San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 28 de septiembre de 2023

San Miguel Arcángel

 



         Junto a San Gabriel y San Rafael, San Miguel Arcángel es uno de los tres grandes Arcángeles nombrados explícitamente en las Sagradas Escrituras. Lo que se debe tener en cuenta, cuando se reflexiona sobre los ángeles, es que estos son personas, personas angélicas, pues están dotadas de inteligencia y voluntad, que es lo que define a una persona. En cuanto a los tipos de personas que hay, debemos decir que hay tres personas: las personas humanas, compuestas de cuerpo material y espíritu inmaterial; los ángeles, como San Miguel Arcángel, quienes son puro espíritu, sin materia y finalmente, las Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, Creador de las personas angélicas y humanas. En un mundo como el nuestro, volcado hacia el materialismo, que ha quitado del horizonte de su existencia la vida eterna y solo desea gozar y disfrutar sensiblemente del momento presente, los ángeles quedan relegados a una parte de la historia y de la cultura humana, en la que la fantasía de los hombres los retrataba en el arte, pero que en realidad no tienen existencia. Y sin embargo, los ángeles, como San Miguel Arcángel, son seres reales, son personas angélicas, puros espíritus, dotados de inteligencia y voluntad y de ninguna manera son una simple expresión artística surgida de la imaginación humana.

         Los ángeles, creados por Dios, tuvieron un instante, medido en el tiempo angélico, para que con su libertad, que es el otro atributo esencial que caracteriza a la persona, sea humana, angélica o divina, eligiesen amar, adorar y servir a Dios Trinidad, para lo cual habían sido creados, o bien rechazarlo, puesto que Dios los creó con libertad, por amor, para recibir de ellos el amor angélico, pero Dios no fuerza a nadie en su libertad y es así como los ángeles que se eligieron a sí mismos en vez de Dios Trino, fueron expulsados para siempre del Cielo y de la visión beatífica de las Tres Divinas Personas. Los demás ángeles, que eligieron amar, adorar y servir a Dios Trino, bajo las órdenes de San Miguel Arcángel, entablaron una lucha en el Cielo, tal como lo describe la Escritura y luego de esa lucha ya no hubo lugar en el Cielo para ellos, siendo precipitados a la tierra para luego ser sepultados para siempre en el Infierno. El Libro del Apocalipsis[1] dice así: “Hubo un gran combate en los cielos. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el Cielo para ellos. Y fue arrojado el Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él”.

         San Miguel Arcángel es quien, ante la Primera Mentira proclamada en el Cielo por parte del Ángel blasfemo Satanás, quien dijo de sí mismo: “¡Yo soy como dios!”, dijo, con voz fuerte y potente: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!” y luego de dicho esto, se dispuso a la batalla en la cual los ángeles rebeldes, con Satanás a la cabeza, fueron expulsados del Cielo para caer en la tierra precipitados como un rayo, tal como lo dice Jesús: “Vi a Satanás caer como un rayo del cielo”. Por esta razón, San Miguel Arcángel es el encargado de frustrar los planes de Satanás o Lucifer, siempre bajo el mando y las órdenes de la Santísima Trinidad. Es también por esta razón que en el arte se lo representa como un ángel con armadura de general romano, amenazando con una lanza o espada a Satanás, quien yace vencido a sus pies. También suele ser representado pesando las almas en la balanza puesto que, según la Tradición, será San Miguel Arcángel quien, bajo las órdenes de Nuestro Señor Jesucristo, pesará las almas en el Día del Juicio Final, para dar a cada una lo que cada una se mereció libremente por sus obras libremente realizadas, o el Cielo o el Infierno.

         En nuestros días sucede un fenómeno nunca antes visto en la historia de la humanidad: si hasta hace poco la jugada maestra del Demonio para con los hombres era convencerlos de que no existía, ahora, en cambio, se muestra abiertamente a través de las numerosas sectas, iglesias y templos satánicos que han surgido a lo largo y ancho de todo el mundo y ha convencido, a los hombres sin Dios, que él es su dios y que él les puede conceder lo que le pidan, a cambio de que los hombres les entreguen sus almas.

