San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 26 de septiembre de 2014

San Vicente de Paúl y el amor al prójimo como imagen viviente de Dios Encarnado


         San Vicente de Paúl se caracterizó por sus obras de misericordia corporales, especialmente las que se destinaban a la atención de los más necesitados e indigentes y para ello fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y también al servicio de los pobres y con la ayuda de santa Luisa de Marillac, fundó con ese mismo fin,la Congregación de Hijas de la Caridad. Esta predilección especial por los más carenciados se puede apreciar en algunas de sus frases: “Al servir a los Pobres se sirve a Jesucristo”[1]; “Por consiguiente, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo”[2]; “No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”[3]; “¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura”[4]; “Si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como Patrona en las cosas importantes, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo...”[5]; “No puede haber caridad si no va acompañada de justicia”[6]; “Nada más grande que un sacerdote a quien Dios de todo poder sobre su Cuerpo natural y su Cuerpo místico”[7].  Sin embargo, no hay que pensar que estas eran frases vacías, ni dichas para la posteridad en discursos académicos; tampoco fueron pronunciadas en salones de té, o en ruedas de amigos, sino que fueron vividas por San Vicente de Paúl en su vida diaria y practicadas con el ejemplo.
         ¿Por qué se dedicó San Vicente de Paúl con tanto empeño a hacer obras de caridad? Porque San Vicente de Paúl entendió, con sabiduría sobrenatural, que era imposible la salvación, sin amar al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado. San Vicente de Paúl entendió que lo que Jesús les reprochaba a los fariseos, que eran los hombres religiosos de su tiempo, no era su dedicación a la religión, sino que habían vaciado a la religión de su esencia, el amor y la misericordia, porque se habían apegado a los ritos inventados por los hombres, y se habían olvidado de la compasión, de la caridad, de la misericordia y del amor. San Vicente de Paúl comprendió que no se podía ser religiosos, es decir, ser cristianos, si no se vivía, de modo concreto, el amor al prójimo, y por eso mismo, llevó a la práctica, con obras concretas de misericordia, lo que Jesús dijo en el Evangelio, quien condicionó nuestra entrada en el Reino de los cielos, a nuestro amor de caridad para con nuestros hermanos más necesitados: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis; estuve preso y me visitasteis…” (Mt 25, 31-40). Que es también lo mismo que dice el evangelista Juan: “Quien dice que ama a Dios a quien no ve, pero no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).
         Nuestro prójimo es doblemente importante para nuestra salvación: primero, porque es “imagen  y semejanza de Dios”, porque fue creado a su imagen y semejanza, según el Génesis -y en la libertad y el amor está esa semejanza-, pero además, desde la Encarnación del Verbo, cada prójimo es imagen viviente de Dios encarnado, y Dios encarnado, en cierta manera, inhabita en cada prójimo y sobre todo, en el prójimo más desamparado y necesitado, y por eso, todo lo que hacemos a nuestro prójimo, en el bien y en el mal, se lo hacemos a Dios encarnado, que en él inhabita, y Dios nos lo devuelve al infinito, en el bien o en el mal. Esto lo comprendió muy bien San Vicente de Paúl, iluminado por la Sabiduría Divina y, movido por el Divino Amor, se decidió a socorrer a todas las imágenes vivientes de Dios encarnado que encontraba, deambulando en las calles, ateridas de frío, desamparadas, sin nada para comer, expuestas a los más grandes peligros, abandonadas por sus seres queridos y por la sociedad  y, con mucha frecuencia, por quienes ocupan bancos en las Iglesias. Que la conmemoración de San Vicente de Paúl nos recuerde que la religión no es recitar oraciones mecánicamente con los labios, sino elevar plegarias desde lo más profundo del corazón y acompañar esas plegarias con obras de misericordia, corporales y espirituales, atendiendo a los cristos sufrientes del camino, y que sólo así se gana el cielo.




[1] C. IX, 252.
[2] C. XI 342.
[3] C. XII, 262.
[4] CXII, 271.
[5]  C.XIV, 126.
[6] C. II, 54.
[7] http://www.corazones.org/santos/vicente_paul.htm

jueves, 3 de abril de 2014

Porqué el Verbo de Dios se encarna como el Sagrado Corazón


         ¿Por qué el Verbo de Dios se encarna? ¿Por qué, luego de encarnado, se deja crucificar? ¿Por qué, luego de crucificado, resucita? ¿Y por qué, luego de resucitado, se aparece como el Sagrado Corazón?
El Verbo de Dios se encarna como el Sagrado Corazón porque de esa manera podía, por un lado, agradar al Padre, ofreciéndole una Víctima Pura y Santa, inmolándose en el ara de la cruz, y por otro, podía ofrecerse como Don de Dios a los hombres, Don en el cual los hombres encontraran el perdón divino, la reconciliación y la plenitud del Amor de Dios y esto de manera tal que no les quedara ninguna duda acerca de las intenciones divinas. Al encarnarse como el Sagrado Corazón, el Verbo de Dios le ofrecería al Padre una ofrenda purísima, su Sacratísimo Corazón, Corazón en el cual arderían las llamas del Divino Amor. Ofrendado por el Hijo de Dios encarnado, desde el altar de la cruz, el Sagrado Corazón, ardiendo en el fuego del Divino Amor, sería la prenda de Alianza Eterna y definitiva que el mismo Dios realizaba con la humanidad y sería la prueba de que Dios perdonaba para siempre las iniquidades de los hombres, sellando con la Sangre de su Hijo el Pacto de Amor que Él había decidido establecer con los hombres.
A su vez, la Encarnación de Dios Hijo como el Sagrado Corazón, le ofrecía a los hombres la garantía de que Dios olvidaba para siempre sus horribles pecados, sus blasfemias, sus pactos con el enemigo de la humanidad -el mismo que los había hecho caer del Paraíso, la Serpiente Antigua-, con tal de que se arrepintieran de sus pecados y no los volvieran a cometer. En efecto, ¿cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si Dios Encarnado sube a la cruz y abre los brazos en la cruz y permite que su Corazón sea traspasado por la lanza, para que el contenido de su Corazón, el Amor Divino, el Espíritu Santo, brote incontenible con la Sangre y el Agua como un manantial de misericordia para que inunde el mundo entero y se derrame sobre las almas de los pobres hombres pecadores? ¿Cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si Dios Encarnado se les aparece con su Corazón en la mano y se los da para que se apropien de Él y gocen de las dulzuras de su Amor? Y finalmente, ¿cómo podrían dudar los hombres del Amor de Dios, si luego de aparecerse como el Sagrado Corazón, se continúa donando como el Sagrado Corazón Eucarístico en cada Santa Misa?
El Verbo de Dios, entonces, se encarna como el Sagrado Corazón, para poder ofrecer a Dios la ofrenda Pura y Santa, el Corazón del Hombre-Dios, envuelto en las llamas del Divino Amor, y para poder ofrecer a los hombres la Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico, Corazón que enciende al alma en el Fuego del Espíritu Santo.