San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 2 de enero de 2021

San Juan Evangelista

 



El Evangelista Juan describe a Jesús, el Hombre-Dios, en el inicio de su Evangelio. Dice así: “Al principio –desde la eternidad- existía el Verbo, el Verbo era Dios, era la vida de los hombres, era la luz, por Él fueron hechas todas las cosas, el Verbo se hizo carne, vino a los suyos y no lo recibieron, vimos su gloria, gloria como de Unigénito”. Ahora bien, todo lo que el inicio del Evangelio de Juan dice de Jesús, se puede aplicar, obviamente, al Niño Dios, al Niño de Belén, porque el Niño de Belén es Jesús y Jesús es el Verbo de Dios; por esta razón, este Evangelio se puede leer, meditar, reflexionar, contemplando al Pesebre y, más específicamente, al Niño de Belén, porque se habla de Él. Por esto, parafraseando al Evangelista, podemos decir:

         Al principio –desde la eternidad- existía el Niño de Belén, porque el Niño de Belén es el Hijo de Dios, engendrado en el seno del Padre desde la eternidad;

         -El Verbo era Dios: el Niño de Belén es Dios, porque es el Hijo Unigénito del Padre, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada;

         -Era la vida de los hombres: el Niño de Belén es la Vida de los hombres, pero no una vida humana, natural, sino una vida nueva, la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino, una vida verdaderamente divina, sobrenatural, que Él la participa por su gracia;

         -Era la luz: el Niño de Belén es la luz de los hombres, pero no una luz natural, sino que es Luz Eterna, porque Dios es luz inaccesible, luz divina, luz sobrenatural, que da vida divina al que ilumina;

         -Por Él fueron hechas todas las cosas: todo el universo visible e invisible fue hecho por el Niño de Belén, porque él es la Sabiduría divina, la Sabiduría de Dios y todo lo que fue creado, fue creado por la Sabiduría de Dios, con suprema excelencia científica –por eso un científico no tiene excusas para no creer en Dios, porque las cosas que él estudia con su ciencia, todas las hizo Dios-, pero también con suprema belleza y con arte exquisito, y todo fue hecho por la Palabra de Dios, el Niño de Belén;

         -Y la Palabra se hizo carne: la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, se encarnó en el seno virginal de María Santísima, naciendo en Belén, Casa de Pan, para donar su Cuerpo y su Sangre como Pan Vivo bajado del cielo y esa Palabra encarnada que se dona como Pan celestial, es el Niño Dios, el Niño de Belén;

         -Vino a los suyos y no lo reconocieron: el Mesías, el Hijo de Dios encarnado, vino a los suyos, a los hebreos, y no lo reconocieron, y porque no lo reconocieron no lo dejaron nacer en una posada y luego lo crucificaron, pero a los que lo reconocieron, les dio la gracia de ser hijos adoptivos de Dios;

         Vimos su gloria, como de Unigénito: el Niño de Belén, que es el Hijo de Dios, es la gloria de Dios y como tal, es gloria invisible, celestial, inaccesible, pero al encarnarse, los hombres pueden contemplar, en el Niño de Belén, a la gloria de Dios, por eso, el que contempla al Niño de Belén, contempla a la gloria de Dios, el Unigénito del Padre.

Entonces, todo lo que se dice de Jesús en el Evangelio de Juan, se dice del Niño de Belén y todo lo que se dice del Niño de Belén, se dice de la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Niño de Belén que se dona a Sí mismo como Pan de Vida eterna.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Fiesta de San Juan Evangelista


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         Vida de santidad[1].

