San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 13 de marzo de 2013

Santa Matilde y la devoción de las Tres Avemarías (2)



         El P. Eliécer Sálesman recoge una anécdota de la Guerra Civil Española, en la cual un general español se salva de ser fusilado gracias a tres Avemarías: “”[1]. La devoción que la Virgen María le revela a Santa Matilde, el rezo de tres Avemarías todos los días, pidiendo la gracia de no caer en pecado mortal, salva también la vida, pero no solo la física, sino ante la vida eterna del alma, porque promete que quien cumpla con esta devoción, será protegida por la Madre de Dios durante esta vida y, en el momento de la muerte, será asistida por la Virgen, quien le alcanzará todas las gracias necesarias para la eterna salvación.
La devoción consiste en el rezo diario de tres Avemarías –pueden rezarse tres a la noche, aunque también se pueden agregar tres al levantarse, como modo de consagrar el día a la Virgen de esta manera: “María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal. Por el poder que te concedió Dios Padre: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.
Por la sabiduría que te concedió Dios Hijo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia…’.
Por el Amor que te concedió Dios Espíritu Santo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia…”.
Luego, para finalizar, se reza un Gloria: “¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén!”.
         Como puede verse, es una devoción muy simple, pero al mismo tiempo, debido a la promesa de la Virgen, posee en su simplicidad una gran fortaleza y efectividad, y la razón es que la Virgen María participa, en el mayor grado que una creatura humana o angélica pueda hacerlo, de los principales atributos de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre le ha concedido participar en su poder omnipotente, como no lo concedió a ninguna creatura y a ningún ángel, y en virtud de este poder, la Virgen María aparece en el Génesis aplastando la cabeza -con su delicado piecito femenino- del Dragón infernal, y ante su solo nombre, “María”, Satanás y el infierno todo tiemblan de espanto y huyen invadidos del más grande terror; Dios Hijo le concedió participar de su Sabiduría, como no lo hizo ni lo hará con ninguna creatura, humana o angélica, y por este motivo, donde está María, Madre de la Sabiduría, no entran en el error, la herejía, el cisma, la apostasía, y brillan con esplendor divino el conocimiento sobrenatural de los misterios absolutos de Cristo, su Hijo; Dios Espíritu Santo, la hizo participar de su Amor y de su Pureza en un grado eminentísimo, mucho más alto que el de los más grandes ángeles y santos, y por eso mismo, donde está la Virgen, está el Amor a Jesucristo y el deseo ardiente de seguirlo camino de la Cruz y en imitarlo en su mansedumbre y humildad.
         Con la devoción de las Tres Avemarías confiada a Santa Matilde, la Virgen nos concede la gracia de participar, según nuestra disposición, de las mismas virtudes con las cuales fue adornada por las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Y aquí radica toda la fuerza de su implacable eficacia en salvar almas.



[1] Cfr. Cfr. Ejemplos Marianos. 234 Casos históricos interesantes, Editorial San Pablo Ecuador, Quito 2006, 100.

