San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 17 de noviembre de 2020

Santa Isabel de Hungría


 

         Vida de santidad[1].

         Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Puesto que su esposo era también un buen cristiano, aceptaba de buen grado lo que la santa realizaba, que era repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa, respondiendo a los que la criticaban: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel se resignó y aceptó la voluntad de Dios, decidiéndose entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados. El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a novecientos pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, además de auxiliar a muchas familias necesitadas.

Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió a usar vestidos lujosos. Un Viernes Santo, se arrodilló ante un crucifijo y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, consagrando su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Recorría calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo; vivía en una humilde choza junto al hospital y tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos. Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente, ante lo cual, ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”.

Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una inmensa multitud. El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le fracturó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea.

         Mensaje de santidad.

         Para entender el mensaje de santidad, debemos considerar qué es lo llevó a Santa Isabel de Hungría a renunciar a la realeza y a las riquezas y dedicar su vida a la atención de los más necesitados y es el deseo de alcanzar la vida eterna, ya que se dedicó a los pobres y enfermos no por mera filantropía, sino porque veía en los prójimos más necesitados al mismo Cristo, según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a estos de mis hermanos, a Mí me lo habéis hecho”. Es importante considerar esto, porque de lo contrario la figura de la santa no tendría nada de santidad y se reduciría a una figura filantrópica, que hace el bien simplemente porque es una persona de buena voluntad: no es el caso de Santa Isabel de Hungría, ya que ella renunció a todo en esta vida, para alcanzar la Vida eterna y se dedicó a los pobres no por los pobres en sí mismos, sino porque en ellos veía a Cristo, misteriosamente presente en ellos. En otras palabras, la santa renunció a la realeza terrena y a las riquezas terrenas no por amor al pobrismo y la filantropía, sino para conseguir un tesoro celestial, más valioso que todo el oro del mundo junto: la realeza de los hijos de Dios y la riqueza de la gracia y de la gloria divina. La mejor forma de imitar a la santa es, por lo tanto, renunciar a las cosas materiales y vanas de esta vida y obrar la misericordia corporal y espiritual para con los más necesitados, en nombre de Cristo, viendo a Cristo en los más necesitados; sólo así alcanzaremos el Reino de los cielos.

viernes, 6 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

 



         Vida de santidad[1].

         San Martín nació en Panonia, Hungría, el 316. Sus padres, que eran paganos, lo obligan a ingresar en el ejército, para alejarlo del cristianismo. Sin embargo, fue en el mismo ejército en donde San Martín se convirtió del paganismo al cristianismo. En efecto, siendo militar, sucedió un hecho en la vida de San Martín de Tours, que lo condujo directamente a la conversión. Sucedió que un día de invierno, al entrar en la localidad de Amiens, el santo encontró un mendigo, prácticamente sin ropas y casi en estado de congelación. Al verlo en ese estado, San Martín de Tours descendió de su caballo, se quitó la capa, la partió en dos mitades con su espada y le dio una mitad al pobre, para que así pudiera abrigarse. Esa misma noche tuvo una visión en la que veía a Cristo con su media capa puesta, que decía a los ángeles: “¡Miren, este es el manto que me dio Martín el catecúmeno!”.

Pronto recibe el bautismo y dos años después, deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers le instruyó en teología, filosofía, Biblia y Santos Padres, con vistas a ordenarle de diácono y luego presbítero. Regresa a Poitiers y funda el monasterio de Ligugé, en donde pasa once años. En el año 371 fue nombrado obispo de Tours, emprendiendo una misión apostólica por toda Francia durante treinta y cinco años, realizando esta labor con tal fidelidad a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, que es por esto llamado en adelante “el apóstol de las Galias”. Entre sus obras, además de enfrentarse a emperadores, llamándolos a la conversión del paganismo al cristianismo, se encuentra su defensa de los más débiles y la realización de innumerables milagros. La intensidad de sus viajes apostólicos y la realización incansable de obras de caridad, terminaron por agotar sus fuerzas físicas, al punto que llegó un momento en que sentía que ya estaba por morir. Sus discípulos le piden que no les deje huérfanos, a lo que Martín contestó: “Señor, si aún soy necesario, no rehúso el trabajo. Sólo quiero tu voluntad”. Aún así, la muerte –y el ingreso en el Cielo- se acercaba inexorablemente. Estando en su lecho de muerte, los discípulos querían colocarlo en una posición más cómoda, pero San Martín les dijo, mirando al Cielo: “Déjenme así, para dirigir mi alma en dirección hacia Dios”. En su agonía, el demonio se hizo presente, por lo que San Martín exclamó: “¿Qué haces ahí, bestia sanguinaria? No hay nada en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abrahán me espera”. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 8 de noviembre del año 397.

