San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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domingo, 27 de diciembre de 2020

Fiesta de los Santos Inocentes

 



         “Herodes busca al Niño para matarlo” (Mt 12, 13-18). El Ángel se le aparece en sueños a San José –no es un sueño de San José, sino una aparición del Ángel mientras duerme- y le advierte que el rey Herodes, temeroso de que el Niño Dios le arrebate su reino, enviará sus tropas para “buscarlo y matarlo”. San José obedece al Ángel y conduce a la Sagrada Familia a Egipto, en busca de un lugar seguro. Cuando Herodes se entera, se enfurece y manda a matar a todos los niños de Belén y sus alrededores que tuvieran menos de dos años. Se cumple así el primer martirio masivo de la Iglesia Católica, porque los niños asesinados por mandato de Herodes mueren, no por ser ellos quienes son, sino por Cristo, puesto que en ellos quiere Herodes matar a Cristo. Los Santos Niños Inocentes mueren mártires, porque mueren en nombre de Cristo, derraman su sangre por el nombre de Cristo y es esto lo que caracteriza al martirio, el derramar la sangre propia dando testimonio de Cristo. Ellos no mueren porque un rey enloqueció y mandó asesinar a niños sin ninguna razón: mueren porque en ellos quiere Herodes matar a Cristo, Dios Hijo encarnado. Y aquí entra otro aspecto de la cuestión: la primera, es el martirio, tal como lo hemos descripto; la segunda, es la motivación del asesinato de los Santos Inocentes: es un asesinato que supera y trasciende las simples pasiones humanas, para alcanzar la participación en el odio del Ángel caído contra Dios encarnado. Es decir, en el asesinato en masa mandado por Herodes, la furia de Herodes pasa a ser, de mera pasión humana, a furia diabólica, una furia que se hace partícipe de la furia que el Ángel caído profesa contra Dios Uno y Trino y su Mesías, Cristo Dios. Es este otro componente, el de la furia demoníaca de Herodes, sumado a la muerte en nombre de Cristo de los Santos Inocentes, lo que hace de estos Niños los primeros santos mártires de la Iglesia Católica. De otro modo, sino estuvieran la furia satánica y la muerte por Cristo, se trataría de un asesinato masivo de niños, sí, pero no de una muerte masiva martirial y es por esto que la Iglesia los conmemora, porque son mártires, al dar sus vidas por Cristo y al ser objeto de un odio satánico y no meramente humano. Pero como todo lo que sucede con los planes del Demonio, siempre fracasan ante Dios: los niños, a los que él buscaba quitarles la vida, reciben en recompensa la Vida eterna y desde su muerte terrena, viven para siempre en el Reino de los cielos, adorando al Cordero, por quien dieron sus vidas.

         “Herodes busca al Niño para matarlo”. En nuestros penosos y oscuros días, caracterizados por el dominio casi absoluto de la cultura de la muerte, podemos parafrasear al Evangelio y decir: “Los legisladores de la Nación Argentina buscan a los niños por nacer para matarlos”, porque se encuentran tristemente empeñados en legislar un genocidio de niños por nacer, al aprobar el aborto por ley. Podemos decir también que se trata no de meras pasiones o posiciones ideológicas humanas, sino de un verdadero odio satánico contra la vida en gestación, porque no hay nada, absolutamente nada, racionalmente hablando, que justifique el asesinato de un niño por nacer. Y si no hay razón humana que justifique el genocidio, entonces la única explicación que queda es que los señores legisladores, como Herodes en su tiempo, participan del odio satánico del Ángel caído contra Dios hecho Niño, contra el Niño Dios. Los nuevos Herodes no envían a sus ejércitos a asesinar a niños menores de dos años, sino que estampan sus firmas para aprobar leyes inicuas que aprueben la matanza indiscriminada de niños en gestación. Frente a esto, recordemos que “de Dios nadie se burla” (Gál 6, 7) y es así como, al poco tiempo de dar la orden de asesinar a los niños menores de dos años, Herodes murió. De Dios nadie se burla, señores legisladores.

