San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 1 de mayo de 2024

San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia

 



         Vida de santidad[1].

San Atanasio nació en Alejandría de Egipto en el año 295, llegando a ser una de las figuras más preeminentes de los Padres de la Iglesia. Como obispo de la sede de Alejandría, fue un ferviente defensor de la ortodoxia y de la verdadera fe católica durante la denominada “gran crisis arriana”, inmediatamente después del Concilio de Nicea, y aunque pagó su heroica resistencia a la herejía con cinco destierros decretados por los emperadores Constantino, Constancio, Julián y Valente. Pasó sus últimos dos destierros en el desierto, en compañía de sus amigos monjes, para quienes escribió una de sus grandes obras, llamada “Historia de los arrianos”, destinada a arrancar a los fieles de las garras de los falsos pastores. Como esta herejía era tan grave y amenazaba desmoronar el edificio doctrinal de la Iglesia Católica, para enfrentar a esta herejía se celebró el primero de los ecuménicos, en Nicea, ciudad del Asia Menor. Atanasio, que era entonces diácono, acompañó a este concilio a Alejandro, obispo de Alejandría. Con doctrina recta y gran valor sostuvo la verdad católica y refutó a los herejes. El Concilió excomulgó a Arrio y condenó su doctrina arriana. Pocos meses después de terminado el concilio murió san Alejandro y Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría. Cuando la autoridad civil quiso obligarlo a que recibiera de nuevo a Arrio en la Iglesia a Arrio a pesar de que este se mantenía en la herejía, pero Atanasio, cumpliendo con gran valor su deber, rechazó tal propuesta y perseveró en su negativa, por lo cual el emperador Constantino, en 336, lo desterró a Tréveris.

Atanasio permaneció dos años en esta ciudad, regresando a Alejandría al morir Constantino, pudo regresar a Alejandría, renovando su lucha contra los arrianos, pero estos lograron que la autoridad civil lo desterrara nuevamente en el año 342. Ocho años más tarde se encontraba de nuevo en Alejandría con la satisfacción de haber mantenido en alto la verdad de la doctrina católica. Pero sus adversarios enviaron un batallón para prenderlo. Providencialmente, Atanasio logró escapar y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatros meses tuvo que huir de nuevo. Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada aquella furia, pudo vivir en paz en su sede. San Atanasio no solo nunca negó la verdadera fe, sino que la defendió hasta el último día de su vida; esto, unido a su santidad y a su recta doctrina teológica, le valió el ser nombrado posteriormente “doctor de la Iglesia Católica”. Luego de los numerosos destierros, regresó a la Iglesia de Alejandría y allí, luego de su heroica lucha en defensa de la recta fe católica, pasó de esta vida a la vida eterna en el año 373.

Mensaje de santidad[2].

         En tiempos de San Atanasio surgió un clérigo llamado Arrio, un sacerdote salido del seno mismo de la Iglesia de Alejandría, el cual, deformando la fe católica revelada por Jesucristo, propagaba la herejía de que Cristo no era Dios por naturaleza. Es decir, Arrio negaba que hubiera igualdad substancial entre el Padre y el Hijo y de esta manera, atacaba el corazón mismo de la fe católica: si Cristo no es Hijo de Dios, y él mismo no es Dios, ¿a qué queda reducida la redención de la humanidad? Arrio negaba así dos dogmas fundamentales de la Iglesia Católica, esto es, que Dios es Uno y Trino -Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo-, siendo las Divinas Personas iguales en majestad, poder, honor, gloria, al poseer las Tres el mismo Acto de Ser divino trinitario y al participar las tres de la misma naturaleza divina; la segunda verdad de fe es la Encarnación del Verbo, es decir, de las Tres Personas divinas, la Segunda, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se encarnó en el seno purísimo de Santa María Virgen, siendo de esta manera Jesucristo el Hombre-Dios, el Hijo de Dios encarnado. Arrio negaba que Jesucristo fuera Dios, afirmando erróneamente que Jesús no poseía la naturaleza divina, que no era Dios y por lo tanto era solo un hombre. Un hombre santo, pero no Dios Hijo encarnado. La gravedad de esta herejía cristológica se puede apreciar por su extensión hasta la doctrina católica sobre la Eucaristía, doctrina según la cual el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se encarnó en el seno de María Santísima y continúa y prolonga su Encarnación en la Sagrada Eucaristía, en el seno de la Iglesia Católica, el altar eucarístico. Para la Iglesia Católica, entonces, si Cristo es Dios Hijo encarnado, la Eucaristía es el mismo Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Pero si las cosas fueran como Arrio sostenía, es decir, si Cristo no es Dios, entonces la Eucaristía no es Cristo Dios. Esta grave herejía cristológica-eucarística se extendió como reguero de pólvora por toda la Iglesia Católica, dando lugar a la conocida frase: “Me desperté y todo el mundo era arriano”. El mérito de San Atanasio fue doble: por un lado, tuvo la lucidez intelectual necesaria y más que suficiente, porque estaba iluminado por la gracia divina, de detectar el error cristológico-eucarístico de Arrio; por otro lado, su gran valentía, al enfrentarse no solo a la autoridad civil, sino a numerosos clérigos, sacerdotes y obispos católicos, que habían caído en la herejía y que por este motivo lo persiguieron sin descanso, logrando desterrarlo cinco veces. Pero la valentía de San Atanasio, unido a su amor por la Verdad revelada por Jesucristo, hizo que se mantuviera firme en medio de las persecuciones, logrando así que la Verdad sobre Cristo Dios y sobre Cristo Dios en la Eucaristía, brille con todo su esplendor en la Iglesia. Al recordar a este gran santo y Padre de la Iglesia, le pidamos que interceda para que no solo nunca caigamos en el error de negar a Cristo como Dios -lo cual nos llevaría a negar a la Eucaristía como Cristo Dios en Persona-, sino que seamos valientes y firmes en defender esta Verdad Absoluta, la Verdad de Cristo Dios, dogma central de la fe católica.


