a los ángeles de Dios subir y bajar alrededor de Él: “Natanael le preguntó: ‘¿Desde cuándo me conoces?’ Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi’. Le respondió Natanael: ‘Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’. Jesús le contestó: ‘Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre’. (Jn 1, 43)”. A partir del encuentro personal con Jesús de Nazareth, el Mesías, San Bartolomé no lo abandonará nunca más, ni en esta vida, ni en la otra, en donde goza por la eternidad de su contemplación: San Bartolomé dará su vida por Jesús, muriendo mártir en la India, siendo despellejado vivo por predicar el Evangelio[2].
         Como vemos, la vida de San Bartolomé es un maravilloso ejemplo de santidad, a imitar por todo aquel que busque a Jesús como al Mesías, como al Salvador, como al Redentor de la humanidad: San Bartolomé ama a Jesús por ser Él quien ES, el Hombre-Dios encarnado para redimir a los hombres y conducirlos a la bienaventuranza eterna y da la vida por Él. Al recordarlo en su día, pidamos al santo que interceda por nosotros para que, a imitación suya, busquemos a Jesús sin doblez de corazón y que  amemos a Jesús por lo que ES, Dios de majestad infinita, y no por lo que da.




[1] Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael (que significa “regalo de Dios”) Muchos autores creen que el personaje que el evangelista San Juan llama Natanael, es el mismo que otros evangelistas llaman Bartolomé. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael; cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Bartolom%C3%A9_8_24.htm
[2] Por este motivo, se lo representa a San Bartolomé sosteniendo su propia piel en sus brazos, a modo de abrigo; cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Bartolom%C3%A9_8_24.htm

miércoles, 24 de diciembre de 2014

San Zacarías entona el Benedictus


“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 67-79). El último tramo del cántico de Zacarías -entonado en estado de éxtasis, pues lo hace cuando queda “lleno del Espíritu Santo”, tal como lo señala el evangelista- describe, por un lado, el Amor misericordioso de Dios –gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios-, Amor de ternura misericordiosa, que es el que mueve a la Trinidad a llevar a cabo la obra de la redención, enviando a la Segunda Persona a realizar el misterio pascual, por la Encarnación y la Muerte en cruz; por otro lado, describe, en muy pocas palabras, la función del Mesías Redentor: puesto que quien se encarna por “misericordiosa ternura” es Dios Hijo, y Dios Hijo es “Dios de Dios”, “Luz de Luz”, el Mesías que nace para Navidad y que luego muere en cruz y resucita, es el “Sol naciente”, desde el momento en que la naturaleza divina es luminosa en sí misma y por eso, por sí misma, ilumina, como el astro sol. Pero este “Sol naciente” que es el Mesías, según la descripción de Zacarías, puesto que es un sol espiritual y no material –es Dios encarnado que, por su naturaleza gloriosa, es luz en sí mismo- habrá de iluminar “a los que están en tinieblas y en sombras de muerte”, es decir a los hombres que vivimos en esta tierra y en este mundo, envueltos en las tinieblas del error, del pecado y del infierno e inmersos y rodeados por las “sombras de muerte”, no solo de la muerte física, corporal, sino de la muerte del alma, que es el pecado, y por las sombras vivientes del infierno, los ángeles caídos, los demonios.  Al derrotar a los tres grandes enemigos del hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, el Mesías, que viene de lo alto como “Sol naciente”, guía los pasos de la humanidad “por el camino de la paz”, como lo dice Zacarías, pero no la paz mundana, sino la paz de Cristo –“mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo”-, que es la paz que brota en el alma cuando en el alma, dispersados los enemigos por la acción de Dios –ante este Sol naciente, los enemigos del alma se disuelven como el humo: “Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios”[1]-, brota de la gracia santificante la calma y la quietud que ordenan y orientan al corazón en dirección a su objeto primero y último, Dios mismo.
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Zacarías canta, lleno del Espíritu Santo, a la “misericordiosa ternura de nuestro Dios”, porque nacerá el Redentor, el “Sol que nace de lo alto”. Por el misterio de la liturgia eucarística, la Iglesia no solo entona, para Navidad, el mismo cántico de Zacarías, sino que celebra su Presencia Viva, real, gloriosa y resucitada, en la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Mesías que ha sufrido la muerte en cruz y ha resucitado, y está vivo y glorioso, oculto en la apariencia de pan, iluminando, como Sol naciente que Es, a quienes aún vivimos en este “valle de lágrimas”, envueltos en las tinieblas y sombras de muerte”; quien se deja iluminar por el Mesías resucitado, que emite sus divinos rayos desde la Eucaristía, no solo se ve libre de las tinieblas vivientes y de las sombras de muerte del pecado, del error y de la muerte, sino que recibe su gracia, su Vida y su Amor divino. De ese modo, siendo iluminada el alma por el Amor Divino que se derrama por la adoración y la comunión eucarística, el alma no solo canta la "misericordiosa ternura" de nuestro Dios, como lo expresa Zacarías, sino que la experimenta y la vive en lo más profundo de su ser y de su corazón.




