San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 6 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

 



         Vida de santidad[1].

         San Martín nació en Panonia, Hungría, el 316. Sus padres, que eran paganos, lo obligan a ingresar en el ejército, para alejarlo del cristianismo. Sin embargo, fue en el mismo ejército en donde San Martín se convirtió del paganismo al cristianismo. En efecto, siendo militar, sucedió un hecho en la vida de San Martín de Tours, que lo condujo directamente a la conversión. Sucedió que un día de invierno, al entrar en la localidad de Amiens, el santo encontró un mendigo, prácticamente sin ropas y casi en estado de congelación. Al verlo en ese estado, San Martín de Tours descendió de su caballo, se quitó la capa, la partió en dos mitades con su espada y le dio una mitad al pobre, para que así pudiera abrigarse. Esa misma noche tuvo una visión en la que veía a Cristo con su media capa puesta, que decía a los ángeles: “¡Miren, este es el manto que me dio Martín el catecúmeno!”.

Pronto recibe el bautismo y dos años después, deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers le instruyó en teología, filosofía, Biblia y Santos Padres, con vistas a ordenarle de diácono y luego presbítero. Regresa a Poitiers y funda el monasterio de Ligugé, en donde pasa once años. En el año 371 fue nombrado obispo de Tours, emprendiendo una misión apostólica por toda Francia durante treinta y cinco años, realizando esta labor con tal fidelidad a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, que es por esto llamado en adelante “el apóstol de las Galias”. Entre sus obras, además de enfrentarse a emperadores, llamándolos a la conversión del paganismo al cristianismo, se encuentra su defensa de los más débiles y la realización de innumerables milagros. La intensidad de sus viajes apostólicos y la realización incansable de obras de caridad, terminaron por agotar sus fuerzas físicas, al punto que llegó un momento en que sentía que ya estaba por morir. Sus discípulos le piden que no les deje huérfanos, a lo que Martín contestó: “Señor, si aún soy necesario, no rehúso el trabajo. Sólo quiero tu voluntad”. Aún así, la muerte –y el ingreso en el Cielo- se acercaba inexorablemente. Estando en su lecho de muerte, los discípulos querían colocarlo en una posición más cómoda, pero San Martín les dijo, mirando al Cielo: “Déjenme así, para dirigir mi alma en dirección hacia Dios”. En su agonía, el demonio se hizo presente, por lo que San Martín exclamó: “¿Qué haces ahí, bestia sanguinaria? No hay nada en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abrahán me espera”. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 8 de noviembre del año 397.

         Mensaje de santidad

        San Martín fue un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval y su faceta principal fue la caridad. El gesto de Amiens, dar media capa, fue superado cuando, siendo obispo, entregó su túnica entera a un mendigo, aunque éste es un hecho menos conocido. Sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad. Como Nuestro Señor Jesucristo, “Pasó haciendo el bien”. Cuando le preguntaban qué profesiones había ejercido, respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”. Por eso hay quien resume la vida de Martín así: “Soldado por fuera, obispo a la fuerza, monje por gusto”. Podemos decir que en algo estamos en grado de imitar al santo, ya que somos soldados de Cristo por la Confirmación y podemos ser, sino monjes ni obispos, al menos “contemplativos en la acción”, haciendo Adoración Eucarística en medio de nuestras ocupaciones cotidianas; también podemos –y debemos- imitar al santo en su caridad: muy probablemente no se nos aparezca Jesús como mendigo que pasa frío, pero sabemos por la fe que Jesús está, de modo misterioso pero real, en cada mendigo que pasa frío y hambre, en cada prójimo que tiene necesidad de ayuda material y espiritual. Obrar las obras de misericordia, espirituales y corporales, será el mejor modo de imitar a San Martín de Tours y de rendirle homenaje, como santo de Cristo.

sábado, 11 de noviembre de 2017

San Martín de Tours


         Vida de santidad[1].

