San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 19 de diciembre de 2012

San Expedito y el poder de la Cruz de Cristo



         Cuando San Expedito recibe la gracia de la conversión, inmediatamente el demonio, que se le aparece bajo forma de un cuervo repelente y apestoso, trata de disuadirlo de la decisión que ha tomado, y busca presentarle falsas razones para postergar la conversión: por un lado, le presenta la virtud y la negación de sí mismo, que es en lo que consiste la Cruz, como algo fastidioso, pesado, costoso, inútil; al mismo tiempo, le presenta sus venenos, las tentaciones, como algo bueno y apetitoso, escondiendo precisamente el veneno: el deseo carnal, la lujuria, la ira, la venganza, la pereza espiritual y física, la avaricia, la embriaguez, la curiosidad vana, la envidia.
         Es decir, al darse cuenta el demonio que San Expedito ha decidido comenzar a vivir y a cumplir los mandamientos de la Ley de Dios, le contrapone sus mandamientos, los mandamientos de Satanás: al mandamiento: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, el demonio le contrapone: “Ámate egoístamente a ti mismo, sin que te importen ni Dios ni el prójimo”; al mandamiento: “No tomarás el Nombre de Dios en vano”, el demonio dice: “Jura en falso, usa el nombre de Dios para tu propia conveniencia y, si es posible, hasta para ganar dinero” (esto es lo que hacen las sectas); al mandamiento: “Santificarás las fiestas”, que es principalmente el precepto de la Misa dominical, el demonio le contrapone: “Viernes, Sábado y Domingo, son días de descanso, de relajación y de fiesta; vé y diviértete, baila, toma alcohol, descansa, olvídate de Dios y de su Misa”; al mandamiento que dice: “Honrarás padre y madre”, el demonio dice: “No tengas respeto por tus padres, levántales la voz, enójate con ellos, trátalos mal, y si necesitan algo, que se las arreglen solos”; al mandamiento que dice: “No matarás”, el demonio dice: “No te preocupes por la vida ajena; sé favorable al aborto y a la eutanasia, odia la vida humana y busca su destrucción, y si no puedes tú destruirla personalmente, asesina la vida de otros lentamente, por medio de la droga, el alcohol, las adicciones de todo tipo”; al mandamiento: “No cometerás actos impuros”, el demonio dice: “Comete actos impuros, mira toda la pornografía que quieras, deléitate en la impureza, en las imágenes lascivas, en la sensualidad, en el erotismo; vístete según la moda indecente, y cuanto más indecente, mejor; no prives a tus ojos de nada de lo que  te pidan; ingresa por tu vista cuanta imagen erótica y lasciva quieras, y también con tus pensamientos y con tu imaginación, para que el cuerpo, que fue creado para ser templo del Espíritu de Dios, se convierta en la cueva preferida de uno de mis demonios más grandes, Asmodeo, el demonio de la lujuria”; al mandamiento que dice: “No robarás”, el demonio le contrapone lo siguiente: “Roba, hurta, aprópiate de todo lo que no es tuyo; no tengas temor en desear con avaricia, con codicia, y si no puedes apropiarte de las cosas ajenas de buenas maneras, utiliza las formas violentas, el atraco y el asalto; no importa que te digan que nada material te llevarás a la otra vida; acuérdate de la frase de Aquél que murió en la Cruz: “Donde esté tu tesoro estará tu corazón”, ¿acaso no hay algo más lindo que pegar el corazón a los bienes materiales, al dinero, al oro y a la plata? Si te aferras a ellos con todo tu corazón, ¡serán tuyos para siempre en el infierno! Eso sí, no podrás disfrutarlos mucho, porque en el infierno todo está envuelto en llamas ardientes que provocan mucho dolor, ¡pero eso a ti que te importa! ¡Roba el dinero que no es tuyo, aprópiate