[1] Salmo 67.

jueves, 13 de diciembre de 2012

San Isaías y la advertencia del Adviento



Al ambiente festivo de las lecturas anteriores correspondientes al tiempo de Adviento, la Iglesia introduce una lectura que no solo no tiene nada de festivo, sino que se corresponde más bien a un lamento: es el lamento de Yahveh que se duele amargamente por la suerte de su Pueblo Elegido. “Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña para tu beneficio, que te conduce por el camino en que debes andar. ¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos! Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia” (48, 17-19). Llama la atención que el Señor se dirija en estos términos, que más que reproches, son un triste lamento, que surge en el mismo Dios cuando comprueba el extravío de aquél a quien Él amaba con locura. El lamento de Yahvéh es el lamento de un padre o de una madre que no encuentra consuelo al recordar los malos pasos de su hijo descarriado: “¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Es decir, Yahvéh, frente al Pueblo Elegido, que lo cambiado a Él, el Dios de majestad infinita, que tantas maravillas ha obrado en su favor, para postrarse ante los ídolos de los gentiles, y que ha hecho del oro su dios, se queja amargamente, al comprobar la increíble ceguera de su Pueblo: “¡Si tan solo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Luego continúa con una serie de beneficios, de dones, de sucesos alegres, que le habrían acaecido al Pueblo, si este hubiera escuchado y seguido sus Mandamientos: “Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia”. Como se puede ver, las consecuencias de este apartamiento, son terribles, puesto que quien se aparta “es cortado y borrado su nombre” de la “presencia” de Yahveh.
Ahora bien, si bien el Mesías se dirige, a través de San Isaías, a aquellos israelitas que, en vez de adorar a Dios, se construyen sus propios ídolos a medida, debido a que  también se aplica al tiempo de Adviento y de Navidad, el reproche y el lamento están dirigidos a los cristianos, principalmente a aquellos que convierten a la Navidad en una festividad pagana: son aquellos para quienes Papá Noel y no el Niño Dios, es el dueño y centro de la Navidad; son aquellos que piensan que festejar la Navidad es atiborrarse de manjares terrenos, de bebidas alcohólicas, de festejos trasnochados; son aquellos para quienes Navidad es sinónimo de consumismo, de alegría pagana, de sensualidad carnal, de música cumbia y rock y no de villancicos.
Pero para quienes ven en el Niño de Belén al Mesías Redentor, para quienes la fiesta principal de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, para quienes el manjar celestial está antes y es más importante que el manjar terreno; para quienes en Navidad se deleitan con la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, con el Pan Vivo bajado del cielo, y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; para quienes se alegran en la Virgen, Madre de Dios, ensalzándola y alabándola y dando gracias a Dios por su Maternidad virginal; para quienes adoran al Dios Niño, que del seno eterno del Padre viene a este mundo a través del seno virgen de la Madre, para nacer en un humilde pesebre, para ellos, no hay reproches, sino dulces palabras de amor: “Porque has atendido mis mandamientos, entonces tu paz es como un río, y tu justicia, como las olas del mar. Será como arena tu descendencia, y tus hijos como granos; nunca será cortado ni borrado su nombre de mi presencia”.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza de la Iglesia en Adviento



