San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 3 de junio de 2020

San Carlos Lwanga y compañeros mártires

San Carlos Luanga y los mártires de Uganda,3 de Junio,Vidas ...


          Vida de santidad[1].

          Uganda, país de África, fue misionado por los Padres Blancos del Cardenal Lavigerie, por lo que pronto comenzaron a convertirse al catolicismo muchos nativos. En ese entonces, el jefe de la nación, llamado Muanga, tenía el vicio de la homosexualidad y cuando el jefe del personal de mensajeros del palacio José Makasa, se convirtió al catolicismo, le hizo saber al jefe que en la Biblia se condena y prohíbe totalmente la homosexualidad y que la llama una “aberración”, o sea algo abominable, porque va contra la Ley Divina y por lo tanto es algo totalmente impropio de la persona humana. Le citó varios pasajes de la Biblia para confirmar sus dichos, como por ejemplo: “la homosexualidad es un pecado merecedor de la muerte” (Lev 18) y “algo que va contra la naturaleza” (Rom 1,26) y que los que lo cometen “no poseerán el Reino de Dios” (1 Cor 6,10). Esto enfureció tanto al rey, que ordenó asesinar a José Makasa el 15 de noviembre de 1885, y así este llegó a ser el primero de los 26 mártires de Uganda. Al saber esta terrible noticia, los demás católicos que trabajaban en el palacio real como mensajeros o empleados, en vez de acobardarse, se animaron más fuertemente a preferir morir antes que ofender a Dios.
La segunda víctima fue un pequeño mensajero llamado Denis. El jefe Muanga quiso irrespetar a un jovencito llamado Muafa, pero este le dijo, citando la Biblia, que su cuerpo era un “templo del Espíritu Santo”, y que él se haría respetar costara lo que costara. El rey averiguó quién le había enseñado al niño estas doctrinas y le dijeron que era otro de los mensajeros, Denis, por lo que también le dio muerte. Así este jovencito llegó a ser el segundo mártir San Denis. Antes de darle muerte, el rey le preguntó: “¿Eres cristiano?” y el niño respondió: “Sí, soy cristiano y lo seré hasta la muerte”.
Mientras tanto, el nuevo jefe de los mensajeros, Carlos Luanga (que había reemplazado a San José Makasa) reunía a todos los jóvenes y los catequizaba recordándoles lo que enseña San Pablo en la Biblia, acerca de que “los que cometen el pecado de homosexualidad tendrán un castigo inevitable por su extravío” (Rom 1, 18) y les recordaba que la “homosexualidad es la tendencia a cometer acciones impuras con personas del propio sexo”, y que eso no es amor de caridad que busca el bien de la otra persona, sino que es un “amor de concupiscencia” por el afecto que se siente hacia personas del propio sexo. Y les narraba cómo las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una lluvia de fuego por cometer ese pecado, y cómo la Biblia anuncia tremendos castigos para los que lo cometen. Carlos terminaba sus charlas recordando aquellas palabras de Jesús: “Al que me confiese delante de los hombres, Yo declararé a su favor en el cielo”.
Con estas instrucciones de Carlos Luanga, ya todos los jovencitos mensajeros y empleados del palacio real de Uganda quedaron resueltos a perder su vida antes que renunciar a las creencias católicas o perder la pureza de su alma con un pecado de homosexualidad. Y ahora estaba por llegar el desenlace fatal y sangriento. El rey tenía como primer ministro a un brujo llamado Katikiro, el cual estaba disgustadísimo porque los que se volvían cristianos católicos, ya no se dejaban engañar por sus brujerías; entonces se propuso convencer al rey de que debía hacer morir a todos los que se habían declarado cristianos.
El cruel Muanga reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”. Y luego les dio una orden mortal: “Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”. Inmediatamente Carlos Luanga, jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito y enseguida veintidós jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión. El Padre misionero no había alcanzado a bautizar a algunos de ellos, por lo que estos jóvenes valientes viendo que su muerte estaba ya muy próxima pidieron a Carlos que los bautizara. Y allí en la oscuridad de la prisión Carlos Luanga bautizó a los que aún no estaban bautizados, y se prepararon todos para su paso a la eternidad feliz, que ya estaba muy cerca.
El rey los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del brujo Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias. Después de haberlos tenido siete días en prisión en esas lejanías, en medio de los más atroces sufrimientos, mientras reunían la leña para el holocaustos el 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juntos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, además de recitar el Credo y esto lo hicieronhasta el último aliento de su vida. Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año veintiséis mártires católicos por defender su fe y su castidad. Los mártires de Uganda, con Carlos Luanga a la cabeza, fueron declarados santos por el Papa Pablo VI y ahora en Uganda hay un millón de católicos, cumpliéndose así el adagio: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

Mensaje de santidad.

