San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta San Antonio de Padua. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta San Antonio de Padua. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de junio de 2024

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia

 


San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia, en uno de sus sermones, habla acerca del “don de lenguas”[1]. Ahora bien, contrariamente a lo que se pueda pensar en primera instancia, cuando San Antonio habla de “don de lenguas”, no se refiere a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás o para uno mismo; no se refiere a hablar en un idioma del cual uno nunca ha hablado y que por inspiración del Espíritu Santo ahora lo está hablando. San Antonio de Padua, cuando habla de “don de lenguas”, habla de otra cosa muy distinta, habla de las obras de misericordia, que deben acompañar a la prédica de la Palabra de Dios, de manera tal que para el santo la Palabra de Dios tiene fuerza cuando va acompañada de las obras de misericordia[2].

Dice así San Antonio de Padua: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Entonces, para San Antonio, el que obra obras buenas -humildad, pobreza, paciencia, obediencia- son “palabras” dictadas por el Espíritu Santo, con las cuales el alma “habla” a los demás a través de su conducta, a través de su obrar; muchas veces, dice el santo, hablamos mucho, de Dios, del Evangelio, de la Iglesia, pero estamos vacíos de obras buenas y esto es causa de maldición divina, así como Jesús maldijo a la higuera, llena de hojas pero sin frutos. El cristiano que habla mucho pero no tiene obras es como esa higuera, frondosa pero sin frutos. Luego San Antonio cita a San Gregorio: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. Y luego continúa: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras. Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor”-. San Antonio hace una comparación entre los Apóstoles, que hablaban -es decir, hacían obras buenas, obras de misericordia- según les dictaba el Espíritu Santo, y muchos cristianos, entre los que debemos procurar no contarnos nosotros, que hablan -hacen obras- no según el Espíritu Santo, sino según su propia vanagloria, o peor aún, “roban las obras de los demás” y se las atribuyen a sí mismos; contra estos tales advierte el Señor por medio del profeta Jeremías, porque de Dios nadie se burla.

Por último, finaliza San Antonio de Padua animándonos a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que hablemos -es decir, hagamos obras- según el querer de Dios y no según nuestro propio querer, para que actuemos movidos por su gracia y no por nuestra propia voluntad, para que el Espíritu Santo nos conceda el don de la contrición, del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, de manera tal que, hablando con las obras dictadas por el Espíritu Santo aquí en la tierra, seamos considerados dignos de contemplar a la Trinidad y al Cordero en los cielos por toda la eternidad. Dice así el santo: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.



[1] Cfr. De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero
(I, 226).


lunes, 12 de junio de 2023

San Antonio de Padua

 


Vida de santidad.

Martirologio Romano: Memoria de san Antonio, presbítero y doctor de la Iglesia, que, nacido en Portugal, primero fue canónigo regular y después entró en la Orden recién fundada de los Hermanos Menores, para propagar la fe entre los pueblos de África, pero se dedicó a predicar por Italia y Francia, donde atrajo a muchos a la verdadera fe. Escribió sermones notables por su doctrina y estilo, y por mandato de san Francisco enseñó teología a los hermanos, hasta que en Padua descansó en el Señor. († 1231).

             Mensaje de santidad.

          Gran parte de su mensaje de santidad se encuentra en los innumerables milagros que el santo realizó en vida y que continúa haciéndolos desde el cielo, a quienes se confían a su intercesión.

          Uno de los milagros más reconocidos del santo es el conocido como el de “la mula adoradora”. Sucedió que en un debate que se estableció entre el santo y un hereje acerca de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, el hereje -que negaba estas verdades y por eso era un hereje- desafío al santo a que demuestre con un milagro la verdadera Presencia de Jesús en la Hostia consagrada, prometiendo que si lo lograba, se convertiría a la verdadera doctrina, al catolicismo[1].

El hereje le explica a San Antonio su plan: él tendría a su mula encerrada en el establo durante tres días, sin darle de comer ni de beber; luego la llevaría a la plaza, delante de toda la gente y le pondría delante forraje fresco y agua en abundancia. Al mismo tiempo, San Antonio debería estar con el Santísimo Sacramento en una custodia, colocándose al costado del alimento para la mula: si el animal se arrodillaba ante la Hostia, ignorando la comida, el hereje prometía que se convertiría a la fe católica. Al llegar el día convenido, el Santo muestra la Hostia consagrada a la mula y le dice: “En virtud y en nombre del Creador, que yo a pesar de ser indigno, tengo verdaderamente entre las manos, te digo, oh animal, y te ordeno acercarte enseguida y con humildad y ofrécele la debida veneración”. Terminada la oración del santo, sucede el milagro: la mula, que estaba hambrienta y sedienta, en vez de dirigirse según lo que le indicaba su instinto animal, hacia la comida y la bebida, la mula deja de lado el alimento y se dirige hacia San Antonio de Padua, que tenía la custodia con el Santísimo Sacramento; al acercarse la mula, se postra ante Jesús Eucaristía y lo adora. 

