San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 27 de agosto de 2024

Santa Mónica

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Tagaste (África) el año 331, de familia cristiana. Muy joven, fue dada en matrimonio a un hombre llamado Patricio, un pagano de temperamento violento y de vida disipada. A pesar del carácter violento de su esposo, Santa Mónica obró con sabiduría cristiana para lograr la paz del hogar y con sus oraciones y sacrificios, obtuvo la gracia de la conversión de su esposo al cristianismo y fue así que Patricio murió cristianamente en el año 371, un año después de ser bautizado. Tuvo con Patricio tres hijos, Agustín, Navigio y una hija mujer cuyo nombre se desconoce. De los tres hijos, el que más trabajo le dio para su educación fue Agustín, ya que antes de su conversión, era de carácter caprichoso, egoísta e indolente, aunque lo peor de todo para Mónica, que era profundamente cristiana, era ver cómo su hijo se dejaba arrastrar por la herejía maniquea, la cual niega la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, al considerarlo solo una creatura más y no Dios Hijo encarnado.

Durante todo el tiempo en el que Agustín estuvo en la secta, Santa Mónica no dejaba de rezar continuamente por su conversión, además de hacer ayunos y sacrificios y de derramar abundantes lágrimas al ver que su hijo permanecía en la oscuridad de la secta maniquea. Santa Mónica acudió a un obispo para pedirle consejo y éste le dijo una frase que le daría un gran consuelo y que, al fin de cuentas, sería profética: “Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. A la edad de veintinueve años, Agustín decidió ir a Roma a enseñar retórica y como Santa Mónica quería acompañarlo para estar cerca de su hijo y seguir rezando por él, Agustín, que no quería que la acompañara, acudió a la mentira -todavía no estaba convertido y por eso, acudir al Padre de la mentira, el Demonio, era habitual en él- para lograr que su madre no lo siguiera, simulando que simplemente iba a despedir a un amigo y fue así que dejó a su madre orando en la iglesia de San Cipriano y se embarcó hacia Roma sin ella. Más tarde, escribió en las “Confesiones”: “Me atreví a engañarla, precisamente cuando ella lloraba y oraba por mí”. A pesar de todo, Santa Mónica se embarcó y llegó a Roma, pero Agustín había partido ya para Milán, la ciudad en donde el futuro Doctor de la Iglesia conoció a San Ambrosio y en donde también recibió la gracia de la conversión al catolicismo, abandonando definitivamente la secta maniquea, lo cual tuvo lugar en agosto del año 387.

Una vez convertido al catolicismo y ya en compañía de Santa Mónica, madre e hijo decidieron regresar a África, pero al llegar al puerto de Ostia, Santa Mónica enfermó gravemente, dándose cuenta la santa que sus días en la tierra estaban llegando a su fin, aunque eso era algo que solo ella sabía. San Agustín describe así en su libro “Confesiones”, uno de los últimos momentos de la vida terrena de Mónica: “Sucedió que ella y yo nos encontramos solos, apoyados en la ventana, que daba hacia el jardín interno de la casa en donde nos hospedábamos, en Ostia. Hablábamos entre nosotros, con infinita dulzura, olvidando el pasado y lanzándonos hacia el futuro, y buscábamos juntos, en presencia de la verdad, cuál sería la eterna vida de los santos, vida que ni ojo vio ni oído oyó, y que nunca penetró en el corazón del hombre”. Sabiendo que estaba ya por morir, Santa Mónica le dijo a San Agustín: “Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio”. Según lo que le manifiesta a San Agustín, lo único que quiso Santa Mónica, en sus últimos treinta años de vida, era la conversión de su hijo Agustín y una vez que el Señor se la concedió, la santa solo deseaba la vida eterna, en el Reino de los cielos, ya que aquí en la tierra no encontraba ninguna razón de seguir viviendo. El último para sus dos hijos fue que no se olvidaran de rezar por el descanso de su alma. San Agustín recuerda que su madre quería ser sepultada junto a su esposo, pero cuando alguien le dijo que podría ser sepultada lejos de él, respondió: “No hay sitio que esté lejos de Dios, de suerte que no tengo por qué temer que Dios no encuentre mi cuerpo para resucitarlo”. Cinco días más tarde, cayó gravemente enferma. Al cabo de nueve días de sufrimientos, fue a recibir el premio celestial, a los cincuenta y cinco años de edad. Era el año 387.  