         Nació en Galilea y era hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Su oficio era el de pescador. Junto con Andrés, fue uno de los dos primeros discípulos de Jesús. Los dos eran también discípulos de Juan Bautista y un día al escuchar que el Bautista señalaba a Jesús y decía: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, se fueron detrás de Él. Jesús se volvió y les dijo: “¿Qué buscan?”. Ellos le respondieron: “Señor: ¿dónde habitas?”. Y Jesús les dijo: “Vengan y verán”. Y se fueron con él y estuvieron en su compañía toda la tarde recibiendo sus enseñanzas. Durante toda su vida, jamás Juan podrá olvidar el día, la hora y el sitio en que se encontró por primera vez con Jesucristo. Fue el momento más decisivo de su existencia, porque fue su encuentro personal con el Mesías y Redentor de los hombres.
Juan estaba después un día con su hermano Santiago, y con sus amigos Simón y Andrés, remendando las redes a la orilla del lago, cuando pasó Jesús y les dijo: “Vengan conmigo y los haré pescadores de almas”. Inmediatamente, dejando a su padre y a su empresa pequeña, se fue con Cristo a dedicarse para siempre y por completo a extender el Reino de Dios. Juan evangelista formaba parte, junto con Pedro y Santiago, del pequeño grupo de preferidos que Jesús llevaba a todas partes y que presenciaron sus más grandes milagros: los tres estuvieron presentes en la Transfiguración; presenciaron la resurrección de la hija de Jairo; los tres presenciaron la agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos. Y junto con Pedro, fue este apóstol encargado por Jesús de prepararle la Última Cena. A Juan y su hermano Santiago les puso Jesús un sobrenombre: “Hijos del trueno”, debido a que un día fueron los apóstoles a pedir hospedaje en un pueblo de samaritanos (que odiaban a los judíos) y nadie les quiso proporcionar nada. Entonces los dos hermanos le propusieron a Jesús que les mandara a los samaritanos “fuego desde el cielo”. Esto lo dijeron porque no habían comprendido todavía que el “fuego del cielo” que Jesús había venido a traer es un fuego desconocido para los hombres, el Fuego del Espíritu Santo.
En la Última Cena, San Juan Evangelista tuvo el honor de recostar su cabeza sobre el corazón de Cristo y pudo así escuchar los latidos del Sagrado Corazón. Juan Evangelista fue el único de los apóstoles que estuvo presente en el Calvario al morir Jesús, recibiendo de Jesús –y, en su persona, toda la humanidad- el más preciado don después de su Cuerpo y su Sangre entregados en la Cruz: recibió el regalo de la Virgen como Madre adoptiva suya al decirle: “He ahí a tu madre”, además de recibir el encargo de cuidar a María Santísima al decirle a la Virgen: “He ahí a tu hijo”.
El Domingo de Resurrección, fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío de Jesús, llegando antes que Pedro, aunque por respeto a su cargo –Pedro era el Papa- lo dejó entrar a él primero y luego entró él también. Luego de ver el sepulcro vacío, creyó que Jesús había resucitado.
Después de la resurrección de Cristo, en el episodio de la segunda pesca milagrosa, Juan fue el primero en darse cuenta de que el que estaba en la orilla era Jesús. Vivió hasta el año 100, y fue el único apóstol al cual no lograron matar los perseguidores. Juan, para cumplir el mandato de Jesús en la cruz, se encargó de cuidar a María Santísima como el más cariñoso de los hijos. Con Ella se fue a evangelizar a Éfeso y la acompañó hasta la hora de su gloriosa dormición o tránsito de esta vida al cielo con su cuerpo y alma glorificados. El emperador Dominiciano quiso matar al apóstol San Juan y lo hizo arrojar en una olla de aceite hirviente, pero él sobrevivió absolutamente indemne, sin sufrir daño alguno. Entonces fue desterrado de la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis.
Después volvió otra vez a Éfeso donde escribió el Evangelio según San Juan, libro que tiene un estilo elevadísimo y es impresionantemente hermoso. Agrada mucho a las almas místicas, y ha convertido a muchísimos con su lectura. A San Juan Evangelista se lo representa como un águila, porque así se quiere significar que es el escritor de la Biblia que se ha elevado a más grandes alturas de espiritualidad con sus escritos. Ningún otro libro tiene tan elevados pensamientos como en su evangelio. Dice San Jerónimo que cuando San Juan era ya muy anciano se hacía llevar a las reuniones de los cristianos y lo único que les decía siempre era esto: “Hermanos, ámense los unos a otros”. Una vez le preguntaron por qué repetía siempre lo mismo, y respondió: “Es que ese es el mandato de Jesús, y si lo cumplimos, todo lo demás vendrá por añadidura”. San Epifanio dice que San Juan murió hacia el año cien, a los 94 años de edad. Afirman los antiguos escritores que amaba mucho a todos pero que les tenía especial temor a los herejes porque ellos con sus errores pierden muchas almas.

         Mensaje de santidad.