Ahora bien, cuando pensamos y reflexionamos sobre el milagro, sobre lo sucedido entra la mula y la Hostia Consagrada, cuando contemplamos que la mula dobla sus patas delanteras en señal de adoración a Jesús Eucaristía, no podemos dejar de comparar con lo que sucede en nuestros días: la inmensa mayoría de los cristianos, dejándose seducir por el mundo, prefiere lo que el mundo ofrece -fama, éxito, dinero, satisfacción de las pasiones, et.- alejándose al mismo tiempo del Hijo de Dios Presente en Persona en la Eucaristía. Por esto, podemos decir con certeza lo siguiente: que la mula tiene más sentido de la Presencia real, verdadera y substancial, de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, que la inmensa mayoría de niños, jóvenes y adultos de nuestros días, que se arrodillan ante los ídolos del mundo y no ante Jesús Eucaristía.

sábado, 12 de junio de 2021

San Antonio de Padua y el milagro eucarístico

 



         San Antonio de Padua se caracterizó, además de llevar una gran vida de santidad, por realizar milagros aun estando en vida; continuó y continúa haciéndolos desde el Cielo, como todo santo, pero también los hizo en vida. Uno de sus milagros más espectaculares fue el de una mula que se arrodilló ante la Eucaristía y sucedió del siguiente modo: en el pueblo en donde predicaba San Antonio –quien era ferviente adorador eucarístico- había un hereje llamado Bonino, el cual negaba públicamente las enseñanzas de la Iglesia acerca de la Eucaristía. Para el hereje Bonino, lo que sucedía en la Santa Misa era lo que se conoce como “empanación”, es decir, que Jesús se convierte en pan, con lo cual la Eucaristía no es más que un poco de pan bendecido sobre el altar y nada más. Ahora bien, esta teoría de la empanación es herética y errónea, absolutamente contraria a lo que enseña la fe de la Iglesia Católica, según la cual, por el milagro de la transubstanciación, por las palabras de la consagración, la substancia del pan del altar se convierte en la substancia del Cuerpo de Cristo y la substancia del vino del cáliz se convierte en la  substancia de la Sangre de Cristo, es decir, exactamente al revés de lo que decía el hereje Bonino: no es que Jesús se convierte en pan, sino que el pan se convierte en Jesús, que es el Hijo de Dios encarnado.

         Sucedió un día que el hereje vio a San Antonio y le propuso el siguiente desafío: como él tenía una mula, haría lo siguiente, la mantendría sin comer ni beber durante tres días, al cabo de los cuales, le ofrecería agua y alimento; además, el santo debía estar con la custodia y con el Santísimo Sacramento, de pie al otro lado del alimento: si el animal se dirigía a la Eucaristía, él, Bonino, prometía que se iba a convertir; si el animal se dirigía al alimento, continuaría con sus creencias erróneas. San Antonio aceptó el desafío y fue así que Bonino no alimentó a su mula ni le dio de beber agua por tres días. Al término de los tres días, colocaron el alimento y el agua para la mula en un extremo de la plaza, mientras que San Antonio, con la custodia y el Santísimo Sacramento, se colocaba en otro extremo. Soltaron a la mula y, cuando todos creían que ésta si iba a dirigir directamente al agua y al alimento, cambió de dirección y se dirigió adonde estaba San Antonio con la Eucaristía, acercándose al santo. Sin embargo, ahí no terminó todo: ante una orden del santo de que el animal doblara sus patas ante su Creador, la mula efectivamente dobló sus patas delanteras, en un movimiento equivalente al que hace el ser humano cuando se arrodilla, como por ejemplo el sacerdote, cuando se arrodilla ante la Eucaristía después de la consagración, para adorarla. Sólo después de adorar a la Eucaristía, arrodillándose ante el Santísimo Sacramento del altar, la mula se dirigió hacia el agua y el alimento. Ante este milagro eucarístico, el hereje Bonino, cumpliendo su palabra, se convirtió y dejó de lado sus creencias erróneas y comenzó a creer en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía. Es decir, dejó de creer en la empanación –Jesús se convierte en pan- y comenzó a creer en la transubstanciación –la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Jesús y el vino en su Sangre- y así regresó a la Iglesia Católica, convirtiéndose en uno de los más fervientes adoradores de la Eucaristía.

miércoles, 13 de junio de 2018

San Antonio de Padua presbítero y doctor de la Iglesia



         Vida de santidad[1].