         Mensaje de santidad.

         El mensaje de santidad de Santa Mónica lo obtenemos por San Agustín, ya que él es la principal fuente sobre la vida de Santa Mónica, al escribir sobre la santa de manera especial en sus Confesiones, libro IX, en donde escribe así de su madre: “Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”. Esa frase de San Agustín describe el corazón en gracia de Santa Mónica: no deseaba para sus hijos éxitos terrenos, títulos, honores mundanos, reconocimientos de los hombres; solo deseaba aquello que es más importante y es la conversión del corazón a Nuestro Señor Jesucristo, porque esto asegura la vida eterna. Santa Mónica es ejemplo de esposa y de madre, porque con sus oraciones, ayunos y sacrificios, ofrecidos sin cesar durante treinta años, obtuvo la conversión de su esposo y la de sus hijos, entre ellos, San Agustín. Entonces, al recordarla en su día, le pidamos a Santa Mónica que interceda por nosotros para que, al igual que ella, solo deseemos llegar a la vida eterna en el Reino de los cielos, para adorar por toda la eternidad al Cordero de Dios, Jesucristo y que también sepamos rezar, ayunar y ofrecer sacrificios por la conversión de nuestros seres queridos y la de todo prójimo, para que todos adoremos por siempre al Hombre-Dios Jesucristo en el Reino celestial.

 



[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/monica.htm ; Butler, Vidas de los Santos; Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos. 


viernes, 20 de agosto de 2021

Santa Mónica y su amor a las almas y al Cielo

 




         Santa Mónica es ejemplo de amor a las almas y también de amor al Cielo, a la vida eterna del Reino de los cielos.

         Es ejemplo de amor a las almas, porque durante treinta años no sólo rezó por la conversión de su hijo Agustín, sino también hacía sacrificios, penitencias, ayunos, llegando incluso a derramar abundantes lágrimas de dolor, pero no porque su hijo simplemente “no se portaba bien”, sino porque San Agustín no se convertía a Jesucristo y no se encontraba en un camino de santidad espiritual, ya que en su sincera búsqueda de la Verdad, iba de una secta a otra, hasta que por las oraciones de Santa Mónica, recibió la gracia de la conversión, conoció a Jesucristo y se convirtió en uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.

         Santa Mónica es también ejemplo de amor al Cielo, es decir, a la vida eterna en el Reino de los cielos, a la vida de la gloria de los hijos de Dios, que consiste en la contemplación gozosa, por toda la eternidad, de Dios Uno y Trino y del Cordero, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial. Según ella misma le dijo a su hijo San Agustín, poco antes de morir, que ya no deseaba nada de esta tierra: lo único que deseaba era morir a la vida terrena para vivir en la eternidad, en el Reino de los cielos.

         Amor a las almas, rezar por ellas pidiendo por su conversión, despreciar esta vida terrena y desear vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad y del Cordero de Dios, en compañía de la Virgen, de los ángeles y de los santos, ése es el mensaje de santidad que nos deja Santa Mónica.

