San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 8 de abril de 2026

San José, obrero

 



         Una de las principales advocaciones del Padre Adoptivo del Hombre-Dios Jesucristo es la de “San José Obrero”. Esto, además de significar que es el Patrono de los trabajadores, quiere decir que, según los Evangelios y la Tradición de la Iglesia Católica, San José trabajó durante toda su vida terrena. Esto nos lleva a preguntarnos ciertas cuestiones y la primera es, precisamente, acerca de la necesidad de trabajar de San José. Es decir, ¿por qué razón tuvo que trabajar San José? Siendo el Padre Adoptivo de Dios Hijo, ¿no podría, Dios Hijo, que era su Hijo adoptivo, dispensarlo del trabajo? Por ejemplo, en los Evangelios Apócrifos -que son los Evangelios no aprobados por el Magisterio de la Iglesia- se cuenta que Jesús hacía milagros en su desempeño como carpintero, como por ejemplo, si una tabla para una mesa le quedaba más corta, con su poder divino hacía un milagro por el cual la tabla se emparejaba con las demás. Podríamos pensar que Jesús podría haber dispensado a su Padre Adoptivo de trabajar, haciendo este tipo de milagros. Pero esa no es la realidad. San José trabajó hasta el último día de su vida y según el relato de un santo al que se le apareció la Virgen y le relató la muerte de San José, él murió precisamente a causa del trabajo, porque él con Jesús fueron a trabajar a un pueblo cercano, pero en el viaje se desencadenó una tormenta de nieve y San José, por el frío, contrajo una pulmonía que fue la que le produjo la muerte, que dicho sea paso, fue entre los brazos de Jesús y María, por eso San José es el Patrono de una muerte buena y santa. Pero volvemos al inicio: ¿Por qué tuvo él que trabajar? ¿No podría haber sido dispensado del trabajo, para dedicarle más tiempo a la crianza y educación de su Hijo Jesús si era dispensado de trabajar?

         Al contrario de lo que puede suponerse, San José no solo no fue exento del trabajo, sino que tuvo que trabajar y duramente, toda su vida, incluso fue por el trabajo que contrajo la neumonía que finalmente le produjo la muerte. Este hecho, el que San José haya tenido que trabajar duramente, teniendo como Hijo adoptivo nada menos que al Creador y Dueño del universo visible e invisible; su Hijo es el Hijo del Padre Eterno encarnado Quien, como tal, tiene a su disposición miríadas incontables de ángeles y arcángeles que podrían haber servido a San José y así hubiera evitado tener el afán del trabajo de todos los días. Pero no sucedió así, ni Jesús hizo milagros que serían absurdos -como el alargar con su poder la pata de un banco que había quedado más corta, por ejemplo-, ni los ángeles tampoco lo asistieron a San José para evitarle el duro trabajo de carpintero, debiendo San José, como Padre Adoptivo de Jesús y como Esposo casto y virgen de la Madre de Dios, con su trabajo de todos los días, proveer el sustento diario necesario para la Sagrada Familia de Nazareth.

Esta fue la realidad de la vida terrena de San José, el tener que trabajar con todas sus fuerzas toda su vida, dando literalmente su vida en el acto de trabajar, en el acto de cumplir, como lo hizo toda su vida, la Santísima Voluntad de la Trinidad. Nos podemos preguntar entonces cuál es la razón de esta Divina Voluntad sobre San José, casto, puro y virgen.

La respuesta es que el hombre, al trabajar, imita, según el modo humano, a Dios Creador Quien, en la obra de la Creación, en la creación del universo visible -planetas, estrellas, etc.- e invisible -los ángeles- es descripto en las Sagradas Escrituras al modo antropomórfico, es decir, Dios Creador es retratado como si fuera un hombre, ya que la Escritura dice que “trabaja” seis días y “descansa” al séptimo. Una primera enseñanza de esto es que el descanso debe ser ganado con el trabajo, de ahí que el ocio o la pereza sean pecados a evitar, cumpliendo el propio deber con la mayor perfección posible. En el libro del Génesis se dice así, en relación a Dios Creador: “Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus muchedumbres. Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea. Y bendijo Dios el séptimo día y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear” (Gn 1, 31. 2, 3).