Nació en Lisboa (Portugal) a finales del siglo XII. Primero formó parte de los canónigos regulares de san Agustín, y poco después de su ordenación sacerdotal, ingresó en la Orden de los frailes Menores, con la intención de dedicarse a propagar la fe cristiana en África. Sin embargo, fue en Francia y en Italia donde ejerció con gran provecho sus dotes de predicador, convirtiendo a muchos herejes. Fue el primero que enseñó teología en su Orden. Escribió varios sermones llenos de doctrina y de unción. Murió en Padua el año 1231.

         Mensaje de santidad[2].

En uno de sus sermones, refiriéndose al alma en gracia, dice San Antonio de Padua que el justo que está en gracia está “lleno del Espíritu Santo” y que éste habla “diversas lenguas”: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas”. Ahora bien, para San Antonio de Padua, estas “lenguas diversas” no se tratan de idiomas; es decir, para San Antonio de Padua las lenguas que habla el que está lleno del Espíritu Santo no son conocimiento de idiomas extranjeros, diversos a la lengua natal, como si el que habla español pudiese hablar en alemán, o en inglés, o en cualquier otro idioma. Para el Santo, las “diversas lenguas” son las virtudes, expresión externa de la Presencia del Espíritu en el alma, como la humildad y la paciencia, entre otras: “Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta”. Es decir, se puede saber que alguien está lleno del Espíritu Santo, no porque hable idiomas desconocidos, sino porque obra de modo virtuoso, lo cual es el reflejo externo de la Presencia interior de la Palabra de Dios. En aquel en el que habitan la Palabra y por lo tanto el Espíritu de Dios, esta Presencia se refleja en las obras: “La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras”.
La Presencia de la Palabra de Dios y del Espíritu de Dios en el alma no consisten en palabras orales vanas, las cuales deben cesar, sino en obras virtuosas que reflejen la Presencia del Verbo de Dios y el Espíritu Santo: “Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen”.
Muchas veces el cristiano piensa que por hablar muchas palabras y repetir palabras santas, es en eso en lo que constituye la santidad, pero no es así, dice San Antonio de Padua, porque son en realidad las obras de misericordia y las obras virtuosas las palabras que exteriorizan la Presencia interior del Espíritu de Dios: “Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras”. Esto no es algo sin importancia, porque Dios no solo no bendice a quien así actúa, con palabras vanas, sino que lo maldice y esta maldición se ve reflejada en la ausencia de frutos de santidad, como la higuera maldecida por Cristo se vio frondosa, pero sin frutos: “Y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Luego cita a San Gregorio, según el cual quien predica la Palabra de Dios debe caracterizarse por poner por obra lo que predica: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. En otras palabras, quien habla de humildad, debe reflejar humildad en su comportamiento, de otra manera, con el orgullo y la soberbia, lo único que hacen es un palabrerío vano, contradiciendo con este obrar la misma doctrina cristiana: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras”.
Ejemplo de coherencia entre la Presencia del Espíritu Santo, las palabras y las obras puestas en acto, son los Apóstoles, que obraban según el Espíritu y no según el propio sentir humano: “Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir!”.
El que habla palabras vanas, esto es, aquel que utiliza palabras del Evangelio o de los santos, pero no los acompaña por obras, lo que hace es robar las palabras a los demás y los que esto hacen, demuestran que están movidos por su propio espíritu humano, cargado de concupiscencia y malicia, pero no obran movidos por el Espíritu Santo y de estos tales se debe pedir la gracia de vivir alejados de ellos: “Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor-. El cristiano que habla palabras falsas o huecas, es decir, que roba palabras al Evangelio o a los santos, pero no las acompaña por obras, es un cristiano que habla falsamente en nombre del Espíritu de Dios, porque está hablando por su propio espíritu humano, cargado de pecado y concupiscencia.
El cristiano debe hablar, no tanto con palabras, sino con virtudes, las virtudes que el mismo Espíritu Santo le inspire, esto es, a algunos humildad,  a otros paciencia, a otros mansedumbre, y así sucesivamente y esto es una gracia que se debe pedir constantemente, a fin de expresar, con las obras y con la vida, el verdadero significado de Pentecostés, esto es, la infusión del Espíritu Santo en el alma: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés”. La Presencia del Espíritu Santo, el verdadero significado de Pentecostés, se expresa por la modestia exterior, pero sobre todo, por la observancia de los sentidos y de los Mandamientos de la Ley de Dios y la contrición del corazón, formas por las cuales el cristiano, al tiempo que ilumina las tinieblas del mundo, vive esta vida con la esperanza de llegar a contemplar a Dios Uno y Trino en la eternidad: “(La Presencia del Espíritu Santo se manifiesta) Mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.


