San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de mayo de 2015

San Matías Apóstol, elegido por el Espíritu para ser testigo de la Resurrección de Jesús


San Matías fue Apóstol, pero un apóstol particular por tres motivos: fue elegido directamente por el Espíritu Santo; fue agregado al grupo de los Doce en sustitución de Judas[1] (y por eso es llamado “apóstol póstumo”) y fue agregado para una tarea específica, particular: ser, con los demás apóstoles, “testigo de la resurrección del Señor” [2], tal como se lee en los Hechos de los apóstoles[3]. San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías fue uno de los 72 discípulos que Jesús mandó una vez a misionar, de dos en dos y una antigua tradición cuenta que murió crucificado, razón por la cual aparece en las imágenes con la palma del martirio y una cruz de madera en su mano[4], aunque en otras, aparece con un hacha a sus pies, sugiriendo una muerte por decapitación.
Comentando la elección de San Matías, San Juan Crisóstomo[5] dice: “Es, pues, preciso que elijamos a uno de ellos para que, junto con nosotros, dé testimonio de la verdad de la resurrección. No dice: “Para que dé testimonio de la verdad de las demás cosas”, sino taxativamente: Para que dé testimonio de la verdad de la resurrección. En efecto, había de ser más digno de crédito uno que pudiera afirmar: “Aquel mismo que comía, bebía y fue crucificado es el que ahora ha resucitado”. Por lo tanto, interesaba un testigo no de lo del tiempo pasado ni de lo del futuro ni de los milagros, sino escuetamente de la resurrección. Porque todas aquellas cosas eran patentes y manifiestas; la resurrección, en cambio, era algo oculto que sólo ellos conocían. Y todos juntos oraron, diciendo: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos. “Tú, no nosotros”. Muy acertadamente invocan al que conoce los corazones, ya que él, y nadie más, era el que tenía que hacer la elección. Y hablan a Dios con esta confianza, porque saben que la elección es algo absolutamente necesario. Y no dicen: “Escoge”, sino: “Muéstranos al elegido” -a quién has elegido, dice el texto-, pues saben que Dios lo tiene todo determinado ya de antemano. Echaron suertes entre ellos. Es que aún no se consideraban dignos de hacer por sí mismos la elección, y por esto deseaban alguna señal que les diera seguridad”[6].
Como vemos, según San Juan Crisóstomo, es el mismo Espíritu Santo quien elige a San Matías, y lo elige para algo muy específico: para ser “testigo de la Resurrección de Jesús”.
Ahora bien, nos podemos preguntar: puesto que San Matías fue elegido, como dice San Juan Crisóstomo, para ser “testigo de la Resurrección”, ¿qué significa ser “testigo de la Resurrección de Jesús”? ¿Sólo San Matías, elegido tan especialmente, puede ser testigo de la Resurrección?
Ser “testigo de la Resurrección” significa ser testigo de que la vida de la gracia, recibida en el bautismo, se expande con toda la fuerza de su plenitud divina, más allá de la muerte, venciendo a la muerte, glorificando el alma y el cuerpo, puesto que de esto se trata, precisamente, la resurrección: el germen de gloria ha sido injertado en nuestras almas en el momento del bautismo sacramental, por la gracia santificante, y lo único que tiene que suceder, para que ese germen de gloria que es la gracia de Jesucristo, se expanda con toda su fuerza divina, es que este cuerpo de arcilla se deshaga por la muerte corporal, para que renazca a la vida del Reino de los cielos.
Pero ser “testigos de la Resurrección” implica no solo esperar la muerte corporal, para comprobar la realidad de la glorificación del alma y del cuerpo por medio de la gracia santificante, recibida en germen por la gracia bautismal; ya en esta vida terrenal, durante toda la existencia terrena del cristiano, desde que se recibió la gracia del bautismo, ya se es “testigo de la Resurrección”, desde el momento en que se posee en el alma ese germen de gloria que es la gracia santificante, que nos hace participar en la vida trinitaria de Dios Uno y Trino.
Con respecto a la otra pregunta, de que si solo San Matías podía ser “testigos de la Resurrección”, es negativa, porque no es un privilegio reservado sólo a grandes santos como San Matías: todo bautizado es un “testigo de la Resurrección”, porque lleva en sí mismo la gracia santificante del bautismo sacramental, y por esa gracia, que al morir glorificará su alma y su cuerpo con la gloria divina, en la resurrección de los cuerpos, el cristiano tiene el deber de amor de dar testimonio de su fe en la Resurrección, no solo rechazando las obras de las tinieblas, las obras del mal, sino ante todo, obrando las obras de Jesucristo, que son las obras de misericordia. De esa manera, más que con palabras, dará testimonio de la futura resurrección en la que espera, pero de la cual es portador, en su alma, por la gracia bautismal sacramental, recibida en el día de su bautismo.
Como San Matías Apóstol, todo cristiano está llamado a ser testigo, incluso con su vida, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm
[2] La Biblia narra de la siguiente manera su elección: “Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás discípulos: Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama, que significa: “Campo de sangre”. El salmo 69 dice: “Su puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin quién la habite”, y el salmo 109 ordena: “Que otro reciba su cargo”. “Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta que resucitó y subió a los cielos”. Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: “Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas”. Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido desde ese día en el número de los doce apóstoles” (Hechos de los Apóstoles 1, 15-26).
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[4] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm
[5] De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre los Hechos de los apóstoles; Homilía 3, 1. 2. 3: PG 60, 33-36. 38.
[6] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm

martes, 12 de mayo de 2015

Edel Quinn y su santificación en la Legión de María


Edel Quinn, uno de los primeros miembros de la Legión de María, fue enviada en 1936 desde Dublín para establecer la Legión en el Este y el Centro de África[1]. Desde un primer momento, las dificultades que se presentaron fueron enormes, pero ella respondió a cada dificultad con fe y coraje inquebrantables. Cuando otros vacilaban, su respuesta invariable era: “¿Por qué no podemos confiar en Nuestra Señora?” o “Nuestra Señora se hará cargo de todas las cosas”. Por casi ocho años, con su salud deteriorándose constantemente, Edel trabajó en los extensos territorios que le habían sido asignados. Como resultado de su labor apostólica, se establecieron de manera permanente cientos de præsidia de la Legión y muchos consejos superiores; de esa manera,  su trabajo misionero sirvió de efecto multiplicador para la difusión del Evangelio por medio de la Legión de María, con lo cual fueron evangelizados miles de almas en el continente africano.
Una anécdota refleja la gran confianza que Edel Quinn tenía en la Virgen: “Un día de 1937 un sacerdote alemán llevaba a una joven a una reunión de la Legión de María, alejándose algunos kilómetros de su misión en África.  Llegaron a un río tan crecido que el puente que lo atravesaba ni siquiera se alcanzaba a ver.  Él estaba a punto de dar marcha atrás cuando la joven le dijo: “Padre, por favor, siga adelante, estoy segura que Nuestra Señora nos va a proteger”. El padre decidió hacerle caso, y unos hombres se sujetaron en una cadena humana para verificar que el puente aún seguía allí. Efectivamente seguía allí, así que él condujo a ciegas.  El agua inundó el motor y lo apagó, pero el impulso permitió llevar el vehículo hasta el otro lado. Una vez en la otra orilla, secó los contactos y arrancó el motor. El vehículo volvió a funcionar y llegaron a tiempo a la reunión.  La joven era Edel Quinn y el incidente era uno más entre tantos de su historia de santidad.
¿Cuál era la fuente de la energía que animaba a Edel? ¿Cuál era el Motor que movía su alma? ¿Qué sostenía a Edel en un ambiente como el africano, tan diferente a su Irlanda natal? ¿Qué era lo que la llevaba a querer comunicar el Evangelio a lugares tan lejanos y a culturas tan diferentes? ¿De dónde obtenía Edel la energía para tanta actividad apostólica?
         La respuesta está en que la fuente de toda la actividad de Edel radicaba no en sus propias fuerzas, sino en su profunda unión en el Amor con Dios, unión que se cimentaba, a su vez, en dos pilares fundamentales del legionario: la Eucaristía y el Santo Rosario. Tal como afirman sus biógrafos y quienes la conocieron, “la Eucaristía fue el centro de su vida”[2], y así lo expresaba continuamente: “Qué desolada sería la vida sin la Eucaristía”, escribió. Devoción a la Eucaristía significa amor al Sagrado Corazón de Jesús, que está Presente, vivo, latiendo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y es de ahí, del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de donde Edel Quinn tomaba, más que las fuerzas, el Amor Divino más que necesario, para cumplir su misión de legionaria. Pero quien ama al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, lo hace