Los mártires de Uganda no sólo dieron la vida por la pureza corporal, sino también por la pureza de la fe, puesto que ambas van unidas: quien es casto y puro, lo es no por la virtud en sí misma, sino por amor a Cristo, que es la Castidad, la Pureza y la Inocencia Increadas en sí mismas. Por eso, en su sacrificio, no sólo debemos ver un homenaje a la virtud de la pureza de cuerpo y alma -que lo es-, sino también una participación en la Pasión de Cristo, puesto que su muerte martirial fue un modo de participar de la muerte martirial del Rey de los mártires, Cristo Jesús. Por último, los mártires de Uganda murieron entonando cánticos de alabanza a Dios y también rezando el Credo: cuando asistamos a la Santa Misa y recemos el Credo, recordemos que por las verdades del Credo debemos estar dispuestos a dar la vida, tal como lo hicieron los santos mártires de Uganda.

martes, 2 de junio de 2020

San Justino, mártir


San Justino
          Vida de santidad[1].

Nació a principios del siglo II en FIavia Neápolis—Nablus—, la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana; como ardiente buscador de la Verdad Absoluta, el itinerario de su conversión a Cristo pasa a través de la experiencia estoica, pitagórica, aristotélica y neoplatónica, desde donde llegó a la plenitud de la Verdad en el cristianismo.
Según sus mismas palabras, el santo se encontraba insatisfecho de las respuestas que le daban las diversas filosofías, por lo que se retiró a un lugar desierto, a orillas del mar, a meditar. Estando allí, un anciano al que le había confiado su desilusión le contestó que ninguna filosofía podía satisfacer al espíritu humano, porque la razón es incapaz por sí sola de garantizar la plena posesión de la verdad sin una ayuda divina.
Así fue como Justino descubrió el cristianismo a los treinta años; se convirtió en convencido predicador y, para proclamar al mundo su descubrimiento, escribió dos Apologías. La primera se la dedicó en el año 150 al emperador Antonino Pío y al hijo Marco Aurelio, y también al Senado y al pueblo romano. Escribió otras obras, entre ellas la más importante es la titulada Diálogo con Trifón, y se la recuerda porque abre el camino a la polémica antijudaica en la literatura cristiana. Gracias a sus escritos sabemos cómo se explicaba el cristianismo en ese tiempo y cómo se celebraban los ritos litúrgicos, sobre todo la administración del bautismo y la celebración de la Eucaristía.
San Justino fue a Roma y allí fue denunciado por Crescencio, un filósofo con quien Justino había disputado mucho tiempo. El magistrado que lo juzgó, Rústico, también era un filósofo estoico, amigo y confidente de Marco Aurelio. Pero para el magistrado, Justino no era más que un cristiano, igual a sus compañeros, todos condenados a la decapitación por su fe en Cristo. Todavía hoy se conservan actas auténticas del martirio de Justino.

Mensaje de santidad.

