San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta San Bonifacio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta San Bonifacio. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de junio de 2020

San Bonifacio, obispo y mártir


Congregación Obispo Alois Hudal: San Bonifacio, Obispo y mártir ...

          Vida de santidad[1].

          Nació en Inglaterra hacia el año 673; después de haber vivido como monje en el monasterio de Exeter, el año 719 partió para Alemania, dónde predicó la Buena Noticia del Evangelio de Cristo, obteniendo muchas conversiones a la fe católica. Más tarde, fue ordenado obispo y gobernó la Iglesia de Maguncia y con la ayuda de varios colaboradores, fundó o restauró diversas Iglesias en Baviera, Turingia y Franconia. También convocó concilios y promulgó leyes eclesiásticas. En el año 754, mientras evangelizaba a los frisones, fue asesinado por unos paganos. Su cuerpo recibió sepultura en el monasterio de Fulda.

          Mensaje de santidad[2].

          Parte de su mensaje de santidad lo podemos encontrar en una de sus cartas, en las que vela como un “pastor solícito sobre su rebaño”. En esta carta compara a la Iglesia como una “nave que surca los mares del mundo y es azotada por una tormenta” y como toda nave, no debe ser abandonada, sino gobernada: “La Iglesia, que como una gran nave surca los mares de este mundo, y que es azotada por las olas de las diversas pruebas de esta vida, no ha de ser abandonada a sí misma, sino gobernada”.
          Pone como ejemplo de gobierno de la Iglesia a grandes pastores que lo precedieron, quienes gobernaron la Iglesia de Cristo bajo el gobierno civil de emperadores paganos, es decir, en tiempos de mucha dificultad para la difusión de la fe, y cómo estos pastores dieron sus vidas por la Iglesia: “De ello nos dan ejemplo nuestros primeros padres Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre”.
          Luego San Bonifacio confiesa su debilidad para gobernar la Iglesia, pero al mismo tiempo se muestra confiado en las Sagradas Escrituras: “Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura. Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas. Y en otro lugar: Torre fortísima es el nombre del Señor, en él espera el justo y es socorrido. Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.
          San Bonifacio continúa diciendo que es Dios quien nos ha impuesto la carga y que, si la sobrellevamos, no es por fuerzas propias, sino con la fuerza misma de Dios y que si nos mantenemos fieles en esta tarea, conseguiremos la vida eterna: “Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna”.       
          Por último, San Bonifacio alienta a “no ser perros mudos” ni “mercenarios que huyen ante el lobo”; por el contrario, anima a ser “pastores fieles que vigilan el rebaño de Cristo, anunciando la Buena Noticia de Cristo a todos los hombres, sin distinción de ninguna clase: “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro a los pastores de la Iglesia”.
Al recordar a San Bonifacio, le pidamos que interceda ante Dios Nuestro Señor, para que seamos firmes y fieles en la realización de obras de misericordia, que testimonian así nuestra fe en el Hombre-Dios, Cristo Jesús. Y esto, hasta dar la vida, si fuera necesario.


[2] Cfr. De las Cartas de san Bonifacio, obispo y mártir, Carta 78; MGH, Epistolae 3, 352. 354.

martes, 4 de junio de 2019

San Bonifacio, obispo y mártir



         Vida de santidad[1].