Entonces, el “trabajar”, es descripto en la Sagrada Escritura como una acción propia de Dios, imitada por el hombre cuando el hombre trabaja. El hombre, al trabajar y dedicar su trabajo a Dios, imita y participa del acto de trabajar de Dios. Pero si Dios, cuando “trabaja”, es siempre santo y su obrar y crear es santo, el hombre en cambio debe trabajar, no solo para imitar a Dios, sino porque el trabajo es una consecuencia del pecado original, puesto que es la sentencia divina dada al hombre luego de cometer el pecado original: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste formado” (Gn 3, 19). El trabajo se vuelve, después del pecado, consecuencia del pecado y en cierto modo una maldición, pero el Hombre-Dios Jesucristo cambia radicalmente esta situación, al asumir Cristo la realidad del trabajo para santificarla, para que el hombre, por medio del trabajo ofrecido a Cristo y en Cristo, se santifique en el trabajo y sea santo, como lo era antes del pecado original. Por eso dice Cristo: “Yo trabajo, y mi Padre también trabaja” (Jn 5, 17). Jesús trabaja en dos sentidos: trabajó desde pequeño con San José en la carpintería, pero también trabajó y trabaja en la salvación de las almas, por medio de los misterios de su vida, por medio del misterio pascual de muerte y resurrección. Y es Jesús quien nos dice que trabajemos, no solo en el trabajo de todos los días, sino por algo mucho más importante, nos dice que trabajemos por la Eucaristía: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el Pan que da la vida eterna” (cfr. Jn 6, 27).

         San José trabaja entonces duramente durante toda por el siguiente motivo: cuando el hombre trabaja y ofrece el trabajo como un sacrificio a Dios, Quien también trabaja, el trabajo del hombre deja de ser un castigo como consecuencia del pecado original, para convertirse en una actividad que dignifica, enaltece y también santifica al hombre porque con el trabajo está imitando a su Creador, a Dios, quien lo creó a través del trabajo. El trabajo, para ser imitación del trabajo de Dios, debe ser hecho con la mayor perfección posible, porque así lo dice Jesús: “Sean perfectos, como mi Padre es perfecto”, pero además porque Dios, en el trabajo de la Creación, lo hizo de modo perfecto, empleando a fondo su Omnipotencia, su Sabiduría divina, su Amor eterno. Con el trabajo San José imita a su Hijo, que es Dios Hijo encarnado, y que para salvarlo no ha dudado en trabajar, junto a su Padre Adoptivo como carpintero, pero ante todo Jesús realiza de modo perfecto el trabajo encargado por el Padre, la salvación de la humanidad, mediante el misterio del sacrificio de la Cruz. Así es como trabaja San José y así debe ser el trabajo de todo hombre, un trabajo que es santificado por la imitación de Dios Creador y de Cristo Salvador; el trabajo así realizado se vuelve corredentor, porque este trabajo santificado está representado en la ofrenda del pan y del vino en la Santa Misa porque cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino, dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida”. Y al ofrecer el vino, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros bebida de salvación”. El hombre que con su trabajo honesto busca la santificación en el trabajo -algo que será expuesto magistralmente por San Josemaría Escrivá de Balaguer-, se santifica cuando ofrece su trabajo en la ofrenda del pan y del vino y todavía más, no solo se santifica él, sino que su trabajo así ofrecido en la Santa Misa, en la consagración, se vuelve redentor del mundo, porque ese pan y vino, que se obtuvieron con su trabajo, se convertirán, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la Eucaristía, el Pan de Vida eterna que salva al mundo.

         Por todos estos motivos, es que San José obrero trabajó durante toda su vida, convirtiéndose así en Patrono de los trabajadores que buscan la santificación y salvación propia y de los hombres por medio del trabajo.


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