San Justino, como filósofo que era, buscó primero y encontró después la auténtica sabiduría, que no es una filosofía abstracta, sino Cristo, la Persona Segunda de la Trinidad encarnada en la humanidad de Jesús de Nazareth. Una vez conocida la Verdad Absoluta revelada en Cristo Jesús, confirmó esta Verdad cambiando sus costumbres paganas por las cristianas, enseñando lo que afirmaba y defendiéndola con sus escritos. Tan convencido estaba de que Cristo Jesús era la Verdad Absoluta y plena de Dios, revelada por Dios Hijo en Persona, que por confesarse cristiano y por no renegar de la fe en Cristo, fue condenado a muerte en el año 165. Podemos decir que San Justino, entre otras cosas, nos deja dos enseñanzas fundamentales: por un lado, que todo ser humano tiene sed de la Verdad Absoluta de Dios y que esta sed sólo se puede saciar en la Fuente de la Sabiduría Divina que es Cristo Dios, el Hijo de Dios encarnado; por otro lado, nos enseña que hay una prueba de fuego para quien alcanza esta Verdad Suprema y es el don de la vida propia en testimonio de esta Verdad –que comprende la Verdad sobre la Eucaristía, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Cristo Dios-. Al conmemorar a San Justino, le pidamos la gracia de, llegado el caso, si así lo dispusiera Dios en sus planes para nosotros, mantengamos firme la fe en Cristo Dios, hasta dar la vida si fuera necesario.


sábado, 30 de mayo de 2020

El significado del Sagrado Corazón y sus elementos



          Al aparecerse a Santa Margarita de Alacquoque como el Sagrado Corazón, Jesús le muestra su Corazón, al que lleva en una mano. Según lo describe la santa, el Corazón de Jesús era transparente como el cristal, estaba rodeado por una corona de espinas, en su ápice se veía una cruz y estaba envuelto en llamas de fuego.
          ¿Qué significado tienen cada uno de estos elementos?
          La transparencia del Corazón de Jesús significa la transparencia, en el sentido de ausencia de sombras, del Ser divino trinitario. En efecto, Dios Uno y Trino es la Verdad Absoluta, el Bien Supremo y la Misericordia en sí misma; en Él no hay sombra alguna de falsedad, mentira, engaño o corrupción. Es esto lo que significa la transparencia, entonces: la santidad de la Trinidad, que inhabita en el Corazón de Jesús.
          La corona de espinas que rodea al Corazón de Jesús y que le provoca un intenso dolor -misteriosamente, Jesús está resucitado y glorioso y no experimenta ya dolor, pero este dolor es de tipo moral-, representan los pecados de los hombres, nuestros pecados, que se materializan en las espinas de la corona y le provocan un acerbo dolor en ambas fases del latido del Corazón: en la fase de expansión, porque las espinas se incrustan en él; en la fase de contracción, porque las espinas desgarran el músculo cardíaco, provocando también dolor. Es para significar el dolor moral que experimenta Jesús ante nuestros pecados y que los pecados no pasan desapercibidos para Dios, sino que son causa de un profundo dolor moral (como el de una madre que ve cómo su hijo se dirige por el mal camino).
          La cruz en el ápice del Corazón de Jesús significa que, si queremos alcanzar el fruto exquisito de la salvación, que es el Corazón de Jesús, debemos subir al Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, así como quien desea alcanzar un fruto exquisito de un árbol, debe subirse al árbol para conseguirlo. No hay otra manera de llegar al Corazón de Jesús que no sea por medio de la Santa Cruz.
          Por último, las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, simbolizan al Espíritu Santo, llamado también “Fuego del Amor Divino”. El Espíritu Santo se simboliza con una paloma y también con llamas de fuego -así es como se manifiesta en Pentecostés- y es este Fuego del Divino Amor el que inhabita y envuelve al Corazón de Jesús y es el Amor que el Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía, comunica al alma cuando ésta lo recibe por la comunión sacramental en estado de gracia, con fe, piedad y amor.       

sábado, 2 de mayo de 2020

San Atanasio



San Atanasio (izquierda) y San Cirilo de Alejandría.

          Vida de santidad[1].

