San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta milagros. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta milagros. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de julio de 2020

Testimonios sobre el Escapulario de la Virgen del Carmen



         Desde que la Virgen se apareció a San Simón Stock y le dio el Escapulario en el año 1251, no han dejado de producirse cantidades incontables de milagros, a lo largo y ancho del mundo y durante todos los siglos[1]. Algunos de esos milagros incluso se relacionan con otros milagros, como las Apariciones de la Virgen en Fátima; hay testimonios que están relacionados con Papas, y otros con Santos.
         Uno de estos testimonios se dio en una de las Apariciones de la Virgen en Fátima: según Lucía, una de las videntes de estas apariciones, en la última aparición, que ocurrió en octubre de 1917, la Virgen se apareció con hábito carmelita y con el Escapulario en la mano y recordó que sus verdaderos hijos lo llevaran con amor y reverencia; además pidió que los que se consagraran a ella lo usaran como signo de dicha consagración.
         Otros testimonios están relacionados con los Papas: así, el Beato Papa Gregorio X fue enterrado con su escapulario, a solo veinticinco años después de la Visión del Escapulario. A su vez, el Papa Pío XII habló frecuentemente del escapulario y es así que en 1951, en el aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el escapulario como “Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María”. También el Papa recordó en esa ocasión que “el escapulario nos marca como hijos escogidos de María y se convierte para nosotros en un “Vestido de Gracia”, porque es como si lleváramos puesto el hábito carmelita de la Virgen.
Si nos acercamos un poco más en el tiempo, el Papa Juan Pablo II ha reconocido que él mismo lleva el escapulario desde sus años de juventud. Así lo manifestó él en persona: “¡También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen!”.
El escapulario y los Santos
Con respecto a los santos, los testimonios nos llegan desde el mismo San Simón Stock: el mismo día en el que San Simón Stock recibió de María el escapulario y la promesa, el santo fue llamado a asistir a un moribundo que agonizaba en estado de desesperación; cuando llegó, le puso el escapulario sobre el hombre, pidiéndole a la Virgen que mantuviera la promesa que le acababa de hacer. Inmediatamente el hombre se arrepintió, se confesó y murió en gracia de Dios.
Otros santos que dan testimonio del Santo Escapulario del Carmen son San Alfonso Ligorio y San Juan Bosco, quienes se caracterizaban por tener una especial devoción a la Virgen del Carmen y usaban el escapulario. Cuando murieron los enterraron con sus vestiduras sacerdotales y con su escapulario. Muchos años después cuando abrieron sus tumbas encontraron que sus cuerpos y todas las vestimentas estaban reducidas a cenizas y polvo, sin embargo sus escapularios estaban intactos. Con relación al Escapulario, San Alfonso Ligorio nos dice: “Herejes modernos se burlan del uso del Escapulario. Lo desacreditan como una insignificancia vana y absurda”. La lectura en negativo de esta afirmación es que los justos y los santos lo usan con reverencia y amor y que para ellos –para toda la Iglesia- es un salvoconducto seguro al Cielo, al tiempo que nos evita ir al Infierno, siempre y cuando lo usemos esforzándonos por vivir en estado de gracia y no en pecado.
Otro santo, San Pedro Claver, se hizo esclavo de los esclavos por amor: cada mes llegaba a Cartagena, Colombia, un barco con esclavos. San Pedro se esforzaba por la salvación de cada uno. Organizaba catequistas, los preparaba para el bautismo y los investía con el escapulario. Mediante esta obra de misericordia, llegó a tener más de trescientos mil conversos.
Finalmente, otro santo que da  testimonio del Santo Escapulario del Carmen es San Claudio de Colombiére, director de Santa Margarita María de Alacquoque, la santa a la que se le aparecía el Sagrado Corazón. Dice así el santo: “Debido a que todas las formas de amar a la Santísima Virgen y las diversas maneras de expresar ese amor no pueden ser igualmente agradables a ella y por consiguiente no nos ayudan en el mismo grado para alcanzar el cielo, lo digo sin vacilar ni un momento, ¡El Escapulario Carmelita es su predilecto!" y agrega "Ninguna devoción ha sido confirmada con mayor número de milagros auténticos que el Escapulario Carmelita”. También afirmó: “Yo quería saber si María en realidad se había interesado en mí, y en el escapulario Ella me ha dado la seguridad más palpable. Sólo necesito abrir mis ojos, Ella ha otorgado su protección a este escapulario: “Quien muera vestido en él no sufrirá el fuego eterno”. Es decir, el santo usaba el Escapulario confiado en que era un elegido de la Virgen por usarlo y confiado en la promesa de la Virgen a San Simón Stock: “Quien muera con el Escapulario puesto, no sufrirá el fuego del Infierno”.

