San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 2 de enero de 2021

San Juan Evangelista

 



El Evangelista Juan describe a Jesús, el Hombre-Dios, en el inicio de su Evangelio. Dice así: “Al principio –desde la eternidad- existía el Verbo, el Verbo era Dios, era la vida de los hombres, era la luz, por Él fueron hechas todas las cosas, el Verbo se hizo carne, vino a los suyos y no lo recibieron, vimos su gloria, gloria como de Unigénito”. Ahora bien, todo lo que el inicio del Evangelio de Juan dice de Jesús, se puede aplicar, obviamente, al Niño Dios, al Niño de Belén, porque el Niño de Belén es Jesús y Jesús es el Verbo de Dios; por esta razón, este Evangelio se puede leer, meditar, reflexionar, contemplando al Pesebre y, más específicamente, al Niño de Belén, porque se habla de Él. Por esto, parafraseando al Evangelista, podemos decir:

         Al principio –desde la eternidad- existía el Niño de Belén, porque el Niño de Belén es el Hijo de Dios, engendrado en el seno del Padre desde la eternidad;

         -El Verbo era Dios: el Niño de Belén es Dios, porque es el Hijo Unigénito del Padre, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada;

         -Era la vida de los hombres: el Niño de Belén es la Vida de los hombres, pero no una vida humana, natural, sino una vida nueva, la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino, una vida verdaderamente divina, sobrenatural, que Él la participa por su gracia;

         -Era la luz: el Niño de Belén es la luz de los hombres, pero no una luz natural, sino que es Luz Eterna, porque Dios es luz inaccesible, luz divina, luz sobrenatural, que da vida divina al que ilumina;

         -Por Él fueron hechas todas las cosas: todo el universo visible e invisible fue hecho por el Niño de Belén, porque él es la Sabiduría divina, la Sabiduría de Dios y todo lo que fue creado, fue creado por la Sabiduría de Dios, con suprema excelencia científica –por eso un científico no tiene excusas para no creer en Dios, porque las cosas que él estudia con su ciencia, todas las hizo Dios-, pero también con suprema belleza y con arte exquisito, y todo fue hecho por la Palabra de Dios, el Niño de Belén;

         -Y la Palabra se hizo carne: la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, se encarnó en el seno virginal de María Santísima, naciendo en Belén, Casa de Pan, para donar su Cuerpo y su Sangre como Pan Vivo bajado del cielo y esa Palabra encarnada que se dona como Pan celestial, es el Niño Dios, el Niño de Belén;

         -Vino a los suyos y no lo reconocieron: el Mesías, el Hijo de Dios encarnado, vino a los suyos, a los hebreos, y no lo reconocieron, y porque no lo reconocieron no lo dejaron nacer en una posada y luego lo crucificaron, pero a los que lo reconocieron, les dio la gracia de ser hijos adoptivos de Dios;

         Vimos su gloria, como de Unigénito: el Niño de Belén, que es el Hijo de Dios, es la gloria de Dios y como tal, es gloria invisible, celestial, inaccesible, pero al encarnarse, los hombres pueden contemplar, en el Niño de Belén, a la gloria de Dios, por eso, el que contempla al Niño de Belén, contempla a la gloria de Dios, el Unigénito del Padre.

Entonces, todo lo que se dice de Jesús en el Evangelio de Juan, se dice del Niño de Belén y todo lo que se dice del Niño de Belén, se dice de la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Niño de Belén que se dona a Sí mismo como Pan de Vida eterna.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Santos Mártires Inocentes




         Visto con la razón natural, el hecho histórico de la muerte de los Santos Inocentes, relatado en la Sagrada Escritura (cfr. Mt 2, 16-18), parecería un caso más entre tantos otros motivados por los celos de un gobernante: al enterarse de que ha nacido un niño que es rey, el rey gobernante manda asesinar a los niños menores de dos años, para eliminar cualquier amenaza a su posición de poder.
Sin embargo, el hecho dista mucho de ser un mero caso de pasiones humanas desordenadas. Aunque parezca inverosímil a primera vista, en la muerte de los Santos Mártires Inocentes, es decir, en la muerte de niños de menos de dos años, indefensos y desvalidos, se inicia en la tierra la lucha entre el Cielo y el Infierno, como continuación de la lucha comenzada en los cielos entre los ángeles de luz, fieles al Amor Divino, y los ángeles apóstatas, convertidos en seres de las tinieblas al negarse voluntariamente ser iluminados por la Luz eterna de Dios Uno y Trino.