martes, 2 de mayo de 2023

San Atanasio


 


Vida de santidad[1]. nació en Alejandría de Egipto en el año 295. Obispo y Doctor de la Iglesia, preclaro por su santidad y doctrina, defendió con valentía en Alejandría de Egipto la fe católica en Cristo como Dios Hijo encarnado, desde el tiempo del emperador Constantino hasta Valente, por lo cual tuvo que soportar numerosas asechanzas por parte de los arrianos y ser desterrado en varias ocasiones. Finalmente, regresó a la Iglesia que se le había confiado, donde, después de haber luchado y sufrido mucho con heroica paciencia, descansó en la paz de Cristo en el cuadragésimo sexto aniversario de su ordenación episcopal ( 373).

         Mensaje de santidad.

Su principal mensaje de santidad es el haber defendido con valentía e inteligencia la verdadera doctrina católica acerca de la constitución íntima de Jesús de Nazareth. Mientras que Arrio, también sacerdote católico, pero hereje, había logrado, luego del Concilio de Nicea, propagar la falsa idea de que Jesús de Nazareth era una creatura excelsa, sí, pero solo una creatura humana, San Atanasio se opuso fervientemente a esta peligrosa herejía, que amenazaba con hacer caer todo el edificio dogmático de la Iglesia Católica, transformándola, de Iglesia y Esposa Mística del Cordero, en una iglesia más entre tantas de las iglesias inventadas por los hombres. La oposición a Arrio le valió ser desterrado cinco veces por medio de sendos decretos imperiales: fue desterrado por los emperadores Constantino, Constancio, Julián y Valente, pero esto no hizo retroceder ni un milímetro a San Atanasio en la defensa de la divinidad de Cristo. Si Arrio, que era un sacerdote salido del seno mismo de la Iglesia de Alejandría, triunfaba en su negación de la divinidad de Cristo, negando la igualdad substancial entre el Padre y el Hijo, con esta teoría herética le daba una estocada mortal al corazón mismo de la Iglesia y del cristianismo. En efecto, si Cristo no es Hijo de Dios, es decir, si Cristo no es Dios Hijo encarnado, si Cristo no es la Segunda Persona de la Trinidad que se encarna en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo, para la salvación del hombre, no sería posible, de ninguna manera, la redención del hombre y la Sagrada Eucaristía, que es la prolongación de la Encarnación del Verbo de Dios, sería un simple pan y no el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios. Gracias a la valentía de San Atanasio, que no se dejó amedrentar por las expulsiones, las burlas, las amenazas de muerte de parte de los herejes, muchos en la Iglesia, sobre todo sacerdotes y obispos, comenzaron a retractarse de sus errores en relación a Cristo y comenzaron a reconocerlo como a Dios Hijo encarnado, con lo cual la herejía arriana retrocedió hasta casi desaparecer, aunque hay que decir que, en la actualidad, esta herejía ha regresado con mucha fuerza, en el seno mismo de la Iglesia Católica. Por esto mismo, debemos pedirle a San Atanasio para que interceda por nosotros, para que nunca nos dejemos seducir por la herejía que niega la divinidad de Cristo Dios, puesto que, si negamos esta verdad de fe, no solo abandonamos la Iglesia, sino que la Sagrada Eucaristía, que es el Corazón de la Iglesia, quedaría reducida para nosotros a un mero trocito de pan bendecido. Gracias a la valentía de San Atanasio, a su coraje, determinación, inteligencia y gran amor a la Verdad, la Iglesia Católica jamás perdió la fe en la Sagrada Eucaristía como Pan Vivo bajado del Cielo, como Pan de Vida eterna, como la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo. Y, por la asistencia del Espíritu Santo, jamás perderá la fe en Cristo Dios en la Eucaristía.

sábado, 2 de mayo de 2020

San Atanasio



San Atanasio (izquierda) y San Cirilo de Alejandría.

          Vida de santidad[1].

          Nació en Egipto, Alejandría, en el año 295. Estudió derecho y teología. Se caracterizó por luchar contra el hereje Arrio, clérigo de Alejandría, quien propagaba la herejía de que Cristo no era Dios por naturaleza. Para enfrentarlo se celebró el primero de los Concilios ecuménicos en Nicea. Atanasio, con doctrina recta y con gran valor sostuvo la verdad católica y refutó a los herejes. El concilió excomulgó a Arrio y condenó su doctrina arriana.
Pocos meses después de terminado el concilio Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría, pero los arrianos no dejaron de perseguirlo hasta que lograron desterrarlo de la ciudad. La autoridad civil quiso obligar a San Atanasio a que recibiera a Arrio en la Iglesia, aun cuando éste se mantenía en la herejía, pero Atanasio se negó, por lo que fue desterrado a Tréveris. Permaneció en esa ciudad por dos años, regresando a Alejandría luego de la muerte de Constantino; de inmediato retomó la lucha contra los arrianos, sufriendo un segundo destierro, esta vez a Roma.
Regresó a Alejandría ocho años más tarde, pero sus enemigos enviaron un batallón para detenerlo; povidencialmente, Atanasio logró escapar y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatros meses tuvo que huir de nuevo. Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada esta última persecución, pudo vivir en paz en su sede. A lo largo de su vida, escribió numerosas obras, entre las que se destacan sus escritos sobre la Encarnación del Verbo. Falleció el 2 de mayo del año 373.