martes, 27 de agosto de 2019

Santa Mónica



Desde su conversión, Santa Mónica sólo persiguió dos objetivos en esta vida: lograr la conversión de su esposo y de su hijo San Agustín y preparar su alma para la vida eterna. Desde que se convirtió, Santa Mónica se dio cuenta que esta vida es pasajera, fugaz y que lo que importa es salvar el alma para la vida eterna. Por esta razón es que soportó, con paciencia y caridad heroica, la violencia de su marido, su falta de amor, su incomprensión del matrimonio y es por eso que derramó lágrimas durante treinta años pidiendo por la conversión de su hijo San Agustín. Santa Mónica sabía que esta vida se termina pronto y que las acciones de esta vida son las que determinan nuestro destino final en la otra vida, y es por esto que se dedicó, con toda caridad, a rezar tanto por su marido, como por su hijo. Al final de su vida, vio recompensados ambos deseos, ya que ambos se convirtieron, llegando a ser San Agustín uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Sus últimas palabras, antes de morir y dejar esta vida terrena, reflejan la profundidad de su vida espiritual y el único deseo que tenía en su corazón, el alcanzar la vida eterna. Días antes de morir, dijo a San Agustín: “En lo que a mí respecta, hijo mío, ya no deseo nada de esta vida. No veo que tenga que hacer más -dijo-, ni por qué he de vivir aquí; se desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte cristiano católico. Dios me la concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí? (Conf, IX, 26)”[1]. Dice que en lo que a ella respecta, ya no desea esta vida ni nada de lo que esta vida pueda ofrecerle. Para ella, esta vida ya carece de sentido, porque lo que quería, la conversión de su esposo y de su hijo, ya la ha logrado con creces. Se da cuenta que su hijo se ha convertido porque, al igual que ella, “menosprecia las alegrías terrenales” para “ser siervo de Dios” y por eso ella ya no le encuentra sentido seguir viviendo aquí. Sólo desea vivir la vida eterna, porque sabe que en esa vida eterna encontrará toda la dicha que no hay en esta; sabe que en la vida eterna no hay llanto, ni dolor, ni tristeza, ni amargura, propias de la vida de la tierra y que sólo hay alegría, gozo y dicha en la contemplación bienaventurada de la Trinidad y del Cordero, Cristo Jesús. Por eso ansía salir de esta vida, para entrar en la vida eterna.
Al recordar a Santa Mónica en su día, le pidamos que interceda para que también nosotros deseemos, como ella, la vida eterna y para que también hagamos méritos, como ella, para merecerla.

sábado, 27 de agosto de 2016

Santa Mónica


En Santa Mónica se cumplen a la perfección las palabras de la Escritura: “Sé modelo para los fieles en las palabras y en el trato, en la caridad, en la fe y en la pureza de vida” (1 Tim 4, 1-5, 2). Santa Mónica fue ejemplo en todo, y principalmente, en la fe y en la caridad, porque anheló para su hijo San Agustín la vida eterna y no dejó por esto mismo de orar al Señor durante treinta años, derramando lágrimas de dolor hasta no ver a su hijo convertido. Es el mismo San Agustín quien nos traza el semblante de esta gran santa, y cuáles eran sus preocupaciones. En su libro “Confesiones”, San Agustín relata uno de los últimos diálogos tenidos con su madre, en el cual se pone de manifiesto que Santa Mónica “vivía en el mundo”, pero ya no era del mundo, sino que esperaba en la vida eterna, y que su alma estaba en paz porque luego de haber rezado por más de treinta años, veía a su hijo encaminado en la vida, pero no por haber alcanzado una posición social, o una sólida fortuna, o por ser reconocido por el mundo, sino porque lo veía ya convertido a Nuestro Señor Jesucristo. Dice así San Agustín[1]: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte -día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios (…), que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina (…). Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”. No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero al cabo de cinco días o poco más cayó en cama con fiebre (Antes de morir, dijo): “Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis”. Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba”.
Analicemos brevemente sus últimas palabras, para darnos una idea de la gran santidad de Santa Mónica:
“Ya nada me deleita en esta vida”: pero no porque estuviera depresiva, sino porque esperaba tan grande felicidad en la vida eterna, que consideraba las felicidades de la tierra igual a nada.
“Ya nada espero de este mundo”: Lo mismo que recién: nada esperaba de este mundo terreno, porque todo lo esperaba del mundo futuro, de la vida eterna feliz, en la contemplación del Cordero.
“Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir”: no deseaba para su hijo ni una esposa hermosa, ni una posición social predominante, ni un puesto de trabajo bien remunerado, ni una fortuna: deseaba que fuera “cristiano católico”, es decir, no solo practicante de su fe, sino amante de ese Dios Encarnado en quien, por su fe, creía.
“Dios me lo ha concedido con creces”: luego de rezar y de llorar por más de treinta años por la conversión de su hijo, Dios había escuchado su petición y le había concedido incluso más de lo que pedía, porque San Agustín es uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Santa Mónica es así ejemplo de fe y de perseverancia en la oración, pero sobre todo, del verdadero amor paterno, y en esto es ejemplo para padres y madres, quienes deben pedir a Dios, mañana, tarde y noche, lo mismo que Santa Mónica pidió para su hijo: la contrición perfecta y la conversión del corazón, porque así se ganaba la vida eterna.