martes, 13 de junio de 2017

San Antonio de Padua


         Vida de santidad.

         San Antonio nació en 1195, en Lisboa. Bautizado como Fernando, cambió su nombre por Antonio en homenaje al titular del convento franciscano de los Olivares, martirizado en Marruecos junto con otros frailes. Se destacó en su vida –y también luego de su muerte- por el don que Dios le concedió, de hacer innumerables milagros. Algunos de estos milagros son los siguientes: un día fue invitado a comer y le pusieron ponzoña en el plato para matarlo, Antonio hizo la señal de la cruz sobre el plato y comió sin recibir mal alguno. Treinta y dos años después de su muerte, su cuerpo debía ser trasladado: se encontraron entre sus huesos su lengua tan entera y fresca como si estuviera viva.

Un día orando se le aparece el Niño Jesús que se posa sobre los evangelios y lo abraza[1].

Otro de sus milagros fue la reimplantación de un pie amputado: en Padua, un joven de nombre Leonardo, en un arranque de ira, pateó a su propia madre. Arrepentido, le confesó su falta a San Antonio quien le dijo: “El pie de aquel que patea a su propia madre, merece ser cortado”. Leonardo corrió a casa y se cortó el pie. Enterado de esto, San Antonio tomó el miembro amputado del joven y milagrosamente lo reunió al cuerpo[2].
Era gran devoto de la Eucaristía, y por un milagro, hizo que una mula se arrodillara ante el Santísimo Sacramento: cierto día discutía con un hereje, el cual se negaba obstinadamente a admitir el misterio de la transubstanciación, porque después de las palabras de la consagración no percibía cambio alguno en las especies eucarísticas. Antonio trataba en vano de convencerlo, citando la Escritura y la Tradición; todos sus esfuerzos chocaban con la obstinación de su interlocutor. Cambió, entonces, de táctica. –Usted tiene –dijo– una mula. Voy a presentarle una hostia consagrada; si se postrase ante el Santísimo Sacramento, ¿admitirá la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas? –Sin duda–, respondió el incrédulo que esperaba dejar en situación embarazosa al apóstol con semejante apuesta. Acordaron realizar la prueba tres días después. Para garantizar mejor el éxito, el hereje privó al animal de cualquier alimento. En el día y hora fijados, Antonio que se había preparado con redobladas oraciones, salió de la iglesia portando el ostensorio en sus manos. Por el otro lado, el incrédulo llegaba sujetando al hambriento animal por las riendas. Una multitud considerable se agolpaba en la plaza, llena de curiosidad en presenciar el singular espectáculo. El hereje, pensando ya que había triunfado, colocó ante el animal un saco de avena. Pero la mula se desvió del alimento que se le ofrecía y dobló las patas ante el augusto Sacramento; sólo se levantó después de haber recibido el permiso del Santo.  Ante el evidente milagro, el hereje mantuvo la palabra y se convirtió; varios de sus correligionarios abjuraron también de sus errores y también se convirtieron.
Poco después, San Antonio hizo otro milagro en la misma ciudad. Los herejes se burlaban de sus sermones: –Ya que los hombres no quieren oír la palabra de Dios –les dijo– voy a predicar a los peces. Se dirigió hacia las verdes márgenes de un río, que daba ya al mar e invitó a los peces a alabar al Señor. Para sorpresa de los asistentes los peces se fueron reuniendo cerca de la playa; ponían la cabeza hacia fuera y parecían escuchar al orador con atención. Apoyado en tales manifestaciones sobrenaturales, el ministerio del Santo produjo frutos abundantes.
Son favores temporales, curaciones, conversiones retumbantes y hasta resurrección de muertos. El Santo devolvió la vida hasta a su propio sobrino que se había ahogado por accidente en el Tajo. Otro don que tenía, era el encontrar objetos perdidos, encontrados contra toda esperanza. –Don Íñigo Manrique, que fue obispo de Córdoba en el siglo XVI, había perdido un anillo pastoral de gran valor. En vano había invocado a San Antonio: imposible encontrar la preciosa joya. Un día el prelado contaba su desventura a sus secretarios, que compartían con él la mesa. “Obtuve muchas gracias por la intercesión de este ilustre taumaturgo –les decía– pero de esta vez no estoy contento con él”. Acababa de decir estas palabras y una mano invisible hacía caer sobre la mesa el anillo perdido. Este hecho impresionó profundamente a personas tan dignas de crédito que dieron testimonio de él.
La Virgen Inmaculada socorrió aún por medio de intervenciones visibles a su fiel siervo. Por dos veces, en Brive y en Padua, el demonio asaltó al ardoroso predicador que le arrancaba tantas víctimas. Antonio lanzó a María un grito de súplica; recitó el himno: “Oh gloriosa Domina”, que tanto le gustaba repetir. La Reina del Cielo se le apareció en medio de una claridad deslumbrante y puso en fuga al espíritu maligno. 
El Salvador también visitó a nuestro Santo. Antonio, según una antigua tradición, se alojó en la casa del señor de Chateauneuf, región de Limoges. Este señor se proponía observar atentamente la conducta del religioso, cuya reputación le lo asombraba. Caída la noche espió, con indiscreta curiosidad, lo que su huésped hacía en el cuarto. Fue así testimonio de un gracioso prodigio: el Niño Jesús reposaba en los brazos de Antonio que lo colmaba de respetuosas caricias.