         Los cristianos no podemos, de ninguna manera, dejarnos engañar por la Serpiente Antigua y no seremos engañados si permanecemos arrodillados frente a la Santa Cruz de Jesús, cubiertos con el Manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción y protegidos por la espada de doble filo de San Miguel Arcángel, a quien debemos pedir que, en nombre de la Trinidad Santísima, nos proteja en todo momento de las acechanzas y perversidades del Demonio.



[1] 12, 7-9.

jueves, 29 de septiembre de 2016

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial


         
      La persona angélica de San Miguel Arcángel, llamado por la Iglesia “Príncipe de la milicia celestial”, está estrechamente relacionada con otra persona angélica, también príncipe, el “Príncipe de las tinieblas” (cfr. Ef 6, 12), Satanás, llamado también Ángel caído y Serpiente Antigua. San Miguel Arcángel es nombrado en el Apocalipsis, en la batalla celestial en la que San Miguel y sus ángeles libran contra el Demonio y los ángeles apóstatas, arrojándolos luego al infierno: “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente Antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero”[1].
         Su figura es sinónimo de amor incondicional a Dios Trino, bajo cuyas órdenes combate en el cielo para arrojar al Demonio, el cual, derrotado por San Miguel y sus Ángeles de luz, “cae como un rayo”, tal como lo describe Nuestro Señor Jesucristo: “Vi a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18). Pero también es sinónimo de amor a Dios bajo el aspecto de Verdad Absoluta, y en este sentido, es opuesto a toda clase de relativismo, porque inmediatamente después que el Príncipe de las tinieblas dijera, de forma soberbia y arrogante, la primera mentira jamás dicha por nadie antes en el cielo, “Yo soy como Dios”, al instante de ser proferida esta mentira blasfema –por eso es llamado por Jesús “Príncipe de la mentira” (cfr. Jn 8, 44)-, San Miguel Arcángel, que ama a Dios, que es la Verdad Increada y Subsistente, hace resonar, con voz potente en el cielo, la verdad de Dios que resplandece por sobre la mentira del Demonio: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!”, luego de lo cual, San Miguel Arcángel libra la victoriosa batalla contra el Demonio y los ángeles apóstatas.
Por esta razón es que la invocación, por parte de los cristianos, de San Miguel Arcángel, es más urgente que nunca, porque el relativismo sincrético y gnóstico de la Nueva Era lleva, en última instancia, a que el hombre repita, dentro de sí, y como un eco de la infame mentira pronunciada por Satanás en el cielo, la misma mentira de este: “Yo soy como Dios”. En nuestros tiempos, el hombre ha desplazado a Dios Trino de su corazón, para entronizarse él mismo como su propio dios, y esto no es otra cosa que la participación, por el “misterio de la iniquidad”, de la misma mentira blasfema del Demonio en los cielos. Hoy, el hombre pretende vivir al margen de los Mandamientos de la Ley de Dios y al margen de su vida, de su amor y de su gracia, y esto lo podemos constatar día a día en las numerosas leyes –como el divorcio, el aborto, la eutanasia, la ideología de género- que contrarían la voluntad de Dios, al mismo tiempo que exaltan la voluntad del hombre. Pero no somos Dios, por eso es falso y está destinado al más rotundo fracaso, la construcción de un mundo sin Dios o, mejor, de un hombre construido a la medida de ese “dios” con minúscula, que el hombre cree ser. Hoy, como nunca antes en la historia, como en el tiempo sin tiempo del Reino de los cielos, debemos invocar al Príncipe de la Milicia celestial, San Miguel Arcángel y repetir, junto con él: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!”.