Nació en Hungría, pero sus padres se fueron a vivir a Italia. Era hijo de un veterano del ejército y a los 15 años ya vestía el uniforme militar. Un episodio sucedido al santo, en el que se encontró con Jesucristo en la apariencia de un indigente, cambió su vida para siempre. Siendo muy joven y estando de militar en Amiens, Francia, en un día de invierno de frío muy intenso, San Martín se encontró por el camino con un pobre hombre a medio vestir, que estaba tiritando de frío. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”.
Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo); inmediatamente después de recibir el bautismo, se presentó ante su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”.
Como Martín sentía un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, San Hilario le cedió unas tierras en sitio solitario y allá fue con varios amigos, y fundó el primer convento o monasterio que hubo en Francia, en donde por diez años se dedicó a la oración, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”.
Un día en el año 371 fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo aclamó como obispo de Tours, y por más que él se declarara indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar. En Tours fundó otro convento y pronto tenía ya ochenta monjes dedicados a la contemplación, la adoración y la predicación. Al poco tiempo, y como don de Dios, se multiplicaron los milagros y las conversiones, lo cual hizo desaparecer la plaga del paganismo, siendo su madre y sus hermanos los primeros paganos en convertirse al Dios verdadero, Jesucristo.
Un día un antiguo compañero de armas lo criticó diciéndole que era un cobarde por haberse retirado del ejército. Él le contestó: “Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales”.
Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una copa de vino, y la pasó primero a un sacerdote y después sí al emperador, que estaba allí a su lado. Y explicó el por qué: “Es que el emperador tiene potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad sobre lo espiritual”, explicación que agradó al emperador.
En los años en que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Según San Sulpicio, la gente se admiraba al ver a Martín siempre de buen genio, alegre y amable, siendo bondadoso y caritativo con todos.
Los únicos que no lo querían eran ciertos tipos que querían vivir en paz con sus vicios, pero el santo no los dejaba. De uno de ellos, que inventaba toda clase de cuentos contra San Martín, porque éste le criticaba sus malas costumbres, dijo el santo cuando le aconsejaron que lo debía hacer castigar: “Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?”.
 San Martín de Tours se enfrentó con funcionarios del imperio, porque en ese tiempo se acostumbraba torturar a los prisioneros para que declararan sus delitos, práctica a la cual nuestro santo se oponía de manera rotunda.
Luego de su muerte, se guardó en una urna el medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre, a través del cual se le manifestó Jesucristo) y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir “medio manto” se dice “capilla”, la gente decía: “Vamos a orar donde está la capilla”. Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.

         Mensaje de santidad.

San Martín de Tours nos enseña cuáles son los verdaderos valores y bienes que debemos esperar, y estos son los espirituales, concedidos por el Gran Capitán Jesucristo, a quienes combaten en su ejército, armados con la fe y la Santa Cruz, contra el Demonio y sus ángeles. También nos enseña acerca de cuál es la verdadera batalla del cristiano: no es “contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires”. Otro ejemplo de santidad es la caridad, que es dar al prójimo por amor a Dios, y nos enseña a ver cómo, en el prójimo más necesitado, está Jesucristo, de manera misteriosa, pero real y verdadera.
Como hemos visto, la vida de San Martín de Tours fue ejemplar en santidad, y lo fue todavía más al momento de la muerte, cuyos detalles podemos conocerlos gracias al testimonio de Sulpicio Severo[2].
         Según San Sulpicio, San Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen final para su vida terrena. Permaneció por un tiempo en esa población y una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, empezó a experimentar falta de fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, entristecidos, le dijeron entre lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas”.
Al escuchar estas palabras, el santo, siempre lleno su corazón de la misericordia de Dios, se conmovió y, llorando él también, dirigió esta oración al Señor: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. Pero Dios había considerado que San Martín había dado ya testimonio de Él, de manera que se lo llevó consigo al cielo, para darle su recompensa.
En esto también es ejemplo de santidad, porque sabiendo que le esperaba el cielo, no dudó en pedir la gracia de continuar en esta tierra, con sus trabajos y afanes, si esa era la voluntad de Dios. Es decir, no pedía ni cielo ni tierra, sino que se cumpla la voluntad de Dios en su vida y es así como debemos hacer nosotros: pedir que se cumpla la voluntad de Dios en nuestras vidas. Finalmente, sabiendo ya que habría de morir en pocos instantes, les dijo así a sus hermanos en religión: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Una vez dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de recibirme”. El soldado de Cristo, que había dejado las armas terrenas para empuñar las armas de la fe, unido a Cristo, resistió las últimas tentaciones del Demonio, para ingresar, triunfante, en el cielo, y el pobre monje, que había compartido de sus bienes con los más necesitados y había abandonado el mundo y sus riquezas para dedicar su vida al Cordero, ahora recibía el premio merecido, la felicidad eterna en el Reino de los cielos. He aquí el mensaje de santidad que nos deja San Martín de Tours.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours y la misteriosa presencia de Jesús en el prójimo


