San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 3 de febrero de 2016

San Blas, obispo y mártir


San Blas, nacido de familia noble y rica, fue médico y luego obispo de Sebaste, Armenia, padeciendo el martirio en tiempos del emperador Licinio[1]. Cuando comenzó la persecución, recibió una inspiración divina que le ordenó retirarse a una cueva del Monte Argeus, frecuentada únicamente por las fieras y en donde hizo vida de ermitaño. En la cueva del Monte Argeus, San Blas recibía con afecto a los animales salvajes, de quienes se dice que acudían en manadas para recibir su bendición y también para ser curados por el santo aquellos que estaban enfermos o heridos –sin embargo, nunca lo interrumpían en su tiempo de oración- y por esto, es patrono de los animales salvajes. Precisamente, su detención se produjo debido a que unos cazadores, que buscaban atrapar fieras para el circo romano, al anoticiarse de que en esa área se reunían manadas de animales salvajes –que eran los que iban a ver al santo-, encontraron a éste rodeado por los animales. Los cazadores intentaron capturar a las bestias, pero san Blas las espantó, las bestias se fueron y entonces le capturaron a él. Al enterarse de que era cristiano, lo llevaron preso ante el gobernador Agrícola. Cuando estaba en prisión –estando allí sanó muchos enfermos- lo privaron de alimentos, pero una mujer, agradecida por un milagro recibido de parte del santo, le llevó víveres y velas, y esto originó la costumbre de administrar una bendición especial a los enfermos, colocando dos velas (en memoria de las que llevaron al santo en su calabozo) en posición de una cruz de san Andrés, en el cuello o sobre la cabeza del suplicante, pronunciándose estas palabras: “Per intercessionem Sancti Blasi Liberet te Deus a malo gutturis et a quovis alio malo” (por intercesión de san Blas te libere Dios de todo mal de la garganta y de todo otro mal)[2].
El gobernador Agrícola intentó en vano hacerlo apostatar de la fe en Cristo Jesús, por lo cual terminó condenándolo a muerte. Ya de camino al suplicio, volvió a la vida a un niño que se había atragantado con una espina con una espina de pescado, y aquí es donde se origina la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta.
Finalmente fue echado a un lago, aunque no murió allí: milagrosamente, San Blas permaneció de pie sobre la superficie del lago, desde donde invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus dioses. Como es obvio, estos no pudieron hacerlo. Cuando volvió a tierra fue torturado y decapitado[3].
Al conmemorar a San Blas, debemos pedir la bendición de las gargantas, pero teniendo en cuenta, por un lado, que no solamente o exclusivamente debemos pedir esta bendición para implorar que Dios nos libere de males orgánicos o materiales de la garganta (tumores, infecciones, etc.), sino que, ante todo, debemos pedir que nos libere del peor mal de garganta –que se origina en el corazón- y que es la habladuría, la maldición, el perjurio, la blasfemia, la maledicencia, para que por nuestra garganta solo pasen palabras de bendición a Dios y de consuelo, amor y paz para nuestros prójimos. Por otro lado, en la conmemoración de San Blas, tampoco debemos quedarnos en el pedir la bendición de las gargantas, sino que debemos meditar y reflexionar en su condición de mártir, porque el mártir es un don del Espíritu Santo para la Iglesia Universal, de todos los tiempos; un mártir es una joya preciosísima que engalana la corona de la Santa Madre Iglesia: un mártir, como San Blas, nos está diciendo, con su sangre derramada por el Nombre de Cristo, que “no hay otro nombre dado bajo el cielo para la salvación” (Hech 4, 12); en consecuencia, debemos pedirle a San Blas que interceda para que, a imitación suya, seamos capaces de dar la vida antes que perder a Cristo y su gracia santificante.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En Alemania se le honra, además como uno de los catorce “heilige Nothelfer” (santos auxiliadores en las necesidades).
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En algunos lugares, existe también la tradición del “agua de san Blas”, que se bendice en su día y que generalmente se da a beber al ganado que está enfermo
[3] http://www.corazones.org/santos/blas.htm

lunes, 7 de octubre de 2013

Santa Pelagia y el camino a la eterna felicidad


Santa Pelagia antes de su conversión, 
entre sus cortesanos, 
mientras el obispo San Nono reza por ella
(manuscrito del Siglo XIV)

         Santa Pelagia, antes de su conversión, era una mujer joven y atractiva que vivía una vida desprejuiciada y disoluta. Una vez, al pasar por el frente de una iglesia, escuchó el sermón de un obispo -San Nono-, en el que se narraban las atroces penas del infierno, que les esperaban a quienes, como ella, inducían a otros al pecado. Tocado su corazón por la gracia, experimentó un profundo y repentino arrepentimiento perfecto, que la llevó a postrarse delante del obispo para, entre lágrimas, suplicar el bautismo, el cual le fue concedido. A partir de entonces, Pelagia –llamada Margarita por sus padres- repartió todos sus bienes entre los pobres y fue a recluirse en una gruta en el Monte de los Olivos, en Jerusalén, llevando una vida de intensa penitencia y austeridad hasta el día de su muerte.
         Santa Pelagia, luego de narrar su conversión, nos dice cuál es el camino para obtener la paz del alma en esta vida y la eterna felicidad en la otra: “Tal vez pocos comprendan lo feliz que se puede ser con una vida austera, de penitencia, renunciamiento y oración, porque así encontré el verdadero camino hacia Dios”. El mensaje de santidad de Santa Pelagia es un mensaje en donde se nos da la “clave de la felicidad” y como todo ser humano desea ser feliz, su mensaje es válido y actual: nos dice que, para ser felices, el camino es la renuncia a la satisfacción de las pasiones desordenadas y la renuncia a la acumulación innecesaria de inútiles bienes materiales, a lo que se suman la penitencia y la oración.
         El camino para la paz del alma y para la eterna felicidad que nos propone Santa Pelagia está al alcance de cualquiera; lo único que se necesita es, de parte de Dios, la gracia de la conversión, que permite iniciar este camino, y de parte del hombre, un corazón contrito y humillado, arrepentido de sus pecados y deseoso de ser verdaderamente feliz. El camino a la felicidad de Santa Pelagia es el opuesto al camino que nos muestra el mundo, porque para el mundo, gobernado por el Maligno, la felicidad está en todo lo opuesto: la satisfacción de las pasiones, la acumulación de bienes y de dinero, la diversión desenfrenada -y desesperada- como contrapartida a la oración.
         “Tal vez pocos comprendan lo feliz que se puede ser con una vida austera, de penitencia, renunciamiento y oración, porque así encontré el verdadero camino hacia Dios”. La felicidad de la austeridad, la penitencia y la oración que propone Santa Pelagia, se fundamenta en que son los escalones, los peldaños, de la escalera que nos lleva al cielo, en donde se encuentra la Fuente inagotable de la felicidad y la Alegría en sí misma, Dios Uno y Trino. Renunciar a las pasiones, hacer penitencia, hacer oración, son los peldaños que nos conducen a Aquel que es el Único que puede hacernos verdaderamente felices, Dios Trinidad.