[1] 12, 7-9.

martes, 29 de septiembre de 2015

San Miguel Arcángel



San Miguel Arcángel Para ser un devoto bueno y santo de San Miguel Arcángel y para que nuestra devoción al Arcángel no quede en un mero sentimentalismo religioso, tenemos que imitarlo; para imitarlo, tenemos que conocerlo: para conocerlo, tenemos que leer y meditar el Libro del Apocalipsis, porque es ahí en donde se muestra cómo San Miguel ama y defiende la gloria de Dios. En el Apocalipsis se relata la batalla entablada en los cielos, batalla que explica el origen de todos los males del hombre: se revela el inicio de la lucha entre los ángeles apóstatas comandados por Lucifer, contra Dios y sus ángeles de luz, comandados por San Miguel Arcángel, lucha que finalizó con la expulsión de los cielos y posterior caída a la tierra del Demonio y los ángeles de la oscuridad: “Hubo una gran batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra Satanás y los suyos, que fueron derrotados, y no hubo lugar para ellos en el cielo, y fue arrojada la Serpiente antigua, el diablo, el seductor del mundo. Ay de la tierra y del mar, porque el diablo ha bajado a vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo” (12, 7-9). Este hecho constituye el origen de los males de la humanidad, porque la caída del demonio a la tierra significó la pérdida de la amistad del hombre con Dios, su propia caída a causa del pecado original y el inicio de la esclavitud de la humanidad bajo las garras del demonio. Pero en el Apocalipsis también se revela el nombre de San Miguel Arcángel, quien en el momento de la rebelión de Lucifer exclamó: “¿Quién como Dios?”; se revela también su posterior lucha contra el Demonio, a favor de Dios y con la fuerza de Dios; por eso es que, si en el Apocalipsis se revela el origen de los males del hombre, representados en la caída de Satanás, también se revela el origen de los bienes espirituales del hombre, porque San Miguel Arcángel nos enseña cómo amar a Dios y también a luchar por Él. Con su oposición al Demonio y a su reino de mentiras, traición y falsedad, San Miguel Arcángel, aun siendo un ángel, se convierte en ejemplo a seguir para los hombres, creaturas de otra naturaleza, porque representa a los ángeles que aman a Dios Uno y Trino por lo que es y no por lo que da; es decir, San Miguel Arcángel ama a Dios con un amor puro y desinteresado, y no por los beneficios que puede obtener por su amistad y éste es el amor más perfecto que se puede tener a Dios. Ahora bien, este amor, en San Miguel Arcángel, es fruto de una elección: en su poderosa inteligencia angélica el santo Arcángel contempla, por un lado, a Dios en la infinita e inabarcable hermosura de su Ser divino trinitario, en su Omnipotencia, en su Sabiduría celestial, en su Amor eterno y lo elige por eso, por ser Dios Quien Es: un Ser divino perfectísimo, que es Omnipotencia, Amor, Sabiduría y Belleza infinitas y así ama a Dios Trino con un amor perfecto; al mismo tiempo, San Miguel Arcángel comprende la inmensidad del horror y el espanto que significan vivir sin Dios: se da cuenta que sin Dios, su vida angélica se sumergiría en la más profunda de las tinieblas y se vería irremediablemente perdida sin la luz de Dios; San Miguel se da cuenta que su naturaleza angélica, hecha para amar, se vería obligada a actuar en contra de sí misma, porque se vería obligada a odiar, con un odio que sólo habría de crecer por toda la eternidad; se da cuenta que perdería para siempre aquello que alegra su naturaleza angélica, la contemplación de la Trinidad. Pero sobre todo, lo que San Miguel Arcángel veía era que, si elegía quedarse sin Dios, habría de perder para siempre la posibilidad de adorar y amar al Hombre-Dios, Jesucristo. Fue entonces que San Miguel Arcángel eligió amar y adorar a Dios Uno y Trino y al Verbo de Dios Encarnado y pronunció, con una voz potente que resonó en los cielos “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios”. Es así como San Miguel Arcángel se convirtió en ejemplo de amor perfecto y fiel a Dios, siendo el modelo angélico a seguir para todos los hombres que desean amar a Dios con un amor sincero y puro; así como ama a Dios el santo Arcángel, así debemos amarlo nosotros: con un amor desinteresado, amándolo por lo que Es y no por lo que da y amándolo en Jesucristo, Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Entonces, si queremos ser buenos devotos y devotos verdaderos y santos de San Miguel Arcángel, debemos entonces recurrir al Apocalipsis, para saber de él y así poder imitarlo. Pero, ¿cómo saber si tenemos una devoción verdadera o falsa a San Miguel Arcángel? El verdadero devoto del santo Arcángel se caracterizará por aborrecer la mentira, la soberbia, la maledicencia, que son el sello distintivo del Demonio, “Padre de la mentira” y de todo lo malo; el verdadero devoto de San Miguel Arcángel, además de aborrecer la mentira y la soberbia, vivirá siempre en la gracia de Dios, amando la humildad y la verdad y siendo misericordioso con todos, porque la humildad, la verdad y el amor caracterizan a los que viven en la gracia de Dios. Prestemos mucha atención a lo que pensamos, deseamos, decimos y hacemos, no sea que creamos ser devotos de San Miguel Arcángel y en realidad sólo aparentemos por fuera devoción y religión, mientras por dentro vivimos en la soberbia, en la mentira y en la ausencia de amor a Dios y al prójimo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