         Mensaje de santidad

        San Martín fue un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval y su faceta principal fue la caridad. El gesto de Amiens, dar media capa, fue superado cuando, siendo obispo, entregó su túnica entera a un mendigo, aunque éste es un hecho menos conocido. Sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad. Como Nuestro Señor Jesucristo, “Pasó haciendo el bien”. Cuando le preguntaban qué profesiones había ejercido, respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”. Por eso hay quien resume la vida de Martín así: “Soldado por fuera, obispo a la fuerza, monje por gusto”. Podemos decir que en algo estamos en grado de imitar al santo, ya que somos soldados de Cristo por la Confirmación y podemos ser, sino monjes ni obispos, al menos “contemplativos en la acción”, haciendo Adoración Eucarística en medio de nuestras ocupaciones cotidianas; también podemos –y debemos- imitar al santo en su caridad: muy probablemente no se nos aparezca Jesús como mendigo que pasa frío, pero sabemos por la fe que Jesús está, de modo misterioso pero real, en cada mendigo que pasa frío y hambre, en cada prójimo que tiene necesidad de ayuda material y espiritual. Obrar las obras de misericordia, espirituales y corporales, será el mejor modo de imitar a San Martín de Tours y de rendirle homenaje, como santo de Cristo.

San León Magno

 



         Vida de santidad[1].

Nació en Toscana, Italia; recibió una esmerada educación y hablaba correctamente el latín. Llegó a ser Secretario del Papa San Celestino y de Sixto III, y fue enviado por éste como embajador a Francia a tratar de evitar una guerra civil que iba a estallar por la pelea entre dos generales. Estando por allá le llegó la noticia de que había sido nombrado Sumo Pontífice, en el año 440. Desde el principio de su pontificado dio muestra de poseer grandes cualidades para ese oficio. Predicaba al pueblo en todas las fiestas y de él se conservan noventa y seis sermones, que son verdaderas joyas de doctrina. A los que estaban lejos los instruía por medio de cartas de las cuales se conservan ciento cuarenta y cuatro. Su fama de sabio era tan grande que cuando en el Concilio de Calcedonia los enviados del Papa leyeron la carta que enviaba San León Magno, los seiscientos obispos se pusieron de pie y exclamaron: “San Pedro ha hablado por boca de León”. En el Concilio de Calcedonia, en el que defendió la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios[2].

         Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad de San León Magno nos recuerda al libro de Job: “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra” (Job 7, 1). En efecto, no por ser Papa, estuvo exento de luchar contra los enemigos de la Iglesia. El santo luchó contra dos tipos de enemigos: los externos, que querían invadir y destruir a Roma, y los internos, que trataban de engañar a los católicos con errores y herejías. Los externos fueron Atila, quien en el año 452 quiso invadir Roma con su ejército de hunos, pero el Papa León le salió a su encuentro, desarmado con armas de hierro pero armado con el arma espiritual de la Palabra de Dios y logró milagrosamente que no entrara en Roma y regresara a su tierra. Luego, en el año llegó 455 llegó otro enemigo feroz, Genserico, jefe de los vándalos, al cual no pudo impedir que entrara en Roma y la saqueara, aunque sí obtuvo de éste que no incendiara la ciudad ni matara a sus habitantes.

Pero los enemigos más importantes con los que se tuvo que enfrentar el Papa San León Magno provenían del interior de la Iglesia: en efecto, un grupo de herejes, entre los cuales se encontraban muchos sacerdotes, comenzaron a negar el dogma de la Encarnación del Verbo: estos enemigos fueron combatidos y derrotados por el Papa en el Concilio de Calcedonia, en donde el Papa defendió la verdadera doctrina, es decir, que Quien se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de María era el Verbo Eterno de Dios, consubstancial al Padre. Esto quiere decir que Jesús de Nazareth es Dios y no un hombre más entre tantos. La doctrina de la Encarnación del Verbo es importantísima para la fe católica, porque si el que se encarnó en la Virgen es el Hijo de Dios, entonces la Eucaristía es ese mismo Hijo de Dios oculto en apariencia de pan, porque la Eucaristía es la prolongación de la Encarnación del Verbo. Es por esto que la Eucaristía se debe adorar, porque no es un pan bendecido, sino Dios Hijo en Persona, oculto en las apariencias de pan. El mensaje de santidad de San León Magno es entonces el siguiente: el católico no puede cruzarse de brazos frente a los enemigos, tanto externos como internos, de la Iglesia de Cristo y debe salirles a su encuentro, seguros de la victoria, pues la victoria sobre los enemigos de la Iglesia ya la obtuvo Nuestro Señor Jesucristo, por medio de su Sacrificio en la Cruz.

