San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 24 de abril de 2023

San Marcos Evangelista

 



         Vida de santidad[1].

         La Iglesia celebra la Fiesta de San Marcos, Apóstol y Evangelista, el 25 de abril. Fue uno de los cuatro escritores de los Evangelios, quienes nos brindan un relato claro de la vida y enseñanza de Jesucristo. Conocemos a San Marcos, por lo tanto, principalmente a través de su autoría del segundo Evangelio, el Evangelio según San Marcos. De otra parte, de las Escrituras, también se sabe que acompañó a Pablo y Bernabé en sus viajes. Y por la Tradición, se sabe que fue el secretario de San Pedro y el fundador de la Iglesia en Alejandría, Egipto.

         Mensaje de santidad.

La proclamación del Evangelio (o kerygma apostólico) se presenta clásicamente en el discurso de Pentecostés de San Pedro (especialmente Hech 2, 36-38). Siendo San Marcos el "secretario" de San Pedro, no sorprende, por tanto, que San Marcos comience su propio relato con el llamado al arrepentimiento de Juan el Bautista (Mc 1, 4) mediante esta proclamación: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios ha llegado. Arrepentíos y creed en el evangelio”. (Mc 1, 4, 14-15). El “arrepentirse y creer en el Evangelio”, sería, entonces, el corazón del propio mensaje del Señor y sería también lo que los apóstoles debían predicar cuando fueran enviados (Mc 6,12). Este arrepentimiento y conversión del corazón consistiría en la fidelidad a Dios, la cual no debía caracterizarse simplemente por una fidelidad externa a la ley, aunque la justicia lo requiera, sino principalmente por un cambio interior del corazón y la mente a los caminos de Dios. Este Camino es una Persona, cuyo ejemplo y enseñanza expresan un amor divino que realiza perfectamente la justicia (cfr. Mc 7, 18-23; Mc 12, 28-34); esa Persona es la Segunda de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth. La conversión, que es un don concedido por la gracia, consiste entonces en San Marcos en despegar el corazón de las cosas bajas de la tierra, para dirigir el alma y el corazón a Nuestro Señor Jesucristo, que luego de resucitado está a la diestra del Padre en los cielos y aquí en la tierra, está en la Sagrada Eucaristía. El Evangelio de Marcos es uno de los principales justificativos que tiene la Iglesia Católica para evangelizar a las naciones paganas -un ejemplo maravilloso de esta evangelización es la Conquista y Evangelización de América por parte de España-, porque la Evangelización no es proclamar una cultura, sino el mensaje de una Persona, la Persona Segunda de la Trinidad, Jesús de Nazareth y esta proclamación del Evangelio, del mensaje de Jesucristo, no es una opción para la Iglesia Católica, sino un mandato divino, un mandato del mismo Señor Jesucristo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado. Arrepentíos y creed en el Evangelio".

 

        

viernes, 6 de noviembre de 2020

San Josafat, obispo y mártir


 


         Vida de santidad[1].