[1] Cfr. Libro 9, 10, 23--11, 28: CSEL 33, 215-219.

jueves, 27 de agosto de 2015

Santa Mónica, modelo de madre y esposa


         La mejor semblanza de Santa Mónica, mediante la cual podemos conocer su vida de santidad, es la que realizó San Agustín, su hijo: “Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”[1]. En esta semblanza San Agustín da las pistas para entender el porqué Santa Mónica es modelo de madre, y por eso nos detendremos en este aspecto de la santa, en su ser modelo de madre. 
      En esta semblanza, San Agustín describe la doble maternidad de Santa Mónica, por la cual lo engendró a la vida terrena, mortal, la que finaliza con la muerte y la maternidad espiritual, mediante la cual Santa Mónica lo engendró para la vida eterna. La primera maternidad de Santa Mónica la describe así San Agustín: “Ella me engendró (…) con su carne para que viniera a la luz del tiempo”, y esto es propio de toda madre –es lo que convierte a una mujer en “madre”-, el concebir y engendrar a sus hijos, en sus cuerpos, para darlos “a luz”, es decir, para que salgan del seno materno y vean, con sus propios ojos, “la luz del tiempo”, la vida terrena. Esto que hizo Santa Mónica es lo que hace toda madre. Pero luego San Agustín describe la otra maternidad de la santa, esta vez, espiritual, y la describe así: “(Ella) me engendró (…) con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”. Esta segunda maternidad de Santa Mónica, es eminentemente espiritual y no se da en toda madre; se trata de un “engendrar en el corazón” para que el hijo “nazca a la luz de la eternidad”. ¿De qué se trata propiamente? Se trata de un amor materno que trasciende los límites de la maternidad meramente biológica, porque es un amor materno fecundado por la fe en Cristo Jesús; se trata de un amor por el que el hijo es concebido dos veces, la primera, en el cuerpo, y la segunda, en el corazón; por esta segunda concepción, la madre ama más a su hijo que por la primera concepción, la corporal, porque es más fuerte que la primera, al estar este amor maternal espiritual, como decíamos, fecundado por la fe. Por esta segunda concepción, la madre ya no desea para su hijo sólo lo mejor –eso es amar, desear el máximo bien para el otro- en el plano terreno; por esta concepción espiritual, la madre ya no desea sólo para su hijo el éxito mundano, en el tiempo: puesto que se trata de un amor más profundo, desea a su hijo la eterna felicidad, felicidad que trasciende absolutamente el tiempo y el espacio y que es infinitamente más plena que cualquier felicidad temporal y terrena. Santa Mónica, según las palabras de San Agustín, lo engendró doblemente, la primera, de modo corporal, como hace toda madre; la segunda, de modo espiritual, como debería hacer toda madre con sus hijos. Ésta es la razón por la cual Santa Mónica es modelo de madre: porque engendra, por el Amor de Dios, a su hijo, en su corazón y desea para su hijo, no el éxito mundano, que es pasajero y superficial, sino la vida eterna. En esto consiste el verdadero amor, porque si amar es “desear el bien para el otro”, engendrar a un hijo para la vida eterna, es la máxima prueba de amor hacia ese hijo.
         Que a ejemplo de Santa Mónica, toda madre sea capaz de dar a luz a sus hijos, no sólo corporalmente, sino con el corazón, para que sus hijos nazcan a la luz de la eternidad, en donde se encuentra el Amor de los amores, Cristo Jesús.