         A través del Profeta Isaías, Dios se dirige a su Pueblo, al cual llama: “gusanito” o “lombriz”: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel” (cfr. Is 41, 13-20), y esto para hacer significar tanto la extrema indefensión del Pueblo Elegido frente a sus enemigos, como la incapacidad de hacer algo sin la ayuda divina. Si bien esta revelación se da en el contexto del exilio y de los continuos asedios que sufre el Pueblo Elegido, la caracterización de “lombriz” o “gusanito” le corresponde a todo hombre, puesto que frente a su enemigo mortal, el demonio, el hombre es menos que un gusano, y sin la ayuda divina, nada puede hacer, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).
         Y si esta caracterización vale para todo hombre y en todo tiempo, es válida con mucha mayor razón para los miembros de la Iglesia en Adviento, puesto que en este tiempo litúrgico la Iglesia espera la llegada de su Mesías, de su Salvador, el cristiano descubre que el mundo, sin la Presencia de Dios, es un erial, un desierto poblado de chacales, un bosque incendiado, una manantial sin agua, un prado agostado, y por eso clama por su venida, porque ante tanta desolación y maldad, se siente impotente, como un “gusano”, como una “lombriz”.
         Pero si el hombre es descripto por el mismo Dios como “gusano”, resulta que este Salvador viene al mundo también como “gusano”, y como un “gusano escarnecido”, tal como lo describe el Salmo 22, en donde se contempla al Salvador en el Via Crucis:  “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo; los que me ven  me escarnecen” (6-7); el mismo profeta Isaías, cuando ve al Redentor en la Pasión, lo describe como “sin aspecto hermoso”, de “apariencia desfigurada”, y con un aspecto tan lastimoso, que quienes lo contemplan “dan vuelta el rostro” (cfr. Is 52, 14ss), horrorizados por el estado al que ha quedado reducido el Salvador a causa de la maldad del corazón humano.
         La descripción de “gusano” con la cual Dios mismo llama a su Pueblo Elegido, no  termina allí, porque Dios en Persona viene a rescatarlo: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel, pero no temas, Yo vengo en tu ayuda”, y ese “venir en ayuda”, es la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virgen de María y su posterior manifestación como Niño de hombre. Paradójicamente, el Dios omnipotente, que viene a rescatar a su creatura, el hombre, que frente a sus enemigos es como un “gusano”, y frente a su majestad divina es como “una lombriz”, viene Él también en la figura de “gusano” y de “lombriz”, porque viene como Niño humano, como si fuera el fruto de las entrañas del hombre. Pero no es fruto de hombre: proviene desde la eternidad, de las entrañas del Ser eterno de Dios Padre, es Dios como su Padre, y proviene desde el tiempo, por su encarnación, de las entrañas del ser creatural e inmaculado de la Virgen Madre, y es de la raza humana, como su Madre. El Niño que viene a rescatar al hombre, adopta la figura de un hijo de hombre, es decir, de un “gusanito”, de una “lombriz”, pero es Dios omnipotente, todopoderoso, que viene oculto en la frágil humanidad de un Niño recién nacido.
         La acción restauradora del Mesías, el Niño de Belén, es descripta por boca del profeta Isaías, por el mismo Dios, con la figura de un desierto que florece, en el que surge el agua pura y fresca de manantial, y en el que los árboles frondosos, las flores y los vergeles, sustituyen para siempre a la tierra seca y árida del desierto: “Haré brotar ríos en las cumbres desiertas y manantiales en medio de los valles; convertiré el desierto en estanques, la tierra árida en vertientes de agua. Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos silvestres; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y pinos, para que ellos vean y reconozcan, para que reflexionen y comprendan de una vez que la mano del Señor ha hecho esto, que el Santo de Israel lo ha creado”.
          Es la descripción de la acción de la gracia en el alma del hombre, gracia santificante que es traída por el Niño de Belén, el Mesías Salvador, que al hacer participar al hombre de la vida divina, provoca en el hombre una transformación, de ser creatural en ser divinizado, divinización que lo convierte en un ser de belleza extraordinaria, belleza que sólo pálida y lejanamente puede ser descripta por la figura del desierto que se convierte en paraíso terreno, en vergel florecido. Es esta la esperanza de la Iglesia en Adviento: la Llegada del Mesías que, con aspecto de Niño humano, divinizará al hombre con su gracia santificante, convirtiéndolo de “gusano” o “lombriz” en hijo adoptivo de Dios.

