Una de las principales advocaciones del Padre Adoptivo del
Hombre-Dios Jesucristo es la de “San José Obrero”. Esto, además de significar
que es el Patrono de los trabajadores, quiere decir que, según los Evangelios y
la Tradición de la Iglesia Católica, San José trabajó durante toda su vida
terrena. Esto nos lleva a preguntarnos ciertas cuestiones y la primera es, precisamente,
acerca de la necesidad de trabajar de San José. Es decir, ¿por qué razón tuvo
que trabajar San José? Siendo el Padre Adoptivo de Dios Hijo, ¿no podría, Dios
Hijo, que era su Hijo adoptivo, dispensarlo del trabajo? Por ejemplo, en los
Evangelios Apócrifos -que son los Evangelios no aprobados por el Magisterio de
la Iglesia- se cuenta que Jesús hacía milagros en su desempeño como carpintero,
como por ejemplo, si una tabla para una mesa le quedaba más corta, con su poder
divino hacía un milagro por el cual la tabla se emparejaba con las demás. Podríamos
pensar que Jesús podría haber dispensado a su Padre Adoptivo de trabajar,
haciendo este tipo de milagros. Pero esa no es la realidad. San José trabajó
hasta el último día de su vida y según el relato de un santo al que se le
apareció la Virgen y le relató la muerte de San José, él murió precisamente a
causa del trabajo, porque él con Jesús fueron a trabajar a un pueblo cercano,
pero en el viaje se desencadenó una tormenta de nieve y San José, por el frío,
contrajo una pulmonía que fue la que le produjo la muerte, que dicho sea paso, fue
entre los brazos de Jesús y María, por eso San José es el Patrono de una muerte
buena y santa. Pero volvemos al inicio: ¿Por qué tuvo él que trabajar? ¿No
podría haber sido dispensado del trabajo, para dedicarle más tiempo a la
crianza y educación de su Hijo Jesús si era dispensado de trabajar?
Al contrario de lo que puede suponerse, San José no solo no
fue exento del trabajo, sino que tuvo que trabajar y duramente, toda su vida,
incluso fue por el trabajo que contrajo la neumonía que finalmente le produjo
la muerte. Este hecho, el que San José haya tenido que trabajar duramente, teniendo
como Hijo adoptivo nada menos que al Creador y Dueño del universo visible e
invisible; su Hijo es el Hijo del Padre Eterno encarnado Quien, como tal, tiene
a su disposición miríadas incontables de ángeles y arcángeles que podrían haber
servido a San José y así hubiera evitado tener el afán del trabajo de todos los
días. Pero no sucedió así, ni Jesús hizo milagros que serían absurdos -como el
alargar con su poder la pata de un banco que había quedado más corta, por
ejemplo-, ni los ángeles tampoco lo asistieron a San José para evitarle el duro
trabajo de carpintero, debiendo San José, como Padre Adoptivo de Jesús y como
Esposo casto y virgen de la Madre de Dios, con su trabajo de todos los días, proveer
el sustento diario necesario para la Sagrada Familia de Nazareth.
Esta
fue la realidad de la vida terrena de San José, el tener que trabajar con todas
sus fuerzas toda su vida, dando literalmente su vida en el acto de trabajar, en
el acto de cumplir, como lo hizo toda su vida, la Santísima Voluntad de la Trinidad.
Nos podemos preguntar entonces cuál es la razón de esta Divina Voluntad sobre
San José, casto, puro y virgen.
La
respuesta es que el hombre, al trabajar, imita, según el modo humano, a Dios
Creador Quien, en la obra de la Creación, en la creación del universo visible -planetas,
estrellas, etc.- e invisible -los ángeles- es descripto en las Sagradas
Escrituras al modo antropomórfico, es decir, Dios Creador es retratado como si
fuera un hombre, ya que la Escritura dice que “trabaja” seis días y “descansa”
al séptimo. Una primera enseñanza de esto es que el descanso debe ser ganado
con el trabajo, de ahí que el ocio o la pereza sean pecados a evitar, cumpliendo
el propio deber con la mayor perfección posible. En el libro del Génesis se
dice así, en relación a Dios Creador: “Y quedaron concluidos el cielo, la
tierra y sus muchedumbres. Para el día séptimo había concluido Dios toda su
tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea. Y bendijo Dios el séptimo
día y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear” (Gn
1, 31. 2, 3).