martes, 30 de agosto de 2016

El Padre Pío y uno de sus milagros más asombrosos


         Además de su vida de santidad y de las llagas del Señor que llevó en su cuerpo, el Padre Pío se caracterizó por realizar –con el poder de Jesús participado- innumerables milagros, uno más grande que otro. Uno de los milagros más asombrosos tiene como beneficiaria a una devota italiana, llamada Ana María Gema di Giorgi, la cual aún vive, pues cuando recibió el milagro, era apenas una niña. El milagro consiste en que Emma es ciega de nacimiento, debido a que todas las estructuras aptas para la vista, como el nervio óptico, la retina, las pupilas, están atrofiadas desde el nacimiento. Sin embargo, a causa del milagro obrado por el Padre Pío, Ana María es capaz de ver, lo cual constituye un hecho sin precedentes en la historia de la medicina, imposible de explicar por medio de la razón científica. Aún más, si recurriéramos sólo a la razón científica, esta nos diría que es imposible que vea, y sin embargo, Ana María es capaz de ver, es decir, es capaz de percibir visualmente el mundo que nos rodea. Según el relato de la propia Ana María, el milagro se produjo en momentos en que ella iba con su abuela en el tren en dirección a San Giovanni Rotondo, para confesarse con el Padre Pío, puesto que debía tomar la Primera Comunión. La abuela de Ana María era su lazarillo, pues la llevaba a todas partes y le describía lo que ella no podía ver. En el trayecto del viaje, Ana María comenzó a ver y a contarle a su abuela lo que podía ver. Luego dice que, cuando fue a confesarse con el Padre Pío, le asustó su barba blanca y se largó a llorar, hecho por el que se olvidó de pedir “la gracia” que su abuela le había dicho que pidiera al Padre Pío. En la actualidad, Ana María utiliza lentes oscuros, pues sus ojos son los ojos de un no-vidente, aunque puede ver perfectamente. Su caso ha sido estudiado con los más modernos métodos de diagnóstico y análisis, y todos coinciden en el mismo punto: es imposible, humanamente hablando, que Ana María pueda ver y, sin embargo, ve. Esto nos recuerda lo que Jesús dice: “Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”. Ahora bien, este grandioso milagro nos debe llevar a la siguiente reflexión: Ana María di Giorgi, siendo no-vidente, ve, y no solo ve el mundo natural, sino que también ve el mundo sobrenatural, el mundo de la fe, las verdades de Jesucristo, el Hombre-Dios, que se encarnó, murió en la cruz para nuestra salvación y prolonga su encarnación en la Eucaristía.