Todavía más, en esta lucha, en la que las fuerzas del cielo, representadas en los Niños Mártires, aparecen como derrotadas, puesto que los niños son masacrados sin piedad, se inicia, también paradójicamente, el triunfo definitivo de las fuerzas al servicio de Dios –los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad- sobre las fuerzas del Infierno. En otras palabras, a pesar de que la masacre de los Niños Mártires pareciera mostrar un triunfo apabullante de las fuerzas del mal, se trata en realidad de lo opuesto, ya que la muerte de los Niños Mártires señala el triunfo más rotundo del Bien y del Amor de Dios, que por medio suyo persigue y derrota a los ángeles caídos.
Sin embargo, alguien podría preguntarse, movido también por la razón natural: ¿cómo es posible que unos niños tan pequeños, de menos de dos años, venzan a los siniestros poderes del Averno? ¿De qué manera puede un niño, que apenas ha abandonado la lactancia y recién empieza a caminar, derrotar a un ángel, cuya naturaleza es notoriamente superior a la humana? ¿Cómo es posible que un niño, que ni siquiera sabe hablar, ponga en fuga a seres tan perversos como fuertes, como lo son los ángeles caídos con relación a la naturaleza humana?
La respuesta, que nos la da la fe en Cristo, nos dice que estos niños no vencen con sus propias fuerzas, ni es su sangre la que hace huir a los demonios, ni es su muerte la que los ahuyenta: los Niños Mártires vencen porque han sido bañados, de modo anticipado, en la Sangre del Cordero; los Niños Mártires vencen porque han sido lavados en la Sangre del Cordero y han quedado resplandecientes con la gracia divina; el Niño de Belén, que es Dios redentor y habrá de morir luego en la Cruz por ellos, anticipa el fruto del sacrificio de la Cruz y los asocia a su Pasión, de modo que los Niños asesinados por Herodes son, en cierta manera, el Cordero degollado del Apocalipsis (5, 6), que por medio de sus cuerpecitos atravesados por las espadas y lanzas de los soldados y por medio de la sangre que se derrama por las heridas abiertas, anticipa su Triunfo Victorioso en la Cruz, Triunfo glorioso obtenido por el don de su Cuerpo ofrecido en sacrificio en el Calvario y por el don de su Sangre, derramada desde sus heridas abiertas y desde el Costado traspasado por la lanza.
Los Niños Inocentes triunfan porque es el Cordero degollado quien, desde la Cruz, los asocia a su sacrificio y les hace partícipe de su Fuerza omnipotente, de su Gloria divina, de su Sabiduría celestial, de su Amor eterno, de su Triunfo Victorioso de la Cruz.


Esta es la razón primera y última del triunfo de los Mártires Inocentes, masacrados no solo por el celo enfermizo de un rey sin escrúpulos, sino por las fuerzas del infierno que, desencadenadas contra la humanidad, muestran de esta manera su poderío sobre el hombre cuando no lo protege Dios.
Pero la lucha contra las Puertas del Infierno continúa, y continuará hasta el fin de los tiempos, cuando el Supremo Juez vendrá a juzgar a la humanidad; mientras tanto, continúa la masacre de los Santos Mártires Inocentes, que mueren de a centenares de miles a lo largo y ancho del mundo, no ya bajo el hierro y el acero de soldados que obedecen a un rey de la Antigüedad, sino bajo el hierro y acero de modernos y afilados instrumentos quirúrgicos que se hunden sin piedad en los cuerpecitos de los niños por nacer, provocándoles la muerte por aborto y prolongando así la masacre del rey Herodes. Los niños abortados son los Santos Mártires Inocentes de nuestros días, que mueren a manos de los modernos Herodes, pero que también anticipan, con su muerte sangrienta, el triunfo definitivo y total del Cordero sacrificado en la Cruz sobre las fuerzas del mal.

