San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 21 de enero de 2015

Santa Inés, virgen y mártir


         Santa Inés, virgen y mártir, fue martirizada a los doce años, pero no solo por defender su virginidad, sino ante todo, por mantenerse fiel en el amor a Jesucristo. La virginidad corporal, es decir, la preservación intacta del cuerpo, no basta, por sí misma, para que una persona alcance el Reino de los cielos. La virginidad corporal es sólo el prolegómeno y la figura de otra virginidad, la espiritual, aquella en la que el alma no solo no se contamina con los hedores de las idolatrías paganas rendidas a los falsos dioses, sino que se conserva intacta en su capacidad de amar a Jesucristo, Dios encarnado y, por su intermedio, a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.
         El cuerpo virgen, en el consagrado, es la consecuencia del alma virgen, es decir, del alma no solo no contaminada por amores impuros y mundanos, sino consagrada en su amor puro –y por lo tanto, virginal- a Jesucristo y a Dios Uno y Trino.
         Es esta doble virginidad la que caracteriza a la vida consagrada, porque el religioso consagra, dedica, para toda la vida terrena y para la eternidad, su cuerpo y su alma, no a un amor humano –que pueden ser santos y puros, como el amor materno, el amor paterno, el amor filial, el amor fraternal y el amor de amistad-, sino al Amor de los amores, Jesucristo, la Misericordia Divina encarnada.
         Santa Inés, con doce años, consiguió una doble corona: la de la virginidad y la del martirio, y por esta doble corona ahora goza, por la eternidad, del Amor del Cordero, por cuyo Amor conservó intactos su cuerpo y su alma, y por cuyo Amor entregó su cuerpo al verdugo que la decapitó.
         Ahora bien, existe una “virginidad secundaria”, la otorgada por la gracia santificante, que devuelve la pureza, el candor y la inocencia al alma, y existe un “martirio no cruento”, el que consiste en dar testimonio de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo, cotidianamente, en un mundo ateo, racionalista y hedonista como el nuestro, y ésa es la razón por la cual el cristiano común puede –y debe, como obligación de amor a Jesucristo- imitar a Santa Inés en su virginidad y en su martirio.

         

martes, 20 de enero de 2015

San Expedito y la celeridad en la respuesta a la gracia



         San Expedito es conocido por ser el “patrono de las causas urgentes”. Pero, ¿dónde se origina esta condición suya de ser patrono de las causas urgentes? Se origina en su misma conversión. Según narra la Tradición, San Expedito era un soldado romano pagano; un día, recibió la gracia de la conversión; es decir, Dios tocó su alma con su Amor, concediéndole el conocimiento y el amor sobrenatural por Jesús, el Hombre-Dios. Junto con esta gracia, San Expedito recibió el conocimiento infuso de que debía abandonar inmediatamente y para siempre, su antigua vida de pagano, para poder abrazar la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios. La conversión, que implica, por definición, vivir no ya con la vida natural –la cual, por otra parte, está sometida a la concupiscencia, como consecuencia de la