          Mensaje de santidad[2].

          En su sermón sobre la Encarnación del Verbo, además de defender la verdadera fe católica acerca de Jesús de Nazareth, San Atansio da un golpe mortal a las herejías de Arrio. Afirma así el santo: “El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre”. San Atanasio afirma que Jesús de Nazareth es el Verbo de Dios “incorpóreo, incorruptible e inmaterial”, por cuanto es la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, y que, aunque vino a este mundo, ya estaba en Él, debido a su omnipresencia, atributo característico de Dios.
          Luego da las razones de su encarnación: su benignidad, puesto que vio nuestra debilidad y corrupción y que por esto estábamos sujetos a la muerte y para que la muerte no arruinara la obra de su Padre, es que tomó un cuerpo y se hizo visible: “Pero él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible. Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo”.
          Continúa San Atanasio describiendo la Encarnación y sus razones, afirmando que construyó su templo en el seno de la Virgen -con lo cual descarta la intervención humana en su concepción-, tomando un cuerpo para ofrecerlo en sacrificio al Padre; al morir el Verbo, puesto que en Él estábamos representados todos los hombres, y al destruir con su muerte a la misma muerte, destruyó también nuestra muerte, haciéndonos incorruptibles como Él, llamándonos de la muerte a la vida de la resurrección: “En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego”.
Afirma luego que para esto tomó un cuerpo mortal, para que este cuerpo, unido hipostáticamente -personalmente- al Verbo de Dios, fuera capaz de satisfacer la deuda contraída por la humanidad a causa del pecado; al habitar el Verbo en este cuerpo -el cuerpo de Jesús de Nazareth-, este cuerpo no sufriría la corrupción, porque el Verbo le comunicaría de su vida divina, viéndonos así todos los hombres, que estábamos sujetos a la muerte, libres de la corrupción de ésta, al comunicarnos el Verbo Encarnado de su misma vida divina: “Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción”.
Afirma San Atanasio que al ofrecerse el Verbo, Encarnado en un cuerpo a la muerte, entregándose como una hostia y víctima perfectísima y purísima, “alejó la muerte de todos los hombres”, desde el momento en que Él se había ofrecido por todos los hombres: “De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos”.
San Atanasio sostiene que el Verbo, al ofrecer su cuerpo, unido a su Persona divina, a la muerte, en sacrificio -esto es, voluntariamente-, pagó de esta manera la deuda de muerte que habíamos contraído -por el pecado de los primeros Padres, Adán y Eva- y así, siendo Él mismo inmune a la corrupción por su condición de Dios Hijo, nos comunicó de su incorrupción y de su resurrección a todos los hombres: “De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos”.
Por último, afirma San Atanasio, debido a la divinidad del Verbo Encarnado, la muerte ya no tiene poder alguno sobre los hombres, gracias a que el Verbo de Dios habita entre nosotros por la Encarnación: “Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación”.
          Ahora bien, toda esta vida nueva, resucitada y gloriosa que nos obtuvo el Verbo de Dios Encarnado, la obtenemos en la Eucaristía. Nada de esto habría salido a la luz si la herejía de Arrio hubiera triunfado y es aquí en donde resplandece con mayor fulgor la figura de San Atanasio, quien sufrió cinco veces el destierro y dedicó toda su vida a sostener la divinidad de Jesús de Nazareth.


[2] https://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/mayo_2.htm; cfr. De los sermones de san Atanasio, obispo, Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9.

lunes, 29 de abril de 2019

San Atanasio



Ícono de San Atanasio (izquierda) y San Cirilo de Alejandría.


          Vida de santidad[1].

          Nació en Egipto, Alejandría, en el año 295 y estudió derecho y teología. Luego de retirarse por un tiempo para realizar vida ermitaña, regresó a la ciudad, en donde se dedicó totalmente al servicio de Dios. Precisamente, San Atanasio se caracterizó por servir a Dios de un modo particular: enfrentándose a Arrio, un sacerdote católico que, apostatando de la verdad, proclamaba la herejía de que “Cristo no era Dios por naturaleza”. Debido a que se trataba de una herejía de suma gravedad, se organizaron concilios ecuménicos para enfrentar este error. El primer Concilio se celebró en Nicea, ciudad del Asia Menor. Atanasio, que por ese entonces era diácono, acompañó a este concilio a Alejandro, obispo de Alejandría, sosteniendo la verdad católica con doctrina recta y gran valor. Finalmente, el Concilio excomulgó a Arrio y condenó su doctrina arriana.
          Al poco tiempo falleció el patriarca de Alejandría y San Atanasio fue elegido como patriarca de la ciudad; sin embargo, fue desterrado de la misma por el complot de los arrianos en su contra, quienes no cejaron hasta expulsarlo de la ciudad. Regresó a la ciudad en 336, siempre combatiendo la herejía arriana y fue nuevamente expulsado de la misma en el año 342, dirigiéndose entonces a Roma. Sin abandonar nunca la verdad de la doctrina católica acerca de la Encarnación del Verbo, regresó nuevamente a Alejandría, ocho años más tarde, aunque debió refugiarse en el desierto para evitar que sus enemigos lo apresaran. Vivió con los anacoretas durante seis años en el desierto, para luego regresar a Alejandría, aunque a los cuatro meses tuvo que huir de nuevo. Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez; finalmente, pudo regresar definitivamente a su sede, falleciendo el 2 de mayo del año 373. Escribió numerosas obras, como, por ejemplo, lo que se conoce como el Credo de San Atanasio.