San Antonio se dedicó a escribir los sermones de las fiestas de los grandes santos y de todos los domingos del año, hasta su muerte, el 13 de junio de 1231, a los 36 años de edad. Su vida de completa dedicación a Dios y sus milagros fueron tantos, que once meses después de su muerte, el Papa Gregorio IX lo canonizó. En 1946, el Papa Pío XII lo proclamó “Doctor de la Iglesia”, con el título de “Doctor Evangélico”.

         Mensaje de santidad.

         A lo largo de los siglos, Antonio intercedió por sus devotos, obteniéndoles para ellos numerosos milagros, multiplicando los prodigios por todas partes en donde era invocado. Sin embargo, a pesar de sus numerosos milagros, lo que hizo santo a San Antonio de Padua fue su fidelidad a la gracia y el vivir de modo heroico las virtudes cristianas. Dice de él San Buenaventura: “En San Antonio resplandece el conjunto de todas las perfecciones y de todas las gracias de los elegidos. Tiene este santo la ciencia de los Ángeles, las celestes inspiraciones de los Profetas, el celo de los Apóstoles, la austeridad de los Confesores, el heroísmo de los mártires, la Pureza de las vírgenes”. Al recordar a San Antonio de Padua en su día, le pidamos que interceda para que también nosotros seamos fieles a la gracia de Dios, eligiendo siempre “morir, antes que pecar”, como decimos en la fórmula del Sacramento de la Confesión.