herida del pecado original-, sino con la vida misma de Dios Uno y Trino, participada por la gracia y comunicada ésta por Jesucristo; la conversión implica, por lo tanto, el libre deseo de apartarse de toda mínima ocasión de pecado y de preferir la muerte física, terrena, corporal, antes que volver a la vida antigua, es decir, antes que cometer un pecado, sea mortal o venial deliberado. Por otra parte, esto es lo que se dice en la fórmula de la Penitencia, no como una simple fórmula, sino como la expresión sincera, nacida del arrepentimiento profundo y de la contrición del corazón, que se duele de haber ofendido la bondad infinita de Dios, con la malicia del pecado: “…pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan grande y tan bueno como Vos; antes querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión próxima de pecado”. La tentación de volver a la antigua vida de pecado, o de permanecer en esta, sin dar lugar a la conversión, se presenta en la vida de San Expedito por medio del mismo Demonio en persona, quien se le aparece bajo la forma de un negro cuervo, que mientras revolotea a su alrededor, le dice: “Mañana, mañana”, es decir: “Deja para mañana tu conversión, postérgala, continúa hoy, con tu vida de pagano; tienes tiempo, todo el tiempo del mundo, ¿para qué preocuparte por responder a la gracia? Ya lo harás mañana, continúa hoy deleitándote con mis placeres, ya tendrás tiempo, otro día, de convertirte”. Sin embargo, ante la tentación de la no-conversión, de la no-respuesta a la gracia, San Expedito, levantando la cruz en alto, responde con toda celeridad: “Hodie”, es decir: “Hoy”, lo cual quiere decir: “Hoy, aquí y ahora, respondo a la gracia, dando libremente mi “Sí” a Jesucristo, mi Salvador y Redentor, que por la gracia me llama a una vida nueva, la vida de los hijos de Dios; hoy, y no mañana, respondo a la gracia de la conversión y por lo tanto, entablo una lucha a muerte contra el hombre viejo, contra sus concupiscencias, contra sus vicios y sus pecados; hoy y no mañana, enarbolo el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, el estandarte triunfante y glorioso del Cordero de Dios, que por mí y por mi salvación, dio su vida en la cruz, y me propongo a dejar la vida en el empeño de no caer nunca más en el pecado; hoy y no mañana, comienzo a vivir la Ley de la caridad de Jesucristo, y no la ley del demonio, que es “haz lo que quieras”; hoy y no mañana, comienzo a alimentarme del Pan de los ángeles, y dejo para siempre el alimento del demonio, las tentaciones consentidos; hoy y no mañana, comienzo a vivir los Mandamientos de Dios y no más los mandamientos del demonio”. Y dicho esto, San Expedito, llevado por la fuerza sobrenatural que emana de la cruz de Jesucristo, le aplastó la cabeza al cuervo, que incautamente había dejado de sobrevolar y se le había acercado peligrosamente a sus pies. Éste es el origen del patronato de San Expedito sobre las causas urgentes y por esto mismo, la primera causa urgente por la cual le debemos pedir que interceda, es por nuestra propia conversión, la conversión de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo, sobre todo, los pecadores más empedernidos.

