San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 21 de agosto de 2023

San Pío X

 



          Vida de santidad[1].

Nacido en una familia pobre, humilde y numerosa, Giuseppe Melchiorre Sarto vino al mundo el 2 de junio de 1835 en Riese, Italia.

          Mensaje de santidad.

          Es conocido como “el Papa de la Eucaristía” debido a su gran devoción eucarística. Siendo el Vicario de Cristo, creía firmemente en la Presencia real, substancial de la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo, encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Precisamente, para que todos los católicos tuvieran acceso al verdadero tesoro de la Iglesia, que es la Eucaristía, fue él quien decidió que, a partir de ese momento, fuera posible la Comunión diaria -con las debidas disposiciones- y que los niños hicieran la Primera Comunión a partir del uso de razón, es decir, a los siete años de edad.

          En su primera encíclica, da un certero diagnóstico de la sociedad moderna y reflexiona acerca del motivo de la oscuridad espiritual que la caracteriza y es su alejamiento de Dios. El Papa dice así: “Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura”[2]. Ahora bien, nosotros podríamos parafrasear al Papa San Pío X y decir que no solo los hombres en general se han alejado de Dios, sino que los católicos en particular, se han alejado de Cristo Dios Presente en Persona en la Eucaristía y que ése es el origen, el fundamento y la raíz de los males de la sociedad actual.

          Luego San Pío X afirma que su misión, como Vicario de Cristo, es acercar a los hombres a Cristo, ya que sólo en Él encuentran los hombres el principio válido tanto para la convivencia social entre los hombres, como sociedad, como así también es Cristo “el único principio de vida y reconciliación para el mismo ser humano”.

          Llamaba a la santidad a toda la Iglesia, pero especialmente a los sacerdotes, ya que, si los sacerdotes no participan de la vida trinitaria por la gracia, difícilmente podrán hacer que los laicos lleven una vida de santidad: el Papa se preguntaba cómo podrían ellos -los sacerdotes ministeriales- los especialmente elegidos para esa misión, instaurarlo todo en Cristo si no era el suyo un corazón como el corazón sacerdotal del Señor Jesús, ardiente en el amor y en la caridad para con los hermanos. Sólo con una vida santa podrían sus sacerdotes ser portadores de la Buena Nueva del Señor Jesús para todo su Pueblo santo. Pero el Papa San Pío X llamaba también a los laicos, a los seglares, a llevar una vida de santidad, tal como lo exige su condición de hijos adoptivos de Dios.

          Como sacerdote, como obispo y luego como Papa, hizo todo lo posible por impulsar la enseñanza del Catecismo y por mantener la pureza de la doctrina; de hecho, se considera que el Catecismo de san Pío X es una perfecta síntesis de la doctrina católica que realizó el Papa Sarto cuando reelaboró un texto que él había escrito siendo obispo de Mantua. Bien sabía el Santo Padre que apartar la ignorancia religiosa era el inicio del camino para recuperar la fe que en muchos se iba debilitando y perdiendo incluso. Por esta misma razón, decidió actuar con firmeza contra el modernismo, condenando sus errores por medio de los decretos “Lamentabili” (julio de 1907) y la encíclica “Pascendi”, una encíclica que enumera y condena las doctrinas de los modernistas (8 de setiembre de 1907); aquí es donde el Papa afirma que “el modernismo es la cloaca de todas las herejías”. herejías que se originan en un racionalismo relativista que niega el carácter sobrenatural de la Palabra de Dios, del Magisterio y de la Sagrada Eucaristía, entre otras cosas, reduciendo lo sobrenatural al limitado campo de la razón humana.

          Por último, el Papa se destacó por su gran amor filial a la Virgen, la Madre de Dios: rezaba continuamente el Rosario y le gustaba llevarlo siempre entre sus manos. Visitaba todos los días la gruta de Lourdes, en los jardines Vaticanos y rezaba todos los días el Angelus. Como preparación inmediata para el 50 aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción publicó su encíclica “Ad diem illum”.