         Desde niño, su madre le enseñó a contemplar el Santo Crucifijo, cosa que hacía con gran devoción. Al llegar a la juventud, a pesar de tener la posibilidad de contraer matrimonio, eligió ingresar en el seminario, para ser sacerdote de Jesucristo. Tomada la decisión, ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad en Vilma, capital de Lituania, en 1604. En el convento se destacó por su gran fervor hacia la Sagrada Escritura, la oración y la penitencia, además de su caridad para con los más necesitados. Tenía el don del consejo y de la paz y así lograba que muchas abandonaran el cisma y se convencieran de que la verdadera iglesia de Jesucristo era la Iglesia Católica. Corría el año 1595 y los principales jefes religiosos ortodoxos de Lituania habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero los más intransigentes dentro de los ortodoxos se habían opuesto violentamente, llegándose incluso a producirse desórdenes callejeros. Al ingresar al convento, el santo se decidió a trabajar y sacrificarse para lograr que su nación se pasara a la Iglesia Católica. En 1617, fue nombrado arzobispo de Polotsk, dedicándose a reconstruir templos y a obtener que los sacerdotes se comportaran de la mejor manera posible. Visitó una por una todas las parroquias. Redactó un catecismo y lo hizo circular y aprender por todas partes. Sucedió que un tal Melecio se hizo proclamar de arzobispo en vez de Josafat (mientras este visitaba Polonia) y algunos revoltosos empezaron a recorrer los pueblos iniciando una revuelta contra el santo, diciendo que no querían obedecer al Papa de Roma. El santo decidió acudir para llamar a los revoltosos a la unidad con la Iglesia de Roma; fue recibido con piedrazos e insultos e incluso intentaron matarlo. El santo les dijo: “Sé que ustedes quieren matarme y que me atacan por todas partes. En las calles, en los puentes, en los caminos, en la Plaza Central, en todas partes me han insultado. Yo no he venido en son de guerra sino como pastor de las ovejas, buscando el bien de las almas. Pero me considero verdaderamente feliz de poder dar la vida por el bien de todos ustedes. Sé que estoy a punto de morir, y ofrezco mi sacrificio por la unión de todas las iglesias bajo la dirección del Sumo Pontífice”. Sus enemigos rechazaron la oferta de paz de San Josafat y se dispusieron a asesinar a sus colaboradores, para luego asesinarlo a él. Cuando el santo vio que iban a linchar a sus colaboradores, salió al patio y gritó a los atacantes: “Por favor, hijos míos, no golpeen a mis ayudantes, que ellos no tienen la culpa de nada. Aquí estoy yo para sufrir en vez de ellos”. Al oír esto, los jefes de la rebelión gritaron: “¡Que muera el amigo del Papa!” y se lanzaron contra él. Le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divna. Era el 12 de noviembre de 1623 cuando el santo dio su vida por la unidad de la Iglesia bajo el Romano Pontífice.

         Mensaje de santidad.

         En nuestros días, la nación de Lituania es de gran mayoría católica, pero en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice: la conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte a San Josafat, aunque tuvo que derramar su sangre, para conseguir que sus compatriotas aceptaran el catolicismo. Es por esta razón que el Papa ha declarado a San Josafat, Patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos. El verdadero ecumenismo es el proclamado por San Josafat: la verdadera iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica, presidida por el Santo Padre, que reside en Roma. Es por esta verdad de fe que San Josafat entregó su vida al martirio. Le pidamos al santo estar también nosotros dispuestos a dar la vida por la unidad de la verdadera iglesia, la Iglesia Católica, pues en esto consiste el verdadero ecumenismo, el estar todos bajo la guía del Vicario de Cristo, el Papa. Cualquier ecumenismo que coloque al Papa a la altura de un jefe religioso más entre tantos, es un ecumenismo falso y por lo tanto, no debemos seguirlo. Sólo el ecumenismo que reúna a las iglesias cristianos bajo la guía y el cayado de Pedro, es el verdadero ecumenismo y sólo así se cumplen las palabras de Jesús: “Que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos Uno” (Jn 17, 20-26).