lunes, 13 de junio de 2016

San Antonio de Padua


         San Antonio de Padua afirmaba: “El gran peligro del cristiano es predicar y no practicar, creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree”[1]. Si nos llevamos de esta frase de este gran santo –frase que, por otra parte, es absolutamente verdadera-, podemos afirmar entonces que la Cristiandad –entendido este concepto no como una civilización, que es inexistente, sino como el conjunto de los individuos que pertenecen a la Iglesia Católica en virtud del bautismo sacramental- se encuentra, no en un grave, sino en un gravísimo peligro.
         En efecto, nunca antes, en la historia de la Iglesia, se verificó una situación como la que vivimos en la actualidad, esto es, el abandono masivo de la fe por parte de los bautizados. Si es un peligro “predicar y no practicar; creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree”, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la situación actual es peligrosísima, pues un porcentaje muy alto de cristianos católicos no es que “predique y no practique”, sino que “no practica y no predica”, es decir, no es que no vive de acuerdo con lo que se cree, sino que lisa y llanamente no cree –en el depósito de fe de la Iglesia y en su verdad central, la Encarnación del Verbo de Dios y la prolongación de esa Encarnación en la Eucaristía- y, al no creer, no practica porque no cree y por lo tanto, no vive según lo que debería creer. Esto es fácilmente comprobable: basta hacer una ligera estadística acerca del porcentaje de niños y adolescentes que continúan asistiendo a la Iglesia sin la “obligación” impuesta por el cursado de Catecismo de Primera Comunión y Confirmación; lo mismo puede decirse de los adultos en relación a la Misa  Dominical y la Confesión sacramental: un porcentaje sumamente alto ha reemplazado la Misa por pasatiempos y la Confesión por el psicólogo -si es que alguna vez asistieron a Misa o se confesaron-. La situación es tal, que con frecuencia vienen a la mente las palabras del Señor: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Es decir, cuando se cumpla la Parusía, cuando Jesús regrese glorioso en su Segunda Venida, ¿quedará alguien con fe en su Presencia Eucarística en la tierra? Porque la fe católica se cimienta en la fe eucarística: si no se cree en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús, Segunda Persona de la Trinidad hecho hombre, en la Eucaristía, se está fuera de la fe católica.
         Ahora bien, esta constatación nos lleva a preguntarnos: ¿está todo perdido? No, y para fundamentar nuestra respuesta, recurrimos a nuestro santo, San Antonio de Padua, conocido, además de por su santidad de vida, por los numerosos milagros realizados en vida. Precisamente, uno de sus milagros más clamorosos fue un milagro eucarístico. Sucedió que San Antonio retó a un singular duelo a un hereje, llamado Bonvillo, quien negaba pertinazmente la Presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía. Nuestro santo le dijo que no diera alimento alguno a su mula durante tres días, al cabo de los cuales, él ofrecería al animal abundante forraje fresco, pero al mismo tiempo, se colocaría al lado del forraje, sosteniendo en alto la custodia con la Eucaristía: si el animal se dirigía al forraje, habría ganado Bonvillo, pero si se dirigía a la Eucaristía, habría ganado San Antonio. Llegado el día, y en la plaza pública, luego de tres días de privar a su mula de todo alimento, Bonvillo la dejó libre, pensando que el animal, desesperado por el hambre, se encaminaría directamente al forraje y dejaría de lado a San Antonio con la custodia. Sin embargo, no sucedió así: apenas fue liberado, el animal fue directamente adonde se encontraba San Antonio y éste, al llegar el animal, le ordenó que doblara sus patas en señal de reconocimiento y adoración al Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús. La mula, apenas escuchó la orden de San Antonio, dobló sus patas delanteras e inclinó su cabeza, respetuosamente, ante la Presencia de Jesús Eucaristía. Todos los circunstantes, incluido el hereje Bonvillo, quien se convirtió y pidió perdón por sus dudas de fe, reconocieron el milagro, alabando y glorificando a Dios, que de esta manera prodigiosa, mediante la postración de un ser irracional, confirmaba que la enseñanza de la Iglesia es verdad: Jesús, el Hijo de Dios, está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía.
         Entonces, no todo está perdido: si Nuestro Señor Jesucristo, Presente en la Eucaristía en Persona, oculto en lo que parece ser pan pero ya no lo es, en virtud de la transubstanciación producida por las palabras de la consagración, obró el milagro de que una bestia irracional, como una mula, doblara sus patas en señal de reconocimiento y adoración a su Presencia sacramental, ¿no podría Jesús hacer un milagro similar, para que la ingente multitud que hoy se postra ante ídolos, se conviertan e, iluminados por el Espíritu Santo en sus inteligencias y encendidos sus corazones en el Amor de Dios, doblen sus rodillas ante su Presencia en la Eucaristía? Es decir, si un animal irracional dobló sus rodillas ante el Dios de la Eucaristía, ¿no podrán hacerlo los niños, jóvenes y adultos, que además de seres racionales, son hijos de Dios? “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37).
        



[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_padua.htm

miércoles, 17 de junio de 2015

San Antonio de Padua y el milagro de la mula que se arrodilla ante Jesús Eucaristía