viernes, 16 de enero de 2015

San Antonio, Abad


         San Antonio es considerado “padre del monaquismo”: decidió iniciar su vida de total entrega a Jesucristo cuando, en una celebración eucarística, escuchó la voz de Jesús que le decía: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”[1]. Tomada esta decisión, al morir sus padres, San Antonio entregó su hermana al cuidado de las vírgenes consagradas, distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Hizo vida eremítica en el desierto y organizó comunidades de oración y trabajo, pero prefirió retirarse de nuevo al desierto, en donde logró conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Viajó a Alejandría para apoyar la fe católica ante la herejía arriana[2].
         En un mundo como el nuestro, caracterizado por el materialismo, el ateísmo, el hedonismo, el relativismo y por la negación de lo trascendente y sobrenatural, propio de la mentalidad pseudo-cientificista del iluminismo racionalista, aunque el mismo tiempo se afirma la religiosidad panteísta, neo-pagana e irracional de la Nueva Era, la vida de San Antonio y, sobre todo, su condición de monje y eremita, no se comprenden. Más aun, se toman como algo sin sentido, como algo sin razón: en efecto, al ver a San Antonio abad, que se retira al desierto no solo a orar, sino a llevar una vida de oración, de ascesis, de dura penitencia, de mortificación, de sacrificio, renuncia a todo bienestar, a todo bien material, a toda comodidad, en definitiva, llevando una vida de renuncia a este mundo, entonces el mundo y los mundanos se preguntan: si hay tanto para “disfrutar” en el mundo de hoy, con su avance tecnológico y si los Nuevos Movimientos Religiosos de la Nueva Era, que están al alcance de todos, ofrecen una espiritualidad “a la carta”, en donde cada uno puede escoger lo que quiera, para creer en lo que quiera y como quiera, para hacer lo que quiera, ¿qué sentido tiene una elección como la de San Antonio abad? Además, el mundo no puede entender la vida monástica, a la que tacha de antisocial, porque el monje se aparta de la sociedad de los hombres, viviendo una vida aislada. Entonces, para el mundo ateo y relativista, pagano y hedonista, hombres como San Antonio abad son escándalo y necedad, y son los más infelices del mundo, porque no son capaces de “disfrutar” lo que el mundo ofrece, además de ser un reflejo de su incapacidad de entablar relaciones humanas.
Sin embargo, a los ojos de Dios, que es lo que importa, San Antonio abad es el hombre más feliz del mundo, porque su elección, la elección de una vida monástica, eremítica, que significa de oración y de oración contemplativa, es la respuesta al llamado de Dios Uno y Trino a una mayor intimidad con Él, que es Trinidad de Personas. La vida monástica, como toda vida consagrada, pero de modo aún más intenso, anticipa, en esta vida terrena, lo que será la vida en el Reino de los cielos, porque en la vida monástica el alma se aparta del mundo y de los hombres, para intensificar la oración contemplativa, que es el diálogo de amor con las Tres Divinas Personas. En otras palabras, cuanto menos contacto con el mundo y con los hombres, el monje tiene más vida de oración y como la oración es diálogo de amor con las Personas de la Trinidad, cuanto más oración hace el monje, más diálogos de enamorados entabla con cada una de las Tres Divinas Personas. Es decir, si el monje se retira del mundo, no lo hace porque sea incapaz de establecer relaciones humanas, ni porque sea antisocial; todo lo contrario, movido por la gracia, su capacidad de vivir en comunión de vida y amor con las personas se ve elevada a una dimensión celestial, sobrenatural, de manera que se vuelve capaz de entablar una verdadera vida de comunión, en la fe y en el amor, con las Tres Divinas Personas. Y ante las Tres Divinas Personas, el monje intercede por las personas humanas, que son sus hermanos, pidiendo por su conversión y por su eterna salvación, que son los dones más grandes que toda persona pueda recibir en esta vida. Así, el monje, con su vida austera, sacrificada, penitente, se convierte en un don para sus hermanos, los hombres, porque se convierte en un permanente intercesor ante la Trinidad, pidiendo por su conversión y su salvación; y ante los hombres, se convierte en un don de la Trinidad, porque el monje no es el producto de una auto-realización al estilo gnóstico, sino un alma elegida por las Tres Divinas Personas, entre cientos de miles, para establecer con ella una relación de vida y amor de privilegio, reservada a muy pocos, para que sean, precisamente, faros de la luz y del amor trinitarios en medio de un mundo sumergido en las “tinieblas de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79) y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos.
La vida de San Antonio abad -la vida monacal, vida de oración, de penitencia, sacrificio, de ayuno, de caridad-, es, entonces, en nuestro siglo XXI -un siglo dominado por la tecnología, el racionalismo y el cientificismo, por un lado, y por otro, por la espiritualidad mágica e irracional de la Nueva Era-, un faro de luz que ilumina, con la luz de Jesucristo, que es la luz eterna de la Trinidad, la luz de la Jerusalén celestial, las tinieblas más densas que jamás hayan conocido la humanidad, a la vez que señala y anticipa ya desde esta vida, otra vida, una vida gloriosa, la vida en la eterna bienaventuranza: la vida feliz en la contemplación de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 25 de diciembre de 2014