miércoles, 27 de agosto de 2014

San Agustín y la Ciudad de Dios


San Agustín escribió una obra llamada “La Ciudad de Dios”, en la que describe la lucha entre las fuerzas del Bien, que provienen de Dios y que buscan construir una civilización cristiana -basada en los principios de Jesucristo- y las fuerzas del mal, encarnadas en la Ciudad pagana, construida sobre la base de las fuerzas decadentes del hombre caído en el pecado.
En esta obra, la “Ciudad de Dios” es la Iglesia Católica, en la cual y por la cual -según San Agustín en la obra citada- los planes de Dios se verán realizados en la medida en que las fuerzas del bien derroten a quienes se oponen a la Voluntad de Dios: “Por tanto dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego. Una se vanagloria en sí mismo, la otra se gloría en el Señor. Una busca la gloria del hombre, la otra encuentra su mayor gloria en el testimonio de Dios”[1].
         Se confronta la Ciudad Celestial a la Ciudad Pagana; la ciudad celestial o Ciudad de Dios es la Iglesia Católica y representa al catolicismo con todo el depósito de la Verdad Revelada por Jesucristo y custodiado y explicitado por el Magisterio católico; la Ciudad Pagana representa, por el contrario, la decadencia y el pecado, es decir, el error, la falsedad, la mentira. De la confrontación entre la Verdad Absoluta revelada por Jesucristo, a través de la Ciudad de Dios, con la mentira, el vicio, el culto a los falsos dioses y el amor por los bienes terrenales, todo propagado por la Ciudad Pagana, no hay duda alguna del triunfo total y absoluto de la Ciudad de Dios, aunque de momento, mientras exista el tiempo y perdure la historia humana, ambas ciudades se vean mezcladas; el triunfo de la Ciudad de Dios, conseguido ya por Cristo en la cruz de modo definitivo, será visible y para siempre, sin embargo, solo en el Juicio Final, cuando ambas ciudades sean separadas y cada una siga el destino propio: la Ciudad de Dios, el Reino de los cielos, la Ciudad Pagana, el abismo en donde no hay redención. Dice así San Agustín: “La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa”.
         “Dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego”, dice San Agustín. Hoy, en nuestros días, parecen triunfar las fuerzas del mal, porque la ciudad del hombre, la ciudad del ego, parece haber triunfado sobre la Ciudad de Dios: hoy, la Nueva Era o Conspiración de Acuario, con sus criterios neo-paganos, que son los mandamientos de Satanás –“haz lo que quieras”, “cree en lo que quieras y como quieras”-, parece prevalecer y dominar, sobre los Mandamientos de Dios, dados por la Iglesia. Pero, como dice San Agustín, la Ciudad de Dios, es decir, la Iglesia, triunfará al final, porque así lo promete Jesús en el Evangelio: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18), y también la Virgen lo anunció en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Las fuerzas del mal, las fuerzas de la ciudad del hombre, construida con la ayuda de las tinieblas del Abismo, no prevalecerán contra la Ciudad de Dios, la Iglesia Católica, que resplandecerá con la luz de Cristo y brillará triunfante, iluminada por la luz del Cordero, la Lámpara de la Jerusalén celestial (Ap 21, 22), la misma luz que ilumina a la Iglesia desde la Eucaristía, por los siglos sin fin.




[1] Ciudad de Dios, Libro 14.