de todos los bienes que puedas, y serás mi compañero para siempre en el lago ardiente!”; al mandamiento que dice: “No levantarás falso testimonio ni mentirás”, el demonio le contrapone: “¿Alguien se hizo rico diciendo la verdad? ¿Acaso no mienten todos? ¿Por qué no mentir, empezando con “mentiras piadosas”, que siempre son mentiras, para terminar con mentiras cada vez más grandes? Cuantas más mentiras digas, más amigo mío serás, que fui llamado por el Crucificado: “Príncipe de la mentira”; miente, calumnia, perjudica a tu prójimo con la lengua, y así una vez que estés en el infierno, te convencerás de su verdad y del poder de la mentira: ¡es tan poderosa, que abre las puertas de mi morada infernal!”; al mandamiento que dice: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, el demonio le contrapone: “Piensa todas las impurezas que quieras, y deséalas, pero no sólo las carnales, sino también las espirituales, aquellas que tienen dentro el veneno del error y de la herejía, y hazte fiel seguidor de ídolos: el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, o si no te van estos, hazte seguidor de ídolos de la televisión, del fútbol, de la política, del cine, como Messi, Harry Potter, Lady Gaga, y tantos otros, total, al final de tu vida, ninguno de ellos estará presente para salvarte”; al mandamiento: “No codiciarás los bienes ajenos”, el demonio dice: “Codicia y apetece todo lo que no te pertenece; codicia lo que no necesitas, acumula toda clase de bienes; envidia lo que los otros poseen; todo eso te hará imposible subir a la Cruz, ¡y así, con todos estos bienes codiciados y mal habidos, te precipitarás en el lago de fuego, y entonces me gozaré de tu dolor para siempre”.
El demonio entonces le presenta a San Expedito sus mandamientos, contraponiéndolos a los mandamientos de Dios, pero San Expedito dice que “no” a todos los engaños de Satanás, y dice que “sí” a la gracia de la conversión, y esto de modo inmediato, sin dudar un solo instante.
¿De dónde saca, San Expedito, toda la fuerza necesaria y toda la luz que necesita para descubrir y vencer los engaños del demonio? De la Cruz de Cristo, y éste es el motivo por el cual San Expedito alza en alto la blanca Cruz de Cristo, al tiempo que dice: “Hodie”, es decir, “Hoy”, y al tiempo que aplasta la cabeza del demonio, que se le aparece en forma de cuervo.
         De la Cruz de Cristo emana una fuerza poderosísima, que vuelve invencible al hombre en su lucha contra el ángel caído, y le permite vencer el sueño de la pereza y del desgano, para hacer la obra de la salvación, para cumplir con su deber de estado y todavía más, para obrar obras de misericordia con las cuales abrir las puertas del cielo; de la Cruz de Cristo emana una sabiduría celestial, que da al hombre la misma inteligencia de Dios, inteligencia que le permite ser “astuto como serpiente”, para vencer las malignas astucias de la Serpiente Antigua, el Dragón rojo, Satanás; de la Cruz de Cristo emana un Amor celestial, que le permite al hombre vencer el odio egoísta que quema el corazón como un tizón encendido, y encender a su vez su corazón con el Amor del Espíritu Santo, Amor que es fuego de Amor divino, que enciende en llamas pero que no solo no provoca dolor, sino que concede al hombre la paz, la alegría, el amor y la bondad de Dios. San Expedito enarbola el Victorioso Estandarte ensangrentado de la Cruz, y es así como sale victorioso frente a todas las insidias del demonio.
         Al recordar a San Expedito en su día, recordemos cómo lleva en su mano derecha la Cruz de Cristo, Cruz que le da la fuerza misma de Dios Trino, para aplastar con su pie la cabeza del cuervo repelente, el demonio.

