San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 19 de febrero de 2016

Por qué San Expedito es "el santo de las causas urgentes"


         ¿Por qué San Expedito es “el santo de las causas urgentes”? Porque frente a la tentación del Demonio, de postergar la conversión “para mañana” –eso es lo que quiere decir “cras”, la leyenda que lleva el demonio en forma de cuervo en su pico-, elige sin embargo a Jesucristo y su gracia para “ya”, para “ahora”, para “hoy” –es lo que significa la leyenda en la cruz que dice “hodie”. Es decir, una vez recibida la gracia de la conversión, San Expedito ve, con la luz de la Sabiduría divina, cómo es la vida de un pagano: el pagano adora a ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte-; el pagano cree en supersticiones, como la cinta roja contra la envidia y usa muchos otros amuletos; el pagano cree en curanderos, adivinos, magos y hechiceros y en todas las prácticas de ocultismo y hechicería, que son abominables a los ojos de Dios; el pagano vive sometido a sus pasiones, como la lujuria, la embriaguez, la ira, la envidia, la gula, la pereza, etc.
Con la ayuda de la Sabiduría divina, San Expedito ve, al mismo tiempo, cómo es la vida del cristiano: el cristiano adora a Dios Uno y Trino, el Único Dios verdadero y rechaza los ídolos; el cristiano adora a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Cristo Jesús, oculto en apariencia de pan, la Eucaristía; el cristiano vive en paz, con sus pasiones bajo el control de la razón y de la gracia santificante; el cristiano tiene el mismo corazón de Cristo y el mismo corazón de la Virgen, y por eso ama a todos, incluidos y en primer lugar, sus enemigos.

Entre la vida como pagano y la vida como cristiano, San Expedito no duda ni un instante y eleva el crucifijo –recibiendo de Cristo crucificado su divina fortaleza-, diciendo: “Hodie! ¡Hoy me convierto; hoy comienzo a ser cristiano; hoy renuncio a mi vida como pagano; hoy arrojaré de mi corazón la gula, la envidia, la pereza, la ira, la falta de perdón; hoy dejaré para siempre la superstición, desterrando de una vez por todas de mi corazón a todo lo que me impida adorar al Único y Verdadero Dios, Jesús crucificado, muerto y resucitado y Presente en Persona en la Eucaristía; hoy, hodie, comienzo a adorar a Jesús en la Eucaristía!”. Es por esto que San Expedito es el “Santo de las causas urgentes” y ésta es la primera causa urgente por la cual debemos pedir su intercesión: la conversión del corazón, inmediatamente, para nosotros, para nuestros seres queridos y para el mundo entero. 