miércoles, 20 de agosto de 2014

San Pío X, el Papa que amaba la Eucaristía


De entre todas las admirables virtudes que caracterizaron a San Pío X, sobresale su gran amor a la Eucaristía y puesto que amaba tanto a Jesús en la Eucaristía, quería que todos participaran de ese amor, de modo que promulgó un decreto[1] permitiendo la comunión diaria, en un momento en el que la comunión diaria era muy poco frecuente; además, por este decreto, amplió la recepción de la Eucaristía a los enfermos y a los niños, a partir de los 7 años, cuando ya tuviesen uso de razón.
En el decreto, San Pío X daba la razón por la cual permitía la comunión diaria, que no es “ni el honor ni la reverencia” a Jesús, “ni el premio a la virtud”, sino “el fortalecimiento interior por la gracia”: “La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana”[2].
Continúa San Pío X afirmando que la comunión diaria era una práctica común entre los primeros cristianos, en la Iglesia primitiva, y que también lo hacían los Apóstoles y así lo enseñaban los escritores eclesiásticos, y que esto daba grandes frutos de santidad[3].
Éste es el deseo de Jesús, dice San Pío X, al instituir la Eucaristía, porque Él quería que todos los hombres se alimentaran, más que con alimentos materiales, con su Cuerpo y con su Sangre, y para demostrarlo, hace una exégesis de la cita del Evangelio de Juan en la Última Cena, en donde Jesús se proclama a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo: “Estos deseos coinciden con los en que se abrasaba nuestro Señor Jesucristo al instituir este divino Sacramento. Pues El mismo indicó repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el maná que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”[4]. De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico”.
Luego, San Pío X, por medio del decreto, establece libertad para que “1º- los fieles cristianos de cualquier clase y condición que sean, comulguen frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención.
2º – La rectitud de intención consiste en que el que comulga no lo haga por rutina, vanidad o respetos humanos, sino por agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor y aplicar esta medicina divina a sus debilidades y defectos.
3º – Aunque convenga en gran manera que los que comulgan frecuente o diariamente estén libres de pecados veniales, al menos de los completamente voluntarios, y de su afecto, basta, sin embargo, que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar; y con este sincero propósito no puede menos de suceder que los que comulgan diariamente se vean poco a poco libres hasta de los pecados veniales y de la afición a ellos.
4º – Como los Sacramentos de la Ley Nueva, aunque produzcan su efecto ex opere operato, lo causan, sin embargo, más abundante cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la
Sagrada Comunión una preparación cuidadosa y le siga la conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno”[5].
La Iglesia, posteriormente, resumirá las disposiciones para comulgar, en las siguientes: vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, estar en estado de gracia y libres de pecado mortal, y hacer una preparación espiritual adecuada antes de recibir la sagrada comunión, es decir, saber a quién se va a recibir. Esto se complementa con una adecuada acción de gracias luego de la comunión sacramental.
         Entonces, al conmemorar a San Pío X, recordemos que su intención era que comulguemos diariamente; sin embargo, en nuestros días, se ha caído tal vez en el error opuesto, en la comunión por rutina, en la comunión mecánica, en la que no se piensa en lo que se está recibiendo, ni en Quién es Aquél a quien se recibe en la Eucaristía; en nuestros días, tal vez se piensa en la Eucaristía como en un derecho o en un premio, más que como en lo que Es en verdad, Dios Hijo encarnado y oculto en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hijo de Dios. Entonces, la conmemoración de San Pío X, es una muy buena oportunidad para que pensemos en cómo vivimos nuestra comunión diaria –los que comulgamos diariamente-, es una muy buena oportunidad para que pensemos que nuestra comunión diaria nunca puede ser rutinaria, porque no comulgamos un trozo de pan material: comulgamos al Pan Vivo bajado del cielo: comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, que quiere incendiarnos en el Amor Divino, y por lo tanto nuestros corazones, deben estar en gracia, y no deben estar cerrados al Amor, por la oscuridad del pecado mortal; comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, que está inmerso en un mar de dolores, por nuestros pecados, y por lo tanto, no podemos estar distraídos, pensando en nuestros asuntos temporales, terrenos, banales, materiales, ya que Jesús quiere hacernos partícipe de sus dones, de sus gracias, y la gran mayoría de las veces debe retirarse, entristecido, sin haber podido dejar sus gracias, debido a nuestra distracción, tal como Él mismo se lo dijo a Sor Faustina Kowalska; comulgamos a Jesús, vivo, resucitado y glorioso, y por eso debemos vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, para mantenernos unidos a Él y para no separarnos de Él por los falsos atractivos del pecado, del mundo y de la carne, para estar, en todo momento, preparados para el encuentro cara a cara, porque el Jesús al cual comulgamos, oculto en la Eucaristía, y del cual recibimos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Jesús al cual veremos, cara a cara, el día de nuestra muerte, el día en el que, por su Divina Misericordia, esperamos ingresar en la feliz eternidad. Para ese día, para ese feliz día, en el que deseamos verlo cara a cara, es que nos preparamos en cada comunión eucarística, acumulando en nuestros corazones, como un avaro acumula monedas de oro en su arcón, el Amor que Jesús deposita en nuestros corazones en cada comunión eucarística y por eso la comunión eucarística diaria, deseada por San Pío X, nunca puede, ni debe ser, para nosotros, rutinaria.