jueves, 13 de diciembre de 2012

San Isaías y la advertencia del Adviento



Al ambiente festivo de las lecturas anteriores correspondientes al tiempo de Adviento, la Iglesia introduce una lectura que no solo no tiene nada de festivo, sino que se corresponde más bien a un lamento: es el lamento de Yahveh que se duele amargamente por la suerte de su Pueblo Elegido. “Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña para tu beneficio, que te conduce por el camino en que debes andar. ¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos! Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia” (48, 17-19). Llama la atención que el Señor se dirija en estos términos, que más que reproches, son un triste lamento, que surge en el mismo Dios cuando comprueba el extravío de aquél a quien Él amaba con locura. El lamento de Yahvéh es el lamento de un padre o de una madre que no encuentra consuelo al recordar los malos pasos de su hijo descarriado: “¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Es decir, Yahvéh, frente al Pueblo Elegido, que lo cambiado a Él, el Dios de majestad infinita, que tantas maravillas ha obrado en su favor, para postrarse ante los ídolos de los gentiles, y que ha hecho del oro su dios, se queja amargamente, al comprobar la increíble ceguera de su Pueblo: “¡Si tan solo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Luego continúa con una serie de beneficios, de dones, de sucesos alegres, que le habrían acaecido al Pueblo, si este hubiera escuchado y seguido sus Mandamientos: “Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia”. Como se puede ver, las consecuencias de este apartamiento, son terribles, puesto que quien se aparta “es cortado y borrado su nombre” de la “presencia” de Yahveh.
Ahora bien, si bien el Mesías se dirige, a través de San Isaías, a aquellos israelitas que, en vez de adorar a Dios, se construyen sus propios ídolos a medida, debido a que  también se aplica al tiempo de Adviento y de Navidad, el reproche y el lamento están dirigidos a los cristianos, principalmente a aquellos que convierten a la Navidad en una festividad pagana: son aquellos para quienes Papá Noel y no el Niño Dios, es el dueño y centro de la Navidad; son aquellos que piensan que festejar la Navidad es atiborrarse de manjares terrenos, de bebidas alcohólicas, de festejos trasnochados; son aquellos para quienes Navidad es sinónimo de consumismo, de alegría pagana, de sensualidad carnal, de música cumbia y rock y no de villancicos.
Pero para quienes ven en el Niño de Belén al Mesías Redentor, para quienes la fiesta principal de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, para quienes el manjar celestial está antes y es más importante que el manjar terreno; para quienes en Navidad se deleitan con la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, con el Pan Vivo bajado del cielo, y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; para quienes se alegran en la Virgen, Madre de Dios, ensalzándola y alabándola y dando gracias a Dios por su Maternidad virginal; para quienes adoran al Dios Niño, que del seno eterno del Padre viene a este mundo a través del seno virgen de la Madre, para nacer en un humilde pesebre, para ellos, no hay reproches, sino dulces palabras de amor: “Porque has atendido mis mandamientos, entonces tu paz es como un río, y tu justicia, como las olas del mar. Será como arena tu descendencia, y tus hijos como granos; nunca será cortado ni borrado su nombre de mi presencia”.