lunes, 10 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza del Adviento



         Contemplando al Niño de Belén, el Mesías, que ha venido para cancelar la deuda que el hombre tenía para con Dios, Isaías dice: “¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados”. El Niño Dios, nacido en Belén, ha venido para cancelar definitivamente la deuda que toda la humanidad había contraído con Dios a causa del pecado original; con su Sangre, que será derramada en la Cruz, la culpa del hombre ha sido perdonada, y esto es motivo de consuelo y de alivio para el Pueblo de Dios, porque ya no pesa más sobre él la pesada mano de la Justicia divina; con el Niño de Belén, Dios ha retirado la mano de su Justicia, y le ha tendido su mano abierta, la mano que ofrece el perdón, la paz y la reconciliación.
Para recibir a este Niño Dios, que trae la paz y el perdón de Dios; para recibir a este Niño que es el perdón divino encarnado porque es la misericordia divina materializada, el hombre necesita purificar su corazón, porque el Ser trinitario del Niño de Belén es puro, purísimo, inmaculado, perfectísimo, y delante de Él no puede comparecer un corazón turbio, con doblez, con imperfecciones, con impurezas, y es por esto que Isaías pide enderezar senderos, rellenar valles y abajar montañas, es decir, convertir el corazón, para comparecer delante de nuestro Dios, y para contemplar su gloria, que se hace visible, como un Niño, para Navidad: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.
Pero también Isaías anuncia que la llegada del Mesías, con su gracia santificante, “hace nuevas todas las cosas”, y la primera cosa que hace nueva es el hombre mismo, que sin Dios es como la hierba, que por la mañana está fresca, y por la tarde se seca; el hombre sin Dios y sin su gracia, es como la flor de los campos, que por la mañana está fresca y floreciente, pero al atardecer se pone marchita y mustia; el hombre en la tierra, lugar de destierro, su paso por ella, y los días de su existencia, son como la hierba que a la madrugada está verde y rozagante, pero con el paso del día y el calor del sol se va marchitando hasta secarse por completo: así es el hombre, que en su juventud está sano y vigoroso, y su musculatura y sus huesos son fuertes, pero a medida que pasan los años declina cada vez más, hasta llegar a la época de la senectud en que perece: “Una voz dice: ‘¡Proclama!’. Y yo respondo: “¿Qué proclamaré?”. (Proclama que) “Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos: la hierba se seca, la flor se marchita cuando sopla sobre ella el aliento del Señor. Sí, el pueblo es la hierba.
Si el hombre y sus días en la tierra es como “hierba que se marchita”, porque camina, desde que nace, hacia la muerte, no es así el Mesías, el Niño de Belén, la Palabra de Dios hecha Niño, porque Dios es eterno, Él es su misma eternidad: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. La Palabra de Dios, encarnada en el Niño de Belén, es eterna, estable, inmutable, y aunque existe desde la eternidad, es por siempre joven y fresca, como agua cristalina y pura, y ha venido para comunicar al hombre marchito y perimido de esta su juventud divina, para que el hombre que envejece en la tierra sea para siempre, eternamente joven en el cielo. 
Es este el mensaje que la Iglesia –y por lo tanto, todo bautizado- debe transmitir en Adviento, el mismo mensaje que anunciaba Isaías al Pueblo Elegido: señalar a los hombres, “con toda la fuerza de la voz”, “sin temor”, desde lo alto de las montañas, desde lo alto del cielo, desde los satélites creados por el hombre, a toda la tierra, a los hombres que habitan en la tierra, a los que vuelan por el espacio, a los que viajan bajo tierra, a los que surcan los océanos y bucean en las profundidades del mar, que nuestro Dios, el Dios Salvador, está ahí, en el Pesebre de Belén, en la pequeña humanidad de un pequeño Niño recién nacido; en Adviento, la Iglesia –y todo bautizado- grita al mundo, con toda la potencia de su voz, señalando al Niño del Pesebre: “¡Aquí está nuestro Dios!”. Es esto lo que Isaías quiere decir cuando dice: “Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