San Esteban, protomártir


         En la Sagrada Escritura, San Esteban es mencionado por primera vez en los Hechos de los Apóstoles, como diácono (que significa “ayudante”, “servidor”, grado inmediatamente inferior al sacerdote). Fue elegido para administrar los bienes comunes en favor de los más necesitados. Además de este apostolado, San Esteban anunciaba el Evangelio y lo hacía con sabiduría divina, de manera que el número de discípulos aumentó grandemente en Jerusalén, lo cual, a su vez, despertó recelos, odios y rencores entre los enemigos de Cristo y de su naciente iglesia[1]. Debido a que no podían acusarlo de ninguna falta y puesto que sus argumentos no tenían peso frente al Evangelio de Jesucristo que predicaba Esteban, sus enemigos lo llevaron ante el Tribunal Supremo de la nación llamado Sanedrín, recurriendo a testigos falsos que lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios.  Estos afirmaron que Jesús iba a destruir el templo y a acabar con las leyes, puesto que Jesús de Nazaret las había sustituido por otras. Sin embargo, en el momento de las acusaciones, sucedió un hecho milagroso, que hablaba a las claras de la asistencia del Espíritu Santo a San Esteban: todos los del tribunal, al observarlo, vieron que su rostro brillaba como el de un ángel. Por esa razón, lo dejaron hablar, y Esteban pronunció un poderoso discurso recordando la historia de Israel (Hch 7, 2-53), en el que demostró que Abraham, había dado testimonio y recibido los mayores favores de Dios en tierra extranjera; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero se le vaticinó también una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; que Salomón construyó el templo, pero nunca imaginó que Dios quedase encerrado en casas hechas por manos de hombres. Afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecida por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías. Además, demostró la falsedad de las acusaciones, al probar que no había blasfemado contra Dios, ni contra Moisés, ni contra la ley o el templo, y sostuvo que Dios se revela también fuera del Templo (Hch 7, 51-54). Luego de esto, sus enemigos se enfurecieron aún más, tomando la decisión de matarlo. Pero antes de morir, la visión que tiene San Esteban de Jesús glorioso en el cielo, su pedido de ser recibido en el cielo y el perdón que da a los enemigos que le quitan la vida, revelan la asistencia personal del Espíritu Santo: “Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió. Luego, esta violencia contra Esteban se propagó contra toda la Iglesia (Hch 8,1-3). Las circunstancias del martirio indican que la lapidación de San Esteban no fue un acto de violencia de la multitud sino una ejecución judicial.  De entre los que estaban presentes consintiendo su muerte, uno, llamado Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, supo aprovechar la semilla de sangre que sembró aquel primer mártir de Cristo[2].
En la vida y en la muerte martirial de San Esteban se cumplen una de las Bienaventuranzas de Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,3-12). La muerte de San Esteban constituye una clara evidencia además de que la lucha que entabla la Iglesia es de orden espiritual, contra las Puertas del Infierno y no contra hombres de carne y hueso: “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef 6, 12), porque su muerte se produce, claramente, como consecuencia del enfrentamiento entre la Verdad Revelada por el Hombre-Dios Jesucristo –proclamada por Esteban- y las negaciones de la Verdad, acompañadas de la mentira, la calumnia y la difamación, de quienes no querían escuchar el Evangelio. Puesto que Jesucristo es Dios encarnado, y San Esteban muere por proclamar su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, y puesto que sus enemigos basan sus acusaciones en la mentira, detrás de las cuales está el Demonio, “Padre de la mentira” (Jn 8, 44), es evidente, como decíamos, que la muerte de San Esteban es consecuencia de la lucha entablada entre la Iglesia y las Puertas del Infierno -lucha que es una continuación de la batalla desencadenada en los cielos entre el Arcángel San Miguel y los ángeles de luz a sus órdenes, contra Satanás y los ángeles apóstatas-, pero es evidente también de que en su muerte se cumplen cabalmente las palabras de Jesucristo: “Las Puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18), porque momentos antes de su muerte, San Esteban, inhabitado por el Espíritu Santo, ve a Jesucristo triunfante en los cielos, como anticipo de que él, por el martirio, será recibido en la gloria.
Puesto que las palabras de los mártires, dichas antes de su muerte, están inspiradas por el Espíritu Santo, que es quien los asiste, inhabita en ellos y les concede la gracia del martirio, la conmemoración de San Esteban nos debe llevar a meditar y reflexionar en sus palabras, pronunciadas antes de la lapidación: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”: en la vida cotidiana, frente a las pruebas y tribulaciones que puedan presentarse, como cristianos, debemos tener siempre presente que “la figura de este mundo pasa” y que nuestro destino final es el destino de gloria de Nuestro Señor Jesucristo, aunque a ese destino no se llega sino es por la cruz, llevada con amor, en pos de Jesús, todos los días; “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, es una jaculatoria que podemos, no solo en el momento de la muerte, sino en todo momento, pidiendo a la Virgen que sea Ella quien conduzca nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras obras, desde su Inmaculado Corazón, al Sagrado Corazón de Jesús; también podemos decir esta jaculatoria a Jesús crucificado, para que reciba nuestro deseo de estar con Él en todo momento; “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, es una jaculatoria para meditar y repetir cuando nuestros enemigos cometan alguna injusticia contra nosotros, recordando que debe esta petición debe estar basada en el amor de Cristo: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 44).
San Esteban, protomártir, es entonces un modelo y ejemplo para nosotros, cristianos del siglo XXI y para todos los cristianos, hasta el fin de los tiempos.