lunes, 10 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza del Adviento



         Contemplando al Niño de Belén, el Mesías, que ha venido para cancelar la deuda que el hombre tenía para con Dios, Isaías dice: “¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados”. El Niño Dios, nacido en Belén, ha venido para cancelar definitivamente la deuda que toda la humanidad había contraído con Dios a causa del pecado original; con su Sangre, que será derramada en la Cruz, la culpa del hombre ha sido perdonada, y esto es motivo de consuelo y de alivio para el Pueblo de Dios, porque ya no pesa más sobre él la pesada mano de la Justicia divina; con el Niño de Belén, Dios ha retirado la mano de su Justicia, y le ha tendido su mano abierta, la mano que ofrece el perdón, la paz y la reconciliación.
Para recibir a este Niño Dios, que trae la paz y el perdón de Dios; para recibir a este Niño que es el perdón divino encarnado porque es la misericordia divina materializada, el hombre necesita purificar su corazón, porque el Ser trinitario del Niño de Belén es puro, purísimo, inmaculado, perfectísimo, y delante de Él no puede comparecer un corazón turbio, con doblez, con imperfecciones, con impurezas, y es por esto que Isaías pide enderezar senderos, rellenar valles y abajar montañas, es decir, convertir el corazón, para comparecer delante de nuestro Dios, y para contemplar su gloria, que se hace visible, como un Niño, para Navidad: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.
Pero también Isaías anuncia que la llegada del Mesías, con su gracia santificante, “hace nuevas todas las cosas”, y la primera cosa que hace nueva es el hombre mismo, que sin Dios es como la hierba, que por la mañana está fresca, y por la tarde se seca; el hombre sin Dios y sin su gracia, es como la flor de los campos, que por la mañana está fresca y floreciente, pero al atardecer se pone marchita y mustia; el hombre en la tierra, lugar de destierro, su paso por ella, y los días de su existencia, son como la hierba que a la madrugada está verde y rozagante, pero con el paso del día y el calor del sol se va marchitando hasta secarse por completo: así es el hombre, que en su juventud está sano y vigoroso, y su musculatura y sus huesos son fuertes, pero a medida que pasan los años declina cada vez más, hasta llegar a la época de la senectud en que perece: “Una voz dice: ‘¡Proclama!’. Y yo respondo: “¿Qué proclamaré?”. (Proclama que) “Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos: la hierba se seca, la flor se marchita cuando sopla sobre ella el aliento del Señor. Sí, el pueblo es la hierba.
Si el hombre y sus días en la tierra es como “hierba que se marchita”, porque camina, desde que nace, hacia la muerte, no es así el Mesías, el Niño de Belén, la Palabra de Dios hecha Niño, porque Dios es eterno, Él es su misma eternidad: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. La Palabra de Dios, encarnada en el Niño de Belén, es eterna, estable, inmutable, y aunque existe desde la eternidad, es por siempre joven y fresca, como agua cristalina y pura, y ha venido para comunicar al hombre marchito y perimido de esta su juventud divina, para que el hombre que envejece en la tierra sea para siempre, eternamente joven en el cielo. 
Es este el mensaje que la Iglesia –y por lo tanto, todo bautizado- debe transmitir en Adviento, el mismo mensaje que anunciaba Isaías al Pueblo Elegido: señalar a los hombres, “con toda la fuerza de la voz”, “sin temor”, desde lo alto de las montañas, desde lo alto del cielo, desde los satélites creados por el hombre, a toda la tierra, a los hombres que habitan en la tierra, a los que vuelan por el espacio, a los que viajan bajo tierra, a los que surcan los océanos y bucean en las profundidades del mar, que nuestro Dios, el Dios Salvador, está ahí, en el Pesebre de Belén, en la pequeña humanidad de un pequeño Niño recién nacido; en Adviento, la Iglesia –y todo bautizado- grita al mundo, con toda la potencia de su voz, señalando al Niño del Pesebre: “¡Aquí está nuestro Dios!”. Es esto lo que Isaías quiere decir cuando dice: “Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

