San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 2 de mayo de 2013

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús


         En la primera revelación, el 27 de diciembre de 1673, Jesús le dice a Santa Margarita María de Alacquoque: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres (…) que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas (…) y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que (…) contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”.
         Le revela que su Corazón está “apasionado de Amor por los hombres”, y que quiere “comunicar y manifestar” las “Llamas de Ardiente Caridad” que “contienen gracias santificantes” que “los separarán del abismo de perdición”.
         Podríamos decir que en esta declaración de Amor de Jesús, hay algo que Jesús no dice, pero que está contenido, y ese algo supera infinitamente el solo hecho de concedernos gracias santificantes que evitan nuestra eterna condenación. Es verdad que la gracia santificante actúa en el alma haciéndole ver la realidad y el horror del pecado y del castigo que éste atrae, que es la eterna condenación en el infierno. Pero el Amor del Sagrado Corazón no se limita a simplemente concedernos el rechazo de la malicia del pecado y la detestación del infierno; eso sería, y es, muy poco. Hay algo que Jesús no dice, pero que está implícito en el don de su Sagrado Corazón Eucarístico que arde en las llamas del Amor divino, y ese algo es la transformación del alma, por la gracia santificante, en una imagen viviente suya.
         Una señal de esto que decimos se encuentra en la siguiente experiencia de Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”.
         Esto es entonces aquello que Jesús no dice en primera instancia, pero que está contenido en su revelación: la gracia santificante, que viene al alma por el Sacramento de la Confesión, no solo destruye el pecado, sino que convierte al alma en una imagen viviente del Hijo de Dios, de modo que Dios Padre no puede hacer otra cosa que amar al alma como ama con el mismo Amor con el cual ama a su Hijo Jesús, el Espíritu Santo. Es esto lo que está representado en el intercambio que hace Jesús, tomando el corazón de Santa Margarita y dándole a cambio una llama de su Sagrado Corazón en forma de corazón: el alma arde en el Amor de Dios porque ha sido transformada en una imagen de Jesús. Tan pronto como el alma recibe la gracia, se convierte de enemiga que era por el pecado, en hija de Dios, al ser destruido el pecado por la gracia, y de esa manera no solo se aplaca la justa ira de Dios, sino que se cambia en Amor de predilección, porque el alma se vuelve un miembro viviente de su Hijo y se convierte en una imagen de su Hijo[1]. Contra el fruto venenoso del pecado, solo cabe un único remedio, la Sangre del Hombre-Dios, con su poder y fruto, la divina gracia. El hombre debe beber la Sangre del Hombre-Dios como medicina, para así lavar las manchas de la malicia del pecado, que son al alma lo que la lepra al cuerpo. Cuando el alma recibe el torrente inagotable de gracia que fluye del Costado abierto de Cristo, no solo queda lavada de sus pecados, sino que recibe una nueva vida, la vida de la gracia, la vida del Hombre-Dios Jesucristo. El poder infinito de la gracia no solo destruye la obra de malicia del pecado, que era despojar al hombre de su amor hacia Dios, de modo que se formaba un abismo entre el hombre y Dios, sino que atrae hacia el hombre el Amor de Dios, reuniendo al hombre con Dios y a Dios con el hombre.
Ahora bien, si el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita en el año 1647, ¿eso quiere decir que quienes vivimos en el siglo XXI hemos quedado fuera de sus promesas? De ninguna manera, porque si a Santa Margarita se le apareció, pero no se le dio en comunión, a nosotros no se nos aparece sensiblemente, de modo que pueda ser captado por los sentidos, pero sí se nos da todo Él en la Eucaristía, porque ahí se encuentra el Sagrado Corazón Eucarístico en Persona, y por este motivo, es en la comunión eucarística en donde el Sagrado Corazón quiere que lo recibamos: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi Deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”.
El alma que recibe al Sagrado Corazón Eucarístico con fe y con amor, se esfuerza por saciar la sed de Amor que consume al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of Divine Grace, TAN Books Publishers, Illinois 2000, 178.