jueves, 13 de diciembre de 2012

San Isaías y la advertencia del Adviento



Al ambiente festivo de las lecturas anteriores correspondientes al tiempo de Adviento, la Iglesia introduce una lectura que no solo no tiene nada de festivo, sino que se corresponde más bien a un lamento: es el lamento de Yahveh que se duele amargamente por la suerte de su Pueblo Elegido. “Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña para tu beneficio, que te conduce por el camino en que debes andar. ¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos! Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia” (48, 17-19). Llama la atención que el Señor se dirija en estos términos, que más que reproches, son un triste lamento, que surge en el mismo Dios cuando comprueba el extravío de aquél a quien Él amaba con locura. El lamento de Yahvéh es el lamento de un padre o de una madre que no encuentra consuelo al recordar los malos pasos de su hijo descarriado: “¡Si tan sólo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Es decir, Yahvéh, frente al Pueblo Elegido, que lo cambiado a Él, el Dios de majestad infinita, que tantas maravillas ha obrado en su favor, para postrarse ante los ídolos de los gentiles, y que ha hecho del oro su dios, se queja amargamente, al comprobar la increíble ceguera de su Pueblo: “¡Si tan solo hubieras atendido a mis mandamientos!”. Luego continúa con una serie de beneficios, de dones, de sucesos alegres, que le habrían acaecido al Pueblo, si este hubiera escuchado y seguido sus Mandamientos: “Entonces habría sido tu paz como un río, y tu justicia como las olas del mar. Sería como la arena tu descendencia, y tus hijos como sus granos; nunca habría sido cortado ni borrado su nombre de mi presencia”. Como se puede ver, las consecuencias de este apartamiento, son terribles, puesto que quien se aparta “es cortado y borrado su nombre” de la “presencia” de Yahveh.
Ahora bien, si bien el Mesías se dirige, a través de San Isaías, a aquellos israelitas que, en vez de adorar a Dios, se construyen sus propios ídolos a medida, debido a que  también se aplica al tiempo de Adviento y de Navidad, el reproche y el lamento están dirigidos a los cristianos, principalmente a aquellos que convierten a la Navidad en una festividad pagana: son aquellos para quienes Papá Noel y no el Niño Dios, es el dueño y centro de la Navidad; son aquellos que piensan que festejar la Navidad es atiborrarse de manjares terrenos, de bebidas alcohólicas, de festejos trasnochados; son aquellos para quienes Navidad es sinónimo de consumismo, de alegría pagana, de sensualidad carnal, de música cumbia y rock y no de villancicos.
Pero para quienes ven en el Niño de Belén al Mesías Redentor, para quienes la fiesta principal de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, para quienes el manjar celestial está antes y es más importante que el manjar terreno; para quienes en Navidad se deleitan con la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, con el Pan Vivo bajado del cielo, y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; para quienes se alegran en la Virgen, Madre de Dios, ensalzándola y alabándola y dando gracias a Dios por su Maternidad virginal; para quienes adoran al Dios Niño, que del seno eterno del Padre viene a este mundo a través del seno virgen de la Madre, para nacer en un humilde pesebre, para ellos, no hay reproches, sino dulces palabras de amor: “Porque has atendido mis mandamientos, entonces tu paz es como un río, y tu justicia, como las olas del mar. Será como arena tu descendencia, y tus hijos como granos; nunca será cortado ni borrado su nombre de mi presencia”.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza de la Iglesia en Adviento