[1] Cfr. “Sacra tridentina synodus” (Decreto), SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905.
[2] Cfr. Sacra tridentina synodus, 3.
[3] Cfr. ibidem, 4.
[4] Jn 6, 51-58
[5] Cfr. ibidem, 10.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Los mártires Cornelio y Cipriano y la apostasía de los sacerdotes austríacos



En junio de este año, y en previsión a la visita que el Papa hará a Austria el 22 de septiembre, un grupo cismático de más de 300 sacerdotes austríacos, apoyado por dos tercios de los casi dos mil sacerdotes de ese país –es decir, la casi totalidad de los sacerdotes-, y por tres de cada cuatro laicos publicó, un manifiesto en Internet, titulado: “Llamada a la desobediencia”.

En el mismo, se exhorta abiertamente a la rebelión, al cisma y a la apostasía, ya que se pide, entre otras medidas, la ordenación de mujeres, el acceso a la Eucaristía de los divorciados vueltos a casar y que, además, puedan volver a contraer un segundo matrimonio religioso, que los protestantes puedan recibir la Comunión y, finalmente, que hombres y mujeres laicos preparados, solteros o casados, puedan prediquen oficiar misa y dirigir iglesias carentes de párroco, que los protestantes puedan recibir la comunión, y que los sacerdotes se puedan casar[1].

Respecto al celibato se dice textualmente: “Nos sentimos solidarios con aquellos que a causa de su casamiento no pueden seguir ejerciendo sus funciones y también con quienes, a pesar de mantener una relación, continúan prestando su servicio como sacerdotes”.

El cardenal primado de Austria, Schönborn, ha expresado su sorpresa por la iniciativa y ha recordado a los sacerdotes rebeldes que han hecho libremente voto de obediencia a su obispo cuando fueron ordenados, “por lo que quien rompa este principio disuelve la unidad”.

Esta actitud cismática y apóstata de estos sacerdotes y laicos, perteneciente a la Iglesia Católica en Austria, contrasta radicalmente con el amor a la unidad de la Iglesia demostrado por los santos mártires Cornelio y Cipriano. El amor a la Iglesia Una, se pone de manifiesto en este fragmento de una carta de san Cipriano al papa Cornelio, cuyos términos fueron luego refrendados con el derramamiento de su sangre.

Cipriano -quien murió mártir en la persecución del emperador Valeriano, el año 258-, escribe la carta con ocasión de la disputa producida entre Novaciano, partidario de mano dura contra los “lapsis” o bautizados que habían apostatado en la persecución y una vez pasada esta, deseaban retornar a la Iglesia, y el Papa Cornelio, caracterizado por ser obispo y Papa de espíritu comprensivo, tendiente a la misericordia y al perdón de las debilidades.

Cuando Cipriano se enteró de la actitud rebelde de Novaciano frente a Cornelio, en un primer momento dudó mucho sobre cómo debía comportarse, pero luego de examinar bien la situación, se adhirió al Papa.

Con ello contribuyó a la paz y unidad en la Iglesia, amenazada de división.

La carta dice así: “Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión de fe, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas.

En efecto, si todos formamos una sola Iglesia, si todos tenemos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de alabanzas propias? ¿Qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?... Tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo; y esa confesión tuya, como cabeza de la Iglesia, se ha visto robustecida por la fe de los hermanos... Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendándonos siempre mutuamente en la oración y prestándonos ayuda con mucha caridad...”.