En la vida de San Martín de Tours hubo un episodio que cambió su vida para siempre y fue el encuentro con un mendigo, en un día de invierno. Sucedió lo siguiente: “Siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto””[1]. Dice Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, que luego de que Martín tuviera esta visión, se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Después de ser bautizado, se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Como vemos, el encuentro con el mendigo cambió radicalmente la vida de San Martín de Tours, puesto que, una vez convertido, inició con toda seriedad su vida cristiana. Pero la enseñanza central de su vida de santidad es el encuentro con este misterioso hombre, aterido de frío, en un día de crudo invierno. ¿Era un hombre, es decir, un ser humano, en quien estaba Jesucristo? ¿O era Jesucristo quien, ocultándose a los ojos de San Martín en su gloria, se hacía pasar por un indigente? Las palabras de Jesús a San Martín de Porres no permiten aclarar la cuestión, y nos hacen inclinar ya sea a una u otra posibilidad. Sin embargo, más allá de eso, lo que nos enseña este episodio de la vida de San Martín, ya sea que fuera un hombre en quien estaba Jesús, o que fuera Jesús en Persona que se hacía pasar por un indigente, es: por un lado, que Jesús está Presente, de un modo misterioso pero real, en todo prójimo necesitado; por otro lado, el encuentro personal con Cristo conduce a la conversión y al Reino de los cielos.
También nos enseña que la recompensa que Jesús da a quien presta auxilio a un prójimo necesitado, supera infinitamente lo que podemos pensar, imaginar o desear, porque la recompensa que recibió San Martín de Tours, por realizar una obra de misericordiosa corporal –vestir al desnudo-, fue infinitamente más grande que la mitad de la capa que Él había dado al mendigo, y es la gracia de la conversión primero y la perseverancia final en la fe y en las buenas obras después, perseverancia que le obtuvo el ingreso en el Reino de los cielos.
Al recordar a San Martín de Tours en su día, meditemos en este episodio de su vida, y le pidamos que interceda por nosotros ante Jesús para que, como cristianos y a imitación suya, veamos en el prójimo –en todo prójimo, pero sobre todo, en el más necesitado- la misteriosa Presencia de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, perseverando en la fe y en las buenas obras hasta el fin de la vida, seamos capaces de llegar un día al Reino de los cielos, para adorar, junto a San Martín de Porres y a todos los santos, al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