         Parte de su mensaje de santidad lo encontramos en el inicio de su Evangelio, en donde describe a Jesús como al Hombre-Dios, es decir, como a Dios, hecho hombre perfecto, sin dejar de ser Dios. En efecto, el Evangelista, que se eleva a las alturas de lo sobrenatural para contemplar a ese Sol de justicia que es Dios Uno y Trino, así como el águila se eleva hacia el cielo mirando fijamente al sol, describe a Jesús como “el Verbo” y lo describe como Dios, porque estaba junto a Dios y lo describe también como la Vida –la vida divina de Dios Trinidad- y como la Luz de los hombres, porque en verdad Dios, en su Acto de Ser purísimo y perfectísimo, es Luz eterna y Vida divina. Para el Evangelista Juan Jesús, entonces, es Dios, es el Verbo de Dios, la Sabiduría de Dios, la Palabra de Dios eternamente pronunciada y es un Verbo que es Vida y que es Luz divina y eterna. Pero el Evangelista Juan también describe a Jesús desde el punto de vista terreno o humano, así como el águila, que está en las alturas, ve al cordero que está abajo, en la tierra, para dirigirse hacia él. El Evangelista Juan dice que “el Verbo se hizo carne”, es decir, el Verbo Eterno del Padre se encarnó –en el seno virginal de María Santísima- y “puso su morada” entre los hombres, porque al encarnarse, tomó el nombre de “Emanuel”, es decir, Dios con nosotros. Entonces, así como el águila, por un lado, remonta vuelo hacia el sol y lo contempla fijamente, pero al mismo tiempo puede ver al cordero que está abajo en la tierra, así el Evangelista Juan, elevándose por obra del Espíritu Santo, contempla al Sol de justicia, Cristo Jesús, como Verbo del Padre, que es Dios y que está junto al Padre, junto a Dios, pero también lo contempla como Cordero de Dios, es decir, como Dios  Hijo encarnado para nuestra salvación. “El Verbo era Dios (…) el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (…) el Verbo era la Vida (…) el Verbo era la Luz que ilumina a todo hombre”. Por último, el Evangelista Juan describe al Verbo, además de Luz y de Vida, como Amor: “Dios es Amor”. Junto al Evangelista Juan, contemplemos al Verbo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, en el Santísimo Sacramento del altar y junto al Evangelista, nos postremos ante el Verbo de Dios encarnado que está en la Eucaristía y lo adoremos y lo amemos con todas las fuerzas de las que seamos capaces, para seguir adorándolo y amándolo por la eternidad.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

San Juan Evangelista


San Juan Evangelista, 
Evangeliarios de Lorsch.

         Aunque puede parecer extraño, podemos sin embargo afirmar, con toda certeza, que el Prólogo del Evangelio de Juan describe la escena del Pesebre de Navidad. En efecto: Juan, que es representado con un águila, debido a que, al igual que el águila, que se eleva en dirección al sol y fija su mirada en él en su ascenso al cielo, así el Evangelista Juan, elevándose en vuelo místico por acción del Espíritu Santo, fija su mirada en el Verbo Eterno del Padre, llamado “Sol de justicia”, Verbo que habita en los cielos eternos y hacia donde el alma mística de San Juan es elevada y al cual llama “Dios igual que el Padre”: “El Verbo era Dios (…) era la Palabra del Padre”. De igual modo, así como el águila, estando en las alturas del cielo, es capaz, por la agudeza de su visión, divisar los objetos más pequeños en la tierra –es su táctica para cazar sus presas-, así también el evangelista Juan, contemplando al Verbo en las alturas inaccesibles del seno del Padre, ve al mismo tiempo, en la tierra, al Niño de Belén, que es ese mismo Verbo, que se ha encarnado y que se ha hecho pequeño, se ha hecho Niño y ha venido a habitar entre nosotros: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El Evangelista Juan, entonces, nos describe al Niño del Pesebre de Belén: ese Niño es Dios, es el Verbo, habitaba en el seno del Padre desde la eternidad, y ese mismo Verbo, esa Palabra, se ha hecho carne, manifestándose a los ojos del cuerpo como un niño humano.