no por sí mismo, sino porque es la Madre del Sagrado Corazón, la Virgen, quien antes lo ha presentado ante su Hijo y lo hecho amarlo, porque nadie puede acercarse -y mucho menos amar- al Hijo, si no es llevado por la Madre. Es por eso que, además de la devoción y el amor a la Eucaristía, Eden Quinn tenía una gran devoción y amor a la Virgen, demostrada tanto en una “confianza filial”, como en una “generosidad absoluta”, según afirman los que la conocieron[3]. La “confianza filial”, la confianza de hija, la demostraba Edel rezando el Rosario todos los días, porque Rosario es el ramo de rosas espirituales que todo hijo de María le regala a su Madre del cielo en acción de gracias por su protección maternal y en reconocimiento por su protección maternal. Rezaba el Santo Rosario continuamente, de manera tal que “parecía tener siempre en su mano el Rosario de María”[4]. La “generosidad absoluta” hacia la Virgen, la demostraba Edel haciendo cualquier cosa, por ardua y dificultosa, al saber que era para la Virgen: Edel decía que “nunca se rehusaría a nada que ella pensara que necesitara Nuestra Señora”. Es decir, bastaba que Edel supiera que alguna obra era para la Virgen, para que ella no solo no pusiera reparos, sino que se pusiera inmediatamente en acción y con toda diligencia, para cumplirla con la mayor perfección posible.
         Su vida de santidad quedó plasmada en hechos y no solo en palabras o escritos. De acuerdo a los testimonios recogidos para su proceso de beatificación, lo que caracterizaba a Edel eran el amor, la alegría y la paz, tal como lo testimonió el Vicario General de la isla Mauricio: “Quiero hacer énfasis especial en su alegría constante; ella siempre estaba sonriente; nunca se quejó; siempre estaba a disposición de las personas, nunca escatimó su tiempo con ellos”[5]. Pero esto no porque fueran virtudes humanas, desarrolladas por ella: esto quiere decir que Edel estaba llena del Espíritu Santo –recordemos que ése es el fin de la Legión- y el Espíritu Santo es Amor, Alegría y Paz en sí mismo, entre otras infinitas virtudes-, y colma, no solo con sus virtudes a sus santos, sino con su Presencia Personal, con su inhabitación, porque el Espíritu Santo inhabita en quienes viven en gracia. Y ésa es la razón por la cual Edel –y todos los santos- irradiaba amor, alegría y paz: porque el Espíritu Santo inhabitaba en ella. Y, como dijimos, ése es el fin de la Legión: que, por medio de la Virgen, el alma sea inhabitada por el Espíritu Santo, para que el Espíritu obre a través del alma, “renovando la faz de la tierra” con su santidad.
         Edel Quinn vivió y cumplió a la perfección el espíritu de la Legión de María: se santificó consagrándose a la Virgen, se alimentó del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, vivió inhabitada por el Espíritu Santo, quien se sirvió de ella como dócil instrumento para “renovar la faz de la tierra” y sirvió al prójimo, siendo un foco de amor, alegría y paz para los que la rodeaban. Por ese motivo, Edel Quinn es un luminoso ejemplo para todo legionario que busca la santificación en la Legión de María.




[1] http://legiondemariabogota.org.co/edel-quinn/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 30 de abril de 2015