          El Papa Pío X nos deja entonces como legado un gran amor a la Eucaristía, un gran amor a la Santa Virgen, al rezo del Rosario y una advertencia, tanto a sacerdotes como a laicos, para no caer en los errores del modernismo, para profesar la fe católica en toda su pureza, sin rasgo de error alguno.

domingo, 18 de agosto de 2019

San Pío X


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          Vida de santidad[1].

          José Sarto, después Pío X, nació en Riese, poblado cerca de Venecia, Italia en 1835 en el seno de una familia humilde siendo el segundo de diez hijos. Ingresó en el seminario y luego ocupó los puestos de vicepárroco, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia. Muchas son las anécdotas de este santo que reflejan tanto su santidad como su lucha por superar sus defectos, entre ellas destacan tres:
En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. En Roma no era candidato para algunos por no hablar francés y él mismo se consideraba indigno de tal nombramiento. Fue elegido Papa pero se negó, aduciendo que era indigno; los Cardenales le dijeron que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios, luego de lo cual aceptó el cargo. Tres eran sus más grandes características: la pobreza, ya que fue un Papa pobre que nunca fue servido más que por dos de sus hermanas para las que tuvo que solicitar una pensión para que no se quedaran en la miseria a la hora de la muerte de Pío X; la humildad: Pío X siempre se sintió indigno del cargo de Papa e incluso no permitía lujos excesivos en sus recámaras y sus hermanas que lo atendían no gozaban de privilegio alguno en el Vaticano; la bondad: nunca fue difícil tratar con Pío X pues siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadoso con quien necesitara de él. Fundó el Instituto Bíblico para perfeccionar las traducciones de la Biblia y nombró una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico. Promovió el estudio del Catecismo. Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.

          Mensaje de santidad.

Dentro de sus obras destaca el combate contra dos herejías en boga en esa época: el Modernismo, herejía a la cual la combatió en un documento llamado “Pascendi” estableciendo que los dogmas son inmutables y la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral; la otra herejía que combatió fue la del Jansenismo que propagaba que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible; en contraposición Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendía quien está en la Santa Hostia Consagrada. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía. Al recordarlo, recordemos entonces que los dogmas de la Iglesia son inmutables, es decir, que no cambian, aun cuando las costumbres y las culturas de los hombres cambien con el tiempo y esta inmutabilidad se debe a que los dogmas no dependen de elucubraciones de teólogos ni de razonamientos humanos, sino del Ser divino trinitario y de la constitución íntima de Dios como Uno y Trino. Pretender cambiar los dogmas es algo imposible, además de una herejía y un atentado contra el Ser de Dios y contra la fe de la Iglesia Católica, fe que es inmutable hasta el fin de los tiempos.



martes, 21 de agosto de 2018

San Pío X y su lucha contra el Modernismo laxista y el Jansenismo rigorista



El Papa San Pío X se caracterizó porque combatió a dos grandes herejías de su época: una, llamada “Modernismo”, que afirmaba que los dogmas no son inmutables y que la Iglesia no tiene autoridad para dar normas de moral. Según esta herejía, por ejemplo, no es dogma el hecho de que la Virgen sea la Inmaculada Concepción, con lo cual se puede enseñar que tenía pecado original, lo cual es una ofensa contra la Virgen; también según esta herejía, la Iglesia no tendría autoridad para enseñar, por ejemplo, cómo deben comportarse los esposos entre sí y en relación a los hijos. Para esta herejía, están bien entonces el divorcio y la ideología de género. A esta herejía el Papa San Pío X la combatió en un documento llamado Pascendi en el que establecía que los dogmas son inmutables –pueden progresar en su entendimiento, pero siempre según el sentido original- y la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral, por lo tanto, la Iglesia sí puede decir a los esposos que tienen prohibido divorciarse y que la ideología de género está equivocada y hay que combatirla.
La otra herejía que combatió el Papa Pío X fue la del “Jansenismo”, que propagaba que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible porque decían que Dios había predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación por lo que no tiene sentido dar la Comunión a los niños, porque muchos de ellos se condenarán; además, para recibirla, los jansenistas[1] sostenían una moral muy estricta, lo cual demostraba una gran desconfianza, tanto en la libertad del hombre, como en la gracia de Dios: entonces, el Papa dijo que los niños sí podían recibir la comunión, porque Dios quiere que todos nos salvemos y por eso nos da la gracia suficiente para salvarnos; por el otro lado, está la libertad del hombre, en la que hay que confiar, ya que es de suponer que todo hombre quiere salvarse. Entonces, en contraposición al Jansenismo, Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendía quien está en la Santa Hostia Consagrada[2]. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía y por esto es el Patrono de los Catequistas.
Las dos herejías, el Modernismo y el Jansenismo, que propiciaban dos extremos, la primera, una relajación de fe y moral y la segunda, un endurecimiento de la moral, ambas, dejaban de reflejar el verdadero rostro de la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Lo que nos dice el Papa Pío X es que, por un lado, los dogmas son inmutables y la Iglesia sí puede fijar normas de moral; por otro lado, Dios quiere que todos los hombres se salven y que accedan prontamente, en la niñez, al Sacramento de la Eucaristía, para responder con su libertad al llamado de Dios de la conversión y la salvación.
Siguiendo el ejemplo del Papa Pío X, procuremos nosotros mismos no caer en los mismos errores.