         A través del Profeta Isaías, Dios se dirige a su Pueblo, al cual llama: “gusanito” o “lombriz”: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel” (cfr. Is 41, 13-20), y esto para hacer significar tanto la extrema indefensión del Pueblo Elegido frente a sus enemigos, como la incapacidad de hacer algo sin la ayuda divina. Si bien esta revelación se da en el contexto del exilio y de los continuos asedios que sufre el Pueblo Elegido, la caracterización de “lombriz” o “gusanito” le corresponde a todo hombre, puesto que frente a su enemigo mortal, el demonio, el hombre es menos que un gusano, y sin la ayuda divina, nada puede hacer, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).
         Y si esta caracterización vale para todo hombre y en todo tiempo, es válida con mucha mayor razón para los miembros de la Iglesia en Adviento, puesto que en este tiempo litúrgico la Iglesia espera la llegada de su Mesías, de su Salvador, el cristiano descubre que el mundo, sin la Presencia de Dios, es un erial, un desierto poblado de chacales, un bosque incendiado, una manantial sin agua, un prado agostado, y por eso clama por su venida, porque ante tanta desolación y maldad, se siente impotente, como un “gusano”, como una “lombriz”.
         Pero si el hombre es descripto por el mismo Dios como “gusano”, resulta que este Salvador viene al mundo también como “gusano”, y como un “gusano escarnecido”, tal como lo describe el Salmo 22, en donde se contempla al Salvador en el Via Crucis:  “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo; los que me ven  me escarnecen” (6-7); el mismo profeta Isaías, cuando ve al Redentor en la Pasión, lo describe como “sin aspecto hermoso”, de “apariencia desfigurada”, y con un aspecto tan lastimoso, que quienes lo contemplan “dan vuelta el rostro” (cfr. Is 52, 14ss), horrorizados por el estado al que ha quedado reducido el Salvador a causa de la maldad del corazón humano.
         La descripción de “gusano” con la cual Dios mismo llama a su Pueblo Elegido, no  termina allí, porque Dios en Persona viene a rescatarlo: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel, pero no temas, Yo vengo en tu ayuda”, y ese “venir en ayuda”, es la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virgen de María y su posterior manifestación como Niño de hombre. Paradójicamente, el Dios omnipotente, que viene a rescatar a su creatura, el hombre, que frente a sus enemigos es como un “gusano”, y frente a su majestad divina es como “una lombriz”, viene Él también en la figura de “gusano” y de “lombriz”, porque viene como Niño humano, como si fuera el fruto de las entrañas del hombre. Pero no es fruto de hombre: proviene desde la eternidad, de las entrañas del Ser eterno de Dios Padre, es Dios como su Padre, y proviene desde el tiempo, por su encarnación, de las entrañas del ser creatural e inmaculado de la Virgen Madre, y es de la raza humana, como su Madre. El Niño que viene a rescatar al hombre, adopta la figura de un hijo de hombre, es decir, de un “gusanito”, de una “lombriz”, pero es Dios omnipotente, todopoderoso, que viene oculto en la frágil humanidad de un Niño recién nacido.
         La acción restauradora del Mesías, el Niño de Belén, es descripta por boca del profeta Isaías, por el mismo Dios, con la figura de un desierto que florece, en el que surge el agua pura y fresca de manantial, y en el que los árboles frondosos, las flores y los vergeles, sustituyen para siempre a la tierra seca y árida del desierto: “Haré brotar ríos en las cumbres desiertas y manantiales en medio de los valles; convertiré el desierto en estanques, la tierra árida en vertientes de agua. Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos silvestres; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y pinos, para que ellos vean y reconozcan, para que reflexionen y comprendan de una vez que la mano del Señor ha hecho esto, que el Santo de Israel lo ha creado”.
          Es la descripción de la acción de la gracia en el alma del hombre, gracia santificante que es traída por el Niño de Belén, el Mesías Salvador, que al hacer participar al hombre de la vida divina, provoca en el hombre una transformación, de ser creatural en ser divinizado, divinización que lo convierte en un ser de belleza extraordinaria, belleza que sólo pálida y lejanamente puede ser descripta por la figura del desierto que se convierte en paraíso terreno, en vergel florecido. Es esta la esperanza de la Iglesia en Adviento: la Llegada del Mesías que, con aspecto de Niño humano, divinizará al hombre con su gracia santificante, convirtiéndolo de “gusano” o “lombriz” en hijo adoptivo de Dios.