San Expedito y la fuerza de la cruz


         San Expedito fue un soldado romano que se convirtió del paganismo al cristianismo y en su proceso de conversión, experimentó un amor tan ardiente por Jesucristo y su gracia, que no dudó ni un instante entre el permanecer en su antiguo estado de vida pagana y el adherirse a la nueva vida cristiana, y por ese motivo es que la Iglesia lo propone como modelo de vida y de imitación para sus hijos.
         Antes de su conversión, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que no conocía a Jesucristo y por lo tanto, no solo no era hijo adoptivo de Dios, sino que se encontraba bajo los efectos del pecado original, es decir, se encontraba bajo el dominio de las pasiones –la concupiscencia de la carne- y además, se encontraba bajo el poder y el dominio del Príncipe de las tinieblas, el Ángel caído. Recordemos que Jesús, en el Evangelio, dice: “Vi caer a Satanás como un rayo” (Lc 10, 18): Jesús ve caer a Satanás desde el cielo hacia la tierra cuando San Miguel Arcángel, a la cabeza del Ejército celestial y luchando a las órdenes de Dios, expulsa al Ángel caído y a los ángeles apóstatas del cielo, los cuales son precipitados a la tierra, en donde, desde entonces, “rondan como leones rugientes buscando a quien devorar”, como dice la Escritura (cfr. 1 Pe 5, 8), y andan “dispersos por el mundo” buscando “la perdición (eterna) de las almas”, como reza la oración exorcista del Papa León XIII (la misma que el Papa Francisco ha pedido que se vuelva a rezar).
         Precisamente, es el demonio quien, bajo la forma de cuervo, es quien se le aparece a San Expedito, en el momento en el que el santo recibe la gracia de la conversión, para impedirle la conversión. Es decir, el demonio, viendo que el santo recibe la gracia por medio de la cual iba a dejar de estar bajo sus garras y bajo su dominio, para pasar a pertenecer a Jesucristo, se disfraza de cuervo negro y comienza a volar en torno al santo, gritando: “Cras, cras!”, que significa: “¡Mañana, mañana!”, es decir: “¡Deja la conversión para mañana; continúa con tu vida de pagano; continúa con los placeres que yo te ofrezco; sigue con la concupiscencia de la carne; sigue postrándote ante mí y ante los placeres del mundo; no renuncies ni al dinero ni a las pasiones; continúa bajo el dominio de tus pasiones; continúa hablando mal de tu prójimo; continúa yendo al circo, para divertirte con tus amigos, sin preocuparte por la religión ni por tus deberes de estado; continúa con el alcohol y con toda clase de excesos; no te preocupes por convertirte; deja que tus pasiones te dominen; no perdones ni ames a tus enemigos; déjate llevar por la venganza y por la maldad, yo me ocuparé de tranquilizar tu conciencia; conviértete mañana, que ya tendrás tiempo de sobra para convertirte”. Así le decía el Demonio, mientras, dejando de revolotear a su alrededor, se le acercaba delante de San Expedito, a poca distancia de sus pies.
         San Expedito, iluminado por la luz de la gracia, y sosteniendo en alto la cruz de Cristo, dijo con voz fuerte y clara: "¡Hodie!", que significa: “¡Hoy!". Luego agregó: ¡Hoy me convertiré en cristiano! ¡Hoy me convertiré en hijo de Dios! ¡Hoy dejaré atrás mi vida de pagano! ¡Hoy dejaré atrás el pecado! ¡Hoy viviré en gracia hasta el día de mi muerte! ¡Hoy perdonaré y amaré a mis enemigos! ¡Hoy me abrazaré a la cruz para seguir al Cordero de Dios hasta el Calvario, para morir al hombre viejo y resucitar a la vida de la gracia!”. Y diciendo esto, como el Demonio, sin darse cuenta, había dejado de revolotear a su alrededor y se había colocado cerca de sus pies, quedando a corta distancia, San Expedito, animado con una fuerza y una velocidad sobrenaturales, con su pie derecho le aplastó la cabeza al cuervo, quien así quedó vencido con la fuerza de la cruz de Jesucristo.