miércoles, 1 de mayo de 2013

San Atanasio, Doctor de la Iglesia



         Nació en el año 297 en Alejandría, Egipto. Se opuso a Arrio, un sacerdote de la Iglesia Alejandría, quien sostenía heréticamente que el Verbo de Dios, o Logos, no era eterno, sino que había sido creado en el tiempo por el Padre y, por consiguiente, sólo podía llamarse Hijo de Dios en sentido figurado[1]. En otras palabras, Arrio negaba la divinidad de Jesucristo, con lo cual se niega también todo el misterio de la Eucaristía. San Atanasio asistió con su obispo al Concilio de Nicea, en donde se fijó la doctrina de la Iglesia, se excomulgó a Arrio y se promulgó el Credo de Nicea. Toda su vida posterior fue un testimonio de la divinidad de Jesús y una ratificación de la profesión de fe en el Credo de Nicea. Precisamente, por defender la divinidad de Jesucristo, fue perseguido por los herejes, fue desterrado cinco veces de Alejandría, vivió diecisiete años en el exilio, sufrió numerosas calumnias y acusaciones falsas, incluidas un homicidio inexistente, y sobrevivió a numerosos intentos de asesinato, aunque los últimos siete años de su vida ejerció su ministerio episcopal sin ser perturbado por sus enemigos. A la muerte del emperador Joviniano regresó a Alejandría, en donde murió el 2 de mayo del año 373, rodeado y venerado por su pueblo[2].
         La importancia de San Atanasio en su combate contra la herejía del arrianismo no se aprecia en su totalidad si antes no se considera en qué consiste el organismo sobrenatural de los misterios del cristianismo, y para hacerlo, citamos a un renombrado teólogo, Matthias Scheeben: “El carácter eminentemente sobrenatural del cristianismo reside en que Dios, que es la Vida Increada en sí misma –vida que por ser vida de Dios consiste en conocer y amar en Acto Puro de Ser-, comunica de esta vida divina interiormente, produciendo las Personas divinas del Hijo y del Espíritu Santo al comunicarles la divina naturaleza, pero también esa comunicación interior de la divina naturaleza se prolonga y se copia ad extra, fuera de la Trinidad[3]. La comunicación interior de la divina naturaleza se prolonga, al asumir el Hijo de Dios una naturaleza creada y haciendo a ésta –en su Persona, y como perteneciente a ella- partícipe de la unión substancial y de la unidad que Él mismo tiene con el Padre. Pero no solamente esta naturaleza humana, sino todo el linaje humano tiene que unirse del modo más íntimo con Dios. Por esto el Hijo humanado de Dios se une en su humanidad con nosotros del modo más íntimo y substancial, formando con nosotros un solo cuerpo, así como Él mismo es un sol espíritu con el Padre. Y así como Él mediante su espiritual unidad de esencia con el Padre tiene una misma naturaleza, una misma vida con él, de un modo análogo quiere que mediante la unidad del cuerpo con nosotros participemos de su divina naturaleza; y quiere derramar sobre nosotros la gracia y la vida, con toda plenitud, la misma vida que recibió del Padre y depositó en su humanidad. De esta manera el Hijo de Dios, saliendo de su Padre, entra del modo más real e íntimo en el linaje humano, mediante la prolongación de su procesión eterna; y así nosotros entramos en la unión más perfecta, continuada, con el Padre, fuente primera de la vida divina; y por consiguiente surge en nosotros una copia perfecta de la unidad substancial del Hijo con el Padre; y la participación que así alcanzamos de la divina naturaleza se muestra como copia de la comunidad de naturaleza y vida –comunidad condicionada por la suprema unidad substancial- entre el Hijo de Dios y su Padre”[4].