sábado, 6 de febrero de 2016

Santos Pablo Miki y compañeros, mártires


         Cuando se leen las Actas de los Mártires[1], en las que quedan consignadas, con total fidelidad histórica lo acontecido en el momento de sus muertes, no deja de llamar la atención el contraste –por otra parte, inexplicable desde el punto de vista humano- entre los tremendos suplicios y dolores que sufren, sumados al estrés por la muerte cercana, y la alegría, la serenidad, la ausencia total de quejas, gritos, lamentos, que deberían suceder naturalmente en situaciones como las suyas. Lo vemos de modo especial en el martirio de San Pablo Miki y compañeros, puesto que todos estaban crucificados y a todos se les había anunciado la inminencia de su muerte.
A continuación, leemos la descripción de esos momentos y la particular reacción de los mártires: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez. El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: En tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el padrenuestro y el avemaría”[2]. Exhortando a la conversión, en éxtasis místico con los ojos fijos en el cielo, como viendo ya la eternidad de alegría que les espera, cantando salmos en acción de gracias a la bondad divina, rezando con voz clara y firme… No parecen un grupo de crucificados y sentenciados a muerte, y sin embargo lo son, pero para los mártires, la muerte en Cristo y por Cristo significa salir de este “valle de lágrimas” para ser llevados al encuentro con el Amor de los amores, Cristo Jesús.
“Pablo Miki, nuestro hermano, viéndose colocado en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne; a continuación añadió estas palabras: “Llegado a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo”[3]. Pablo Miki, hasta el último instante de su vida terrena, señala a los cristianos que escuchan, angustiados, desde la cruz –el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado”, dice su biógrafo-, que Cristo es el Único Camino (cfr. Jn 14, 6) para ir al cielo y, como buen discípulo de su Maestro, que nos perdonó desde la cruz a nosotros, que éramos sus enemigos porque le quitábamos la vida con nuestros pecados, así también Pablo Miki perdona al emperador y “a todos los que lo han ofendido y contribuido a su muerte”, dando así su vida por ellos y obteniéndoles, por Cristo, las puertas abiertas del cielo para sus propios verdugos, tal como lo hizo Jesús con nosotros.
“Luego, vueltos los ojos a sus compañeros, comenzó a darles ánimo en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría especial, sobre todo en el de Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, se puso a cantar el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, ya que en ella se enseña a los niños algunos salmos. Otros, finalmente, iban repitiendo con rostro sereno: “¡Jesús, María!”. Algunos también exhortaban a los presentes a una vida digna de cristianos; con estas y otras semejantes acciones demostraban su pronta disposición ante la muerte”[4]. Unos a otros se dan ánimo, no por la crudeza de los dolores de la crucifixión, que no los experimentan, sino para que todos lleguen a la meta prometida, que ya está cerca, la vida eterna; repiten sin cesar los nombres de Jesús y María, no porque los llamen debido a que Jesús y la Virgen están ausentes, sino porque Jesús y María están al lado de ellos, confortándoles y con las coronas de gloria en sus manos, prontos a entregárselos, apenas traspasen el umbral de la muerte.
“Entonces los cuatro verdugos empezaron a sacar lanzas de las fundas que acostumbraban usar los japoneses; ante aquel horrendo espectáculo todos los fieles se pusieron a gritar: “¡Jesús, María!”. Y, lo que es más, prorrumpieron en unos lamentos capaces de llegar hasta el mismo cielo. Los verdugos asestaron a cada uno de los crucificados una o dos lanzadas con lo que, en un momento, pusieron fin a sus vidas”[5]. Finalmente, los verdugos cumplen su tarea, dictaminada por la Divina Providencia, para que los mártires puedan abandonar este mundo inmerso “en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79), para llegar al Paraíso prometido, la Jerusalén celestial, el Reino de Dios, en donde todo es adoración de la Trinidad, gozo, alegría y dicha sin fin, por los siglos de los siglos. A cambio de un breve momento de tribulación, los mártires, que derraman su sangre por Jesús, obtienen una eternidad de paz, gloria, alegría celestiales.
         ¿Qué explicación tiene esta contradicción, entre el suplicio sufrido y la alegría experimentada? ¿Cómo explicar, con la sola razón humana, los éxtasis místicos, los gozos y el deseo de afrontar la muerte para pasar a la vida eterna? Sólo hay una explicación posible, y es la asistencia del Espíritu Santo a los mártires, en el momento de la muerte: es el Espíritu Santo quien, inhabitando en los mártires, no solo los hace inmunes a todo tipo de dolor; no solo les impide cualquier estrés psicológico ante la muerte inminente, sino que, al hacerlos partícipes, con más intensidad que nunca antes en sus vidas, de la vida del  Hombre-Dios Jesucristo, les concede su misma fortaleza sobrenatural, su misma alegría, su mismo gozo, y les hace disfrutar, momentos antes de la muerte, de modo anticipado, de la eterna bienaventuranza y de la corona de gloria que la Trinidad les tiene reservadas, por dar testimonio cruento de Jesucristo. No hay, entonces, explicaciones humanas frente al comportamiento de los mártires; sólo lo que nos dice su sangre derramada, a instancias del Espíritu Santo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).



[1] De la Historia del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros, escrita por un autor contemporáneo; Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

viernes, 5 de febrero de 2016

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”[1]. En su Cuarta Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita, le muestra su Sagrado Corazón –envuelto en llamas, con una cruz en su base y rodeado de una corona de espinas- y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. ¿Por qué dice Jesús lo que dice y qué relación tienen las apariciones del Sagrado Corazón con nuestra vida personal como cristianos?
Si bien Jesús se aparece a Santa Margarita, tanto el mensaje como su contenido van dirigidos a todos los hombres, pero de modo especial a los cristianos, más específicamente, a los católicos -y de modo más especial todavía, a los consagrados-. Es decir, somos nosotros, católicos del siglo XXI –y de todos los siglos- los destinatarios de las palabras de queja y reproche por parte de Jesús y esto es así porque la corona de espinas que rodea y lacera al Sagrado Corazón a cada instante, en cada latido, se deben a nuestros pecados, puesto que esas espinas son la materialización de la malicia producida –y consentida- en nuestros corazones, y es en eso en lo que consiste el pecado.
Los cristianos no dimensionamos, por lo general, las consecuencias que el pecado tiene en Cristo Jesús, porque pensamos que el Sagrado Corazón es una devoción sensiblera, sentimentalista, propia de otra época, o reservada a ciertas personas, principalmente mujeres y, de entre las mujeres, las señoras de edad, que no tienen otra cosa que hacer que rezar. Los cristianos, en el fondo, despreciamos la devoción al Sagrado Corazón, porque pensamos que no tiene relación alguna con nuestras vidas y que no está dirigida directamente a cada uno de nosotros, de modo particular y personal.
Sin embargo, esto constituye un grave error, porque el dolor que el Sagrado Corazón experimenta debido a su corona de espinas, se debe a que esas espinas son la materialización de nuestros pecados personales y particulares, en el sentido que Jesús recibe el castigo que nosotros merecíamos de parte de la Justicia Divina: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (Is 53, 5).
Que Jesús esté herido y doliente a causa de nuestros pecados, está confirmado por otra aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, en el que Jesús se aparece de pie, todo cubierto de heridas sangrantes, al tiempo que le dice a Santa Margarita que busca algún alma que se apiade de sus heridas, producidas por los pecadores: “¿No habrá quien tenga piedad de Mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores sobre todo en este tiempo?”. “Lastimoso estado en el que me ponen los pecadores”: puesto que somos pecadores, somos nosotros, con nuestros pecados, los que ponemos en estado lastimoso a Dios Encarnado.
Es necesario que meditemos en este hecho: que Jesús sufrió en su Cuerpo el castigo que merecíamos por nuestros pecados –tengo que reflexionar en los pecados míos, propios, personales y particulares, y no en los pecados del prójimo-, como lo dice el profeta Isaías, pero también como lo dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14).
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. Si, como dice Santa Teresa, no nos mueve, para no pecar, “ni el infierno tan temido”, “ni el cielo prometido”, que nos mueva, al menos, no solo para no pecar, sino para vivir en gracia y acrecentarla cada vez más, la compasión y la piedad hacia Jesús, cuyo Sagrado Corazón sufre inimaginablemente, al ser lacerado y desgarrado en cada latido, a causa de nuestros pecados.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

miércoles, 3 de febrero de 2016

San Blas, obispo y mártir


San Blas, nacido de familia noble y rica, fue médico y luego obispo de Sebaste, Armenia, padeciendo el martirio en tiempos del emperador Licinio[1]. Cuando comenzó la persecución, recibió una inspiración divina que le ordenó retirarse a una cueva del Monte Argeus, frecuentada únicamente por las fieras y en donde hizo vida de ermitaño. En la cueva del Monte Argeus, San Blas recibía con afecto a los animales salvajes, de quienes se dice que acudían en manadas para recibir su bendición y también para ser curados por el santo aquellos que estaban enfermos o heridos –sin embargo, nunca lo interrumpían en su tiempo de oración- y por esto, es patrono de los animales salvajes. Precisamente, su detención se produjo debido a que unos cazadores, que buscaban atrapar fieras para el circo romano, al anoticiarse de que en esa área se reunían manadas de animales salvajes –que eran los que iban a ver al santo-, encontraron a éste rodeado por los animales. Los cazadores intentaron capturar a las bestias, pero san Blas las espantó, las bestias se fueron y entonces le capturaron a él. Al enterarse de que era cristiano, lo llevaron preso ante el gobernador Agrícola. Cuando estaba en prisión –estando allí sanó muchos enfermos- lo privaron de alimentos, pero una mujer, agradecida por un milagro recibido de parte del santo, le llevó víveres y velas, y esto originó la costumbre de administrar una bendición especial a los enfermos, colocando dos velas (en memoria de las que llevaron al santo en su calabozo) en posición de una cruz de san Andrés, en el cuello o sobre la cabeza del suplicante, pronunciándose estas palabras: “Per intercessionem Sancti Blasi Liberet te Deus a malo gutturis et a quovis alio malo” (por intercesión de san Blas te libere Dios de todo mal de la garganta y de todo otro mal)[2].
El gobernador Agrícola intentó en vano hacerlo apostatar de la fe en Cristo Jesús, por lo cual terminó condenándolo a muerte. Ya de camino al suplicio, volvió a la vida a un niño que se había atragantado con una espina con una espina de pescado, y aquí es donde se origina la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta.
Finalmente fue echado a un lago, aunque no murió allí: milagrosamente, San Blas permaneció de pie sobre la superficie del lago, desde donde invitaba a sus perseguidores a caminar sobre las aguas y así demostrar el poder de sus dioses. Como es obvio, estos no pudieron hacerlo. Cuando volvió a tierra fue torturado y decapitado[3].
Al conmemorar a San Blas, debemos pedir la bendición de las gargantas, pero teniendo en cuenta, por un lado, que no solamente o exclusivamente debemos pedir esta bendición para implorar que Dios nos libere de males orgánicos o materiales de la garganta (tumores, infecciones, etc.), sino que, ante todo, debemos pedir que nos libere del peor mal de garganta –que se origina en el corazón- y que es la habladuría, la maldición, el perjurio, la blasfemia, la maledicencia, para que por nuestra garganta solo pasen palabras de bendición a Dios y de consuelo, amor y paz para nuestros prójimos. Por otro lado, en la conmemoración de San Blas, tampoco debemos quedarnos en el pedir la bendición de las gargantas, sino que debemos meditar y reflexionar en su condición de mártir, porque el mártir es un don del Espíritu Santo para la Iglesia Universal, de todos los tiempos; un mártir es una joya preciosísima que engalana la corona de la Santa Madre Iglesia: un mártir, como San Blas, nos está diciendo, con su sangre derramada por el Nombre de Cristo, que “no hay otro nombre dado bajo el cielo para la salvación” (Hech 4, 12); en consecuencia, debemos pedirle a San Blas que interceda para que, a imitación suya, seamos capaces de dar la vida antes que perder a Cristo y su gracia santificante.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En Alemania se le honra, además como uno de los catorce “heilige Nothelfer” (santos auxiliadores en las necesidades).
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160203&id=11929&fd=0. En algunos lugares, existe también la tradición del “agua de san Blas”, que se bendice en su día y que generalmente se da a beber al ganado que está enfermo
[3] http://www.corazones.org/santos/blas.htm

jueves, 28 de enero de 2016

Santo Tomás de Aquino y el Camino para ser perfectos: imitar a Cristo crucificado


En su Comentario sobre el Credo, dice Santo Tomás que Jesús padeció en la cruz para “quitar nuestros pecados” y para “darnos ejemplo de cómo hemos de obrar: “¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar” [1].
Entonces, según Santo Tomás, si queremos saber cómo debemos obrar en el Camino que nos lleva al cielo, encontramos en la cruz de Jesús los ejemplos de todas las virtudes: “(…) la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes”.
Ante todo, es ejemplo de amor, porque Jesús murió en la cruz por nosotros, a quienes consideraba sus amigos: “Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él”. Frente a cualquier mal que podamos sufrir, en vez de quejarnos o rebelarnos, lo que debemos hacer es arrodillarnos ante Jesús crucificado y contemplar sus heridas sufridas por amor a nosotros y corresponder a ese amor, ofreciendo el mal que nos acontezca.
En la cruz, Jesús es modelo insuperable de paciencia, según Santo Tomás: “Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada. Llevemos los ojos fijos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien, para ganar el gozo que se le ofrecía, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia”. Contrariamente a lo que suele suceder, que es el perder la paciencia ante un acontecimiento que nos mortifica, Jesús nos enseña, con su paciencia, a ser también nosotros pacientes con nuestros hermanos, y esto, para cualquier estado de vida. Si los esposos se tuvieran paciencia entre sí, como la paciencia con la que Cristo sufrió por nosotros, no existirían desavenencias matrimoniales, y lo mismo se diga de las relaciones entre hermanos, entre miembros de la sociedad, entre naciones enteras.
Jesús es ejemplo de humildad: “Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir”. Jesús dijo en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); entonces, si queremos saber cuál es la medida de la mansedumbre y de la humildad, lo que tenemos que hacer es contemplar a Cristo crucificado.
Jesús es ejemplo de obediencia, basada en el Amor. “Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: como por la desobediencia de un solo hombre -es decir, de Adán- todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos”. Dios nos pide que obedezcamos su santa voluntad, expresada en los Diez Mandamientos, y es su voluntad también que nos salvemos, para lo cual debemos unirnos a la cruz: para obedecer lo que Dios nos pide, Jesús crucificado es el ejemplo inigualable de obediencia a la Voluntad de Dios, por amor.
Jesús nos enseña que “debemos atesorar tesoros en el cielo” (Mt 6, 20) y no tesoros terrenos, para lo cual debemos ejercitarnos en el desprecio de las riquezas materiales. También aquí Jesús crucificado es ejemplo insuperable, según Santo Tomás: “Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre”. En la cruz, Jesús nos enseña la Santa Pobreza de la Cruz, pues allí Jesús no tiene bienes materiales y los únicos que tiene, son los que el Padre le ha prestado para que nos abra las puertas del cielo: el leño de la cruz, tres clavos de hierro, la corona de espinas y el lienzo –el velo de su Madre, María Santísima-, con el cual se cubre su humanidad.  
En la cruz, Jesús es ejemplo también de cómo debemos huir, no solo de las riquezas terrenas, sino de los honores mundanos y de la vanagloria, para buscar sólo la gloria de Dios: “No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre”. Si no pedimos, en esta vida, los menosprecios y ultrajes que sufrió Jesús, y si no pedimos su corona de espinas, no podremos recibir la corona de gloria que el Padre nos tiene reservada en el Reino de los cielos.
Ahora bien, a esto hay que decir que Jesús en la cruz es ejemplo no solo de estas virtudes, sino de todas las virtudes que existen, y es ejemplo de un modo insuperable e inigualable, porque siendo Dios Hijo encarnado, no podía cometer, no solo ya un pecado venial, sino ni siquiera la más ligera imperfección. Así, Jesús es ejemplo para aquel cristiano que aspire a las más altas cumbres de la perfección cristiana, la vida de la gracia; es decir, Jesús crucificado es ejemplo insuperable para quien desee ser perfecto, como Dios es perfecto: “Sed perfectos, como vuestor Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).
Por último, podemos también decir que Jesús no solo es el ejemplo insuperable, inigualable y perfectísimo de todas las virtudes, sino que, desde la cruz, Jesús nos concede la fuerza misma de Dios para vivir todas las virtudes en su máxima perfección, porque en la cruz Jesús derrama su Sangre, la cual nos concede la gracia santificante que no solo quita los pecados, sino que nos hace partícipes de la vida misma de Dios Uno y Trino.





[1] Cfr. Conferencias de santo Tomás de Aquino, Conferencia 6 sobre el Credo.

martes, 26 de enero de 2016

Santos Timoteo y Tito


Timoteo y Tito fueron discípulos y colaboradores del apóstol Pablo y, como tales, fueron los destinatarios de sus consejos espirituales; puesto que son santos, eso significa que siguieron al pie de la letra estos consejos y eso significa también que son útiles para nosotros, los cristianos.
¿Qué consejos les dio San Pablo? En las respectivas “Cartas” a Timoteo y Tito (1Tm 6, 11-12; Tt 2, 1), San Pablo les decía así: “Como hombre de Dios que eres, corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura”; “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna”; “Enseña lo que es conforme a la sana doctrina”.
“Como hombre de Dios que eres”: un cristiano es un “hombre de Dios”, no un hombre mundano; eso quiere decir que lo que guía su vida es Jesucristo y sus mandatos, sobre todo el mandato de la caridad, que lo lleva a perdonar a su prójimo “setenta veces siete” y a “amar a los enemigos”, tal como Jesús lo pide. El cristiano, como “hombre de Dios”, no guía su vida por principios mundanos, sino que “su alimento es hacer la voluntad de Jesucristo” y en eso se diferencia de los hombres mundanos, para quienes Jesucristo “es un fantasma”.
“Corre al alcance de la justicia”: al cristiano le preocupa la injusticia, pero no la mera injusticia social, sino la injusticia que significa que Dios Uno y Trino no sea conocido, amado y adorado por los hombres, como Él se lo merece.
“de la piedad”: un cristiano es piadoso, porque la piedad es una virtud que nace del amor a Dios que anida en lo más profundo del corazón.
“de la fe”: el cristiano tiene fe, pero no una fe construida a su medida, ni tampoco cree en lo que le parece mientras deja de creer en lo que no le parece; el cristiano tiene la fe de la Santa Iglesia Católica, una fe de dos mil años de antigüedad, una fe que cree en Jesús no como un simple hombre, sino como el Hombre-Dios, como el Dios de la Eucaristía y del sagrario, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía.
“de la caridad”: el cristiano no se mueve según los impulsos de un afecto sentimentalista pasajero, sino por el Amor sobrenatural de Dios, infundido en el alma por Jesucristo.
“de la paciencia en el sufrimiento”: el cristiano no se queja en las tribulaciones, sino que todos sus sufrimientos los ofrece a Jesucristo, que por él sufre en la cruz.
“de la dulzura”: el cristiano ni reprime sus afectos, ni tampoco es dominado por sus pasiones, porque la gracia santificante de Jesucristo purifica y santifica los afectos y los sentimientos, de manera que lo que ama, lo ama en Dios, por Dios y para Dios, y nada ama que no sea para Él.
“Combate el buen combate de la fe y conquista la vida eterna”: el cristiano considera a esta vida como una lucha, un combate continuo contra las propias pasiones, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, de modo tal de conseguir la vida eterna, como un premio dado por Jesucristo, cuando finalice esta vida terrena.
“Enseña lo que es conforme a la sana doctrina”: el cristiano conserva pura su fe, sin contaminarla con doctrinas “llamativas y extrañas”; vive de esa fe y enseña, con su ejemplo de vida, la fe bimilenaria de la Iglesia.

Los consejos de San Pablo a Timoteo y Tito, hicieron de ellos grandes santos y también pueden hacer lo mismo con nosotros, cristianos del siglo XXI.

lunes, 25 de enero de 2016

La conversión de San Pablo


         Con su conversión, San Pablo testimonia el cambio radical que ocurre en una persona cuando se produce el encuentro personal con Jesús. En el camino a Damasco, mientras se encontraba en su tarea de perseguir cristianos para encarcelarlos y, eventualmente, darles muerte -como en el caso del diácono San Esteban-, Jesucristo se manifiesta a San Pablo, entonces todavía Saulo. ¿Cómo se produce la conversión? Jesús lo ilumina interiormente con su propia luz, con lo cual Saulo es capaz de ver no  sólo a la Fuente de Luz divina, que es Jesucristo –“Dios de Dios, Luz de Luz”-, sino que puede ver, en su alma, aquello que estaba oculto por su propia oscuridad: así como se pueden percibir los objetos en una habitación totalmente a oscuras cuando se enciende una candela o cuando se abre una ventana para que entre el sol, así San Pablo, al ser iluminado por la luz de la gloria de Jesús, se vuelve capaz de ver la tenebrosa condición de su alma, que hasta ese momento se encontraba inmersa en las tinieblas del pecado, sin otra luz que la débil luz de su razón humana. Una de las manifestaciones de la oscuridad en la que vivía San Pablo, antes de la conversión, es el odio hacia los cristianos y el convencimiento de que la persecución, el hostigamiento y hasta la muerte de quienes no profesen la religión que él profesa, están justificados por la Ley de Dios.
         Jesús ilumina sus tinieblas interiores, y así San Pablo se vuelve capaz de ver la miseria de su alma con todos los pecados cometidos hasta ese entonces; sin embargo, la iluminación que concede Jesús no se limita a simplemente hacer ver la tenebrosa realidad del pecado: cuando Jesús ilumina a un alma con su luz -es decir, con Él, que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12)-, concede al mismo tiempo una nueva vida, porque la luz que emite el Ser divino trinitario de Jesús, es una luz viva, que hace vivir al alma que ilumina con la vida nueva de la gracia y es en esto en lo que consiste la conversión. En otras palabras, al ser iluminado por Jesús, con una luz viva, San Pablo no solo toma conciencia de su condición de pecador y de los pecados cometidos hasta ese entonces –incluida la participación en el asesinato por lapidación de San Esteban-, sino que, a partir de entonces, comienza a vivir una nueva vida, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Deja de vivir con una ley muerta, la ley del Antiguo Testamento, para vivir con la Ley Nueva, la ley de la gracia, de la fe y del amor sobrenatural a Dios y al prójimo. En consecuencia, San Pablo pasa, de perseguidor de cristianos, a dar la vida por Jesús y sus hermanos; de no ver en absoluto sus propios pecados –aún más, de considerarlos como virtud de religión-, a detestar el pecado y a vivir en gracia.

En el camino a Damasco, a San Pablo se le concede el don más grandioso que una persona puede recibir en esta vida y es el encuentro personal con Jesús, el cual adviene de modo extraordinario para San Pablo, en tanto que, para el común de los bautizados, el encuentro con Jesús se produce por la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, la ascesis cristiana y las obras de misericordia -todo esto constituye, para nosotros, cristianos comunes, nuestro "camino a Damasco", es decir, nuestro camino hacia el encuentro personal con Jesús-. Quien no se encuentra personalmente con Jesús, no puede decir que está “convertido”.