San Isaías y la alegría del Adviento



         Al contemplar la Llegada del Mesías -Isaías ve al Niño de Belén en visión, cientos de años antes de su Nacimiento-, San Isaías (cfr. 35, 1-10) expresa la alegría que éste traerá a la tierra, y expresa esa alegría en las figuras del desierto y de la tierra reseca que reciben el agua y en las flores que adornan la estepa: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”.
         Sin embargo, no contento con esta llamada a la alegría, San Isaías insiste todavía con más alegría y con cantos de júbilo: “¡Sí, florezca el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!”.
         Ahora bien, la alegría de San Isaías es tanto más festiva, cuanto que se trata de una alegría no conocida por el hombre, porque es la alegría por la llegada del Mesías, Mesías al cual no se lo conoce, y por lo tanto no se conoce la alegría que Él trae. Las alegrías representadas en las alegorías de la tierra reseca que recibe agua, y del prado florido, son solo eso, alegorías que sólo de un modo lejano permiten formar una idea acerca de cómo es en sí misma la alegría que trae el Mesías, puesto que es la alegría misma de Dios; aún más, es Dios, que es “Alegría infinita”.
         ¿Cuál es el motivo de tanta alegría? El motivo es que la Llegada del Mesías significará para la humanidad apartada de Dios -que sin Dios es, precisamente, como el desierto árido, como la tierra reseca y como el prado agostado-, una renovación en lo más profundo de su ser, una renovación tan profunda, que significará ante todo una re-creación, porque el Mesías traerá la gracia santificante, que al infundir la vida divina en el hombre, será para este como una nueva creación, así como el agua pura y cristalina da vida nueva al prado que muere y agoniza por la sequía.
         Así como la tierra sin lluvia, agostada, no permite que el prado florezca, así también la humanidad sin Dios, la humanidad caída en el pecado original, agoniza por haber perdido el contacto con la fuente de la vida, que es Dios mismo. Precisamente, el Mesías habrá de reestablecer ese contacto, habrá de inundar los valles resecos, las almas agostadas, sin la Presencia de Dios, con la gracia santificante, la cual penetrará en lo más profundo del ser del hombre, concediéndole una vida nueva, la vida absolutamente sobrenatural del Ser trinitario, haciéndolo partícipe de todas sus felicidades inabarcables, de sus alegrías inconcebibles, de sus gozos inimaginables, y éste es el motivo de la alegría por la llegada del Mesías, alegría a la cual invita San Isaías de modo insistente, y es también el motivo por el cual la Iglesia en Adviento invita a la alegría: porque el Mesías que viene y alegra el corazón del hombre al infundirle la vida divina del Ser trinitario, es el Niño Dios que nace en Belén, el Niño que extiende sus brazos en el Pesebre, para luego extenderlos en la Cruz y donar su Sangre como Vino de la Alianza Nueva Eterna, Vino que “alegra el corazón del hombre” con una alegría eterna e infinita.
         Dice Isaías: “…prorrumpa en cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. Este párrafo se dirige a la Iglesia, porque es la Iglesia quien contempla, en el Niño de Belén, “la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”, porque el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, que brilla con esplendor eterno, porque Él en sí mismo es “Luz eterna de Luz eterna”, tal como recita la fe de la Iglesia en el Credo; es por esto que quienes contemplan al Niño de Belén, “contemplan la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”.
         Isaías anima también a los desanimados y a los débiles, porque serán fortalecidos con la fuerza misma del Mesías: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios; Él mismo viene a salvarlos”. Es el Niño de Belén el Dios omnipotente, de cuya fortaleza recibirán participación, y al señalarlo al Niño de Belén, dirán: “¡Ahí está nuestro Dios!”.
         Isaías describe la acción de la gracia que viene a traer el Niño Dios, el Mesías, que viene a los hombres como un Niño: ya desde el Pesebre, el Niño Dios abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, a todo aquel que con corazón contrito y humillado se acerca a adorarlo: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces, el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. Será la gracia santificante, que brota del Niño de Belén como de su fuente inagotable, la que hará brotar fuentes de agua en el desierto, es decir, vida divina en los corazones de los hombres: “Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales”; es decir, el hombre, de corazón árido y desértico, será capaz de amar, por medio de la gracia santificante, con el mismo Amor divino del Mesías que viene como Niño.
        Pero este Mesías pacífico, que viene como Niño en Belén, causa de la alegría de los hombres, es también el Vencedor del infierno, y ante su solo Nombre santo, Satanás y sus legiones de ángeles caídos, se estremecen de terror y se sumergen en lo más profundo del Averno; el Niño de Belén derrota para siempre al ángel carroñero, el Príncipe de la mentira, el Falso e inventor de toda falsedad, y con su gracia expulsa al Gran Chacal del corazón del hombre, adonde había construido su pestilente madriguera: “…la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros”.    
         Éste Niño será el “Camino Santo”, el único camino que conducirá a la humanidad a su salvación, camino que surgirá en el corazón del hombre, por acción de la gracia, el mismo corazón que antes de la Venida del Mesías, era guarida de chacales, cueva de demonios: “Allí (en la morada donde se recostaban los chacales, convertida por la gracia en paraje de cañas y papiros) habrá una senda y un camino que se llamará “Camino Santo”, y este “Camino Santo” es el Niño de Belén, quien ya de adulto, antes de subir a la Cruz, se llamará a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.
         Este Camino Santo no será recorrido por los impuros ni por los necios, porque es camino de santidad, y la santidad del Ser divino participa de su pureza inmaculada a quien recorre el Camino Santo, Cristo Jesús, y tampoco será recorrido por los necios, porque los necios son los que dicen: “No hay Dios”, mientras que el que recorre este Camino Santo, no solo cree en el Hijo de Dios, sino que está deificado por la gracia.
         Por este Camino Santo “no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes”, es decir, no lo transitarán ni los hombres malvados, aliados del Príncipe de la mentira, ni los ángeles caídos podrán siquiera acercársele.
         Pero sí será transitado por los justos, por los que cargan la Cruz cada día en el seguimiento de Cristo Jesús, que marcha Camino del Calvario: “Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor”.
Finalmente, los que contemplen y adoren al Mesías en el Pesebre de Belén, se alegrarán con una alegría desconocida, la alegría misma de Dios, porque serán conducidos a la Jerusalén celestial, en donde iniciará un gozo imposible de ser imaginado, que no tendrá fin, “Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 17): “Y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua; los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
Es en esta alegría, vislumbrada, contemplada y cantada por el profeta Isaías, de la cual participa la Iglesia en Adviento, porque espera la Llegada de su Mesías, el Niño Dios, en un humilde pesebre, para Navidad.
        