Nosotros, que podemos ver, nos comportamos, la mayoría de las veces, como si fuéramos no-videntes en lo que respecta a la fe, porque abandonamos aquello que es la Luz del alma, Jesús Eucaristía. Le podemos pedir entonces, al Padre Pío, que así como intercedió para que Ana María pudiera ver, también interceda para que nosotros seamos capaces de ver a Jesús, vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía.

viernes, 15 de julio de 2016

Los milagros de San Benito


San Benito nació en Nursia de padres ricos que lo enviaron a Roma para ser educado. Considerado el padre del monacato occidental, luego de fundar comunidades monásticas en Subiaco, se estableció con sus discípulos más cercanos en Monte Cassino, a medio camino entre Roma y Nápoles, y allí construyó el monasterio donde pasó el resto de su vida y escribió su famosa “Regla”, guía práctica y segura en el seguimiento de Cristo, no sólo para monjes y monjas sino también para laicos[1]. Si bien fue el ejercicio heroico de las virtudes cristianas lo que lo llevó al cielo, se caracterizó también por obrar varios milagros, cuya autenticidad y veracidad cuentan con el aval del Papa San Gregorio, que es quien los relata en la biografía del santo escrita por él. Algunos de estos milagros son los siguientes[2].
-Quebró un vaso lleno de veneno al trazar sobre él la señal de la Cruz:
Siendo abad de un monasterio, San Benito se mostró mucho más estricto en el cumplimiento de las reglas que el anterior abad, lo cual motivó la enemistad de los monjes, quienes decidieron acabar con su vida, para lo cual le sirvieron una copa de vino con veneno. Antes de beberlo, San Benito trazó la señal de la Cruz sobre el vaso, y en ese instante el vaso se partió en mil pedazos, como si una roca hubiera sido lanzada contra ella. San Gregorio Magno hace este comentario: “Accidente por el cual el hombre de Dios percibió que la copa contenía el trago de la muerte, mismo que no podía soportar el signo de la vida”.
-Salvó a un hombre de ahogarse, actuando por medio de otra persona:
Sucedió que un monje llamado Plácido cayó accidentalmente al río y comenzó a ser arrastrado rápidamente por la corriente. San Benito, que estaba lejos del lugar del hecho, se enteró milagrosamente de lo que había sucedido y de inmediato ordenó a otro monje llamado Maurus correr hacia el lago para salvar a Plácido. Al llegar este monje al lago, y sin darse cuenta de lo que hacía, corrió sobre la superficie del agua –similar a Nuestro Señor, que caminó sobre las aguas-, sacó del agua al monje que se ahogaba y lo llevó hasta la orilla. El monje sólo se dio cuenta de que había caminado sobre el agua después de que él estaba ya de vuelta en tierra. San Gregorio Magno escribe que Maurus “se maravilló y tenía miedo de lo que había hecho”. Sin embargo, el milagro no termina aquí: por un lado, Maurus insistía en que no recordaba haber caminado sobre el agua, mientras que Plácido afirmaba que quien lo había sacado del agua en el medio del lago no llevaba puesta la ropa de Maurus, sino la de Benito. Es decir, lo que sucedió es que, de un modo misterioso, aunque fue Maurus el que corrió a socorrer a Plácido, fue San Benito quien obró a través de él para caminar sobre las aguas y salvar a Plácido.
-Tenía el don de leer la mente de sus monjes:
San Benito envió a unos monjes a entregar un mensaje a otra ciudad y, como de costumbre, les ordenó ayunar. Sin embargo, en un momento determinado, los monjes aceptaron la invitación de un paisano, que les sirvió una buena comida; los monjes aceptaron, convencidos de que nadie habría de enterarse. Cuando regresaron, San Benito les preguntó dónde habían estado comiendo, a lo que los monjes respondieron que en ningún lugar, pero Benito los sorprendió cuando les reveló dónde habían comido y qué alimentos y bebidas habían consumido. Al verse descubiertos, dice San Gregorio Magno, “cayeron temblando a sus pies” y confesaron su pecado.
-Resucitó a un niño:
Durante un proyecto de construcción en la abadía, se cayó una pared todavía sin terminar y mató al instante a un niño que se encontraba en el lugar. Los monjes, entristecidos, llevaron el cadáver del niño a San Benito, quien lo puso sobre una mesa, hizo que todos salieran del lugar, y comenzó a orar. Milagrosamente, el niño volvió a la vida y su cuerpo fue sanado de todas las lesiones.
-Movió una enorme piedra con su oración:
Algunos monjes estaban ocupados construyendo nuevas celdas en la abadía y se encontraron con una enorme piedra que bloqueaba el camino de la construcción. Incluso trabajando todos juntos, no fueron capaces de mover la piedra. Llamaron a San Benito, el cual, al llegar al lugar, pronunció una oración; acto seguido, los monjes pudieron remover la piedra con suma facilidad.
-Exorcizó a un demonio obstinado:
Un hombre de un pueblo cercano estaba poseído por un demonio y su obispo local realizó un exorcismo, pero no pudo expulsar al demonio, por lo cual decidió llamar a San Benito. El santo oró e invocó a Nuestro Señor Jesucristo, e inmediatamente el demonio salió del cuerpo del hombre, dejándolo libre. Para evitar otro ataque demoníaco, San Benito le dio al hombre dos reglas a seguir: abstenerse de comer carne el resto de su vida y no tratar de entrar en el sacerdocio.
-No se inmutó por el engaño del Diablo:
Durante una construcción, Benito pidió que los monjes cavaran un pozo. Allí, los monjes encontraron un viejo ídolo de bronce y, por algún motivo, uno de los monjes, sin reparar que era una estatuilla maligna, puso el ídolo demoníaco en la cocina, pero no con la intención de adorarlo, sino sólo como un lugar para ponerlo. En ese momento, se inició un incendio feroz en la cocina, ante lo cual, los monjes fueron a llamar a San Benito, quien les dijo que no veía ningún fuego. Al insistir los monjes en que la cocina estaba en llamas, San Benito se dio cuenta de que las llamas eran una ilusión realizada por el diablo para asustarlos, puesto que la gracia lo protegía de las astucias del maligno y no tenían eficacia sobre él los trucos del demonio. El santo oró para que los monjes fueran liberados del engaño y en ese instante los monjes se dieron cuenta de la ilusión diabólica, luego de lo cual, destruyeron el ídolo demoníaco.
Estos son los milagros que realizó San Benito, todos avalados por el Papa San Gregorio, como dijimos. Sin embargo, como también dijimos al inicio, no son los milagros los que conceden la santidad, sino la gracia de Dios, a la que el alma debe responder con fidelidad, y en esto es ejemplo inigualable San Benito.