          Mensaje de santidad.

          Además de su vida de santidad, el gran mérito de San Atanasio fue mantenerse incólume, a pesar de las persecuciones -tuvo que huir cinco veces de su ciudad-, en la fe católica acerca de Jesucristo, la cual afirma que es la Segunda Persona de la Trinidad encarnada. No es indiferente ser partidario o no de la herejía arriana, puesto que esta atenta contra la médula de la fe católica, al negar la naturaleza divina de Jesucristo y, por lo tanto, niega que Él sea la Segunda Persona de la Trinidad encarnada. Para Arrio, Jesús fue una creatura, excelente y santa, sí, pero creatura al fin y al cabo: él no concebía que Jesús no fuera creado, sino engendrado desde la eternidad, en el seno del Padre, tal como lo enseña la recta doctrina católica. Si no se cree en esta verdad, quien crea en esta herejía arriana se aleja radicalmente de la fe en Cristo. Ahora bien, la herejía arriana tiene consecuencias en la fe eucarística: si Cristo no es Dios, entonces no prolonga su Encarnación en la Eucaristía, por lo que la Eucaristía pasa a ser un trocito de pan bendecido en una ceremonia religiosa. Es decir, la herejía arriana es tan grave que no solo atenta contra la fe en Cristo, sino que atenta contra la verdad de la Eucaristía: en efecto, si Cristo no es Dios por naturaleza, entonces el Verbo no se encarnó y si no se encarnó, no prolonga su encarnación en la Eucaristía, tal como ocurre. Pidamos a San Atanasio para que nunca reneguemos de esta verdad, que él defendió con su vida: Cristo es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, que se encarnó en el seno de María Virgen y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

miércoles, 2 de mayo de 2018

San Atanasio



San Atanasio de Alejandría y San Cirilo.

         Vida de santidad[1].

          Nació en Alejandría, Egipto, hacia el año 297. Es considerado el principal opositor a la herejía arriana -arrianismo- y Padre de la ortodoxia. Fue proclamado doctor por Pío V en el año 1568.

         Mensaje de santidad.

San Atanasio escribió un texto llamado “Credo Atanasiano”[2], en el que condensaba, sintéticamente, la esencia de la Fe católica. En estos tiempos de oscuridad y confusión aun dentro de la Iglesia Católica, el Credo Atanasiano es más actual que nunca, por lo que lo analizaremos para su meditación. El Credo Atanasiano dice así (el texto en cursiva es nuestro):
“Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre”. Ante todo, San Atanasio habla de la necesidad de una salvación, la cual es, para el cristiano, del abismo del Infierno. En efecto, no es una salvación moral, ni existencial, ni de orden afectivo, ni material, sino espiritual y en la otra vida: es la salvación que significa no caer en el lago de fuego del Infierno: “Todo el que quiera salvarse”. Luego dice que “es menester mantener la Fe católica”, pues si no se la mantiene, “íntegra e inviolada”, el alma “perecerá para siempre” en el lago de fuego. San Atanasio habla de una “Fe católica”, esto es, no la fe de los protestantes, ni de los cismáticos, ni de los herejes, ni de los sectarios, sino la Fe católica, la fe contenida en el Credo, llamado también “Símbolo de los Apóstoles”.
“Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede”. En este largo párrafo, San Atanasio explica cuál es la gloria de la fe católica y es el creer que Dios es Uno y Trino, que en Él hay un solo Ser divino trinitario y una sola naturaleza divina y que hay Tres Personas Divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, siendo cada Persona Dios en sí mismo y no por eso hay tres dioses, sino un solo Dios en Tres Personas distintas. De aquí que el Dios de los católicos no es el Dios de las otras religiones, puesto que los judíos creen en Dios Uno pero no Trino; los musulmanes, creen en Dios Uno pero no reconocen la divinidad del Hijo ni del Espíritu Santo y así, con muchos otros errores, las demás iglesias construidas por el hombre y mucho más todavía, las sectas, cloacas de todas las herejías. La gloria del católico es creer en la Santísima Trinidad, en Dios, que es Uno y Trino.
“Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad”. San Atanasio vuelve a refrendar la verdadera fe católica: creer en Dios Uno y Trino; creer en las Tres Divinas Personas, que son coeternas, coiguales, cosubstanciales, y no hay tres dioses, sino uno solo, de manera tal que el católico debe venerar y adorar tanto la unidad en la Trinidad como la Trinidad en la unidad, lo que podríamos decir, la Triunidad. No hay otra fe que salve al hombre que esta fe católica, la fe en la Santísima Trinidad.
“Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo”. Pero además de la unidad en la Trinidad y en la Trinidad de la unidad, el católico debe creer firmemente que la Segunda Persona de la Trinidad, el Logos Eterno del Padre, se encarnó en la humanidad de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, ante el cual nos postramos y lo adoramos en su humanidad santísima y en su santísima divinidad.
“Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre”. Los católicos confesamos que Jesús de Nazareth, Nuestro Señor Jesucristo, no es ni solo hombre, ni solo Dios, sino el Hombre-Dios, verdadero hombre y verdadero Dios; Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, para que los hombres, por su gracia, seamos hechos copartícipes de su divinidad.
“Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad”. Es Dios Eterno engendrado en el seno eterno del Padre; es hombre perfectísimo, engendrado en el tiempo, por Dios Espíritu Santo, en el seno virginal de María Santísima; su alma es racional y su cuerpo es de carne, huesos y músculos, como los de cualquier hombre, pero unidos a la hipóstasis o Persona divina del Verbo Eterno del Padre. Por eso, es inferior al Padre solo en esta naturaleza humana, porque el Padre no se encarnó, pero es igual al Padre en cuanto su naturaleza y su Acto de ser divino trinitario, el mismo Acto de ser divino trinitario del Padre y del Espíritu Santo, y por eso el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, merece la misma adoración y gloria que se le tributan al Padre y al Espíritu Santo.
“Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios”. Cristo Jesús es uno solo, no un hombre y un Dios, sino un solo Hombre-Dios, y no porque la divinidad haya sido asumida en la divinidad, sino al contrario, porque la humanidad fue asumida en la divinidad.
“Uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo”. Cristo es uno no porque en Él se confundan las naturalezas humana y divina, sino porque ambas naturalezas, sin confusión, están unidas en la unidad de la Persona divina, la Persona del Hijo Eterno del Padre.
“El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno”. Y este Hombre-Dios adquirió un Cuerpo en el seno de la Virgen y a ese Cuerpo lo ofreció en holocausto santísimo por nuestra salvación; murió en la cruz, resucitó, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final, para dar a los buenos el cielo y a los malos el infierno, según sean sus obras libremente realizadas.
“Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse”. Sin la fe católica, la enunciada en el Credo de los Apóstoles y desmenuzada en el Credo Atanasiano, nadie podrá salvarse. A esto podemos agregar que todo lo que decimos de Cristo Jesús, lo decimos de la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es Él, el Cordero de Dios, Presente en Persona, oculto en apariencia de pan que viene a nuestros corazones por la comunión eucarística para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico y esto es así de tal manera que, si no se cree en la Eucaristía, no se tiene fe católica y no hay salvación posible.