Hoy, a dieciocho siglos, la situación se repite, porque la apostasía de la gran mayoría de sacerdotes y laicos austríacos puede extenderse como una mancha de aceite por toda la Iglesia, ya que es sabido que gran parte de laicos y sacerdotes de todo el mundo piensan o al menos simpatizan con los apóstatas austríacos. El ejemplo de los mártires Cornelio y Cipriano, que derramaron su sangre por la unidad de la Iglesia, luego de mil ochocientos años, permanece vivo y actual, y es un estímulo en momentos en que la unidad de la Iglesia de Cristo aparece amenazada en sus cimientos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Los ángeles adoran al Cordero en los cielos y en la tierra


¿Qué son los ángeles? ¿Para qué están? ¿Interactúan con los hombres? Hoy en día se enseñan muchas cosas erróneas acerca de los ángeles, sobre todo desde la secta llamada “Nueva Era” o “Conspiración de Acuario”. Esta secta enseña que los ángeles son seres que viven en otra dimensión, y cuya función es intervenir en el mundo de los hombres para ayudarlos a estos a conseguir poder, riqueza, fortuna, bienestar material. También enseña la Nueva Era que los ángeles son entidades espirituales a las que se debe invocar para que favorezcan el contacto con la divinidad cósmica; además, para la Nueva Era, los ángeles serían todos seres buenos, sin maldad, o, a lo sumo, serían seres neutros, que nada malo harían al hombre.

Ninguna de estas enseñanzas es verdadera, porque todo pertenece al paganismo de la Nueva Era, pero aún así, muchos cristianos católicos se dejan llevar por estas falsas creencias, y dejan de lado la verdad acerca de los ángeles.

Según la enseñanza de la Iglesia Católica, los ángeles no son todos buenos[1]: hay ángeles malos, perversos, cuya única actividad consiste en hacer el mal, en engañar, en seducir a los hombres con la mentira y el error, para tratar de conducir sus almas al lugar de perdición eterna en donde habitan, el infierno. Los ángeles malos son seres que provienen de la oscuridad, que solo tienen odio dentro suyo, y a quienes los mueve no el amor a Dios y a los hombres, sino el odio que los consume desde la raíz de su ser. Aún más, en su afán por conducir a los hombres al infierno, los ángeles malos buscan la complicidad de hombres y mujeres malos y perversos, los brujos y las brujas, los hechiceros y los magos, y con esta complicidad tratan de poseer los cuerpos humanos y de engañar la mente y el corazón de los hombres y, muchas veces, con la permisión divina –Dios puede permitir un mal para conseguir un bien-, consiguen sus propósitos.

Para la Iglesia Católica, hay ángeles malos, y también ángeles buenos, pero esos ángeles buenos no están para traer fortuna, buena suerte o bienes materiales a los hombres, sino para protegerlos de los ángeles malos, y sobre todo para ayudar a los hombres a evitar los peligros que se presentan a lo largo del camino de la vida, que pueden desviar a los hombres de su meta final, el cielo.

Los ángeles buenos, creados y enviados por Dios, están en la tierra no para traer fortuna y bienestar, sino para iluminar las mentes y los corazones con la luz de Cristo Dios, para que Cristo Dios sea conocido y amado por todos; los ángeles buenos, los ángeles custodios, fueron creados por Dios y enviados a custodiar a las almas de los hombres para que estos fueran cuidados del más grande de todos los males, el olvido de la cruz de Cristo, y el olvido y el rechazo de Cristo crucificado y resucitado. Ésta es la tarea más importante de los ángeles buenos, los ángeles custodios: no permitir que los hombres se aparten de Cristo y su cruz, porque Cristo en la cruz es el camino, el único camino, que conduce al cielo, a la comunión de vida y de amor con las Personas de la Trinidad.

Es en la misa en donde se unen el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, y es por lo tanto en la misa en donde los ángeles buenos adoran, en la tierra, en el altar eucarístico, al Cordero de Dios, así como lo adoran en el cielo. A ellos debemos pedirles que nos enseñen y ayuden a adorar al Cordero que viene en medio nuestro, en el sacramento del altar, como anticipo de la adoración eterna en el cielo.


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 74.