jueves, 6 de diciembre de 2012

San Isaías, profeta del Adviento



         El profeta Isaías anuncia así la Llegada del Mesías: “¿No falta poco, muy poco tiempo, para que Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque?” (29, 17-24). El profeta suspira por un tiempo, que ya es cercano, pues “falta poco”, en el que el desierto, representado en el Líbano, se vuelva un vergel, y el vergel, islote florido del desierto, se convierta en bosque, y con esto quiere el profeta significar la Llegada del Mesías, porque su Presencia obrará maravillas en los hombres: en los alejados de Dios –simbolizados el desierto-, el Mesías infundirá su temor, y hará que estos vuelvan sus corazones a Dios; en los que ya tienen presencia de Dios –simbolizados en el vergel-, infundirá su Sabiduría y su Amor, de manera tal de quienes ya conocen y aman a Dios, lo conocerán y amarán todavía más, encendiéndose en el deseo de estar con Él para siempre. Es esto lo que quiere decir, cuando al final dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza”: el Mesías tendrá piedad de los que están lejos de Dios, y les concederá la gracia del regreso a su conocimiento y amor. Y como este Mesías, cuya Llegada anuncia Isaías, no es otro que el Niño de Belén, cuya llegada para Navidad anuncia la Iglesia, porque este Niño de Belén, con su gracia santificante, que brota del Él como de su fuente inagotable, perdonará los pecados de los hombres con la Sangre de su Cruz y encenderá sus corazones en el más grande Amor de Dios, con el fuego del Espíritu Santo, convirtiendo a los malos en buenos y a los buenos en santos.
         Isaías también dice: “En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y de oscuridad”: son los sordos y ciegos que serán curados por el Niño de Belén, aún antes de comenzar su vida pública; oirán los sordos y hablarán los mudos, pero no sólo los afectados en sus sentidos, sino ante todos los sordos y ciegos espirituales oirán la Voz del Salvador y proclamarán sus maravillas, en el tiempo y en la eternidad.
         Luego agrega: “Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”: son los que, con el corazón contrito y humillado, reconociéndose indigentes espirituales, necesitados de todo lo que Dios da, luz, amor, paz, alegría, se acercarán al Pesebre de Belén y adorarán a su Dios que se les manifiesta como un pequeño Niño recién nacido. Los humildes e indigentes, a diferencia de los pastores, que ofrecen al Señor sus pertenencias, sus ovejas, con su leche para que se alimente, y su lana para que se abrigue, y a diferencia de los Reyes Magos, que ofrendarán de sus riquezas, oro, incienso y mirra, al Rey de reyes, los humildes e indigentes nada material tendrán para ofrendar al Niño Dios, sólo su pobre corazón, hecho de nada más pecado, corazón que dejarán como ofrenda insignificante a los ojos de los hombres, pero valiosa a los ojos de Dios, y éste será el homenaje de su humilde adoración al Rey de reyes, el Niño de Belén.
         Isaías también habla acerca de quienes odian al Niño, los demonios, los ángeles rebeldes y caídos, y los hombres pervertidos, que libremente dejaron contaminar sus corazones con la ponzoña del mal, del orgullo, de la violencia, de la lujuria y de la lascivia, y que no aceptan que un Dios venga a ellos como Niño, a convertir sus corazones; estos tales, como dice Isaías, desaparecerán ante su vista: “Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, y porque sí no más perjudican al justo”. Isaías canta al Niño de Belén, que con su Encarnación y Nacimiento y Manifestación epifánica comienza la derrota del Príncipe de las tinieblas, Satanás, el Príncipe del mal, del odio, de la maldad, el inventor de la corrupción, de la muerte y del pecado; derrota que alcanzará su culmen en el triunfo de la Cruz, cuando con el madero ensangrentado venza para siempre al Enemigo de la raza humana, cuando su Madre, la Virgen, aplaste con su talón, con la fuerza de Dios Trino, la cabeza del astuto dragón y temible serpiente, para que nunca más pueda hacer daño a los hombres.
         Finaliza en este párrafo hablando el Mesías en Persona, por boca de Isaías: “En adelante, Jacob no se avergonzará ni se pondrá pálido su rostro. Porque, al ver lo que hago en medio de él, proclamarán que mi nombre es Santo, proclamarán santo al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel”. Y esto no es otra cosa que la Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sacrificio para el cual nace el Niño de Belén, sacrificio por el cual los hombres cantarán y glorificarán al  Dios Tres veces Santo, en el triple amén de la doxología eucarística; es en la Misa en donde los hombres glorificarán al Niño de Belén, que significa “Casa de Pan”, porque el Niño  que nace en la Casa de Pan, que es Belén, nace para ofrendarse como Pan de Vida eterna, que da la gloria divina y la vida eterna a los hombres.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Isaías y el Adviento