martes, 2 de mayo de 2017

San Atanasio


         Vida de santidad[1].

         Nació en Egipto, en la ciudad de Alejandría, en el año 295. Llegado a la adolescencia, estudió derecho y teología. Se retiró por algún tiempo a un yermo para llevar una vida solitaria y allí hizo amistad con los ermitaños del desierto; cuando volvió a la ciudad, se dedicó totalmente al servicio de Dios. Era la época en que Arrio, clérigo de Alejandría, confundía a los fieles con su interpretación herética de que Cristo no era Dios por naturaleza: afirmaba que era una creatura excelsa, sí, pero era solamente eso: una creatura. No es indistinto afirmar que Jesús es Dios o no lo es: si no es Dios, entonces la Eucaristía es solo un pan bendecido y la Iglesia no es la Esposa del Cordero.
Para considerar la herejía arriana se decidió celebrar el primer concilio ecuménico, el de Nicea, ciudad del Asia Menor. Atanasio, que era entonces diácono, acompañó a este concilio a Alejandro, obispo de Alejandría, y con su doctrina, ingenio y valor sostuvo la verdad católica y refutó a los herejes y al mismo Arrio en las disputas que tuvo con él.
Cinco meses después de terminado el concilio con la condenación de Arrio, murió san Alejandro, y Atanasio fue elegido patriarca de Alejandría. Los arrianos no dejaron de perseguirlo y apelaron a todos los medios para echarlo de la ciudad e incluso de Oriente. Fue desterrado cinco veces y cuando la autoridad civil quiso obligarlo a que recibiera de nuevo en el seno de la Iglesia a Arrio, excomulgado por el concilio de Nicea y pertinaz a la herejía, Atanasio, cumpliendo con gran valor su deber, rechazó tal propuesta y perseveró en su negativa, a pesar de que el emperador Constantino, en 336, lo desterró a Tréveris. Luego de la muerte de Constantino, pudo regresar a Alejandría entre el júbilo de la población, renovando su lucha contra los  arrianos y por segunda vez, en 342, tuvo que emprender el camino del destierro que lo condujo a Roma.
Ocho años más tarde se encontraba de nuevo en Alejandría con la satisfacción de haber mantenido en alto la verdad de la doctrina católica. Pero llegó a tanto el encono de sus adversarios, que enviaron un batallón para prenderlo. Providencialmente, Atanasio logró escapar y refugiarse en el desierto de Egipto, donde le dieron asilo durante seis años los anacoretas, hasta que pudo volver a reintegrarse a su sede episcopal; pero a los cuatros meses tuvo que huir de nuevo. Después de un cuarto retorno, se vio obligado, en el año 362, a huir por quinta vez. Finalmente, pasada aquella furia, pudo vivir en paz en su sede. Falleció el 2 de mayo del año 373. Escribió numerosas obras, muy estimadas, por las cuales ha merecido el honroso título de doctor de la Iglesia[2].

         Mensaje de santidad[3].