         Continúa Scheeben: “De esta manera, por medio de la Eucaristía, se verifica, se termina y se sella la unidad real del Hijo de Dios con todos los hombres, y los hombres son incorporados por completo, del modo más íntimo, real y substancial, para participar como miembros también de su cuerpo. El concepto de nuestra incorporación real y substancial a Cristo es el concepto fundamental de todo el misterio eucarístico.  Esto es posible por el hecho de que Jesús de Nazareth es Dios, es el Logos, que es Dios Hijo, que se ha encarnado, ha asumido una naturaleza humana y le ha comunicado de su divinidad, y como prolonga y continúa su encarnación en la Eucaristía, al unirnos con Él por la comunión eucarística, recibimos de Él la naturaleza divina que Él recibió del Padre”.
         Si Cristo no es Dios, toda su Pasión y Muerte no pasan de ser meros ejemplos de gran estoicismo y hasta de santidad, pero estoicismo y santidad de un hombre bueno y santo, pero de ninguna manera el mismo Dios en Persona.
Si Cristo no es Dios, entonces los arrianos tienen razón, al sostener que en el Huerto de Getsemaní Cristo simplemente sufrió temor, angustia, terror, pena, pero no modificó en nada nuestro temor, nuestra angustia, nuestro terror y nuestra pena. Pero como Cristo es Dios, como lo sostiene San Atanasio, Cristo Jesús, sufriendo humanamente, destruyó con el poder de su divinidad no solo el temor, la angustia, el terror y la pena, sino hasta la misma muerte, porque es obra de la divinidad, dice San Atanasio, entregar y la vida y recobrarla a voluntad, como hizo Cristo: “Porque el hombre no muere voluntariamente, sino por obra de la naturaleza y contra su voluntad; pero el Señor, que es inmortal puesto que no tiene carne mortal, podía, a voluntad, como Dios que es, separarse del cuerpo y volver a tomarlo... Así, pues, dejó sufrir a su cuerpo, pues para ello había venido, para sufrir corporalmente y conferir con ello la impasibilidad y la inmortalidad a la carne; para tomar sobre sí ésas y otras miserias humanas y destruirlas; para que después del Él todos los hombres fueran incorruptibles como templos del Verbo”[5].
También en la doctrina eucarística se puede apreciar la importancia de San Atanasio en su combate contra la herejía arriana: si Cristo no fuera Dios, tal como lo pretendía Arrio, entonces la Eucaristía sería sólo un pancito bendecido en una piadosa ceremonia religiosa, y nada más, y no nos comunicaría la vida divina del Hombre-Dios, y nosotros no nos uniríamos a Él en su Cuerpo, para ser llenados por su Espíritu y así entrar en comunión de vida y amor con Dios Padre. Si Cristo no es Dios, como sostenía equivocadamente Arrio, entonces la Eucaristía no nos da la vida eterna, ni nos comunica el Amor de Dios, el Espíritu Santo, ni nos haría un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo Jesús. No sería la carne del Cordero de Dios, ni el Pan Vivo bajado del cielo, ni el Pan de Vida eterna, y no valdría la pena dar la vida por ella. Sin embargo, como lo afirma San Atanasio, Jesús es Dios, y porque Él es Dios, está en Persona en la Hostia Santa, por lo que sí vale la pena dar la vida por la Eucaristía.