San Isaías y la alegría del Adviento



         Al contemplar la Llegada del Mesías -Isaías ve al Niño de Belén en visión, cientos de años antes de su Nacimiento-, San Isaías (cfr. 35, 1-10) expresa la alegría que éste traerá a la tierra, y expresa esa alegría en las figuras del desierto y de la tierra reseca que reciben el agua y en las flores que adornan la estepa: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”.
         Sin embargo, no contento con esta llamada a la alegría, San Isaías insiste todavía con más alegría y con cantos de júbilo: “¡Sí, florezca el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!”.
         Ahora bien, la alegría de San Isaías es tanto más festiva, cuanto que se trata de una alegría no conocida por el hombre, porque es la alegría por la llegada del Mesías, Mesías al cual no se lo conoce, y por lo tanto no se conoce la alegría que Él trae. Las alegrías representadas en las alegorías de la tierra reseca que recibe agua, y del prado florido, son solo eso, alegorías que sólo de un modo lejano permiten formar una idea acerca de cómo es en sí misma la alegría que trae el Mesías, puesto que es la alegría misma de Dios; aún más, es Dios, que es “Alegría infinita”.
         ¿Cuál es el motivo de tanta alegría? El motivo es que la Llegada del Mesías significará para la humanidad apartada de Dios -que sin Dios es, precisamente, como el desierto árido, como la tierra reseca y como el prado agostado-, una renovación en lo más profundo de su ser, una renovación tan profunda, que significará ante todo una re-creación, porque el Mesías traerá la gracia santificante, que al infundir la vida divina en el hombre, será para este como una nueva creación, así como el agua pura y cristalina da vida nueva al prado que muere y agoniza por la sequía.
         Así como la tierra sin lluvia, agostada, no permite que el prado florezca, así también la humanidad sin Dios, la humanidad caída en el pecado original, agoniza por haber perdido el contacto con la fuente de la vida, que es Dios mismo. Precisamente, el Mesías habrá de reestablecer ese contacto, habrá de inundar los valles resecos, las almas agostadas, sin la Presencia de Dios, con la gracia santificante, la cual penetrará en lo más profundo del ser del hombre, concediéndole una vida nueva, la vida absolutamente sobrenatural del Ser trinitario, haciéndolo partícipe de todas sus felicidades inabarcables, de sus alegrías inconcebibles, de sus gozos inimaginables, y éste es el motivo de la alegría por la llegada del Mesías, alegría a la cual invita San Isaías de modo insistente, y es también el motivo por el cual la Iglesia en Adviento invita a la alegría: porque el Mesías que viene y alegra el corazón del hombre al infundirle la vida divina del Ser trinitario, es el Niño Dios que nace en Belén, el Niño que extiende sus brazos en el Pesebre, para luego extenderlos en la Cruz y donar su Sangre como Vino de la Alianza Nueva Eterna, Vino que “alegra el corazón del hombre” con una alegría eterna e infinita.
         Dice Isaías: “…prorrumpa en cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. Este párrafo se dirige a la Iglesia, porque es la Iglesia quien contempla, en el Niño de Belén, “la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”, porque el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, que brilla con esplendor eterno, porque Él en sí mismo es “Luz eterna de Luz eterna”, tal como recita la fe de la Iglesia en el Credo; es por esto que quienes contemplan al Niño de Belén, “contemplan la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”.
         Isaías anima también a los desanimados y a los débiles, porque serán fortalecidos con la fuerza misma del Mesías: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios; Él mismo viene a salvarlos”. Es el Niño de Belén el Dios omnipotente, de cuya fortaleza recibirán participación, y al señalarlo al Niño de Belén, dirán: “¡Ahí está nuestro Dios!”.
         Isaías describe la acción de la gracia que viene a traer el Niño Dios, el Mesías, que viene a los hombres como un Niño: ya desde el Pesebre, el Niño Dios abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, a todo aquel que con corazón contrito y humillado se acerca a adorarlo: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces, el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. Será la gracia santificante, que brota del Niño de Belén como de su fuente inagotable, la que hará brotar fuentes de agua en el desierto, es decir, vida divina en los corazones de los hombres: “Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales”; es decir, el hombre, de corazón árido y desértico, será capaz de amar, por medio de la gracia santificante, con el mismo Amor divino del Mesías que viene como Niño.
        Pero este Mesías pacífico, que viene como Niño en Belén, causa de la alegría de los hombres, es también el Vencedor del infierno, y ante su solo Nombre santo, Satanás y sus legiones de ángeles caídos, se estremecen de terror y se sumergen en lo más profundo del Averno; el Niño de Belén derrota para siempre al ángel carroñero, el Príncipe de la mentira, el Falso e inventor de toda falsedad, y con su gracia expulsa al Gran Chacal del corazón del hombre, adonde había construido su pestilente madriguera: “…la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros”.    
         Éste Niño será el “Camino Santo”, el único camino que conducirá a la humanidad a su salvación, camino que surgirá en el corazón del hombre, por acción de la gracia, el mismo corazón que antes de la Venida del Mesías, era guarida de chacales, cueva de demonios: “Allí (en la morada donde se recostaban los chacales, convertida por la gracia en paraje de cañas y papiros) habrá una senda y un camino que se llamará “Camino Santo”, y este “Camino Santo” es el Niño de Belén, quien ya de adulto, antes de subir a la Cruz, se llamará a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.
         Este Camino Santo no será recorrido por los impuros ni por los necios, porque es camino de santidad, y la santidad del Ser divino participa de su pureza inmaculada a quien recorre el Camino Santo, Cristo Jesús, y tampoco será recorrido por los necios, porque los necios son los que dicen: “No hay Dios”, mientras que el que recorre este Camino Santo, no solo cree en el Hijo de Dios, sino que está deificado por la gracia.
         Por este Camino Santo “no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes”, es decir, no lo transitarán ni los hombres malvados, aliados del Príncipe de la mentira, ni los ángeles caídos podrán siquiera acercársele.
         Pero sí será transitado por los justos, por los que cargan la Cruz cada día en el seguimiento de Cristo Jesús, que marcha Camino del Calvario: “Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor”.
Finalmente, los que contemplen y adoren al Mesías en el Pesebre de Belén, se alegrarán con una alegría desconocida, la alegría misma de Dios, porque serán conducidos a la Jerusalén celestial, en donde iniciará un gozo imposible de ser imaginado, que no tendrá fin, “Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 17): “Y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua; los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
Es en esta alegría, vislumbrada, contemplada y cantada por el profeta Isaías, de la cual participa la Iglesia en Adviento, porque espera la Llegada de su Mesías, el Niño Dios, en un humilde pesebre, para Navidad.
        