Bonifacio nació hacia el año 680, en el territorio de Wessex (Inglaterra). Su verdadero nombre era Winfrido. Ordenado sacerdote, en el año 718 viajó a Roma para solicitar del papa Gregorio II autorización de misionar en el continente, dirigiéndose a Hesse, en donde convirtió a gran número de bárbaros. Fundó el primer monasterio en Amoneburg, a orillas del río Olm. Regresó a Roma, donde el papa lo ordenó obispo. En el año 725 volvió a dirigirse a Turingia y, continuando su obra misionera, fundó el monasterio  de Ordruf. Presidió un concilio donde se encontraba Carlomán, hijo de Carlos Martel y tío de Carlomagno, quien lo apoyó en su empresa. En el año 737, otra vez en Roma, el papa lo elevó a la dignidad de arzobispo de Maguncia. Prosiguió su misión evangelizadora y se unieron a él gran cantidad de colaboradores. También llegaron desde Inglaterra mujeres para contribuir a la conversión del país alemán; entre éstas se destacaron santa Tecla, santa Walburga y santa Lioba. Este es el origen de los conventos de mujeres. Prosiguió fundando monasterios y celebrando sínodos, tanto en Alemania como en Francia, a consecuencia  de lo cual ambas quedaron íntimamente unidas a Roma.
El anciano predicador había llegado a los ochenta años. Deseaba regresar a Frisia (la actual Holanda). Tenía noticias de que los convertidos habían apostatado. Cincuenta y dos compañeros fueron con él. Atravesaron muchos canales, hasta penetrar en el corazón del territorio. Al desembarcar cerca de Dochum, miles de habitantes de Frisia fueron bautizados. El día de pentecostés debían recibir el sacramento de la confirmación. Bonifacio se encontraba leyendo, cuando escuchó el rumor de gente que se acercaba. Salió de su tienda creyendo que serían los recién convertidos, pero lo que vio fue una turba armada con evidente determinación de matarlo. Los misioneros fueron atacados con lanzas y espadas. “Dios salvará nuestras almas”, grito Bonifacio. Uno de los malhechores se arrojó sobre el anciano arzobispo, quien levantó instintivamente el libro del evangelio que llevaba en la mano, para protegerse. La espada partió el libro y la cabeza del misionero. Era el 5 de junio del año 754. El sepulcro de san Bonifacio se halla en Fulda, en el monasterio que él fundó. Se lo representa con un hacha y una encina derribada a sus pies, en recuerdo del árbol que los gentiles adoraban como sagrado y que Bonifacio abatió en Hesse. Es el apóstol de  Alemania y el patriarca de los católicos de ese país.

         Mensaje de santidad.

         Además de su intensa actividad apostólica –se considera como el evangelizador de Germania-, en la vida de San Bonifacio hay un hecho que vale la pena destacar, porque es válido también para nuestros días. Sucede que los germanos, que eran paganos antes de San Bonifacio, tenían una desagradable costumbre, y era idolatrar a los árboles, adorándolos como si fueran dioses. Muy probablemente, como el árbol da muchos beneficios, lo adorarían por estos motivos, aunque hay otros motivos más oscuros y es el gnosticismo subyacente: los germanos consideraban a los árboles como dioses y como algo sagrado porque consideraban que se conectaban, por así decirlo, con los tres mundos: con el inframundo, por medio de sus raíces; con el mundo presente y actual, por medio del tronco y con el mundo celeste, por medio de sus ramas más altas. San Bonifacio, llevado por el amor a Jesucristo y por el celo apostólico, no dudó en abatir a hachazos a este árbol gnóstico e idolátrico, que en realidad no era más que eso, un árbol, al que los germanos le habían dado la característica de un dios. En nuestros días sucede algo parecido: existe un denominado “árbol de la vida”, utilizado en su mayoría por las mujeres como adorno, pero que en realidad se trata de un amuleto utilizado para hacer magia cabalística. Es decir, utilizar el “árbol de la vida”, es utilizar un amuleto, que sólo sirve para hacer el mal, es decir, para hacer magia. Por esta razón, estamos como en tiempos de Bonifacio, porque muchos utilizan este amuleto sin saber su origen gnóstico, cabalístico y mágico, aunque muchos otros lo utilizan como verdadero amuleto. Para nosotros, los cristianos, el único “Árbol de la vida” es la Santa Cruz de Jesús, de donde surge la vida divina como de su fuente, a partir de su Sagrado Corazón traspasado por la lanza del soldado romano. Estamos, entonces, como en tiempos de Bonifacio, rodeados de paganos y de gente que, sin saberlo, practica el paganismo. Derribemos ese falso “árbol de la vida” y entronicemos en nuestros corazones el verdadero “Árbol de la vida”, la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús.