         Éste es el ejemplo que nos brinda San Expedito y es la explicación de porqué la Iglesia nos lo presenta para que meditemos y reflexionemos en su vida e imitemos sus virtudes, principalmente en su velocidad para convertirse y en su amor por la gracia y por Jesucristo. San Expedito es el “santo de las causas urgentes”, y la primera “causa urgente” es la conversión, la propia y la de los seres queridos, y eso es lo que debemos pedirle al santo en el día en el que lo conmemoramos.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


Podemos determinar cuál es la función de los Santos Arcángeles en nuestras vidas, según el desempeño de estos Santos Arcángeles en las Escrituras.

De San Miguel Arcángel –que significa “Quién como Dios”-, principalmente, se habla en el Apocalipsis, en donde se narra su glorioso triunfo a las órdenes de Dios, comandando al ejército celestial, que derrotó y expulsó del cielo a la Antigua Serpiente y a sus inmundas huestes, luego de la rebelión angélica: “Se desató entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron al dragón; éste y sus ángeles, a su vez, les hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” (Ap 12, 7-9).

El Arcángel San Miguel, por lo tanto, nos asiste en esta vida en nuestra lucha diaria contra “los principados y las potestades de los cielos” (Ef 6, 12-14), los demonios, que habiendo perdido la batalla en el cielo luego de combatir contra San Miguel Arcángel, y habiendo sido precipitados “como un rayo” (cfr. L c 10, 18)hacia la tierra, vagan por el mundo “como un león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pe 5, 8), haciendo la guerra a los hijos de la luz, a los hijos de Dios y de la Virgen, porque desde su caída de los cielos, Dios puso “enemistad entre la Serpiente y los hijos de la Mujer” (Gn 3, 15), es decir, los hijos de la Virgen. 



Y San Miguel Arcángel, así como, bajo las órdenes de Dios, expulsó al demonio del cielo, así también, bajo las órdenes del Hombre-Dios Jesucristo, Rey de los Ángeles, y bajo las órdenes de la Madre de Dios, Reina de los ángeles, expulsará al demonio de nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, para que libres de las acechanzas de la Antigua Serpiente, vivamos los días de nuestra vida terrena en alabanza y en adoración al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, como anticipo de la adoración que le tributaremos en el Reino de los cielos. Ésa es entonces la tarea de San Miguel Arcángel.


Con respecto al Arcángel San Gabriel –que significa “Mensajero de Dios”-, de él se habla en el glorioso pasaje de la Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: ‘Salve, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se conturbó por estas palabras, y preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin’. María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios... Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.' Y el ángel dejándola se fue’. (Lc 1, 26-38).