[1] http://forosdelavirgen.org/95004/milagros-san-benito/

miércoles, 20 de abril de 2016

Santa Inés de Montepulciano


Santa Inés de Montepulciano, virgen, nació en la Toscana, Italia. Ya a los nueve años de edad manifestó públicamente el amor nupcial recibido de Jesucristo, vistiendo el hábito de vírgenes consagradas; a los quince años, en contra de su voluntad, fue elegida superiora de las monjas de Procene, fundando más tarde un monasterio sometido a la disciplina de santo Domingo, donde dio muestras de una profunda humildad. Luego de toda una vida de gran santidad, murió en el año 1317, acompañada por sus hermanas en religión[1]. En su biografía, escrita por Raimundo de Capua, se detallan no sólo datos biográficos, sino además un gran número de hechos sobrenaturales acaecidos en vida de la santa y, según el mismo biógrafo, confirmados ante notario, firmados por testigos oculares fidedignos y testimoniados por las monjas vivas a las que tenía acceso por razones de su ministerio[2]. El biógrafo de Santa Inés pensaba que la vida de santidad de Inés quedaría avalada por los milagros y es por eso que se dedicó a relatar, de forma cuidadosa y prolija y, sobre todo, documentada –para que nadie piense que eran hechos “inventados” por la pía imaginación del biógrafo-, dichos eventos sobrenaturales. Por ejemplo, el maná –sí, el mismo maná caído del cielo para alimentar al Pueblo Elegido en el desierto, como signo de que Santa Inés se alimentaba del Amor de Dios en la oración- que solía cubrir el manto de Inés al salir de la oración, o el que cubrió el interior de la catedral cuando hizo su profesión religiosa, o la luz radiante que emitía la santa en algunos momentos; no menos asombro causaba oírle exponer cómo nacían rosas donde Inés se arrodillaba y el momento glorioso en que la Virgen puso en sus brazos al niño Jesús (antes de devolverlo a su Madre, tuvo Inés el acierto de quitarle la cruz que llevaba al cuello y guardarla después como el más preciado tesoro)[3].
Ahora bien, lo que hay que decir es que la intención del biógrafo de Santa Inés, Raimundo de Capua, de avalar la vida de santidad documentando los hechos sobrenaturales –reales, que sí sucedieron en verdad, según los testimonios oculares-, es loable, pero también hay que decir que la santidad de Santa Inés –como la de cualquier santo de la Iglesia Católica- no depende ni se fundamenta –sí puede ser aval- en los hechos sobrenaturales, porque alguien puede ser santo, con una gran santidad de vida, pero no realizar milagro alguno durante toda su vida –por ejemplo, el matrimonio Quatrocchi, beatificado por Juan Pablo II, o Santa Josefina Bakhita, entre muchos- y esto por la razón de que la gracia no es “producida” por el hombre, sino que es un don de Dios, y está dentro de los designios de Dios que esta gracia se manifieste o no a través de hechos milagrosos y sobrenaturales. En otras palabras, lo que hace que una persona sea santa, es la gracia -donada por Jesucristo, la Gracia Increada- la cual puede o no manifestarse por medio de milagros, si así lo dispone Dios, porque tampoco es que los milagros son “producidos” según el parecer y la disposición de los santos, aún cuando sean santos de una gran santidad de vida. Entonces, si los milagros o eventos sobrenaturales, como pretendía con las mejores de las intenciones el biógrafo de Santa Inés, no es la medida de la santidad,  ¿cuál es la medida de la santidad, si es que hay alguna? Lo responde otra gran santa, Santa Catalina de Siena, también dominica, que impresionada por sus virtudes, develará lo que había dentro de su alma. Santa Catalina afirmó que fue la presencia del Espíritu Santo en Santa Inés lo que la encendió en el Amor a Jesucristo y le dio la fortaleza divina necesaria para vivir una vida de santidad, es decir, de virtudes heroicas, entre las cuales destaca la humildad. Si hay una medida de la santidad, entonces, basados en Santa Catalina de Siena, podemos decir que esta medida es la humildad, porque la humildad es la virtud que distingue a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Es tan importante, que es pedida explícitamente a los cristianos por el mismo Jesucristo en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde corazón” (Mt 11, 29). Y si la humildad es la medida de la santidad, la medida de la anti-santidad, por lo tanto, es la soberbia, pecado angélico por excelencia. Entonces, mucho más que los hechos sobrenaturales –que sí existieron en la vida de Santa Inés y que sí son aval de santidad, pero pueden no estar en un santo-, lo que nos da la medida de la santidad de Santa Inés es la virtud de la humildad, vivida en grado heroico por la santa. Es esto lo que resalta Santa Catalina de Siena en una carta escrita a las monjas hijas de Inés de Montepulciano. Para resaltar la humildad de Santa Inés, Santa Catalina, en su obra “Diálogo”, pone las siguientes palabras en boca de Jesucristo: "La dulce virgen santa Inés, que desde la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza sin preocuparse de sí misma".
“Santa Inés de Montepulciano, intercede ante Nuestro Señor, para que recibamos la gracia de la humildad y así, imitando la mansedumbre y la humildad del Cordero de Dios y participando de su Santa Pasión, alcancemos el Reino de los cielos. Amén”.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/32121/santoralSindicado.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 24 de julio de 2015