jueves, 6 de diciembre de 2012

San Isaías, profeta del Adviento



         El profeta Isaías anuncia así la Llegada del Mesías: “¿No falta poco, muy poco tiempo, para que Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque?” (29, 17-24). El profeta suspira por un tiempo, que ya es cercano, pues “falta poco”, en el que el desierto, representado en el Líbano, se vuelva un vergel, y el vergel, islote florido del desierto, se convierta en bosque, y con esto quiere el profeta significar la Llegada del Mesías, porque su Presencia obrará maravillas en los hombres: en los alejados de Dios –simbolizados el desierto-, el Mesías infundirá su temor, y hará que estos vuelvan sus corazones a Dios; en los que ya tienen presencia de Dios –simbolizados en el vergel-, infundirá su Sabiduría y su Amor, de manera tal de quienes ya conocen y aman a Dios, lo conocerán y amarán todavía más, encendiéndose en el deseo de estar con Él para siempre. Es esto lo que quiere decir, cuando al final dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza”: el Mesías tendrá piedad de los que están lejos de Dios, y les concederá la gracia del regreso a su conocimiento y amor. Y como este Mesías, cuya Llegada anuncia Isaías, no es otro que el Niño de Belén, cuya llegada para Navidad anuncia la Iglesia, porque este Niño de Belén, con su gracia santificante, que brota del Él como de su fuente inagotable, perdonará los pecados de los hombres con la Sangre de su Cruz y encenderá sus corazones en el más grande Amor de Dios, con el fuego del Espíritu Santo, convirtiendo a los malos en buenos y a los buenos en santos.
         Isaías también dice: “En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y de oscuridad”: son los sordos y ciegos que serán curados por el Niño de Belén, aún antes de comenzar su vida pública; oirán los sordos y hablarán los mudos, pero no sólo los afectados en sus sentidos, sino ante todos los sordos y ciegos espirituales oirán la Voz del Salvador y proclamarán sus maravillas, en el tiempo y en la eternidad.
         Luego agrega: “Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”: son los que, con el corazón contrito y humillado, reconociéndose indigentes espirituales, necesitados de todo lo que Dios da, luz, amor, paz, alegría, se acercarán al Pesebre de Belén y adorarán a su Dios que se les manifiesta como un pequeño Niño recién nacido. Los humildes e indigentes, a diferencia de los pastores, que ofrecen al Señor sus pertenencias, sus ovejas, con su leche para que se alimente, y su lana para que se abrigue, y a diferencia de los Reyes Magos, que ofrendarán de sus riquezas, oro, incienso y mirra, al Rey de reyes, los humildes e indigentes nada material tendrán para ofrendar al Niño Dios, sólo su pobre corazón, hecho de nada más pecado, corazón que dejarán como ofrenda insignificante a los ojos de los hombres, pero valiosa a los ojos de Dios, y éste será el homenaje de su humilde adoración al Rey de reyes, el Niño de Belén.
         Isaías también habla acerca de quienes odian al Niño, los demonios, los ángeles rebeldes y caídos, y los hombres pervertidos, que libremente dejaron contaminar sus corazones con la ponzoña del mal, del orgullo, de la violencia, de la lujuria y de la lascivia, y que no aceptan que un Dios venga a ellos como Niño, a convertir sus corazones; estos tales, como dice Isaías, desaparecerán ante su vista: “Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, y porque sí no más perjudican al justo”. Isaías canta al Niño de Belén, que con su Encarnación y Nacimiento y Manifestación epifánica comienza la derrota del Príncipe de las tinieblas, Satanás, el Príncipe del mal, del odio, de la maldad, el inventor de la corrupción, de la muerte y del pecado; derrota que alcanzará su culmen en el triunfo de la Cruz, cuando con el madero ensangrentado venza para siempre al Enemigo de la raza humana, cuando su Madre, la Virgen, aplaste con su talón, con la fuerza de Dios Trino, la cabeza del astuto dragón y temible serpiente, para que nunca más pueda hacer daño a los hombres.
         Finaliza en este párrafo hablando el Mesías en Persona, por boca de Isaías: “En adelante, Jacob no se avergonzará ni se pondrá pálido su rostro. Porque, al ver lo que hago en medio de él, proclamarán que mi nombre es Santo, proclamarán santo al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel”. Y esto no es otra cosa que la Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sacrificio para el cual nace el Niño de Belén, sacrificio por el cual los hombres cantarán y glorificarán al  Dios Tres veces Santo, en el triple amén de la doxología eucarística; es en la Misa en donde los hombres glorificarán al Niño de Belén, que significa “Casa de Pan”, porque el Niño  que nace en la Casa de Pan, que es Belén, nace para ofrendarse como Pan de Vida eterna, que da la gloria divina y la vida eterna a los hombres.