[1] Según los jansenistas, la predestinación es la razón por la que algunos hombres poseen la gracia eficaz y otros no. Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación. Según esta doctrina, las obras son buenas o malas. No puede existir la moral probabilista, porque lleva al laxismo. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Jansenismo. En relación con los sacramentos es la ascética propia del movimiento la que los aleja progresivamente de su práctica, en especial de la Eucaristía. Esto se fijó con el escrito De la fréquente communion de Arnauld, que, argumentando desde la praxis penitencial de la Iglesia Antigua, invocaba esa práctica para usarla en una serie de condiciones que era necesario cumplir para poder recibir la Reconciliación o la comunión. De ahí también que su rigorismo en materia moral fuera cada vez más extremo.


lunes, 21 de agosto de 2017

San Pío X


Vida de santidad[1].

José Sarto nació en Riese, poblado cerca de Venecia en el año 1835, en el seno de una familia humilde, siendo el segundo de diez hijos. Ingresó en el seminario y pudo terminar sus estudios gracias a una beca que le consiguió un sacerdote amigo de la familia. Luego de ser ordenado sacerdote, vicepárroco, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia y finalmente Papa.
Era de carácter irascible –una vez abofeteó a su hermana que le reprochó el ser quejoso por un dolor de muelas-, aunque trabajó mucho para endulzar su carácter, teniendo como ideal a seguir la frase de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. Durante la elección los Cardenales se inclinaron en principio y por mayoría por el Cardenal Rampolla, sin embargo el Cardenal de Checoslovaquia anunció que el Emperador de Austria no aceptaba al Cardenal Rampolla como Papa y tenía el derecho de veto en la elección papal, por lo que el Cardenal Rampolla retiró su nombre del nombramiento. Reanudada la votación los Cardenales se inclinaron por el Cardenal Sarto quien suplicó que no lo eligieran hasta que una noche una comisión de Cardenales lo visitó para hacerle ver que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios. Aceptó pues convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo. Eligió el nombre de “Pío”, inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión.
Como Papa, se caracterizó por tener tres grandes virtudes: pobreza, humildad y bondad. Con respecto a la pobreza, como Papa fue asistido solo por sus dos hermanas, las cuales vivieron pobremente después de la muerte del Pontífice, debido a que éste no tenía propiedad ni dinero alguno. Vivió radicalmente la verdadera pobreza, la pobreza de la Cruz, la pobreza digna que rechaza los bienes materiales porque elige los bienes eternos; la pobreza que consiste en poseer materialmente sólo lo que conduzca al Reino de Dios, como Jesús, cuyos bienes materiales eran sólo los tres clavos de hierro, la corona de espinas, el leño de la cruz, el lienzo para cubrir su humanidad, y el cartel que decía en griego, hebreo y latín: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Con respecto a la humildad, el Papa Pío X se consideró siempre indigno del cargo de Papa, además de no permitir lujos excesivos en sus recámaras y de no permitir un trato especial a sus hermanas, por el solo hecho de ser “hermanas del Papa”. La otra virtud que lo caracterizó fue la bondad: como vimos, no tenía un buen carácter y con frecuencia se dejaba llevar por la irascibilidad, aunque se propuso imitar a Jesús, “manso y humilde de corazón”, logrando tal propósito, pues siendo Papa, siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadoso con quien necesitara de él.
Dentro de sus obras se destacan la fundación del Instituto Bíblico, destinado a perfeccionar las traducciones de la Biblia; la creación de una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico, y la promoción del estudio del Catecismo, por lo que luego fue nombrado “Patrono de los catequistas”.
También se destaca su combate –intelectual y espiritual- contra dos grandes herejías en boga en esa época: el Modernismo y el Jansenismo. Para combatir al Modernismo, escribió la encíclica llamada “Pascendi Dominici Gregis” (8 de septiembre de 1807), mediante la cual afirmaba que los dogmas son inmutables y que la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral (Lerins dice que el dogma; la otra herejía que combatió fue la del Jansenismo que sostenía equivocadamente que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible; en contraposición Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendían quien está en la Santa Hostia Consagrada, lo cual ocurre, en el ser humano, a partir de la edad de siete años, con el inicio del uso de la razón. Este decreto le valió ser llamado el “Papa de la Eucaristía”.
Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.