          Nació en Egipto, Alejandría, en el año 295. Estudió derecho y teología. Se caracterizó por luchar contra el hereje Arrio, clérigo de Alejandría, quien propagaba la herejía de que Cristo no era Dios por naturaleza. Para enfrentarlo se celebró el primero de los Concilios ecuménicos en Nicea. Atanasio, con doctrina recta y con gran valor sostuvo la verdad católica y refutó a los herejes. El concilió excomulgó a Arrio y condenó su doctrina arriana.
Pocos meses después de terminado el concilio Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría, pero los arrianos no dejaron de perseguirlo hasta que lograron desterrarlo de la ciudad. La autoridad civil quiso obligar a San Atanasio a que recibiera a Arrio en la Iglesia, aun cuando éste se mantenía en la herejía, pero Atanasio se negó, por lo que fue desterrado a Tréveris. Permaneció en esa ciudad por dos años, regresando a Alejandría luego de la muerte de Constantino; de inmediato retomó la lucha contra los arrianos, sufriendo un segundo destierro, esta vez a Roma.
Regresó a Alejandría ocho años más tarde, pero sus enemigos enviaron un batallón para detenerlo; povidencialmente, Atanasio logró escapar y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatros meses tuvo que huir de nuevo. Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada esta última persecución, pudo vivir en paz en su sede. A lo largo de su vida, escribió numerosas obras, entre las que se destacan sus escritos sobre la Encarnación del Verbo. Falleció el 2 de mayo del año 373.

          Mensaje de santidad[2].

          En su sermón sobre la Encarnación del Verbo, además de defender la verdadera fe católica acerca de Jesús de Nazareth, San Atansio da un golpe mortal a las herejías de Arrio. Afirma así el santo: “El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre”. San Atanasio afirma que Jesús de Nazareth es el Verbo de Dios “incorpóreo, incorruptible e inmaterial”, por cuanto es la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, y que, aunque vino a este mundo, ya estaba en Él, debido a su omnipresencia, atributo característico de Dios.
          Luego da las razones de su encarnación: su benignidad, puesto que vio nuestra debilidad y corrupción y que por esto estábamos sujetos a la muerte y para que la muerte no arruinara la obra de su Padre, es que tomó un cuerpo y se hizo visible: “Pero él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible. Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo”.
          Continúa San Atanasio describiendo la Encarnación y sus razones, afirmando que construyó su templo en el seno de la Virgen -con lo cual descarta la intervención humana en su concepción-, tomando un cuerpo para ofrecerlo en sacrificio al Padre; al morir el Verbo, puesto que en Él estábamos representados todos los hombres, y al destruir con su muerte a la misma muerte, destruyó también nuestra muerte, haciéndonos incorruptibles como Él, llamándonos de la muerte a la vida de la resurrección: “En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego”.
Afirma luego que para esto tomó un cuerpo mortal, para que este cuerpo, unido hipostáticamente -personalmente- al Verbo de Dios, fuera capaz de satisfacer la deuda contraída por la humanidad a causa del pecado; al habitar el Verbo en este cuerpo -el cuerpo de Jesús de Nazareth-, este cuerpo no sufriría la corrupción, porque el Verbo le comunicaría de su vida divina, viéndonos así todos los hombres, que estábamos sujetos a la muerte, libres de la corrupción de ésta, al comunicarnos el Verbo Encarnado de su misma vida divina: “Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción”.
Afirma San Atanasio que al ofrecerse el Verbo, Encarnado en un cuerpo a la muerte, entregándose como una hostia y víctima perfectísima y purísima, “alejó la muerte de todos los hombres”, desde el momento en que Él se había ofrecido por todos los hombres: “De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos”.
San Atanasio sostiene que el Verbo, al ofrecer su cuerpo, unido a su Persona divina, a la muerte, en sacrificio -esto es, voluntariamente-, pagó de esta manera la deuda de muerte que habíamos contraído -por el pecado de los primeros Padres, Adán y Eva- y así, siendo Él mismo inmune a la corrupción por su condición de Dios Hijo, nos comunicó de su incorrupción y de su resurrección a todos los hombres: “De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos”.
Por último, afirma San Atanasio, debido a la divinidad del Verbo Encarnado, la muerte ya no tiene poder alguno sobre los hombres, gracias a que el Verbo de Dios habita entre nosotros por la Encarnación: “Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación”.
          Ahora bien, toda esta vida nueva, resucitada y gloriosa que nos obtuvo el Verbo de Dios Encarnado, la obtenemos en la Eucaristía. Nada de esto habría salido a la luz si la herejía de Arrio hubiera triunfado y es aquí en donde resplandece con mayor fulgor la figura de San Atanasio, quien sufrió cinco veces el destierro y dedicó toda su vida a sostener la divinidad de Jesús de Nazareth.