lunes, 5 de junio de 2017

San Bonifacio, obispo y mártir


         En una de sus cartas[1], escribe así San Bonifacio acerca de la Iglesia y su gobierno en tiempos difíciles: “La Iglesia, que como una gran nave surca los mares de este mundo, y que es azotada por las olas de las diversas pruebas de esta vida, no ha de ser abandonada a sí misma, sino gobernada”. Utiliza la imagen de la nave que surca los mares tempestuosos, para describir a la Santa Iglesia Católica, y afirma que, en medio de las pruebas y tribulaciones del mundo y de la historia, “debe ser gobernada”, y no “abandonada a sí misma”; es decir, la Iglesia no debe ser abandonada por los hombres, frente al ataque de sus enemigos –externos e internos-, sino que debe “ser gobernada”. Pero no se refiere al gobierno sobrenatural, porque este está a cargo de Dios, de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo; se refiere al gobierno de los hombres, que se dejan guiar por el Espíritu Santo, porque son dóciles a sus inspiraciones. San Bonifacio cita a grandes papas, santos y mártires, como ejemplo de hombres que deben guiar a la Iglesia, dóciles al Espíritu de Dios: “De ello nos dan ejemplo nuestros primeros padres Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre”. Para San Bonifacio, los hombres que deben gobernar la Iglesia son guiados por el Espíritu Santo, porque en medio del reino de los paganos, guían a los bautizados con la luz de la Divina Sabiduría, ofrecen sus sacrificios a Nuestro Señor, y llegan incluso hasta “derramar su sangre” por amor a la Iglesia.
Cuando San Bonifacio piensa en los santos y mártires, “se estremece de terror y temor”, pues se compara con ellos y ve, en ellos, la santidad, y en él, “el pecado y las ganas de abandonar”, pero “encuentra ejemplo de eso en las Escrituras y los Padres, por lo que no lo sigue considerando: “Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura”. San Bonifacio dice esto porque cree firmemente que los que deben guiar a la Iglesia son los santos y los mártires, es decir, los que “en todo momento y circunstancia siguen la voz del Espíritu Santo”, según la definición de Castellani: “(el santo es) aquél que en todo momento y en cualquier circunstancia sigue la voz del Espíritu Santo”[2].
El santo no debe confiar en sus propias fuerzas, sino en la santidad y la justicia de Dios, y apoyarse en su Nombre Tres veces Santo: “Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: “Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas”. Y en otro lugar: “Torre fortísima es el nombre del Señor, en él espera el justo y es socorrido”.
Y así, fortalecido por el Nombre de Dios, se dispone “a la prueba”, por eso de que “el oro se prueba en el crisol” (cfr. Prov. 17, 3; 1 Pe 1, 7), ya que Dios envía tribulaciones para probar y fortalecer a los que confían en El, pero los que en Él confían salen siempre triunfantes: “Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.
Dice San Bonifacio que la carga que lleva el que gobierna la Iglesia, ha sido puesta por Dios mismo, pues se trata de su “yugo, que es suave” (cfr. Mt 11, 30), según sus propias palabras en el Evangelio: “Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Quien es puesto al frente de la Iglesia por el Señor, porque se deja guiar por el Espíritu Santo al ser dócil a sus inspiraciones, debe enfrentar a “días de angustia y aflicción”, porque la Iglesia debe soportar los embates del Infierno, que ataca a la Esposa de Cristo por medio de agentes externos e internos –los enemigos más peligrosos de la Iglesia son los modernos Judas Iscariotes: “los falsos hombres de iglesia crucifican a los santos”[3]-, debiendo estar dispuestos, los que aman a la Iglesia, a “morir por las santas leyes y así conseguir la herencia eterna”: “Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna”.
Por último, dice San Bonifacio que al vigilar sobre el rebaño de Cristo, “no debemos ser perros mudos” ni “centinelas silenciosos”, ni tampoco “mercenarios que huyen del lobo, sino “pastores solícitos que anuncien el Evangelio a todo hombre”, “a tiempo y destiempo”: “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro a los pastores de la Iglesia”. No seamos perros mudos, ni centinelas silenciosos, ni mercenarios, frente al gnosticismo neo-pagano, el relativismo, el naturalismo y el racionalismo que, negando los misterios sobrenaturales absolutos de Dios Uno y Trino y de la Encarnación del Verbo en el seno de María Virgen, asolan a nuestra Santa Madre Iglesia en estos sombríos y aciagos días. No seamos perros mudos del rebaño del Señor, pues el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, vigila Él mismo sobre su rebaño, y “vendrá pronto a dar a cada uno su salario, según hayan sido sus obras” (cfr. Ap 22, 12-14).



