San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 19 de julio de 2016

El ejemplo de San Expedito: elegir a Jesucristo y no al Diablo


         Cuando la Iglesia nos pone a un santo para que sea venerado, no pretende que nos quedemos en la mera veneración, sino que contemplemos su vida, para imitar sus virtudes. Y cuando el santo nos consigue alguna gracia que le hemos pedido, la mejor forma de agradecerlo, es imitar sus virtudes. Es decir, la veneración de un santo, por cualquier lado que se la considere, no debe quedar en la mera veneración, sino en el esfuerzo activo por imitar, sino todas, al menos alguna de sus virtudes.
         En el caso de San Expedito, su virtud más grande y la que lo llevó al cielo, fue la de responder, con celeridad, a la gracia de la conversión. Como sabemos, San Expedito era un soldado romano, pagano, es decir, no conocía a Jesucristo; en un momento determinado, recibió la gracia de la conversión, que consiste en una iluminación interior, que viene de lo alto –nunca de la propia persona-, del cielo, y esta gracia consiste en algo similar a lo que le sucedió a San Pablo: Jesús, el Hijo de Dios, se da a conocer al alma, de un modo misterioso, para que el alma lo acepte como su Salvador y Redentor. Puesto que somos libres, la decisión última de la conversión, si bien está dada la gracia que nos permite elegir a Jesucristo, radica en nosotros, ya que nadie, ni siquiera el mismo Dios en Persona, puede reemplazar nuestras libres decisiones. Al recibir la gracia de conocer a Jesucristo, y al recibir la gracia de desear elegir a Jesucristo como Salvador –son dos gracias distintas-, San Expedito respondió afirmativamente a ambas gracias, y por eso es ejemplo para nuestra conversión. Pero además, hay otra gracia en la que San Expedito es ejemplo, y es la de la celeridad en responder, porque también, como sabemos, en el mismo momento en que Jesús se daba a conocer a su alma, el Demonio se le apareció en forma de cuervo y trató de hacerlo desistir de su conversión, induciéndolo a que postergar la conversión “para mañana” (efectivamente, el Demonio comenzó a revolotear diciendo: “Cras”, que significa “mañana”). Pero San Expedito, alzando la Santa Cruz de Jesús, y recibiendo de la Cruz la fuerza misma de Jesús, rechazando la tentación del Demonio, dijo: “¡Hoy! ¡Hoy acepto a Jesucristo como mi Salvador y Redentor! ¡Hoy comienzo a seguir a Jesús, cargando mi cruz para ir detrás de suyo! ¡Hoy dejo de lado mis pasiones, mis pecados, mis vicios; hoy crucifico al hombre viejo, para nacer a la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, los hijos de la luz!”. Y diciendo esto, aplastó al Demonio que, aún en forma de cuervo, había dejado de revolotear a su alrededor y se había acercado, desprevenido, a los pies de San Expedito, que con la fuerza de la Cruz, pisó su soberbia cabeza.

         También el Demonio nos tienta, para que sigamos en la vida de paganos, en la vida de confiar en las supersticiones –como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la cinta roja, o peor aún, la Santa Muerte-; el Demonio también nos tienta para que, en vez de elegir a Jesús crucificado y a la Virgen, elijamos los bienes materiales, el dinero, la brujería, en vez de los santos sacramentos de la Iglesia y la gracia de Jesús, aunque la mayoría de las veces, no es el Demonio el culpable, sino nuestra propia pereza espiritual, la que nos lleva a dejar de lado la Santa Misa, la Confesión sacramental y el rezo de oraciones que agradan a la Madre de Dios, como el Santo Rosario, y es por eso que necesitamos, de modo urgente, la gracia de la conversión. Le pidamos entonces a San Expedito que interceda por nosotros para que nosotros, al igual que él, digamos “No” al Demonio y a nuestras pasiones y le digamos “Sí” a Jesucristo y su gracia santificante, y comencemos a vivir la vida pura y santa de los hijos de Dios.

martes, 19 de abril de 2016

San Expedito, mártir del siglo IV a. C., valioso testimonio para los hombres del siglo XXI