         Ahora bien, el Evangelista Juan nos da también la clave para la adoración eucarística, porque al igual que él, elevados por la gracia del Espíritu Santo, y cual otras tantas águilas que se dirigen hacia el sol, así los cristianos nos dirigimos hacia la Eucaristía, Sol de justicia, el Verbo eterno del Padre, que se ha hecho Carne en el Pan de Vida eterna, de manera tal que parece exteriormente como si fuera pan, pero es la Carne del Cordero de Dios. Como el Evangelista Juan, llevados por el Espíritu Santo, que nos hace proclamar la Fe de la Iglesia, al contemplar a la Eucaristía, nosotros decimos: “El Verbo era Dios; estaba en Dios; el Verbo se hizo Carne en Belén y prolonga su Encarnación en la Eucaristía; la Eucaristía es el Verbo de Dios hecho Carne”.

martes, 27 de diciembre de 2016

Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista


         San Juan, Apóstol y Evangelista, tuvo el privilegio concedido a muy pocos santos, y es el de ser testigo, desde su juventud, de los insondables misterios del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo.
San Juan es el Apóstol amado que tuvo el privilegio de escuchar, lo más cerca que le es permitido al oído humano, los latidos del Sagrado Corazón de Jesús, cuando en la Última Cena “reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús”. Así, San Juan pudo apreciar, por un lado, el inmenso Amor que ardía en el Corazón de Jesús y que era el que lo llevaba a la Cruz –porque por amor a los hombres es que Jesús se inmoló en la Cruz-, aunque también pudo apreciar la amargura y el dolor infinito que este Corazón probaba, porque Jesús sabía que, para una inmensa cantidad de hombres, sus sacrificios serían vanos, ya que habrían de condenarse irremediablemente al rechazarlo a Él, el Mesías, y estos hombres serían, ante todo, miembros de su Cuerpo Místico como Judas Iscariote, a quien Jesús, a pesar de llamarlo y tratarlo como “amigo” y a pesar de humillarse ante él lavándole los pies como un esclavo, habría de condenarse porque, a diferencia de Juan Evangelista, que eligió escuchar el dulce sonido de los latidos del Corazón de Jesús, Judas eligió escuchar el duro tintineo metálico de treinta monedas de plata.
         San Juan tuvo también el privilegio de encontrarse, junto con la Virgen, al pie de la Cruz de Jesús, recibiendo de Jesús la suprema muestra de Amor, cuando además de entregar Jesús su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Cruz por nuestra salvación, eligió a Juan –en quien estábamos todos los hombres representados- para dar a su Madre, la Virgen, como Madre Nuestra, y es así que, desde ese momento, la Virgen nos adoptó como hijos suyos muy amados.
         San Juan tuvo también el privilegio de ser el primero en ingresar al sepulcro y comprobar que estaba vacío, siendo así testigo, junto con Pedro y las santas mujeres de Jerusalén, de la Resurrección del Hombre-Dios Jesucristo.
         Por último, y si bien no estuvo en el día del Nacimiento de Nuestro Señor, San Juan tuvo el privilegio de contemplar, como ningún otro, el misterio de la Navidad, y es lo que él escribe en su Evangelio, ya que contempla al Verbo de Dios en su divinidad, en su “estar junto al Padre” y en su “ser Dios” –y por esto es que se lo representa como un águila, puesto que se eleva, como el águila se eleva en dirección al sol para contemplarlo, hasta el misterio mismo de la Trinidad, formada por el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo-, pero también lo contempla ya encarnado, esto es, cuando el Verbo de Dios, Espíritu Purísimo, se encarna en el seno virgen de María, nace como Niño y predica el Evangelio como Hombre-Dios: “Y el Verbo de Dios se hizo carne”. Esta frase de Juan, sencilla, describe como nadie el misterio de la Navidad, porque ese Niño de Belén es “el Verbo de Dios hecho carne”, hecho Niño, que nace para donársenos como Pan de Vida eterna en la Eucaristía. Y es lo que explica que Juan, al contemplar a Jesús, diga: “Nosotros hemos visto su gloria, como de Unigénito”, porque la gloria de Dios está en el Niño de Belén, como en su Fuente Increada, porque el Verbo es la Gloria Increada en sí misma.

         El cristiano no puede, por lo tanto, vivir la Navidad, sino es por medio del Apóstol Juan y es así que, parafraseando al Apóstol, luego de contemplar al Niño de Belén, el cristiano debe decir: “En el principio, el Niño era Dios, el Dios Niño estaba con Dios, el Dios Niño era la luz que ilumina a todo hombre, el Niño es Dios Hijo hecho carne, y nosotros, que lo contemplamos en el Pesebre de Belén, hemos visto, en la Carne del Niño Dios, la gloria del Unigénito de Dios”.