Mensaje de santidad.

Dentro de sus múltiples virtudes, podemos considerar que el combate contra el Modernismo fue uno de los más valiosos legados que nos dejó este santo pontífice. Podría pensarse que, al definir que un dogma no puede ser modificado, el Papa Pío X convirtió a la religión en una estructura “fija”, “inmóvil”, “inerte”, sin capacidad de progreso. Sin embargo, nada de esto es verdad, pues la definición de inmutabilidad del dogma se debe interpretar según las consideraciones de San Vicente de Lerins[2], en el sentido de que un dogma, efectivamente, no puede ser modificado, aunque sí puede haber progresos en su interpretación, a condición de que no se trate de modificación alguna: “Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación. Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido”.




[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/saints/pio_x.htm
[2] Conmonitorio, n. 23.

viernes, 21 de agosto de 2015

San Pío X y el porqué de rezar con los Salmos


         ¿Por qué rezar con los salmos? Además de los consagrados, ¿puede un laico rezar con los salmos? San Pío X nos da las respuestas a estas preguntas y nos da las razones por las cuales hay que rezar con los salmos y por las cuales un laico también debe rezar los salmos, y no solo los consagrados. San Pío X afirma que los salmos sirven para “suscitar la piedad cristina” ofreciendo por ellos a Dios un tributo de alabanza. Así, se constituye en “voz de la Iglesia” que enseña a los fieles a “alabar a Dios y al Cordero”[1].
        Además, continúa San Pío X, los salmos inducen a cultivar las más altas virtudes”. Con San Atanasio, afirma que los salmos “son como un espejo, en el que los que salmodian se contemplan a sí mismos y sus sentimientos y con estos sentimientos los recitan”. Para reafirmar esta idea, cita a San Agustín, quien sostiene que “lloró” con los salmos, al tiempo que se sentía “inflamado de piedad” a medida que “la verdad” se iba haciendo más clara dentro de sí. Pero luego San Pío X dice que los salmos expresan “esbozado” a Cristo y, con San Agustín, afirma que este Crsito que ora en los salmos agradece, suplica, intercede, adora a Dios: "¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando, ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad»?". 
      Ahora bien, en la misma línea de San Agustín, podemos afirmar que rezar los salmos implica algo mucho más profundo que el suscitar subjetivamente sentimientos de piedad y es algo mucho más profundo que elevar alabanzas a Dios "con los propios sentimientos", como dice San Atanasio. ¿Por qué decimos esto? Trataremos de explicarlo. Según lo que afirma San Agustín, rezar con los salmos es imitar a Cristo, porque si es que Cristo está esbozado en los salmos, entonces quien reza el salterio imita a Cristo que por los salmos agradece, alaba, adora a Dios, al igual que Cristo, es decir, lo imita. 
      Pero decimos que también significa algo todavía más profundo, desde el momento en que no se trata de solo imitar a Cristo, sino de participar de su propia oración al Padre; es unirse mística, espiritual y sobrenaturalmente a Cristo orante. Es decir, quien reza los salmos, mucho más que verse encendido en deseos de virtud y de piedad, participa místicamente de la oración que Cristo eleva a Dios por medio de los salmos, se identifica con Cristo, hace suyos sus mismos sentimientos y se convierte, por así decirlo –por medio de esta participación a la oración de Cristo- en Cristo que ora al Padre. Y así se constituye en la “voz de la Iglesia” de la que habla San Pío X, porque con los salmos, rezan a Dios el Cuerpo Místico unido a la Cabeza, que es Cristo.
       Estas son entonces las razones por las cuales el cristiano laico -y no solo el consagrado- debe rezar con los salmos: no solo porque le suscitan sentimientos de piedad y deseos de virtud, sino porque la verdad se abre paso en sus almas por la recitación del salterio, y esa verdad es la unión mística y sobrenatural con Cristo Cabeza del Cuerpo Místico, que a través de los salmos eleva su espíritu al Padre.