         San Expedito fue un soldado romano que vivió en tiempos del emperador Diocleciano, a principios del siglo IV d. C. En un momento determinado, el emperador obligó a todos los oficiales de su ejército a realizar sacrificios a los dioses del panteón romano y a encarcelar y ejecutar a quienes se opusieran. Con esta medida, pretendía hacer renegar a los cristianos de su fe en Jesucristo, el Verdadero y Único Dios.  Puesto que San Expedito había recibido la gracia de la conversión, se negó rotundamente a abandonar su fe en Jesús, por lo que fue martirizado el 19 de abril del año 303 d. C.
Desde su martirio, San Expedito es representado con aquello que recuerda su proceso de conversión y su martirio: aparece sosteniendo una cruz en lo alto, con una palma en la otra mano; con un cuervo aplastado bajo su pie y con el casco romano en el suelo. San Expedito alza en alto la cruz victoriosa de Jesucristo, con la inscripción “Hodie”, que significa “Hoy”, puesto que venció, con la ayuda de la cruz de Jesús, la tentación del Demonio, que lo trataba de convencer de que dejara su conversión para después. Asistido por la gracia santificante que brota de la cruz de Jesús, San Expedito tuvo la sabiduría y la fortaleza divina necesarias para elegir a Jesucristo en vez del Demonio, haciéndolo inmediatamente y sin demoras, y es por esta razón que se convirtió en el “Patrono de las causas urgentes”. Al recibir la gracia de la conversión, en el mismo momento fue tentado por el Demonio para que la aplazara, pero fue la cruz de Jesús la que le dio la fortaleza necesaria para elegir a Jesús (es esta la primera "causa urgente" por la que debemos pedir a nuestro santo su intercesión: la propia conversión y la conversión de los seres queridos y de los pecadores más empedernidos).
         El santo aparece también con su pie aplastando a un cuervo, que es en realidad el Demonio, el cual se le había aparecido bajo la figura de ese animal, pretendiendo tentarlo para que continuara su vida de pagano y para que postergara la decisión de convertirse, dejándola para un incierto futuro. La proposición del Demonio era una falsedad y una temeridad, pues no sabemos si hemos amanecer "mañana"; no sabemos si Dios no nos llamará ante su Presencia para recibir nuestro Juicio Particular dentro de una hora, lo cual quiere decir que debemos estar preparados, en todo momento, para el día de la muerte, para atravesar con toda tranquilidad la comparecencia ante el Sumo Juez, para lo que se necesita, a su vez, estar convertidos o, al menos, haber iniciado el camino de la conversión del corazón a Jesucristo. San Expedito se nos muestra como un gran ejemplo al no cometer la temeridad que le proponía el Demonio -postergar la conversión para un incierto "mañana"-, al tiempo que, asistido por la gracia, dice: "Hodie", "Hoy, hoy mismo comienzo a ser cristiano, a cargar la cruz, a seguir a Jesús, a cumplir sus mandamientos; hoy y no mañana". 
         El casco de la legión en el suelo, indica que San Expedito dejó su servicio en el ejército romano, para comenzar a militar como soldado de Cristo; la palma en su mano derecha indica, a su vez, su condición de mártir, es decir, de aquel que derramó su sangre por proclamar a Jesucristo, el Hombre-Dios, como el Único Salvador de los hombres.

La vida y el ejemplo de santidad de San Expedito, un mártir del siglo IV a. C., son valiosísimos para todos los tiempos, pero lo son en especial para los nuestros, en los que el Demonio no se nos aparece como un cuervo negro, sino bajo múltiples ídolos: ateísmo, agnosticismo, relativismo, materialismo, brujería, magia, ocultismo, sectas, espiritismo, culto a ídolos demoníacos -como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte-, música que exalta las pasiones e induce a todo tipo de pecados –como la cumbia, el reggaetón, el rock satánico-, la drogadicción, la satisfacción sensual de las pasiones, etc. El Demonio es como un cocinero perverso, que prepara platos que, en apariencia, son apetitosos, pero que en realidad esconden el veneno del pecado. Lo que pretende el Demonio, a través de estos ídolos, es hacer olvidar al hombre que se encuentra en esta vida sólo de paso, que esta vida es una prueba para ganar el cielo y evitar la eterna condenación en el infierno y que sólo a través de Jesús crucificado podrá salvar el alma. Por estas razones, la vida y el martirio de San Expedito son sumamente actuales y valiosísimas para los hombres del siglo XXI.