         Dentro de la vida de santidad de San Antonio de Padua, se destaca un episodio, que se califica dentro de los denominados “milagros eucarísticos”, y dentro de los milagros eucarísticos, uno de los más asombrosos de todos los ocurridos a lo largo de todos los siglos en la historia de la Iglesia.
         Sucedió que un hereje, llamado Bonino, que no creía en la Presencia real y verdadera de Nuestro Señor en la Eucaristía, desafió públicamente a San Antonio, quien era un ferviente defensor de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Hostia consagrada. El desafío consistía en lo siguiente: Bonino poseía una mula, entonces, él la sometería a un ayuno total de alimentos y de agua durante tres días y tres noches, al cabo de los cuales, la soltaría en la plaza pública. Pero para comprobar que Bonino tenía razón, es decir, que Jesús no estaba Presente en la Eucaristía, él y San Antonio harían lo siguiente: él se colocaría en un extremo  de la plaza, con alfalfa fresca y abundante, y además con mucha agua fresca; a su lado, estaría, de pie, San Antonio de Padua, con la custodia, portando el Santísimo Sacramento del altar. Según el impío razonamiento de Bonino, puesto que Jesús no estaba Presente en la Eucaristía, el animal, llevado por su instinto racional, lo único que haría, sería dirigirse directamente hacia la alfalfa y el agua, ignorando por completo a San Antonio y la custodia, puesto que allí no había nada de interés para el animal. San Antonio aceptó el desafío y el animal fue puesto ayuno durante tres días y tres noches. Llegada la hora de la verdad, se colocaron, tal como lo habían pactado, Bonino con la alfalfa y el agua, de un lado, y San Antonio de Padua, con la custodia y el Santísimo Sacramento, al lado. En el otro extremo de la plaza, llevaron a la mula, debilitada casi al extremo luego de tanto tiempo de estar privada de alimento. A la orden de Bonino, soltaron al animal; en ese momento, San Antonio realizó la siguiente oración:  “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”[1]. Incluso antes de que San Antonio hubiera finalizado la oración, la mula, en vez de dirigirse al alimento, tal como se lo hubiera indicado su instinto irracional, ignorando por completo el alimento, se dirigió directamente hacia donde se encontraba el santo con la custodia y al llegar a él, dobló sus patas delanteras, se arrodilló, y bajó la cabeza, en evidente señal de adoración al Santísimo Sacramento del altar, que portaba San Antonio en la custodia. Bonino, que en el fondo era una buena persona, viendo el prodigio, cumplió su palabra y regresó a la fe católica, creyendo en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, en virtud de la Transubstanciación.
         Ahora bien, este clamoroso milagro eucarístico, nos lleva a hacernos algunas preguntas: si un animal irracional fue capaz de doblar sus patas para adorar a Nuestro Señor, Presente en la Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, ¿por qué no doblan sus rodillas ante Jesús Sacramentado, imitando, de la misma manera, a la mula de Bonino, cientos de miles de jóvenes, como seres racionales que son que, además de estar dotados de razón, se les concede el don de la gracia santificante? ¿Y por qué, en vez de no sólo no doblar sus rodillas ante Jesús Sacramentado, se postran ante los modernos ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos vacíos de toda vacuidad –el fútbol, la política, la música anti-cristiana, el dinero, la violencia, la droga, la sensualidad, las estrellas de cine-, que sólo les provocan tristeza, dolor, angustia y muerte? Si tan solo siguieran el ejemplo de la mula de Bonino y doblaran sus rodillas y adoraran a Jesús Sacramentado, ¡cuán diferentes serían sus vidas!



[1] Cfr. Benignitas, 16, 6-17.

jueves, 12 de junio de 2014

San Antonio de Padua y la mula que se arrodilló ante la Eucaristía


         Es conocido por todos uno de los más notorios milagros eucarísticos que tuvieron lugar en la historia de la Iglesia y que tuvo por protagonista a San Antonio de Padua: un hereje, que no creía en la Presencia real y substancial de Jesús en la Eucaristía, desafió a San Antonio en público a que tuviera a una mula sin comer durante tres días, al cabo de los cuales, la soltarían en la plaza delante de fardos de alfalfa, mientras que al mismo tiempo, San Antonio debía sostener la Eucaristía. El incrédulo sostenía que, como la Eucaristía era solo un poco de pan bendecido, la mula se dirigiría directamente a la alfalfa, ignorando la Hostia, puesto que no era más que pan. San Antonio aceptó el reto y, llegado el momento, al soltar a la mula, San Antonio se dirigió al animal ordenándole que se arrodillara delante de su Creador. Ante la sorpresa de todos y a pesar de que la mula había pasado efectivamente tres días sin comer absolutamente nada, en vez de dirigirse al alimento, como se lo indicaba su instinto animal, se dirigió resueltamente hacia San Antonio, que sostenía en lo alto una custodia con la Eucaristía y, doblando sus patas delanteras, se postró en signo de adoración ante Jesús Eucaristía, reconociendo a su Creador.