San Pío V y el triunfo de Lepanto con el auxilio de la Virgen


         Además de toda su vida de santidad ejemplar, San Pío V es recordado por el episodio de la Batalla de Lepanto, en el que la armada católica, inferior en número a los mahometanos que pretendían invadir Europa, los derrotó con la ayuda de la Virgen. Por orden de San Pío Vi, los jefes de la armada católica hicieron que todos sus soldados rezaran el rosario antes de empezar la batalla[1], de modo que el triunfo fue atribuido directamente por el Santo Padre a la intercesión e intervención directa de la Virgen.
En aquel tiempo las noticias duraban mucho en llegar y Lepanto quedaba muy lejos de Roma. Pero Pío Quinto que estaba tratando asuntos con unos cardenales, de pronto se asomó a la ventana, miró hacia el cielo, y les dijo emocionado: “Dediquémonos a darle gracias a Dios y a la Virgen Santísima, porque hemos conseguido la victoria”. Varios días después llegó desde el lejano Golfo de Lepanto, la noticia del enorme triunfo. El Papa en acción de gracias mandó que cada año se celebre el 7 de octubre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que en las letanías se colocara esta oración “María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros”[2].
De este episodio de la vida de San Pío V, vemos cómo el Papa pone en manos de la Virgen un asunto de tanta importancia, al tiempo que se abandona en las manos y en el amor maternal de María Santísima, confiando en que la Virgen no abandonará a sus hijos, cuando estos acuden a Ella en situaciones de necesidad para sus almas. El ejemplo de la gran confianza del Papa Pío V, puesta en el poder intercesor de la Virgen y en su amor maternal, nos conduce a renovar también nosotros nuestra confianza, nuestro amor filial y nuestra consagración a la Virgen y a tener siempre presentes las palabras de la Virgen dichas al beato Alan de la Rochelle, precisamente con relación al rezo del Santo Rosario, en cuanto gracias necesarias para la salvación: Promesa 11. “Obtendrán todo lo que me pidan mediante el Rosario”[3].
Probablemente, no tendremos que derrotar a un ejército naval, como San Pío V, pero sí tenemos, con toda seguridad, la necesidad imperiosa de ganar el Reino de los cielos, y para eso nos sirve el ejemplo de San Pío V: así como él confió en el poder intercesor y en el amor maternal de la Virgen rezando el Santo Rosario y la Virgen escuchó sus ruegos, auxiliándolo contra sus enemigos y concediéndole la victoria, así también nosotros, si acudimos a María, Auxilio de los cristianos, recibiremos de nuestra Madre del cielo el auxilio necesario para vencer a los enemigos del alma y así ganar, victoriosos, la batalla final que nos conduzca al Reino de Dios.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/saints/P%C3%ADoV_4_30.htm. El Papa Pío Quinto oraba por largos ratos con los brazos en cruz, pidiendo a Dios la victoria de los cristianos. Era el 7 de octubre de 1571 a mediodía. Todos combatían con admirable valor, pero el viento soplaba en dirección contraria a las naves católicas y por eso había que emplear muchas fuerzas remando. Y he aquí que de un momento a otro, misteriosamente el viento cambió de dirección y entonces los católicos, soltando los remos se lanzaron todos al ataque. Uno de esos soldados católicos era Miguel de Cervantes. El que escribió El Quijote. Don Juan de Austria con los suyos atacó la nave capitana de los mahometanos donde estaba su supremo Almirante, Alí, le dieron muerte a éste e inmediatamente los demás empezaron a retroceder espantados. En pocas horas, quedaron prisioneros 10,000 mahometanos. De sus barcos fueron hundidos 111 y 117 quedaron en poder de los vencedores. 12,000 esclavos que estaban remando en poder de los turcos quedaron libres.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. http://santamadrededios.blogspot.com.ar/p/promesas-y-bendiciones-del-rosario.html