Por su relación con la Santísima Virgen María, el Arcángel San Gabriel nos asiste en esta vida para que amemos a la Virgen como Madre de Dios y también como a nuestra Madre celestial, y también nos asiste para que la imitemos a la Virgen por la gracia santificante, para que, a igual que la Virgen, que fue concebida como la Inmaculada Concepción y llena del Espíritu Santo, con el fin de recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad, es decir, su Hijo Jesús, la Eucaristía, también nosotros recibamos a su Hijo Jesús en la Eucaristía –su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad-, y el modo más perfecto de hacerlo, es imitando a la Virgen en su pureza virginal, lo cual lo logramos por medio de la gracia –alma pura- y con la castidad o la virginidad –cuerpo puro-. Para eso es que tenemos que imitarla a la Virgen, para que seamos puros para recibir a Jesús en la Eucaristía, con un cuerpo puro –castidad, virginidad- y con el alma en gracia, y esa es la tarea que realiza en nosotros el Arcángel San Gabriel.



Con respecto al Arcángel San Rafael, que significa “Medicina de Dios”, algunas de sus palabras en la Escritura son: “Bendecid a Dios y glorificadle. Habéis hecho el bien y nada malo os pasará. Por eso me envió Dios a curarte a ti. Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos” (Tb 12, 15). 


Puesto que el Arcángel San Rafael asiste a Tobías, joven justo y piadoso, que ama a Dios, obra la misericordia y ama a sus padres y a su esposa, la tarea del Arcángel San Rafael en esta vida es asistirnos para que, al igual que Tobías, crezcamos en el amor a Dios y en el amor a los padres, obremos las obras de misericordia para con  los más necesitados y cumplamos nuestro deber de estado con la perfección y el amor propio de los hijos de Dios, ya que esa es la manera más perfecta de bendecir y glorificar a Dios con nuestras vidas, en el tiempo, para luego hacerlo por toda la eternidad, en compañía de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael.
Los Santos Arcángeles, entonces, tienen asignada, por la Divina Providencia, la función de perfeccionarnos en todos los órdenes de la vida, para que cumplamos el pedido de Jesús, de "ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto" (cfr. Mt 5, 48): nos asisten en nuestra lucha contra el Ángel caído, que quiere nuestra perdición; nos asisten en nuestro deber de amor, de obrar las obras de misericordia, corporales y espirituales, y de amar a nuestros padres y, finalmente, lo más importante, nos asisten en nuestra tarea de imitar a la Madre de Dios en su pureza de cuerpo y alma, ayudándonos a que vivamos en estado de gracia santificante para que, a semejanza de la Virgen en la Anunciación, recibamos, por la comunión eucarística, con un cuerpo puro y con un alma pura, al Verbo de Dios hecho carne, es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

jueves, 30 de mayo de 2013

Santa Juana de Arco, arquetipo de héroe y santo, modelo de amor a Dios y a la Patria



Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, cerca de Champagne, Francia. Se caracterizó por su gran bondad y por su laboriosidad en el hogar, pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos “era tan buena, que todo el pueblo la quería”.
Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.
A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a la que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. El rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.
Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban, de rodillas, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.
A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.
Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.
Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.
Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.
En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo.
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.
Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: “Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella”. El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor. La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: “¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!”.
Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV[1].
Mensaje de santidad de Santa Juana de Arco