[1] http://www.corazones.org/santos/esteban_protomartir_ni.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/esteban_protomartir_ni.htm

miércoles, 24 de diciembre de 2014

San Zacarías entona el Benedictus


“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 67-79). El último tramo del cántico de Zacarías -entonado en estado de éxtasis, pues lo hace cuando queda “lleno del Espíritu Santo”, tal como lo señala el evangelista- describe, por un lado, el Amor misericordioso de Dios –gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios-, Amor de ternura misericordiosa, que es el que mueve a la Trinidad a llevar a cabo la obra de la redención, enviando a la Segunda Persona a realizar el misterio pascual, por la Encarnación y la Muerte en cruz; por otro lado, describe, en muy pocas palabras, la función del Mesías Redentor: puesto que quien se encarna por “misericordiosa ternura” es Dios Hijo, y Dios Hijo es “Dios de Dios”, “Luz de Luz”, el Mesías que nace para Navidad y que luego muere en cruz y resucita, es el “Sol naciente”, desde el momento en que la naturaleza divina es luminosa en sí misma y por eso, por sí misma, ilumina, como el astro sol. Pero este “Sol naciente” que es el Mesías, según la descripción de Zacarías, puesto que es un sol espiritual y no material –es Dios encarnado que, por su naturaleza gloriosa, es luz en sí mismo- habrá de iluminar “a los que están en tinieblas y en sombras de muerte”, es decir a los hombres que vivimos en esta tierra y en este mundo, envueltos en las tinieblas del error, del pecado y del infierno e inmersos y rodeados por las “sombras de muerte”, no solo de la muerte física, corporal, sino de la muerte del alma, que es el pecado, y por las sombras vivientes del infierno, los ángeles caídos, los demonios.  Al derrotar a los tres grandes enemigos del hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, el Mesías, que viene de lo alto como “Sol naciente”, guía los pasos de la humanidad “por el camino de la paz”, como lo dice Zacarías, pero no la paz mundana, sino la paz de Cristo –“mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo”-, que es la paz que brota en el alma cuando en el alma, dispersados los enemigos por la acción de Dios –ante este Sol naciente, los enemigos del alma se disuelven como el humo: “Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios”[1]-, brota de la gracia santificante la calma y la quietud que ordenan y orientan al corazón en dirección a su objeto primero y último, Dios mismo.
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Zacarías canta, lleno del Espíritu Santo, a la “misericordiosa ternura de nuestro Dios”, porque nacerá el Redentor, el “Sol que nace de lo alto”. Por el misterio de la liturgia eucarística, la Iglesia no solo entona, para Navidad, el mismo cántico de Zacarías, sino que celebra su Presencia Viva, real, gloriosa y resucitada, en la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Mesías que ha sufrido la muerte en cruz y ha resucitado, y está vivo y glorioso, oculto en la apariencia de pan, iluminando, como Sol naciente que Es, a quienes aún vivimos en este “valle de lágrimas”, envueltos en las tinieblas y sombras de muerte”; quien se deja iluminar por el Mesías resucitado, que emite sus divinos rayos desde la Eucaristía, no solo se ve libre de las tinieblas vivientes y de las sombras de muerte del pecado, del error y de la muerte, sino que recibe su gracia, su Vida y su Amor divino. De ese modo, siendo iluminada el alma por el Amor Divino que se derrama por la adoración y la comunión eucarística, el alma no solo canta la "misericordiosa ternura" de nuestro Dios, como lo expresa Zacarías, sino que la experimenta y la vive en lo más profundo de su ser y de su corazón.




[1] Salmo 67.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Santa Lucía y el amor a la pureza como expresión del amor de Jesucristo