martes, 13 de marzo de 2012

Santa Matilde y la devoción de las tres Avemarías

 14 de marzo
Santa Matilde


Vida y milagros de Santa Matilde, Emperatriz[1]
Santa Matilde era hija de los condes Teodorico y Reinhilda. Su padre la había colocado desde niña en la abadía de Herford, para que se formase en el temor de Dios y en todos los conocimientos propios de una doncella de la buena sociedad. Allí adquirió una buena educación y cultura. Se casó con Enrique “el Pajarero”, duque de Sajonia, en solemnes esponsales, por los que se convirtió Matilde, primero en duquesa de Sajonia, luego en reina y emperatriz de Germanía, y madre de Otón I el Grande, restaurador del Imperio Romano.
Matilde ejerció sobre Enrique una influencia bienhechora, al constituirse en su mejor guía y consejero. En sus victorias, Matilde ponía el contrapeso de su dulzura y moderación; en sus pesares, ella le daba ánimos para seguir adelante. La joven princesa perfumaba toda la corte con sus virtudes y su dulzura inefable. Dedicaba mucho tiempo a la oración y su mayor consuelo era socorrer a los pobres, que la llamaban “madre”.
Matilde y Enrique eran un solo corazón. “En ambos, dice el biógrafo, reinaba el mismo amor a Cristo, una misma unión para el bien, una voluntad igual para la virtud, la misma compasión para los súbditos y el mismo afecto entrañable para todos. Los dos merecieron las alabanzas del pueblo”.
El Sacro Imperio Romano Germánico tuvo la suerte de tener en su cuna el hálito santo de esta mujer dulce y fuerte. Matilde formó el corazón de Otón, el hombre de la Providencia, y puso en él semillas de fe, de fortaleza, de piedad y de amor a la Iglesia de Cristo y a sus súbditos.
Cuando le avisaron que su esposo había muerto, la reina estaba en la iglesia y ahí se quedó, volcando su alma al pie del altar en una ferviente oración por él. En seguida pidió a un sacerdote que ofreciera el santo sacrificio de la misa por el eterno descanso del rey y, quitándose las joyas que llevaba, las dejó sobre el altar como prenda de que renunciaba, desde ese momento, a las pompas del mundo.
Un día el Papa llamó a Otón a Roma, puso en sus sienes la corona de Carlomagno y lo nombró emperador de Occidente. Debido a que su otro hijo, Enrique, ya había fallecido, Matilde, considerando haber cumplido su misión, volvió a la abadía, entregándose por completo a sus obras piadosas. Emprendió la construcción de un convento en Nordhausen; hizo otras fundaciones en Quedlinburg, en Engern y también en Poehlen, donde estableció un monasterio para hombres[2].
La última vez que Matilde tomó parte en una reunión familiar fue en Colonia, en la Pascua de 965, cuando estuvieron con ella el emperador Otto “el Magno”, sus otros hijos y nietos. Después de esta reaparición, prácticamente se retiró del mundo, pasando su tiempo en una u otra de sus fundaciones, especialmente en Nordhausen. Cuando se disponía a tratar ciertos asuntos urgentes que la reclamaban en Quedlinburg, se agravó una fiebre que había venido sufriendo por algún tiempo y comprendió que pronto iba a llegar su último momento. Envió a buscar a Richburga, la doncella que la había ayudado en sus caridades y que era abadesa en Nordhausen. Según la tradición, la reina procedió a hacer una escritura de donación para todo lo que hubiera en su habitación, hasta que no quedó nada más que el lienzo de su sudario. “Den eso al obispo Guillermo de Mainz (que era su nieto). El lo necesitará primero que yo”. En efecto, el obispo murió repentinamente, doce días antes de que ocurriera el deceso de su abuela, acaecido el 14 de marzo del año del Señor 968, Sábado de Gloria. El cuerpo de Matilde fue sepultado junto con el de su esposo, en Quedlinburg, donde se la venera como santa desde el momento de su muerte[3].

Mensaje de santidad de Santa Matilde[4]
Además de su vida de santidad, Santa Matilde nos deja el legado inapreciable de la devoción a las tres Avemarías, una devoción dada por la Madre de Dios en persona, quien le prometió a Santa Matilde, que aquel que rece diariamente esta devoción, tendrá su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte.
¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?
En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, ya sea para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.
Por esta devoción se honran los tres principales atributos de María Santísima, que son: el poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta (y cómo será de grande el poder dado por Dios Padre, que la Virgen María es la Mujer del Génesis que con su delicado piececito de doncella, aplasta la cabeza del dragón del infierno; para el demonio, el pie de la Virgen pesa más que miles de millones de toneladas, porque lo aplasta con el poder de Dios); la sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre (y esta sabiduría celestial se demuestra, ante todo, en “Sí” dado por María al anuncio del ángel de la Encarnación del Verbo, que la convertiría en Madre de Dios); el amor con que la llenó Dios Espíritu Santo, al elegirla por su inmaculada Esposa (y el amor en María, con el cual ama a su Hijo Dios, es el mismo Amor de Dios, que es como un oceáno sin playas, sin límites, infinito, celestial, ¡y con ese mismo amor somos amados nosotros como hijos de la Virgen!).
Porque son estos tres atributos, dados por las Tres Divinas Personas, los que resplandecen en María Santísima, es que viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.
Las tres Avemarías se rezan así: “María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal. Por el poder que te concedió Dios Padre: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
Por la sabiduría que te concedió Dios Hijo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
Por el Amor que te concedió Dios Espíritu Santo: ‘Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén’.
¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén!”.


[2] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Tomo I, 337.
[3] Cfr. Butler, ibidem.