Las espinas, las llamas, la cruz y la herida abierta del Sagrado Corazón


         Jesús se le apareció a Santa Margarita y le mostró su Sagrado Corazón, el cual poseía diversos elementos: estaba envuelto en llamas, poseía una corona de espinas, en su base tenía una cruz, y del costado abierto fluía sangre y agua. Aunque en un primer momento pueda parecer que no tiene nada que ver con nosotros, sin embargo, cada elemento del Sagrado Corazón tiene una muy estrecha relación con nuestra vida personal, y veremos porqué.
Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón representan el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y está en estrecha relación con nosotros, porque precisamente el Hijo de Dios se encarna y adquiere un Cuerpo para donarlo en sacrificio en la cruz, para luego poder hacernos el don del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como Moisés contempla la zarza que arde y no se consume con las llamas, así las llamas del Divino Amor arden en el Sagrado Corazón sin consumirlo, convirtiéndolo en un horno ardentísimo de caridad divina, que desea abrasar con sus llamas a todas las almas humanas, para encenderlas en el fuego del Amor a Dios. La contemplación de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón deben hacer recordar al alma que es el Amor Divino el que lleva al Hijo de Dios a encarnarse, a dar su vida en la cruz y a continuar su don en la Eucaristía y que en cada Eucaristía, esas llamas, que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, encenderán al instante a todo corazón que, como hierba seca, reciba la Eucaristía con fe y con amor. Esas llamas están en relación con nosotros, porque están destinadas a cada uno de nosotros, de modo personal y particular.
El Sagrado Corazón se aparece a Santa Margarita también rodeado de espinas, formando una apretada corona que lo ciñe a su alrededor. El hecho de que lo contemplemos en imágenes estáticas, puede hacernos perder de vista que el Sagrado Corazón está vivo y latiendo en la realidad y que por lo tanto la corona de espinas, ceñida a su alrededor, le provoca profundos, agudos y lacerantes dolores a cada latido, en los movimientos del corazón, el diastólico o de llenado y el sistólico o de expulsión de la sangre. Y la otra consideración que se debe tener en cuenta al contemplar la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es que esa corona de espinas no es otra cosa que la materialización de nuestros malos pensamientos, deseos y obras, es decir, son nuestros pecados, los que se materializan en las gruesas espinas de la corona que lacera al Corazón de Jesús. Esto nos debe llevar al propósito de no pecar, ya que, como dice Santa Teresa, si no nos mueve ni el amor del cielo ni el temor del infierno, al menos nos mueva la piedad de no herir más a Jesús, ya tan malherido a causa de nuestros pecados. Las espinas tienen relación con nosotros, porque somos nosotros los que colocamos y ceñimos la corona de espinas alrededor del Sagrado Corazón de Jesús.
En la base del Sagrado Corazón se encuentra la cruz, lo cual quiere decir que al Amor de Dios, que está contenido en el Sagrado Corazón de Jesús, se accede solo por la cruz y que si no es por la cruz, no hay modo de llegar a él. Solo quien se sube al Árbol Santo de la Cruz, puede saborear su fruto exquisito, el Corazón de Jesús, que contiene en su pulpa el sabor más dulce que jamás alguien pueda probar, el Amor de Dios, y eso es lo que significa la cruz en la base del Sagrado Corazón. La cruz se relaciona con nosotros, porque es el camino para acceder al Sagrado Corazón.
Por último, el Sagrado Corazón aparece con su costado abierto, del cual fluye, de modo ininterrumpido, Agua y Sangre: Agua, que lava las almas y Sangre, que las santifica. Es por eso que el que comulga, ve justificada su alma, porque sus pecados –veniales, no mortales- son perdonados, y su alma es cubierta por la Sangre del Cordero, siendo embellecida y convertida en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo, al punto tal que Dios Padre ve en el alma no ya al alma, sino a su mismo Hijo Jesús, y lo ama con el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo. El costado abierto, el último elemento del Sagrado Corazón de Jesús, también está en estrecha relación con nosotros, porque quien lo desea, puede libremente arrodillarse ante Jesús crucificado, para que caiga sobre Él su Sangre y Agua, que brotan, precisamente, de su costado traspasado.
         Por último, la contemplación y meditación de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita, nos debe llevar a profundizar en nuestras comuniones eucarísticas, porque la Eucaristía es el mismo Sagrado Corazón, aparecido en visión a Santa Margarita, pero donado en la realidad a cada uno de nosotros, para nuestro disfrute y gozo.

         