San Josafat, obispo y mártir


 


         Vida de santidad[1].

         Desde niño, su madre le enseñó a contemplar el Santo Crucifijo, cosa que hacía con gran devoción. Al llegar a la juventud, a pesar de tener la posibilidad de contraer matrimonio, eligió ingresar en el seminario, para ser sacerdote de Jesucristo. Tomada la decisión, ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad en Vilma, capital de Lituania, en 1604. En el convento se destacó por su gran fervor hacia la Sagrada Escritura, la oración y la penitencia, además de su caridad para con los más necesitados. Tenía el don del consejo y de la paz y así lograba que muchas abandonaran el cisma y se convencieran de que la verdadera iglesia de Jesucristo era la Iglesia Católica. Corría el año 1595 y los principales jefes religiosos ortodoxos de Lituania habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero los más intransigentes dentro de los ortodoxos se habían opuesto violentamente, llegándose incluso a producirse desórdenes callejeros. Al ingresar al convento, el santo se decidió a trabajar y sacrificarse para lograr que su nación se pasara a la Iglesia Católica. En 1617, fue nombrado arzobispo de Polotsk, dedicándose a reconstruir templos y a obtener que los sacerdotes se comportaran de la mejor manera posible. Visitó una por una todas las parroquias. Redactó un catecismo y lo hizo circular y aprender por todas partes. Sucedió que un tal Melecio se hizo proclamar de arzobispo en vez de Josafat (mientras este visitaba Polonia) y algunos revoltosos empezaron a recorrer los pueblos iniciando una revuelta contra el santo, diciendo que no querían obedecer al Papa de Roma. El santo decidió acudir para llamar a los revoltosos a la unidad con la Iglesia de Roma; fue recibido con piedrazos e insultos e incluso intentaron matarlo. El santo les dijo: “Sé que ustedes quieren matarme y que me atacan por todas partes. En las calles, en los puentes, en los caminos, en la Plaza Central, en todas partes me han insultado. Yo no he venido en son de guerra sino como pastor de las ovejas, buscando el bien de las almas. Pero me considero verdaderamente feliz de poder dar la vida por el bien de todos ustedes. Sé que estoy a punto de morir, y ofrezco mi sacrificio por la unión de todas las iglesias bajo la dirección del Sumo Pontífice”. Sus enemigos rechazaron la oferta de paz de San Josafat y se dispusieron a asesinar a sus colaboradores, para luego asesinarlo a él. Cuando el santo vio que iban a linchar a sus colaboradores, salió al patio y gritó a los atacantes: “Por favor, hijos míos, no golpeen a mis ayudantes, que ellos no tienen la culpa de nada. Aquí estoy yo para sufrir en vez de ellos”. Al oír esto, los jefes de la rebelión gritaron: “¡Que muera el amigo del Papa!” y se lanzaron contra él. Le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divna. Era el 12 de noviembre de 1623 cuando el santo dio su vida por la unidad de la Iglesia bajo el Romano Pontífice.

         Mensaje de santidad.

         En nuestros días, la nación de Lituania es de gran mayoría católica, pero en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice: la conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte a San Josafat, aunque tuvo que derramar su sangre, para conseguir que sus compatriotas aceptaran el catolicismo. Es por esta razón que el Papa ha declarado a San Josafat, Patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos. El verdadero ecumenismo es el proclamado por San Josafat: la verdadera iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica, presidida por el Santo Padre, que reside en Roma. Es por esta verdad de fe que San Josafat entregó su vida al martirio. Le pidamos al santo estar también nosotros dispuestos a dar la vida por la unidad de la verdadera iglesia, la Iglesia Católica, pues en esto consiste el verdadero ecumenismo, el estar todos bajo la guía del Vicario de Cristo, el Papa. Cualquier ecumenismo que coloque al Papa a la altura de un jefe religioso más entre tantos, es un ecumenismo falso y por lo tanto, no debemos seguirlo. Sólo el ecumenismo que reúna a las iglesias cristianos bajo la guía y el cayado de Pedro, es el verdadero ecumenismo y sólo así se cumplen las palabras de Jesús: “Que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos Uno” (Jn 17, 20-26).

sábado, 31 de octubre de 2020

San Carlos Borromeo

 


         Vida de santidad[1].