 En una época como la nuestra, en la que la inmoralidad, la sensualidad, el libertinaje y la ausencia casi absoluta de valores morales y de respeto a la ley natural se ha instalado en la inmensa mayoría de la sociedad, el ejemplo de santidad de Santa Lucía resplandece como una antorcha en medio de la más negra oscuridad. Desde niña, sin saberlo sus padres, Santa Lucía había consagrado su virginidad a Dios. Durante la persecución del emperador Diocleciano, un pagano, pretendiente suyo, despechado por este voto de virginidad, la denunció ante las autoridades. El juez la amenazó de muerte, para lograr que apostatara de la fe cristiana, entablándose el siguiente diálogo, según se puede leer en las Actas de los mártires. Ante la amenaza de muerte, Santa Lucía le respondió al juez: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Entonces, el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa contestó: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”.
El juez ordenó entonces su muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron[1].
Con respecto a su última respuesta: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente” –y es en lo que reside su mensaje de santidad para nuestro mundo de hoy, contaminado por una oleada de inmoralidad que no conoce precedentes en la historia de la humanidad-, además de que se corresponde con exactitud al principio de moral, que sostiene que no hay pecado si no se consiente al mal[2], esta respuesta de Santa Lucía expone admirablemente la imagen de Dios en el hombre, y es el libre albedrío: si el alma consciente, el cuerpo se contamina con el pecado; si el alma no consciente, el cuerpo no se contamina, y la persona no comete el pecado, permaneciendo la persona en estado de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.
Sin embargo, más allá del hecho admirable de la virtud de la castidad –que es lo que, en definitiva, le vale a Santa Lucía, ganar el cielo-, lo admirable es el hecho de que la castidad o pureza corporal, se trate de la expresión de la pureza del alma y la pureza del alma sea, a su vez, expresión de la gracia, pero como el estado de gracia es solo un estado que conduce al alma a un estado superior de vida, que es la inhabitación en el alma del Espíritu Santo -y luego de las otras Divinas Personas-, se puede decir que, en última instancia, la pureza corporal, es expresión de la virtus divina en el alma; dicho de otra manera, la pureza del Ser trinitario de la Persona Tercera, que inhabita en el alma en gracia del santo –en este caso, Santa Lucía-, se irradia y se expande con su fuerza inmaculada, toma posesión del ser metafísico del alma y como el alma es el principio vital del cuerpo, desde el alma, impregnada por la pureza del Ser trinitario, la vitalidad natural que el alma comunica al cuerpo, conlleva ahora, la gracia divina, es decir, la pureza del Ser trinitario, que ha invadido, desde la raíz, su ser metafísico.
Ahora bien, esta virtus divina, comunicada al alma y del alma al cuerpo, no es comunicada por un “ente” impersonal, sino, como dice Santa Lucía, por el Espíritu Santo, que vive en quienes creen en Cristo, porque Cristo es Dios Hijo y Él es, junto con el Padre, Dador del Espíritu, tanto en cuanto Dios, como en cuanto Hombre: “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es decir, quien vive la pureza, no vive la pureza por amor a la pureza en sí misma, sino por amor a Cristo, que es Dios, y por amor al Amor de Dios, al Espíritu Santo. Y quien ama a Cristo y al Espíritu Santo, ama a Dios Padre.
         Del diálogo de Santa Lucía con el juez, entonces, hay dos mensajes claros para nuestros días, días aciagos en el que la inmoralidad, la impureza, la sensualidad y la ausencia de valores morales, están convirtiendo a la sociedad humana en una sociedad casi post-humana, casi bestial: por un lado, se destaca el libre albedrío, porque quien quiere llevar una vida de pureza, la lleva libremente, tal como lo dice Santa Lucía: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”; por otro lado, se destaca que el llevar la vida de pureza no es por el amor a la virtud en sí, sino por amor a Dios, que es Amor y que es Trinidad de Personas; quien ama la pureza corporal –la virginidad, la castidad- la ama porque esa pureza es expresión de la Presencia del Ser trinitario y, por lo tanto, de las Tres Divinas Personas, en el alma, como lo sostiene Santa Lucía:  “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Y quien tiene al Espíritu Santo consigo, tiene a Cristo y tiene al Padre.
Ser puros de cuerpo, de mente y de corazón, por amor a Jesucristo, Dios Inmaculado, ése es el mensaje de Santa Lucía, para los niños, los jóvenes y los adultos de nuestros días.