miércoles, 29 de abril de 2015

Santa Catalina de Siena y su matrimonio místico con Jesús


En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denomina un “matrimonio místico” con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció Cristo en una visión, acompañado por su Madre, la Virgen y un cortejo celestial[1]. Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás.
De este episodio sucedido a Santa Catalina, surgen varias preguntas: ¿cuál es su significado último? ¿Este “matrimonio místico” de Santa Catalina estaba reservada solo para ella? ¿O es posible también que otras almas lo experimenten?
Las respuestas nos las dan autores renombrados, quienes sostienen que estos matrimonios místicos, como el acontecido entre Santa Catalina y Jesús, no es exclusivo de Santa Catalina, sino que está reservado para toda alma, pues el significado último que se quiere representar mediante la figura de una unión esponsal, es el matrimonio del alma con Dios, adquirido por medio de la gracia[2].
Al aparecérsele Jesús a Santa Catalina y desposarla, quería significar el amor que Dios tiene por el alma, que es como el amor del esposo por la esposa. Por esto mismo vemos que este matrimonio místico no está reservado solo a Santa Catalina, sino que está destinado a toda alma en gracia, porque por la gracia el alma se convierte en esposa de Dios, con un vínculo más estrecho que el que se produce en el matrimonio humano[3]. En la unión esponsal que se da entre el alma y Dios, el vínculo conyugal que se establece en el Amor de Dios, es infinitamente más profundo y grandioso que el vínculo establecido entre los esposos terrenos, porque si lo que causa el matrimonio es que dos estén en una sola carne -como dice la Escritura, que el esposo, por amor de su esposa, “dejará a su padre y a su madre y se llegará a su mujer y será con ella una sola carne” (cfr. Gn 2, 24)-, lo que causa la gracia es que estén dos –el alma y Dios- en un espíritu[4], el Espíritu de Dios, el Amor. En otras palabras, si lo que constituye el matrimonio entre los esposos terrenos es el hecho de formar, por el amor esponsal que se profesan, “una sola carne”, por la gracia se establece el matrimonio místico y sobrenatural entre el alma y Dios, que los une en el Amor Divino, el Espíritu Santo.
Para poder darnos al menos una pálida idea acerca de la grandeza inconcebible que significa para el alma esta unión esponsal con Dios por medio de la gracia, imaginemos lo siguiente: consideremos que un poderoso rey, un monarca soberano, se enamora perdidamente de una labradora del campo, de entre las más pobres y olvidadas, la elige por esposa, la ensalza y la eleva al trono, la hace partícipe de todos sus bienes y, lo que es más importante, le declara su amor, no solo diciéndole, sino demostrándole, con todas estas pruebas de amor, que la ama más que a su propia vida[5]. Consideremos que esta labradora, habiendo correspondido en un primer momento al amor del monarca, le fuera sin embargo, tiempo más tarde, infiel, no solo cometiendo adulterio, sino pidiendo directamente el divorcio al rey que tanto la había amado, regresando a una condición peor a la que se encontraba anteriormente. ¿No sería esto, de parte de esta doncella, una gran traición y una villanía? Pues bien, esto es lo que sucede cuando el alma, luego de haber recibido la gracia santificante –y por lo tanto, haber sido elevada a la suprema majestad de esposa de Dios-, decide, libremente, abandonar a Dios por el pecado, despojándose así de la gracia y retornando a una vida oscura y siniestra, en la que las pasiones más bajas la dominan por completo.
Como vemos, el matrimonio místico de Santa Catalina de Siena, no está reservado a grandes santos y místicos como Santa Catalina; sin apariciones sensibles y sin grandes manifestaciones místicas, es sin embargo un grandísimo don que el Amor de Dios destina a todas las almas, por medio de la gracia santificante: basta que el alma esté en gracia, para que sea elevada al grado de unión esponsal mística con Dios, en el Espíritu Santo. Teniendo en cuenta esto, debemos pedir a Santa Catalina de Siena la gracia de la fidelidad al amor esponsal de Jesucristo -manifestado para con nosotros en el don de su gracia santificante, conseguido al precio altísimo de su Sangre derramada en el sacrificio de la cruz-, de manera tal de no solo nunca jamás traicionar a este amor esponsal, sino de serle cada día más fieles en el Amor.




[1] http://www.aleteia.org/es/religion/contenido-agregado/hoy-celebramos-a-santa-catalina-de-siena-5276652636471296
[2] Cfr. P. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, 232.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 28 de abril de 2015