lunes, 10 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza del Adviento



         Contemplando al Niño de Belén, el Mesías, que ha venido para cancelar la deuda que el hombre tenía para con Dios, Isaías dice: “¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados”. El Niño Dios, nacido en Belén, ha venido para cancelar definitivamente la deuda que toda la humanidad había contraído con Dios a causa del pecado original; con su Sangre, que será derramada en la Cruz, la culpa del hombre ha sido perdonada, y esto es motivo de consuelo y de alivio para el Pueblo de Dios, porque ya no pesa más sobre él la pesada mano de la Justicia divina; con el Niño de Belén, Dios ha retirado la mano de su Justicia, y le ha tendido su mano abierta, la mano que ofrece el perdón, la paz y la reconciliación.
Para recibir a este Niño Dios, que trae la paz y el perdón de Dios; para recibir a este Niño que es el perdón divino encarnado porque es la misericordia divina materializada, el hombre necesita purificar su corazón, porque el Ser trinitario del Niño de Belén es puro, purísimo, inmaculado, perfectísimo, y delante de Él no puede comparecer un corazón turbio, con doblez, con imperfecciones, con impurezas, y es por esto que Isaías pide enderezar senderos, rellenar valles y abajar montañas, es decir, convertir el corazón, para comparecer delante de nuestro Dios, y para contemplar su gloria, que se hace visible, como un Niño, para Navidad: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.
Pero también Isaías anuncia que la llegada del Mesías, con su gracia santificante, “hace nuevas todas las cosas”, y la primera cosa que hace nueva es el hombre mismo, que sin Dios es como la hierba, que por la mañana está fresca, y por la tarde se seca; el hombre sin Dios y sin su gracia, es como la flor de los campos, que por la mañana está fresca y floreciente, pero al atardecer se pone marchita y mustia; el hombre en la tierra, lugar de destierro, su paso por ella, y los días de su existencia, son como la hierba que a la madrugada está verde y rozagante, pero con el paso del día y el calor del sol se va marchitando hasta secarse por completo: así es el hombre, que en su juventud está sano y vigoroso, y su musculatura y sus huesos son fuertes, pero a medida que pasan los años declina cada vez más, hasta llegar a la época de la senectud en que perece: “Una voz dice: ‘¡Proclama!’. Y yo respondo: “¿Qué proclamaré?”. (Proclama que) “Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos: la hierba se seca, la flor se marchita cuando sopla sobre ella el aliento del Señor. Sí, el pueblo es la hierba.
Si el hombre y sus días en la tierra es como “hierba que se marchita”, porque camina, desde que nace, hacia la muerte, no es así el Mesías, el Niño de Belén, la Palabra de Dios hecha Niño, porque Dios es eterno, Él es su misma eternidad: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. La Palabra de Dios, encarnada en el Niño de Belén, es eterna, estable, inmutable, y aunque existe desde la eternidad, es por siempre joven y fresca, como agua cristalina y pura, y ha venido para comunicar al hombre marchito y perimido de esta su juventud divina, para que el hombre que envejece en la tierra sea para siempre, eternamente joven en el cielo. 
Es este el mensaje que la Iglesia –y por lo tanto, todo bautizado- debe transmitir en Adviento, el mismo mensaje que anunciaba Isaías al Pueblo Elegido: señalar a los hombres, “con toda la fuerza de la voz”, “sin temor”, desde lo alto de las montañas, desde lo alto del cielo, desde los satélites creados por el hombre, a toda la tierra, a los hombres que habitan en la tierra, a los que vuelan por el espacio, a los que viajan bajo tierra, a los que surcan los océanos y bucean en las profundidades del mar, que nuestro Dios, el Dios Salvador, está ahí, en el Pesebre de Belén, en la pequeña humanidad de un pequeño Niño recién nacido; en Adviento, la Iglesia –y todo bautizado- grita al mundo, con toda la potencia de su voz, señalando al Niño del Pesebre: “¡Aquí está nuestro Dios!”. Es esto lo que Isaías quiere decir cuando dice: “Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