martes, 4 de diciembre de 2012

San Isaías y el Adviento



         Escrito centenares de años antes del Nacimiento del Redentor, el libro del Profeta Isaías describe las esperanzas del Pueblo Elegido ante la Llegada del Salvador, y por eso mismo posee la esencia del espíritu de Adviento¨.
         Isaías (25, 6-10a) dice que “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, de vinos añejados, decantados”, y esto no es otra cosa que el Niño Dios, que naciendo en Belén, Casa de Pan, se ofrecerá a sí mismo en el Banquete Eucarístico como Pan de Vida eterna, como Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, y como Vino de la Nueva Alianza, que da la vida eterna.
         Será el Niño de Belén quien, extendiendo sus bracitos en el Pesebre para abrazar a quien se acerca a contemplarlo, “destruirá la Muerte para siempre”, como dice el Profeta Isaías, cuando ya adulto extienda sus brazos en la Cruz para derrotar definitivamente a la muerte, al demonio y al pecado.
         Isaías dice que “el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo”, y quien haga esto será el Niño nacido en Belén, quien con su Sangre derramada en la Cruz quitará el oprobio del pecado y, más que enjugar las lágrimas, hará sonreír, con gozo eterno,  a los que se dejen salvar por Él, al concederles la alegría de ser hijos de Dios, la gracia que brota de su Corazón traspasado como de una fuente inagotable.
         Isaías profetiza que “en esos tiempos” se dirá: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos: ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”, y quien viene a salvarnos es el Niño de Belén, y por Él y por la salvación que nos trae, nos alegramos en su espera en Adviento; el Niño al que esperamos que nazca para Navidad, al cual esperamos con ansias en Adviento, es el Señor, el Redentor del mundo, el Emmanuel, Dios con nosotros, que viene a derrotar a las tinieblas del infierno y a iluminarnos desde el Pesebre y desde la Eucaristía con su luz, la luz eterna del Ser divino, como anticipo de la vida eterna en los cielos.