[1] De la Constitución apostólica Divino afflante Spiritu, del Papa San Pío X; (AAS 3 [1911], 633-635)

miércoles, 20 de agosto de 2014

San Pío X, el Papa que amaba la Eucaristía


De entre todas las admirables virtudes que caracterizaron a San Pío X, sobresale su gran amor a la Eucaristía y puesto que amaba tanto a Jesús en la Eucaristía, quería que todos participaran de ese amor, de modo que promulgó un decreto[1] permitiendo la comunión diaria, en un momento en el que la comunión diaria era muy poco frecuente; además, por este decreto, amplió la recepción de la Eucaristía a los enfermos y a los niños, a partir de los 7 años, cuando ya tuviesen uso de razón.
En el decreto, San Pío X daba la razón por la cual permitía la comunión diaria, que no es “ni el honor ni la reverencia” a Jesús, “ni el premio a la virtud”, sino “el fortalecimiento interior por la gracia”: “La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana”[2].
Continúa San Pío X afirmando que la comunión diaria era una práctica común entre los primeros cristianos, en la Iglesia primitiva, y que también lo hacían los Apóstoles y así lo enseñaban los escritores eclesiásticos, y que esto daba grandes frutos de santidad[3].
Éste es el deseo de Jesús, dice San Pío X, al instituir la Eucaristía, porque Él quería que todos los hombres se alimentaran, más que con alimentos materiales, con su Cuerpo y con su Sangre, y para demostrarlo, hace una exégesis de la cita del Evangelio de Juan en la Última Cena, en donde Jesús se proclama a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo: “Estos deseos coinciden con los en que se abrasaba nuestro Señor Jesucristo al instituir este divino Sacramento. Pues El mismo indicó repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el maná que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”[4]. De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico”.
Luego, San Pío X, por medio del decreto, establece libertad para que “1º- los fieles cristianos de cualquier clase y condición que sean, comulguen frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención.
2º – La rectitud de intención consiste en que el que comulga no lo haga por rutina, vanidad o respetos humanos, sino por agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor y aplicar esta medicina divina a sus debilidades y defectos.
3º – Aunque convenga en gran manera que los que comulgan frecuente o diariamente estén libres de pecados veniales, al menos de los completamente voluntarios, y de su afecto, basta, sin embargo, que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar; y con este sincero propósito no puede menos de suceder que los que comulgan diariamente se vean poco a poco libres hasta de los pecados veniales y de la afición a ellos.
4º – Como los Sacramentos de la Ley Nueva, aunque produzcan su efecto ex opere operato, lo causan, sin embargo, más abundante cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la
Sagrada Comunión una preparación cuidadosa y le siga la conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno”[5].
La Iglesia, posteriormente, resumirá las disposiciones para comulgar, en las siguientes: vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, estar en estado de gracia y libres de pecado mortal, y hacer una preparación espiritual adecuada antes de recibir la sagrada comunión, es decir, saber a quién se va a recibir. Esto se complementa con una adecuada acción de gracias luego de la comunión sacramental.
         Entonces, al conmemorar a San Pío X, recordemos que su intención era que comulguemos diariamente; sin embargo, en nuestros días, se ha caído tal vez en el error opuesto, en la comunión por rutina, en la comunión mecánica, en la que no se piensa en lo que se está recibiendo, ni en Quién es Aquél a quien se recibe en la Eucaristía; en nuestros días, tal vez se piensa en la Eucaristía como en un derecho o en un premio, más que como en lo que Es en verdad, Dios Hijo encarnado y oculto en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hijo de Dios. Entonces, la conmemoración de San Pío X, es una muy buena oportunidad para que pensemos en cómo vivimos nuestra comunión diaria –los que comulgamos diariamente-, es una muy buena oportunidad para que pensemos que nuestra comunión diaria nunca puede ser rutinaria, porque no comulgamos un trozo de pan material: comulgamos al Pan Vivo bajado del cielo: comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, que quiere incendiarnos en el Amor Divino, y por lo tanto nuestros corazones, deben estar en gracia, y no deben estar cerrados al Amor, por la oscuridad del pecado mortal; comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, que está inmerso en un mar de dolores, por nuestros pecados, y por lo tanto, no podemos estar distraídos, pensando en nuestros asuntos temporales, terrenos, banales, materiales, ya que Jesús quiere hacernos partícipe de sus dones, de sus gracias, y la gran mayoría de las veces debe retirarse, entristecido, sin haber podido dejar sus gracias, debido a nuestra distracción, tal como Él mismo se lo dijo a Sor Faustina Kowalska; comulgamos a Jesús, vivo, resucitado y glorioso, y por eso debemos vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, para mantenernos unidos a Él y para no separarnos de Él por los falsos atractivos del pecado, del mundo y de la carne, para estar, en todo momento, preparados para el encuentro cara a cara, porque el Jesús al cual comulgamos, oculto en la Eucaristía, y del cual recibimos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Jesús al cual veremos, cara a cara, el día de nuestra muerte, el día en el que, por su Divina Misericordia, esperamos ingresar en la feliz eternidad. Para ese día, para ese feliz día, en el que deseamos verlo cara a cara, es que nos preparamos en cada comunión eucarística, acumulando en nuestros corazones, como un avaro acumula monedas de oro en su arcón, el Amor que Jesús deposita en nuestros corazones en cada comunión eucarística y por eso la comunión eucarística diaria, deseada por San Pío X, nunca puede, ni debe ser, para nosotros, rutinaria.