jueves, 26 de noviembre de 2015

San Expedito, ejemplo de fidelidad a la gracia de la conversión



         San Expedito era un oficial romano practicante del paganismo; un día, Nuestro Señor Jesucristo le concedió la gracia de la conversión, manifestándose a su alma y dándose a conocer. Debido a que la gracia de la conversión necesita de una respuesta libre, era necesario que San Expedito diera su consentimiento a esta gracia, la cual implicaba el reconocimiento de Jesucristo como Redentor y el rechazo de su antigua vida de pagano, vida dominada por el pecado. Antes de que San Expedito diera su respuesta, apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo que, comenzando a revolotear por encima suyo, repetía a cada momento: “Cras!”, que significa: “mañana”. Es decir, el Demonio tentaba a San Expedito con la postergación de su conversión, dejándola “para mañana”; no le decía que no debía convertirse, sino que la dejara “para mañana”: “No te conviertas hoy; continúa tranquilamente con tu vida de pagano, con tus pecados; mañana tendrás tiempo de convertirte; no tomes decisiones apresuradas, disfruta un poco más de tu vida pagana y alejada de Dios, ya mañana tendrás tiempo de elegir, con más tranquilidad”. Es decir, en un momento determinado, San Expedito se vio en la disyuntiva de elegir: o Jesús y su gracia y el comienzo de una nueva vida cristiana, o el Demonio y el pecado y la continuación de una vida pagana y pecaminosa. Aferrado a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, San Expedito no dudó un instante en responder: “Hodie!”, es decir: “¡Hoy!”, “Hoy me convierto; hoy dirijo mi corazón hacia Jesucristo, Sol de Justicia, hoy reconozco a Jesús como a mi Dueño y Señor, como a mi Redentor y Salvador; hoy dejo para siempre mi antigua vida pagana y pecaminosa y comienzo a vivir la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios”. De esta manera, por su veloz respuesta, es que San Expedito es el “Patrono de las causas urgentes”, y aunque tengamos varias causas urgentes por las cuales pedimos su intercesión, la primera causa urgente es aquella en la que él nos da ejemplo y es la conversión. Y así es ejemplo también de cómo, asistidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y abrazados a su Cruz, podemos vencer en toda tentación, cuando el Demonio, el Tentador, nos sugiera cometer algún pecado (el Demonio nos tienta generalmente a través de pensamientos que parecen buenos pero que conducen a un fin malo, ya que excepcionalmente se aparece de modo visible, como a San Expedito): levantando la Santa Cruz de Jesús en lo alto, recibió de Él su fuerza omnipotente y, con un velocísimo movimiento, aplastó al Demonio en forma de cuervo, el cual, sin darse cuenta, se había acercado caminando hasta ponerse a distancia del santo. Que San Expedito interceda para que respondamos prontamente a la gracia, a toda gracia que nos conceda Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

San Expedito y su urgente respuesta a la gracia de la conversión


         San Expedito es el “santo de las causas urgentes”: así, en su día, se acercan miles de personas, a lo largo y ancho del país, para obtener algún favor del santo, como por ejemplo, curaciones, salud, trabajo, y muchas otras cosas más, que necesitan de una pronta solución. No está mal pedir esto al santo, pero hay una verdadera “causa urgente”, que por su naturaleza se antepone a cualquier otra causa, por urgente que sea. ¿Cuál es esta “causa urgente”, por la cual tenemos que pedir la intercesión de San Expedito en primer lugar? La verdadera “causa urgente” que se antepone a toda otra “causa urgente”, es la de la propia conversión y la conversión de nuestros seres queridos, porque si no nos convertimos a Dios de todo corazón, aun cuando obtengamos salud, trabajo, y la solución de cualquier otra situación, de nada nos servirá, según las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). No hay causa más urgente que la conversión y San Expedito es ejemplo de esto, porque al presentársele la libre opción entre aceptar la gracia de la conversión para dejar su antigua vida de pagano, o continuar libremente con su vida de pagano, eligió, en el acto y sin dudarlo, la gracia de la conversión. Ésta es la verdadera y única “causa urgente” por la cual debemos pedirle al santo, porque así se cumplirán las palabras de Jesús en nuestras vidas: “Preocúpense primero por el Reino de los cielos y lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33), lo cual quiere decir que, si buscamos la conversión del corazón, es decir, si buscamos a Dios, que está en la cruz y en la Eucaristía, con todo el corazón, todo lo demás –todas las “causas urgentes” secundarias-, se nos dará por añadidura, incluso hasta sin pedirlas, porque Dios “sabe qué es lo que necesitamos”.
         A los santos los pone la Iglesia no sólo para que contemplemos sus virtudes, sino para que los imitemos y eso es lo que debemos hacer con San Expedito: imitarlo en su prontitud y celeridad para responder a la gracia de la conversión, sosteniendo la cruz de Jesucristo en lo alto y diciendo: “Hodie! ¡Hoy! ¡Hoy, ya, ahora, dejo mi vida de pagano, mi vida de hombre viejo, mi vida de falta de perdón, de rencores, de resentimientos, de apego a las cosas bajas del mundo, para abrazar la cruz de Jesucristo y unirme a su Sagrado Corazón, para comenzar a vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia! ¡Hoy dejo atrás, para siempre, por el poder de la cruz y de la Sangre de Jesucristo, toda malicia, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda mala obra, para ser bañado por la Sangre del Cordero y así vivir con la santidad de Jesucristo!”.

Ésta es la verdadera “causa urgente” que debemos pedir, para nosotros y para nuestros seres queridos; lo demás, se dará por añadidura.