De
origen judío, el Apóstol San Bernabé se caracteriza, además de por ser el gran
acompañante de los viajes misioneros de San Pablo, por su relación con el
Espíritu Santo: es el Espíritu Santo en Persona quien lo elige, junto a San
Pablo, para la misión a los paganos: dice la Escritura que, estando los
cristianos de Antioquía en oración, fue el Espíritu Santo en Persona quien habló
por medio de algunos de estos cristianos, que eran profetas, y dijo: “Separen a
Bernabé y Saulo, que los tengo destinados a una misión especial”. Siguiendo las
indicaciones del Espíritu Santo, los cristianos rezaron por ellos, les
impusieron las manos, y los dos, después de orar y ayunar, partieron para su
primer viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor[1]. En
otro lugar, se destaca de él que estaba “lleno del Espíritu Santo”, lo cual es
un elogio difícil de encontrar para cualquier otro personaje en la Biblia. Con respecto
a la inhabitación del Espíritu Santo en San Bernabé, dice así la Sagrada
Escritura: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hch 11, 24)[2].
De
la vida de santidad de San Bernabé podemos destacar dos enseñanzas: una, en
ocasión de un milagro sucedido en la ciudad de Listra, en donde al llegar, él y
San Pablo curaron milagrosamente a un paralítico. El sorprendente prodigio,
sumado al hecho de que los habitantes de la ciudad eran paganos, los condujo a
estos a confundirlos con los dioses paganos Zeus y Mercurio y a ofrecerles un
toro en sacrificio, a lo cual se negaron rotundamente. En la actualidad, sucede
lo mismo con numerosos cristianos que, ignorantes de su fe, cuando reciben un
verdadero milagro, del orden que sea, en vez de atribuirlo a Jesucristo -o a la
intercesión de la Virgen, o a los santos que están en el cielo-, debido a que
estos cristianos han caído en el neo-paganismo, cometen el mismo error que los
paganos de la ciudad de Listra, que confundieron a San Pablo y a San Bernabé
con Zeus y Mercurio, y es así como atribuyen los milagros –cuando son
verdaderos- a los ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o
San La Muerte. San Pablo y San Bernabé obran un milagro porque están
inhabitados por el Espíritu Santo; la enseñanza que nos deja este episodio de
la vida de San Bernabé es que atribuir la bondad del milagro del Espíritu Santo
a dioses paganos, como los ciudadanos de Listra, o a ídolos neo-paganos, como
hacen muchos cristianos paganizados de nuestros días –sea por ignorancia o por
malicia-, es cometer una afrenta al Espíritu Santo.
La
otra enseñanza que nos deja San Bernabé, es el consejo que él y San Pablo dan a
los cristianos de las ciudades por las que ya habían estado evangelizando: “es
necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Es decir, San Pablo y San
Bernabé nos recuerdan que al Reino de Dios no se llega por otro camino que no
sea por el Camino de la Cruz, que es el camino en donde abundan las
tribulaciones. Si estas faltan, es señal de que no nos estamos dirigiendo al
cielo.
En
el día en el que conmemoramos a San Bernabé, le pidamos que interceda para que,
como él, apreciemos el valor inestimable de la gracia que, como a él, “nos
llena del Espíritu Santo”, convierte al cuerpo en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), al alma en santuario de la
Trinidad y al corazón en altar de la Jesús Eucaristía y, aunque con toda
seguridad, no haremos milagros prodigiosos como los que hizo él en compañía con
San Pablo, si vivimos en gracia, no nos hará falta nada, porque quien vive en
gracia, tiene a Dios y, como dice Santa Teresa, “quien a Dios tiene nada le
falta”, porque tiene al Amor y el Amor, que “es Dios” (1 Jn 4, 8), lo es Todo.
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