viernes, 11 de marzo de 2016

Los siete dolores y gozos de San José - Sexto Dolor y Sexto Gozo



Si bien San José fue un padre y esposo terreno y experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, gozos y dolores en los distintos sucesos de su familia, estos adquirieron una dimensión sobrenatural, desde el momento en que San José era Esposo casto y puro, meramente legal, de la Madre de Dios, y era Padre pero no biológico, sino adoptivo, de su Hijo, Quien era desde la eternidad el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Sus gozos y dolores se comprenden entonces al interno de la historia de la salvación y en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Su recuerdo no es un mero traer a la memoria, sino una participación, por el misterio del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Según una tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se realizan en siete Domingos sucesivos. Ofrecemos, en honor de San José y en su Novena, las siguientes meditaciones, con la intención de participar, con fe y con amor, de los misterios de su paternidad, prolongación en la tierra y por un instrumento humano, de la Paternidad divina de Dios Padre.

Sexto Dolor: San José experimenta este dolor en el regreso a Nazareth, el cual,  advertido también por el ángel del Señor, debe hacerlo por otro camino, debido a la presencia de los enemigos de su Hijo Jesús personificados en el rey Arquelao, quien había sucedido a su padre Herodes (Mt 2, 22). Con la preocupación y la angustia de poner nuevamente a salvo a su Hijo, San José condujo a la Sagrada Familia hacia Nazareth, porque el Niño “se había de llamar Nazareno” (Mt 2, 23); cuando llegaron, se establecieron en su antigua y pobre casa, en donde finalmente vivieron en paz. Con este dolor y esta tribulación, San José vive la Bienaventuranza que dice: “Bienaventurados seáis cuando proscriban vuestro nombre a causa del Hijo de Dios” (Lc 6, 22); también, puesto que en el corazón de San José no había lugar no solo para el odio, sino ni siquiera para el más mínimo rencor, y porque estaba inhabitado por el Espíritu Santo, San José amaba, en el Amor de su Hijo, a los enemigos de Dios, y así nos enseña el Santo Patriarca a vivir el Mandamiento de la Caridad de Jesús, que comprende, en primer lugar, a nuestros enemigos: “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44).

Sexto Gozo: San José experimenta el Sexto Gozo, en medio de las tribulaciones, y este gozo y alegría le vienen dados del cielo: San José se alegra porque regresa con su Hijo Dios a Nazareth y porque si bien experimenta en carne propia la malicia de los hombres –Herodes y Arquelao- que, aliados con el Príncipe de las tinieblas, buscan borrar el Nombre de Dios de la mente y el corazón de los hombres, la contemplación de su Hijo Dios lo colma de paz y serenidad, a lo que se le agrega el hecho de saber que está siempre acompañado por el Ángel de Dios, que es quien le avisa acerca de los peligros y le señala el camino seguro. Así, San José nos enseña cómo, en la extrema persecución a causa de la fe, Dios no solo no abandona, sino que Dios envía a sus ángeles para que nos protejan, pero sobre todo, está tan cercano a nosotros, que la angustia por la persecución se convierte en alegría. San José, que adoraba a su Hijo Dios hecho carne, nos enseña así a adorar a su Hijo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, convirtiéndose en Maestro de los Adoradores Eucarísticos, y nos enseña también que -contrariamente a lo que solemos hacer, que es dejar de lado la oración y la adoración eucarística cuando hay una tribulación- la adoración eucarística es la fuente de nuestra fortaleza espiritual, de nuestra paz y de nuestra alegría.

Oh glorioso Patriarca San José, por la tribulación que experimentaste al temer por la vida de tu Hijo Dios a causa del rey Arquelao y por el gozo que inundó tu corazón por la compañía del ángel de Dios y por la adoración que ofrecías a Dios hecho carne, te suplicamos que intercedas por nosotros, oh sublime Maestro de Adoración a Jesús, para que, acompañados por nuestros ángeles de la guarda, seamos capaces de dar a tu Hijo Presente en la Eucaristía, el mismo amor y la misma adoración con que tú lo amabas y adorabas en tu tribulación. Amén.