[1] Cfr. Alban Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, 198, México2 1968, 198.
[2] Cfr. Butler, ibidem, 200.
[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 505.
[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 505-506.
[5] Cfr. Butler, ibidem, 202.

martes, 30 de abril de 2013

San José, obrero




         ¿Por qué motivo San José es Patrono de los trabajadores? ¿Por qué tuvo él que trabajar? ¿No podría haber sido dispensado del trabajo, para dedicarle más tiempo a la crianza y educación de su Hijo Jesús? 
       Siendo San José el padre adoptivo de Jesús, llama la atención el hecho de que haya tenido que trabajar –y duramente- toda su vida, hasta el momento de la muerte. De hecho, según la Tradición, San José muere de una neumonía a causa del frío tomado en una tormenta de nieve en la que se ve envuelto, al asistir a un trabajo que le había sido encargado en un pueblo vecino.
         El hecho llama la atención porque si San José es el padre adoptivo, casto y virgen, de Jesús de Nazareth, y si su hijo es nada menos que el Hijo eterno de Dios Padre que se ha encarnado, al cual San José lo adopta para criarlo y educarlo en su vida terrena, se podría pensar que podría tener a su disposición por lo menos algunos centenares de los mejores ángeles, quienes con su obrar evitarían el trabajo de San José, proveyéndole a él y a toda la Sagrada Familia de Nazareth todo lo necesario; incluso, esto le permitiría a San José dedicarle más tiempo a su Hijo Jesús, al no tener que estar tan dedicado al trabajo.
         Sin embargo, la realidad, como hemos visto, es totalmente distinta: San José tuvo que trabajar duramente toda su vida, muriendo incluso en acto de trabajar. ¿Por qué?
         Porque el trabajo del hombre, es una imitación, al modo humano, del obrar de Dios Creador, que en la tarea de la Creación del mundo, es retratado de modo antropomórfico, como si fuera un hombre, que trabaja seis días y al séptimo día, con la obra ya concluida, descansa: “Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus muchedumbres. Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea. Y bendijo Dios el séptimo día y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear” (Gn 1, 31. 2, 3). Trabajar entonces es una actividad propia de Dios y cuando el hombre trabaja, lo imita. Pero como también es una consecuencia del pecado original, ya que a partir de entonces el hombre tiene que trabajar –“Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste formado” (Gn 3, 19)-, Cristo asume esta realidad del trabajo para santificarla, como lo era antes del pecado original: “Yo trabajo, y mi Padre también trabaja” (Jn 5, 17). Puesto que el trabajo es algo propio de Dios, y si bien luego del pecado original ha sido asumido por Cristo Jesús para devolverle su santidad original, al quedar santificado por Jesús, el trabajo es algo a lo que Jesús nos exhorta: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el Pan que da la vida eterna” (cfr. Jn 6, 27).
         El motivo entonces por el cual San José trabaja duramente a lo largo de su vida, es este: el trabajo del hombre, lejos de ser un castigo como consecuencia del pecado original, es una actividad que dignifica y enaltece al hombre porque de esta manera imita a su Dios, que lo ha creado por medio del trabajo, en el cual ha empleado a fondo su Omnipotencia, su Sabiduría divina, su Amor eterno, y es también imitación de Dios Hijo encarnado, que para salvarlo ha trabajado Él como carpintero, pero sobre todo ha realizado a la perfección el trabajo encargado por el Padre, la salvación de la humanidad, por medio del sacrificio de la Cruz. Y el trabajo del hombre, así santificado por la imitación de Dios Creador y de Cristo Salvador, se vuelve corredentor, porque este trabajo santificado está representado en la ofrenda del pan y del vino en la Santa Misa. En efecto, al ofrecerlos, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida”. Y al ofrecer el vino, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros bebida de salvación”. El hombre que trabaja honestamente, y que busca la santificación en el trabajo -algo que será expuesto magistralmente por San Josemaría Escrivá de Balaguer-, está representado junto con su trabajo en la ofrenda del pan y del vino, y su trabajo se vuelve redentor del mundo, porque ese pan y vino, que se obtuvieron con su trabajo, se convertirán, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
         Por todos estos motivos, es que San José es Patrono de los trabajadores.