[2] https://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/mayo_2.htm; cfr. De los sermones de san Atanasio, obispo, Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9.

viernes, 1 de mayo de 2020

San José, modelo de santidad para todo esposo, padre e hijo


Catholic.net - La Sagrada Familia

          Desde su más pequeña infancia, durante su juventud y en su edad adulta, San José se caracterizó por la diversidad de dones, virtudes y gracias que poseía: humilde, viril, puro, piadoso, devoto, ferviente y casto. La razón es que había sido elegido, desde su nacimiento, para ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo en la tierra, además de ser el Esposo meramente legal de la Madre de Dios. Ambas funciones no las podía desempeñar cualquier hombre, ni siquiera un hombre sabio o prudente, sino que debía ser un hombre santo y el más santo entre todos y éste, por la gracia de Dios, era San José. Desde muy pequeño, la gracia de Dios asistió a San José para que no solo no cayera en el pecado, sino para que fuera uno de los santos más grandes entre todos los santos. A Él le confió Dios Padre los dos tesoros que más amaba: a su Hijo Jesús y a la Virgen María, su Madre. Dios Padre no podía ni quería encargar a nadie que no tuviera las cualidades, dones y virtudes que tenía San José, para que lo reemplazara en el papel de Padre en la tierra: Él era el Padre de Jesús en la eternidad, puesto que Jesús es Dios e inhabita en el seno del Padre desde la eternidad, pero al encarnarse, necesitaba de un padre terreno, adoptivo, y ése no podía ser otro que San José. A su vez, Dios Espíritu Santo, Esposo celestial de María Santísima, no podía encargar a otro que no fuera San José, el desempeñar el rol de esposo meramente legal de su virginal esposa, la Madre de Dios.
          Por estas razones, San José es modelo inigualable de hijo, de padre y de esposo: de hijo, porque cumplió a la perfección el rol que le asignó Dios Padre; de padre, porque cumplió ejemplarmente el papel de Padre adoptivo de Jesús, también encomendado por Dios Padre; por último, desempeñó a la perfección el rol de Esposo meramente legal de María Santísima, pues siempre la amó con amor de hermano, a la Virgen María. Por todo esto, San José es modelo inigualable de santidad para todo hijo, esposo y padre terrenos, que deseen alcanzar el Reino de los cielos.

miércoles, 29 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena




          Vida de santidad[1].

          Nacida en 1347, Catalina tuvo la primera visión: mientras cruzaba una calle con su hermano Esteban, vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición. Su padre pensó casarla con un hombre rico; sin embargo, la santa ya se había consagrado a Dios. A los dieciséis años, Santa Catalina ingresó en la tercera orden de Santo Domingo. Se destacó por su gran caridad y bondad, sobre todo para con los huérfanos y más necesitados. Durante la llamada “peste negra”, en la cual murió la tercera parte de la población de Siena, Santa Catalina se destacó por el cuidado de los enfermos.  A los veinticinco años de edad comienza su etapa en la vida pública, caracterizada como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Fue por su influjo que el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón en Francia para retornar a Roma. Tanto este pontífice como Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; en todas las cuales Catalina supo desempeñarse con prudencia, inteligencia y eficacia.
Aunque era analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado “Diálogo de la divina providencia”, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461 y el papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.

          Mensaje de santidad[2].

Según relato de la propia santa, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció en su celda portando consigo dos coronas, una de oro y otra de espinas; Jesús le dijo que eligiera cuál de ambas deseaba llevar puesta. Santa Catalina no dudó un instante en elegir la misma corona que Nuestro Señor llevó en la Pasión, esto es, la corona de espinas. No podía ella considerarse digna de llevar una corona de oro, mientras que Nuestro Señor llevaba una corona de espinas. Por supuesto que en el momento de su muerte, su corona de espinas fue trocada en una corona de valor infinitamente mayor que el de una corona de oro, y es la corona de la gloria en la eterna bienaventuranza. A nosotros no se nos aparecerá Jesús ofreciéndonos una corona de oro y otra de espinas, para que elijamos cuál de ellas llevar; sin embargo, guiados por el ejemplo de Santa Catalina de Siena, debemos pedir la gracia de llevar, sino materialmente, sí espiritualmente, la corona de espinas, la misma corona que llevó Nuestro Señor Jesucristo en la Pasión. Si hacemos esto, también nos sucederá como a la Santa en el momento de la muerte: la corona de espinas que llevemos en esta vida por amor a Cristo, se nos convertirá en una corona de gloria en el Reino de los cielos.


martes, 28 de abril de 2020

San Luis María Grignion de Montfort


Vida y obra de San Luis María Grignion de Montfort - YouTube

Vida de santidad[1].

