Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
miércoles, 30 de noviembre de 2016
San Andrés, Apóstol
martes, 3 de mayo de 2016
Fiesta de San Felipe y Santiago, Apóstoles
lunes, 24 de agosto de 2015
San Bartolomé, modelo de santidad y de seguimiento de Jesucristo
miércoles, 24 de diciembre de 2014
San Zacarías entona el Benedictus
jueves, 13 de diciembre de 2012
San Isaías y la advertencia del Adviento
miércoles, 12 de diciembre de 2012
San Isaías y la esperanza de la Iglesia en Adviento
lunes, 10 de diciembre de 2012
San Isaías y la esperanza del Adviento
domingo, 9 de diciembre de 2012
San Isaías y la alegría del Adviento
jueves, 6 de diciembre de 2012
San Isaías, profeta del Adviento
lunes, 5 de diciembre de 2011
Isaías y el Adviento

El clima espiritual del Adviento está contenido en la expresión del profeta Isaías: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19). En esta frase, el profeta suspira por la llegada del Mesías, el cual pondrá fin a la rebelión de Israel, que a pesar de haber sido elegida por Yahveh, se ha desviado de sus caminos y se ha rebelado, y ya no escucha ni obedece más a su voz: “Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas” (63,
Isaías ve con claridad que sin Dios, no solo Israel, sino también toda la tierra yace en oscuridad: “Mira cómo la oscuridad cubre la tierra”, oscuridad que es ante todo espiritual, porque es la oscuridad del pecado que ensombrece al hombre y le quita la vida divina. Es la oscuridad de la que habla Zacarías en su cántico: el Mesías ha de venir para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.
Cuando llegue el Mesías, puesto que Él es luz, que habita en la luz inaccesible, derrotará para siempre a las tinieblas que oscurecen el corazón del hombre, y hará resplandecer su rostro sobre ellos, concediéndoles el perdón de sus pecados, olvidándose para siempre de sus iniquidades.
Cuando llegue el Mesías, los hombres serán iluminados no con la luz del sol, sino con la luz eterna de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60, 19-20).
Cuando llegue el Mesías, los que están aprisionados por las pasiones, los que lloran por no poder librarse del pecado, se alegrarán con un gozo y una alegría que no terminará jamás: “El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos, para consolar a todos los que lloran, para darles gozo en vez de luto. (…) Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios” (cfr. Is 61, 1-10).
La liberación de los cautivos, el consuelo a los que lloran, el gozo en vez de luto, inicia ya aquí en la tierra, cuando el Mesías, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados del corazón del hombre, diciéndole: “Tus pecados te son perdonados”.
Así el alma inicia, ya desde la tierra, la vida de la gracia, el anticipo de la feliz eternidad en los cielos.
Para esto viene el Mesías, al cual esperamos en Adviento.
miércoles, 5 de enero de 2011
Hemos encontrado al Mesías

“Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 45-51). Dentro del contexto del diálogo en general, en esta frase de Felipe a Natanael, en la que le anuncia que en Jesús ha encontrado al Mesías, parecería ser sólo una frase más, que da pie a que se siga desarrollando el diálogo, y sin embargo, esta frase –“Hemos encontrado al Mesías”-, encierra en sí misma toda la sabiduría, toda la alegría y toda la felicidad de la que es capaz el ser humano, y aún más, porque se trata del encuentro personal con Dios encarnado, con
“Hemos encontrado al Mesías”. Acostumbrados a nuestro modo humano de pensar y de ver las cosas y el mundo, creemos que la sabiduría se encuentra en las ciencias humanas, y que la alegría y la felicidad se limitan a aquello que puede ser alcanzado con el dinero, con la buena salud y con el sentirse bien. De hecho, en los augurios de los festejos de fin de año, lo que más se desea y se pide es: “salud, dinero y amor”. Sin embargo, no es en el dinero, en la salud, o en el amor humano, en donde se encuentra la verdadera felicidad. La verdadera felicidad se encuentra en la frase de Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”. Quien encuentra al Mesías, encuentra la fuente de la verdadera felicidad, la felicidad que no se agota, que no se termina, la felicidad que empieza en el cielo y continúa en el cielo para siempre.
“Hemos encontrado al Mesías”. Cuando Felipe le anuncia esto a Natanael, es porque ve en Jesús aquello que los demás no ven: ve en Jesús al Mesías, es decir, a Aquel de quien hablaban los profetas, y Aquel a quien el Pueblo Elegido esperaba ansioso, porque estaba escrito que la venida del Mesías significaría una extraordinaria y maravillosa intervención de Dios en medio de los hombres, por la cual se inauguraría una nueva era para la humanidad, la era mesiánica, caracterizada por
“Hemos encontrado al Mesías”. ¿Por qué Felipe encontró al Mesías, mientras que otros no? ¿Fue una intuición genial de Felipe? ¿O alguna señal dada a Felipe por Jesús, señal no dada a los demás, y por eso no era reconocido por los demás? En el momento de este diálogo, Jesús no se había transfigurado, como en el Monte Tabor o en
Todavía más, Jesús se presentaba, ante todos, como un hombre más, cuya apariencia y aspecto no difería de la apariencia y del aspecto de ningún otro hombre de raza semita. No había nada en su aspecto exterior que delatara su ser interior divino; exteriormente, era un hombre de raza hebrea, como todos los hombres de raza hebrea.
¿Por qué Felipe puede decir “Hemos encontrado al Mesías”, sabiendo que lo que decía era verdad, y que Jesús era en verdad Dios encarnado?
Porque Felipe ha recibido, de parte del mismo Jesús, una capacidad nueva, sobrehumana, sobrenatural; el don de la gracia, que hace al hombre participar en la vida de Dios. Y porque participa de la vida de Dios, participa de su modo de conocer[1]. Por la gracia, el hombre se vuelve capaz de conocer y de amar a Dios como Dios se conoce y se ama a sí mismo. Y es así que conoce a Jesús como sólo Dios Padre lo conoce desde la eternidad: como su Hijo eterno, que ahora se ha encarnado y camina entre los hombres.
“Hemos encontrado al Mesías”. Llevados por nuestra tendencia a la racionalización de nuestra fe, también a nosotros se nos escapa
A los contemporáneos de Jesús, se les escapaba la divinidad de Cristo, escondida bajo su humanidad. Que no se nos escape a nosotros la misma divinidad de Cristo, escondida bajo la apariencia de pan.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, ...