[1] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm

martes, 9 de diciembre de 2014

Por qué Nuestra Señora de Guadalupe eligió a San Juan Diego Cuauhtlatoatzain y no a otro


         San Juan Diego, un indígena mexicano de la etnia chichimecas, es el protagonista de una de las más grandes apariciones marianas de la historia de la Iglesia, la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Ante los ojos de los hombres, que juzgan por las apariencias, San Juan Diego no habría desempeñado ningún papel de trascendencia y habría sido relegado, por el contrario, a tareas siempre menores: debido a su condición nativa, a su pobreza, su escasa cultura –apenas sabía leer y escribir- y a su nula posición social y económica, San Juan Diego sería lo que hoy en día se conoce como “un marginal” en la sociedad. Sin embargo, la Santísima Virgen María lo eligió a él y no a otro, más preparado, más culto, más inteligente, con mayor posición social, con mayor influencia entre los poderosos, para que llevara a cabo la importantísima tarea que debía encomendarle y que desembocaría en uno de los más asombrosos milagros marianos, la imagen de la “Virgen de Guadalupe”, impresa en la tilma de Juan Diego.
¿Por qué la Virgen eligió a Juan Diego y no a otro, más inteligente, más culto, más preparado, para la misión de la impresión de su imagen? La respuesta está en el Magnificat, cuando la misma Virgen dice: “(El Señor) despide a los ricos con las manos vacías y enaltece a los humildes”. La Virgen eligió a San Juan Diego por su fe, por su inocencia, por su humildad, por su amor al prójimo, por su docilidad y por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía.
La Virgen lo eligió por su fe, porque luego de ser catequizado, se bautizó y desde que fue bautizado, vivió su religión con gran amor, practicándola con gran fervor hasta el día de su muerte. También su esposa, María Lucía, se bautizó y ambos, enamorados de la castidad, decidieron vivir en perfecta continencia[1].
La Virgen lo eligió por su amor a la Misa y a la Eucaristía, porque para asistir a Misa los sábados y domingos, debía recorrer 20 kilómetros, y debía hacerlo a pie y descalzo, como lo hacían los de su etnia en ese tiempo, a causa de su pobreza.
La Virgen lo eligió por su amor al prójimo y por su misericordia, porque él cuidaba de su tío enfermo, el cual entró en agonía al momento de las apariciones; precisamente, en medio de las apariciones, Juan Diego decide ir por otro camino, para no encontrarse con la Virgen para ir a pedir auxilio espiritual para su tío Juan Bernardino, que se encontraba en trance de muerte.
La Virgen lo eligió por su humildad, porque Juan Diego, luego de ser rechazado por primera vez por el obispo Juan de Zumárraga, le pidió humildemente a la Virgen que eligiera a otra persona con más capacidad que él, que se consideraba un “pobre hombrecito”.
La Virgen lo eligió por la inocencia de su corazón, porque a pesar de ser ya un hombre de adulto, vivía su fe con la pureza de un niño y esa fue la razón por la cual la Virgen pudo aparecérsele, porque la Virgen no se aparece a cualquiera, y mucho menos a los soberbios.
La Virgen lo eligió por su docilidad, porque obedeció a todo cuanto Ella le dijo que hiciera, aun cuando humanamente, para él, le era difícil y hasta imposible hacerlo o creerlo, como por ejemplo, hablar nuevamente con el obispo Zumárraga, cuando ya lo había rechazado por primera vez, o ir a la cumbre del Monte Tepeyac, a recoger rosas, cuando por la época, era imposible que hubiera rosas, o, finalmente, en la decisión tal vez más difícil para Juan Diego, en vez de ir a buscar ayuda espiritual para su tío moribundo, desviarse de su camino para ir a transmitir el mensaje de la Virgen –que pedía que se erigiese en el Monte Tepeyac un iglesia- al obispo Zumárraga.
La Virgen elige a San Juan Diego porque es pobre de espíritu y manso de corazón, dos de las Bienaventuranzas que más asemejan al alma al Sagrado Corazón de su Hijo Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 3-12).
La vida de San Juan Diego nos enseña, entonces, que lo que cuenta a los ojos de Dios –que mira a los hombres a través de los ojos de la Virgen-, no son ni los títulos académicos, ni la ciencia, ni la posición social, ni tampoco la posición de poder, incluso dentro de la Iglesia: lo que cuenta, para Dios, que lee el corazón a través de la mirada maternal de la Virgen, es si en el alma hay fe, humildad, misericordia, bondad, inocencia, docilidad, castidad, pobreza de espíritu, amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, como lo había en el corazón de San Juan Diego.





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