Padrenuestro, Ave y Gloria.

jueves, 28 de agosto de 2014

Martirio de San Juan Bautista


         Juan el Bautista muere decapitado por Herodes, pero aunque el Evangelio remarca el hecho de que el Bautista recriminaba a Herodes porque “tenía a la mujer de su hermano”, Herodías, su muerte no se debe a la mera pasión de odio que Herodías albergaba contra Juan, así como el reclamo de Juan contra Herodes no se limita a un simple llamado de atención contra la fidelidad conyugal y contra la castidad. Detrás de la recriminación de Juan el Bautista contra Herodes y detrás de la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes por instigación de Herodías, hay un misterio sobrenatural, que sobrepasa en mucho a las pasiones humanas y a las virtudes humanas matrimoniales, en este caso, las de la fidelidad conyugal y las de la castidad.
         Juan el Bautista muere por dar testimonio de Jesucristo, el Hombre-Dios, que en cuanto Dios, “hace nuevas todas las cosas”, tal como lo dice en el Apocalipsis[1], y una de las cosas que hace nuevas es, precisamente, el matrimonio, al cual le da el fundamento de la indisolubilidad, de la castidad y de la fidelidad, por cuanto Él mismo es, por el misterio de su Encarnación, el Hombre-Dios, que se esposa de modo místico con la Iglesia, y esa es la razón por la cual, uno de los nombres de Jesús es el de: “Esposo de la Iglesia”, y a su vez, uno de los nombres de la Iglesia, es “Esposa de Cristo”. Es de este desposorio místico entre Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, de donde toman los esposos cristianos las características para su matrimonio –unidad, fidelidad, indisolubilidad, castidad conyugal-, de manera tal que los esposos cristianos, injertados por el sacramento del matrimonio en el connubio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, son como una ramificación de este ante los hombres y ante la sociedad.
Éste es el fundamento de porqué los esposos cristianos –católicos- no deben –no pueden- divorciarse; éste es el fundamento de porqué los esposos cristianos no pueden no amarse hasta la muerte de cruz, porque el fundamento de su amor esponsal no es su propio amor humano –limitado, egoísta, pequeño-, sino el Amor de Cristo Esposo, que da su vida por su Esposa, la Iglesia, desde la Cruz y desde la Cruz comunica de ese Amor a los esposos; éste es el fundamento por el cual los esposos cristianos deben ser fieles el uno al otro, porque su fidelidad esponsal se fundamenta y cimenta en la fidelidad mutua entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa -¿se puede pensar en un Cristo sin la Iglesia, o en una Iglesia sin Cristo?-; ésta es la razón por la cual los esposos cristianos deben ser prolíficos, porque la Iglesia Esposa, engendrada del costado traspasado de Jesús crucificado, engendra a su vez innumerables hijos de Dios por el  bautismo.
Cuando Juan el Bautista muere decapitado por Herodes, no muere debido al simple odio de una mujer; muere porque el Ángel caído persigue a quienes dan testimonio del Hombre-Dios, que “hace nuevas todas las cosas”, y entre las primeras cosas que hace nuevas, es el matrimonio, el matrimonio al cual Jesús viene a injertarlo en su unión esponsal con la Iglesia Esposa, para concederle características verdaderamente celestiales y es por eso que la decapitación de Juan el Bautista se debe a que el Demonio intenta, vanamente, detener la obra de la salvación de Jesús. La muerte de Juan el Bautista debe hacer recordar a los esposos –y a quienes estén por emprender el matrimonio- que la fidelidad, la indisolubilidad y la castidad conyugal, puesto que se fundamentan en el matrimonio místico de Cristo Esposo y de la Iglesia Esposa -y por lo tanto el fundamento es sagrado y divino y no dependen de disposiciones humanas-, no se pueden ni se deben, de ninguna manera, y bajo ningún punto vista, ni siquiera si la propia vida está en juego, ser puestos en riesgo.




[1] 21, 5.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Santos Mártires Inocentes




         Visto con la razón natural, el hecho histórico de la muerte de los Santos Inocentes, relatado en la Sagrada Escritura (cfr. Mt 2, 16-18), parecería un caso más entre tantos otros motivados por los celos de un gobernante: al enterarse de que ha nacido un niño que es rey, el rey gobernante manda asesinar a los niños menores de dos años, para eliminar cualquier amenaza a su posición de poder.
Sin embargo, el hecho dista mucho de ser un mero caso de pasiones humanas desordenadas. Aunque parezca inverosímil a primera vista, en la muerte de los Santos Mártires Inocentes, es decir, en la muerte de niños de menos de dos años, indefensos y desvalidos, se inicia en la tierra la lucha entre el Cielo y el Infierno, como continuación de la lucha comenzada en los cielos entre los ángeles de luz, fieles al Amor Divino, y los ángeles apóstatas, convertidos en seres de las tinieblas al negarse voluntariamente ser iluminados por la Luz eterna de Dios Uno y Trino.