San Isaías y la alegría del Adviento



         Al contemplar la Llegada del Mesías -Isaías ve al Niño de Belén en visión, cientos de años antes de su Nacimiento-, San Isaías (cfr. 35, 1-10) expresa la alegría que éste traerá a la tierra, y expresa esa alegría en las figuras del desierto y de la tierra reseca que reciben el agua y en las flores que adornan la estepa: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”.
         Sin embargo, no contento con esta llamada a la alegría, San Isaías insiste todavía con más alegría y con cantos de júbilo: “¡Sí, florezca el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!”.
         Ahora bien, la alegría de San Isaías es tanto más festiva, cuanto que se trata de una alegría no conocida por el hombre, porque es la alegría por la llegada del Mesías, Mesías al cual no se lo conoce, y por lo tanto no se conoce la alegría que Él trae. Las alegrías representadas en las alegorías de la tierra reseca que recibe agua, y del prado florido, son solo eso, alegorías que sólo de un modo lejano permiten formar una idea acerca de cómo es en sí misma la alegría que trae el Mesías, puesto que es la alegría misma de Dios; aún más, es Dios, que es “Alegría infinita”.
         ¿Cuál es el motivo de tanta alegría? El motivo es que la Llegada del Mesías significará para la humanidad apartada de Dios -que sin Dios es, precisamente, como el desierto árido, como la tierra reseca y como el prado agostado-, una renovación en lo más profundo de su ser, una renovación tan profunda, que significará ante todo una re-creación, porque el Mesías traerá la gracia santificante, que al infundir la vida divina en el hombre, será para este como una nueva creación, así como el agua pura y cristalina da vida nueva al prado que muere y agoniza por la sequía.
         Así como la tierra sin lluvia, agostada, no permite que el prado florezca, así también la humanidad sin Dios, la humanidad caída en el pecado original, agoniza por haber perdido el contacto con la fuente de la vida, que es Dios mismo. Precisamente, el Mesías habrá de reestablecer ese contacto, habrá de inundar los valles resecos, las almas agostadas, sin la Presencia de Dios, con la gracia santificante, la cual penetrará en lo más profundo del ser del hombre, concediéndole una vida nueva, la vida absolutamente sobrenatural del Ser trinitario, haciéndolo partícipe de todas sus felicidades inabarcables, de sus alegrías inconcebibles, de sus gozos inimaginables, y éste es el motivo de la alegría por la llegada del Mesías, alegría a la cual invita San Isaías de modo insistente, y es también el motivo por el cual la Iglesia en Adviento invita a la alegría: porque el Mesías que viene y alegra el corazón del hombre al infundirle la vida divina del Ser trinitario, es el Niño Dios que nace en Belén, el Niño que extiende sus brazos en el Pesebre, para luego extenderlos en la Cruz y donar su Sangre como Vino de la Alianza Nueva Eterna, Vino que “alegra el corazón del hombre” con una alegría eterna e infinita.
         Dice Isaías: “…prorrumpa en cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. Este párrafo se dirige a la Iglesia, porque es la Iglesia quien contempla, en el Niño de Belén, “la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”, porque el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, que brilla con esplendor eterno, porque Él en sí mismo es “Luz eterna de Luz eterna”, tal como recita la fe de la Iglesia en el Credo; es por esto que quienes contemplan al Niño de Belén, “contemplan la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”.
         Isaías anima también a los desanimados y a los débiles, porque serán fortalecidos con la fuerza misma del Mesías: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios; Él mismo viene a salvarlos”. Es el Niño de Belén el Dios omnipotente, de cuya fortaleza recibirán participación, y al señalarlo al Niño de Belén, dirán: “¡Ahí está nuestro Dios!”.
         Isaías describe la acción de la gracia que viene a traer el Niño Dios, el Mesías, que viene a los hombres como un Niño: ya desde el Pesebre, el Niño Dios abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, a todo aquel que con corazón contrito y humillado se acerca a adorarlo: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces, el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. Será la gracia santificante, que brota del Niño de Belén como de su fuente inagotable, la que hará brotar fuentes de agua en el desierto, es decir, vida divina en los corazones de los hombres: “Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales”; es decir, el hombre, de corazón árido y desértico, será capaz de amar, por medio de la gracia santificante, con el mismo Amor divino del Mesías que viene como Niño.
        Pero este Mesías pacífico, que viene como Niño en Belén, causa de la alegría de los hombres, es también el Vencedor del infierno, y ante su solo Nombre santo, Satanás y sus legiones de ángeles caídos, se estremecen de terror y se sumergen en lo más profundo del Averno; el Niño de Belén derrota para siempre al ángel carroñero, el Príncipe de la mentira, el Falso e inventor de toda falsedad, y con su gracia expulsa al Gran Chacal del corazón del hombre, adonde había construido su pestilente madriguera: “…la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros”.    
         Éste Niño será el “Camino Santo”, el único camino que conducirá a la humanidad a su salvación, camino que surgirá en el corazón del hombre, por acción de la gracia, el mismo corazón que antes de la Venida del Mesías, era guarida de chacales, cueva de demonios: “Allí (en la morada donde se recostaban los chacales, convertida por la gracia en paraje de cañas y papiros) habrá una senda y un camino que se llamará “Camino Santo”, y este “Camino Santo” es el Niño de Belén, quien ya de adulto, antes de subir a la Cruz, se llamará a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.
         Este Camino Santo no será recorrido por los impuros ni por los necios, porque es camino de santidad, y la santidad del Ser divino participa de su pureza inmaculada a quien recorre el Camino Santo, Cristo Jesús, y tampoco será recorrido por los necios, porque los necios son los que dicen: “No hay Dios”, mientras que el que recorre este Camino Santo, no solo cree en el Hijo de Dios, sino que está deificado por la gracia.
         Por este Camino Santo “no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes”, es decir, no lo transitarán ni los hombres malvados, aliados del Príncipe de la mentira, ni los ángeles caídos podrán siquiera acercársele.
         Pero sí será transitado por los justos, por los que cargan la Cruz cada día en el seguimiento de Cristo Jesús, que marcha Camino del Calvario: “Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor”.
Finalmente, los que contemplen y adoren al Mesías en el Pesebre de Belén, se alegrarán con una alegría desconocida, la alegría misma de Dios, porque serán conducidos a la Jerusalén celestial, en donde iniciará un gozo imposible de ser imaginado, que no tendrá fin, “Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 17): “Y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua; los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
Es en esta alegría, vislumbrada, contemplada y cantada por el profeta Isaías, de la cual participa la Iglesia en Adviento, porque espera la Llegada de su Mesías, el Niño Dios, en un humilde pesebre, para Navidad.
        