         Nació en Arjona (Italia) en 1538. Desde joven se consagró con todas sus fuerzas a los estudios y se reveló como exacto cumplidor de sus deberes de cada día; en consecuencia, a los 21 años obtuvo el doctorado en derecho en la Universidad de Milán. Un hermano de su madre, el Cardenal Médicis, fue nombrado Papa con el nombre de Pío IV, y éste admirado de sus cualidades nombró a Carlos como secretario de Estado. Más tarde, renunció a sus riquezas, se ordenó de sacerdote, y luego de obispo y se dedicó por completo a la labor de salvar almas.

         El Papa Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552: San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo logró que la empresa siguiese adelante, permitiendo que se aprobaran los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a San Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, ya que puede decirse que él fue el director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento. El santo también organizó retiros para su clero y él mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Por otra parte, consciente de la importancia de la temprana formación en la fe católica de los niños, San Carlos ordenó que se atendiese especialmente a la instrucción cristiana de los niños, para lo cual, además de imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. San Carlos fundó además 6 seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios.

El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más. Murió cuando tenía apenas 46 años, el 4 de noviembre de 1584[2].

         Mensaje de santidad.

         Cuando leemos la vida de San Carlos Borromeo, vemos cómo el santo se aplicó, en cada etapa de su vida, a cumplir su deber de estado y esto no por un mero perfeccionismo, sino como consecuencia de su fe en la acción de la gracia de estado, gracia que actúa cuando el alma obra “lo que debe y está en lo que hace”, no por mero perfeccionismo, sino para alcanzar el Cielo. Es decir, San Carlos Borromeo tuvo, desde muy joven, presentes las palabras de Jesús: "Sed perfectos, como mi Padre del cielo es perfecto" (Mt 5, 48). Quería ser perfecto en su cumplimiento de los deberes de estado porque su Padre celestial era perfecto y porque así alcanzaba el cielo. Esto podemos tomarlo como un legado suyo; otro mensaje de santidad es su preocupación por mantener la recta Doctrina y la Verdadera Fe, frente al error de la herejía protestante y esto se ve en sus intervenciones en el Concilio de Trento, uno de los pilares dogmáticos del Magisterio y faro de luz divina para nuestra vida en la fe. Por último, el santo sabía que si al alma no la gana Dios y su gracia desde pequeña, ésta termina siendo captada o por sus pasiones, o por el Demonio o por el mundo y es por eso que se esmeró en hacer obligatorio el Catecismo de la Iglesia Católica para los niños pequeños. Así, siguiendo al santo, la formación en la fe católica debe comenzar ya desde la familia, que con razón es llamada “Iglesia Doméstica” por los Padres de la Iglesia. Podemos decir que el mensaje de santidad de San Carlos Borromeo lo podemos resumir así: cumplimiento del deber de estado, de cara a Dios y para ganar el Cielo y profesión de la Verdadera Fe Católica, sin la contaminación del error protestante, ya desde pequeños.

        

San Martín de Porres


 

         Vida de santidad[1].   

         Nació en Lima, Perú, hijo de un blanco español y de una negra africana. A los 15 años pidió ser admitido en la comunidad de Padres Dominicos, ingresando en la misma como hermano religioso, recibiendo el oficio de peluquero y de enfermero. Desde su ingreso, San Martín de Porres comenzó a hacer toda clase de obras de caridad, sin distinción de ninguna clase, socorriendo a los enfermos y moribundos, pero además rezando y catequizando a todo el que se le acercaba. El santo solía rezar frente a un crucifijo de gran tamaño que había en el convento; pasaba también largas horas ante el Santísimo Sacramento del altar, haciendo Adoración Eucarística y además tenía una gran devoción  a la Virgen, rezando el Rosario en todo momento. En muchas ocasiones, varios testigos observaron con asombro cómo levitaba, en estado de éxtasis, cuando rezaba. Con la ayuda material de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los mendigos, huérfanos y enfermos de la ciudad. Recogía limosnas en cantidades asombrosas y repartía todo lo que recogía, razón por la cual miles de menesterosos llegaban a las puertas del convento a pedirle ayuda.