San Luis María Grignon de Montfort y el camino a la santidad


En su “Carta a los Amigos de la Cruz”[1], San Luis María Grignon de Montfort nos hace contemplar la cruz no con ojos humanos, como lo hacemos habitualmente, sino con los ojos mismos de la Virgen. De esa manera, al ver la cruz con los ojos de la Virgen, que es como la ve Dios, no solo nos ayuda a no rechazar la cruz, sino que nos anima a imitar a Jesús en la cruz, con lo cual quedamos a un paso del cielo.
En su Carta, San Luis María dice así: “Un Amigo de la Cruz es un hombre escogido por Dios, entre diez mil personas que viven según los sentidos y la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que supere la razón y se oponga a los sentidos con una vida y una luz de pura fe y un amor vehemente a la cruz”. Para San Luis María, quien ama a Cristo crucificado, es alguien que ha sido elegido por Dios para dejar de vivir según el mundo y sus vanidades, y ya no vive según las pasiones –“el amor de la cruz supera los sentidos”-, sino según la gracia, porque es un hombre nuevo, un hombre “totalmente divino”, que vive por la fe y el amor de Jesús en la cruz.  
Para San Luis María, quien ama a Jesús crucificado, vence a los tres grandes enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, y por lo tanto, es un héroe, porque participa del triunfo de Cristo Rey Victorioso, pero también es un santo, porque es la santidad de Cristo la que vence a esos tres enemigos mortales de la humanidad. Dice así San Luis María: “Un Amigo de la Cruz es un rey todopoderoso, un héroe que triunfa del demonio, del mundo y de la carne en sus tres concupiscencias”.
Quien ama a Jesús crucificado, ama las humillaciones, porque ve a su Rey máximamente humillado en la cruz, y ya esto es comenzar a vencer la propia soberbia y es comenzar a pisotear el propio orgullo, que hacen al alma parecerse a Satanás. Al amar las humillaciones, el alma comienza a parecerse a Jesucristo, y a diferenciarse del Ángel caído, cuyo sello distintivo es el orgullo: “Al amar las humillaciones, arrolla el orgullo de Satanás”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales, porque se da cuenta que los únicos bienes materiales que hay que atesorar, son los que tiene Jesús en la cruz: la corona de espinas, los clavos de hierro, el letrero que dice: “Rey de los judíos”, el paño con el que está cubierto Jesús, y la cruz misma de madera. Quien ama la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales que ofrece el mundo, bienes que encienden el corazón en la avaricia, apartándolo de Dios: “Al amar la pobreza, triunfa de la avaricia del mundo”.
Quien ama a Jesús, no solo desprecia la sensualidad, sino que ama el dolor, porque Jesús en la cruz santifica el dolor y lo convierte en camino al cielo: “Al amar el dolor, mortifica, la sensualidad de la carne”.
Quien ama a Jesús, se aparta del mundo porque se acerca a la cruz y está al lado de la cruz y no quiere estar en otro lado que no sea la cruz, porque en la cruz está Jesús agonizando: “Un Amigo de la Cruz es un hombre santo y apartado de todo lo visible”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ve purificado su corazón de los amores mundanos, al tiempo que lo ve colmado del Amor Santo de Dios, y esto lo hace ya vivir en el cielo, de modo anticipado, aun cuando siga viviendo en la tierra: “Su corazón se eleva por encima de todo lo caduco y perecedero”.
Quien ama a Jesús crucificado, ya no habla de cosas mundanas, sino del cielo que le espera y de la feliz eternidad a la que está destinado, y no habla con nadie del mundo, porque sus interlocutores son Jesús, que está en la cruz, y la Virgen, que está al pie de la cruz, y así su conversación ya no solo no es mundana, porque nada de esta tierra le atrae ni le apetece, sino que es toda del cielo que le espera: “Su conversación está en los cielos. Pasa por esta tierra como extranjero y peregrino, sin apegarse a ella; la mira de reojo, con indiferencia, y la huella con desprecio”.
Quien ama a Jesús en la cruz, es porque ha sido conquistado por el Amor de Dios derramado con la Sangre de Jesús, desde su Corazón traspasado, y porque ha sido bañado con la Sangre de Jesús, que ha caído sobre él, muere al mundo para vivir para Dios, oculto en el Corazón traspasado de Jesús: “Un Amigo de la Cruz es una conquista señalada de Jesucristo, crucificado en el Calvario en unión con su santísima Madre. Es un «Benoni» o Benjamín, nacido de su costado traspasado y teñido con su sangre. A causa de su origen sangriento, no respira sino cruz, sangre y muerte al mundo, a la carne y al pecado, a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo”.
Por último, quien ama a Jesús en la cruz, dice San Luis María, se vuelve un “cristóforo”, un “portador de Cristo”, y más que eso, se vuelve “otro cristo”, porque el Amor de Cristo es el que lo convierte en una imagen viviente del mismo Jesús, de manera tal que Dios Padre, al ver al alma arrodillada a los pies de Jesús, ya no ve a esa alma, sino a su mismo Hijo, y así el Padre ama al alma con el mismo Amor con el que ama a Jesús, el Espíritu Santo: “Por fin, un Amigo de la Cruz es un verdadero porta-Cristo, o mejor, es otro Cristo, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo, vive en mí Cristo (Gal 2,20)”.
El otro paso al cielo lo completamos cuando, para imitar a Jesús crucificado, debemos hacerlo consagrándonos a la Virgen, para lo cual nos propone su conocido método de consagración a María.
Podemos decir entonces que San Luis María Grignon de Montfort nos proporciona el camino a la santidad –y por lo tanto, al cielo-, con una sencillez y una sabiduría que asombra y que por la profundidad y sobrenaturalidad de sus enseñanzas, proviene del cielo mismo. En pocas palabras, si alguien se decidiera ir al cielo,  y quisiera saber qué es lo que hay que hacer, sólo tendría que seguir estos dos admirables consejos de San Luis María: la contemplación y el amor de Cristo crucificado y la consagración de sí mismo al Inmaculado Corazón de María, como esclavo de amor, para lograr reproducir la imagen de Jesús crucificado en cada uno. Con estos dos sencillos pasos, nos dice San Luis María, estamos más que seguros que alcanzaremos el cielo.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/25141/enviado25141.html