jueves, 6 de diciembre de 2012

San Isaías, profeta del Adviento



         El profeta Isaías anuncia así la Llegada del Mesías: “¿No falta poco, muy poco tiempo, para que Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque?” (29, 17-24). El profeta suspira por un tiempo, que ya es cercano, pues “falta poco”, en el que el desierto, representado en el Líbano, se vuelva un vergel, y el vergel, islote florido del desierto, se convierta en bosque, y con esto quiere el profeta significar la Llegada del Mesías, porque su Presencia obrará maravillas en los hombres: en los alejados de Dios –simbolizados el desierto-, el Mesías infundirá su temor, y hará que estos vuelvan sus corazones a Dios; en los que ya tienen presencia de Dios –simbolizados en el vergel-, infundirá su Sabiduría y su Amor, de manera tal de quienes ya conocen y aman a Dios, lo conocerán y amarán todavía más, encendiéndose en el deseo de estar con Él para siempre. Es esto lo que quiere decir, cuando al final dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza”: el Mesías tendrá piedad de los que están lejos de Dios, y les concederá la gracia del regreso a su conocimiento y amor. Y como este Mesías, cuya Llegada anuncia Isaías, no es otro que el Niño de Belén, cuya llegada para Navidad anuncia la Iglesia, porque este Niño de Belén, con su gracia santificante, que brota del Él como de su fuente inagotable, perdonará los pecados de los hombres con la Sangre de su Cruz y encenderá sus corazones en el más grande Amor de Dios, con el fuego del Espíritu Santo, convirtiendo a los malos en buenos y a los buenos en santos.
         Isaías también dice: “En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y de oscuridad”: son los sordos y ciegos que serán curados por el Niño de Belén, aún antes de comenzar su vida pública; oirán los sordos y hablarán los mudos, pero no sólo los afectados en sus sentidos, sino ante todos los sordos y ciegos espirituales oirán la Voz del Salvador y proclamarán sus maravillas, en el tiempo y en la eternidad.
         Luego agrega: “Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”: son los que, con el corazón contrito y humillado, reconociéndose indigentes espirituales, necesitados de todo lo que Dios da, luz, amor, paz, alegría, se acercarán al Pesebre de Belén y adorarán a su Dios que se les manifiesta como un pequeño Niño recién nacido. Los humildes e indigentes, a diferencia de los pastores, que ofrecen al Señor sus pertenencias, sus ovejas, con su leche para que se alimente, y su lana para que se abrigue, y a diferencia de los Reyes Magos, que ofrendarán de sus riquezas, oro, incienso y mirra, al Rey de reyes, los humildes e indigentes nada material tendrán para ofrendar al Niño Dios, sólo su pobre corazón, hecho de nada más pecado, corazón que dejarán como ofrenda insignificante a los ojos de los hombres, pero valiosa a los ojos de Dios, y éste será el homenaje de su humilde adoración al Rey de reyes, el Niño de Belén.
         Isaías también habla acerca de quienes odian al Niño, los demonios, los ángeles rebeldes y caídos, y los hombres pervertidos, que libremente dejaron contaminar sus corazones con la ponzoña del mal, del orgullo, de la violencia, de la lujuria y de la lascivia, y que no aceptan que un Dios venga a ellos como Niño, a convertir sus corazones; estos tales, como dice Isaías, desaparecerán ante su vista: “Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, y porque sí no más perjudican al justo”. Isaías canta al Niño de Belén, que con su Encarnación y Nacimiento y Manifestación epifánica comienza la derrota del Príncipe de las tinieblas, Satanás, el Príncipe del mal, del odio, de la maldad, el inventor de la corrupción, de la muerte y del pecado; derrota que alcanzará su culmen en el triunfo de la Cruz, cuando con el madero ensangrentado venza para siempre al Enemigo de la raza humana, cuando su Madre, la Virgen, aplaste con su talón, con la fuerza de Dios Trino, la cabeza del astuto dragón y temible serpiente, para que nunca más pueda hacer daño a los hombres.
         Finaliza en este párrafo hablando el Mesías en Persona, por boca de Isaías: “En adelante, Jacob no se avergonzará ni se pondrá pálido su rostro. Porque, al ver lo que hago en medio de él, proclamarán que mi nombre es Santo, proclamarán santo al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel”. Y esto no es otra cosa que la Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sacrificio para el cual nace el Niño de Belén, sacrificio por el cual los hombres cantarán y glorificarán al  Dios Tres veces Santo, en el triple amén de la doxología eucarística; es en la Misa en donde los hombres glorificarán al Niño de Belén, que significa “Casa de Pan”, porque el Niño  que nace en la Casa de Pan, que es Belén, nace para ofrendarse como Pan de Vida eterna, que da la gloria divina y la vida eterna a los hombres.