El clima espiritual del Adviento está contenido en la expresión del profeta Isaías: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19). En esta frase, el profeta suspira por la llegada del Mesías, el cual pondrá fin a la rebelión de Israel, que a pesar de haber sido elegida por Yahveh, se ha desviado de sus caminos y se ha rebelado, y ya no escucha ni obedece más a su voz: “Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas” (63, 19 a).

Isaías ve con claridad que sin Dios, no solo Israel, sino también toda la tierra yace en oscuridad: “Mira cómo la oscuridad cubre la tierra”, oscuridad que es ante todo espiritual, porque es la oscuridad del pecado que ensombrece al hombre y le quita la vida divina. Es la oscuridad de la que habla Zacarías en su cántico: el Mesías ha de venir para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.

Cuando llegue el Mesías, puesto que Él es luz, que habita en la luz inaccesible, derrotará para siempre a las tinieblas que oscurecen el corazón del hombre, y hará resplandecer su rostro sobre ellos, concediéndoles el perdón de sus pecados, olvidándose para siempre de sus iniquidades.

Cuando llegue el Mesías, los hombres serán iluminados no con la luz del sol, sino con la luz eterna de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60, 19-20).

Cuando llegue el Mesías, los que están aprisionados por las pasiones, los que lloran por no poder librarse del pecado, se alegrarán con un gozo y una alegría que no terminará jamás: “El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos, para consolar a todos los que lloran, para darles gozo en vez de luto. (…) Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios” (cfr. Is 61, 1-10).

La liberación de los cautivos, el consuelo a los que lloran, el gozo en vez de luto, inicia ya aquí en la tierra, cuando el Mesías, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados del corazón del hombre, diciéndole: “Tus pecados te son perdonados”.

Así el alma inicia, ya desde la tierra, la vida de la gracia, el anticipo de la feliz eternidad en los cielos.