         San Atanasio afirma que Jesús es el Verbo de Dios, Espíritu Puro que se encarnó y que, en cuanto Dios, ya antes de la Encarnación, estaba “en todas partes”, en virtud de la unión en la naturaleza divina con el Padre: “El Verbo de Dios, incorpóreo e inmune de la corrupción y de la materia, vino al lugar donde habitamos, aunque nunca antes estuvo ausente, ya que nunca hubo parte alguna del mundo privada de su presencia, pues, por su unión con el Padre, lo llenaba todo en todas partes”[4].
El Verbo se encarnó y así se hizo visible, tomando un cuerpo como el nuestro, para vencer a la muerte que nos dominaba, y esto por su bondad y misericordia: “Pero vino por su benignidad, en el sentido de que se nos hizo visible. Compadecido de la debilidad de nuestra raza y conmovido por nuestro estado de corrupción, no toleró que la muerte dominara en nosotros ni que pereciera la creación, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para sí un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo”.
El Verbo, que se construyó un templo –su cuerpo- en el seno de María Virgen, entregó este cuerpo a la muerte, ofreciéndolo al Padre con “un amor sin límites”, es decir, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para matar, con su muerte, la muerte de cada hombre, ya que al morir su cuerpo, en esta muerte murió la misma muerte, quedando sin efecto el dominio que la muerte tenía sobre los hombres: “En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él”[5].
Pero con su muerte en cruz, el Verbo de Dios no sólo destruyó la muerte que dominaba a los hombres, sino que les concedió la vida divina, su propia vida de Hombre-Dios: “(…) Con ello también, hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego”.
El Verbo se encarnó y sufrió la muerte para reparar y satisfacer ante Dios la deuda que la humanidad había contraído por el pecado de los primeros padres, pero además, para que los hombres vivieran en Dios para siempre, por la resurrección: “Por esta razón asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción”.
El Verbo, al ofrendar su cuerpo en la cruz como una víctima purísima, sin mancha, sufrió la muerte de forma vicaria y expiatoria por todos los hombres, para que, recayendo en Él la muerte, esta fuera vencida  y el hombre, libre de la muerte, recibiera la vida divina que Él habría de comunicarle por su resurrección: “De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos”.
Al morir en forma vicaria y expiatoria, siendo Jesús de Nazareth el Verbo de Dios inhabitando en un cuerpo humano, no sólo pagó la deuda contraída por la prevaricación de los primeros padres, sino que comunicó a los hombres de su propia divinidad, de su vida gloriosa y resucitada: “De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos”.
Con su muerte, el Verbo derrotó para siempre a la muerte, la cual ya no tiene ningún poder sobre los hombres, que por la Encarnación habita entre nosotros: “Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación”.
Por último, ¿dónde habita el Verbo Encarnado, el que venció a la muerte con su resurrección, el que comunica a los hombres de su vida divina, que mora en su plenitud en su Cuerpo glorioso y resucitado? El Verbo de Dios Encarnado habita, el mismo que venció a la muerte y que comunica a los hombres su vida divina, habita en la Eucaristía.
La defensa que San Atanasio hace de la divinidad de Jesús de Nazareth, llevada a cabo en el siglo IV, es sumamente actual en nuestros días, en donde la herejía gnóstica arriana ha renacido con mucha más fuerza que en tiempos de San Atanasio, negando la divinidad de Cristo y, en consecuencia, negando su Presencia real, verdadera y substancial, en la Eucaristía, con lo cual se amenaza a la Iglesia al atacarla en su fundamento y base. Aunque la herejía neo-arriana de nuestros días es incluso más peligrosa, pues no sólo niega la divinidad de Cristo, sino que convierte a Jesús de Nazareth en un hombre dominado por la corrupción de la muerte y sometido a las pasiones. Por esto, tanto la vida de santidad como el mensaje de santidad de San Atanasio, que defiende la divinidad de Jesús de Nazareth y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía, son más actuales y necesarios que nunca.
        



[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. San Atanasio, Disertación sobre la Encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

lunes, 2 de mayo de 2016

San Atanasio


Nació en Alejandría el año 295; en el Concilio de Nicea acompañó al obispo Alejandro, del que fue luego sucesor. Luchó incansablemente contra la herejía de los arrianos, lo cual le acarreó muchos sufrimientos y ser desterrado varias veces. Escribió importantes obras en defensa y explicación de la fe ortodoxa. Murió el año 373.
El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336) sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Según Arrio, Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como punto de apoyo para su Plan[1]. Para Arrio el Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio; ha habido, por lo tanto, un tiempo en que él no existía; con esta esta teoría, negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad; así, a Jesús se le puede llamar Dios, pero solo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios[2].
San Atanasio no deja dudas acerca de la divinidad de Jesús y de su pre-existencia en cuanto Verbo de Dios, pero al mismo tiempo, de su Encarnación en el seno de María Virgen por medio de la creación y asunción de una naturaleza humana, con la cual lleva a cabo su Pasión Redentora, por la oblación de su Cuerpo mortal: “El Verbo de Dios, incorpóreo e inmune de la corrupción y de la materia, vino al lugar donde habitamos, aunque nunca antes estuvo ausente, ya que nunca hubo parte alguna del mundo privada de su presencia, pues, por su unión con el Padre, lo llenaba todo en todas partes (…) En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento (…) lo entregó a la muerte por todos (…) con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello también, hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego (…) Por esta razón asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción”[3].
San Atanasio dice que el Verbo asume un cuerpo mortal para que este cuerpo, unido al Verbo, al morir (en la cruz), diera satisfacción por la deuda de los pecados de toda la humanidad, lo cual fue posible debido a que el que habitaba en este cuerpo era el Verbo, que era Dios, y por eso fue que resucitó y venció a la muerte, librando a todos los hombres de la corrupción.
Es importante la noción de Jesús como Verbo Eterno, porque tiene una implicancia directa en la doctrina eucarística, puesto que, si Jesús no es Dios, la Eucaristía es solo un poco de pan bendecido, mientras que, si es Dios, la Eucaristía es Dios.
En nuestros días, el neo-arrianismo consiste, más que en negar la divinidad de Jesucristo, en negar la divinidad de Jesús Eucaristía. En la práctica, se niega la divinidad de Jesús Eucaristía cuando se le niegan la adoración y el amor debidos.