miércoles, 22 de abril de 2015

San Jorge, mártir


Según la tradición, San Jorge, que era capitán del ejército[1], al llegar a una ciudad de Oriente, se encontró con un dragón de un pantano –otros dicen que era un caimán de enorme tamaño-, que devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo enfrentó valientemente y acabó con tan feroz animal, luego de lo cual reunió a todos los vecinos del pueblo, que estaban llenos de admiración y de emoción, y les habló tan fervorosamente de Jesucristo, que muchos de ellos se convirtieron y se hicieron cristianos.
Fue en esa época que el emperador Diocleciano ordenó que todos los súbditos, en su imperio, debían adorar a los ídolos o dioses falsos, prohibiendo al mismo tiempo la adoración al verdadero y único Dios Jesucristo. Lejos de acatar tan sacrílega e impía orden, San Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces Diocleciano decretó la pena de muerte contra el santo. Según las actas del martirio, cuando San Jorge era conducido hacia el lugar de su ejecución, fue llevado al templo de los ídolos, para tentarlo y ver si los adoraba, pero al entrar San Jorge en el templo, en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. En su muerte martirial, imitó a Nuestro Señor Jesucristo en muchos aspectos, como todo mártir, pero sobre todo en dos momentos: como Jesús, fue azotado y mientras lo azotaban, meditaba en la flagelación de Nuestro Señor, uniéndose a Jesús sin pronunciar un solo quejido; y también como Jesús, antes de morir, encomendó su alma a Dios, pues se le oyó decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su última alegría en la tierra, preludio de la alegría eterna de la cual ya goza eternamente en el Reino de los cielos, fue saber que iba a ser decapitado por su fe en Jesucristo, pues de esa manera conquistaría inmediatamente un puesto de honor junto al Rey de los mártires, Jesús. Su entereza y valentía al momento de morir y su testimonio de fe en Jesús, llevaron a muchos a la conversión, porque al verlo con tanta fortaleza interior, decían: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”.
La vida y la muerte martirial de San Jorge, es un ejemplo para todos nosotros: así como San Jorge luchó y venció al dragón en nombre de Cristo, así también nosotros, armados con la armadura de la fe y levantando en alto el estandarte ensangrentado de la cruz de Jesús, así nosotros venceremos al dragón infernal, que pretende arrebatarnos la vida de la gracia con sus tentaciones. El ejemplo de un gran santo y mártir como San Jorge, que movido por el amor del Espíritu Santo, prefirió morir antes que postrarse ante los ídolos, es sumamente necesario en nuestros días, en los que abundan los ídolos neo-paganos: la vida de santos como San Jorge nos recuerda que el único Dios verdadero ante el cual debemos doblar las rodillas en adoración, es Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, Presente en la Cruz y en la Eucaristía.




[1]https://www.ewtn.com/spanish/saints/Jorge_4_23.htm;cfr.https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=124