San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 27 de agosto de 2014

San Agustín y la Ciudad de Dios


San Agustín escribió una obra llamada “La Ciudad de Dios”, en la que describe la lucha entre las fuerzas del Bien, que provienen de Dios y que buscan construir una civilización cristiana -basada en los principios de Jesucristo- y las fuerzas del mal, encarnadas en la Ciudad pagana, construida sobre la base de las fuerzas decadentes del hombre caído en el pecado.
En esta obra, la “Ciudad de Dios” es la Iglesia Católica, en la cual y por la cual -según San Agustín en la obra citada- los planes de Dios se verán realizados en la medida en que las fuerzas del bien derroten a quienes se oponen a la Voluntad de Dios: “Por tanto dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego. Una se vanagloria en sí mismo, la otra se gloría en el Señor. Una busca la gloria del hombre, la otra encuentra su mayor gloria en el testimonio de Dios”[1].
         Se confronta la Ciudad Celestial a la Ciudad Pagana; la ciudad celestial o Ciudad de Dios es la Iglesia Católica y representa al catolicismo con todo el depósito de la Verdad Revelada por Jesucristo y custodiado y explicitado por el Magisterio católico; la Ciudad Pagana representa, por el contrario, la decadencia y el pecado, es decir, el error, la falsedad, la mentira. De la confrontación entre la Verdad Absoluta revelada por Jesucristo, a través de la Ciudad de Dios, con la mentira, el vicio, el culto a los falsos dioses y el amor por los bienes terrenales, todo propagado por la Ciudad Pagana, no hay duda alguna del triunfo total y absoluto de la Ciudad de Dios, aunque de momento, mientras exista el tiempo y perdure la historia humana, ambas ciudades se vean mezcladas; el triunfo de la Ciudad de Dios, conseguido ya por Cristo en la cruz de modo definitivo, será visible y para siempre, sin embargo, solo en el Juicio Final, cuando ambas ciudades sean separadas y cada una siga el destino propio: la Ciudad de Dios, el Reino de los cielos, la Ciudad Pagana, el abismo en donde no hay redención. Dice así San Agustín: “La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa”.
         “Dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego”, dice San Agustín. Hoy, en nuestros días, parecen triunfar las fuerzas del mal, porque la ciudad del hombre, la ciudad del ego, parece haber triunfado sobre la Ciudad de Dios: hoy, la Nueva Era o Conspiración de Acuario, con sus criterios neo-paganos, que son los mandamientos de Satanás –“haz lo que quieras”, “cree en lo que quieras y como quieras”-, parece prevalecer y dominar, sobre los Mandamientos de Dios, dados por la Iglesia. Pero, como dice San Agustín, la Ciudad de Dios, es decir, la Iglesia, triunfará al final, porque así lo promete Jesús en el Evangelio: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18), y también la Virgen lo anunció en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Las fuerzas del mal, las fuerzas de la ciudad del hombre, construida con la ayuda de las tinieblas del Abismo, no prevalecerán contra la Ciudad de Dios, la Iglesia Católica, que resplandecerá con la luz de Cristo y brillará triunfante, iluminada por la luz del Cordero, la Lámpara de la Jerusalén celestial (Ap 21, 22), la misma luz que ilumina a la Iglesia desde la Eucaristía, por los siglos sin fin.




[1] Ciudad de Dios, Libro 14.

martes, 27 de agosto de 2013

San Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios contra la Ciudad Pagana


          Ya en su vejez, y por el espacio de quince años, San Agustín escribió una de sus obras más importantes, titulada "La Ciudad de Dios". El título original en latín refleja con más precisión el carácter general de la obra: "De Civitate Dei contra paganos", es decir, "La Ciudad de Dios contra los paganos". Se trata de una apología del cristianismo, en la que se confrontan dos ciudades: por un lado, la Ciudad Celestial; por otro lado, la Ciudad Pagana. Ambas ciudades tienen orígenes distintos, y por lo tanto, también su desarrollo y su final son diferentes: la Ciudad de Dios se construye sobre la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, y su gracia santificante, mientras que la Ciudad Pagana representa el falso edificio espiritual construido sobre el pecado del hombre y la falsedad del Príncipe de la mentira, Satanás. Ambas ciudades, dice San Agustín, "se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final".
          Si bien escribe esta obra a causa de la conmoción que le provocó la caída de Roma a manos del rey bárbaro Alarico I, con lo cual la entera civilización cristiana se encontraba en un grave peligro, desde el momento en que se veía amenazada no solo la capital del Imperio Romano, sino ante todo el Papa, Vicario de Cristo, el fin de la obra no es tanto político como espiritual. En otras palabras, para San Agustín, las Ciudades -tanto la de Dios como la Pagana-, están formadas por personas, porque es en las personas en donde reside la gracia santificante, y es en las personas en donde la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, se encarna, al ser aceptada en su plenitud. Cuando esto sucede, la Ciudad de Dios se alza en la persona, y esta resplandece con la Verdad y la gracia de Cristo. Por el contrario, cuando esto no sucede, es decir, cuando la Verdad de Cristo y su gracia son rechazadas por la persona humana, entonces se levanta en el alma la Ciudad Pagana, la ciudad construida sobre "arena y no sobre la roca" (cfr. Mt 7, 26), la Ciudad del mal, de la mentira, del engaño y de la falsedad, la Ciudad de la oscuridad, de las tinieblas, del horror y del espanto, en la que se erige como siniestro rey el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

          Podemos decir entonces que cada uno de nosotros puede elegir, libremente, cuál de las dos Ciudades construir en el alma: si la de Dios, construida sobre la Roca que es Cristo, cimentada en la aceptación de la Verdad revelada y en la gracia santificante que concede al alma la participación en la vida divina, o la del Paganismo, construida sobre el error y el pecado. Quien elija construir para sí la Ciudad Pagana, tendrá como Rey al Príncipe de las tinieblas, y en el Día del Juicio Final será precipitado en las tinieblas sin fin, en donde no hay amor ni redención. Quien elija construir para sí la Ciudad de Dios, tendrá como Rey a Jesucristo y como Reina a la Virgen María, y en el Día del Juicio Final formará parte de la Jerusalén celestial, en donde reinan, para siempre, la alegría, la paz y el amor divinos.