[1] Carta 78; MGH, Epistolae 3, 352. 354.
[2] Cfr. Daniel Giaquinta, en Javier Navascués, Leonardo Castellani, Defensor de la Tradición, https://adelantelafe.com/leonardo-castellani-defensor-la-tradicion/
[3] Cfr. Giaquinta, passim.

miércoles, 5 de junio de 2013

San Bonifacio, obispo y mártir


         “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo”[1].
         Si bien se trata de una carta con indicaciones acerca de la actuación de los presbíteros, los consejos de San Bonifacio son válidos para todo cristiano, sea laico, sacerdote o religioso, por lo que analizaremos, a la luz de la fe, su contenido.
         “No seamos perros mudos”: un perro se caracteriza por su fidelidad a su patrón y la mejor forma que tiene de demostrar su fidelidad es el advertir, co sus ladridos, la inminencia de un peligro. De esta manera el dueño, que está descansando o haciendo alguna tarea en el hogar, al ser alertado por los ladridos del perro, se pone en guardia para repeler el ataque del ladrón. En nuestro caso, se trata del ataque del Perro infernal, que pretende ingresar en las casas, es decir, en los corazones de los hombres, para destruirlos con sus dentelladas rabiosas y así quitarle la vida de la gracia. Un cristiano debe “ladrar” con todas sus fuerzas, es decir, debe advertir a sus hermanos acerca de la Presencia del Perro del Infierno, Satanás, que busca descargar su rabia y su odio contra Dios, en los hombres, creados a su imagen y semejanza. El cristiano actúa como un perro mudo toda vez que mira para otro lado cuando se comete una injusticia, o cuando calla ante el mal, o cuando no dice una palabra en defensa de la Iglesia, del Papa, de los sacerdotes, o cuando incluso dentro de la misma Iglesia permite el mal, la mentira, la corrupción en todas sus formas. “No seamos perros mudos”, nos advierte San Bonifacio, por eso debemos “ladrar”, denunciando la inmoralidad reinante y defendiendo los derechos de Dios a ser conocido, respetado, amado y adorado por toda la humanidad.
         “No seamos centinelas silenciosos”. Un centinela está ubicado en una posición de altura, de privilegio, para precisamente poder alertar a la plaza fuerte sobre la incursión de los enemigos, para lo cual debe gritar, con todas sus fuerzas, alertando a los demás, para que se preparen a repeler el artero ataque enemigo. Si un centinela ve venir al enemigo, y calla, comete el pecado de traición, porque todos aquellos que debían ser alertados, quedan desprevenidos y a la merced de sus enemigos. Hoy, cuando las huestes enemigas buscan penetrar en la fortaleza de las almas para incendiarlo y destruirlo todo, el cristiano, en su estado de vida, cualquiera sea, debe ser como un centinela, que alerte los inminentes peligros que se abaten sobre las almas, el más insidioso de todos, el gnosticismo de la Nueva Era o New Age, gravísimo error según el cual no se necesita de la gracia de Cristo Dios para la salvación. El cristiano debe combatir, con los medios espirituales a su alcance –oración, sacramentos, penitencia, sacrificios, misericordia- el error gnóstico que amenaza la vida eterna de cientos de miles de almas.
         “No seamos mercenarios que huyen del lobo”. Al mercenario no le interesan las ovejas, sino su salario, el dinero, y por eso cuando ve venir el lobo, huye, sin importarle la suerte del rebaño. El mercenario trabaja por el dinero y no por Dios; de ahí la advertencia de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”. El buen pastor, el buen cristiano, por el contrario, ama a Dios y por Dios y en Dios, ama a las almas, sin importarle el dinero y cuando viene el lobo, le hace frente, porque ama a las almas en Dios y las ama con el Amor de Dios, y por eso arriesga su vida para salvarlas. Hoy en día el Lobo infernal, del demonio, ronda el rebaño haciendo estragos en él, destrozando las almas por medio de las sectas, el ocultismo, la brujería, la magia, la religión wiccana, el tarot, el yoga, el reiki y cientos de prácticas gnósticas más.