San Francisco Solano


Nacido en 1549, en Montilla, Andalucía, España, y luego de ser enviado a misionar al Continente Americano, más concretamente a Sud América, Fray Francisco Solano recorrió durante 20 años estas tierras predicando, especialmente a los habitantes originarios de América[1]. Pero su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina), llegando más tarde hasta las pampas y el Chaco Paraguayo, recorriendo más de 3.000 kilómetros y sin ninguna comodidad, sólo confiando en Dios y movido por el deseo de salvar almas[2].
Esta etapa misionera de San Francisco se caracterizó por dos hechos prodigiosos que lo acompañaron siempre y que nos hace recordar las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio, cuando después de resucitado envía a sus discípulos a misionar: “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la Palabra con las señales que le seguían” (cfr. Mc 19, 19-20): si esto se cumplió en numeroso santos, fue particularmente notorio en el caso Francisco Solano, a quien se lo llegó a llamar “el Taumaturgo del Nuevo Mundo”, debido a la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en Sudamérica[3].
Esta presencia (invisible, pero real y misteriosa) de Jesús, acompañando a San Francisco Solano con los numerosos prodigios, fue notoria en varios hechos, como por ejemplo, la facilidad del santo para aprender dialectos nativos, difíciles y desconocidos, además de lograr la conversión en la gran mayoría de los que lo escuchaban. En efecto, San Francisco se caracterizó por una su gran capacidad de aprendizaje para los idiomas, puesto que lograba aprender con extraordinaria facilidad los dialectos de los americanos a las dos semanas de estar con ellos, aunque el milagro principal no consistía en esto: además de aprender fácilmente una gran cantidad de dialectos incomprensibles para un europeo como San Francisco, todos los que lo escuchaban, no sólo entendían los sermones, sino que quedaban cautivados por la Palabra de Dios que se les predicaba. El hecho era tan notorio, que los mismos misioneros, compañeros de San Francisco, se admiraban de este prodigio y lo consideraban un verdadero milagro de Dios.  Y como consecuencia de la paz de Dios que recibían los indígenas, se dio otro milagro dentro del milagro: que incluso las tribus más agresivas y belicosas, y opuestas a los blancos, se pacificaban, luego de escuchar los sermones del santo. Es decir, Dios le había concedido la eficacia de la palabra y la gracia de no solo conseguir la simpatía y buena voluntad de sus oyentes, sino ante todo, por la obra del Espíritu Santo en las almas que lo escuchaban, le había concedido también la gracia de la conversión para quienes lo escucharan. Esto es lo que explica que San Francisco, después de predicarles por unos minutos con un crucifijo en la mano, conseguía que todos empezaran a escucharle con un corazón dócil y que se hicieran bautizar por centenares y miles[4].
         El otro hecho prodigioso era que, a imitación de su patrono San Francisco de Asís, el padre solano sentía gran cariño por los animalillos de Dios. Las aves lo rodeaban muy frecuentemente, y luego a una voz suya, salían por los aires revoloteando, cantando alegremente como si estuvieran alabando a Dios[5]. Su armonía interior con la Creación se repitió prodigiosamente el día de su muerte: el 14 de julio, una bandada de pajaritos entró cantando a su habitación y el Padre Francisco exclamó: “Que Dios sea glorificado”, y expiró[6]. Además, numerosos testigos coincidieron en que su habitación, el día de su muerte, estuvo iluminada con una luz no terrena, sino celestial, durante toda la noche.  Otro hecho prodigioso y documentado, fue el modo milagroso en el que San Francisco logró que un toro embravecido, que amenazaba a todo un pueblo, se convirtiera en un animal dócil y pacífico, que en vez de amenazar con sus cuernos, lamió sus manos mansamente luego de una orden de su voz[7]. Esto es, como consecuencia de lo que dice Benedicto XVI, de que el hombre en gracia –y mucho más un santo, como San Francisco- se reconcilia con la Creación: “La primera creación encuentra su cumbre en la nueva creación en Cristo” (es decir, el hombre gracia). En otras palabras, era la gracia santificante la que le concedía a San Francisco el dominio sobre estas aves. Dice así San Juan Pablo II: “(Dios) Todo lo ha puesto a disposición del hombre, rey de la creación, para hacer de lo creado un himno de alabanza a Dios; y la gloria de Dios es el hombre viviente, que tiene su vida en la visión de Dios”[8].
Ahora bien, si esto es verdad, como lo es, hay que decir, también con el Santo Padre Benedicto XVI, que lo opuesto también es verdad, en el sentido de que el pecado enemista al hombre con la Creación: “El pecado arruina la armonía de la naturaleza”.
         También tuvo el don de profecía, ya que profetizó que una ciudad del norte argentino –Esteco-, quedaría sepultada bajo los escombros, debido a un terremoto: se atribuye al santo esta frase. “Por las maldades de estas gentes, todo lo que está a mi alrededor será destruido y no quedará sino el sitio desde donde estoy predicando. Salta saltará y Esteco se hundirá”. Efectivamente, tiempo después, esta ciudad desapareció a causa de un fuerte terremoto, quedando intacto únicamente el sitio desde donde el santo había predicado[9].
Al recordar a San Francisco Solano, quien convertía a los habitantes de América–tanto a los naturales, como a los españoles ya radicados- con el crucifijo en la mano, por el poder del Espíritu Santo que brotaba de Cristo crucificado, le pidamos su intercesión para que el Espíritu Santo actúe y provoque nuevas y prodigiosas conversiones en todos los habitantes de Sudamérica –el continente que “habla en español y reza a Jesucristo”- especialmente de quienes se encuentran más alejados de la Palabra de Dios.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Francisco_Solano.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. Discurso al secretariado episcopal de América central (SEDAC), n. 8, 2 de marzo de 1983.
[9] Cfr. ibidem.