[1] Confesiones, lib. IX.

martes, 26 de agosto de 2014

Santa Mónica, modelo de madre y esposa católica


         En un mundo secularizado como el nuestro, el modelo ideal para la inmensa mayoría de las madres del siglo XXI, para sus hijos, es el que les presentan los medios masivos de comunicación: para muchas madres de hoy, un hijo debe aspirar, en la vida, a cursar una carrera universitaria con mucho prestigio social, para luego conseguir el mejor trabajo posible y así lograr reconocimiento profesional, el cual debe ir acompañado de una excelente remuneración económica; a esto, se le debe agregar una buena esposa, hijos, casa, auto, vacaciones –pagadas, mejor, y a los lugares más exóticos posibles-; si a todo esto se le suma, por algún motivo -no importa cuál sea-, un reconocimiento mediático –apariciones en programas de televisión, entrevistas radiales, etc.-, estas madres del siglo XXI, así influenciadas por el pensamiento materialista, existencialista, hedonista y ateo de nuestros días, ven prácticamente colmadas sus ansias y expectativas acerca de lo que consideran “el éxito” para sus hijos, aunque debido a que estas ansias no se satisfacen nunca, no terminan nunca de estar contentas, por lo que siempre están exigiendo y pidiendo a sus hijos más y más triunfos y éxitos mundanos.
         Santa Mónica es, por el contrario, el ejemplo de madre a la cual estas cosas mundanas nada le importan, porque solo le importa una sola cosa para su hijo: que salve su alma y llegue a la vida eterna, porque todas estas cosas mundanas, y todos estos éxitos que el mundo otorga, “pasan como un soplo”[1], y así como llegan, así se van ya que todo eso es, como dice el Eclesiastés, “vanidad de vanidades y atrapar vientos”[2]. Lo único que deseaba Santa Mónica para su hijo San Agustín era verlo convertido en “cristiano católico” y que “renunciara a la felicidad terrena”; después de eso, nada de este mundo le importaba, y así se lo dijo a su hijo antes de morir, según lo narra el mismo San Agustín[3]: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.
         Este deseo de la eternidad y de contemplar a Dios Uno y Trino se expresa en el diálogo que tienen Santa Mónica y San Agustín días antes de su muerte; en este diálogo se refleja la maravillosa en el amor entre el hijo y la madre, pero sobre todo, se expresa la comunión en la fe y en el amor entre San Agustín y Santa Mónica. Dice así San Agustín: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos–, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres–…”[4].
Días después de este diálogo con San Agustín, Santa Mónica cae enferma y muere. Por su desprecio de la vida mundana y por su ardiente deseo de la vida eterna para su esposo y para sus hijos, Santa Mónica es modelo inigualable para las esposas y sobre todo para las madres cristianas porque ella, a fuerza de años enteros pasados en oración y sacrificios pidiendo por la conversión de su familia, principalmente de su hijo San Agustín –oró por treinta años pidiendo por su conversión-, y al final de sus días obtuvo la gracia de ver el fruto de tantos ruegos y de tantos sacrificios y penitencias, porque su hijo no solo se convirtió, sino que alcanzó tal grado de santidad, que llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Al conmemorar a Santa Mónica en su día, pidamos por todas las madres del mundo, para que deseen para sus hijos no el “éxito mundano”, que pasa “como un soplo”, sino la sabiduría divina, la vida eterna y el Amor de Dios, que se nos dan, aquí, contenidos, condensados, en el misterio insondable de la Eucaristía. Que Santa Mónica interceda por todas las madres del mundo, para que todas las madres del mundo deseen, con todo el ardor del amor maternal que las caracteriza, que sus hijos den sus vidas por recibir la Eucaristía, anticipo, ya en la tierra, de la vida eterna y de la feliz bienaventuranza del Reino de los cielos.