         Dice San Bonifacio que debemos “anunciar los designios de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas a tiempo y a destiempo”: a todos debemos anunciar que Cristo Dios es nuestro Salvador y que sólo a Él debemos adorar y servir en esta vida, y a nadie más, y este anuncio es tanto más perentorio cuanto que en nuestro tiempo la secta luciferina de Acuario, la Nueva Era, pretende conseguir la iniciación luciferina y la consagración de Satanás a la humanidad, para lo cual elabora, promociona, difunde, apoya, por todos los medios posibles, la exaltación del ocultismo, de la magia, de la brujería y de toda abominación similar, disfrazándola de libros, revistas, publicaciones, películas o series “familiares”, como Harry Potter, Los hechiceros de Waverly Place, Sabrina, la bruja adolescente, Crepúsculo, Avatar, etc. Si el cristiano no denuncia esta situación, en el medio en el que se desempeña, la familia, el estudio, el trabajo, el barrio, etc., se convierte en un perro mudo, en un centinela silencioso, en un mercenario que huye ante el Lobo infernal, asociándose a este en su tarea de acechar y capturar almas para su reino de tinieblas.
         Finalmente, San Bonifacio murió a manos de los paganos, según el relato que de su muerte hace Alan Butler: “San Bonifacio hizo los arreglos para una confirmación en masa, en la víspera de Pentecostés, en un campamento levantado sobre la planicie de Dokkun, en la ribera del riachuelo Borne (Alemania). En el día señalado, el santo estaba leyendo dentro de su tienda, en espera de los nuevos convertidos, cuando una horda de hostiles paganos apareció de repente con evidente intención de atacar el campamento. Los pocos cristianos que se encontraban ahí rodearon a san Bonifacio para defenderle, pero éste no se los permitió. Les pidió que permanecieran a su lado, los exhortó a confiar en Dios y a recibir con alegría la posibilidad de morir por la fe. En eso estaba, cuando el grupo fue atacado brutalmente por la horda furiosa. San Bonifacio fue uno de los primeros en caer, y todos sus compañeros sufrieron la misma suerte. El cuerpo del santo fue trasladado finalmente al monasterio de Fulda, donde aún reposa. También se atesora ahí el libro que estaba leyendo el santo en el momento del ataque. Se afirma que el mártir levantó en alto aquel libro, para que no sufriera tanto daño como él mismo y, en efecto, las pastas de madera del pequeño volumen tienen muescas causadas por los cuchillos y algunas manchas que se supone sean las de la sangre del mártir”[2].
         Hoy nos enfrentamos a un paganismo inmensamente más peligroso y dañino, el neo-paganismo de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario y su peligrosidad radica en que, a diferencia del paganismo pre-cristiano, este nuevo paganismo ha conocido y rechazado a Cristo, con lo cual ha cerrado definitivamente las puertas de la salvación para aquellos que se inscriben en sus filas. Las almas de nuestros prójimos están en grave peligro y ese es el motivo por el cual las palabras, el mensaje y la vida de santos como San Bonifacio, son una ayuda del cielo para nuestro ser y obrar: debemos ser y obrar como perros que alerten con sus ladridos la presencia del Lobo infernal; debemos ser y obrar como centinelas atentos a las incursiones de las huestes enemigas, las numerosísimas sectas de la Nueva Era; debemos ser y obrar como pastores solícitos que alerten a las ovejas sobre el demonio, que anda “como león rugiente buscando devorar las almas” (cfr. 1 Pe 5, 8), y esto, como dice San Bonifacio, con la fuerza de la gracia santificante de Jesucristo, y en todo momento, a tiempo y a destiempo.

        






[1] San Bonifacio, Cartas de San Bonifacio; Carta 78: MGH, Epistolae 3, 352, 354.
[2] Cfr. Vidas de los Santos de Butler; cfr. http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1907