En un siglo caracterizado por la ideología atea y globalista, que busca hacer desaparecer el amor a Dios y a la Patria, Santa Juana de Arco es un precioso y valioso ejemplo de cómo amar, hasta el extremo de dar la vida, tanto a Dios como a la Patria: a Dios, por ser Él quien es, Dios de majestad infinita; a la Patria, por ser la Patria un regalo del Amor divino.
Pero esta muestra de amor a Dios y a la Patria no surge en Santa Juana por sí misma, sino que le es dada, como un don, por el cielo, y su mérito está en su docilidad a la gracia, aun cuando el camino que se le presentaba era el del sacrificio de la propia vida y el ser acusada de sacrílega y blasfema, hasta el punto de perder la vida por falsas acusaciones luego de un juicio inicuo.
Santa Juana ama a su Patria, a la cual rescata con la ayuda sobrenatural del cielo, y la prueba de la ayuda del cielo está en que cuando el cielo no la ayuda, fracasa en sus empresas militares, y ahí es cuando es capturada.
Santa Juana ama a Dios y a sus ángeles y santos y da testimonio público de Jesucristo, porque cuando recibe las locuciones de San Miguel Arcángel y de los santos, se muestra dócil a ellos y obedece a sus órdenes, obediencia mediante la cual obtiene resonantes triunfos sobre sus enemigos. La lucha contra los enemigos terrenos de la Patria, que amenazan su existencia, representa la lucha contra los enemigos del alma, las “siniestras potestades de los aires”, que amenazan la vida del alma buscando la eterna condenación.
Santa Juana enarbola con amor y valentía el estandarte que el cielo le manda confeccionar: los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentan, de rodillas, una flor de lis. El estandarte, que flamea victorioso al viento, es una representación del corazón de Santa Juana: por acción de la gracia, en el corazón de Santa Juana de Arco inhabitan Jesús y María, y ella misma está representada en la flor de lis, cuya belleza y aroma agradan a Dios Padre y a sus ángeles.
Santa Juana de Arco no sabía leer ni escribir, pero sin embargo poseía la sabiduría venida de lo alto, pues sabía discernir entre el Bien y el mal y su alma pura y cristalina por la acción de la gracia santificante, era capaz de escuchar las voces del cielo, voces que la guiaron, por el camino del amor y de la fidelidad a Dios y a la Patria, a lo más alto del cielo.
Santa Juana cumplió fielmente la misión que Dios le encomendó: ser en la tierra la conductora de un ejército victorioso, y para eso le envió como instructor y guía al Príncipe de la Milicia celestial, San Miguel Arcángel, cuya protección siempre invocó, hasta momentos antes de espirar.
Santa Juana imitó a Jesús, ya que dio la vida por Dios, por su Patria y por sus compatriotas, cumpliendo con su gesto las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. También como Jesús, que siendo Dios en Persona y por lo tanto Tres veces Santo, fue acusado falsamente de estar inspirado por Beelzebul, Santa Juana, estando en estado de gracia santificante, fue acusada falsamente de hechicería y brujería, pero al igual que Jesús, que triunfó sobre el infierno en la Cruz, así Santa Juana triunfó sobre sus enemigos, “las potestades siniestras de los aires”.
Santa Juana siguió fielmente el camino de la Cruz, en la imitación de Jesús, porque compartió con Jesús el amargo sabor del abandono y de la traición de aquellos mismos por quienes daba su vida, participando de esta manera de la traición que sufrió Jesús a manos de Judas Iscariote, ya que de la misma manera a como Jesús fue vendido por treinta monedas de plata, así Santa Juana fue comprada por 23.000 libras esterlinas, pero así como Jesús fue reconocido como el Hijo de Dios, Tres veces Santo, luego de su muerte, al dar la lanzada el soldado romano y exclamar: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”, así también Santa Juana, luego de ser quemada en la hoguera, fue reconocida como santa, tal como lo expresó Juan Tressart, secretario del Rey Enrique: “¡Hemos quemado a una santa!”.
Se mantiene fiel en todo momento a Jesús y a la Iglesia, y por esa fidelidad, se muestra capaz de vencer a los enemigos de su Patria y liberarla, pero también por esa fidelidad soporta la traición y el juicio inicuo que la conducen a la hoguera, y por esa fidelidad a Cristo y a su Iglesia en la hora de la prueba, de la tribulación y del dolor, es premiada con la corona de la gloria eterna en los cielos. Santa Juana es así ejemplo de amor a Dios y a la Patria, y constituye un glorioso arquetipo de héroe y de santo para todas las generaciones.
Santa Juana se mantiene fiel a Jesucristo hasta la muerte, porque pide al verdugo morir elevando sus ojos a Cristo crucificado, y expira luego de invocar su nombre por tres veces, para luego pasar a la vida eterna y seguir entonando el dulce Nombre de Jesús, Dios Tres veces Santo.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Vol. II, Collier’s International, México 1964.