martes, 4 de diciembre de 2012

San Isaías y el Adviento



         Escrito centenares de años antes del Nacimiento del Redentor, el libro del Profeta Isaías describe las esperanzas del Pueblo Elegido ante la Llegada del Salvador, y por eso mismo posee la esencia del espíritu de Adviento¨.
         Isaías (25, 6-10a) dice que “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, de vinos añejados, decantados”, y esto no es otra cosa que el Niño Dios, que naciendo en Belén, Casa de Pan, se ofrecerá a sí mismo en el Banquete Eucarístico como Pan de Vida eterna, como Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, y como Vino de la Nueva Alianza, que da la vida eterna.
         Será el Niño de Belén quien, extendiendo sus bracitos en el Pesebre para abrazar a quien se acerca a contemplarlo, “destruirá la Muerte para siempre”, como dice el Profeta Isaías, cuando ya adulto extienda sus brazos en la Cruz para derrotar definitivamente a la muerte, al demonio y al pecado.
         Isaías dice que “el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo”, y quien haga esto será el Niño nacido en Belén, quien con su Sangre derramada en la Cruz quitará el oprobio del pecado y, más que enjugar las lágrimas, hará sonreír, con gozo eterno,  a los que se dejen salvar por Él, al concederles la alegría de ser hijos de Dios, la gracia que brota de su Corazón traspasado como de una fuente inagotable.
         Isaías profetiza que “en esos tiempos” se dirá: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos: ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”, y quien viene a salvarnos es el Niño de Belén, y por Él y por la salvación que nos trae, nos alegramos en su espera en Adviento; el Niño al que esperamos que nazca para Navidad, al cual esperamos con ansias en Adviento, es el Señor, el Redentor del mundo, el Emmanuel, Dios con nosotros, que viene a derrotar a las tinieblas del infierno y a iluminarnos desde el Pesebre y desde la Eucaristía con su luz, la luz eterna del Ser divino, como anticipo de la vida eterna en los cielos.