[1] http://www.corazones.org/diccionario/arrianismo.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] http://www.corazones.org/diccionario/arrianismo.htm

jueves, 1 de mayo de 2014

San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia


San Atanasio se opuso a la herejía de Arrio, sacerdote de Alejandría, hereje que propagaba un error fundamental acerca de Jesucristo: sostenía que Jesucristo no era Dios por naturaleza, sino que era simplemente un hombre. Arrio sostenía la herejía de que Cristo era el Unigénito de Dios, en el sentido de que era la primera creatura creada por Dios, y que había sido creada con atributos divinos, pero que no era Dios por naturaleza, es decir, para Arrio, Jesús no era Dios Hijo por naturaleza, no tenía la naturaleza y el Ser divino, y por lo tanto, no era Dios Hijo, y eso es una herejía. San Atanasio comprendió de inmediato que eso minaba en su base la doctrina católica y junto con otros sacerdotes, diáconos y obispos fieles a la Verdad, celebraron el Concilio de Nicea, en el año 325, en donde se aprobó el Credo propuesto por San Atanasio, en donde se defendía la divinidad de Jesucristo y se condenaba la herejía de Arrio, que sostenía que Jesús no era Dios por naturaleza.
         La cuestión de si Cristo es o no es Dios por naturaleza, no es menor; por el contrario, es central, y es tan central, que determina las bases, la estructura, el credo y los dogmas de la religión católica. Si Cristo es Dios, la religión es católica; la Virgen es la Madre de Dios; la Iglesia es la Esposa Mística de Cristo; la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo y en cada comunión eucarística, Cristo infunde su Espíritu Santo, su Amor divino, al alma que lo recibe con amor y con fe, haciendo de cada comunión un pequeño Pentecostés; el Santo Padre es el Vicario de Cristo; los fieles son el templo del Espíritu Santo; los sacerdotes ministeriales actúan in Persona Christi en cada Santa Misa, consagrando y transubstanciando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y en la confesión sacramental perdonan los pecados de los hombres con el poder mismo del Hombre-Dios Jesucristo.
         Pero si Cristo no es Dios, entonces toda la fe de la Iglesia es vana, Cristo no ha resucitado, nosotros adoramos un poco de pan bendecido, y somos unos idólatras que creemos en cosas vanas y en inventos de hombres.

         Sin embargo, gracias a santos como San Atanasio, nuestra fe es firme y creemos firmemente que Cristo es Dios por naturaleza, el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre, el Verbo de Dios, encarnado en una naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, sin mezcla ni confusión alguna con la naturaleza humana, que murió y resucitó para nuestra salvación, que está, vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía, que nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística y que ha de venir, al fin de los tiempos, a juzgar a vivos y muertos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