lunes, 29 de abril de 2013

San Pío V



         Elegido en el año 1566 como Sumo Pontífice, San Pío V gobernó en tiempos sumamente difíciles para la Iglesia, la cual afrontaba gravísimos desafíos internos y externos que amenazaban su existencia: desde el interior, la Iglesia veía amenazada su existencia espiritual, puesto que sufría la defección de muchos de sus propios hijos que, por medio de la violencia física y verbal, y encabezados por Lutero, pretendían una Reforma de sus mismos cimientos dogmáticos; San Pío V comprendió inmediatamente que de ser aplicada esta Reforma, en vez de “reformada”, la Iglesia quedaría tan “deformada”, que sería irreconocible como la Esposa Mística del Cordero, y así el Papa tuvo que enfrentar la Reforma Protestante organizando con mucho éxito la Contrarreforma Católica; en el plano externo, tanto la Iglesia como la cristiandad toda, veían amenazada su existencia física debido a la inminente invasión de los turcos otomanos: en caso de triunfar en la batalla, arrasarían la Europa cristiana, imponiendo por la violencia de las armas el Islam. Frente a tan grave peligro, San Pío V reunió una fuerza naval constituida por las escuadras pontificia, española y veneciana, que venció en la Batalla de Lepanto pese a contar con una desventaja de diez a uno en relación a los otomanos, y la razón del triunfo fue que el Sumo Pontífice la dotó de una poderosísima arma: el rezo del Santo Rosario. Otras acciones clamorosas del Papa fueron la reordenación del breviario y del Misal Romano y la imposición de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino en las universidades católicas, hecho que dotaría a la intelectualidad católica de un instrumento valiosísimo para hacer frente a las numerosas herejías que aparecerían en el tiempo.
         Podríamos decir que los tiempos gravísimos de San Pío V se repiten hoy, al ser amenazada la Iglesia en sus bautizados por la más grande secta herética jamás conocida, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Esta secta no necesita de un reformador a la cabeza, como en tiempos de San Pío V; tampoco necesita de ejércitos, soldados, naves, o misiles, para destruir la Iglesia; esta secta utiliza un arma siniestra y letal que, al igual que una bomba de neutrones, que aniquila todo rastro de vida pero deja intacto los edificios materiales, se difunde por las mentes y corazones de los bautizados, aniquilando todo rastro de vida espiritual católica y todo apego a la vida de la gracia, dejando intactos los edificios. Este veneno letal, difundido por la secta de la Nueva Era, es el gnosticismo, que puede definirse como la pretensión del hombre de salvarse a sí mismo sin la necesidad de Dios, sin Jesucristo y su gracia, sin su Iglesia y sus sacramentos. De esta manera, el gnosticismo destruye los cimientos de la vida espiritual, desde el momento en que reemplaza la fe en Jesucristo por la fe en el hombre, con lo cual se muestra infinitamente más poderoso en su capacidad destructora que los enemigos a los que se enfrentó San Pío V, la Reforma y los turcos otomanos. El gnosticismo es destructor porque de la adoración del hombre por el hombre pasa, casi imperceptiblemente, a la adoración de Lucifer, objetivo último de la Nueva Era, la cual pretende la entronización de Lucifer como rey del universo y la iniciación y consagración luciferina de toda la humanidad.
         Sin embargo, al igual que en tiempos de San Pío V, la Iglesia cuenta con la ayuda de una fuerza espiritual poderosísima, ante cuya presencia los enemigos de Dios y de la Iglesia se disipan como el humo al viento: la Santa Misa, la Eucaristía, la Confesión sacramental, el rezo del Santo Rosario y la Verdad revelada, depositada, custodiada y explicitada por el Magisterio de la Iglesia. Además, el católico cuenta con la promesa de Jesús de que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra la Iglesia (Mc 8, 27-30), y por este motivo, quien haga uso de estas armas celestiales, saldrá triunfante en la más grande batalla entablada en la tierra desde el inicio de los tiempos, entre las fuerzas de Dios y las fuerzas de las tinieblas. Con el uso de estas armas espirituales y con la promesa de Jesús, el católico está siempre seguro de que las fuerzas del infierno “no prevalecerán”.