martes, 5 de abril de 2011

El ángel en la piscina de Siloé, el Espíritu de Dios en el altar eucarístico



El episodio del evangelio se entiende si se tiene en cuenta que en la piscina de Siloé, en tiempos de Jesús, se obraban milagros de curación corporal, a través del agua, en lo que sería algo equivalente a las aguas curativas y milagrosas de Lourdes.

Pero, a diferencia de Lourdes, las curaciones no se producían en cualquier momento, sino cuando, de tanto en tanto, bajaba un ángel y agitaba las aguas, en señal de que daba a estas un poder curativo. Quien se sumergía en el agua en ese momento, alcanzaba la curación. El paralítico se queja ante Jesús porque no tiene nadie quien lo lleve hasta la piscina y por eso, hasta que él llega, ya otros se han adelantado y se han sumergido, recibiendo la curación y postergando una y otra vez al paralítico.

Del episodio se destacan, además del egoísmo de los demás, que no atinan a ayudar al paralítico, la malicia de los fariseos, que critican a Jesús porque hace estas curaciones “en sábado”, es decir, cometiendo una infracción legal, en vez de alegrarse por la curación en sí misma, y por la salud restablecida del paralítico.

Como sea, el hecho central, que inicia el párrafo del evangelio, es el poder curativo milagroso otorgado a las aguas de la piscina de Siloé, lo cual no deja de provocar asombro.

Pero si nos asombran los milagros obrados en este lugar, más deben asombrarnos el prodigio que se produce en el altar eucarístico: si en la piscina un ángel, enviado por Dios, descendía para agitar las aguas y concederles poder curativo, de modo que el que se sumergía en ellas obtenía salud y vida, en la Santa Misa, sobre el altar, enviado por el Padre y por el Hijo, a través de las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, desciende no un ángel de Dios, sino el Espíritu de Dios, y más que agitar las aguas, convierte el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús, que conceden, a quienes lo reciben con fe y con amor, algo más grandioso que la salud corporal, y es la vida eterna.