Entonces,
el “trabajar”, es descripto en la Sagrada Escritura como una acción propia de
Dios, imitada por el hombre cuando el hombre trabaja. El hombre, al trabajar y
dedicar su trabajo a Dios, imita y participa del acto de trabajar de Dios. Pero
si Dios, cuando “trabaja”, es siempre santo y su obrar y crear es santo, el
hombre en cambio debe trabajar, no solo para imitar a Dios, sino porque el trabajo
es una consecuencia del pecado original, puesto que es la sentencia divina dada
al hombre luego de cometer el pecado original: “Ganarás el pan con el sudor de
tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste formado” (Gn
3, 19). El trabajo se vuelve, después del pecado, consecuencia del pecado y en
cierto modo una maldición, pero el Hombre-Dios Jesucristo cambia radicalmente
esta situación, al asumir Cristo la realidad del trabajo para santificarla, para
que el hombre, por medio del trabajo ofrecido a Cristo y en Cristo, se
santifique en el trabajo y sea santo, como lo era antes del pecado original. Por
eso dice Cristo: “Yo trabajo, y mi Padre también trabaja” (Jn 5, 17). Jesús
trabaja en dos sentidos: trabajó desde pequeño con San José en la carpintería,
pero también trabajó y trabaja en la salvación de las almas, por medio de los
misterios de su vida, por medio del misterio pascual de muerte y resurrección. Y
es Jesús quien nos dice que trabajemos, no solo en el trabajo de todos los
días, sino por algo mucho más importante, nos dice que trabajemos por la
Eucaristía: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el Pan que da la
vida eterna” (cfr. Jn 6, 27).
San
José trabaja entonces duramente durante toda por el siguiente motivo: cuando el
hombre trabaja y ofrece el trabajo como un sacrificio a Dios, Quien también trabaja,
el trabajo del hombre deja de ser un castigo como consecuencia del pecado
original, para convertirse en una actividad que dignifica, enaltece y también
santifica al hombre porque con el trabajo está imitando a su Creador, a Dios,
quien lo creó a través del trabajo. El trabajo, para ser imitación del trabajo
de Dios, debe ser hecho con la mayor perfección posible, porque así lo dice
Jesús: “Sean perfectos, como mi Padre es perfecto”, pero además porque Dios, en
el trabajo de la Creación, lo hizo de modo perfecto, empleando a fondo su
Omnipotencia, su Sabiduría divina, su Amor eterno. Con el trabajo San José
imita a su Hijo, que es Dios Hijo encarnado, y que para salvarlo no ha dudado
en trabajar, junto a su Padre Adoptivo como carpintero, pero ante todo Jesús realiza
de modo perfecto el trabajo encargado por el Padre, la salvación de la
humanidad, mediante el misterio del sacrificio de la Cruz. Así es como trabaja
San José y así debe ser el trabajo de todo hombre, un trabajo que es
santificado por la imitación de Dios Creador y de Cristo Salvador; el trabajo
así realizado se vuelve corredentor, porque este trabajo santificado está
representado en la ofrenda del pan y del vino en la Santa Misa porque cuando el
sacerdote ofrece el pan y el vino, dice: “Bendito seas, Señor, Dios del
Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que
recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan
de vida”. Y al ofrecer el vino, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios
del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que
recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros
bebida de salvación”. El hombre que con su trabajo honesto busca la
santificación en el trabajo -algo que será expuesto magistralmente por San
Josemaría Escrivá de Balaguer-, se santifica cuando ofrece su trabajo en la
ofrenda del pan y del vino y todavía más, no solo se santifica él, sino que su
trabajo así ofrecido en la Santa Misa, en la consagración, se vuelve redentor
del mundo, porque ese pan y vino, que se obtuvieron con su trabajo, se
convertirán, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre del
Señor, la Eucaristía, el Pan de Vida eterna que salva al mundo.
Por todos estos motivos, es que San
José obrero trabajó durante toda su vida, convirtiéndose así en Patrono de los
trabajadores que buscan la santificación y salvación propia y de los hombres
por medio del trabajo.

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