Todavía más, en esta lucha, en la que las fuerzas del cielo, representadas en los Niños Mártires, aparecen como derrotadas, puesto que los niños son masacrados sin piedad, se inicia, también paradójicamente, el triunfo definitivo de las fuerzas al servicio de Dios –los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad- sobre las fuerzas del Infierno. En otras palabras, a pesar de que la masacre de los Niños Mártires pareciera mostrar un triunfo apabullante de las fuerzas del mal, se trata en realidad de lo opuesto, ya que la muerte de los Niños Mártires señala el triunfo más rotundo del Bien y del Amor de Dios, que por medio suyo persigue y derrota a los ángeles caídos.
Sin embargo, alguien podría preguntarse, movido también por la razón natural: ¿cómo es posible que unos niños tan pequeños, de menos de dos años, venzan a los siniestros poderes del Averno? ¿De qué manera puede un niño, que apenas ha abandonado la lactancia y recién empieza a caminar, derrotar a un ángel, cuya naturaleza es notoriamente superior a la humana? ¿Cómo es posible que un niño, que ni siquiera sabe hablar, ponga en fuga a seres tan perversos como fuertes, como lo son los ángeles caídos con relación a la naturaleza humana?
La respuesta, que nos la da la fe en Cristo, nos dice que estos niños no vencen con sus propias fuerzas, ni es su sangre la que hace huir a los demonios, ni es su muerte la que los ahuyenta: los Niños Mártires vencen porque han sido bañados, de modo anticipado, en la Sangre del Cordero; los Niños Mártires vencen porque han sido lavados en la Sangre del Cordero y han quedado resplandecientes con la gracia divina; el Niño de Belén, que es Dios redentor y habrá de morir luego en la Cruz por ellos, anticipa el fruto del sacrificio de la Cruz y los asocia a su Pasión, de modo que los Niños asesinados por Herodes son, en cierta manera, el Cordero degollado del Apocalipsis (5, 6), que por medio de sus cuerpecitos atravesados por las espadas y lanzas de los soldados y por medio de la sangre que se derrama por las heridas abiertas, anticipa su Triunfo Victorioso en la Cruz, Triunfo glorioso obtenido por el don de su Cuerpo ofrecido en sacrificio en el Calvario y por el don de su Sangre, derramada desde sus heridas abiertas y desde el Costado traspasado por la lanza.
Los Niños Inocentes triunfan porque es el Cordero degollado quien, desde la Cruz, los asocia a su sacrificio y les hace partícipe de su Fuerza omnipotente, de su Gloria divina, de su Sabiduría celestial, de su Amor eterno, de su Triunfo Victorioso de la Cruz.


Esta es la razón primera y última del triunfo de los Mártires Inocentes, masacrados no solo por el celo enfermizo de un rey sin escrúpulos, sino por las fuerzas del infierno que, desencadenadas contra la humanidad, muestran de esta manera su poderío sobre el hombre cuando no lo protege Dios.
Pero la lucha contra las Puertas del Infierno continúa, y continuará hasta el fin de los tiempos, cuando el Supremo Juez vendrá a juzgar a la humanidad; mientras tanto, continúa la masacre de los Santos Mártires Inocentes, que mueren de a centenares de miles a lo largo y ancho del mundo, no ya bajo el hierro y el acero de soldados que obedecen a un rey de la Antigüedad, sino bajo el hierro y acero de modernos y afilados instrumentos quirúrgicos que se hunden sin piedad en los cuerpecitos de los niños por nacer, provocándoles la muerte por aborto y prolongando así la masacre del rey Herodes. Los niños abortados son los Santos Mártires Inocentes de nuestros días, que mueren a manos de los modernos Herodes, pero que también anticipan, con su muerte sangrienta, el triunfo definitivo y total del Cordero sacrificado en la Cruz sobre las fuerzas del mal.