San Atanasio, Doctor de la Iglesia



         Nació en el año 297 en Alejandría, Egipto. Se opuso a Arrio, un sacerdote de la Iglesia Alejandría, quien sostenía heréticamente que el Verbo de Dios, o Logos, no era eterno, sino que había sido creado en el tiempo por el Padre y, por consiguiente, sólo podía llamarse Hijo de Dios en sentido figurado[1]. En otras palabras, Arrio negaba la divinidad de Jesucristo, con lo cual se niega también todo el misterio de la Eucaristía. San Atanasio asistió con su obispo al Concilio de Nicea, en donde se fijó la doctrina de la Iglesia, se excomulgó a Arrio y se promulgó el Credo de Nicea. Toda su vida posterior fue un testimonio de la divinidad de Jesús y una ratificación de la profesión de fe en el Credo de Nicea. Precisamente, por defender la divinidad de Jesucristo, fue perseguido por los herejes, fue desterrado cinco veces de Alejandría, vivió diecisiete años en el exilio, sufrió numerosas calumnias y acusaciones falsas, incluidas un homicidio inexistente, y sobrevivió a numerosos intentos de asesinato, aunque los últimos siete años de su vida ejerció su ministerio episcopal sin ser perturbado por sus enemigos. A la muerte del emperador Joviniano regresó a Alejandría, en donde murió el 2 de mayo del año 373, rodeado y venerado por su pueblo[2].
         La importancia de San Atanasio en su combate contra la herejía del arrianismo no se aprecia en su totalidad si antes no se considera en qué consiste el organismo sobrenatural de los misterios del cristianismo, y para hacerlo, citamos a un renombrado teólogo, Matthias Scheeben: “El carácter eminentemente sobrenatural del cristianismo reside en que Dios, que es la Vida Increada en sí misma –vida que por ser vida de Dios consiste en conocer y amar en Acto Puro de Ser-, comunica de esta vida divina interiormente, produciendo las Personas divinas del Hijo y del Espíritu Santo al comunicarles la divina naturaleza, pero también esa comunicación interior de la divina naturaleza se prolonga y se copia ad extra, fuera de la Trinidad[3]. La comunicación interior de la divina naturaleza se prolonga, al asumir el Hijo de Dios una naturaleza creada y haciendo a ésta –en su Persona, y como perteneciente a ella- partícipe de la unión substancial y de la unidad que Él mismo tiene con el Padre. Pero no solamente esta naturaleza humana, sino todo el linaje humano tiene que unirse del modo más íntimo con Dios. Por esto el Hijo humanado de Dios se une en su humanidad con nosotros del modo más íntimo y substancial, formando con nosotros un solo cuerpo, así como Él mismo es un sol espíritu con el Padre. Y así como Él mediante su espiritual unidad de esencia con el Padre tiene una misma naturaleza, una misma vida con él, de un modo análogo quiere que mediante la unidad del cuerpo con nosotros participemos de su divina naturaleza; y quiere derramar sobre nosotros la gracia y la vida, con toda plenitud, la misma vida que recibió del Padre y depositó en su humanidad. De esta manera el Hijo de Dios, saliendo de su Padre, entra del modo más real e íntimo en el linaje humano, mediante la prolongación de su procesión eterna; y así nosotros entramos en la unión más perfecta, continuada, con el Padre, fuente primera de la vida divina; y por consiguiente surge en nosotros una copia perfecta de la unidad substancial del Hijo con el Padre; y la participación que así alcanzamos de la divina naturaleza se muestra como copia de la comunidad de naturaleza y vida –comunidad condicionada por la suprema unidad substancial- entre el Hijo de Dios y su Padre”[4].
         Continúa Scheeben: “De esta manera, por medio de la Eucaristía, se verifica, se termina y se sella la unidad real del Hijo de Dios con todos los hombres, y los hombres son incorporados por completo, del modo más íntimo, real y substancial, para participar como miembros también de su cuerpo. El concepto de nuestra incorporación real y substancial a Cristo es el concepto fundamental de todo el misterio eucarístico.  Esto es posible por el hecho de que Jesús de Nazareth es Dios, es el Logos, que es Dios Hijo, que se ha encarnado, ha asumido una naturaleza humana y le ha comunicado de su divinidad, y como prolonga y continúa su encarnación en la Eucaristía, al unirnos con Él por la comunión eucarística, recibimos de Él la naturaleza divina que Él recibió del Padre”.
         Si Cristo no es Dios, toda su Pasión y Muerte no pasan de ser meros ejemplos de gran estoicismo y hasta de santidad, pero estoicismo y santidad de un hombre bueno y santo, pero de ninguna manera el mismo Dios en Persona.
Si Cristo no es Dios, entonces los arrianos tienen razón, al sostener que en el Huerto de Getsemaní Cristo simplemente sufrió temor, angustia, terror, pena, pero no modificó en nada nuestro temor, nuestra angustia, nuestro terror y nuestra pena. Pero como Cristo es Dios, como lo sostiene San Atanasio, Cristo Jesús, sufriendo humanamente, destruyó con el poder de su divinidad no solo el temor, la angustia, el terror y la pena, sino hasta la misma muerte, porque es obra de la divinidad, dice San Atanasio, entregar y la vida y recobrarla a voluntad, como hizo Cristo: “Porque el hombre no muere voluntariamente, sino por obra de la naturaleza y contra su voluntad; pero el Señor, que es inmortal puesto que no tiene carne mortal, podía, a voluntad, como Dios que es, separarse del cuerpo y volver a tomarlo... Así, pues, dejó sufrir a su cuerpo, pues para ello había venido, para sufrir corporalmente y conferir con ello la impasibilidad y la inmortalidad a la carne; para tomar sobre sí ésas y otras miserias humanas y destruirlas; para que después del Él todos los hombres fueran incorruptibles como templos del Verbo”[5].
También en la doctrina eucarística se puede apreciar la importancia de San Atanasio en su combate contra la herejía arriana: si Cristo no fuera Dios, tal como lo pretendía Arrio, entonces la Eucaristía sería sólo un pancito bendecido en una piadosa ceremonia religiosa, y nada más, y no nos comunicaría la vida divina del Hombre-Dios, y nosotros no nos uniríamos a Él en su Cuerpo, para ser llenados por su Espíritu y así entrar en comunión de vida y amor con Dios Padre. Si Cristo no es Dios, como sostenía equivocadamente Arrio, entonces la Eucaristía no nos da la vida eterna, ni nos comunica el Amor de Dios, el Espíritu Santo, ni nos haría un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo Jesús. No sería la carne del Cordero de Dios, ni el Pan Vivo bajado del cielo, ni el Pan de Vida eterna, y no valdría la pena dar la vida por ella. Sin embargo, como lo afirma San Atanasio, Jesús es Dios, y porque Él es Dios, está en Persona en la Hostia Santa, por lo que sí vale la pena dar la vida por la Eucaristía.



[1] Cfr. Alban Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, 198, México2 1968, 198.
[2] Cfr. Butler, ibidem, 200.
[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 505.
[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 505-506.
[5] Cfr. Butler, ibidem, 202.