         Sucedió que, aunque él trataba de ocultarse, sin embargo su fama de santo crecía día por día, razón por la cual acudían al convento para consultarle incluso hasta las altas autoridades, como el Virrey y el Arzobispo, al curó de una grave enfermedad con solo imponerle las manos. Como tenía el don de la curación, lo primero que pedían muchos enfermos cuando se sentían graves era: “Que venga el santo hermano Martín”.

         Tenía también el don de la bilocación, puesto que, sin moverse de Lima, fue visto en China y en Japón animando a los misioneros que estaban desanimados y sin que saliera del convento, lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. Conversaba con los animales, quienes lo escuchaban atentamente y le obedecían en el acto: es conocido el episodio en el que una vez, a los ratones que invadían la sacristía, les dijo que se fueran a la huerta y así lo hicieron los ratones, saliendo de la sacristía en fila india encaminándose hacia la huerta, adonde les había dicho el santo que fueran.   Amaba a los animales como creación de Dios y los hacía comer, en una misma cacerola y al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones. También tenía el don de la invisibilidad: una vez, llegaron hasta su celda unos enemigos, pero el santo pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron, retirándose sin hacerle daño alguno.

A los 60 años, después de haber pasado 45 años en la comunidad, mientras le rezaban el Credo y besando un crucifijo, murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros empezaron a obtenerse a montones por su intercesión.

Mensaje de santidad.

Aunque tuvo dones extraordinarios como la bilocación y la levitación, además del ser invisible a los ojos humanos, el mensaje de santidad de San Martín de Porres no consiste en estos dones, sino en su piedad y amor eucarísticos, en su amor por la Virgen, en su devoción por el Santo Rosario y en el amor de caridad demostrado hacia todo prójimo, sea éste un mendigo que pedía en las calles, sea el mismo Virrey o incluso el Arzobispo. Al recordarlo en su día, le pidamos a San Martín de Porres que acreciente nuestro amor por la Eucaristía, la Virgen y el Rosario y también por nuestros prójimos, sin hacer distinción de ninguna clase, obrando la misericordia con todo prójimo.

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

Santos Judas Tadeo y Simón, Apóstoles


 


Vida de santidad[1].

A causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe, San Judas Tadeo es uno de los santos más populares dentro de la Iglesia Católica. Santa Brígida cuenta en sus Revelaciones que Nuestro Señor le recomendó que cuando deseara conseguir ciertos favores los pidiera por medio de San Judas Tadeo. A San Simón y San Judas Tadeo se les celebra la fiesta en un mismo día porque según una antigua tradición los dos iban siempre juntos  todas partes a predicar la Palabra de Dios. Ambos fueron llamados por Jesús para formar parte del grupo de sus Doce elegidos, llamados “Apóstoles”. Ambos recibieron el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés y presenciaron los milagros de Jesús en Galilea y Judea y oyeron sus sermones; fueron testigos de sus apariciones como resucitado e incluso hablaron con Él después de su santa muerte en la Cruz, y fueron además testigos presenciales de Su ascensión al cielo.

Mensaje de santidad.

A Judas se le llama Tadeo para diferenciarlo de Judas Iscariote que fue el que entregó a Jesús. San Judas Tadeo escribió una de las Cartas del Nuevo Testamento. En la misma, ataca a los gnósticos y dice que los que tienen fe pero no hacen buenas obras son como nubes que no tienen agua, árboles sin fruto, y olas con sólo espumas, y que los que se dedican a los pecados de impureza y a hacer actos contrarios a la naturaleza, sufrirán la pena del fuego eterno. Entonces, San Judas se caracteriza por luchar contra el gnosticismo, que es una herejía según la cual el hombre no necesita de la gracia de Dios para salvarse, sino simplemente adquirir unos conocimientos reservados a los iniciados; también defendió la pureza del alma y del cuerpo, indispensables para entrar en el Reino de los cielos, porque sólo así el alma se configura a Cristo Dios, que es la Pureza Increada.

La antigua tradición cuenta que a San Simón lo mataron aserrándolo por medio y a San Judas Tadeo, cortándole la cabeza de un hachazo, por eso es que a San Judas se lo retrata muchas veces con un hacha en la mano.  

Al recordar a los Santos Apóstoles Simón y Judas Tadeo, les pidamos que intercedan por nosotros para que siempre vivamos en gracia y obremos la misericordia y para que nunca caigamos en el error soberbio de pensar que no necesitamos a Cristo Jesús y su gracia en nuestras vidas.