         Hoy podemos ver, con asombro y estupor, que los seres humanos, que se diferencian por su capacidad de raciocinio, doblan sus rodillas ante ídolos mudos e inertes, como el fútbol, el dinero, la política, la violencia, la sensualidad, el materialismo, mientras que son incapaces de doblar sus rodillas frente al Santísimo Sacramento del altar, tal como lo hizo la mula ante la orden de San Antonio de Padua. 

jueves, 13 de junio de 2013

San Antonio de Padua y la Adoración Eucarística


         Uno de los milagros más conocidos de San Antonio de Padua, protagonizados en vida, es el de la mula que se arrodilla para adorar la Eucaristía. Recordémoslo brevemente: Boncino, un hombre sin fe –negaba la Presencia real de Jesús en la Eucaristía- desafió a San Antonio de la siguiente manera: para probar que Jesús no estaba en la Eucaristía, dejaría sin alimentos a su mula por tres días, pasados los cuales, la dejaría libre en la plaza pública. Allí, se ubicarían en una misma línea, San Antonio, con la custodia y la Eucaristía, y el dueño de la mula, con fardos de alfalfa. Su teoría era simple, pero plausible: debido a que Jesús no está en la Eucaristía, porque no es Dios, la mula, al ser soltada luego de tres días sin comer, se encontraría con dos alimentos: un poco de pan, de forma circular, y fardos de alfalfa. Sin dudar ni un instante, el instinto del animal la llevaría hacia la alfalfa, ya que no se sentiría atraída por el pan. Este hecho demostraría que Jesús ni es Dios ni está Presente en la Eucaristía, porque si estas dos verdades fueran realidad, la mula debería dirigirse a la Eucaristía y reconocer a su Creador, Presente en ella.
         Como sabemos, San Antonio aceptó el desafío, de modo tal que, a los tres días de haber hecho ayunar a la mula, acudió a la plaza llevando en procesión solemne al Santísimo Sacramento del altar. Llegó al lugar donde se encontraba el dueño de la mula, quien a su vez había colocado los fardos de alfalfa. Cuando soltaron la mula, en vez de suceder lo que la mente racionalista de Boncino había pergeñado en contra de las verdades de fe, la mula, que había pasado efectivamente tres días sin comer y por lo tanto se encontraba famélica, en vez de dirigirse a la alfalfa, como lo esperaba su dueño, se dirigió, sin vacilar, en dirección a San Antonio de Padua. Una vez delante del santo, que mantenía en alto a la custodia con Jesús sacramentado, la mula, obedeciendo al mandato del santo, que le ordenó que doblara sus patas delanteras en señal de adoración a su Creador, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, dobló efectivamente sus patas delanteras y se postró en adoración ante la Hostia consagrada.
         Todos los presentes, una multitud que se había congregado precisamente para ver el resultado de la “contienda” entre San Antonio y Boncino, quedaron admirados por el prodigio, y comenzaron a entonar cánticos eucarísticos. El mismo Boncino, que había prometido deponer su actitud incrédula, racionalista y agnóstica, cayó de rodillas ante Jesús Eucaristía, y a partir de entonces se convirtió en un ferviente devoto del Santísimo Sacramento del altar.
         ¿Qué nos enseña este hermoso milagro?
Una enseñanza que nos deja es que constatamos, con gran pena, que es cierta la afirmación de Santa Teresa de Ávila: “el Amor no es amado”, porque mientras una mula, es decir, un animal irracional, es capaz de doblar sus patas delanteras ante el Santísimo Sacramento del altar al mandato de San Antonio, una inmensa multitud de fieles católicos, de todas las edades y condiciones sociales, no solo son incapaces de doblegar sus mentes ante la Verdad revelada de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía –lo cual les imposibilita doblar luego sus rodillas en señal externa de adoración que acompaña a la adoración interior, del corazón-, sino que se inclinan y postran ante los modernos y falsos dioses que el neo-paganismo ha diseminado por doquier: el fútbol, la política, el cine, el ocultismo, el ateísmo, el materialismo, el culto al dinero y al poder, etc. etc.
Otra enseñanza es que estamos llamados a ser, como San Antonio de Padua, custodias vivientes de la Eucaristía que proclamen al mundo, con obras más que con palabras, que Jesús está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el Santísimo Sacramento del altar. Y que, al igual que la mula del milagro de San Antonio, doblamos nuestras rodillas al comulgar, en señal de adoración a la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.