domingo, 28 de abril de 2013

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas



         A Santa Catalina de Siena se le apareció una vez Jesús, sosteniendo dos coronas, una de oro y otra de espinas. Le preguntó cuál de las dos elegía, y la santa eligió la de espinas.
         ¿Por qué Jesucristo se aparece con estas dos coronas? ¿Por qué Santa Catalina eligió la corona de espinas?
         Porque la vida del cristiano en la tierra debe ser una imitación de la vida del Hombre-Dios Jesucristo. El cristiano, para realizar el plan divino que Dios ha trazado para él desde la eternidad, debe vivir en la imitación de Cristo, según su estado de vida.
         Ahora bien, esta imitación no es meramente moral, como si se tratara de imitar a un modelo extrínseco, que se encuentra ahí afuera del ser de la persona, como si fuera una mera imagen mecánica que se mueve sólo por imitación del modelo original.
         Se trata de una imitación mucho más profunda, que se inserta en el acto de ser metafísico de la persona, que participa del Acto de Ser de la Persona Segunda de la Trinidad, el Hombre-Dios Jesús de Nazareth; se trata de una imitación interior, por participación en la vida misma del Hombre-Dios.
         Esta forma de imitación, que es por participación, es incoada en el momento mismo del bautismo, en donde el alma es unida Cristo y, sin sufrir físicamente la Pasión, es asociada a la Pasión y Muerte de Jesucristo, y, sin haber todavía muerto, es asociada a su Resurrección.
         Por el bautismo, el alma se une al misterio pascual de Cristo, es hecha partícipe de su Pasión, Muerte y Resurrección, lo cual quiere decir que adquiere para sí todos los méritos de Cristo. En otras palabras, por el solo hecho de recibir el sacramento del bautismo, el alma, recibiendo como propios los méritos infinitos de Cristo, recibe una infinidad de dones espirituales: se ve libre de la mancha original, es rescatada de la esfera de influencia del demonio, y obtiene un resonante triunfo sobre la muerte, el pecado y el ángel caído, además de recibir la filiación divina y constituirse en heredera del Reino de los cielos y tener asegurada la vida eterna.
         Sin embargo, es necesario que el alma se una libre y voluntariamente a la Pasión de Cristo; es necesario que el alma elija unirse a Cristo y participar, en esta vida, de su Pasión, para participar en la otra de su gloria y Resurrección. Este es el motivo por el cual Jesucristo se le aparece con dos coronas, una de oro y otra de espinas, permitiéndole a Santa Catalina elegir libremente, y es el motivo también por el cual Santa Catalina aumenta su grado de santidad al elegir la corona de espinas. Santa Catalina elige, libremente, asociarse a la Pasión de Cristo, Pasión a la que fue asociada ya en el bautismo, pero que falta completar en ella mediante la libre aceptación de unirse a Cristo crucificado, para padecer y morir crucificada con Él en esta vida y así resucitar gloriosa con Él en la vida eterna.
         Viendo el ejemplo de Santa Catalina, la gran mística del siglo XIV, no debemos pensar que el ofrecimiento de Cristo de las dos coronas se trata de un hecho reservado sólo a los grandes místicos: es una elección que cada cristiano, en lo profundo del corazón, debe hacer. Y como los santos están hechos para imitarlos, al igual que Santa Catalina, elegimos también la corona de espinas de Jesús, para participar de su Pasión en esta vida, y así participar de su gloria en la vida eterna.
        
        
         