[1] Al igual que nuestra vida, como dice el libro de Job; cfr. Job 7, 7.
[2] Cfr. 2, 26.
[3] Confesiones, Libro 9, 10, 23-11, 28.
[4] Cfr. Confesiones, ibidem.

lunes, 26 de agosto de 2013

Santa Mónica y su mensaje de santidad para las madres del siglo XXI


          Para conocer acerca de la vida de santidad de Santa Mónica, es necesario recurrir a lo que de ella dice su propio hijo, San Agustín, quien así escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad". Según San Agustín, su madre fue doblemente madre, ya que fue madre biológica, engendrándolo para la vida terrena, pero también fue madre espiritual, porque por sus oraciones y sacrificios le obtuvo el don de la fe, engendrándolo para la vida eterna.
          Este doble oficio materno lo desempeñó Santa Mónica toda su vida, pero particularmente al cumplir San Agustín los diecinueve años, momento en el que comienza a transitar un inicia un camino de doble perdición: llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea -error filosófico que, entre otras cosas, niega la responsabilidad del hombre por los males cometidos, desde el momento en que consideran erróneamente que no hay libre albedrío-, y fue así que, movida por su amor materno, pero sobre todo movida por el Amor de Dios, Santa Mónica, que desde muy pequeña vivía una vida de oración y penitencia, la intensificó todavía más, agregándole sacrificios y ayunos y derramando abundantes lágrimas ante el peligro de condenación eterna de su hijo.
          Durante casi nueve años, Santa Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero para que lo persuadieran acerca de la verdadera doctrina de salvación. Ante las lágrimas e insistencia de Santa Mónica, un obispo, que había sido también maniqueo, pronunció las famosas palabras: "Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
          La conversión de San Agustín, fruto de las oraciones, sacrificios y lágrimas de Santa Mónica, se produjo en la Pascua del año 387, recibiendo el santo el bautismo de parte de San Ambrosio.
          Años después, poco antes de morir, y con su hijo ya sacerdote, Santa Mónica revela las alegrías y las esperanzas de su corazón, que ya no están en este mundo. Le dijo así a San Agustín: "Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio". Hacia el final de su vida, Santa Mónica ve, con satisfacción, que su hijo no solo se había convertido, sino que se había consagrado a Dios con todo su corazón y con toda su vida -con lo cual da por cumplida su segunda maternidad, la espiritual-, al tiempo que se muestra ansiosa por dejar esta vida terrena e ingresar en la vida eterna.
          El mensaje de santidad de Santa Mónica es sobre todo importante en nuestros días, en el que muchas madres, habiendo perdido la fe y el sentido de la eternidad, solo se interesan por el progreso material y la felicidad terrena de sus hijos, sin importarles la vida del más allá. Con su doble amor maternal, Santa Mónica es ejemplo para las madres cristianas, puesto que no se preocupa porque su hijo adquiera un título profesional; tampoco le interesa que sea exitoso según el mundo, o que posea abundantes bienes materiales; no le importa tampoco que consiga una buena esposa que le de numerosos hijos: lo único que le importa a Santa Mónica es que su hijo se convierta, es decir, que conozca y ame a Jesucristo, el Salvador, para que así, conociéndolo y amándolo, lo siga por el Camino Real de la Cruz y salve su alma. El mensaje que da Santa Mónica a las madres cristianas del siglo XXI podría entonces resumirse así: "No te preocupes por las cosas del mundo: ¡salva el alma de tus hijos!".