Para esto viene el Mesías, al cual esperamos en Adviento.

miércoles, 5 de enero de 2011

Hemos encontrado al Mesías


“Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 45-51). Dentro del contexto del diálogo en general, en esta frase de Felipe a Natanael, en la que le anuncia que en Jesús ha encontrado al Mesías, parecería ser sólo una frase más, que da pie a que se siga desarrollando el diálogo, y sin embargo, esta frase –“Hemos encontrado al Mesías”-, encierra en sí misma toda la sabiduría, toda la alegría y toda la felicidad de la que es capaz el ser humano, y aún más, porque se trata del encuentro personal con Dios encarnado, con la Palabra de Dios humanada.

“Hemos encontrado al Mesías”. Acostumbrados a nuestro modo humano de pensar y de ver las cosas y el mundo, creemos que la sabiduría se encuentra en las ciencias humanas, y que la alegría y la felicidad se limitan a aquello que puede ser alcanzado con el dinero, con la buena salud y con el sentirse bien. De hecho, en los augurios de los festejos de fin de año, lo que más se desea y se pide es: “salud, dinero y amor”. Sin embargo, no es en el dinero, en la salud, o en el amor humano, en donde se encuentra la verdadera felicidad. La verdadera felicidad se encuentra en la frase de Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”. Quien encuentra al Mesías, encuentra la fuente de la verdadera felicidad, la felicidad que no se agota, que no se termina, la felicidad que empieza en el cielo y continúa en el cielo para siempre.

“Hemos encontrado al Mesías”. Cuando Felipe le anuncia esto a Natanael, es porque ve en Jesús aquello que los demás no ven: ve en Jesús al Mesías, es decir, a Aquel de quien hablaban los profetas, y Aquel a quien el Pueblo Elegido esperaba ansioso, porque estaba escrito que la venida del Mesías significaría una extraordinaria y maravillosa intervención de Dios en medio de los hombres, por la cual se inauguraría una nueva era para la humanidad, la era mesiánica, caracterizada por la Presencia de Dios en medio de los hombres. Felipe no ve en Jesús a un hombre más, común y corriente; no ve en Jesús a un hombre santo, ni siquiera al más santo entre los santos; Felipe no ve en Jesús al “hijo del carpintero”, tal y como lo veían sus contemporáneos. Felipe ve a Jesús y encuentra en Él la divinidad, oculta bajo una naturaleza humana.

“Hemos encontrado al Mesías”. ¿Por qué Felipe encontró al Mesías, mientras que otros no? ¿Fue una intuición genial de Felipe? ¿O alguna señal dada a Felipe por Jesús, señal no dada a los demás, y por eso no era reconocido por los demás? En el momento de este diálogo, Jesús no se había transfigurado, como en el Monte Tabor o en la Resurrección; es decir, su divinidad y su gloria no eran visibles.

Todavía más, Jesús se presentaba, ante todos, como un hombre más, cuya apariencia y aspecto no difería de la apariencia y del aspecto de ningún otro hombre de raza semita. No había nada en su aspecto exterior que delatara su ser interior divino; exteriormente, era un hombre de raza hebrea, como todos los hombres de raza hebrea.

¿Por qué Felipe puede decir “Hemos encontrado al Mesías”, sabiendo que lo que decía era verdad, y que Jesús era en verdad Dios encarnado?

Porque Felipe ha recibido, de parte del mismo Jesús, una capacidad nueva, sobrehumana, sobrenatural; el don de la gracia, que hace al hombre participar en la vida de Dios. Y porque participa de la vida de Dios, participa de su modo de conocer[1]. Por la gracia, el hombre se vuelve capaz de conocer y de amar a Dios como Dios se conoce y se ama a sí mismo. Y es así que conoce a Jesús como sólo Dios Padre lo conoce desde la eternidad: como su Hijo eterno, que ahora se ha encarnado y camina entre los hombres.

“Hemos encontrado al Mesías”. Llevados por nuestra tendencia a la racionalización de nuestra fe, también a nosotros se nos escapa la Presencia del Mesías en medio nuestro. ¿Quién podría decir, al contemplar la Eucaristía: “Hemos encontrado al Mesías”? ¿Acaso no parece la Eucaristía nada más que un pedazo de pan tratado en modo especial, pero al fin de cuentas sólo un pedazo de pan?

A los contemporáneos de Jesús, se les escapaba la divinidad de Cristo, escondida bajo su humanidad. Que no se nos escape a nosotros la misma divinidad de Cristo, escondida bajo la apariencia de pan.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, ...