[1] Cfr. “Sacra tridentina synodus” (Decreto), SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905.
[2] Cfr. Sacra tridentina synodus, 3.
[3] Cfr. ibidem, 4.
[4] Jn 6, 51-58
[5] Cfr. ibidem, 10.

miércoles, 21 de agosto de 2013

San Pío X y la pureza de la fe, necesaria para entrar en el Reino de los cielos


          San Pío X  se caracterizó, además de por su vida de santidad, por combatir contra un movimiento teológico llamado "modernismo", según el cual tanto la Iglesia como sus dogmas son solo instituciones creadas por el hombre. Según esta concepción, si la Iglesia y sus dogmas son creaciones de la mente humana -que los crea de acuerdo al contexto histórico en el que vive al momento de la creación-, entonces, como tales, como creaciones humanas, necesitan ser revisadas y reformadas constantemente, de acuerdo a la evolución de la historia, de la cultura, del pensamiento y de los hábitos de los hombres.
          Si lo que sostiene el modernismo fuera verdad, entonces nada en la Iglesia subsistiría y ninguno de sus dogmas sería inmutable, y la Iglesia se conmovería en sus cimientos, porque no existiría una Verdad absoluta divina, en sí misma, fuente de las verdades dogmáticas sobre las que asienta el edificio espiritual de la Iglesia. Así, la Iglesia no sería la "Esposa del Cordero", Cristo no sería el Hombre-Dios que murió en la cruz y resucitó para salvarnos, no existirían ni cielo ni infierno -o si este existe, estaría vacío-, etc. etc., porque si los dogmas dependen de las elucubraciones de la mente humana, todo puede cambiar, porque el hombre de inicios de la vida cristiana no piensa lo mismo que el de la Edad Media, y este a su vez no piensa lo mismo que el hombre del siglo XXI. Si se siguieran los postulados del modernismo, la Iglesia sufriría una revolución radical desde sus cimientos, en donde perdería toda referencia a lo sagrado, con lo cual se reemplazaría a la Esposa de Cristo por una institución religiosa de origen humano, como tantas otras, puesto que el modernismo basa sus postulados en el racionalismo, el subjetivismo y el relativismo, es decir, todas deformaciones del pensamiento humano que no tiene por guía a la Verdad en sí misma, revelada en Jesucristo, sin dar cabida, al mismo tiempo, a todo aquello que en la Iglesia es de origen divino.
          San Pío X fue capaz de entrever el peligro mortal que para la Iglesia -y, por lo tanto, para las almas- significaba el modernismo, y por ello dedicó gran parte de los esfuerzos de su pontificado para combatir a este movimiento, llevado a cabo sin duda por personas de buenas intenciones, pero que habían perdido el horizonte de la fe y ponían por tanto en riesgo la salvación eterna propia y la de centenares de miles de almas.
          Dentro de los elementos con los cuales San Pío X combatió al modernismo, se encuentra el denominado "Juramento Antimodernista", que asegura, a quien lo cumple, una fe limpia, pura, simple -por perfecta-, sin contaminación de ninguna clase.
         El Juramento puede servir como un examen de conciencia para el católico, para determinar cuán pura es su fe -y así adecuar las obras a la fe-, puesto que no es lo mismo creer en los postulados del modernismo, que en los postulados del Juramento Antimodernista de San Pío X.