viernes, 19 de abril de 2013

San Expedito, la Cruz y el cuervo



         En la imagen que lo representa, San Expedito se encuentra sosteniendo una cruz blanca, con la inscripción en latín “Hodie” (que significia “hoy”), y bajo su pie derecho, yace aplastado un cuervo negro que en su pico lleva una inscripción, también en latín, “cras” (que significa “mañana”).
         ¿Qué quiere decir esto?
         Quiere decir que es verdad aquello que la Biblia nos dice: “Delante del hombre están la vida y el bien, la muerte y el mal”; lo que él elija, eso se le dará” (Eclo 18, 17). A San Expedito, en un momento determinado de su vida, se le presentan el Bien –Jesús con su Cruz y su gracia santificante- y el Mal –el demonio, con sus tentaciones y su rechazo de la gracia-. Al santo se le presenta la oportunidad de elegir, y elige el Bien; elige a Jesús y su Cruz, y es por eso que se vuelve capaz de derrotar al enemigo de las almas, el demonio.
         Lo que le sucede a San Expedito, le sucede a todo hombre, todos los días, hasta el fin de sus días, hasta la muerte: a todo hombre se le da la oportunidad de elegir: o el Bien o el Mal; o Dios o el ángel caído; o Jesucristo o el Demonio. Ahora bien, ni uno ni otro –ni Dios ni el Diablo- obligan, porque el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”, y lo que más asemeja al hombre a Dios, es la libertad. Jesús, en el Evangelio, no nos obliga a seguirlo, puesto que dice: “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 23). Claramente, Jesús no nos obliga: “Si alguien quiere seguirme, que me siga”. Pero el seguimiento de Jesús implica la negación de uno mismo –negación de las pasiones, negación del enojo, la ira, la pereza- y el seguimiento por el camino del Calvario, que no es nunca un camino fácil, porque implica el cumplimiento de los Mandamientos de Dios, que inclinan al bien, y no los mandamientos de la propia voluntad, que inclinan al mal. 
El Camino de la Cruz es camino seguro, porque conduce indefectiblemente al cielo, pero no es fácil. “Si alguien quiere seguirme, que me siga”, dice Jesús, con lo cual vemos que no nos obliga a su seguimiento, como tampoco lo hace el demonio. El demonio no obliga a cometer el pecado; el demonio no obliga a ceder a la tentación; el demonio no obliga a cumplir sus mandamientos, los mandamientos de Satanás, el primero de los cuales es: “Yo hago lo que quiero”. El demonio se limita a presentarnos la tentación, así como el cazador presenta a la presa que quiere cazar, una trampa escondida debajo de un alimento apetitoso, sabroso, deleitable a la vista, pero no nos obliga, de ninguna manera, a que consintamos la tentación.
         El demonio solo presenta la tentación, pero jamás entra en el santuario de la libertad, que permanece inviolable y, como vemos, tampoco entra Dios. Dios es sumamente respetuoso de nuestra libertad, y por eso no nos obliga a su seguimiento; el demonio no entra, no porque sea respetuoso, sino porque Dios se lo impide.
Esto quiere decir que en nosotros permanece siempre la posibilidad de elegir: o el bien o el mal, o Dios o el ángel caído, o Jesucristo o Satanás, o la virtud o el pecado. A esto hay que agregar que siempre, indefectiblemente, contamos con la ayuda de la gracia, que nos auxilia para elegir el bien y para superar la tentación.
Cuando cometemos un pecado, es decir, cuando elegimos el mal en vez del bien, cuando elegimos al demonio en vez de Dios, cuando elegimos cumplir los mandamientos de Satanás en vez de los de Dios –los mandamientos de Satanás son los opuestos a los de Dios-, es porque libremente decidimos no contar con el auxilio de la gracia, y libremente decidimos rechazar los mandamientos de Dios, para cumplir los de Satanás.
Nadie puede decir: “Dios me abandonó en la tentación”, “Dios no me dio fuerzas para resistir y la tentación fue muy fuerte”, porque si alguien dice eso, miente con una mentira absoluta. Dios siempre asiste con su gracia para que elijamos el bien –de hecho, el solo hecho de desear elegir el bien significa que contamos con su gracia-; si terminamos eligiendo y obrando el mal, es porque libremente decidimos en contra de Dios.
Esta es la razón por la cual aquel que se condena, lo hace libremente; no es Dios quien, con un rayo fulminante, lo arroja al infierno; es la persona misma quien, libremente, decidió apartarse de Dios porque prefirió el mal y el pecado y no a Él, que es el Sumo y Perfecto Bien.
“Delante del hombre están la vida y el bien, la muerte y el mal”; lo que él elija, eso se le dará” (Eclo 18, 17). En todo momento de la vida nos ocurre lo de San Expedito: la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, entre Dios y el ángel caído, entre Jesucristo y Satanás, entre el pecado y la virtud. Debido a que es en nuestro prójimo en donde recaen nuestras decisiones, no hace falta que se nos aparezca el demonio como cuervo para saber si elegimos el bien o el mal; basta con que nos demos cuenta que nuestro prójimo es la medida para saber si estamos eligiendo a Dios o al diablo. Si somos misericordiosos con el prójimo, estamos eligiendo a Dios; si no somos misericordiosos, no estamos eligiendo a Dios, sino al Negro Cuervo del Infierno, el Demonio. El devoto de San Expedito debe pedirle, entonces, que le ayude a elegir siempre a Cristo y su Cruz.

viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.