martes, 28 de septiembre de 2010

San Miguel Arcángel, asístenos para vencer al espíritu del mal, para así poder amar y adorar a Dios Trino en el tiempo y por la eternidad





La persona angélica de San Miguel Arcángel está unida a la del ángel caído, Lucifer. Ambos deciden sus destinos eternos en un instante de prueba: uno, San Miguel Arcángel, decide libremente hacer, por toda la eternidad, aquello para lo cual había sido creado, adorar y amar a Dios Uno y Trino. En el momento de su prueba, San Miguel Arcángel, con su inteligencia angélica absorta en la contemplación de la majestad del Ser divino, comprende, en ese estupor sagrado de la contemplación del Ser divino, que nadie más que Dios Trino merece ser adorado, porque nadie más que Dios es Dios infinitamente bueno, santo y perfecto.
Comprende, en el instante de la prueba a la que es sometido, que Dios Trino es la santidad en sí misma, y que sería un absurdo irracional y una blasfemia horrible, el proclamar, por parte de cualquier ser creado, que ese ser creado es más grande que el Ser Increado de Dios. San Miguel Arcángel, extasiado en el amor divino, comprende que sería un crimen de una maldad inmensa el pretender, ni siquiera por un instante, igualarse, en la nada del ser angélico, creatural y limitado, a la soberana perfección de un Dios inmensamente majestuoso. Al haber sido creado como Arcángel, San Miguel se encuentra más cercano a Dios, y por eso puede percibir, con su poderosa pero limitada inteligencia angélica, con más claridad que otros ángeles, que Dios es Ser Perfectísimo, Acto Puro de Ser, el Ser por Esencia, y puede, más que otros ángeles, deleitarse en el acto de adoración y de amor al Ser purísimo de Dios, que actúa, desde toda la eternidad, su naturaleza divina, que es Amor Puro y subsistente. Mucho más que otros ángeles, creados en menor jerarquía, puede San Miguel Arcángel alegrarse y extasiarse ante la visión de Dios como mar infinito de Amor eterno. Y es por esta contemplación, y es por esta comprensión, que sale en defensa del Nombre Tres veces Santo de Dios, cuando el Gran Atrevido, el Insolente, el Asesino desde el principio osa, con atrevimiento inaudito, con ceguera perversa, con odio preternatural, rechazar la hermosura del Ser divino y proclamarse él, ser creado, limitado, imperfecto, como el mismo Dios.
Es así como San Miguel Arcángel proclama, con voz de trueno, la consigna de guerra: “¿Quién como Dios?”, que declara la guerra sin cuartel a los espíritus impuros, a los espíritus oscuros, a los que decidieron, libremente, apartarse de la vista del Dios Tres veces Santo, Fuerte e Inmortal.
Luego de la batalla en los cielos, en la que el Gran Embaucador fue expulsado para siempre de la Presencia de Dios Trino, San Miguel Arcángel se erige en Jefe celestial de los espíritus puros que arden en amor de Dios, y como tal permanece ante la Presencia divina, adorándolo por la eternidad.
Al celebrar una misa en su honor, y al recordarlo en su día y en la batalla celestial de la que salió triunfador, le pidamos, no tanto por asuntos terrenos, sino más bien que nos asista en esa batalla que, como continuación y prolongación de la batalla celestial, se desarrolla en un campo de batalla muy especial, el corazón humano, y le pidamos que nos asista con su poder angélico para que, como él, salgamos triunfantes en la lucha contra el ángel caído y las potencias tenebrosas de los cielos, y nos decidamos, ya desde esta vida, y para toda la eternidad, a servir, amar y adorar a Dios Uno y Trino.