          Según el Juramento Antimodernista, el católico cree en Dios como principio y fin de todas las cosas, que puede ser conocido por la razón, por medio de la Creación -obra de la Sabiduría y del Amor divino-, así como la causa se conoce por el efecto. Con esto se descarta de raíz el planteamiento central del gnosticismo de la Nueva Era, según el cual Dios es en realidad "energía cósmica impersonal".
          Para el católico, los milagros y las profecías no son "fabulaciones de la mente", sino signos certísimos del origen divino de la religión cristiana, signos los cuales son acordes a los hombres de todos los tiempos.
          El católico cree que la Iglesia ha sido instituida de modo próximo y directo por Cristo en persona, y que está edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía, y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos. Al mismo tiempo, solo la Iglesia es guardiana y maestra de la Palabra revelada, porque está guiada por el Espíritu Santo.
          El católico recibe y cree, con el mismo y sentido y la misma interpretación, la doctrina de la fe transmitida por los Apóstoles a través de los Padres ortodoxos. En consecuencia, rechaza la suposición herética de que los dogmas "evolucionan", pudiendo cambiar de sentido para constituirse en otro diferente al dado por la Iglesia.
          El católico cree que "la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades del subconsciente, bajo el impulso del corazón y el movimiento de la voluntad", sino el asentimiento libre por el cual se cree a Dios que se revela y que en cuanto tal es Verdad absoluta en sí misma, lo cual quiere decir que no puede enseñar nada falso o engañoso.
          El católico sostiene que su fe no contradice a la historia, y que sus dogmas se corresponden con el origen real de la religión cristiana.
          El católico rechaza la "doble personalidad", como si su fe de creyente contradijera a los hechos históricos, y también se niega a sostener cosas que contradigan la fe de la Iglesia, como así también a establecer premisas que, sin negar directamente los dogmas, llevarían a concluir que los dogmas son o bien falsos, o dudosos.
          El católico juzga e interpreta la Sagrada Escritura según la Tradición de la Iglesia, la analogía de la fe y las normas de la Sede Apostólica, al tiempo que rechaza los errores de los racionalistas que eliminan de raíz el misterio divino.
          El católico cree firmemente en el origen sobrenatural de la Tradición católica y en la promesa divina de preservar por siempre toda la Verdad revelada.
          El católico se declara "opuesto al error de los modernistas que sostienen que no hay nada divino en la Sagrada Tradición", aunque también rechaza el sentido panteísta, según el cual "un grupo de hombres por su propia labor, capacidad y talento han continuado durante las edades subsecuentes una escuela comenzada por Cristo y sus apóstoles".
          El católico promete, ayudado por Dios y los Santos Evangelios, mantener su fe incontaminada con los errores modernistas.
          San Pío X nos ayuda, entonces, a mantener pura nuestra fe católica, para que, obrando según lo que creemos, alcancemos la eterna felicidad en el Reino de los cielos.