 Nació en Montfort, Francia, en 1673. Desde muy joven fue un gran devoto de la Santísima Virgen. Antes de ir al colegio por la mañana y al salir de clase por la tarde, iba a arrodillarse ante la imagen de Nuestra Señora y allí se quedaba como extasiado. Pero el santo no se contentaba con rezar, ya que era muy caritativo con los más necesitados. El padre de Luis María era un hombre muy violento y cuando su padre estallaba en arrebatos de mal humor, el joven se refugiaba en sitios solitarios y allí rezaba a la Virgen amable, a la Madre del Señor. Y esto lo hará durante toda su vida. De igual manera, cuando ya como sacerdote sea incomprendido, perseguido, insultado con el mayor desprecio, encontrará siempre la paz orando a la Reina Celestial, confiando en su auxilio poderoso y desahogando en su corazón de Madre, las penas que invaden su corazón de hijo. Durante su vida sacerdotal fue un gran peregrino y devoto de los santuarios marianos. Su primera Misa quiso celebrarla en un altar de la Virgen, y durante muchos años la Catedral de Nuestra Señora de París fue su templo preferido y su refugio.
San Luis Maria de Montfort dedicó todas sus grandes cualidades de predicador y de conductor de multitudes a predicar misiones para convertir pecadores y para lograrlo, invocaba constantemente a la Virgen. El Papa Clemente XI lo recibió muy amablemente y le concedió el título de “Misionero Apostólico”, con permiso de predicar por todas partes.
En cada pueblo o vereda donde predicaba procuraba dejar una cruz, construida en sitio que fuera visible para los caminantes y dejaba en todos un gran amor por los sacramentos y por el rezo del Santo Rosario, siendo por esto perseguido por los jansenistas, quienes predicaban todo lo contrario, esto es, que no había que recibir casi nunca los sacramentos porque no somos dignos de recibirlos. Antes de cada misión se encomendaba a la Santísima Virgen, diciendo: “donde la Madre de Dios llega, no hay diablo que se resista”. San Luis de Montfort fundó una Comunidad religiosa llamada “Los Padres Montfortianos”, llamando a la sección femenina “las Hermanas de la Sabiduría”. Murió San Luis el 28 de abril de 1716, a la edad de 43 años.

Mensaje de santidad.

Dentro de su vasto mensaje de santidad, podemos destacar una de sus obras más conocidas, “La Verdadera Devoción a la Virgen María”. En esta obra, además de enumerar las características de los verdaderos devotos de la Virgen, también enumera cuáles son los falsos devotos de la Madre de Dios. Veamos cuáles son esos falsos devotos de la Virgen, según San Luis María, para evitar ser uno de ellos. Según el santo, entre los falsos devotos a la Virgen se encuentran: los devotos críticos, que no creen en nada pero todo lo critican; los devotos escrupulosos, que temen ser demasiado devotos de la Santísima Virgen por respeto a Jesucristo, tomando una actitud semejante a la de los protestantes; los devotos exteriores, que hacen consistir toda su devoción en prácticas exteriores, en tanto que interiormente no hacen nada por acercarse a la Madre de Dios; los devotos presuntuosos, que bajo el oropel de una falsa devoción a la Santísima Virgen, viven encenagados en el pecado; los devotos inconstantes, que por ligereza cambian sus prácticas de devoción o las abandonan a la menor tentación; los devotos hipócritas, que entran en las cofradías y visten la librea de la Santísima Virgen para hacerse pasar por santos, pero sus vidas distan mucho de ser vidas de santidad; finalmente, los devotos interesados, que sólo recurren a la Virgen para librarse de males corporales o alcanzar bienes de este mundo. Que la Santísima Virgen, por intercesión de San Luis María Grignon de Montfort, nos libre de ser un falso devoto de María.