San Martín de Tours y su perfecto cumplimiento de la Voluntad de Dios


         A San Martín de Tours se lo asocia con uno de sus episodios más clamorosos, que es con el que se lo representa iconográficamente con más frecuencia, y es el encuentro que él tiene, siendo oficial del ejército, con un mendigo –quien luego resultó ser Jesús-, al que le termina dando la mitad de su capa para que se resguardara del frío intenso que hacía en ese momento. Debido a esto, San Martín de Tours es ejemplo de caridad y de misericordia para con los más necesitados.
         Sin embargo, hay otro episodio en la vida de San Martín de Tours, también ejemplar, en este caso, en relación al deseo de cumplir en todo la Voluntad de Dios y este episodio sucede en los instantes previos a su muerte. El hecho sucedió en un monasterio, adonde San Martín de Tours fue para pacificar los ánimos entre los monjes. Una vez restablecida la paz entre ellos por la mediación de San Martín, éste decidió regresar a su propio convento, pero fue en ese momento en que empezó a sentir que sus fuerzas lo abandonaban. Al saber que iba a morir, los monjes le pidieron que se quedara; San Martín de Tours, sabiendo que iba al cielo, con lo que eso supone, la felicidad eterna, y en respuesta de caridad al pedido de los monjes, se dirigió a Dios pidiendo que se cumpla su Voluntad: si era su voluntad divina, él se quedaría entre los monjes; de lo contrario, iría al cielo. Finalmente, y luego de rechazar al demonio que se le apareció en persona, San Martín de Tours fue llevado al cielo. Este hecho es relatado así por Sulpicio Severo: “Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas”. Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme”. Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas”[1].
         San Martín de Tours no elige la vida eterna, ni tampoco elige quedarse para auxiliar a los hermanos que se lo pedían: no hace su voluntad, sino que le pide a Dios que se haga su voluntad: “Hágase tu voluntad”. Y esto, aun cuando la voluntad de Dios implicara el no ingresar todavía al cielo, lo que significaba postergar su felicidad eterna para encima continuar con las fatigas de esta vida terrena, y todo por socorrer misericordiosamente a sus hermanos monjes que se sentían desolados por su partida. Aquí está, entonces, el otro ejemplo de San Martín de Tours: hasta el último instante de la vida, a punto de entrar en la vida eterna, de sus labios se desprende la misma oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: “Hágase tu voluntad”.




[1] De las Cartas de Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.

lunes, 10 de noviembre de 2014

San Martín de Tours y la verdadera caridad cristiana


         Un hecho sucedido en la vida de San Martín de Tours nos da la medida de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana, además de hacernos reflexionar acerca de la Presencia invisible y misteriosa, pero no menos real y cierta, de Nuestro Señor Jesucristo en el prójimo más necesitado.
         En efecto, siendo joven y estando de militar en Amiens, Francia, un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”[1].
Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Luego se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Con relación al episodio sucedido con el mendigo, al cual San Martín le había dado la mitad de su manto, es en este episodio en donde podemos encontrar una de las principales enseñanzas de nuestro santo: por un lado, nos enseña que la verdadera caridad cristiana, no consiste en dar aquello que sobra, o lo que no se usa, o lo que se está a punto de tirar, sino lo que realmente nos sirve y nos es útil. Dar lo que no sirve, lo que es inútil, lo que se está a punto de arrojar al cesto de residuos, no es ni siquiera justicia. Muchas dependencias de Cáritas parroquiales parecen, en la actualidad, depósitos de residuos o de trastos viejos, porque los católicos se piensan que “hacer caridad con los pobres” es, precisamente, deshacerse de lo que ya no les sirve o de lo que están a punto de tirar, y para ahorrarse la molestia de arrojarlos ellos al cesto de los residuos, lo llevan a Cáritas parroquial. Sin embargo, San Martín de Tours nos da el ejemplo de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana: dar de lo propio, de lo que estamos usando, de lo nos sirve; dar lo que está en buen estado; dar un objeto nuevo, y no uno en mal estado, o viejo, o roto, o que está a punto de estropearse.
La otra enseñanza que nos deja San Martín de Tours, en el episodio en el que comparte la mitad de su capa con el mendigo que se le aparece en el camino, y que finalmente resulta ser el mismo Jesucristo en Persona, es precisamente esto: que en el prójimo más desvalido y más necesitado, se encuentra presente, real y misteriosamente, Nuestro Señor Jesucristo. Esto se corresponde exactamente con las enseñanzas del Evangelio: al hablar del Día del Juicio Final, y de la recompensa que dará a los Bienaventurados y del castigo que merecerán los réprobos, Jesús tomará en cuenta las obras de misericordia realizadas y las que no se realizaron en los más necesitados. A los que se salven, les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, estuve desnude, y me vestisteis…”; y a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo, y no me vestisteis…” (Mt 25, 31-46).
La conmemoración de la santidad de vida de San Martín de Tours debe conducirnos a meditar acerca de la imperiosa necesidad de obrar la misericordia como requisito ineludible, si es que queremos salvar nuestras almas, puesto que no obtendremos misericordia si no somos capaces de dar misericordia (cfr. Lc 6, 36), como sí lo hizo San Martín de Tours.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm